Part 11
_Olig._ Fuíme derecho á Carmisa, y estando ella y yo en muchos placeres y regocijos, héos aquí llama á la puerta el bachiller su amigo; yo en esto estaba sin sayo, baxas las calzas, y quiso más nuestra desventura que al tiempo que él llegó daba yo una gran carcajada de risa, contando de allá del tu capellan metido en el arca; de suerte que sintió hombre en casa, y mientra más nos oia reir y las voces que teniamos, él más priesa se daba á llamar. Entónces Carmisa, cortada de la muerte, no supo qué se hacer más de esconderme en baxo de una cesta de colar, que como soy de esta marca cagada, cupe en ella. El bachiller, como no le abrieron tan presto como queria, vase y trae consigo sus popilos armados para derrocar la puerta y matar á Carmisa y á mí. En este medio la vieja, su madre, como más sábia y astuta, sospechó á lo que iria, y mata de presto un pato, y hinche con la sangre el gaznate, y rebózamelo por este cuello; y da una tijerada en la morcilla y brota la sangre, y párame cual veis. En esto llega el bachiller á quebrar las puertas, la vieja comienza á dar gritos de arriba. Escóndete, señor, escóndete, que viene la justicia; torna luégo á replicar: ¡ay! que no es, está quedo y curarémoste. Corre, baxa tú, Carmisa, abre al señor bachiller, que bien puede entrar él solo. Y todo esto decia la buena madre á voz alta que la oyese el otro. Viene Carmisa y abre disimulando otra turbacion de la que tenía con estas palabras: ¡ay! mi señor, que tenemos acá un herido, el cual dexa por muerto á un lacayo del Conde, y pensamos que eras tú la justicia que venía tras él, y por eso nos tardamos en abrir mientra le escondiamos. El bachiller, puesta la punta de la espada en sus pechos, díxole que mentia, que aquellas risadas no eran de hombre herido. Carmisa responde: ¡desdichada yo! sube, verlo has, que como se le iba la sangre por la garganta donde le hirieron, por quexarse, de dolor graznaba como pato, y tú pensarias que se reia. Entónces el bachiller sube á ver si era verdad, y como me vió lleno de sangre, creyólo, y díceme, ¿hermano, quieres algo? Yo, tapado siempre porque no me conociese, grazno como que no podia hablar, y hacia señas con los ojos al cielo. El bachiller no me entendiendo pregunta lo que diria yo. Ella dice: que llames al zurujano, para que con este achaque él fuese, hecho necio, á llamarlo, y yo tuviese lugar de me ir sin saber él quién yo era; y así me vine corriendo cual me veis.
_Brum._ ¿Y qué dirá despues que traiga al zurujano y no te halle?
_Olig._ Quien hace un cesto hace ciento; como supieron urdir esta mentira, tramarán otras cuarenta, dándole á entender de cielo cebolla.
_Cel._ Fácil cosa es engañar al que ama, el cual no ménos ligero es para creer lo que no lleva piés ni cabeza, que ciego para no ver lo más claro que la luz, y aguijemos.
_Brum._ Dentro estamos.
_Olig._ ¿Traes buenas nuevas, Celestina?
_Cel._ Rebuenas, ya hecho es.
_Olig._ Pues suba Brumandilon á decir que estás aquí, que yo voyme á lavar y limpiar de esta sanguaza, y mudaré otros vestidos.
_Brum._ Subo, que morador soy ya de casa.
_Olig._ ¿Cómo así?
_Brum._ Despues te lo contaré; albricias, albricias, señor.
_Lis._ ¿Qué es, amigo Brumandilon, que todo es tuyo?
_Brum._ Pues Roselia es toda tuya.
_Lis._ No te creo. ¿Qué es de Celestina?
_Brum._ Héla aquí entra.
_Lis._ ¡Oh canas honradas! ¡Oh venerable senetud! abrázame ¿Qué es esto que oyo, madre Celestina? ¿es verdad? ¿confírmaslo tú?
