Tragedias

Part 8

Chapter 84,009 wordsPublic domain

Este es el décimo año ya después que los dos poderosos competidores de Príamo, el rey Menelao y Agamemnón, aquel invencible par de Atridas, a quienes honró Zeus por igual, dándoles a los dos trono y cetro, movieron de esta región poderosa armada argiva de mil naves, que apoyase con la fuerza su demanda. Del fondo de su generoso pecho lanzaron grito de guerra como altaneros buitres que al ver arrebatados sus polluelos, lanzan un ay de dolor, y azotando el aire con los remos de sus alas, vuelan en precipitados giros alderredor del nido desierto, donde ya no se guarece aquella cría, dulce y perdido objeto de sus cuidados. Pero así como no falta un dios, que oiga desde su excelso trono el gemido de dolor que lanzan las tristes aves; o ya Apolo, o Pan, o el mismo Zeus, y envíe una Erinna vengadora que al cabo y al fin castigará la maldad de los impíos violadores, así también Zeus, poderoso amparador de la hospitalidad, envió contra Alexandro a los hijos de Atreo por causa de una mujer que tantas veces mudó de marido, y por ella puso entre Danaos y Troyanos grandes y fieras luchas, donde los cuerpos de los combatientes se rendirán a la fatiga, y los más fuertes tocarán con sus rodillas el polvo de la tierra, y a los primeros encuentros saltarán en astillas las robustas lanzas. De cualquier modo que sea, hoy sucede lo que tenía que suceder; lo que está decretado se cumple; y ya ni lamentos, ni lágrimas, ni libaciones serán poderosas a calmar la implacable ira de las deidades a quienes no son aceptos sacrificios de fuego.

En tanto, nosotros, privados de seguir la generosa expedición por causa de esta vieja y despreciable carne que ya no puede pagar su tributo, permanecemos aquí, sustentando en un báculo nuestras fuerzas flacas como las de la infancia. Igual es la lozanía que retoza en un penco demasiado mozo, que la del viejo; ni en la una ni en la otra tiene su imperio Ares.

Cuando el verdor de los años se ha marchitado ya, la vejez decrépita, seca y sin hojas va haciendo su camino sobre sus tres pies, sin más fuerzas que un niño, y arrastrándose con incierto paso a modo de un sueño que anduviese vagando en pleno día.

Pero, hija de Tíndaro, reina Clitemnestra, ¿qué sucede? ¿qué novedad es ésta? ¿qué has sabido tú, que así te mueve a ordenar esos sacrificios que estoy viendo por todas partes? Las ofrendas levantan su llama en las aras de todos los dioses patronos de la ciudad; de los del cielo y los del infierno; de los que guardan nuestros campos como de los que presiden nuestra ágora. Aquí y allá y acullá se enciende brillante llama y llega hasta el cielo fomentada por el suave y puro aceite de las libaciones, traídas del lugar más retirado y secreto de la regia morada. Dime lo que puedas y te sea lícito decirme; calma esta mi ansiedad, que ora me llena de tristes pensamientos, ora a la vista de esos sacrificios da acogida a la esperanza alegre, que domina mi congojoso cuidado y la tristeza que devora mi corazón.

Sea dueño a lo menos de celebrar el feliz prodigio que señaló la partida de nuestros príncipes; que los dioses me convidan a que lo celebre, y me inspiran este cántico, y todavía no es tal la edad que no me preste fuerzas para ello. Aquel prodigio, digo, que sucedió cuando los dos poderosos reyes de los Aqueos, juntando sus robustos cetros para una misma empresa, marcharon contra el reino de Teucro al frente de toda la juventud de la Hélade, lanza en mano y prontos a la venganza. A este punto, dos reinas de las aves se aparecen a los reyes de la armada helena, no lejos del palacio, y a la mano que blande la lanza. Era la una negra y la otra blanca por el lomo, y acababan de devorar en la dilatada y espléndida región de los cielos a una liebre preñada, muerta con todos sus gazapillos cuando ya tocaba al término de su fugitiva carrera. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!

