Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina.

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas como MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e interrogación, y se han suplido los signos ¶ que faltan.

* Se ha añadido al final del libro un Índice del que carece el original impreso.

COLECCION DE LIBROS ESPAÑOLES RAROS Ó CURIOSOS.

TOMO TERCERO.

TRAGICOMEDIA

DE

LISANDRO Y ROSELIA,

_LLAMADA ELICIA_,

Y POR OTRO NOMBRE CUARTA OBRA Y TERCERA CELESTINA.

[Ilustración]

MADRID, IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. RIVADENEYRA, calle del Duque de Osuna, núm. 3.

1872.

ADVERTENCIA PRELIMINAR.

A mediados del siglo XVI vió la pública luz en España una obra titulada _La Tragi-comedia de Lisandro y Roselia_, escrita en excelente prosa, con algunos muy escandidos versos, y cuya fábula estaba tan felizmente concebida como ejecutada; mas tales méritos no bastaron para salvarla del olvido en que hoy yace; que suele tambien la desdicha perseguir á los libros notables lo mismo que á los hombres esclarecidos, como si el ingenio y la fortuna difícilmente pudieran estrecharse la mano.

Esta produccion se ha hecho tan rara, que sólo tenemos noticia de dos ejemplares[1], uno que conservaba en su selecta librería el Sr. D. Vicente Salvá, y otro del cual se sacó la esmerada copia que existe en la biblioteca del señor Estébanez Calderon, hoy del Ministerio de Fomento; de modo que el público en general está privado de conocer las bellezas de este libro, cuya escasez de ejemplares, no ménos que su mérito literario, nos ha movido á incluirle en nuestra coleccion. Publicóse sin nombre de autor, como tambien aconteció con la famosa tragi-comedia de _Calixto y Melibéa_, ó la _Celestina_; pero, ménos afortunado que sus antecesores, cuyos nombres han llegado á saberse, con gloria para ellos, el autor de _Lisandro y Roselia_, á pesar del enigma acróstico con que termina su obra, permanece todavía ignorado.

[1] Despues de escrita la advertencia que precede al tomo anterior, ha llegado á nuestra noticia que ademas de los ejemplares allí citados, en la biblioteca que en la ciudad de Granada posee el Exmo. Sr. Duque de Gor, muy rica por cierto en obras de nuestra antigua literatura, existe tambien un ejemplar de los _Comentarios_ de Francisco Verdugo.

El Sr. Salvá ocupóse con tenaz empeño en descifrar el encubierto nombre del autor, pero su trabajo fué completamente inútil; así como tambien el de otros varios que acometieron la misma empresa con igual resolucion, inclusos los que ahora dan á la pública luz esta obra inapreciable, esperando confiadamente que al fin y al cabo alguno tenga la suerte de revelarnos el nombre de quien ciertamente no merece seguir desconocido.

Tampoco consta por quién está impreso el libro, ni en qué punto; pero en esto somos más afortunados, porque podemos decir con seguridad el nombre del impresor, y en cuanto al punto en que debió imprimirse la obra, podemos tambien afirmarlo con tantos grados de probabilidad, que casi raya en evidencia.

El Sr. Colon y Colon, igualmente que D. Nicolás Antonio, la supone impresa en Madrid, teniendo en cuenta la circunstancia de estar fechadas en este punto las dos cartas de un amigo del autor, que ocupan el final del libro; pero esta suposicion carece de sólido fundamento y cae completamente por su base, considerando que en la córte no hubo imprenta hasta el año de 1566[2], y que á mayor abundamiento, no se conserva noticia de que jamas imprimiese en ella Juan de Junta, que es indudablemente el impresor de la obra.

