Part 2
_Lis._ Esa mesma: la que preso me dexa en cárcel de amor, allá en lo de crímen. ¡Oh, si bien la vieras, contempláras una concorde proporcion de sus miembros; un lindo talle de cuerpo, un rostro de serafin, unos ojos matadores, una gracia, en cuanto Dios puso en ella, que no parece sino piedra iman, así atrae y mueve aún los corazones de acero, y los hombres para sí convierte con su jocunda vista, no ménos que Orfeo con su dulce arpa las bestias fieras atraia al sonido de su armonía, y las serenas del mar los navegantes hacian detener con la canora melodía del sabroso canto que sus voces, en compas regladas, formaban con aquel suave estruendo del su gracioso nadar! Agora doy crédito á las fábulas que dicen que Medusa tornaba los hombres que la miraban en piedras.
_Olig._ Señor, ¿no miras que estás parado en lugar sospechoso, y que darás que decir á las gentes? Menéate, y vamos de aquí, no estés hecho piedra mármol.
_Lis._ ¡A dó iré con el cuerpo! pues el alma que regirle habia le desmamparó; mal se guia la nao sin gobernalle, mal el barco sin remo, lo espiritual donde obra, ahí se dice estar, mis pensamientos todos se ocupan en Roselia, y por ende estoy fuera de mí.
_Olig._ No te congoxes por lo que por ventura sería muy fácil, por mis medios, de alcanzar.
_Lis._ Habla cortés; sin tiento prometes lo que hacer no podrás, piensa primero lo que dices, no te sea feo despues volver atras tu palabra.
_Olig._ Lo dicho dicho.
_Lis._ No puedo creer que tal dicha en mí cupiese, que la cerugía de mi mortal é incurable llaga esté en tus manos puesta; por imposible tengo que nadie pueda merecer alcanzar dama tan soberana en todo merecimiento. Por cierto, suma bienaventuranza sería para mí si solamente gozase de su divina vista, que con tal refrigerio mitigarse ía, en parte, el ardiente fuego que mis entrañas abrasa.
_Olig._ Señor, yo, cuando pequeño, fuí paje de su padre que en gloria sea, y su madre quiéreme mucho, y por este amor y conocimiento, entro allá y salgo y hablo con Roselia, trayéndole á la memoria que, cuando era niña, yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba, y con otras cosas de niñez con que los niños en aquella edad se suelen regocijar. Mira, pues, señor, si te puedo servir, y si hay lugar de cumplir lo prometido, que un dia que otro, yo la tomaré sola á parte y le diré de tí por el mejor estilo que sepa. Pero avísote que te metes en un abismo profundo, en un encenagado piélago, en un mar sin pié, en un entrincado laberinto, que primero que de él salgas has de pasar por muchos peligros, trabajos, zozobras que te sobrevernán si prosigues este intento. Mira bien (pues eres sabio) los fines y remates que suelen haber los amores. ¿Qué fin hubo Achíles, capitan de los griegos, que por la hermosura de Polixena, fija de Priamo, se perdió, cuando Páris, en el templo de Apolo, le echó una saeta por el cuerpo? ¿En qué acabó Pirro, el que con Hermione, hija de la linda Elena, por amores se casó? Oréstes, su esposo, lo mató. ¿Qué diré del mancebo Leandro, el cual pasando á nado el Hellesponto por holgar con su amiga Ero, que de la otra parte estaba, al fin se ahogó? Pues Diocles, fijo de Pisistrato, habiendo contaminado una vírgen que mucho queria, fué muerto del hermano de la doncella. ¿Quién no sabe las batallas campales que Turno por Lavinia, fija del rey latino, con Enéas tuvo? Dél fué vencido, desbaratado y lanzado de su reino. Bien habrás tambien leido lo de Marco Antonio, capitan romano, que cautivo del amor de Cleopatra, reina de Egipto, por su causa rebelló contra su patria, y vino á morir á manos de su enemigo César. Si venimos á nuestros tiempos, dime, ¿en qué paró Macías el enamorado? alanceado murió. ¿En qué, aquel que por un cordel de sirgo, trepaba á unas muy altas almenas por gozar de la sargenta? cayó del escala, que ni habló ni se bulló más. Pues notoria es á todos la fama del bien enamorado portugues á quien los disfavores de su desdeñosa amiga traxeron á tal estado, que de sí mesmo fué homicida. Al caballero de Almazan, cuán desastrado fin acarrearon sus amores, que su hermano el Conde, segun fama, le empujó de las escalas, y se descoyuntó. No acabaria de aquí á mañana si hubiese de traerte á la memoria todos los malos recados que de semejantes negocios se han seguido.
