Part 6
Ni queremos, oh madre, que nuestras palabras te pongan inmoderado temor, ni tampoco que te den inconsiderada confianza. Vuélvete a los dioses con súplicas. Si viste algo adverso, pídeles que lo alejen de ti, y que se cumpla lo favorable en ti y en tu hijo, y en el imperio, y en los amigos todos. Haz luego libaciones a la tierra y a los muertos; que así es debido. Conjúrale con fervoroso pecho a aquel Darío tu esposo, a quien dices que viste anoche, por que del seno de las regiones infernales envíe a la luz lo que sea de buen agüero para ti y para tu hijo, y haga que se desvanezca en la obscuridad de las entrañas de la tierra lo que os sea contrario. He aquí lo que de corazón te digo y la razón me previene previsora. Y en cuanto a lo que nos has revelado, juzgamos que en resolución todo acabará por tener para ti buen suceso.
ATOSSA
Tú eres el primero que ha interpretado mis sueños y que con amor a mi hijo y a mi casa determinas lo que se debe hacer. ¡Ojalá suceda todo cual lo deseamos! Entremos en palacio, y hagamos al punto cuanto mandas en honor de los dioses y de aquellos de nuestros amigos que habitan en los senos infernales. Mas, oh amigos, yo quisiera saber de vosotros, dónde dicen que está asentada Atenas.
CORO
Lejos de aquí, a occidente; hacia donde se pone Helios nuestro señor.
ATOSSA
¿Y tanto desea mi hijo tomar esa ciudad?
CORO
Tomada, la Hélade entera quedaría sujeta al rey.
ATOSSA
De esa suerte, ¿abunda su ejército en soldados?
CORO
Y tales, que ya causaron muchas pérdidas a los Medos.
ATOSSA
¿Y qué otra cosa más tienen? ¿Hay riquezas bastantes en sus casas?
CORO
Tienen una fuente de riqueza; un tesoro que la tierra les regala.
ATOSSA
¿Por ventura brillan en sus manos el arco y las flechas?
CORO
Jamás. Pelean con lanza, de cerca y a pie firme, y cubiertos con el escudo.
ATOSSA
¿Quién es su rey y el señor y caudillo de su ejército?
CORO
No se dicen esclavos ni súbditos de hombre ninguno.
ATOSSA
¿Y cómo podrán resistir ellos la acometida de los invasores?
CORO
Como destruyeron el grande y valeroso ejército de Darío.
ATOSSA
¡Terrible desastre has traído a la memoria para avivar el cuidado en los padres de los que partieron!
CORO
A lo que me parece, pronto vas a saber toda la verdad, porque aquí llega un hombre, un correo persa; bien se le conoce. Él traerá noticias ciertas, que podamos oír, de nuestra victoria o de nuestra derrota.
~(Sale un MENSAJERO.)~
MENSAJERO
¡Oh ciudades todas de Asia! ¡Oh tierra de Persia! ¡Oh ancho puerto de riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe! ¡Cayó y pereció la flor de los Persas! ¡Ay de mí, infeliz, que el primer mal es tener que anunciar males! ¡Mas fuerza es que os descubra todo el cuadro de nuestra desgracia! Persas, el ejército entero de los bárbaros ha perecido.
CORO
¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, ay! Llorad, Persas que oís estas lástimas.
MENSAJERO
Sí, todas aquellas grandezas perecieron. Yo mismo vuelvo a ver el sol de mi patria contra lo que esperaba.
CORO
¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin a la vejez este inesperado desastre!
MENSAJERO
Presente estaba yo. No será de oídas, oh Persas, como os haré la triste relación de las desventuras que nos han sobrevenido.
CORO
¡Oh dolor! En vano juntaron sus armas todos los numerosos pueblos de Asia, y fueron contra la funesta Hélade.
MENSAJERO
Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus alrededores; ¡de los cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron!
CORO
¡Oh dolor! ¡Conque los cuerpos de nuestros hermanos, envueltos en las ondas, y sin vida, son arrebatados por la corriente entre los flotantes despojos de nuestras naves!
MENSAJERO
De nada nos sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque poderoso de las naves enemigas.
CORO
¡Infelices! ¡Qué grito de angustia y dolor lanzarían cuando los dioses con total perdición lo acabaron todo! ¡Ay, ay, armada nuestra destruída!