[2] El primer libro de que hasta hoy tenemos conocimiento se imprimiese en Madrid es la _Relacion de la muerte y honras fúnebres del SS. Príncipe D. Cárlos, hijo de Felipe II_, compuesto por el M. Juan Lopez de Hoyos, impreso por Pierres Cosiu, en 1568, en octavo; el mismo impresor, en union de Alonso Gomez, dieron á luz, en 1566, unas ordenanzas sobre el precio del pan, y en el siguiente año de 1567 el cuaderno de las Córtes de Madrid. El libro más antiguo de entretenimiento que produjera la tipografía madrileña es el titulado _Arrestos de amor, que contiene pleitos y sentencias definitivas de amor, con comento_, traducido del frances por Diego de Gracian, é impreso en 1569 por Alonso Gomez. Noticias que debemos á nuestro buen amigo y distinguido bibliófilo Sr. D. José María Escudero de la Peña.

Entre otras pruebas que pudiéramos aducir para demostrar la exactitud de nuestro aserto, parece la más sencilla y concluyente la que nos suministra el atento exámen de la misma hoja de la portada del libro. En efecto, á la vuelta de la portada se advierten unos caprichosos y bien trazados adornos, y entre ellos notó ya el Sr. La Barrera la existencia de una cifra ó monograma, que se compone de las letras J. A., primorosamente enlazadas.

Ahora bien, esta cifra es la que Juan de Junta usaba, como puede verse, entre otras muchas obras que imprimió, en el _Tractatus Perutilis Martini de Frias, teologiæ in Salmanticensi academia professoris_, Salamanca, 1550. En una edicion anterior de la misma obra, hecha tambien por el mismo Juan de Junta, pero en la cual no se expresa el lugar ó punto donde se verificaba la impresion usa igualmente como adorno en la portada la misma cenefa que en la edicion de _Lisandro y Roselia_.

Ademas nos consta positivamente que Juan de Junta imprimió primero en Búrgos, despues en Salamanca y Búrgos, y por último se estableció en Salamanca, dejando, segun parece, su imprenta de Búrgos á Felipe, su descendiente. Fundados, pues, en estas noticias incontestables, no vacilamos en afirmar que la tragi-comedia de _Lisandro y Roselia_ se imprimió en la ciudad de Salamanca, en donde es tambien muy probable que el autor la idease y escribiese.

Sólo nos resta añadir que viene á corroborar más y más nuestra conjetura la circunstancia, importante para el caso, de ser precisamente Salamanca el lugar de la escena en que ocurren los sucesos del drama que tan magistralmente el autor finge y pinta, y que ademas se muestra muy conocedor de las costumbres y localidades de aquella ilustre ciudad, tan concurrida á la sazon y áun mucho tiempo despues de ricos y galanteadores escolares, de bellísimas y aventureras damas, de Celestinas astutas y avarientas, y de no pocas _tias fingidas_ de hermosas y complacientes sobrinas, que sin duda inspiraron al príncipe de los ingenios españoles la más picante de todas sus bien relatadas y admirables novelas.

F. DEL V. J. S. R.

[Ilustración: ¶ Tragicomedia de Lysandro y Roselia llamada Elicia y por otro nombre quarta obra y tercera Celestina. 1542.]

CARTA DEL AUCTOR

EN QUE DIRIGE É INTITULA SU OBRA AL MUY MAGNÍFICO Y ILUSTRE SEÑOR DON DIEGO DE ACEVEDO Y FONSECA.