_Lis._ Nada me mueven tus exemplos; dexa esa materia, que por demas fatigas tu lengua á darme consejo, dada es la sentencia que yo muera en tal demanda; aunque mil vidas perdiese las daria por bien empleadas, que ya ardo en fuego de amor: ya se emprendieron mis entrañas con sólo el resplandor que del mirador salia, do aquellos pechos virginales recostados estuvieron. ¡Oh fino eslabon de tu fermosura, que en cualquier empedernido corazon que dés tus retoques haces saltar las centellas, que con poca yesca enciendan lumbre y acuden por todas partes de mi cuerpo las vivas llamas! Ya la leña de tu memoria ceba el brasero con abrasadas ascuas, donde mi alma queda en purgatorio fasta que tú de allí la saques.
_Olig._ No te aflijas, que para todo hay remedio sino para la muerte. Pésame que lo más noble que tienes, que es el ánimo, lo sujetas á cosas mortales y lo empleas en aquello que ni quietud ni reposo darte puede, ni despues de alcanzado, sosiego y gloria permanente.
_Lis._ Inmortal es la que yo amo, y la que vi ángel es moradora del cielo, pues su angélica figura sobrepuja y vence con belleza á todo lo criado, y sus gracias todo tu humano juicio tracienden.
_Olig._ ¿Ángel te parece la que del amor divino te retrae, y del Criador á la criatura tu deseo inclina, la que descubre camino para tu perdicion?
_Lis._ Por ángel tengo y juzgo, y ansí la confieso, aquella cuyo amor hace que ame á Dios como causa del tal efecto.
_Olig._ Perviertes el órden, señor.
_Lis._ ¿En qué manera?
_Olig._ Porque todo lo criado en razon del Hacedor amar se debe, tú al reves haces y lo contrario sigues de lo que la maestra natura nos enseña, que es amar al principio por sí mesmo, y la labor en su orígen.
_Lis._ ¿San Pablo no dice que de lo visible venimos en conocimiento de lo invisible?
_Olig._ Eso no contradice á lo dicho, ni traes nada á consecuencia.
_Lis._ Ora déxame, no me prediques.
_Olig._ ¡Oh señor! que tuerces á manizquierda, y hace mucho, agora que eres mancebo, escoger la manderecha. Bien entiendes si has leido la letra de Pitágoras, y sabes la significacion y inteligencia de la Y griega. Toma exemplo de Hércules, que eligió el camino trabajoso y dexó el vicioso cuando encontró con aquellas dos diosas, la una llamada vicio, la otra virtud; la una hermosa, fresca, graciosa, afable, vestida de ricas ropas, llena de mil deleites, acompañada de placer y de otros muchos pasatiempos; la otra orinienta, sucia, estropajosa, fea, vieja, maltratada, zahareña, rigurosa, áspera, rodeada de trabajos y afanes; la primera púsosele delante, que todo aquello le daria, descanso, contentamiento, alegría, gozo, frescores y deleites de la vida si su parcialidad siguiese, pero no hacia mencion del paradero; la segunda dixo que nada de esto tenía que le dar sino fatigas, ánsias y penas aquí, mas que si bien lo hiciese, le prometia despues eterna fama y gloria perpétua, la cual antepuso Hércules á todas las holguras presentes. Por seguir este camino angosto y estrecho de la virtud, Ephrain, aunque menor, hubo la bendicion paternal de la mano derecha que su padre Jacob, que, para morir estaba, volvió á él en contra de Manases, hermano mayor, que descuidado era en el culto divino. Al fin, por muchas tribulaciones nos conviene conseguir el reino de Dios, pues á Cristo, adalid nuestro, fué necesario padecer, y así entrar en su gloria.
_Lis._ Mueves la pesada piedra cuesta arriba y das martilladas en hierro frio. Solo el afilado cuchillo del desmedido dolor que espero en el disfavor de Roselia es poderoso para me penetrar por mil partes, lo demas no.
