Part 10
_Ros._ ¿Qué dices?
_Cel._ Que me pesa en buena fe, bien y verdaderamente echada en ese estado enferma de ese mal, que es peligroso si no se aplica con tiempo el remedio, que el corazon es principio de la vida.
_Ros._ Vieja honrada, como pasabas por nuestra puerta hícete llamar para darte descuento de lo que pasa, y que no me tengas por mujer liviana que no cumplo mi palabra; yo no quise salir á hablar ese tu caballero, porque quien nos viera juzgára lo que no es, y no la mi buena intencion, y como las mujeres seamos más obligadas á nuestra fama que á nuestra vida, no me estuvo bien condenarme á mí de culpa por librarle á él de pena.
_Cel._ Ay, mi ángel y mi Pascua de flores, como te lo dices; no parecen tus palabras sino perlas que se caen de esa tu boca de oro.
_Ros._ Yo lo haria, por cierto, si mi honra estuviese salva de malos juicios, pero como sea más deshonesto el oir á las mujeres que el requestar á los hombres, no pudiera remediar su mal sin amancillar mi honestidad; y si la mujer la honra pierde, nunca la cobra, bien lo ves tú.
_Cel._ Aquello de requestar me contenta; bien sabe que serian requiebros y no devociones lo que habian de platicar.
_Ros._ Habla alto que te pueda oir, y no muy recio, no te sienta mi señora madre.
_Cel._ Digo, que siendo bien de noche, como á las doce ó á la una, nadie lo barruntaría, ¿quién lo ha de ver ó oir, todos durmiendo?
_Ros._ Anda, que las paredes han oidos; no hay cosa, por más secreta que sea, que tarde que temprano no se venga á descobrir.
_Cel._ Señora..... Mas creo que sera bueno hablalle á las claras, y dexar estos servicios de Dios, que en buen són la tengo.
_Ros._ ¿No dices lo que comenzado habias?
_Cel._ El temor de tu enojo acobarda mi lengua y le pone silencio, que no osé decir lo que diria con tu licencia.
_Ros._ Di lo que quisieres.
_Cel._ Ya sabes, señora, que Lisandro pena por tí, y que su dolor y tormento es tan grande, que le quita todo otro sentimiento, porque ningun mal le puede venir que iguale con el que tú le das, ni placer que le absuelva dél; pues sábete agora que está en disposicion de perder la vida por tus amores despues que faltaste la palabra, y si la fe que en tí tiene no le sostuviese, muy presto se anegaria en el golfo de sus pasiones que por tí padece, las cuales cierran las puertas á su consuelo y ábrenlas á su sepultura, que espera, si no le remedias. Él te suplica que reciba de tí galardon de su trabajo en tu piedad, y no muerte en tu crueldad, y que de esta manera remediarás su vida satisfaciendo á su deseo.
_Ros._ Si el castigo que merece tu osadía en venirme con tan torpe demanda no perdonára mi mansedumbre, en lugar de sufrirte tomára de tu vida venganza.
_Cel._ Señora, estemos á razon y no lleves las cosas por rigor.
_Ros._ Eso quiero yo, mala vieja, porque veas que cuanto á mí me sobra de razon para condenarte, tanto á tí te falta para defenderte, y cuanto yo soy sufrida, tanto más tú sobresalida en desvergüenza de tu descarada peticion. Dime, ¿parécete á tí bien hecho que por dar fin á su torpe deseo, dé entrada y principio á toda mi perdicion, de suerte que mi gloria en trabajos, mis dulces placeres en tristezas, mis cantos en lloros, mis fiestas en lutos se vuelvan? ¿Quieres tú que con mi ignominia alcance él victoria, y en mi vituperio soberbia? ¿Quieres que dé triste vejez á mi madre, y que ponga mácula en mi linaje? ¿Qué dirán las gentes de mi maleficio? ¿Quieres que haga cosa donde se me siga infamia en la honra, peligro en la persona, perdimiento en el mayor bien que natura me dió, y aborrecimiento de los que bien me quieren? Finalmente, ¿quieres que viva deshonrada para toda mi vida? Respóndeme á esto.