Necia querella es, Illustre Señor, los que componen escripturas de cualquier calidad que sean, intitularlas á señores y príncipes de sus tiempos, para darles auctoridad y favor con el nombre de aquellos á quien van dirigidas, conforme á lo que dice Píndaro, que en todas las cosas el principio ha de ser esmerado. Y como yo los años pasados tuviese vacacion de graves y penosos estudios, en que he gastado los tiempos de mi mocedad, buscando alguna recreacion de los trabajos pasados, compuse esta obrecilla que trata de amores, propia materia de mancebos. Cuando digo de amores no digo cosa torpe ni vergonzosa, sino la más excelente y divina que hay en la naturaleza, dejo los loores que del amor dice Platon en su Simposío, dejo lo que en la Theogonía escribe Hesiodo, que el amor es el más antiguo Dios entre todos los Dioses, dejo lo de Ovidio, que el amor tiene dominio universal, y reina sobre los Dioses y sobre los hombres, y dejo otras infinitas auctoridades que hablan en esta materia, porque sería nunca acabar. Sólo quiero decir que si á alguno pareciere no ser la obra digna de mi profesion y estudios, se acuerde que casi no hubo illustre escriptor que no comenzase por obras bajas, y de burlas y chufas, tomadas de enmedio de la hez popular. Y por dejar otras que podria aquí decir, Homero, el más esclarecido poeta entre los griegos, las primeras obras que escribió para ejercitarse y ensayarse para las mayores fueron dos: la una _La Pelea de los ratones contra las ranas_, y la otra de un hombre llamado Margites, inhábil para todos los oficios de la vida, de las cuales, la primera dura hasta nuestros tiempos, de la otra, en el sexto de las _Eticas_ Aristóteles, y Plutarco en los _Morales_, y otros auctores hacen mencion. Virgilio, asimesmo, el más excelente poeta entre los latinos, ¿quién no sabe, ántes que compusiese aquellas tres principales y divinas obras, haberse primero probado en la mocedad en aquella obrecilla que se llama _Pulga_, y en las _Priapeyas_, obra deshonesta y de torpes y ilícitos amores, y en otras niñerías que todos leen en los que se dicen parvos? Lo mesmo se lee de Lucano, esclarecido poeta, y de otros muchos auctores, así griegos como latinos, como de nuestra nacion, que dejo por no ser prolijo. Y así es que la órden en todas las cosas es comenzar por lo poco, y proceder, como dice Prician, á lo que es más. Y dice sabiamente Séneca que si se consideran bien todas las cosas naturales, hallaremos tener muy pequeños principios, despues el tiempo las engrandece y perficiona. De lo sobredicho parece que no se me debe á mí atribuir á culpa, si determinado de escrebir he comenzado por materias bajas y de pasatiempo, pues que, como en el primero de sus Oratorias Instituciones escribe Quintiliano, digno es de perdón el que yerra, si sigue grandes capitanes. Buscando, como dije, favor á esta obrecilla, acordé intitularla á vuestra merced, porque, lo que por sí no puede, alcance por la sublimidad y méritos de vuestra merced, persona de tan esclarecidos antepasados que libertaron y redimieron esta nuestra patria de graves exacciones y pechos, de condicion tan suave, apacible y angélica, que siendo casi el príncipe de su ciudad, es tan amoroso y humanísimo, hasta con los más bajos, que más parece igual de todos, que no señor de todos, como lo es, y así todos le aman como á igual, y por otra parte le acatan y reverencian como á señor. Dejo el conocimiento de la lengua latina, la dignidad, disposicion y gracia de su persona, la liberalidad y otras preeminencias que en vuestra merced relucen, que, por ser á todos notorias, es á mí excusado de decirlas por menudo. Suplico humildemente á vuestra merced no mire el dón, sino la voluntad del dador; á nadie, como dice Plinio, fué atribuido á vicio sacrificar con lo poco que tuviese; yo al presente no me hallo con más precioso dón. Placerá á Nuestro Señor que adelante pueda servir á vuestra merced con escripturas de materia subida y digna de persona tan clara y valerosa como vuestra merced, cuya illustre persona y estado conserve Nuestro Señor, y aumente por muy largos años á su servicio.

PRÓLOGO

AL DISCRETO LECTOR.