El avisado y prudente adivino del ejército observó aquellas dos rapaces aves que devoraban su presa, y reconoció en ellas a los dos belicosos Atridas, príncipes y caudillos de la expedición; e interpretando el prodigio soltó la voz a semejantes razones: Al cabo de tiempo llegará esta empresa al término que se propone; la ciudad de Príamo será tomada, y el destino entregará al pillaje todas las riquezas atesoradas por un pueblo en el recinto de sus torreados muros. Si no es que antes lo cubre todo de tinieblas la cólera divina, y rompe el freno que con vuestras armas teníais forjado para Troya. A lo que anuncia el portento de esos alados canes del padre Zeus, que han inmolado a ese tímido y triste animal con los hijuelos que aún llevaba en sus entrañas, la casta Artemisa mira a esta casa con airados ojos. Banquetes como el de las águilas son aborrecibles a la diosa. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!

No lo dudéis; la bella diosa, que con tanto amor mira por los tiernos cachorrillos del león invencible, y que tiene sus complacencias en los hijuelos de las fieras de los montes, que aún van colgados de los pechos de sus madres, quiere que se cumpla lo anunciado por el prodigio de esas águilas, lo cual, puesto que nos es favorable, pero también encierra algo que es de infeliz agüero. ¡Oh, Peán salvador, yo te invoco! Que no suscite Artemisa contra los Griegos vientos contrarios que los detengan en su larga navegación, ni nos compela a un sacrificio harto diferente de éste; sacrificio excecrable, donde no habrá festines; artífice impío de crímenes entre los que son de una misma sangre, y que no perdonará ni la reverencia de un esposo. El rencor esperará en vela dentro del hogar, envuelto en el manto de la astucia, y siempre acompañado del pensamiento de la venganza de una hija, y al fin un día se alzará otra vez terrible. Tal dijo Calcas con ocasión de las agoreras aves que se aparecieron al partir de la armada, presagiando males a este regio palacio a la vez que grandes bienes. Acompaña con tus voces al adivino; celébralo, celébralo con tristes cánticos, pero que venza por fin la buena ventura.

¡Oh, Zeus, quien quiera que tú seas, yo te invoco con este nombre, si con él te agrada de ser invocado! Porque bien considerado todo en mi mente, para arrojar de mí el peso de estas vanas inquietudes, no hallaré en verdad quien con Zeus pueda compararse.

El primero que fué grande en el mundo, aquel dios que estaba rebosando fuerza, y al cual nadie se resistía, nada podría mandar hoy: fué antes; ya nada es. El que vino después de él, encontró quien le venciese, y feneció. Mas quien de corazón celebre a Zeus con jubiloso himno de triunfo, llegará al colmo de la sabia prudencia.

A aquel dios que encamina a los mortales a la sabiduría, y dispuso que en el dolor se hiciesen señores de la ciencia. Hasta en el sueño mismo el penoso recuerdo de nuestros males está destilando sobre el corazón, y aun sin quererlo nos llega el pensar con cordura. Don del dios, que sentado en augusto trono rige con diestra vigorosa la nave de nuestros destinos.

El venerable caudillo de la armada aquea, que jamás se alzó contra adivino ninguno, cede resignado al viento de las desdichas que le amagan. Cuando he aquí que la imposibilidad de navegar viene a poner en consternación al ejército aqueo, retenido enfrente de Calcis en las tempestuosas costas de Aulide, cuyas aguas turbulentas amenazan aniquilar las naves. Soplan los vientos del Estrimonio; los vientos que traen la arribada funesta, y el hambre, y el ningún abrigo contra el inminente naufragio, y la dispersión de los navegantes; vientos que no perdonan ni cascos ni jarcias; que alargan crueles la hora de la partida, y a la sazón secan y consumen la flor de los Argivos. Entonces el adivino, anunciando la voluntad de Artemisa, reveló a los caudillos un remedio más terrible que la tempestad misma, y tal, que al oírle los Atridas, hirieron la tierra con sus cetros, y no pudieron contener las lágrimas. -- ¡Desdicha fiera no obedecer!, exclamó el augusto príncipe dando una gran voz; ¡pero fiera desdicha también inmolar a mi hija, a la alegría de mi casa, y que las manos de un padre se manchen con la sangre de una tierna virgen, derramada sobre el ara de Artemisa! ¿Cuál de estos dos caminos estará libre de males? ¿Cómo ser yo desertor de la armada? ¿Cómo separarme de esta empresa? Pues que es justo que ellos deseen con ansia el sacrificio de esta sangre virginal, que ha de calmar los vientos... ¡ojalá sea para bien!