_Cel._ De otro temple está esta gaita, luego si le satisface mi respuesta hecho está todo, pues ya no se pone en disputa el servicio de Dios, sino el del dimonio. A pocos empuxones pienso desquiciar las puertas movedizas de su propósito.
_Ros._ ¿No tienes aquí qué decir?
_Cel._ Por verdad, mi señora, que si la mucha razon no fuese de mi parte y la poca contra tí, no bastaria la compasion que tengo de aquel que por mucho amar mucho sufre, á aconsejarte que no le dieses la muerte por negarle socorro; y porque lo veas claro, dime qué vituperios ó qué infamia hallas seguirse por complacer al más alindado galan y gentil mancebo que criatura vió, ni natura engendró, ni Dios por agora otro crió; como que no fuese cosa comun que cada dia acaece, y á cada paso lo vemos, y entre manos lo traemos, y los libros de ello están llenos, que doncellas de alta guisa y de real nacimiento, hijas de grandes señores, no sólo amaron sus amigos y servidores, mas muchas de ellas los siguieron hasta sus tierras, donde fueron recebidas con mucha solemnidad, acatamiento y cerimonia. Helena con Páris se vino á Troya, Medea con Jason á Grecia despues que conquistó con su favor el vellocino dorado, Hesione siguió á Thelamon, la dama Bryseis con Achíles se fué, Fílis amó á Demofon, Fedra á Hipólito, Hermione á Oréstes, Deyanira á Hércules, Ariadna á Theseo, Scilla á Minos, Safo á Faon, la malandante Dido por Enéas se perdió, si no nos mienten los poetas, y la desdichada Tisbe de la fiera leona fué despedazada esperando el su querido Pyramo, la desventurada Ero, de que vió el desastrado fin de su muy amado Leandro, de la torre muy alta en la profundidad del mar se echó, y otras muchas que, por no gastar almacen, las dexo de contar. Todas éstas por amar y bien querer á sus enamorados hicieron memoria de sus nombres, fama de su fermosura y exemplo de su hecho. Allá á Pasifae, á la matrona Cibéles, á Lanace y á la hermosa Sigismunda, hija del rey Tancredo, sea vituperio y deshonra, que la una con el toro, la segunda con el mochacho Atys, la otra con su hermano Macharco, la cuarta con Guiscardo, hombre de baxa suerte y servidor de su padre, tovieron que hacer fea y torpemente; allá á las que con sus negros y esclavos y con sus mozos de espuelas trataron de abominables amores, les venga la infamia que merecen. A éstas y á otras tales es de dar en rostro su error, pero no á las que lo hacen con personas de alto merecimiento, como es nuestro Lisandro que ¿sabes quién es? un Narciso, un Absalon, un Ganimédes, un Lypariso en hermosura, un rey en linaje, un Alejandro en franqueza, un Sanson, un Hércules en fuerzas, un Hector, un Achíles, un Ajaz en armas, un Orfeo en música, un ángel, una dama en condiciones; de tales amantes ser amada, de tales servidores ser servida, gloria es, á mi ver, y descanso, que no vituperio ó trabajo. Si él no fuera quien es, hobiera causa para temer el juicio de las gentes y el mal tratamiento de tus deudos, pero siendo quien es Lisandro, ántes te lo tendrán á bien, que tan hermoso hombre no pertenecia sino para tan hermosa mujer, que, por mi salud, estotro dia, cuando le llevé la buena nueva, le oí estas palabras estando consigo solo disputando: ¿Y qué tiene que ver con mi señora Roselia la linda Helena, ni la bella Polixena, ni la hermosa Filomena, ni la gentil Lucrecia, ni la fresca Dina, ni la agraciada Thamar, ni la extremada Pandora? Pardios, no las estimaba en una paja en tu comparacion. A esotro que dices de tu peligro, agora está por ver el poder y favor grande que tiene Lisandro en la ciudad, para te hacer segura de todo el mundo si fuere menester, cuanto más que yo daré manera para que lo hagais secretamente y que nadie lo sepa.
_Ros._ Bien que todo eso sea, pero ¿quieres que pierda mi virginidad, y la corona de ella, y que ofenda á Dios?
