Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina.

Part 5

Chapter 54,102 wordsPublic domain

_Olig._ ¿Qué le dió? una medalla con un cerco de oro, y en ella una esmeralda con una escultura de Júpiter como deciende á juntarse con Danae convertido en lluvia de oro, de harta estima y valor.

_Brum._ Eso pasa, y encubriómelo la puta vieja. No paro más aquí. Quedaos adios, señores compañeros.

_Olig._ No le digas que yo te lo dixe.

_Brum._ No diré.

_Eub._ Caro le costará la fruta de postre en el banquete de sus amores, pues tal comienzo tiene la comida. Todo para alcahuetas y mandiletes y fementidos lisonjeros, nada para fieles sirvientes. Andar, mundo es que corre, unos por buenos se pierden, otros por malos se ganan.

_Olig._ Por eso me voy yo al hilo de la gente, sentir con los pocos y hablar con los muchos.

_Eub._ Si sigues el discante de la cortesana malicia, aunque sientas para tí las voces baxas de bondad, al fin, cuando se canta la gloria, te hallarás burlado, que las obras hacen bueno, no los propósitos.

_Olig._ No por eso dexaré de bien obrar.

_Eub._ Cosa difícil es tratar con el aceite y no se amancillar, pues muy más difícil es conversar entre malos hombres y no ensuciarse con sus perversas y dañadas costumbres. La maldad de ligero se pega y cunde como azogue fasta corromper los tuétanos del uso de razon; oro ha de ser, y fino, el que ha de defender sus quilates entre las vivas brasas de la vida corrupta, ca dime con quién paces y decirte he qué haces.

_Olig._ ¿Quiéreste meter fraile, pues tanto aborreces nuestro vivir?

_Eub._ Deséolo.

_Olig._ Si tanta piedad cuanto calor en verano albergase el capillo, yo te seguiria.

_Eub._ ¡Oh palabra digna de fuego con su auctor! ¿Qué son las cuatro religiones sino cuatro pilares de la Iglesia que la sustentan en su fe, esperanza y caridad? de cuyas escuelas salen lumbreras que alumbran, ilustran y esclarecen con doctrina toda la cristiandad, y sabios que destruyen y destierran las herejías, no ménos que del caballo troyano esforçados y electos varones en destruicion de Troya salian.

_Olig._ Véte tú á la religion, que yo á mi Carmisa me recojo.

_Eub._ Ella te llevará con los muchos, aunque más sientas con los pocos.

¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL SEGUNDO ACTO.

Tómanle ánsias de muerte á Celestina por la dificultad del negocio encomendado; mas considerada su destreza y el aparejo que en todo hay, delibera de ir á hablar á Roselia so color de su oficio, corredora por maneras exquisitas. Es cosa de reir ver los negocios que dexa encomendados á su sobrina Drionea. Al fin, ida la vieja, despide Libia á Polo, su amigo, y entra Esclarabel á Drionea, su querida.

CELESTINA. — DRIONEA. — BRUMANDILON. — POLO. — LIBIA. — ESCLARABEL.

