Part 9
¡Oh tierra de Argos! ¡Oh suelo de la patria! Al cabo de diez años vuelvo a ti en este claro día. De tantas esperanzas defraudadas, por fin se me ha logrado una; la que jamás imaginé conseguir. Morir en Argos, y tener mi sepultura en su tierra queridísima. -- Salve, pues, ¡oh tierra! ¡salve luz del sol! ¡y tú, Zeus, señor altísimo de esta comarca; y tú, dios Pitio, que ya no dispararás las flechas de tu arco contra nosotros! Sobrado tiempo, oh dios Apolo, nos fuiste contrario en las riberas del Escamandro; sé ahora nuestro salvador, y líbranos de nuevas contiendas. También a vosotros todos os saludo, dioses tutelares que presidís nuestra Ágora; y a ti, Hermes mensajero, mi patrón, gloria y culto de los mensajeros. Dióscuros, vosotros que acompañasteis nuestra marcha, recibid propicios los restos de nuestro ejército que escaparon de la lanza enemiga. -- ¡Oh palacio de mis reyes! ¡Oh techo amado! ¡Oh sagrados altares! ¡Oh dioses saludados por el claro sol de Oriente; si por ventura de antes mirasteis a nuestro rey con serenos ojos, recibidle ahora con agrado después de tan larga jornada! -- Porque el rey Agamemnón viene, y trae en sus manos la luz que ha de alumbrar esta obscurísima noche; la vuestra, la nuestra y la de todos. Ea, acoged como es debido al asolador de Troya, que con el azada justiciera de Zeus ha removido hasta el seno mismo de la tierra enemiga. Desaparecieron las aras y templos de sus dioses; la raza entera de un pueblo ha sido aniquilada. Y después que yugo tal echó sobre la cerviz de Troya, torna a vosotros el augusto Atrida, nuestro señor; el varón afortunado, el más merecedor de honores entre cuantos mortales existen hoy sobre la haz de la tierra. No se jactará Paris jamás ni la ciudad, que fué su cómplice, de que la hazaña superó al castigo. Convicto de rapto y robo, perdió la prenda robada, y arruinó la casa de sus padres junto con su propia patria. Con doble pena pagaron su culpa los hijos de Príamo.
CORO
Bien venido seas, enviado del ejército aqueo.
MENSAJERO
Sí que soy bien venido. Ya pueden los dioses mandarme morir; no me negaré a su voluntad.
CORO
¿Te atormentaba la nostalgia de la patria?
MENSAJERO
Sí, tanto que la alegría arranca lágrimas de mis ojos.
CORO
¿Padecíais, pues, como nosotros de ese dulce mal?
MENSAJERO
¿Qué dices? Explícate de modo que yo te entienda.
CORO
De heridas de amor por aquellos que os amaban.
MENSAJERO
¿Es decir, que la ciudad recordaba también con ardiente amor aquel ejército que tanto la echaba de menos?
CORO
Como que afligida el alma, de continuo estaba suspirando.
MENSAJERO
Mas ¿de dónde nació esa cruel tristeza? Habla.
CORO
Tiempo ha que callar es el único remedio de mis males.
MENSAJERO
¿Cómo? ¿Pues había de quién pudieses temer en ausencia de tus reyes?
CORO
Y de suerte, que aquel morir, de que tú hablabas ha poco, sería para mí hoy colmada alegría.