_Cel._ Así lo digo, que por mi industria y buenas mañas de esta pecadora y pobre Celestina, Roselia queda por tuya, y te ama más que á sí mesma, y queda encendida en el fuego de tu querer, y desea más verte que vivir.
_Lis._ ¡Oh Dios! si verdad es no me trocaria por un bienaventurado del cielo.
_Cel._ Así tuviese yo ciertas cien doblas como ello es verdad.
_Lis._ Toma estas diez piezas de oro por agora, que despues que la alcance te daré lo que te prometí para en casamiento de esas dos tus sobrinas.
_Cel._ Mientra la vida me duráre jamas olvidaré las mercedes que me haces, y aunque mi ventura y tiempo se mude, nunca mi voluntad para servirte.
_Lis._ Pues, ¿qué me cuentas de mi señora, madre mia?
_Cel._ ¿Qué? que en la fragua de tu amor se acendra su corazon, donde se apura más que oro en crisol sin mezcla de otro pensamiento sino en tí, ni otra cosa en él se aposenta sino tu memoria; y cuanto tu ausencia le lastima, tanto tu presencia la hará alegre.
_Lis._ ¿Y qué? ¿de cierto me saldrá á hablar esta noche?
_Cel._ Sin falta, y por tanto, entre doce y una irás, no por las ventanas de la torre, sino por el jardin; y lleva tus escalas para entrar dentro, que ella saldrá á los miradores que caen al huerto, y no seas negligente ó vergonzoso para subirte do ella está, y aunque te parezca empachada y que la sientes esquiva, no por esos dexes de hacer lo que debes, que ella se holgará que seas tú desenvuelto.
_Lis._ Es tan alta la merced que mi señora me hace, que juzgándome indigno de tan crecido beneficio, dubdo si es posible lo que me dices, que los oidos no acostumbrados á recibir tan divinas palabras, rechazan por alto lo que nunca pensaron oir, seyendo de ello incrédulos.
_Cel._ Condicion es de los firmes enamorados, lo más dudoso y contrario creer más ayna, y lo que más desean, tener por ménos cierto. Esto es lo que dixo mi tia, que Dios perdone, que nunca el corazon lastimado de deseo toma la buena nueva por cierta ni la mala por dubdosa. Señor, lo que dije digo otra vez, y por no alargar los testigos, esta noche experimentarás por las obras más de lo que agora oyes.
_Lis._ Pues, ¿por qué no salió ayer?
_Cel._ Lo que yo adevino es, ó que Beliseno la estorbó, que ni sé en qué ni en qué no se anduvo, segun me apuntó Melisa, ó no osó salir de empacho. Pero agora que ajeno señorío manda su voluntad, no será en su mano dexar de salir.
_Lis._ Mas si vió á su hermano, que fasta cuasi las doce se detuvo por allí con sus criados, y por eso dexó de salir.
_Cel._ Eso sería.
_Brum._ ¡Oh pese á tal! porque ahí no me hallé, que no creo en la puta que me parió, si no le cortára las piernas y con ellas le diera de palos.
_Cel._ Señor, pues todo queda hecho, loores á Dios, yo me voy y mándame, que yo y aquella casilla pobre estamos á tu servicio; y ten por encomendadas aquellas mis dos sobrinitas.
_Lis._ ¡Oh verdadera salud mia! ¿y vaste? pues suplícote que en todas tus necesidades acudas acá, que de mí y de todo cuanto tengo te puedes servir como cosa propria; desotro pierde cuidado, que muy presto habrás recabdo.
_Cel._ En buena fe, mi señor, no con ménos voluntad de servirte que de salvar mi ánima, haré lo que me mandáres, y quédate á Dios.
_Lis._ Mozos, acompañad á la señora hasta su casa. Oligides, Oligides.
_Olig._ Señor.
_Lis._ Aderecen luégo lo que he de cenar, que me quiero acostar temprano; y tú tendrás cuidado de despertarme á las diez.
