Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina.

Part 12

Chapter 124,016 wordsPublic domain

_Lis._ Di tú lo que quisieres, que si no fuese lo que yo digo, nunca Alceo ni Anacreon, insignes poetas y esforzados capitanes, dexáran memoria de sus sabrosos amores. Ni Ovidio ni Catulo ni Propercio ni Tibulo, tan á su sabor escribieran dello, ni el divino Platon, cuyo título, renombre y apellido es príncipe de los filósofos, dios de los filósofos, cuya opinion en filosofía siguieron muchos sabios, como es Ciceron y Sant Agustin, con estilo lascivo pintára la dulzura de este deleite, ni al cabo de su vejez satisficiera á la natura, como contra quien en vivir castamente pensaba gravemente haber pecado, y haberla enojado con su mucha templanza; ni David su santidad, ni Salomon su sabiduría, pospusieran á esta suave gloria. No creo que Julio César, vencedor en Francia, en Alemaña, en las Españas, en Italia, en Thesalia, en Egipto, en Armenia, en el Ponto, en África, en medio de tantas victorias, del amor se dexára vencer si no hallára más felicidad en su deleite que en la fama de sus hechos. Ni el gran capitan Anníbal se rindiera al poder deste suave deleite, cabe Salapia, lugar de Apulia, despues de habidas tantas victorias en Ticino, en Trebia, en Tramiseno y en Cannas, si no sintiera lo mesmo que yo.

_Eub._ Por cierto, señor, si la bienaventuranza del hombre está puesta en el torpe deleite, tambien es necesario que digas, segun arguye Boecio, que los brutos animales sean bienandantes, pues se deleitan como nosotros, y gozan de los mesmos pasatiempos.

_Lis._ Calla, mal criado, que por buenas palabras me haces bestia.

_Eub._ Yo no digo tal, el profeta lo dirá cuando dice que el hombre, como estuviese puesto en la honra y estado, no conoció la merced de Dios, y volvióse un jumento insipiente por semejanza, aunque no por naturaleza. ¿Quién dubda, señor, que si el apetito enseñorea á la razon, el hombre por el mesmo hecho se compara á bestia, y no es más que un bruto?

_Lis._ Véte, asno, no me filosofees más. Ensíllenme un caballo, iré á oir misa á Nuestra Señora de la Vega.

¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL CUARTO ACTO.

Levántanse Oligides y Brumandilon, y vanse á casa de Celestina, y por el camino, despues de concertar el hurto, blasona mucho de las armas Brumandilon. Despues de llegados, escuchan un chiste que contaba Celestina haberle acaecido con un padre. Entra Brumandilon y pide dineros á Celestina, y ella no se los queriendo dar, pone manos en ella. La vieja, maltratándole de palabra, acúsalo de ingrato. Oligides los pone en paz.

OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA.

_Olig._ Brumandilon, vístete, irémos á casa de Celestina.

_Brum._ De la boca me lo quitaste. Anda allá, pediréle seis reales que he menester.

_Olig._ ¿Cuándo determinas que se haga aquello que concertamos?

_Brum._ ¿Qué?

_Olig._ Lo del hurto.

_Brum._ ¡Oh, ya! esta noche en dexando á Lisandro acostado.

_Olig._ Sea así, y agora miremos bien por qué parte la podrémos mejor saltear, y por dónde entrarémos más seguros que no nos sientan los vecinos.

_Brum._ Señor Oligides, ¿oiste una valentía que hicieron dos agora tres años á la boca de la rua?

_Olig._ Bien sonada fué, y áun se dijo que tú eras uno dellos. Así te lleve el diablo.

_Brum._ Mirad, por mi vida, aunque más secreto se hizo, vino á noticia de todos. Pero no me espanto, que tales hechos ¿quién osaria acometer si Brumandilon no? Por vida de tal, eso me mueve á irme fuera de aquí, porque no hay herido, no hay muerto, no hay afrontado en la ciudad, que no digan, hasta los niños, Brumandilon le acuchilló, Brumandilon le mató, Brumandilon le afrontó, todos piensan que yo lo hago todo; y puesto que en lo más acierten, pero todavía me pesa que me tengan por revoltoso. Por otro tanto me salí de Córdoba.

_Olig._ Escucha, que por mí sé que hablan del capellan que te conté.