_Cel._ Ya va, ya va; perdónete Dios, que por escalones te he traido á lo que quiero; ya no está tan zahareña ni esquiva como ántes.
_Ros._ ¿Cómo dices?
_Cel._ Digo, señora, que de diez partes de sanctos apénas hallarás las dos que fuesen vírgines; pocos escapan de la antigua carcoma que nos dexaron nuestros primeros padres. Esta comezon de la carne es red barredera que pesca hombres y mujeres de cualquier estado y condicion. ¿Y esa corona, ó laureola de las vírgenes qué piensas que es sino un gozo accidental, el cual recuperarás con otras obras meritorias? A lo que dices que ofenderás á Dios, y no sabes que una fué la que no erró, cuanto más que yerros por amores dignos son de perdonar, y quien no cae no se levanta. Sé que los delitos corporales ménos graves y de menor culpa son que los pecados espirituales.
_Ros._ ¡Ay lastimada de mí! que del primer dia que me habló ese caballero siento un fuego escondido en este mi corazon que me lo abrasa, cubierto con las cenizas de mi vergüenza; su nombre y memoria es la paleta que las desvia y descubre el rescaldo de mi encendimiento, mayor que el de Troya. ¡Oh desproveida doncella de todo consejo! ¿qué encendido calor es éste? ¿qué súbito ardor? ¿qué llama tan soberbia es ésta que en mi pecho á deshora concebí luégo que le vi, que ni me aprovecha mi lucha y contienda, ni basta razon á vencer su furor? No sé qué Dios, ó qué diablo es éste que me fuerza la voluntad, dubdosa estoy qué sea, ¿si es el amor? éste debe ser, que sólo hace parecer duros los castigos de mi madre y los consejos de mi hermano, y son ásperos mirándolo bien. Mas, ¿qué digo? ea, ea, Roselia, desecha ese fuego de tí; si pudiere dirás, que si pudiese, desdichada, sano me sería, pero una blanda fuerza me trae do quiere, una cosa la razon, otra Cupido, me aconseja. Veo lo mejor, apruebo lo bueno y sigo lo peor. Muera, muera el que mi deshonra quiere, mas ¿qué me da á mí que muera? ¿soyle yo la causa? Dios es el que tiene poder de dar vida ó muerte. ¿Qué dixe, desatinada loca? Dios le dé vida y mucha, que bien me es lícito sin le amar desealle vida; ¿qué hizo el pecador por donde mereciese la muerte que espera si no le socorro? ¿á quién, si no fuere muy cruel, no moverá la florida edad de Lisandro, su linaje y virtud? ¿quién que lo vea no se aficionará de su gentileza? A mí, cierto, puesto que otras cosas le faltasen, su hermosura me enamora. Si soy causa de su mal y muerte, y pudiendo no le remedio, ¿quién no me tendrá por hija de tigre y por más dura que piedra, y de corazon de peña? Mas rabiosamente le vea yo acabar á manos de mi hermano, que si le ase, él castigará su atrevida locura. Y ¡Jesus! ¿qué dixe? Dios lo vuelva en mejor, y á él guarde por muchos años, aunque estas plegarias y oraciones habian de cesar y poner por obra lo que para luégo es tarde. ¿Y qué, he de hacer traicion á mi madre, y placer á quien otro dia me dexe, y no haya cuenta de mí despues que le agrade y contente otra? y si esto entiende hacer, muera el desagradecido; pero no tiene cara de eso, ni es de esa casta, ni son ésas sus condiciones para que me engañe ó se olvide de mí, que quien bien ama como él, tarde olvida. Ay, ay, ay, vencida soy, cautiva soy, presa soy de su amor. Y pues tú, sábia Celestina, sotilmente, con los fuelles de tu saber animaste el mi fuego mortecino, y despertaste las adormecidas llamas, por Dios vivo te conjuro y por la fe que debes guardar en todo secreto, te ruego me seas fiel secretaria en todo lo que pasáre entre Lisandro y mí.
_Cel._ Ay, señora, no me digas eso, que me enojo; no me conoces, como creo en Dios, otra tal mujer más secreta que yo no la hay en el mundo, con quién las has; ántes me sacarian la lengua por el colodrillo que yo tal hablase. Soy muda para esas cosas.