_Cel._ Ántes que tome el camino para casa de Roselia, quiero en la mia bien pensar con reposo lo que le he de decir, y con mucha cautela proveer con qué oro doraré la píldora, en qué copa dorada disimularé esta purga, con qué sobrehaz azucarada cubriré el acíbar, con qué dulzor saborearé la amargura de estas mis confaciones, con qué cebo esconderé el anzuelo, con qué achaque digo coloraré mi nueva venida, con qué palabras paliadas solaparé el negocio á que voy que no sea sentida, en qué matiz de bondad embestiré mi mensaje, finalmente, cómo ocultaré y descubriré una mesma cosa, qué mañas y modos tendré para celar mis ardides engañosos y manifestar mi intencion, que me entienda y no me entienda, que quiera enojarse y no pueda; gran prudencia y saber, gran sagacidad y astucia has menester aquí, Celestina, y despues de esto mucha serenidad en el rostro, mucho reposo en la persona, mucha templanza en la plática, para que no saque por puntos la malicia de mi embaxada. Mas ¡ay! amarga cuitada que el entendimiento se me ofusca, el juicio se me altera y la lengua se me turba en tan arduo negocio, que ni razon me encamina, ni consejo me aprovecha, ni la propia experiencia me incita á que cometa con el pensamiento lo que me cumple poner por obra; ¡ay madre de Dios! y qué sudores con ánsias de muerte en torno rodean mi corazon en pensar en lo que me he metido, las piernas se me cortan y la sangre me desampara; escarmentada habia ya de estar de las veces que he sido empicotada y azotada por este mi oficio en muchos pueblos de Castilla, y no me viniese más mal, que esto fructa comun es de Brumandilon y de mí traer las espaldas pintadas con bandas de color purpúreo y las cabezas con mitras y rocaderos; ¡guay de la que se pone á perder la vida! En mi seso me estaba yo en dejar este trato si la maldita y insaciable codicia del más haber, que á los más de los mortales fuerza acometer lo ilícito, no me venciera; mis ganancillas ciertas tenía por otra parte en dar medicinas á las doncellas que no paran, á las casadas bebedizos que den á los maridos porque no sientan los cuernos que á vistas ojos sus mujeres les ponen, evitando rencillas cornudales, á los mancebos mayorazgos bocados con que maten sus mesmos padres, porque los muertos abren los ojos á los vivos que deseosos estaban de heredar; á las enamoradas bien querencias y polvillos que atrayan á su amor los canónigos y racioneros más mozos y francos; á los honestos mandragora y granos de helecho con que puedan entrar y salir do quisieren sin ser sentidos, á los amantes hechizos de cabello ó cordon con que hagan que sus amigas les amen, y aborrezcan el que amaban, y amen el que aborrecian; y si de este oficio usar no quiero por ser tambien peligroso, loores á Dios que no se concluyó ni encerró en el mi saber, que lapidaria, herbolaria, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, perfumera, corredora, melecinera, partera y un poco física soy; entre dueñas y señoras, entre doncellas y casadas, entre monjas y frailes, entre clérigos y abades suelo yo tratar, todos me han menester y todos me conocen, y todos vienen á mí para que remedie sus necesidades; no parece mi casa sino botica, ansí unos entran y otros salen cargados de medicinas, que no piden cosa que no esté en la camarilla que me dexó mi tia, que buen siglo haya, en el testamento; ahí tengo los perfumes que falseaba, los afeites que conficionaba, las aguas de rostro que hacia, y otras aguas que sacaba para oler, los çumos con que adelgazaba los cueros, los untos y mantecas que tenía y los aparejos para baños y lexías, los aceites que sacaba para el rostro, y otras cosas muchas que con mi buen trabajo y propio sudor y mayor experiencia he yo adquirido, conviene á saber: hieles de perro negro macho y de cuervo, tripas de alacran y cangrejo, testículos de comadreja, meollos de raposa del pié izquierdo, pelos priapicos del cabron, sangre de murciélago, estiércol de lagartijas, huevos de hormigas, pellejos de culebras, pestañas de lobo, tuétanos de garza, entrañuelas de torcecuello, rasuras de ara, ciertas gotas de ólio y crisma que me dió el cura, zumos de peonia, de celidonia, de sarcocola, de tryaca, de hipericon, de recimillos y una poca de hierba del pito que hobe por mi buen lance; tengo tambien la oracion del cerco, que no tenía mi tia, que Dios haya, que es ésta; _avis_, _gravis_, _seps_, _sipa_, _unus_, _infans_, _virgo_, _coronat_; y si todo lo de mi tienda hobiese de contar, sería cosa para nunca acabar; pues desdichada de mí, este oficio me bastaba, éste mantiene mi casa, sustenta mi honra y me hace ser tenida y acatada de todos, y afama mi nombre por la ciudad, que nadie hay que me vea que no me llame madre acá, madre acullá, el uno me dexa, el otro me toma, el vicario me convida, el arcediano me llama, que ningun señor de la iglesia me ve que no quiera ganar por la mano cuál me llevará primero á su casa. Malos años para Medea y Sapho y Circe y para la noble Erichto, hechiceras famosas que tan nombradas fuesen en sus tiempos como agora yo. ¡Tristes de mis dias si no