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL CUARTO ACTO.
Recordado Lisandro de un sueño profundo y suave en que se soñaba con su señora, comienza despierto á devanear, contando por via de pregunta en lo que se habia visto entre sueños. Va Lisandro con su gente. Velo Beliseno y quiérele acometer, impídenle sus criados dándole á entender que era la justicia. Métense para vello en una rinconada. Acaece que Lisandro con los suyos se va tambien ahí á recoger por no ser visto de Beliseno, y dice lo que ahí pasó. Sube Lisandro por la escala al jardin, y vese con Roselia, su señora. Beliseno, que acechaba lo que pasaba con su hermana, vase muy enojado con propósito de matarlos á todos la noche siguiente. Baxa Lisandro muy alegre y vase para su casa.
OLIGIDES. — LISANDRO. — EUBULO. — BRUMANDILON. — BELISENO. — GALFURRIO. — CASAJES. — DROMO. — REBOLLO. — MELISA. — ROSELIA.
_Olig._ Señor, recuerda, que las diez son dadas.
_Lis._ He, he; señora, he.
_Olig._ Oligides soy que te llamo. Jurare que se sueña con la otra.
_Lis._ Qué, he; sí.
_Olig._ ¡Ah señor! despierta, que es hora.
_Lis._ Aha, ay, ay. ¿Sueño es? ¿dormia? ¿Qué, no estaba yo agora con Roselia? ¿No la tenía entre mis brazos apretada? ¿No hubieron ya execucion mis deseos? ¿No subiste tú conmigo, Oligides, por el huerto?
_Olig._ No, que yo me acuerde.
_Lis._ ¿No? ¿No me pusistes las escalas de arriba para descendir al jardin do mi señora baxó? ¿No la besé ahí con mil retozos entre unos floridos jazmines y unas hermosas clavellinas? Los lirios, las alegrías, los tréboles y alegres alhelíses, las frescas azucenas, las olorosas albahacas, los toronjiles y artemisas, las rosas y violetas, ¿no fueron testigos de aquel azucarado rato? ¿No nos paseamos despues asidas las manos junto á una fontecica con una dulcísima plática? ¿Y cabe unos camuesos no nos despedimos con dos reverencias y sendos besos, cuando los paxaritos mensajeros de la alborada comenzaban á cantar con un suavísimo ruido, cuando la mañanica con sus arreboles lo sombrío de los cipreses ilustraba y esclarecia y las hierbecicas de rocío bordaba, cuando la aurora con sus rubios cabellos en su bijugo carro sentada, vuelta daba á nuestro hemisferio, cuando los lucidos planetas con sus doradas cernejas dieron lugar al dia y la negra noche, rompida el alba, sus prietas haces cubrió, y se fué ceñida con una cinta tachonada de rutilantes estrellas, cuando Febo su inflamada cabeza de una radiante guirnalda coronar queria, y sus haces rubicundas mostrar á la tierra, cuando el claro Jubar á las cosas daba color, y las obscuras tinieblas de su claridad huian, cuando Titan, bañado en las oceánicas ondas, acababa dar de beber á sus blancos caballos en el Océano, y las sus refulgentes ruedas del su cuadrijugo carro con su resplandor á las cumbres amagaba?
_Olig._ Hecho está un poeta nuestro amo; mas no se te vuelva el sueño del perro. Ea, señor, que no pende tu remedio de esas imaginaciones, y di qué armas quieres.
_Lis._ Descuelga esas corazas, y armaos todos.
_Brum._ Quítame allá ese embarazo de rodela, que yo con espada y capa haré más que cuatro hechos reloxes.
_Olig._ Eubulo, por huir más liviano lo hace.
_Eub._ Ya lo veo, déxale.
_Olig._ Señor, á punto estamos.
_Lis._ Pues vamos.
_Bel._ Hélos dó vienen, apercebíos, poneos en órden.