MENSAJERO
¡Oh nombre de Salamina, a mis oídos el más odioso de todos! ¡Oh, Atenas, y qué de lágrimas me hace derramar tu recuerdo!
CORO
¡Oh Atenas, funesta para tus enemigos! ¡Harto de recordar serán tantas Persas como hoy quedan sin esposos, sin padres, sin hijos; y todo en vano!
ATOSSA
Afligida, atónita con estos males, por largo espacio no he podido romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio que supera mis fuerzas; ni acierto a articular palabra, ni a averiguar nuestras desventuras. Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y aun cuando te haga verter lágrimas, habla, y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos?
MENSAJERO
Xerxes vive, y ve la luz del día.
ATOSSA
Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche.
MENSAJERO
Pero muerto queda en las ásperas costas de Silenia Artembares, que mandaba innumerable gente de a caballo. De un bote de lanza bajó saltando de la nave al mar con ligero salto Dadaces, el caudillo de mil guerreros. Tenagón, el más valiente entre los hijos de la Bactriana, queda también en aquella isla de Ayax, de continuo azotada por las olas. Lilayo, Arsames y Argestes, los tres, vencidos junto a la isla criadora de palomas, dieron con su frente en las ásperas peñas. De una sola nave cayeron Arcteo, que habitaba cerca de las fuentes del Nilo en Egipto; Adeves, y Feressenes; los tres, y además Farnuco. Murió Matallo el Crisio, que mandaba diez mil caballos; su barba roja, espesa y erizada, goteaba sangre; teñía su cuerpo el encendido color de la púrpura. Arabos el Mago, y Artames el de Bactriana, que guiaba treinta mil soldados caballeros en negros corceles, allí perecieron, y tomaron perpetua habitación en aquella escabrosa comarca. Y Amestris y Anfistreo, el de los mortales botes de lanza; y el generoso Ariomardo, triste ocasión de llanto y luto para Sardes, y Sisames el Misio, y Tharibis, Lirnense de nación, gallardo soldado, que capitaneaba doscientas cincuenta naves, yacen allí los infelices miserablemente muertos. Siennesis, caudillo de los cilicios, el primero por el valor de su ánimo, pereció con gloria. Él solo dió muchísimo que hacer a los enemigos. Estos son los capitanes de quienes hago memoria por el pronto; mas no te he dicho sino una pequeña parte de las muchas desgracias que nos rodean.
ATOSSA
¡Ay de mí; ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que imaginarse pueden, la afrenta de los Persas, lo que ha de ser una causa tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato, y dime: ¿tantas eran las naves de los Helenos que así se determinaron a entrar en batalla con la armada de los Persas?
MENSAJERO
Si en el número de naves hubiese estado, ten por seguro que los bárbaros hubiésemos llevado la mejor parte, porque todo lo que tenían los Helenos eran trescientas naves, y de ellas diez de reserva; pero Xerxes, y esto lo sé bien, contaba con mil bajo su mando, fuera de doscientas siete que sobresalían por muy veleras. Esta es la cuenta justa. ¿Te pareceremos ahora que no teníamos bastante fuerzas para aquel combate? Pero sin duda no le plugo a algún dios mantener su balanza en el fiel; cargó sus platillos con desigual fortuna, y de este modo nuestra armada quedó destruída. Los dioses protegen a la ciudad de la diosa Palas.
ATOSSA
Pues cómo, ¿aún permanece en pie la ciudad de Atenas?
MENSAJERO
Es inexpugnable muralla el pecho de los que se defienden como hombres.
ATOSSA
Mas dime: ¿de qué manera se empeñó la batalla? ¿Quiénes fueron los primeros a acometer? ¿Acaso los Helenos, o fué mi hijo, ensoberbecido con la multitud de sus naves?