Pero una vez que siente sobre sí el yugo de la necesidad, que trastorna su mente y le inspira una nueva resolución cruel, criminal e impía, múdase su ánimo y arrójase a la más bárbara hazaña que imaginarse puede. ¡Que así hace temerarios a los mortales la locura funesta, consejera de ignominias y primera fuente de todos nuestros males! Atrevióse, pues, a ser el sacrificador de su hija, en favor de una guerra que iba a vengar la afrenta de una mujer, y por primera víctima propiciatoria de la armada.

Llevados del ansia de pelea, en nada tuvieron los caudillos ni la florida juventud de la doncella, ni las súplicas y clamores con que llamaba a su padre. Él mismo, hecha ya la deprecación a los dioses, manda a los ministros del sacrificio que la levanten en alto como a una cabritilla, y con entera resolución la pongan sobre el ara, bien envuelta en sus vestiduras y con el rostro mirando al cielo; él también, que con los apretados nudos de una mordaza detengan en los labios de la hermosa víctima la execración que va a lanzar contra los suyos.

Pero ella, dejando caer al suelo el velo rojo que cubre su frente, lanza de sus ojos una mirada que hiere a sus sacrificadores con el dardo de la compasión. Ofrécese ante ellos resplandeciente y bella como hermosa pintura; parece que quiere hablarlos como en otro tiempo, cuando tantas veces cantaba con dulce voz en los espléndidos festines, con que Agamemnón agasajaba a sus guerreros, aquella casta virgen, honor y contento de la felicísima vida de su padre.

Lo que sucedió después, ni lo vi, ni hablaré de ello; pero las predicciones de Calcas jamás dejan de cumplirse. Enseña la justicia con sus golpes a que comprendan los mortales lo que vendrá sobre ellos en lo porvenir. Mas lejos de mí saber lo que más tarde ha de pasar. Tanto manda llorar de antemano nuestro destino. Hora vendrá que se presente a nuestros ojos claro como la luz del día. ¡Que tengan buen suceso estas cosas, según es el deseo de los que somos el único muro que defiende hoy esta tierra de Apis!

~(Sale CLITEMNESTRA.)~

Heme aquí, Clitemnestra, rindiendo homenaje de veneración a tu potestad; que así es justo que se honre a la esposa del príncipe cuando la ausencia del esposo dejó el trono vacante. ¿Qué te mueve a ofrecer esos sacrificios? ¿Es alguna nueva feliz? ¿Es por ventura tan sólo la esperanza de un buen suceso? Bien de voluntad lo sabría; mas si callares, yo acataré tu resolución.

CLITEMNESTRA

¡Ojalá que del seno de la noche nazca la aurora de un venturoso día, como dice el proverbio! Apercíbete a recibir una alegría que supera todas las esperanzas: los Argivos son dueños de la ciudad de Príamo.

CORO

¿Qué dices? ¡Apenas si me atrevo a dar fe a tus palabras!

CLITEMNESTRA

Que Troya es de los Aqueos. ¿No lo he dicho claro?

CORO

La alegría me enajena y hace asomar mis lágrimas.

CLITEMNESTRA

Sí; bien están publicando tus ojos los afectos del corazón.

CORO

¿Pero tienes algún testimonio cierto de esta ventura?