_Galf._ Muchos son los contrarios, compañeros. Démosle á entender que no son ellos.
_Cas._ Déxame á mí hablar. Señor, mira lo que haces, no sea la justicia, que no es bien acometer á nadie sin saber de cierto si es el enemigo. Escondámonos en esta rinconada, que de aquí los verémos pasar, y sabrémos quién son.
_Bel._ Meteos, pues, en esa calleja, yo aquí me quedo en este canton.
_Drom._ ¡Oh! qué bien has dicho, Casajes, y qué á buen tiempo.
_Reb._ No pudo ser mejor dicho; entremos.
_Olig._ Señor, mientra da las doce metámonos en este apartamiento, no pase Beliseno y nos vea, aunque no sé qué gente parece que está dentro.
_Lis._ Bien dices.
_Galf._ Hermanos, que entran á matarnos, huyamos, huyamos.
_Cas._ ¡Oh poderoso Dios! salgamos, ántes que nos tomen la entrada.
_Reb._ Dexa la adarga, Dromo, que yo todo lo dexé.
_Drom._ Corre, corre, que ya la eché, y la capa tambien.
_Cas._ Galfurrio, vuelve la cabeza á ver si vienen tras nosotros.
_Galf._ ¡Oh sancto Dios! ¿ves el peligro en que vamos y dícesme eso? No me digas nada, aguija, aguija, que me parece que nos alcanzan.
_Cas._ Vírgen María, metámonos aquí en esta pocilga, puesto que uno veo acullá delante que nos va á cercar.
_Drom._ Espera, Rebollo, entraré yo.
_Reb._ Al diablo el que tal aguardase.
_Brum._ He, he, ay, cansado estoy de correr, en mi seso me estuve de tomar armas livianas, si los piés no me valieran, este fuera mi dia. Valientes hombres son Galfurrio y Casajes, y los demas que luégo que nos vieron entrar en la rinconada dieron tras nosotros, desalados venian en mi alcance, en mí solo queria descargar; hi de puta, si me cogieran los mancebos, como alanos se encarnizáran en mi persona; bien está, que si ellos corrian tras mí, yo volaba. Doite gracias, Señor, que me heciste ligero y desenvuelto á tales tiempos, hágome cuenta que hoy me nací. Quiero agora ir á buscar á Lisandro, y diréle que los iba á atajar. Mas, ¿qué es esto que veo? armas y capas son; mirad, por mi vida, si lo habian dexado todo por me alcanzar, quién los aguardára. ¿Aquél es Lisandro y sus criados? creo que sí, quiérolo mirar bien, no me engañe, y me maten si son los otros; él es, bien está, algo te iba en ello, Brumandilon, saberlo.
_Olig._ Cata dó viene Brumandilon, señor, esgrimiendo con la espada desnuda, cargado viene, no sé qué se trae debaxo del sobaco.
_Brum._ Oh venturosos hombres, si no tomaran calzas de Villadiego y pusieran piés en polvorosa, como me ofrecieron estos despojos, me ofrecieran tambien las vidas.
_Lis._ Acá no pensamos, Brumandilon, sino que habias huido tú de ellos, y ellos de nosotros.
_Brum._ Sobre eso, señor, me mataria con quien tal dixese de mejor gana que me iba á matar con éstos que huyeron, no creo en las obscuras y sombrías lagunas do los dioses jurar tremian, si no me adelanté, porque no se me fuesen por piés, y todavía, en viéndome que volvia á ellos, hurtáronme el cuerpo y desaparecieron, dexándome esto que ves porque no impidiese su huida. ¡Qué hombre yo para huir! descreo de tal si aunque otros tantos fueran más, á todos no desarmára, como hice á éstos. Yo, señor, como me he visto en algunos arrebates y refriegas, cierto más que estos mis compañeros, sé mejor en qué manera se han de cazar los fugitivos. El aire me dió que habian de huir, y por ende les atajé los pasos.