MENSAJERO
¡Oh reina, algún dios vengador, algún mal genio venido no sé de dónde, fué a no dudar el primer principio de toda nuestra desgracia! Un Heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Xerxes como así que cerrasen las negras sombras de la noche, los Helenos no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida con callada y secreta fuga. El que lo oyó, no recelando engaño en el Heleno, ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos los capitanes de nave, que tan pronto como el sol deje de enviar sus rayos sobre la tierra, y la obscuridad se enseñoree del dilatado templo del éther, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres órdenes, para guardar los pasos y derrotas de aquellos mares, y otras formadas en círculo todo alrededor de la isla de Ayax. “Porque si los Helenos, por cualquier camino que se os oculte, escapan de la ruina que los amenaza, todos vosotros pagaréis con vuestra cabeza.” Tal dijo con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que había de avenirle de parte de los dioses. La armada sin desorden y con obediente disciplina se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; ordénase la armada; toma cada cual la derrota que se le designa, y toda la noche tienen los capitanes a la gente de mar navegando de un punto a otro. La noche se iba pasando, y los Helenos no se daban mucha prisa a hacer su salida secreta por parte ninguna. Mas apenas el luciente día, conducido por sus blancos caballos, entró señoreándose de toda la tierra, cuando de la parte de los Helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las enriscadas costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus juicios; que no cantaban entonces los Helenos aquel sagrado Peán como para huír, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento. El clarín con su voz enardecía todas aquellas marciales maniobras. De pronto, a una señal de los jefes azotan los remos a una vez con acompasado golpe las mugidoras aguas, e incontinenti tenemos a la vista toda la armada helena. El cuerno derecho venía el primero, en buen orden, haciendo la guía; detrás marchaba todo el grueso de las naves, y bien se podían oír ya de cerca estas voces que de ellas salían: “¡Oh! hijos de la Hélade, andad, libertad a la patria; libertad a vuestros hijos, a vuestras esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas de vuestros mayores. Por todo ello vais ahora a empeñar la lucha.” Por nuestra parte respondióles la algazara de nuestro grito persa; no había ya lugar de esperar más. Pronto una nave clava su broncíneo espolón en una nave nuestra; era una nave helena que había comenzado el abordaje, y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vió apretada en una angostura, donde no se podían valer los unos a los otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre, y quebraban andanas enteras de remos. Las naves helenas, no sin buena dirección, acometieron entonces en redondo, y comenzaron a herir por todas partes; nuestros bajeles volvieron las quillas, y ya no se veía el mar, lleno todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados. Las costas y los escollos se cubren de cadáveres. Cada barco de cuantos habían pertenecido a la poderosa armada bárbara, vira de popa, y pónese en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz, y nos arranca de manos de los Helenos. Mas en cuanto a la multitud de males que vinieron sobre nosotros, si yo estuviera hablando diez días seguidos no podría referírtelo todo. Pero ten por cierto que nunca jamás en sólo un día murió muchedumbre tan numerosa.
ATOSSA
¡Ay! ¡verdad! ¡Qué grande piélago de males se ha precipitado sobre los Persas y sobre toda la raza de los bárbaros!
MENSAJERO
Pues bien puedes creer que eso no es ni la mitad de nuestras desgracias. Otra calamidad ha venido sobre los Persas, tal, que pesa tanto como aquéllas, y también dos veces más.
ATOSSA
¿Y qué desdicha más funesta pudiera haber ya? Habla. ¿Qué calamidad es esa que dices que ha venido sobre el ejército, y que supera los más terribles de los males?
MENSAJERO
Toda aquella juventud persa, sin iguales en el valor, por su generosa sangre insignes, y en la fidelidad a su señor siempre los primeros, toda ella pereció con infame y miserable muerte.
ATOSSA
¡Ay de mí sin ventura! ¡Oh calamidad desdichada! ¡Amigos! -- ¿Con qué muerte dices que perecieron?
MENSAJERO
Hay un islote frente a las costas de Salamina, casi cerrado a las naves; en sus orillas acostumbra a juntar sus coros el dios Pan. Allí era donde Xerxes había enviado sus tropas, por que cuando deshecho el enemigo buscase su salvación en aquel lugar, pudiésemos hacer fácil presa en él, y acabar con todo el ejército heleno; y además para que pusiéramos en salvo a aquellos de los nuestros a quienes arrojase en sus riscos la furia de los mares. Mal conoció lo porvenir. Los cielos dieron a la armada helena la gloria del combate, y aquel mismo día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los vencedores, rodean la isla, y los persas no saben ya hacia dónde volverse. Miles de piedras enemigas los hieren; las veloces flechas de sus arqueros los rematan, y, por último, échanse todos de golpe sobre ellos, y cortan, y degüellan y hacen cuartos a los infelices, hasta que no quedó a vida ni uno solo. Xerxes, que vió aquel océano de desastres, lanzó un ay lastimero. Porque tenía su trono en una elevada colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga. He aquí la calamidad que sobre la primera tendrás que lamentar ahora.