_Cel._ ¿Y de eso te espantas, sobrina? pues óyeme otro donaire que me acaeció siendo de tu edad con el confesor de aquella madre de todas nosotras, que buen gozo haya al alma y reposo al cuerpo, que pluguiese á Dios que en algo nos pareciésemos á ella. En mi alma, cada vez que me acuerdo de ella, no puedo tener las lágrimas de ver que despues acá ninguna ha llegado á su zapato. ¡Qué sábia, qué diligente, qué astuta, qué artera, qué solícita era en todo lo que sabía, qué osada para entrar y salir donde quiera, qué lengua tenía para engañar áun á la serpiente maligna que engañó á nuestra madre Eva! Que se le daba á ella mucho que la encorozasen, ó la emplumasen, ó le diesen quinientos azotes; no lo estimaba todo en el baile del rey don Alonso, ántes decia á los que la iban á consolar: mira qué mal me han hecho, si me conocian diez, conoceránme agora ciento. Siempre vamos, hija, descayendo de las costumbres de los pasados, de rocin á ruin.

_Drion._ Pues ¿no dices, tia, lo que pasaste con aquel padre?

_Cel._ Ah, ah, que no me acordaba. Vino á mí una tardecica disfrazado con su espada y capa, y su cabellera, á purgar sus pecados y malos humores, y como estuviese en mi contemplacion haciendo penitencia de sus malas obras y elevado, llama á la puerta Sempronio, mi amigo, yo, turbada, no supe qué me hacer más de escondelle debaxo la cama. Entra Sempronio, y no me hubo trastornado sobre la cama, cuando ella se quiebra y se hunde; el otro, que debaxo estaba, viéndose en tanto aprieto, por se descabullir ásesele la negra cabellera á una aldabilla, y queda con su corona descubierta, él por se cubrir apriesa y no ser conocido de Sempronio, arrebata, sin más mirar, de mi vacineja, que tenía al rinconcillo de la cama, llena de meados, y embrócasela sobre la cabeza, y párase cual la mala ventura.

_Drion._ Y Jesus, madre, ¿qué excusa toviste que buena fuese con que encubrieses á Sempronio lo que hacias con el otro?

_Cel._ Bonita que eres, sí que me habia á mí de faltar; ce, Drionea, corre, componte y atavíate, pára ese rostro lucio, que está aquí Oligides.

_Olig._ Así creo yo, Brumandilon, que fue estotro.

_Brum._ Mirad qué dubda, entremos. Celestina, daca media docena de reales que he menester para un broquel, que este mio ya está hecho piezas y sin aros, en tu servicio.

_Cel._ A tu amo que te los dé, que yo no los tengo.

_Brum._ Por las tres furias infernales, si no fuera por no ensuciar mis manos en tan ruin cosa, más bofetadas te diera que pelos tienes.

_Cel._ ¿Vos á mí? ¿vos á mí? toma para tus ojos, bellaco, rufian.

_Brum._ ¿No quieres callar, vieja, puta, deslenguada?

_Cel._ A la he ése oye sus defectos quien no calla los ajenos; pues como nací para morir, que si voy á ese coro de la iglesia mayor, ó á esas escuelas, yo traiga quien te hincha las medidas y te cargue de leña.

_Brum._ Toma, toma, hechicera alcoholada, agora trae quien te vengue.

_Olig._ ¿Eso has de hacer, Brumandilon, en mi presencia? acaba ya, suéltala.

_Cel._ Justicia, justicia, señores, que me mata este rufian.

_Olig._ Ora ya, Celestina, no vocees, que no te ha muerto.

_Cel._ Ay, amarga de mí, mezquina, que un colmillo solo que tenía me ha derrocado; ¡ay! ¡ay!

_Drion._ ¿Estabas ahí, señor, y consentiste tal cosa?

_Olig._ Mis amores, no pude más.

_Drion._ Andar en hora mala, ¿es aquí mi tia terrero de necios?

_Brum._ Ea, vos, putilla, callad.

_Drion._ ¿Putilla? no me lo dijeras tú si yo tuviera quien respondiera por mí.

_Olig._ Tampoco, Brumandilon, eso no es cosa de sufrir, que la señora Drionea es mujer honesta y buena.

_Drion._ Mirad cuál se vino el cobarde fanfarron, ¿piensas que somos acá algunas bandorrillas como con las quien tratas?

_Brum._ ¿Tomastes alas, señoreta?

_Cel._ Para el mundo que nos sostiene, don bellaco, desuella-caras, mañana te haga enclavar la mano.