salgo con la empresa! si no doy buena cuenta de mí en estos amores, ¿qué será de mi creencia en que me tiene el pueblo? Desconfiarán de mis artes, aborrecerán mis caractéres y palabras, escupirán, escarnecerán de mis supersticiones, chufarán de mis cerimonias, burlarán de mis encantamentos, no darán más crédito á mis agüeros, todos de hoy más me denostarán con baldones, chufas, escarnios, injurias, silbos, ultrajes, risas, desdenes, burlas y con otras palabras injuriosas, y ninguno vendrá más á mi casa, los niños por las calles irán en pos de mí diciendo puta, hechicera, vieja, falsa, malhechora, mondaria, burladora, rabosa, çancajosa, trotaconventos, saltabardales, encorozada, azotada, perfiletada, alcahueta y otros muchos ignominiosos nombres, finalmente que de todo mi estado caeré, y de la opinion en que estaba puesta; yo me tengo la culpa, que quise tomar mayor peso del que podia llevar, y así al cabo caeré con la carga, que quien mucho abarca, dicen, poco aprieta, y quien todo lo quiere todo lo pierde; mal hice á la verdad en no mirar bien la calidad del negocio ántes de aceptar la demanda de Lisandro; imprudente fuí en no pensarlo primero una vez y otra, que, como dixo mi tia, aquellas cosas que bien no son pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin, comunmente crian desvariados efectos, ansí que la buena especulacion nunca carece de buen fructo; cierto, cegóme la canina hambre y sed grande y hambrienta codicia de las preseas y riquezas que de ahí esperaba; ¡oh! cuando era pobre, entónces me hallaba más rica porque nada codiciaba, y agora que, bendicto Dios, me sobra, más y más deseo, no contenta con lo que poseo, al fin crece la necesidad con la abundancia, y auméntase la cobdicia con el dinero; mas ¿quién soy yo, á quien temor ó cobardía ponga espanto en las cosas de mi oficio? ¿yo no soy Elicia, la sobrina de Celestina, la que heredó nombre y fama y hechos de la mesma? Sé que Elicia soy, la insigne alcahueta, la famosa hechicera, la sábia nigromántica; ¿qué denodadas palabras? ¿qué fieros ó ademanes de rufian? ¿qué amenazas de muerte? ¿qué rigurosos trances? ¿qué peligros inminentes jamas á mí atemorizaron? ¿No he sacado otros amores más arduos que éstos á luz? sí; ¿y no he salido á paz y á salvo en todos ellos? sí: de la vida digo, que lo demas no lo estimo en lo que huello: ¿qué cosa hay tan dura que yo no ablande, ni qué tan alta que no alcance, ni qué tan imposible que no me sea posible, ni qué tan sublime que no abata, ni qué tan entrincada que no deslinde? Veamos, ¿Roselia no es mujer? sí; luego liviana, que las mujeres, mal pecado, somos como veletas, que, con poco aire, volvemos á todos vientos, enemigas de firmeza. ¿No es moza? sí; luego de enamorada voluntad y lascivos pensamientos, que los aguijones de la carne, y más nueva, algo le moverán á que condecienda á mi peticion. ¿No es hermosa? sí; luego no casta, que pocas veces castidad y hermosura caben en un objeto. ¿No es de complexion sanguínea? sí; pues es de alegre condicion y colorada en el rostro, luego inclinada á lujuria. ¿Pues Lisandro no es gentil hombre, dispuesto y galan? sí; luego para ser amado, que como la hermosura en las mujeres es una pegajosa liga en que se traban los hombres, bien así la gentileza y buena disposicion de los hombres es un señuelo, reclamo y añagaza con que vienen desaladas las mujeres, que si general ley de natura no fuera que el macho siga la hembra, asaz veces rogarian á muchos; ¿Lisandro no es mancebo de noble linaje, dotado de muchas gracias, de linda crianza, bien hablado, generoso, franco, aparentado? sí; luego sobre seguro voy, que estas cosas mucho hacen al caso para que en Roselia con más facilidad prenda su amor; ¿quién tengo de mi parte? al amor, que todas las cosas vence; al amor, que seso y discrecion trastorna; al amor, que saltea los monasterios, escala los muros, rompe las paredes, mina los encerramientos, asierra las rejas, trepa por las ventanas, enciende los castos, altera los devotos, espancta los sanctos; al amor, que desploma la razon, ofusca el entendimiento, fuerza la voluntad, embota el juicio, turba la memoria, fistola el corazon, descoyunta los miembros, hace temblar las carnes, ciega los ojos con lágrimas, desplega la boca con sospiros, cierra los oidos al consuelo, ábrelos á las pasiones, y finalmente, todos los sentidos tropella, pues todo se adereza así de partes de mí por ser principal maestra de este oficio, como por parte de los aparejos que hay de una parte y de otra; encomiéndome á mis familiares, Lucifer, Astaroth, Arangel, Beliath, Sathan, Bercebuth, Balan y á Rescoldapho, el mi buen amigo, príncipes de los demonios que me den buena manderecha á lo que voy, sólo os suplico, mis buenos adalides, perturbeis la fantasía de Roselia con deseos luxuriosos y cebeis sus pensamientos con tizones de amor, yo soplaré con mis fuelles el fuego y atizaré las ascuas que la quemen viva; emprenda la llama en su pecho con vuestras sanctas inspiraciones, que yo tendré cuidado de encenderla y avivarla con mis devotos consejos. ¿Drionea, hija?