_Ros._ Con esa confianza, madre mia, te descubro mi corazon, que es más de ese señor que mio, y pues la estrechura de tiempo no consiente más prolixidad en nuestro razonamiento, y tambien que las cosas más se aclaran con las presencias, puedes le decir que luégo esta noche, pasadas las doce, me venga á hablar, no por esta torre, que es lugar peligroso, así por estar cerca del aposento de mi madre, como por ser paseado y rondado por fuera de Beliseno, mi hermano, pero sea por del jardin, que es lugar desviado del palacio, de ahí dentro me puede ver y hablar, que yo saldré sin falta á los corredores que salen sobre el huerto.
_Mel._ Señora, váyase Celestina, y luégo, que se levanta mi señora, y puede ser que éntre acá.
_Ros._ ¡Ay! véte por Dios, madre, no te vea.
_Cel._ Toma esta carta de Lisandro, que me olvidaba, y adios.
_Eugenia._ ¿Con quién hablabas, hija?
_Ros._ A Melisa decia, señora, que me traxese la canastilla de la labor, que ya me siento mejor.
_Eug._ Loores á Dios, que ya me temia no entrase por esta casa esta sorda pestilencia de este año de cuarenta, y hiciese en tí, que Dios nos libre, estrena.
_Ros._ No era nada, señora, sino estos mis desmayos de corazon.
_Eug._ Pues siéntate y labra esos cabezones de tu hermano, y no te asomes á la ventana, que las vueltas y pasos de Lisandro por aquí, y las momerías que hace, mi hijo las vengará.
_Ros._ No me mientes á ese loco, que no le puedo oir.
_Eug._ Bien haya á quien te pareces, que así era tu tia, la monja, cuando estaba en el siglo y la servian caballeros locos como éste. Vén acá, Melisa, henchirás las almohadas limpias y vacía esotras, que están muy sucias; mas quédate con mi hija, que las mozas lo harán.
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL TERCERO ACTO.
Lee Roselia la carta de su deseado Lisandro, y por consejo de Melisa, su secretaria, aunque con dificultad, encubre el fuego de amor con que toda destila en lágrimas.
ROSELIA. — MELISA.
_Ros._ Melisa, echa esa antepuerta, leerémos la carta. ¡Oh carta, carta! si empos de tí viniese tu auctor, pero no me vendrá á mí esa alegría, que tan falta soy de ventura cuan sobrada de desdicha.
_Mel._ De eso no dubdes.
_Ros._ ¿Qué sabes si se ha enojado de la burla que le hice y no quiera más venir?
_Mel._ Salieras tú, ¿quién te lo estorbaba?
_Ros._ ¿Quién? mi hermano, que mala muerte haya, plega á Dios, así me detuvo fasta bien tarde en pláticas, que ni sé en qué se anda ni en qué no.
_Mel._ ¿Vino despues que te dexé acostada?
_Ros._ ¿Agora lo sabes? y áun me hizo fieros que me mataria si ni en poco ni en mucho sentia cosa de mí.
_Mel._ Cúmplete avisar no te sienta, que al fin mira por la honra.
_Ros._ No puedo más, hermana, que Cupido ha mostrado en mí todo su poder, y todas las enerboladas frechas en un momento asestó contra mí, y los ardientes casquillos de sus saetas son cauterio de mi corazon, el cual, derretido, destila lágrimas por los ojos y sospiros por la boca, y él queda lleno de congoxa. Mas, ¡oh carta mia y de mi señor enviada! ¿Es posible que tus esmaltes asentaron aquellas manos de alabastro del mi serafin en hermosura? Quiero te abrir y leer, haréme cuenta que le oyo, y con sus palabras consolaré mi ánima, pues á los atribulados consuelo pone hallar á sus males alguna compañía.
¶ CARTA DE LISANDRO Á ROSELIA.