_Olig._ No fuiste cuerda en decir eso, ¿no sabes que cuando dos hablan, si el uno se enoja y el otro no responde, aquél es más sabio, que cuando uno no quiere, dos no barajan, ca de otra manera es dar de estocadas al fuego y incitar al airado?

_Cel._ Anda, señor, que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, que no es buen seso traer el asno en peso; mas hágame miel y comeránme moscas, y tanto es Pedro de bueno que no le medre Dios. Los diablos á mí me lleven, si el Cabildo lo sabe, si no sea más negra de lo que piensa; y que á él le amargue el caldo, así no ha de haber nadie sin su alguacil.

_Olig._ Calla ya, Celestina, que tanto es lo de más como lo de ménos.

_Cel._ No puedo acaballo con este mi corazon ni puede templar cordura lo que destempla mi negra ventura. Créeme, Oligides, que como no hay virtud tan loada que no tenga vituperadores, y sólo el agradecimiento tiene este previlegio, que todos, así bárbaros y rústicos como sabios, lo loan, bien así el vicio de ingratitud es tan grave pecado, que los romanos, segun dixo nuestro cura el domingo pasado, no hallando igual pena que le dar, lo dexaron sin castigo. No hay hombre tan perdido, ora sea ladron, ora traidor, ora homicida, que no tenga alguna desculpa de su yerro. Sólo el ingrato carece de todo color y especie con que colorar pueda la terrible maldad de su culpa, sólo el negar le es refugio, y con todo esto veo que no hay vicio tan de todos por palabras condenado, y que tan por las obras todos lo aprueben y sigan. ¿Quién no me tuviera sobre sus ojos? ¿quién no me tratára con mucha reverencia si de mí hobiera recebido lo que éste? pero, mal pecado, perdida es la lexía en la cabeza del asno, nunca lavé cabeza que no me saliese tiñosa.

_Olig._ Madre, no te pese por el bien que le has hecho, que, haz bien y no cates á quién, dicen; más vale que tú le hayas á él sufrido, como desconocido, que no él á tí sobrellevado como desagradecida; cuanto más que peor mal es olvidar los beneficios recebidos que, acordándose, no gratificallos, porque en lo primero hay menosprecio, y en lo segundo memoria; yo sé que Brumandilon se acuerda del bien que le has hecho, y tiene propósito de te lo servir, que aunque una cosa tenga mala, muchas tiene buenas. No hay pega sin mancha negra, ni hay mula sin uña.

_Brum._ Pese á tal, agora que me haces hablar, ¿quién salió estotra noche tras los escolares y los hizo huir? ¿quién traxo su espada cubierta de sangre? ¿quién destroza armas, quiebra espadas y hace rizas de broqueles en tu servicio, sino yo? ¡Ah cuerpo de Dios! decirse han las verdades, ¿cuál á cuál debe más?

_Cel._ Guayas, padre, que otra hija os nace; por un dia que acuchilló el perro de mi vecina, que me ladraba á la puerta, dice que ha derramado sangre por mi causa.

_Olig._ Celestina, ya este hombre tomaste por guarda de tu persona, confórmate con él en lo más que pudieres, que la verdadera amistad no es otra cosa que un sumo consentimiento, así en cosas divinas, como humanas, con un buen querer y amor; y ¿qué dón es dado de Dios, dice Tulio, mejor y más provechoso, fuera de la sabiduría á los hombres, que la amistad? unos las riquezas, otros la sanidad, otros la potencia, otros las honras, muchos los deleites anteponen á lo demas y todos yerran, porque los deleites son propios de bestias, las riquezas y los haberes, la buena disposicion del cuerpo, los señoríos, las honras son bienes de fortuna caducos y inciertos, ahí van donde la rueda los echa. Pero la amistad fundada en tregua y consentimiento de voluntades, acompañada de virtud, es durable y llena de mil suavidades; ¿qué dulce vivienda haber puede en esta miserable vida que no esté en ella? ¿ni qué cosa más sabrosa que tener uno con quién oses hablar como contigo mesmo y descubrille tu corazon? que con alegre compañía se sufre la triste vida, con ella las adversidades no se sienten, y sin ella las prosperidades no valdrian nada. Todas las otras cosas fueron criadas solamente para un efecto, la amistad sirve de muchos oficios, del fuego, del aire, del agua no usamos tanto como de ella.