_Drion._ Madre.

_Cel._ Si viniere de mucha priesa la desposada que hice haber aquel hijo del racionero, en el tabladillo hallarás la caxuela pintada de los virgos; toma de ahí lo que sabes, y restáurale la flor perdida, ni más ni ménos de como me lo viste hacer á la que estotro dia se casó con el carpintero; y si estoviere muy abierta, cúrala con punto, muy sotilmente; y si viniere tambien la mujer del cordonero por los bebedizos, en el barrillejo de barro los hallarás, dáselos, y que los polvorice con un poco de soliman molido, y dile que han de ser nueve candelillas de cera las que me dixo, pasadas las doce de la noche. Y no te olvides de lo que has de hacer con la manceba del canónigo mozo, la que tuvo presa el Obispo por el ólio.

_Drion._ ¿Qué respuesta daré á Sigiril, escudero de Felides, si te buscáre, que ayer vino acá y no te halló?

_Cel._ Dile que se vaya con Dios ó con el diablo, que no soy yo casamentera, ni ménos es ése mi oficio; allá á la amiga de mi tia vaya él con esas embaxadas, ó á los parientes de Polandria, que concierten el casamiento, que para ese caso no es menester el estudio de mis artes, ni mucho ménos que mi tia resucitára ó apareciera, como holgaron de mentir. Dame acá esa ropa blanca que me encomendaron que vendiese de aquella señora malograda que murió los otros dias, y no saques sino lo más rico y vistoso; esos gorjales aljofarados, esas cofias estampadas y todos los deshilados y cosas hechas de red de oro y seda, que lo quiero llevar á parte donde no se perderá nada en ello, que buena manera será ésta para entrar en casa de Roselia, pues soy corredora.

_Drion._ Toma.

_Cel._ Cierra esas puertas y di á ésos que se levanten que ya es mediodia, porque tenga esa necia espacio para tocarse; y dile, en hora negra, que si se le acuerda que habia de pasar por aquí aquel bozalejo que sabe.

_Drion._ Sí diré.

_Brum._ Trap, trap, trap; putas, abrí.

_Drion._ Putos dias vivas.

_Brum._ Abrí presto, no me hagais arrojar las puertas por el suelo de otro par de pomazos.

_Drion._ ¡Ay, santa Catalina! ¿no nos darás huelgo? veréis qué encapotado viene.

_Brum._ ¿Qué es de la vieja ruin, que no creo en tal, si no hago con ella un hecho hazañoso que sonado sea? ¿Dónde está?

_Drion._ Es ida al negocio que sabes.

_Brum._ Aquí la aguardo, que ó ella me dará la medalla ó me ofrecerá la vida.

_Drion._ Ce, ce. ¿Señor Polo, quieres salir, que Brumandilon sentado está en el poyo de la puerta?

_Pol._ ¡No por Dios! que quedé dalle unos dineros que me pidió, y no los tengo.

_Drion._ Pues vénte conmigo, que por los corrales te irás.

_Pol._ Amores, ¿vendré acá á la noche?

_Lib._ No, por tu vida, no te haga mal á la salud.

_Pol._ Pues, mándame.

_Lib._ Que no te olvides de las mangas de aguja coloradas.

_Pol._ Y áun perfumadas te las prometo. Señora Drionea, encárgoos á mi Libia, que no la hable otro, pues yo la sustento.

_Drion._ ¡Ay, señor! no digas eso, que vive Dios y reina; otro hombre no la habla en esa parte sino tú; es muy salada rapaza y vergonzosa, y quiérete mucho.

_Pol._ Con esa confianza me voy.

_Drion._ Pierde cuidado y salta por este lugar, que está más baxo.

_Escl._ Ce, ce, ce. Señora Drionea, ¿puedo entrar seguro?

_Drion._ Trepa quedito, no hagas ruido.

_Escl._ ¿Está allá la vieja?

_Drion._ No; daca la mano.

_Escl._ Acá estoy, bésame.

_Drion._ ¡Ay putillo! ¿Cómo te has tardado?