MENSAJERO
Eso puedo decirlo yo que he logrado la dicha deseada. En la carrera de la vida, a las veces los tiempos nos son favorables y a las veces adversos. Fuera de los dioses, ¿quién podrá decir que pasó su vida entera exento de dolores? Pues ¡si yo contase nuestros trabajos, y la falta de toda comodidad y abrigo, y la rareza de las arribadas, y lo duro y desapacible del lecho, y cómo no había hora del día que pasásemos sin gemir y clamar! Y ya en tierra, otra vez nuevas fatigas, mayores aún que las pasadas, porque venía la noche y acampábamos al pie de las murallas enemigas, y el rocío del cielo y la humedad de los prados nos calaban, y perdían nuestros vestidos y erizaban nuestros helados cabellos. ¡Y si alguno pudiese pintar aquellos crudos inviernos que nos deparaba el monte Ida con sus nieves, donde ni las aves del cielo quedaban a vida; o aquella calma sofocante del mediodía en el estío, cuando echados los vientos y serenas las olas, el mar se tendía en su lecho y sesteaba! Mas ¿a qué es lamentarlo? Pasaron aquellos trabajos; pasaron para los que murieron, y de suerte que nunca jamás cuidarán de volver a levantarse. Y en cuanto al que sobrevive, ¿a qué viene que cuente los muertos y se duela de su adversa fortuna? Aun en medio de nuestras desdichas hay muchas cosas que celebrar. Para los que hemos quedado del ejército argivo, el provecho supera al daño, e inclina de su lado la balanza. Justo es que a la luz del sol que nos alumbra se celebre la gloria de los que atravesaron intrépidos tierra y mares: “El ejército argivo vencedor de Troya, colgó estos antiguos y gloriosos despojos en los templos de los dioses de la Hélade.” Y los que tal oigan celebrarán como deben a la ciudad y a los caudillos, y rendirán tributo de honor y gracias a Zeus, cuya es la obra. Ahí tienes todo lo que tengo que decir.
~(Sale CLITEMNESTRA.)~
CORO
Tus razones me han satisfecho, no te lo negaré, que en los ancianos tiene grande fuerza el deseo de averiguarlo todo. Natural es que lo sucedido interese más que a nadie a este palacio y a Clitemnestra; pero también que a mí me colme de alegría.
CLITEMNESTRA
No hace mucho tiempo que gritaba yo trasportada de gozo; anoche, cuando la llama mensajera nos anunció por primera vez la toma y destrucción de Ilión. Y no faltó entonces quien me increpase, diciéndome: ¡Qué! ¿fiada en esas hogueras te imaginas ya que Troya ha sido destruída? ¡Cierto que es muy del corazón de la mujer el alborotarse luego! Con tales juicios pasaba yo por loca. No obstante, ofrecí sacrificios, y entonces aquí y allá, cada cual por su lado, iba clamando por la ciudad con femenil estilo, y celebrábase la alegre nueva en los templos de los dioses, mientras la fragante llama se iba apagando sobre el consumido cuerpo de la víctima. Ahora, ¿a qué es que tú me cuentes más? De boca del mismo rey voy a saberlo todo. Corro presurosa a fin de recibir a mi esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más dulce y clara para una mujer, que abrir la puerta a su marido que por merced de los dioses vuelve salvo del combate? Ve y dile a mi esposo; dile que cuanto antes, que en seguida venga a este su pueblo que le ama, y que en viniendo, que él encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de siempre; cual la dejó; una perra para su casa; para él dulce, y para los que mal le quieren, fiera; y así en todo, que en tan larga ausencia no he violado el sello de su fe. Así sé de halagos ni de culpables palabras de otro hombre alguno, como de teñir cobre. Hacer gala de tales prendas, cuando se está lleno de verdad, no desdice en mujer de mi sangre.
~(Vase.)~
CORO
Bien puedes haberlo aprendido, que hermosamente lo expuso ella, y en términos que no pueden dejar duda. Pero dime tú, mensajero, que deseo preguntarte por Menelao. ¿Viene también con vosotros sano y salvo aquel príncipe tan amado de este pueblo?
MENSAJERO
No es posible, amigos, que yo os cuente falsas dichas. No os gozaríais largo tiempo en ellas.
CORO
¡Ah! ¿Cómo hacer que diciéndonos dichas, nos dijeses también verdades? Que dicha engañosa jamás deja de verse tal cual es, y bien pronto.
MENSAJERO
Aquel guerrero ha desaparecido de la armada aquea; él y su nave. Harta verdad digo.
CORO
¿Es que a vista de todos vosotros se retiró de Ilión, o quizá que alguna tempestad, que os afligió a todos, le arrebató lejos de la armada?
MENSAJERO
Como un buen flechero así diste en el blanco. Con sólo una palabra has mentado todo un gran desastre.