_Cel._ Hijo, bien lo veo, mas ¿qué quieres, que Brumandilon es tan grosero que no hay quien lo maje? amigo de taza de vino, el pan comido y la compañía deshecha. Nuestra amistad tiene fundamento de arena y estriba en interes, y por esto con poco viento cae en suelo y se deshace.

_Olig._ Él lo hará bien de hoy más.

_Cel._ Ni espero ni creo sino lo que veo.

_Olig._ Ce, ce, Celestina, dexando uno por otro, ¿quién son aquellas dos rebozadas de los chapeos? mas qué polvo levantan con las haldas, como colegiales con sus hopalandas.

_Cel._ Calla, que el polvo de las ovejas alcohol es para el lobo.

_Olig._ Por mi vida, que es bonita y salada la postrera. ¡Ah, señora hermosa! ¿eres servida de un escudero? no me responde.

_Cel._ ¿No oiste que te motejó de frio?

_Olig._ ¿Qué dixo?

_Cel._ Que no hacia sol y que añublaba.

_Olig._ No te maravilles, hermosa, de eso, que si el sol en el cielo se esconde allá en las nubes, es porque tú le quitas las veces en la tierra.

_Brum._ Ya se traspuso.

_Olig._ ¿Conócesla, Celestina?

_Cel._ Mejor que á mí, á la delantera vendí por vírgen cuatro veces á cuatro señores de la Iglesia, y la otra á un generoso.

_Olig._ ¿Harásme haber á la trasera?

_Cel._ Sí, y agora síguela, porque vea que haces cuenta della.

_Drion._ ¡Ah, don traidor! ¿tras ella vas? anda, anda; amor trompetero, cuantas veo tantas quiero.

_Olig._ Por mi vida, mis amores, más estimo tu pié que su cara, no voy sino por conocella.

_Drion._ Amor loco, yo por vos y vos por otro, en mi alma perdida es quien tras perdido anda, bien dicen, ama á quien no te ama y andarás carrera vana; bien lo oí todo.

_Olig._ Brumandilon, quédate tú, y mira bien lo que te dixe, y aguárdame ahí, que luégo vengo.

_Brum._ Pues vén presto.

¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL CUARTO ACTO.

Eubulo da diez remedios singulares á su amo para que se aparte del amor; y al fin Lisandro, no sufriendo el buen consejo de tan leal servidor, envíale á dar el conocimiento á Celestina por desechalle de sí. Este acto es muy docto y lleno de doctrina.

LISANDRO. — EUBULO.

_Lis._ Llámame acá esos mozos, Eubulo.

_Eub._ Señor, nadie está en casa sino los mozos de espuelas y pajes que venieron contigo.

_Lis._ Diles que limpien bien ese caballo, y llamen al maestro que lo castigue de la cola.

_Eub._ Lo ya se hace. Señor, pues alcanzaste la que tanto deseabas, bien es que te apartes de ese vicio, que de hombres es pecar, y diabólica es la pertinacia en el mal.

_Lis._ El amor que está en el alma no puede salir sin ella.

_Eub._ Yo te daré remedios para ello sin que mueras.

_Lis._ Dilos.