_Lis._ Estémonos aquí fasta que dé la hora.
_Bel._ Mozos, ¿qué es de vosotros? ¿dónde venis?
_Galf._ ¿Dónde venimos, pese á tal? en pos de uno que sentimos ser de la cuadrilla.
_Cas._ ¡Oh! estoy por arrancarme las barbas pelo á pelo de ver que se nos escapó por piés.
_Drom._ Por los sanctos de Palermo, que por aguijar más ayna y asirle no se nos escabullese, dejé allá mi capa y espada con lo demas.
_Reb._ ¡Oh, derreñego de la leche que mamé! que otro tanto hice yo y no me aprovechó.
_Bel._ Ce, aquéllos son sin duda, acometámosles.
_Galf._ Por Dios, señor, buenos estamos irnos á meter en las manos de los enemigos, estando de ellos fatigados de correr, de ellos sin armas.
_Cas._ Señor, mejor seso será acechar de aquí que no nos vean, y mirar en qué anda este Lisandro, y qué es lo que pretende en sus venidas á tal hora.
_Drom._ Muy bien dicho está, que si tu hermana tiene tambien la culpa, agora lo verémos en lo que hace, si le sale á hablar ó no.
_Reb._ Y áun mi parecer es que otra noche vengamos con ballestas y que todos mueran, porque no tengan lugar de huir, y así se escape alguno como estotro.
_Bel._ ¿No veis que matarlos así es especie de traicion?
_Cas._ Anda, señor, que á un traidor dos alevosos; ¿no es mayor traicion la que éste te trata?
_Bel._ Pues estad queditos y mirad bien lo que es.
_Lis._ Hora es; mozos, guardad ese paso. Vén tú conmigo, Oligides, arrima esa escala.
_Olig._ Sube, señor, y tente no cayas.
_Lis._ Sígueme; tórnala á poner, baxaré al huerto.
_Olig._ Baxa, señor.
_Mel._ Albricias, señora, tu deseado viene.
_Ros._ ¿Dícesme verdad?
_Mel._ Sal y verlo has.
_Lis._ ¿Es mi señora?
_Ros._ ¿Quién es? Ay, mi señor, no subas acá si no quieres que me vaya, que de ahí me podrás hablar.
_Lis._ No huyas, mi bien, si no quieres que me dexe caer destas escalas abaxo.
_Ros._ ¡Oh, desdichada yo! no subas.
_Lis._ Perdona mi descortesía. ¡Oh mi señora y mi bien todo! Cuantos dias há que deseaba tu presencia, de la cual, por juzgarme indigno, nunca pensé gozar. Sabido habrás que en tu seguro puerto está surgida la nao de mi deseo; en tí las firmes áncoras de mi esperanza están echadas y anegadas despues de muchos vaivenes de desesperacion. ¡Oh, cuánto te debo, única lumbre de mi vista! que si tú no hobieras seido solícita ronda, diligente escucha, vigilante guarda, despierta centinela de los adarves, baluartes y muros de mi ánima, y no defendieras la entrada á mi muerte, presto feneciera en tus amores.
_Ros._ Por cierto, mi señor, ésa fué bastante causa, sin otras muchas que hay, que á mí me movió para que no consintiese morir criatura tan bella como tú eres.
_Lis._ Bien veo, mi señora, que soy indigno y no merecedor de esta suavísima conversacion tuya, destos afables y dulzorados coloquios, desta sonoridad y dulcedumbre de tus palabras; por ende, es más sobrado y incomparablemente aventajado el beneficio y merced que me haces en el más breve momento que aquí vuela, que no todos mis servicios juntos. Tu encumbrada belleza, tus gracias divinas, tus pujantes perfecciones, tus heroicas virtudes me han tenido cautivo y me tendrán mientra los espíritus vitales rigieren mis miembros y dieren vida á mi cuerpo.
_Ros._ De verdad, señor Lisandro, agora hallo, y por los ojos lo veo, mucho más haber en tí de lo que me decian.