CORO
¿Vive? ¿Es muerto? ¿Se dice algo de él en la flota?
MENSAJERO
Nadie lo sabe de modo que pueda decir algo cierto; nadie sino Helios, que alimenta la tierra.
CORO
¿Y cómo vino sobre la armada? ¿y cómo se calmó esa tempestad, que tú dices, desencadenada por la ira de los dioses?
MENSAJERO
No es lícito profanar un fausto día contando malas nuevas. Hoy tan sólo es dado honrar a los dioses. Cuando un mensajero, triste el rostro, llega a una ciudad a anunciarle espantables desastres; la rota y pérdida de todo un ejército, herida que por igual traspasa a toda la república; y la muerte de tantos guerreros, que dejaron huérfanas sus casas, caídos bajo el doble azote de Ares, cruel pareja que con hierro de dos filos va sembrando el estrago; cuando ese hombre llega abrumado con el peso tal de infortunios, razón es que cante el Peán de las Erinnas. Pero yo, afortunado mensajero de hazañas y triunfos, que llego a esta ciudad cuando se halla entregada al regocijo de su dicha, ¿cómo habré de mezclar males con bienes pintando la borrasca que la cólera de los dioses desencadenó contra los aqueos? El fuego y el mar, con ser de antiguo enemigos implacables, conjuráronse ahora, y bien mostraron su fidelidad destruyendo entrambos la mísera armada de los argivos. En medio de la noche surgen todos los horrores de las olas embravecidas. Empujadas por los vientos de Tracia chocan las naves las unas contra las otras. Con bárbara furia clávanse los espolones, y entre torbellinos de viento y torrentes de agua, se abren y se hunden, arrebatadas por el vértigo del fiero pastor de tanto estrago. Así que asomó la clara luz del sol, vimos el mar Egeo sembrado de cadáveres de guerreros aquivos, y de restos de naves. Por lo que hace a nosotros, sin duda algún dios que se puso al timón de nuestra nave, que no hombre ninguno, la sacó de allí ilesa, y nos salvó. Pues la fortuna salvadora tomó asiento en ella, y la encaminó de suerte que en las arribadas ni las olas alborotadas la inquietaron, ni encalló en los escollos de las costas. Mas luego que salimos de aquella mortal y negra noche de mar a la clara luz del día, no osábamos creer en nuestra ventura, y un nuevo dolor vino a cebarse en nuestras almas, al contemplar aquella flota desecha y reducida a cenizas. Y en tanto, si algunos son todavía vivos, nos tendrán por muertos, y ¿cómo no? Igual suerte tememos nosotros que hayan tenido ellos... ¡Mejor lo haga nuestro destino! Sobre todo, espera que Menelao ha de venir, y el primero. Si él vive aún; si todavía los rayos del sol le alumbran; si Zeus le ha guardado, no queriendo que todavía se extinga su linaje, esperemos aún, que hemos de verle entrar en su casa. Y tú, ten por cierto que al escuchar lo que acabo de referir, has estado oyendo la verdad.
CORO
¿Quién pudo darle nombre tan verdadero? ¿Quién sino alguno de esos seres invisibles que saben de antemano lo que ha de suceder en los varios azares de la fortuna? El cual dirigiendo certero nuestra lengua hizo que llamásemos Helena, a aquella ocasión de discordias a quien su esposo hubo de recobrar a lanzadas. -- Tal fué en verdad; perdición de armadas; perdición de hombres; perdición de ciudades. Dejó los ricos y delicados velos de su tálamo e hízose a la mar favorecida de las auras del poderoso Céfiro. Multitud de hombres embrazan sus escudos y siguen la perdida huella de los fugitivos, como cazadores que persiguen la pista, y por fin abordan a las frondosas riberas del Símois a empeñar sangriento combate.