ATOSSA
¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos de los Persas! ¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! ¡No fueron bastantes los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Marathón, sino que imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto sobre ellos?
MENSAJERO
Los capitanes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huír siguiendo el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra que se había salvado, parte perecieron en Beocia, ahogados de sed junto a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes; los demás sin alientos atravesamos la Phócida y la Dórica, y los llanos vecinos al golfo de Melias, regados por las saludables aguas del Esperquio. De allí llegamos a los campos de Acaia y a las ciudades thesalias, afligidos con la penuria de mantenimientos. Allí murieron los más de hambre y sed; plagas las dos que a la vez nos consumían. Pasamos Magnesia y Macedonia; vadeamos el Axio; cruzamos los pantanosos cañaverales de Bolbes, y el monte Pangeo y la comarca de Edonia. Estando aquí, algún dios, a no dudar, envió aquella noche una helada fuera de tiempo, que heló toda la corriente del sagrado Estrimonio. Y tal hubo entonces, que de antes nunca había acatado la ley de los dioses, y ahora los invocaba con súplicas, y se postraba de hinojos, y adoraba la tierra y el cielo. Luego, pues, que el ejército hizo larga oración de rogativa, comenzó a atravesar aquel paso a la sazón vuelto en apretados cristales. Quienquiera que pasó antes que el dios del día comenzara a derramar sus rayos sobre la tierra, quedó a salvo; mas así que la encendida y luciente esfera del sol penetró con su llama por medio del helado tránsito y derritió sus cristales, comenzaron a caer los soldados los unos sobre los otros, y por feliz pudo tenerse quien en breves instantes dió el último vital aliento. Los que sobrevivieron y lograron salvarse atravesaron la Tracia a duras penas y con grandes trabajos; y por fin algunos, no muchos, llegan ahora en huída a la tierra donde tienen sus hogares, para poner angustia en el corazón de la Persia, que clamará por la cara flor de sus hijos perdida para siempre. Esta es la verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de los males con que el cielo afligió a los Persas.
CORO
¡Oh Destino funestísimo! ¡Y cuán pesadamente has brincado con entrambos pies encima de toda la raza persa!
ATOSSA
¡Ay desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos males! ¡Y vosotros, con cuánta ignorancia los interpretasteis! Con todo ello, puesto que así lo decidió vuestro dictamen, quiero ante todas cosas hacer oración a los dioses. Después vendré otra vez de mi estancia trayendo libaciones y ofrendas para la tierra y para los manes de los que han muerto. Bien conozco que esto es ya sucedido y sin remedio, mas oremos porque en lo venidero acontezca algo que sea más favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide la amistad verdadera. Consolad a mi hijo, si llegare aquí antes que yo; acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los males ya sufridos.
~(Vase.)~
CORO
¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército de los Persas, y cubriste de negro luto a las ciudades de Susa y Ecbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sus velos con sus débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas! Y las Persas que esperaban con amor ardentísimo volver a aquel dulce consorcio apenas consumado, y a aquellos regalados deleites de su florida juventud, vierten lágrimas sin fin sobre las blandas ropas de su lecho solitario por lo que perdieron para no cobrarlo jamás.
Y yo también tomo sobre mí con hartas veras la tristísima desventura de los que ya no vivirán entre nosotros.
Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Xerxes los llevó ¡oh dolor!, ¡oh dolor! Xerxes los perdió. Xerxes lo entregó todo imprudentemente a las naves que caminan a merced de las olas. ¿Cómo fué que Darío, aquel amado príncipe de Susa, aquel caudillo de nuestros flecheros, llevó su ejército sin daño de su gente?
A todos los llevaron ¡oh dolor! las aladas naves de negras proas; a hombres de tierra y a los hombres de mar, y ¡oh dolor! a todos los perdieron las naves con su mortal encuentro. El mismo rey, según hemos oído, apenas pudo escapar de manos de los jonios, atravesando los ásperos caminos y tierras de la helada Tracia.
Pronto recibieron el golpe mortal de su triste suerte. Vencidos por el Destino implacable ¡ay! ¡ay! flotan dispersos frente a las costas de Cicrea. Llora; ríndete a tu cruel angustia; lamenta a gritos estos dolores que el cielo te envía. Suelta tu voz a las quejas y a los ayes.