_Lis._ Todo lo que soy yo es tuyo, y si algo soy, por tí lo soy, que tu hermosura es la que sustenta mi vida, y tu favor de todo el mundo me hace vencedor. ¡Oh descanso mio! téngote en mis brazos y no lo creo, porque más es mi gloria en verte, que mis trabajos para te conocer.
_Ros._ Ea, señor, por mi vida, que estemos quedos, no seas descortés, apártate allá, no llegues á mí.
_Lis._ Suplícote, señora, que tu favor dispense en mi osadía, y pues Dios tan francamente en tí distribuyó sus gracias, ¿por qué eres avarienta en las repartir con aquel que la vida estima en poco perder en tu servicio?
_Ros._ ¡Ay, mi señor! estén quedas tus manos, no me deshonres.
_Lis._ ¡Ay de mí sin ventura! que más me valiera acabar luégo mis tristes dias que no al fin de la jornada. ¡Oh, cruel señora! que delante tus ojos y en tu acatamiento mi muerte ver quieres, que si con sola la vista hieres, ¿quién se podrá escapar de tus manos? Mas mi poco valor y tu mucho merecimiento debe causar mi desdicha, ya lo veo, señora, y así te suplico perdones mis descorteses palabras y mis desvergonzadas y atrevidas manos; á tus piés me echo para recebir de tí perdon ó que hagas de mí justicia. Toma mi espada.
_Ros._ Levántate, ángel mio y mi señor; tuya soy, y por tuya me entrego, y en tus manos me pongo, haz de mí lo que quisieres y ordenáres; espera, mi vida, enviaré la doncella. Melisa, corre, véte cabe la cámara, y no nos sientan levantadas.
_Mel._ Bien te entiendo, que desviada estoy.
_Ros._ Landre que te mate, que no es lo que piensas. Ay, amor mio, así me tratas.
_Lis._ Hasta mi gloria un poco la porfía.
_Ros._ Ten cortesía, mi señor, no descubras aquellas partes que la naturaleza no quiso que sin vergüenza se mostrasen.
_Lis._ Deja á mis sentidos por entero gozar de tí en mi bienaventuranza, pues todos en mi pasion me tuvieron compañía. Consiente que mis manos palpen y toquen tus delicados miembros, tus lindas carnes, más blandas y amorosas que seda, permite á mis ojos que vean tus piernas más blancas que copos de nieve; pues mi indigna boca gustó de tus melifluos besos, y mis orejas se deleitan en oir tus azucaradas y dulcísimas palabras.
_Bel._ ¡Oh Dios, y tal bellaquería pasa! y escalaron.
_Galf._ Detente, señor, no vayas, que son muchos y no ganarás honra en lo que vas á hacer.
_Cas._ Sí, sí, señor, bien dice Galfurrio.
_Drom._ Pese á tal, y qué yerro se hiciera agora por no mirar. Rebollo habló bien, que mueran asaeteados, porque no se escapen.
_Reb._ Así lo digo otra vez, que nos metamos en el huerto donde se hace la fiesta, y ahí escondidos que no nos vean ni sientan, los aguardemos con nuestras ballestas armadas.
_Bel._ Pues no falte ninguno, y vamos.
_Ros._ ¡Ay, amenguada de mí y deshonrada! ¡Oh dia de mi perdicion! ¡Oh hora donde perdí nombre y corona de vírgen!
_Lis._ ¡Oh cuitado de mí! señora, ¿así te amorteces? Torna en tí, mi vida, cata que me moriré.
_Ros._ ¡Oh mi señor Lisandro, y mi corazon y mi alma! tenme en adelante por tu sierva y captiva, y no te olvides de la que todo lo aventuró en tu servicio y lo da por bien empleado.