_Olig._ De diamante es tu dureza, que la sangre del torpe cabron te enternece, doma y ablanda, y no hace mella en tí la punta acerada de verdaderas razones, ni señal la palabra de Dios que á dos filos corta. Si en otro contemplases lo que en tí ver no puedes, por esa niebla levantada de la tierra sensual que lanza de tí ese tu encendido calor fasta cegarte, verias un hombre avariento y codicioso que, atados piés y manos de cadenas de oro macizo, y inhábil para cualquier cosa, por una parte desea ser desatado, porque los eslabones de la gruesa cadena le lastiman, aprietan y hieren, por otra no quiere perder ni dexar tan preciadas ligaduras, á las cuales, libre, accion ni derecho tendria; bien así tú, señor, quéxaste y buscas remedio, porque la nueva prision, con sus molestos y enojosos ñudos te causan crecido tormento, y sabes que, para verdaderamente ser suelto, has de deshacer esos lazos, que tan disformes ronchas por tantas partes afearian tu fama, y con la llave de la razon abrir el candado de los grillos y esposas con que preso estás y fuertemente ligado; y viendo esto, con desman rehusas la secreta ganzúa de viva razon que abriria la ciega cerradura de Cupido, y el radiante resplandor de la cadena con los rayos rutilantes te ciega y halaga tu prision, y te trae la mano por el cerro haciendo de tí cera y pábilo, y te tiene impedido que no veas con limpios y claros ojos en tí lo que en otro viendo por locuras juzgarias. Paga, paga, señor, el carcelaje con alguna pena que al presente sentirás, y dexa á Roselia que preso en tenebroso suétano te tiene. Loco es el hombre que sus prisiones ama, aunque sean de oro.
_Lis._ Pierdes trabajo, no me quiebres la cabeza con tus porradas. Hi de puta el necio, qué caramillos arma por salirse afuera del juego.
_Olig._ Mi deber hago, que es darte consejo porque no me condenes arrepentido.
_Lis._ ¿Arrepentir? Ya me viese en tan sublime estado que pesar me pudiese de lo que nunca me pesará. Mas, por mi vida, Oligides, no solias tú ser tan sancto ni lo eres, ¿qué es esto?
_Olig._ En todas las cosas, señor, guardar el medio es loable cosa, ó no digna de tanta culpa como sería exceder en los extremos; yo, si peco, con templanza peco.
_Lis._ ¿Qué excesos me ves tú hacer?
_Olig._ Meterte en el amor en quien, como dice el cómico, todos estos vicios reinan, injurias, sospechas, enemistades, envidias, celos, iras, pecados, vigilias, paz, guerra, tregua.
_Lis._ La aguja de mi razon enderezará esa nao de confusa discordia.
_Olig._ Señor, la cosa que en sí ni tiene consejo, ni órden recibe, regirse con razon no puede.
_Lis._ Ay, ay, ay, miserable me siento, la vida me es enojosa, ardo en amor, vivo me quemo, y muero y no sé qué me haga.
_Olig._ Basta las penas y pesadumbres que consigo el amor acarrea, sin que tú más le añadas.
_Lis._ De tí me quexo, que me puedes remediar y no quieres.
_Olig._ Buena medicina te daba si la conocieras; pero, pues dices eso, aunque poco puedo, mis fuerzas pondré en servirte en este negocio, y no me acuses cuando salieres del yerro en que estás metido, y plega á Dios que en paz salgamos todos, y no seamos tus servientes cebo de anzuelo ó carne de buitrera.
_Lis._ ¿Qué piensas hacer?
_Olig._ Mañana te doy la respuesta.
_Lis._ En tus manos encomiendo mi ánima y mi espíritu.
_Olig._ En las de Dios, señor.
_Lis._ Llama.
_Olig._ Entra, que abierto está.
_Lis._ Di á esos mozos que no me trayan de cenar.
_Olig._ No te apasiones, cena, no dobles tus males.
_Lis._ No estoy para ello.
_Olig._ A más que esto vendrás de esta vez que á no comer, mas, ¿qué se me da á mí? ahórquenlo en buen dia claro, siquiera se muera ó le tome el diablo. Andaos por ahí á decir verdades y moriréis por los hospitales; no es tiempo de eso, ya me llamaba sancto, y pardios las buenas doctrinas de Eubulo, criado antiguo de esta casa, me habian casi convertido; pero poco puedo medrar con sus devociones y sanctidades; no ando yo tras eso, ni es esto lo que busco. Quiero perquisar y inquerir con mi pensamiento la entrada á Roselia y ser alcahuete, venga el bien y venga por do quisiere, á tuerto ó á derecho nuestra casa fasta el techo, que buena parte me cabrá de sus amores, que á rio vuelto, como dicen, ganancia de pescadores.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL PRIMER ACTO.