_Eub._ Diez remedios hallo que cada uno de ellos basta á desviar tu voluntad del amor. El primero es la mudanza del lugar donde te prendió, que como al cuerpo enfermo es saludable pasarse á otra parte y mudar otros aires para su sanidad, así al ánimo apasionado y herido desta llaga aprovecha mucho mudarse y salir fuera del juego, á parte donde olvide. El segundo es evitar y huir todas aquellas cosas que te traen á la memoria la hermosura de la que amas. El tercero es la ocupacion en otros exercicios, que con nuevos cuidados y negocios se olvidan los rastros de la antigua pasion, exercita las armas, corre caballos, juega la pelota, que Augusto César, acabadas las guerras civiles, se dió á este exercicio; y de Marco Aurelio Antonio se lee que fué tan gran jugador de pelota; y Mucio Cévola fué en ello muy diestro, y Dionisio Siracusano se holgaba mucho en el juego de la pelota. Toma la vihuela y tañe, que al Aspis y Olicornio, al Tigris y Leon el dulzor de la música engañan; y Timoteo forzaba á Alejandro con ella dejar el manjar; el Thebano Epaminonda, el famoso Alcibíades, Sócrates, aunque viejo, sus ciertas horas en la música empleaban; y Themístocles, porque en un convite rehusó la vihuela, fué de todos por agreste juzgado. Véte á tus granjas y huertas y labra en ellas, que éste era un exercicio no ménos loado que usado de los antiguos. Siro, rey, preguntado de Lisandro que quién plantaba sus árboles, respondió, yo mesmo. Marco Tulio, desterrado en Tusculano, si dejaba la pluma tomaba la hoce podadera. Diocleciano fué estudioso de la agricultura. Manio Curio en la labranza le nacieron las canas; y por cierto, bien mirado, éste fué el primer exercicio que los hombres tuvieron: Virgilio dice, ¡oh bienaventurados labradores si vuestro bien conociésedes! El cuarto es la larga consideracion, pensar de contino y con mucha atencion la torpeza de este pecado, la tristeza que deja, la miseria que promete, contemplar cuán breve, cuán momentáneo, cuán nada sea eso que con tanta dificultad se desea, y con tanto peligro se alcanza, y con cuánta facilidad, si quisieses, dexarias lo que es de sabios varones reputado y habido por la cosa más vil y soez del mundo, y más hedionda que sentina de nao. El quinto es la vergüenza y empacho de las gentes, que á muchos cura desta enfermedad, en especial á los ánimos generosos que temen no anden sus famas y honra en boca y lengua de todos por discante, y no quieren ser señalados en torpes hechos, y ponen delante los ojos la fealdad de la cosa vacía de fructo, llena de deshonra, llena de trabajos, llena de congoxas y pesar. El sexto es la devota licion de la Sagrada Escriptura y sanctos libros. El séptimo es el contrapeso de las verdaderas razones á las falsas opiniones que traen y mueven á amar. Las principales causas que te compelen á amalla son éstas, si no me engaño; su buena disposicion, su elegante fermosura, su mocedad, sus riquezas, su alta sangre y el pasatiempo y sabor que hallas en el amor. A todo esto contrapone sus contrarios, que un contrario con otro se cura, desta manera, si agora está moza dispuesta, hermosa, piensa que ha de venir á ser vieja, enferma y fea. Si agora rica, posible es que venga á ser pobre; y como las riquezas hoy dia hagan linaje, quedará tenida por una mujer comun. Si en tí mesmo finges esto que dello necesario ha de ser, dello puede ser, y si la imaginas un vaso de heces de tierra, y esa no buena para tapias, como cada hijo de vecino, á mí seguro que no hagas hincapié en lo accidental.

_Lis._ El cuerpo de mi señora glorificado es, necio.

_Eub._ El octavo es el libre albedrío y poder que tienes para querer ó no querer dexarla ó tomarla, amarla ó aborrecella. Dice el filósofo que el principio de las cosas es la parte más fuerte, nuestra voluntad es la orígen donde nace el amor, y subjecto en quien se aposenta, y así es el lugar más fuerte, y por tanto es menester minarle los fundamentos, esto es, cortalle las raíces ántes que broten en malos actos y engendren perversos hábitos y costumbres, que si el homenaje de la voluntad no se toma, poco ó nada aprovechan los otros remedios. El nono es la hartura, que no hay manjar, por preciado que sea, que no empalague, ni vicio que no harte.

_Lis._ Ningun hastío me trae el amor de aquella seráfica imágen.

_Eub._ Si el apetito creyese á la razon, y de las cosas pasadas argüises las venideras, fácilmente confesarias no sólo hastío, mas vómito, pesadumbre y enojo haber traido á muchos las cosas que más amaban. El décimo y último remedio es el nuevo amor, que amores nuevos olvidan viejos, que, como un clavo expele otro clavo, y una fuerza quita otra fuerza, así un amor saca á otro, que lo que una mora tiñe con otra se despinta, y este último remedio aunque á Artaxerxes, rey de los persas (el cual Asuero llaman las sagradas letras), haya seido útil y provechoso, segun cuenta Josefo, pero porque no es bueno salir de un lodo y entrar en otro, no te lo aconsejo.

_Lis._ El remedio que yo busco es no hallar cosa que me pueda estorbar ó desviar del amor de mi señora.

_Eub._ Ella te pondrá del lodo, al fin no hay peor saber que no querer.

_Lis._ Calla, bobo, que sabes poco del mundo. No miras lo que dijo aquel sabio emperador, hombre que no es enamorado no puede ser sino necio.