El fiero mar hace juguete de sus ímpetus aquellos tristes despojos; los mudos hijos de su líquido y nunca manchado seno los despedazan; ¡ay lágrimas! Llora la casa la muerte de su perdido dueño; lloran los padres sin hijos esta desolación que manda sobre Persia la mano de los dioses. ¡Oh ancianos sin consuelo, que no oís cosa que no sea incentivo para vuestro dolor!
Ya no vivirán sujetos a la dominación de Persia los pueblos de Asia; ya no pagarán el tributo a que los obligaba la ley de la servidumbre; ya no escucharán de rodillas la voluntad del que fué su señor. El imperio del rey quedó aniquilado.
Ya no guardarán su lengua los súbditos; que el pueblo se suelta a hablar libremente así que se ha soltado el yugo que le obliga a doblegarse. La isla de Ayax encierra en sus sangrientos campos y en las ondas que la ciñen todo el poderío de los Persas.
~(Sale ATOSSA.)~
ATOSSA
Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre el hombre la tormenta del infortunio, de todo se aterra, al paso que si el viento de la fortuna le es favorable, consiéntese y le parece que por siempre jamás ha de soplar así. Hoy no veo cosa que no se ofrezca a mis ojos preñada de terrores. Todo cuanto pueda venir de los dioses antójaseme contrario. De continuo están resonando en mis oídos clamores que no son los clamores del triunfo. Tanta consternación y pavor pusieron en mi ánimo nuestros desastres. Con esta angustia, otra vez me encamino aquí desde mi morada; pero sin carroza, sin aquella lujosa pompa de antes. Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas propiciatorias que aplacan los manes de los muertos; la blanca y sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las limpias aguas de una cristalina fuente con el puro licor que se engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vid añosa, sin que falte el odorífero fruto del obscuro olivo cuyas ramas ostentan el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores hijas de la omnifecunda tierra. Conque, oh amigos, acompañad con himnos mis ofrendas a los muertos; evocad al divino Darío; que yo voy a derramar en honor de los dioses subterráneos estas libaciones que la tierra beberá bien pronto.
CORO
¡Oh reina, honor de los Persas, haz tú llegar esas libaciones a las obscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno de la tierra! -- Ea pues, sagradas deidades infernales; Gea, Hermes, y tú rey de los muertos, restituíd el ánima de Darío de las tinieblas de esa mansión a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros infortunios, tan sólo él entre los mortales será quien lo sepa y pueda decirnos cuándo tendrán fin.
¿Oirás tú, rey bienaventurado y casi divino, estos plañidos desacordes, que en vuestra bárbara lengua salen de mis labios con todos los tristes acentos del dolor y la angustia? Desastres miserabilísimos habrán de revelarte mis clamores. ¿Me escucharás desde lo profundo?
Conque ea, oh Gea, y vosotros todos, dioses que guiais a los mortales a vuestras negras y profundas moradas, consentid que salga de ellas aquel espíritu generoso, aquel hijo de Susa, aquel dios de los Persas; enviad arriba, a la luz, a quien fué cual ninguno de cuantos sepultó nuestro patrio suelo.
¡Oh amada tumba!, ¡ah amada tumba, que escondes a un alma tan amada! ¡Oh Aidoneo, Aidoneo, así consientas en enviarnos a la luz a Darío! ¡Ay! ¡A quien fué un rey cual él lo fué! ¡él, Darío!
Jamás en la guerra que tantas vidas arrebata, jamás perdió él sus soldados. Igual en consejo a los mismos dioses era apellidado por los Persas; y sin duda que igual a ellos era en consejo quien siempre llevó sus ejércitos a la victoria. ¡Ay de mí!
¡Oh rey!, ¡oh antiguo monarca nuestro!, ven, acércate; aparece en lo alto de ese monumento; levántate ostentando el pie calzado con el rojo coturno y el espléndido ornamento de tu regia tiara. Ven, padre; ven, generoso Darío.
Aparécete a nosotros, señor de señores, por que oigas nuestros presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estigia se cierne sobre nuestras cabezas y nos envuelven: nuestra juventud pereció toda entera. ¡Ven, padre; ven, generoso Darío!
¡Oh tú cuya muerte fué tan llorada de los que te amaban! ¡oh señor, señor! ¿cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto imperio que fué tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron aquellas trirremes, aquellas nuestras naves, que ya no son sino despojos de naves, tristes y miserables despojos?
~(Aparece la SOMBRA de DARÍO.)~
LA SOMBRA DE DARÍO