Despues de ido Oligides á dar órden como su señor se vea con Roselia queda Lisandro manifestando su pasion con palabras muy lastimeras á Eubulo, hombre de honestas costumbres, criado suyo. Éste nunca cesa de darle consejos buenos, aunque por demas se fatiga. Vuelve Oligides y dice que hay oportunidad para ver y hablar á Roselia. Cabalga Lisandro; van delante dél sus dos mozos de espuelas Siro y Geta. Éstos pasan entre sí cosas muy donosas, de las que entre semejantes suelen pasar, y al cabo burlan de los desatinos que su amo, vencido del amor, dice á su querida Roselia. Venido Lisandro, retráese á su aposento.
LEANDRO. — EUBULO. — OLIGIDES. — SIRO. — GETA.
_Lisandro._ ¡Ay de mí si tan discreto fuese para quexarme como soy yunque para sufrir! entónces conocerias, Eubulo, en mis abrasadas palabras el fuego del lastimado corazon, que no basta á sufrir golpes de tanto dolor; porque cuanto más el deseo se aviva, tanto más la esperanza me fallece de gozar de aquel ángel caido del cielo para enamorar el mundo, cuya figura, no ménos tengo en mi ánima estampada y impresa que enclavada en mi memoria.
_Eubulo._ Señor, si vas por el camino de tu deseo, créeme, que no irás conforme á discrecion y tu honra, ca la pasion que te ocupa no te dexará juzgar la verdad. No te arrojes ni abalances en esa hoguera tan apresuradamente sin primero mirar lo que haces, que las cosas arrebatadas siempre traen arrepentimiento, que quien de presto se determina muy de espacio se arrepiente. Esfuerza á desechar de tí ese desatinado amor, langosta de todas virtudes; y dado que difícil se te haga y cuesta arriba, por eso piensa que en las grandes afrentas se conocen los grandes corazones. No te dés por vencido ni te acobardes, pues el esforzado acometer hace muchas veces al hombre vencedor.
_Lis._ Bien veo, Eubulo, que á tus tan sentenciosas palabras no bastan ningunas fundadas razones; pero, ¿qué quieres que haga, que á las fuerzas de amor el resistir es querer ser vencido?
_Eub._ El huir es vencer, por ende huye las ocasiones, no pases más por su puerta ni la veas.
_Lis._ ¿Qué dices, mal mirado? ¿que no vea la lumbre de aquellos alindados ojos que alegremente esclarecen la oscura pena de mi alma? ¿Que no vea aquel cuerpo glorificado, en quien Dios francamente repartió sus gracias? ¿Que no vea aquella soberana pintura cuyas sobras de fermosura, si repartidas fuesen por todo el mundo, no habria cosa fea en él?
_Eub._ Bien muestras que el amor se ha en tí aposentado, pues no consientes algun consejo ni tienes reposo. Esto digo, que más vale prevenir el mal con remedio que no, despues de venido, con diligencia curallo. Ataja esos nuevos deseos, cercena y corta los malos apetitos que brotan para perdicion de tu alma y destruccion de la honra; agora, señor, en los principios has de mirar, que de los fines la ventura es el juez.
_Lis._ ¿Dónde se me puede á mí seguir más honra y más bienaventuranza que de emplearme todo en la contemplacion de aquella cuya memoria da sér á mi vida, y á quien por sus merescimientos todos los mortales deben servir? Llámame acá á Oligides, que mucho tarda.
_Eub._ Escocióle el buen consejo.
_Lis._ ¿Qué dices?
_Eub._ Digo que voy.
_Lis._ Allá irás. Al diablo tanto discreto como yo tengo en esta casa; pero no sé cómo lo son, que el necio callando es habido por discreto, como el falto encubierto por cumplido; éstos, parlando, se hacen cuerdos.
_Eub._ Señor, vesle aquí, viene de fuera.
_Oligides._ De tus negocios, señor.
_Lis._ ¡Oh hermano Oligides! no ménos alegre me haces con tu venida, que deseoso he estado de tu presencia; mas, ¿qué alegría puede tener aquel que los dias vive con trabajos y las noches vela con pesares y tormento? el cual con tu tardanza acrecentaste poniendo en olvido mis cosas, que sabes que en las cosas de amor la presteza es loable.
_Olig._ ¡Oh, señor! siempre me olvido de mí mesmo por acordarme de tu servicio, y ¿dícesme eso?
_Lis._ ¿Pues qué has pensado en mi remedio?