_Escl._ No pude más; está queda.

_Drion._ Gallito, ¿no olvidas tus mañas? Donde quiera que me tomas, ora en público, ora en secreto, no miras más. Subamos arriba, no nos tome Celestina en el hurto, como me contaste que Vulcano tomó á Mars y á Vénus.

_Escl._ En este caso, siguo la opinion de los filósofos cínicos; pero vamos.

_Drion._ ¡Ay bellaquillo! ¿quitándote vas las agujetas?

_Escl._ Sí, par Dios, sube presto.

¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL SEGUNDO ACTO.

Con encubiertas de gran artificio habla Celestina á Roselia con muy poca ayuda de la vecina, y acabado con ella que siquiera se vea con Lisandro, se despide; Roselia finge que está mal dispuesta; Melisa, su doncella, entiende todo el hecho.

CELESTINA. — MARIVAÑES. — MELISA. — ROSELIA.

_Cel._ ¡Ay Dios! ¿si es aquella que veo ir por la cuesta arriba, Eugenia, la madre de Roselia? Ella es; por los santos de Dios, bien está, todo se adereza, alégrate, Celestina, que el precio de la ropa blanca será la sangre de aquella inocente; ¿llamaré, pregonaré mi axuar? mejor es allegarme á aquella vecina con quien me entiendo, la que yo encubrí con el abad en mi casa asaz veces, ahí fingiré que vendo cotones de Valencia, y ella, por via de vecindad, puede llegarse á Roselia si quiere comprar algo de esto, que viendo la curiosidad y valor de todo ello, como muestra estar hecho con sotiles manos, no dexará de llamarme y yo entrar segura; señora, amiga, Dios mantenga.

_Marivañes._ ¡Oh madre Celestina! seas muy bien venida, que deseo tenía ya de te ver.

_Cel._ Calla, que mañana nos verémos más despacio, agora óyeme dos palabras: has de saber que con achaque de trama vengo á buscar la hija de nuestra ama Eugenia, que me lo encargó mucho aquel caballero que fué mantenedor en las justas pasadas, el que te dixe, y así me lo paga cierto mejor que me lo pagó el abad cuando andaba tras tí y te hablé en ello.

_Mar._ Mucho va de Pedro á Pedro.

_Cel._ Por tanto, pues eres vecina, llégate allá y diles si quieren algo de esto, que en la mesma moneda te lo pagaré cuando no te catares.

_Mar._ Que me place en buena fe; tha, tha, tha.

_Melisa._ ¿Quién está ahí?

_Mar._ Doncella, decí á la señora moza que está aquí la corredora que me vendió unos volantes y trae cosas muy galanas y ricas de ropa blanca, si quiere algo su merced.

_Mel._ Sí diré.

_Ros._ ¿Quién es, Melisa?

_Mel._ Señora, una mujer que trae lindas cosas á vender, y obras tan bien labradas, que parece que así se nacieron; allí viene una gorguera muy polida, suplícote, señora, me la compres.

_Ros._ Dile que entre en ese portal, yo me pararé á la ventanilla de la escalera.

_Mel._ Tia, entra, que ya baxa mi señora.

_Cel._ Pues véte, amiga, y como te digo, para traerle á tu amor, úntale las manos con aquel sebo de cabron, cuando entre burlas y véras se las tomares, y di estas palabras que te he dicho, que son muy aprobadas.

_Ros._ Vieja honrada, muéstrame eso que traes.

_Cel._ Ángel mio, no lo verás bien, que está el portal obscuro, espera, que yo subiré allá.

_Mel._ Toma, por ahí ella se entremete donde no llaman.

_Ros._ Guarda tú esa puerta, Melisa, y avísame si viniera mi señora madre.

_Cel._ Todo viene á pedir de boca, con pié derecho salí de casa sin ver ave que denotase mal acaecimiento; sola la tengo sin testigos de mi mensaje.

_Ros._ ¿Qué hablas, madre, entre dientes?

_Cel._ Luégo, señora hija, que acabo tres cuentas de mi rosario que me falta de rezar por los que están en pecado mortal, que primero nos conviene buscar el reino de los cielos y despues entender en estas cosas momentáneas cuanto basta á la necesidad de aquesta miserable vida, lo demas superfluo es y lleno de conjoxas y zozobras.

_Ros._ Por mi salud, madre, que aciertas, que al fin vana cosa es amar con desórden lo presente y no tener ojo de ir allí donde es el gozo perdurable.