CLITEMNESTRA

Lo hay. ¿Y cómo no? ¡A no ser que algún dios me engañe...!

CORO

¿Acaso será que rindas, crédulo, culto a las visiones de los sueños?

CLITEMNESTRA

No soy yo quien toma por verdades las ilusiones de la mente dormida.

CORO

Quizá te llenó cualquier rumor prematuro.

CLITEMNESTRA

¿Es que para ti tengo tan poco juicio como una chicuela?

CORO

¿Mas cuándo ha sido destruída la ciudad?

CLITEMNESTRA

Yo te lo diré. En esta misma noche de cuyo seno ha nacido esta luz que nos alumbra.

CORO

¿Y qué mensajero pudo traer tan pronto la noticia?

CLITEMNESTRA

Hefestos, que envió desde el monte Ida el fulgor resplandeciente de sus rayos. De lumbre en lumbre ha llegado hasta aquí el fuego mensajero. -- Del Ida al promontorio de Hermayo en Lemnos; de esta isla recíbele la alta cumbre del Atos, y la cima consagrada a Zeus se alumbra con la tercera vivísima llama, que sube, y se yergue, y salva con poderoso salto las anchas espaldas del mar, y corre presurosa, y se presenta como un sol dorando las empinadas rocas de Macisto y anunciándoles la regocijada nueva. -- Y no anda perezoso el atalaya, ni se deja vencer imprudentemente del sueño, sino que luego acude a lo que le toca, y hace la señal; la luz de los encendidos sarmientos llega a las corrientes del Euripo, y avisa desde lejos a los atalayas del Messapio, y ellos ponen fuego a un montón de secas zarzas y llevan más allá las señales. El vivo resplandor de la hoguera, en ningún modo se amortigua; pasa de un salto la llanura del Asopo, semejante a clarísima luna, y hace que se enciendan sobre las cimas del Citerón nuevas lumbres mensajeras. El guarda allí apostado no se niega a trasmitir la luz a los que están más lejos, antes enciende hoguera más viva aún que todas las ya dichas, la cual salva la laguna Gorgopis, llega al monte Egiplacto y obliga a cumplir las órdenes de modo que no falte el fuego. Encienden, pues, una gran lumbre; la llama, con poderoso ímpetu, suelta su roja cabellera; traspone el alto promontorio del estrecho Sarónico, y despidiendo rayos de luz pasa más allá, hasta que toca en el monte Aracneo, atalaya vecina a nuestra ciudad. De aquí, en fin, vino a esta morada de los Atridas aquella luz, cuyo primer padre fué la hoguera que brilló sobre el Ida. Tales fueron las señales que yo hice disponer de modo que por su orden pasasen de unos en otros: el primero de ellos y el último, el primero que dió la señal y el último que la recibió, ambos son los vencedores en esta carrera. Lo que te he dicho no es sino lo que mi esposo me anuncia y certifica desde Troya.

CORO

¡Oh, mujer! lo primero de todo rindamos tributo de adoración a los dioses. Pero quisiera estar oyendo de continuo esa asombrosa nueva; que tuvieses a bien repetírmela.