Si supiera así quexarme como sé sentir la pena que me das, ántes falleceria papel para escrebir y tiempo para decir que quexas para que oyeses, pero hállome tan falto de discrecion para te las declarar cuan sobrado de desventura; corazon tengo para sufrir pasiones, lengua me falta para te las decir, porque la mucha pena dél no consiente otra cosa, ni da lugar sino que siempre me quexe sin poder dar razon de mi dolor. Esto solo te sabria decir, que no ménos alegre me haria la muerte que me hace triste tu disfavor, porque si soy dichoso en servirte y desdichado en mis servicios, tú cumplida de hermosura y abundosa de crueldad; así que lo uno me hace venturoso en ser tu cautivo, y lo otro malaventurado en que no me aceptes por tal, que cuanto más con mi deseo mi vida á tí ofrezco, tanto más con la esperanza me huyes. Herísteme con tu vista y prívasme de ella por quitarme todo remedio. Si me faltaste tu palabra porque á mi merecer fallece, no te culpo, que ya lo veo que tan sobrada eres de merecimiento cuan falto mi conocimiento para lo estimar y mi poco valor para recibir tu gracia. Pero todavía se te condena, porque quebraste sus lazos fuertes; virtud te obliga á que no seas matadora, piedad te convida á que hayas compasion en mi cuita, y á mi pena me excusa que me hace osado de lo que tu grandeza me decia que temiese. Pluguiese á Dios que esta que he dicho te la supiese tambien decir como tú causarme la muerte, que ni yo quedaria sin remedio, ni tú sin satisfaccion de las mercedes, porque con el agradecer y no olvidar pensaria de te pagar, ya que con otra cosa no pudiese. Agora te sirvo con todo lo que puedo, con el entendimiento en consentir la prision de mi libertad, que tú la enseñorees con la razon en ordenarlo así como tú lo mandas, con la voluntad en querer siempre quererte, con la memoria en nunca olvidar la que se aposentó en mi pensamiento; y cuanto yo más con todas mis fuerzas sacrifico á tí mi tormento, tanto más con crueldad me galardonas, de manera que siendo liberal en ofrecerte mi vida y todo lo que la sostiene, eres tú avarienta en el rescate de ella. No sé qué te mueve hacer tan poco caso del que mucho te ama; no es por cierto de personas generosas galardonar con menosprecio y olvido, ántes las pagas hacen mayores que los trabajos merecen. No te maravilles que sea importuno en pedirte mercedes, pues tú no cesas de atormentar mi corazon, que nunca vi toro tan agarrochado que más no esté él con tus crudas saetas. Solo esto te suplico, con lo cual ceso, que volviendo los ojos de tu misericordia á las prisiones que en tu fe sostengo, así mis pasiones con obra remedies, como por mis palabras conoces y entiendes mi necesidad.
_Ros._ En buena fe, sí haré, mi señor. ¡Oh pertinaces orejas mias, que sufristes oir palabras de tanto dolor y sentimiento! ¡Oh crueles ojos, que atinastes á leer tan apasionada letra sin mucha copia de lágrimas! ¡Oh empedernido corazon, que calor de tanto fuego no bastó á enternecer tu dureza en pesar de su pena, y en congoxa de su fatiga, para que mis ojos, como fuentes, manáran agua con que regasen estas abrasadas pinturas, y mi boca pregonase con sospiros la angustia que me aumentaba cada renglon, cada palabra y cada letra!
_Mel._ Señora, encubre tu pasion y disfrázala con alegría lo mejor que pudieres, no la entienda tu madre por lo que te ve hacer, que si anoche no os hablastes, esta placiendo á Dios gozarás de tu querido, que no se puede decir sin tiempo aquello que en todo tiempo viene bien y se puede hacer. Sosiega tu corazon y ten reposo en el cuerpo, que, pardios, si miran en ello, fácilmente conozcan todos de qué pié coxeas.
_Ros._ Do amor se aposenta ningun reposo consiente, y do fuerza viene derecho se pierde.
_Mel._ Señora, límpiate los ojos y toma la labor, que á Beliseno sentí hablar, no suba acá.
¶ ARGUMENTO DE LA QUINTA CENA DEL TERCERO ACTO.
Va Brumandilon á casa de Celestina muy más ancho que largo, porque Lisandro le ha recebido por criado. Acompaña á Celestina, que va á llevar la sabrosa y alegre nueva á Lisandro. En el camino topan á Oligides. Cuéntales un chiste muy donoso que le acaeció en casa de su Carmisa. Da la deseada nueva Celestina á Lisandro. Concierta que á las doce de la noche escale por la huerta. Dale diez doblas Lisandro y confírmale la merced del casamiento de su sobrinas.