Aquel tan afamado hijo de Driante, Licurgo, rey y legislador de los lacedemonios, por el demasiado amor de vino y torpe embriaguez que en muchos veia, se dice haber talado las viñas, pareciéndole ser éste bastante remedio para apartarles de aquel vicio. Mas en esta parte es reprendido de Plutarcho en el libro, _De la manera que se ha de tener en leer y oir las ficciones poéticas_, y á mi parecer no le falta razon, porque fuera muy mejor, si queria que los suyos se templasen, enseñarles á usar moderadamente del vino mezclándolo con agua, la cual, de tal manera quita en él lo que daña, que no acaba de consumir lo que aprovecha, ca, como dice Platon la potestad de un dios sobrio (que como él entiende es el agua) refrena la insania y fortaleza del furibundo dios Bacho, y en ellos fuera muy mayor virtud, de tal manera recibieran esta doctrina, que trayendo entre manos la ocasion de caer, supieran tener el medio sin faltar en el vicioso extremo. He traido esto, discreto y sabio lector, á propósito de una cuestion que mucho tiempo há dura entre los sabios así católicos como gentiles, en la leccion de las ficciones y cuentos fabulosos y poéticos, en cuál de las dos maneras que agora diré nos hayamos de haber. Unos son de opinion que á imitacion de lo que cuenta Homero de los compañeros de Ulíses, en mentando ficcion poética, tapemos las orejas con cera, y á gran furia pasemos adelante, como aquéllos hacian, por no oir el canto de las serenas. Otros aconsejan que de tal manera paremos en los fabulosos cuentos, que sepamos aprovecharnos de lo bueno á que ellos van enderezados, y desechar lo malo que muchas veces adrede los que las tales ficciones compusieron, mezclan con la doctrina filosófica que en ellas enseñan por conformarse con la calidad de las personas que introducen, como si introdujesen un mancebo vicioso que habla cosas en favor del deleite, ó un tirano en favor de la crueldad, ó un avaro en favor de la avaricia, no por esto hemos de entender que la intencion de aquel autor fué alabar aquellos vicios, sino que los quiso pintar con sus colores para que el de sano entendimiento se supiese guardar de ellos. Podria decir alguno, esa doctrina yo me la tomaré de los filósofos que hicieron libros de filosofía moral, y allá os avenid vos con vuestras ficciones de poetas. A esto está la respuesta muy fácil; primeramente, que los poetas no son sino filósofos, ni fué su intento tratar de otra cosa sino de filosofía y otras sciencias, mas porque vieron que la doctrina de la verdad no es muy suave de oir para muchos, quisiéronla envolver en fábulas, porque de mejor gana los lectores se aficionasen á percibir aquella doctrina amarga con el dulzor de la ficcion fabulosa. Ésta es la causa mesma y descuento que da Lucrecio en el cuarto de su Poética Philosophía. Quise (dice Lucrecio) tratar de cosas grandes y oscuras, envolviéndolas en verso heroico y en el donaire y gracia de las Musas para hacellas más fáciles á aquellos que se entristecen en tratar cosas de véras por el poco uso que tienen de ellas, á imitacion de los médicos, que para hacer que los niños con ménos dificultad tomen el amargo zumo de los axenxos, les untan los labios con miel para que á vueltas de aquel dulzor beban la amargura de aquello que les ha de ser medicina. Ansí que á esta manera de enseñar se podrá aplicar y entender fácilmente lo que decia Philopono, poeta, de las carnes, aquéllas ser más sabrosas que no son carnes, y de los pescados aquéllos más dulces que no son pescados. Es, pues, dificultosa y amarga la doctrina de la verdad y virtud, la cual, junta con el dulzor de la fábula, es hecha más fácil, y ámanla más oir y conocer aquellos que, como decia Caton, tienen el sentido del paladar más vivo y agudo que no el del entendimiento. Estos tales es cosa de maravilla cuán atentos y obedientes discípulos son á oir fábulas así como las de Esopo, y otras tales que son sacadas del tuétano de la philosophía moral, y que sin dubda viviria bienaventurado el que obrase lo que por ellas se concluye. Bien conocia esto Sócrates, del cual se lee que para persuadir lo que queria, era grande artífice de ficciones, y que tanto le parecieron bien las fábulas de Esopo, que las volvió en verso, y de esta manera se hallan usurpadas en poetas griegos y latinos. De una de dos maneras persuaden los philósophos y retóricos alguna doctrina, amonestando á buenas cosas, como escribe Aristóteles en el segundo libro de su Retórica: ó por argumentos y razones vivas, ó por exemplos. Dexados aparte los argumentos, los exemplos son en dos maneras, ó fingidos ó verdaderos; fingidos como los que ahora diré, porque el mesmo Aristóteles usa de ellos. Queriendo Esopo, frigio, persuadir á los de Samo, que no es bien desear nuevo señor puesto que sea tirano y usurpador de las haciendas