CLITEMNESTRA

Sí, dueños son hoy de Troya los Aqueos. Imagínome ya estar oyendo las encontradas voces que resuenan en la ciudad. Echad vinagre y aceite en un mismo vaso, y veréis cómo no se juntan amorosos; cómo se rechazan. Así también suenan distintos y encontrados los gritos que en tan diversa fortuna lanzan vencidos y vencedores. Aquí están abrazados con los cuerpos de sus esposos, de sus hermanos y de sus padres, las mujeres y los niños, que ya no podrán ni siquiera llorar con libertad el triste destino de aquellos a quienes más amaron en el mundo. -- Allí, los vencedores, después de la fatiga de la pelea y de una noche sin reposo, acosados del hambre, apercíbense a hacer la comida de la mañana con los manjares que la ciudad les ofrece. No hay orden ni rangos; cada cual se acomoda donde la suerte le depara, y así ocupan las casas de la cautiva Troya, y se ponen, por fin, al abrigo del sereno de la noche y de las inclemencias del cielo. -- ¡Y cómo que son felices con poder dormir la noche entera sin centinelas que los guarden! Veneren piadosos a los dioses tutelares de la ciudad tomada; respeten sus templos, y no sufrirán después de la victoria la suerte de los vencidos. ¡Ojalá no se deje vencer nuestro ejército de la avaricia, ni entre en deseo de lo que no le es lícito codiciar; que para volver a sus hogares sanos y salvos, aún les queda por andar la mitad de la jornada! Y si pecaren contra los dioses pudiera suceder que a su vuelta, la sangre de los vencidos se alzase contra ellos; cuando no sobrevinieren nuevos males. Ahí tienes todo lo que yo, como mujer, puedo decir. ¡Que sea acabada su dicha y sin revés que la turbe; que no les deseo menos que la posesión de largos bienes!

CORO

Generoso es tu pecho, mujer, y has hablado como pudiera un hombre prudente. En cuanto a mí, oídas tus palabras, que no dejan lugar a duda, voy al punto a hacer piadosa oración a los dioses; que no merece menos la recompensa que han tenido nuestros trabajos.

~(Vase CLITEMNESTRA.)~

¡Oh, Zeus soberano! ¡Oh cara noche, que tan grande gloria nos deparaste, y tendiste red espesísima sobre los muros de Troya de modo tal, que ni el grande ni el pequeño, ninguno pudiera escapar de aquel lazo de esclavitud y muerte que los aprisionó a todos! Yo te adoro, Zeus poderoso, que velas por los fueros de la hospitalidad; hacedor de estas grandes cosas, que ya de antes habías tendido el arco contra Alexandro. No se disparó el dardo antes de tiempo, ni vanamente se perdió más allá de los astros.

Ya pueden decir que este golpe es castigo de Zeus; bien han podido conocerlo. Él comenzó esta obra, y él también la consumó. Hay quien dice que los dioses no se dignan cuidarse de los hombres que pisotean el honor de las cosas santas; pero el que así habla es un impío. Algún día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres soberbios que sólo respiraban guerra e inquietud, y vivieron hinchados con la pompa de una opulencia sin medida. Viva yo libre de males, y tan sólo con lo que basta al varón prudente. No son baluarte las riquezas para quien en el tedio de la hartura derriba con pie sacrílego el ara santa de la justicia. Él será borrado de entre los hombres.

Arrástrale la funesta confianza que el delito engendra, madre y consejera de maldades. No hay salvación para él. Su crimen no permanece oculto en la sombra; antes, cual lumbre que brilla con siniestros fulgores, muéstrase a los ojos de todos. Como moneda de mala ley que con el uso y roce se ennegrece, así el hombre es por fin apreciado en lo que vale. Niño que corre tras el vuelo de un pájaro, al cabo ve que sólo ha conseguido arrojar indeleble afrenta sobre su patria. No hay dios que escuche sus preces, y el inicuo, que causó tantos males, es borrado de sobre la haz de la tierra. Así Paris, que recibido en el hogar de los Atridas, deshonró la mesa de la hospitalidad con el rapto de una esposa.

Osada ella, con audacia jamás vista, salva ligera las puertas de la ciudad. Déjale a su patria chocar de lanzas y de escudos, y armamentos de naves. A Ilión llévale en dote total y lastimosísima ruina. ¡Ay, casa! clamaban los adivinos de palacio con tristes lamentos; ¡ay, casa! ¡ay, príncipes! ¡ay, lecho nupcial! ¡ay, desaconsejados pasos de la afición amorosa! Ahí está el esposo que ella abandonó; ahí está, que se le puede ver; silencioso, sin honra; pero sin que ni una injuria salga de sus labios, ni se haya alterado la dulce tristeza de su semblante. Vencido del deseo de aquella esposa, que huyó al otro lado de los mares, diríase que es un espectro que reina en esos palacios. La gracia de las hermosas estatuas que se la representan, le es desabrida y aborrecible; que toda su hermosura se pierde en aquellos ojos sin expresión y sin pupilas.