BRUMANDILON. — CELESTINA. — OLIGIDES. — LISANDRO.
_Brum._ No sé; voto á tal, cómo mi nombre no es mentado por toda Castilla, pues mi fama vuela hasta las Italias. Claro está, Celestina, que si Lisandro no viera en mí demasiada fortaleza y una furiosa braveza, mis valentísimas fuerzas y valerosas hazañas, que no me recibiera por principal hacedor en el trance de sus peligros.
_Cel._ Pues qué, ¿estás con él?
_Brum._ Despues que me fuí de aquí voyme á su casa, y como habia sabido no sé qué muertes que he hecho por ese mundo adelante muy esforzadamente, rogóme que le sirviese para acompañarle de noche cuando saliere fuera; y agora envíame á saber de tí que si has ya hablado á esa Roselia.
_Cel._ Anda allá, vamos, que ya está todo negociado, diréselo.
_Brum._ Vamos.
_Cel._ ¿Así que me dices que te recibió?
_Brum._ Y áun rogado, que fué más. Creo que tú piensas que se hace hecho bueno en la ciudad sin mí, ó revuelta ó ruido que no sea yo llamado para ello. Soy como el buen oficial, que nunca le falta que hacer, tantos son ya los rebatos en que me he visto, que no ménos que el buen capitan tengo en mi cámara los blasones de mis hechos dignos de perpétua y recordable memoria, con otras insignias de mis victorias; donde verás pintados más miembros de hombres acuchillados por mis manos que dias hay en el año, piernas, brazos, piés, manos, muslos, quixadas, huesos, costillas, pedazos de hombres, cascos, cabezas, ancas, espaldas enteras, lomos, tripas hilvanadas, sesos, corazones sacados, pechos atravesados, orejas cercenadas, astillas arrancadas, y así otros que dexo de contar; y muchas veces oyo patadas de aquellos por mí muertos, pero por eso no me quitan el sueño esas pocas noches que allá duermo.
_Cel._ Así medres como tú has muerto alguno.
_Brum._ ¿Qué dices?
_Cel._ Digo que dexes ya esa mala vida, que Dios consiente y no para siempre; perro que lobos mata, lobos le matan.
_Brum._ ¿No sabes que los malos no han menester más de ocasion para mal hacer? Con media palabra de descortesía me sube la cólera, y mato tantos, que tienen bien que entender en abrir sepulturas la gente del cordelejo.
_Cel._ Sancto Dios, vuelve, vuelve la cabeza, verás á Oligides sangriento.
_Brum._ ¿Qué es esto? ¿qué es esto, Oligides? Dímelo luégo quién te hirió, que no será más su vida de lo que tú tardarás en decírmelo.
_Cel._ No le dés pena, que no te reponderá. ¡Ay Sancta María, que Beliseno le habrá muerto!
_Brum._ Cuerpo de tal, ase dél, llevémosle en brazos á curar, pues no me dice quién son; traba de ese brazo.
_Olig._ Hi, hi, hi, estad quedos, que no es nada.
_Cel._ Doite á Satanas, que así me turbaste.
_Brum._ No lo creo, ase dél, ¿no ves la sangre que se le va?
_Olig._ Si me quisieses tú dar á entender lo que á un truhan sus amigos, segun cuenta Poggio, persuadieron que estaba muerto, el cual fué llevado á enterrar, aunque en las andas no dejó de responder á los que daban gracias á Dios por su muerte, que juraba á Dios que si vivo estuviera, como iba muerto, que ellos se la pagáran.
_Brum._ Destápate y creerte hemos. ¿Qué diablo es eso que traes al cuello atado?
_Olig._ Oidme, contaréos un chiste que pasé con Carmisa, la amiga del bachiller, de que mucho reiréis, y no lo sepa Drionea, Celestina.
_Cel._ Di qué, no hayas miedo.
_Olig._ Salido de tu casa, como no hallase á Brumandilon.....
_Brum._ Fuí llamado á gran priesa para ser padrino en cierto desafío.