_Eub._ Habló entónces como viejo, loco y necio. Yo digo que hombre que es enamorado, no puede ser sino loco y sin seso; pues la nobleza del alma la subjecta á la servidumbre de la carne y á una flaca mujer.

_Lis._ Ora, sús, déxate deso, y lleva este conocimiento á Celestina, con que cobre de mis arrendadores trescientas doblas para casar sus sobrinas.

¶ ARGUMENTO DE LA QUINTA CENA DEL CUARTO ACTO.

Eubulo llegado topa con Oligides y Brumandilon, á los cuales, como viese la vida ociosa que traian, repréndelos de sus vicios. Donde el buen Eubulo hace una declamacion contra los ociosos, y especialmente reprende á Brumandilon porque es tan fanfarron. Llega Celestina, dale Eubulo el conocimiento, y despues de dado, tambien la castiga de palabra ásperamente por sus alcahueterías. Y al fin del acto declama contra todo género de hombres que mal viven. Este acto es muy provechoso y devoto.

EUBULO. — OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA.

_Eub._ Aquél es Oligides y el otro Brumandilon, si los ojos no me engañan; de casa de la buena vieja salen.

_Olig._ ¿Dónde bueno, Eubulo?

_Eub._ Voy á dar este conocimiento á Celestina.

_Brum._ No la hallarás en casa, que es ida á audiencia sobre el pleito de Angelina con Sancias, que en buen són anda.

_Olig._ ¿Y no se dió ya sentencia por Sancias, estudiante?

_Brum._ Es el diablo mi vieja. Cepola no inventó más cautelas de las que ésta sabe.

_Olig._ Cuéntame eso.

_Brum._ Urde Celestina que se vean juntos Sancias y Angelina, y vistos, dice así: á Angelina, ¿tú tomas por marido á Sancias? ella responde: sí; ¿y tú, dice á Sancias, recibes por mujer á Angelina? Sancias dixo: sí, bobo es el mozo que lo hará. Entónces acude Celestina: sed testigos, señores, cómo tomó Sancias por mujer á Angelina, y concedió que sí; y sobre este sí, fueron á pleito. El juez, oidas entrambas partes, no supo determinarse, porque Celestina prueba que Sancias hizo pausa en el sí, y que despues añadió lo siguiente. Sancias concede haber dicho aquellas palabras, pero que corria la sentencia, y que con aquella palabra, sí, no afirmaba cosa alguna, ántes burlaba con ironía de no lo hacer. Celestina replica que las palabras hanse de entender segun el sentido literal, y no segun el entendimiento irónico ó metafórico, y que dado que Sancias las pronunciára conforme á su propósito, pero que la Iglesia no juzga segun la intencion interior, sino por las obras y palabras exteriores que denotan consentimiento. Y desta manera el juez, convencido así por las razones de Celestina, como por otras causas particulares que entre él y Celestina habian, sentenció por Angelina.

_Olig._ No pensé que tanta era la fuerza de Celestina, que bastára á corromper las letras, pero allá van leyes do quieren reyes.

_Eub._ Mas ¿qué entrar y salir haceis en su casa? Nunca os veo sino ir y venir de allá; vida de holgazanes es la vuestra. ¡Oh ocio, ocio, cuántos vicios acarreas á los hombres! tú mantienes la luxuria, tú entorpeces el cuerpo, tú enflaqueces el espíritu, tú ofuscas el ingenio, tú disminuyes la sciencia, tú embotas la memoria, tú traes olvido, tú revuelves familias, tú trastornas las ciudades, tú hundes los reinos, tú levantas bandos entre parientes, tú desconciertas las repúblicas; no sin causa Platon loa tanto el trabajo, cuando dice que los ramos de la virtud crecen con el trabajo; y con verdad, que, como la tierra si no se ara y se labra engendra abrojos y espinas, y labrada y sembrada fructifica, bien así la natural inclinacion del hombre para el bien, si no se exercita con buenas obras, queda manca, y hínchese muy presto de vicios; y vicio y virtud contino entre sí pelean con gran batalla, como introduce Prodico en Xenofon. La virtud, dice Hesiodo, está puesta allá en una alta, áspera y ardua roca y en una deleznable cuesta y pedragosa peña. Píndaro dice que los trabajos y peligros son compañeros de la virtud. Creedme, hermanos, que no sin muchos trabajos se alcanza la gloria.

_Brum._ No creo en tal, si no es ella la causa por que nunca dexo descansar á mi espada, sino que hiera ó mate.