_Olig._ ¿Qué? que pardios vengo de allá; y si vas luégo verás á Roselia en la ventana de jaspe, y podrá ser que la hables si te das buena maña, que su madre Eugenia es ida á ver á su hermano Menedemo, que malo está.
_Lis._ ¿Y tardabas en decírmelo? Mozos, Siro.
_Siro._ Señor.
_Lis._ Saca ese cuartago blanco y límpialo, y ponle las mejores guarniciones y más ricas que tengo. ¿Tardas, lerdo? ¡rabiosa landre y fin desastrado te arrebate! así eres perezoso.
_Sir._ Ahí te estarás, don necio testarudo; no se le cuece el pan, en un momento lo querria ver todo hecho.
_Lis._ Llégate acá, único socorro de mis pasiones, ¿qué nuevas traes? ¿Hablaste con aquella que par no tiene en la tierra, y en el cielo compete con los bienaventurados?
_Olig._ Otro Calixto hereje tenemos.
_Lis._ ¿Qué dices de Calixto?
_Olig._ Que no tuvo tanta razon para amar á Melibéa, aunque fué mucha, como tú tienes para querer y desear á Roselia.
_Lis._ ¿De mi señora dices? Es un laberinto en grandeza y merecimiento, un mar océano de gracias, un dechado de virtudes, una regla de fermosura en la cual se conoce todo lo imperfecto cotejado con ella. ¿Vístela?
_Olig._ Visto la hé.
_Lis._ ¿Burlando lo dices agora? ¿digo si la viste?
_Olig._ Víla.
_Lis._ ¿Qué te pareció?
_Olig._ Una estrella del cielo caida.
_Lis._ Poco dices.
_Olig._ Un retrato sacado de la hermosura de Vénus.
_Lis._ ¿De Vénus ó qué? y, ¿qué tienen que ver las tres diosas discordes en el debate de la manzana con la diosa Roselia? mal la miraste. Pero dime, ¿qué has negociado?
_Olig._ Yo vengo de allá, y estaba Roselia con su madre, y por esta causa no se ofreció lugar para en secreto manifestarle tu pasion; mas no dexé declarársela en público con palabras encubiertas, si ella me quiso entender.
_Lis._ Dime eso, que me es sabroso de oir.
_Olig._ A la fe preguntóme Eugenia con quién vivia, de aquí tomé yo ocasion y materia para decir de tí muchos loores, con achaque que tenía buen amo y que estaba á mi contento; y tanto me extendí en figurar tus perfecciones por extenso, que temo haber caido en sospecha á su madre, y que haya sentido mis pasos. Finalmente, dixe que de pocos dias acá una grave dolencia te tenía en la cama, y en esto hice del ojo á Roselia, entónces ella sonrióse; creo que me entendió, y en Dios y en mi ánima que no le pesaba cuando de tí me oia mentar, que bien atenta estuvo. Así que, señor, como el aparejo faltase y no hubiese oportunidad á lo que iba, y tambien que la madre se componia para vesitar á su hermano, despedíme, y dejo á Roselia en la ventana que sale á las huertas.
_Lis._ ¿No podias tornar despues que se fué Eugenia?
_Olig._ Allegáos á eso; déxala tras siete llaves.
_Lis._ ¿Viene ese caballo?
_Sir._ Señor, vesle aquí.
_Lis._ ¿Habias tú de subir en él ó yo? limpia esas ancas, torpe.
_Sir._ Señor, Geta lo almohazó.
_Lis._ ¡Lléveos el diablo á tí y á él!
_Sir._ A tí te llevará, pues te tiene ya por suyo.
_Geta._ ¿Qué dexiste de mí?
_Sir._ Déxame, que temia algun palo de aquel desabrido loco.
_Get._ ¿Y por eso me habias de hacer culpante de tu yerro? Así se urden ellas, ¿no viste el agudo, como punta de majadero? rascaba yo el caballo, y íbalo él á fregar con el mandil pisado de la mula para ensuciar lo que yo limpiaba: ¡hí de puta, si me vieras hacer cosa que no debiera, como lo parláras luégo! Pues si yo dixese la llaga que heciste al caballo alazan en el bezo con el acial cuando lo herraba, no estarias más un dia en casa. Si quieres que digan bien de tí, Siro, no digas mal de ninguno.
_Sir._ De poco te enojas; aparejado eres para haber ruido.
_Get._ Hoy, por mi vida, no se te entiende, que si una vez toma tema conmigo este atreguado, jamas se le quitará de la boca asno, puerco, bobo, masca-paja.