de los pobres, porque al cabo éste en algun tiempo se hartará y dexarles ha algo con que pasen la miserable vida, mas el que de nuevo viniese acabarlos hia de asolar como viene de refresco, y á ellos los tomó sobre cansados, usa, pues, de semejante fábula: En tiempos de grandes calores, cayó la raposa en un tremedal, y sin poderse rebullir, en poco tiempo fué llena de moscas caninas; pasando por ahí el erizo, habiendo compasion, preguntóle si queria que se las quitase, respondió ella que no, diciendo que aquéllas, como ya estaban hartas de chupar su sangre, ya era muy poca la que le sacaban, y que si aquéllas le echaba vendrian otras muertas de hambre que le acabarian de beber toda la sangre que le quedaba. Así el señor que ya está enriquescido no daña tanto, mas si éste se alanza, sucede otro pobre en su lugar, que acaba de agotar lo que queda, y toda la república se destruye. Es, pues, grande la fuerza de la ficcion para persuadir, así como hace mucho más el color que sola la raya para que una imágen humana parezca más clara. La semejanza de la verdad mezclada con ficciones hace atónitos en alguna manera y engaña aquellos que la oyen. Dicen que la mandragora tiene tal virtud, que si nasce cerca de las vides hace que se ablande la fuerza que el vino habia de tener para embriagar, así la poesía toma de la philosophía la doctrina, y juntándola con la mandragora del cuento fabuloso, hácela más blanda y fácil para ser percibida. Es, pues, la ficcion un buen engaño fabricado para traer con él á lo bueno no á hombres que tienen baxo entendimiento y grosero, porque estos tales no se dexan así engañar como cuenta Plutarcho, que preguntado Simónides, poeta, por qué con su poesía no engañaba á los de Thesalia, respondió, que eran más necios de lo que convenia para poder ser engañados de él. Gorgias, preguntado qué cosa era tragedia, respondió ser un engaño, el cual hace mejores á los que le usurpan que á los que huyen dél, y más sabios á los engañados que á los que no se dexan engañar dél. Pues si venimos á las fábulas de que están llenos los poetas antiguos, que ni llevan piés ni cabeza, hallarémoslas llenas de alegorías y notables singulares y fundadas sobre algun principio de verdad. Quien á mí no me creyere lea á Palefato, autor antiguo y de mucha autoridad; el cual, viendo que la más de la gente no tomaba más de la corteza de la fábula creyendo cosas del todo imposibles con gran diligencia y cuidado, peregrinando por el mundo, informándose de hombres ancianos, averiguó muchas verdades que estaban paliadas con fábula. De muchas que él pone, contentarme he con una, remitiendo á él al deligente lector: no hay quien no sepa la fábula de Acteon, como le comieron sus mesmos canes, siendo convertido en ciervo de la diosa Diana, que contra él estaba airada por el atrevimiento que habia tenido de verla desnuda; ¿quién no sabe de Xenophon y Plinio y todos, cuán grande sea el amor que naturalmente los perros tienen á sus señores, y sobre todo los de caza? acordaron los poetas de fingir semejante cosa, porque oyendo tal exemplo los otros hombres se refrenasen de ofender á Dios, que tiene poder para castigar los malos y galardonar los buenos. La verdad de esta fábula fué que hubo en Arcadia un hombre llamado Acteon, muy amigo de la caza, lo cual en aquel tiempo era causa de mayor escándalo que agora, porque no sabian los hombres ocuparse en otro exercicio más de en la agricultura. Pues Acteon, olvidado de ésta, dióse á sola la caza, y menospreciado el cuidado de su casa, faltóle la hacienda y con ella la vida; de allí vino á andar por las lenguas de los hombres: ¡ay cuitado de tí, Acteon, que de tus propios canes fueste comido! Cuantos Acteones hay en nuestros tiempos, no solamente comidos de perros, mas aún de malas mujeres. Y porque no sea todo traer exemplos de gentiles, remítome á lo que el bienaventurado Sant Basilio dice de la leccion de las ficciones de poesía en un sermon que hizo á los mancebos, de la manera que han de tener para aprovecharse y tomar doctrina de los poetas y fabulosas ficciones. El glorioso Sant Hierónimo, como todo el mundo sabe, fué muy reprendido de los eclesiásticos de su tiempo, porque se daba tanto á la elocuencia de Ciceron y á la leccion de los poetas; dexadas otras muchas respuestas, que da por todas sus epístolas dignas de tan alto y divino varon pondré una. Dice, pues, la poesía estar figurada en el Deuteronomio por una costumbre que los judíos tenian, que cuando cautivaban algunas mujeres extranjeras no podian casar con ellas sin primero cortarles las uñas y los cabellos. Mas porque esta figura, á este propósito tomada de Sant Hierónimo, en estilo heroico la declara y aplica á la poesía aquel real poeta Juan de Mena, parescióme cosa no ajena de mi propósito poner aquí sus palabras:

¶ Usemos de los poemas Tomando dellos lo bueno, Mas huyan de nuestro seno Las sus fabulosas temas; Sus ficciones y problemas Desechemos como espinas, Por haber las cosas dinas Rompamos todas sus nemas.

COMPARACION.

¶ Primero, siendo cortadas Las uñas y los cabellos, Podian casar con ellos, Sus cautivas ahorradas Los judíos, y alimpiadas, Hacer las israelitas Puras limpias y benditas A la su ley consagradas.

APLICACION.

¶ De la esclava poesía Lo superfluo así tirado, Lo dañoso desechado, Siguiré su compañía; A la católica via Reduciéndola, por modo Que valga más que su todo La parte que hago mia.

Hémonos, pues, de haber en la leccion de los libros que contienen semejantes maneras de doctrinas, de la manera que nos hemos cuando queremos coger rosas del rosal, que trabajamos de cogellas de tal manera que no nos ofendan las espinas. Y pues tenemos discrecion para tomar los manjares que nos han de aprovechar, y desechar los dañosos, fea cosa sería no tenerla para hacer esto en los manjares que dan mantenimiento al alma, imitando á las abejas que ni se asientan en todas las flores, ni de aquellas en que se asientan toman más de lo que les hace al caso para la fábrica de su miel, y lo demas dexan, cosa digna de reprension sería que no bastase en nosotros la razon á hacer lo que en ellas hace el instinto natural. Estas y otras muchas razones que aquél dexó de decir por no ser enojoso, movieron á nuestro autor á componer este libro lleno de avisos y buenas enseñanzas de virtud sacadas de muchos autores santos y profanos, con no pequeño trabajo y mayor cuidado, con celo de la utilidad pública. Por lo cual, yo en su nombre, suplico á todos los que le quisieren tomar en las manos, juzguen su buena y sana intencion.

_COMIENZA LA OBRA._

¶ _Síguese la tragicomedia de Lisandro y Roselia, llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina._

¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL PRIMER ACTO.

Lisandro, noble mancebo, pasando por cierta calle, vió á la ventana á Roselia, doncella de alta guisa, de cuyo amor es vencido; trabaja Oligides, su leal criado, con muchas razones y exemplos de apartarle de este propósito, y al cabo, como ve que su trabajo es en balde, promete de darle medios como pueda llevar á execucion sus deseos.

LISANDRO. — OLIGIDES.

_Lisandro._ ¡Válasme el poderío de Dios!

_Oligides._ ¿Qué es, señor?

_Lis._ Desplega tus ojos, levanta tu sentido, verás una criatura en quien Dios soberanamente se esmeró con su pincel en el debuxo de su fermosura: Apélles, excelente pintor, no supiera pintar tan perfecta imágen, ni natura pudiera más obrar en su perfeccion. ¡Oh divino resplandor, que deslumbras como sol á los ojos que te miran!

_Olig._ ¿Dó está?

_Lis._ Ya es traspuesta la nueva lumbrera, aquella que con aventajada claridad al dia priva de su luz. Ya el envidioso lienzo se interpuso y causó eclipse, escureciendo mi corazon con una profunda tiniebla.

_Olig._ ¿Es la que recostada estaba en la ventana del encerado?