_Cel._ ¡Ay, mi señora! ¿dices dónde no se hartan los ojos de ver, ni las orejas se hinchen de oir, dónde ni hay trestura, ni noche, ni obscuridad, dónde siempre se celebra Pascua y fiesta muy solemne, dónde las sillas bienaventuradas llenas de suavísimo olor y flagrancia, llenas de cantos y modulaciones, de dulzor y alegría, nos esperan á los que aquí con diligencia trabajarémos en la viña de Dios?

_Ros._ Ahí digo.

_Cel._ Los ojos se me arrasan de agua y los sentidos se me roban, el entendimiento se me eleva y el corazon me desmaya, y toda yo estoy fuera de mí cada vez que oyo mentar aquel paraíso de deleites y aquellos Campos Elíseos; que aunque el deseo de la vida es natural á todos, á mí el morir me sería glorioso en tanto que fuese á gozar de aquella vision beatífica.

_Ros._ Si así fuese, devota vieja, todos deseariamos la muerte á trueque de tal vida.

_Cel._ Mal pecado, ya lo veo, que nadamos como ranas á somorgujo en las aguas del olvido, descuidados de nos mesmos, que nacimos para morir y morimos para vivir con Cristo, si aquí le sirviéremos. Si nuestra memoria refrescásemos algunos ratos con el pensamiento de aquella suave inmortalidad, ella daria de espuela á nuestra voluntad que obrase lo que la razon le encamina y el claro juicio le enseña, y las tales obras buenas avivarian é incitarian nuestro deseo para la bienaventuranza; si esto se hiciese, señora mia, con ansiosos sospiros clamariamos á Dios que nos libertase de esta tenebrosa y ciega cárcel del cuerpo, pero como estemos hundidos fasta los ojos en el cieno y tremedal del bullicioso tráfago del mundo, echamos atras lo eterno y ponemos delante lo que un soplo fenece. No hay cosa que más en olvido y menosprecio de las cosas divinas nos ponga que el amor de las temporales.

_Ros._ ¡Oh, qué bien hablas, bendita madre! bien dicen que mejor es el rústico humilde que sirve á Dios, que no el soberbio filósofo que considera el curso del cielo.

_Cel._ Mil cosas te contaria de éstas, señora hija, que aprendí en compañía de las beatas dominicas, si el tiempo nos diese lugar.

_Ros._ Pues ¿qué pides por este garvin hecho de red de oro así como está aljofarado?

_Cel._ Mi reina, ésta es cosa encomendada, espantarte hías de lo poco que de aquí he yo de sacar por mi trabajo aunque lo venda muy bien, cuanto más si lo vendo ménos de lo que quiere su dueño. En seis piezas de oro me estimaron este tranzadillo.

_Ros._ Toma cuatro por ser cosa que se lo ha puesto otra.

_Cel._ ¿Cuatro, señora? en mi alma, no se pagan las manos, pues de aljófar tiene más; pero sin más regatear, en cinco lo toma ó lo dexa, que yo me atrevo á dártelo en esto, porque sé los caudales de las señoras doncellas dónde llegan, y cosa se ofrecerá en que me puedes remunerar este servicio, que al cabo sé que perder con los buenos es ganar, y con decir que no hallé más, cumpliré, que yo seré la que perderé de mi derecho. Mírala bien, que es pieza muy acabada de buena y barata.

_Ros._ Cara es, mas toma, que á la verdad la curiosidad en las cosas hace encarecer la obra de ellas.

_Cel._ ¿Caro te parece, buena señora? bendito seas tú, mi Dios, que en este trato tan poca ganancia se me sigue, que con haber andado arrastrada todo el dia, habré de aquí tan poco que no bastará á poderme hoy sustentar, sea por tu amor, que más quiero morder las paredes de hambre y pasar la vida con afan y laceria empleada en tu servicio, que no enriquecer en otros tractos ilícitos.

_Ros._ No llores, madre, que yo te favoreceré en todo lo que yo pudiere.

_Cel._ ¡Ay mi señora! si supieses por qué lo digo, pues sábelo Dios y yo que más valdria mi saya y manto de lo que vale si quisiese dar oidos á una cierta persona de esta ciudad, pero mejor es pobreza con un poquito de honra que riquezas acompañadas de vituperio; por el dia sancto que es hoy, á oro me pesa, porque le hable á una gentil dama de este pueblo, ni sé quién ni quién no, él vive hácia San Benito, y creo que se llama Lisandro.