La cólera de los perseguidores logró su intento, y lanzó contra Ilión una verdadera alianza, una alianza de desdichas. Pasaron años; pero ellos vengaron el ultraje hecho a la mesa de un huésped, y a Zeus vengador del hogar ofendido, en aquellos que a voces y sin rebozo habían celebrado el himno que los deudos de Paris cantaron en honor de sus bodas. En cambio, ahora la antigua ciudad de Príamo ha aprendido un himno nuevo; un himno de lágrimas. Y gime con grandes ayes; y llama a Paris el funesto desposado. Ella, que tanto ha que está pasando una vida de crueles dolores, y que por último tiene que sufrir la sangrienta y desastrada muerte de sus ciudadanos.
Cierto hombre crió un león que había de ser la perdición de su casa. Cachorrillo recién arrancado de las tetas de su madre, a los principios de su vida se criaba manso. Era el amor de los niños y el regocijo de los viejos. Paseábale su amo por la ciudad, llevándole en brazos como a un recién nacido, y él halagaba con sus ojos la mano amiga, y meneaba blandamente la cola, cuando el hambre le apretaba. Mas así que se hizo crecido sacó los viejos instintos paternos, y pagó el cuidado de su cría, aderezándose sin orden de nadie, festín de ovejas fieramente despedazadas por sus garras. La casa queda anegada en sangre, y de nada sirve el dolor de sus moradores para evitar el espantable sangriento estrago. Es un ministro de la muerte que se ha criado en aquella casa por disposición del cielo.
No de otro modo pudiera yo decir que entró Helena en la ciudad de Ilión. Serena el alma, como un mar sin ondas; hermosa, que fuera gala de la más espléndida opulencia; con un mirar de ojos que dulcemente hería. Era una rosa de amor que punzaba los corazones. Pero consúmanse por fin las funestas bodas, y luego decae de todo aquel encanto, y ya no es sino enfado del hogar donde se sienta; compañera temerosa; Erinna que hará derramar lágrimas a los esposos, y que viene contra los hijos de Príamo, lanzada por Zeus vengador.
Dice un antiguo adagio que ha mucho tiempo que corre entre los hombres: “Jamás fué infecunda la dicha de un mortal cuando llegó a su colmo, ni murió sin hijos: la buena fortuna tiene por descendencia un mal sin remedio.” -- Otro es, sin embargo, mi sentir. La impiedad engendra posteridad numerosa; pero toda de su raza. Engendrar dichas es síno de la casa del justo.
Sí, en la del malvado, tarde o temprano, cuando llega la hora decretada, una vieja culpa engendra otra culpa nueva. La nueva retoña a su vez, y sus renuevos son: horror a la luz; espíritu de iniquidad invencible y obstinado; audacia impía; negros infortunios; perdición de las más altivas casas; hijos todos que son la imagen de sus padres.
Pero la justicia resplandece en el ahumado hogar del pobre, y premia una vida honesta y honrada. Apartando los ojos aléjase de los alcázares que cubrió de oro una mano manchada, y se encamina a la santa mansión del bueno. Jamás rinde culto al poder del rico notado de infame. A cada cual le da siempre el fin merecido.
~(Sale AGAMEMNÓN en un carro con pompa y aparato real. Detrás de él CASANDRA en otro carro, donde vienen los despojos de Troya.)~
Ea, ya estáis aquí, ¡oh rey! ¡oh destructor de Troya! ¡oh hijo de Atreo! ¿Cómo te saludaré yo? ¿Con qué honores te rendiré acatamiento de modo que ni pase de los términos de lo que se te debe, ni tampoco te falte en nada? Los más de los hombres van siempre más allá de lo justo y antes que ser estiman parecer. Prontos a llorar a toda hora con los desdichados, la herida de su pena no llega jamás al corazón. Alegres con los alegres, componen a aquel tenor su rostro, y hácense violencia por sacarle una forzada sonrisa. Mas el buen pastor, que conoce su ganado, nunca se engaña. No se le oculta la verdadera expresión de los ojos del lisonjero que con mentido amor alardea de una amistad que finge. Por lo que a mí hace, no te negaré que te noté de imprudente sobremanera, y de hombre que no pensabas con seso cuando por causa de Helena sacaste de aquí la armada arrastrando a nuestros guerreros con obligada resolución a recibir la muerte. Mas ahora que la empresa se llevó a feliz término, son dulces las penas sufridas, y para ti sólo hay amor de corazón; bien que el tiempo y la experiencia te harán conocer qué ciudadanos han vivido en justicia y quiénes la han conculcado.