_Lis._ No digas tal, perla preciosa, que es pecado, que el siervo yo soy, y tú la señora. Que como algunos hay, dice el filósofo, naturalmente siervos, á los cuales se les ensaya mejor el servir que no el mandar, así es mi dichosa suerte servirte y tú mandarme, yo obedecer y tú regirme.
_Mel._ Señora, ¿hate de amanecer ahí? despacio lo tomas, acaba ya, que más hay dias que longanizas.
_Lis._ Media hora no es pasada, y ¿quiéresme llevar á mi Dios?
_Mel._ No se siente la sucesion y curso de tiempo con la embriaguez del dulzor.
_Ros._ Pues nos es forzoso partirnos, contentémonos que mañana á la mesma hora nos veamos aquí en este jardin, que yo baxaré por tus escalas. Y pues sabes, mi señor, que la ausencia es enemiga de amor, y quien léxos de ojos léxos de corazon, no tardes en tu venida. Por agora el ángel custodio te me guarde y te acompañe.
_Lis._ Y el que te crió tan hermosa quede contigo. Pon esa escala.
_Olig._ Baxa, señor, que puesta está.
_Lis._ ¿Qué os parece, mozos, vengo mudada la color, pues desciendo del paraíso?
_Olig._ Descolorido baxas.
_Lis._ ¿No me dais el parabien de los triunfos de mis fatigas pasadas? Despléguense ya las encogidas banderas de mi tristeza, levántese el pendon de mi alegría, y la devisa y blason de mis armas sea esta victoria labrada en campo morado, los extremos bordados en torno con este letrero:
Lisandro y su Roselia, Dos amantes y uno son En alma y en corazon.
¡Oh Piérides musas, si mi gloria á vuestros oidos veniese, cómo la cantaríades desde el monte Parnaso y Helicon! ¡Oh si vivos fueran el gran poeta Homero y Virgilio, como metrificáran con sus versos heroicos el proceso de mis amores! ¡No acaeciera este mi hecho en tiempo de Herodoto ó Thucídides, en tiempo de Salustio ó Tito Livio para que su estilo elocuente lo empleára en materia tan copiosa!
_Eub._ Bobear.
_Brum._ Por vida de tal señor, que estamos acá hombres, sin ésos, que sabrémos emplear nuestras fuerzas en tu servicio, y áun sustentaré que soy para más que todos esos hombres de armas que has mentado.
_Lis._ Calla, que son historiadores coronistas.
_Brum._ Eso bien.
_Lis._ Cerrad esas puertas, y satisfagamos de sueño á las noches pasadas.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL CUARTO ACTO.
Disputa Eubulo, varon sabio, con su señor, dándole de vestir, concluyéndole con muchos exemplos y razones que el sumo bien no consiste en el deleite, lo contrario de lo cual queria defender su amo.
EUBULO. — LISANDRO.
_Eub._ Señor, levántate, que es tarde.
_Lis._ Abre esas ventanas, y dame de vestir.
_Eub._ ¿Qué jubon quieres, señor?
_Lis._ Dame acá ese de raso encarnado, y sácame ese sayo de las bordaduras recamadas con pedrería. Agora veo ser verdadera sentencia la que el Epicuro y Aristipo profirieron, que el sumo bien consiste en el deleite.
_Eub._ ¡Oh herejía reprobada en nuestra fe, y error condenado de la seta peripatética y de todos los sabios gentiles, palabra acoceada!
_Lis._ ¿Cómo así?
_Eub._ Porque ni Scévola quemára su mano derecha, ni Bruto matára sus hijos, ni Torcato al suyo, ni Marco Régulo á tan graves tormentos volviera, ni Curio profazára los tesoros de los Samnitas, ni Fabricio las promesas de Pirro, ni el mayor Scipion repudiára las delicias de Celtiberia, ni Alejandro las de la mujer y hija de Dario, ni Solon ni Licurgo establecieran leyes, ni Fabio ni Marcelo ni Mario ni Sila ni el César Augusto, por solo deleite, tan magníficas obras y tan virtuosas hicieran.