_Sir._ Calla tú, que á buen callar llaman Sancho.
_Get._ ¡Qué consuelo aquél! que os dé Dios salud.
_Sir._ Pues ¿dígote mal, que á mal decidor seas discreto oidor?
_Get._ ¿No sabes que sanan llagas y no malas palabras?
_Sir._ Oye, oye, que nuestro halcon ha visto la garza, cómo se azora y se entona; veamos qué le dice.
_Get._ Colorado se paró.
_Sir._ Es del mucho fuego que está en su corazon y resulta por la cara.
_Lis._ Entre muchos beneficios, Roselia, que de Dios recebidos tengo, ésta hallo por suprema bondad en ponerme en cuenta y número de tus servidores, porque ser yo tu siervo, es título para mí que más gloria en esta vida no me puede venir, y si tú, angélica imágen, por tal me aceptas, no trocaré mi gloria por toda la del mundo. No me niegues, señora, tu gracia para me salvar, pues las sombrosas encinas amparan los cansados y asoleados animales para les dar solaz.
_Get._ ¿No miras como se turbó delante su dama? más que necedades se deja decir.
_Sir._ No te maravilles que el amor le ciega, mi fe no es más en su mano, ¡cuán presto se truecan los hombres!
_Lis._ No seas como el laurel, de que no se coge sino la verdura de el esperanza sin fruto de galardon; que no es razon que á quien Dios de hermosura hizo cumplida, de piedad se muestre avarienta á aquel que todo se ha dedicado á tu servicio. Y, pues, con tu vista me has herido de manera que no pudiese escapar de tus manos, en ellas ofrezco mi vida, que en solo tu favor consiste.
_Ros._ El favor, Lisandro, que de mí habrás, si en tus torpes deseos perseveras, será el que dió la nombrada Judich al soberbio de Oloférnes, porque con el mesmo intento que muestras en tus deshonestas palabras le manifestó su ilícito amor; y de mí tomaria tal castigo si en poder me viese de tu atrevido pensamiento, cual la dueña Lucrecia forzada de Tarquino.
_Lis._ Ántes escogeré que dés fin á mi vida que principio á tus enojos, cuanto más, ¿qué mayor castigo ó pena quieres de mí tomar de la que me has causado? que si las entrañas interiores de Ticion el fiero buitre despedaza encarnizado en sus hígados, y de dia en dia, sin cesar, refresca la llaga del triste sin ventura, mucho más contra mí el cruel Cupido se encrudece, asestando de contino su frecha dorada en una mesma parte de mi cuerpo, el casquillo va untado de tu fresca memoria, el sonido de Roselia es la saeta que penetra y ahonda mi corazon.
_Ros._ ¿Tanto mal te causa mi nombre?
_Lis._ Tanto, señora mia, que si el elocuente Tulio, ó el facundo Platon, ó el decidor Demóstenes, con su limado y sublime estilo explicarlo quisieran, halláranse mudos y embarazados para decir mi pena como yo sé sentirla. Por tanto te suplico, pues en todo sin proporcion ni comparacion te aventajas, así en alta y serenísima sangre, como en resplandecientes virtudes, que uses de misericordia con este tu cautivo que más que á sí te ama, que no es de nobleza satisfacer con ingratitud.
_Ros._ Véte de ahí, loco, no muevas mi saña á más ira con tus atrevidas y torpes razones.
_Lis._ Perdona mi loco atrevimiento y mi atrevida osadía, que el dolor del corazon quita el concierto de la lengua. Amor es que me venció y la extraña pasion me ha hecho atrevido, no te muestres tan brava á tan manso cordero, que como vela de cera se gasta en tu servicio, y tú en pago le das sólo que muera.
_Sir._ Señor, ¿con quién departes? Roselia es ida.
_Lis._ Consuelo es á los penados contar sus fatigas.
_Get._ ¿Notaste, Siro, las retólicas de nuestro amo?
_Sir._ ¿Y cómo? dos semejanzas tengo en la memoria harto subidas, de que conté aprovecharme en una carta de amores que he de inviar á Trassilla, aquella moza salada de doña Estephanía.
_Get._ ¿Entendístelas?
_Sir._ Bien.
_Get._ Dime lo del laurel, que el apodo de la encina claro está que amparan los fatigados animales, esto es, los hambrientos puercos engordándolos con bellota, que ansí su señora le engordaria con su gracia.
_Sir._ Por San Pelayo, que lo declaraste bien, que áun yo no lo entendia.