AGAMEMNÓN
Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos para juzgar la causa. Sin que uno siquiera discrepase echaron en la urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilión. Tan sólo la esperanza acercó su mano a la urna del perdón, ninguna otra la ocupó con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán desencadenado de la desolación, y al morir las humeantes cenizas lanzan de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido. Demos gracias a los dioses por tales beneficios, recordándolos con eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a nuestros enemigos; por una mujer Ilión ha quedado reducida a cenizas. El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzóse sobre la ciudad a la hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con ella hasta saciarse. Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla. El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que padece de este achaque, y hácele que se doblen sus dolores. Siente sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Odiseo, Odiseo que se había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; mas lo que pida remedio, ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y probaremos a ahuyentar de aquí toda dañada pestilencia. Pero entremos en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi diestra, y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejas tierras, y después guiaron mi retorno. La victoria me siguió entonces; ¡que por siempre viva a nuestro lado!
~(Sale CLITEMNESTRA.)~
CLITEMNESTRA
Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilión. Ante todo, ¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerión con tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces, siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a desatar mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, cara prenda de tu fe y de la mía! No te asombre; tu fiel amigo y aliado Estrofio el Focense le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilión, y el riego de un alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía; que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón; no imagines que hay en ello engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales, para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir: esposo mío, que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta; manantial de agua viva para el sediento caminante. ¡Qué dulce es haber escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos elogios, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada Ilión. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de alfombras su camino? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que ha de seguir hasta la mansión que ya no esperaba recibirle. Que se le haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con el ayuda de los dioses.
AGAMEMNÓN
Hija de Leda, guarda de mi casa, cierto que tu discurso se asemejó a mi ausencia; largamente has hablado. Mas si es que en justicia merezco yo esas alabanzas, tal honor debía venir más bien de los extraños. Por otra parte, no me trates muellemente a lo mujer, ni me recibas a estilo de rey bárbaro con voces descompasadas, y serviles adoraciones. No quieras hacer odiosa mi entrada en la ciudad, tendiendo a mi paso espléndidas alfombras. Hónrese a los dioses con esos homenajes, que a ellos les son debidos; ¡pero un mortal caminar sobre rica y bordada púrpura! Jamás podría yo hacerlo sin temblar. Como a hombre, y no como a dios, quiero que se me honre. La fama publica ya mi gloria sin necesidad de lujosos estrados; y, en fin, la modestia es el dón más precioso de los dioses. Dichoso tan sólo se puede llamar a aquel que acaba su vida en serena bienandanza. Si en todo obrase yo como ahora, bien podía esperar un fin afortunado.
CLITEMNESTRA
No te opongas a lo que es mi voluntad.
AGAMEMNÓN
Ten por seguro que no quebrantaré mi resolución.
CLITEMNESTRA
¿Por ventura hiciste voto de obrar así, temiendo a los dioses?
AGAMEMNÓN
Al anunciar mi resolución sé bien por qué lo hago.
CLITEMNESTRA
A dar cima a lo que tú has alcanzado, ¿qué te parece a ti que hubiese hecho Príamo?
AGAMEMNÓN
Paréceme que sin dudar habría hecho su entrada sobre alfombras.
CLITEMNESTRA
Déjate de tímidos respetos a la censura de los hombres.
AGAMEMNÓN
¡Es tan poderosa la voz del pueblo...!
CLITEMNESTRA
No es digno de envidia el que no es envidiado.
AGAMEMNÓN
Ni propio de una mujer andar deseosa de disputa.
CLITEMNESTRA
Pero sí le sienta bien al afortunado dejarse vencer.
AGAMEMNÓN
En fin, ¿qué, en tanto estimas tú la victoria en esta contienda?
CLITEMNESTRA
Cede a mis ruegos. Déjame de buen grado esta victoria.
AGAMEMNÓN