Vienen las sombras de la noche, y asáltanle con tristes apariencias que le traen vanísima alegría. Vana, sí, porque cuando se imagina que está contemplando su bien, al punto escápasele de entre las manos, y la visión desaparece con alada planta por los ligeros caminos del sueño. Tales son los dolores que hacen su habitación en el hogar de este palacio; tales son, y aun otros que con mucho les superan. Mas donde quiera se enseñorea el dolor; un dolor que oprime los corazones. En cada hogar de donde salió un heleno para la guerra. Sí, ¡que son muchas las desdichas que hieren nuestra alma! Cada cual recuerda bien a quién dió su despedida; mas en vez de hombres, urnas y cenizas, he ahí todo lo que volverá a nuestros hogares.

Porque Ares, que vuelve cadáveres por hombres, y durante la pelea tiene en sus manos la balanza, envíanos desde Ilión, en vez de aquellos a quienes tanto amamos, el triste y lacrimosísimo polvo de sus cenizas, recogido de la ardiente hoguera; todo lo que de ellos queda, bien holgado en una urna funeraria.

Y se llora a los nuestros; y se bendice su memoria; a éste por diestro en el combate, a aquél porque cayó con honra en la fiera matanza por causa de una mujer ajena. Esto se murmura en voz baja, y dentro del pecho hierve dolorosa cólera contra los Atridas que todo lo provocaron. Los otros yacen allá, en honrados sepulcros, al pie de los muros de Ilión. La tierra enemiga guarda en su seno a sus dominadores.

Grave cosa es que un pueblo airado dicte sentencia; que al fin la maldición popular es deuda que se paga. Esta angustia, que no me deja un instante, me está diciendo que algo se oculta entre las sombras. No escapan a la mirada de los dioses los que han derramado torrentes de sangre. Andando el tiempo, las negras Erinnas, con precipitado vuelco de fortuna, hunden en las tinieblas al afortunado que menospreció la justicia; su fuerza toda se aniquila, y él desaparece sin dejar huella. De temer es ser aplaudido y envidiado. El rayo de Zeus hiere entonces los ojos, y ciega y derriba. Una dicha no envidiada, esto es lo que prefiero. Ni llegue yo jamás a ser destructor de ciudades, ni me vea jamás esclavo, y sujeto al arbitrio de otro.

Mas la alegre nueva del fuego mensajero ha atravesado veloz toda la ciudad. Si es verdad, ¿quién lo sabe? ¿No será quizá engaño de los dioses? ¿Quién tan niño y falto de seso que deje que su corazón se encienda con las noticias de ese fuego repentino, para que después tenga que sufrir el desengaño? Propio es del gobierno de la mujer celebrar victorias antes de sabidas. Es la condición femenil pronta a creerlo todo, y llenarse luego con ello. Gloria que tiene a la mujer por pregonero, es de corta vida y pronto se desvanece.

En breve vamos a saber si esas encendidas lumbres, si esa sucesión de hogueras eran verdad, o si a modo de un sueño su regocijada luz vino a engañar nuestra mente. He aquí que diviso un mensajero que llega de la costa, la frente sombreada con el ramo de oliva. Ese árido polvo que se levanta, hermano del lodo, me está notificando que alguien nos trae nuevas del suceso; y no mudo, ni con hogueras de silvestres sarmientos, ni con humos ni lumbres. Sí, sus palabras pondrán colmo a nuestra alegría. Lejos de mí imaginar lo contrario. ¡Ojalá lo que avenga supere nuestras esperanzas! ¡Y recoja el fruto de sus impíos pensamientos quienquiera que hiciese por la ciudad otras súplicas que estas!

~(Sale TALTIBIO, mensajero.)~

MENSAJERO