Tragedias

Part 5

Chapter 54,042 wordsPublic domain

En lo más hemos tenido buen suceso: en seis de las puertas; pero de la séptima se ha apoderado el augusto Apolo, sagrado guía de los siete príncipes, haciendo así que en la raza de Edipo llegue a cumplirse el castigo de la antigua temeridad de Layo.

CORO

¿Qué nuevo desastre es ese que ha venido sobre la ciudad?

MENSAJERO

La ciudad está en salvo; pero los reyes que fueron engendrados de una misma sangre...

CORO

¿Quiénes? ¿Qué dices? Túrbase mi mente con el terror que me ponen tus palabras.

MENSAJERO

Vuelve en ti ahora, y escucha. La raza de Edipo...

CORO

¡Ay de mí desdichada, que soy adivina de males!

MENSAJERO

La tierra ha bebido su sangre, que derramaron el uno contra el otro.

CORO

¡Y hasta ahí llegaron! ¡Espantable crimen! Pero... ¡acaba!

MENSAJERO

Murieron los dos dándose mutua muerte.

CORO

¡Y así con las manos fraternales se han arrancado la vida!

MENSAJERO

Demasiado cierto es. Ambos quedan en el polvo.

CORO

¡Y así a los dos juntos esperaba un mismo destino!

MENSAJERO

Sí, él acabó por fin con la infeliz raza. ¡Cosas para ser celebradas con alegrías y con llanto! Salva está Thebas; pero los príncipes, los dos caudillos hermanos se sortearon con el bien forjado hierro escytha la plena posesión de sus riquezas y tendrán cuanto de tierra puedan ocupar en su sepultura, con que habrán alcanzado los funestos votos de su padre.

~(Vase.)~

CORO

¡Oh gran Zeus! ¡oh dioses tutelares de la ciudad, que habéis defendido estas torres de Cadmo! ¿Por ventura deberé yo alegrarme y celebrar con regocijadas voces la salvación de Thebas, libre ya de todo riesgo, o lloraré a esos tristes e infortunados caudillos, últimos de su raza? ¡Bien cumplieron con sus nombres; que con harta fama y reñida pelea han perecido llevados de su impío consejo!

¡Oh negra maldición de la raza de Edipo al fin cumplida! Un hielo de muerte se derrama por todo mi corazón. Fuera de mí como una Tiade, rompo en funerario canto, vertiendo lágrimas sobre los ensangrentados cuerpos de los que tan miserablemente han acabado. ¡Cierto que con mal sino se cruzaron sus lanzas!

Llegó a cumplirse la palabra de maldición de un padre; no ha faltado, no. La terca resolución de Layo ha dado fruto. Y mis ansias por la ciudad no cesan; que están aún en todo su rigor los oráculos de los dioses. -- ¡Oh príncipes dignos de perpetuo llanto, ved ahí la inaudita hazaña que habéis acometido! ~(Traen a la escena los cuerpos de ETEOCLES y POLINICES.)~ Ya están aquí; no las palabras, sino las calamitosas y lastimeras realidades. Hélas ahí, que ellas mismas se ofrecen a nuestros ojos. Patente está la relación del mensajero. ¡Dobles congojas! ¡Dobles víctimas de un mutuo homicidio! Dobles males, compartidos entre dos sin ventura. Es la ruina, que hoy quedó consumada. ¿Y qué diré yo sino que en esta casa hacen su habitación infortunios sobre infortunios? Ea, amigas, al viento dad los gemidos, golpead con ambas manos vuestra cabeza, e imitad el acompasado batir de los remos, propicio són para los navegantes que de continuo hace bogar por el Aqueronte la gemebunda barca de negras velas hacia la región donde nunca fijó Apolo su planta; lugar sin luz que a todos los mortales recibe, y siempre está con las fauces abiertas, hambriento de devorarlos. ~(Salen ANTÍGONA e ISMENE.)~ Pero mirad aquí a Antígona e Ismene, que vienen a un amargo oficio: a endechar sobre sus dos hermanos. Sin duda que dejarán que salga del fondo de su amoroso pecho el justo dolor que las atormenta, mas razón es que antes de su canto entonemos nosotros el lúgubre y desapacible himno de las Erinnas y que luego cantemos el odioso cántico de Edes. ¡Ay hermanas, las de más infelices hermanos de cuantos ceñimos nuestras vestiduras con femenil cíngulo, no imaginéis que hay engaño en mis lágrimas y sollozos, sino que mis ayes salen del fondo de mi pecho!

~(Divídese el CORO.)~

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay, temerarios, a quienes ni persuadieron amigos, ni quebrantaron tribulaciones! ¡Desdichados, que por la fuerza quisisteis haceros dueños de la casa de vuestros padres!

SEGUNDO SEMICORO

¡Desdichados, sí, que con ruina de su casa hallaron desdichada muerte!

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay, destructores de los muros de vuestra casa, que en un amargo reinar teníais puestos los ojos; ya habéis dirimido con el hierro vuestras discordias!

SEGUNDO SEMICORO

¡Bien cumplió la formidable Erinna la maldición de vuestro padre Edipo!

PRIMER SEMICORO

¡Los dos pasados de parte a parte el costado izquierdo!

SEGUNDO SEMICORO

Sí; pasados de parte a parte costados que salieron de unas mismas entrañas.

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay, infelices! ¡Ay, maldiciones que habéis traído un mutuo fratricidio!

SEGUNDO SEMICORO

¡Herida que los pasó de parte a parte!

PRIMER SEMICORO

¡Herida que los hirió en su cuerpo y en su casa!

SEGUNDO SEMICORO

Con el indecible furor de la fatal discordia, invocada por la imprecación de un padre.

PRIMER SEMICORO

Los gemidos invaden la ciudad; gimen las torres; gime este suelo, que amaba a sus dos hijos. Ahí quedan para los que vengan después las riquezas que a esos infelices les trajeron la discordia, y al fin la muerte.

SEGUNDO SEMICORO

Lleno de ira el pecho, partieron entre sí esas riquezas, de modo que cada cual tuviese igual parte; pero sus amigos no dejarán de maldecir el hierro que los concertó, y que a ninguno hizo gracia de la vida.

PRIMER SEMICORO

Sí ahí están muertos a hierro.

SEGUNDO SEMICORO

Y abiertas a hierro los esperan... Acaso alguno preguntará qué. ¡Dos suertes de tierra cavadas en la sepultura de sus padres!

PRIMER SEMICORO

Hasta la que fué su morada envían sus ecos mis desconsolados ayes; ayes por ellos; ayes por mí, y por mis propias desventuras. Duelo cruel, que huye toda odiosa alegría, y hace que con no fingida pena desfallezca el corazón, y se deshaga en lágrimas por los dos príncipes hermanos.

SEGUNDO SEMICORO

Mas sea lícito decir de los tristes, que ellos fueron causa de grandes males para sus conciudadanos y para esas invasoras haces de extranjeros que en inmensa muchedumbre han perecido en la pelea.

PRIMER SEMICORO

¡Infeliz de la que los parió, sobre todas cuantas mujeres llevaron nombre de madres! Que recibió por esposo a su propio hijo, y de él concibió a los que así acabaron ahora matándose el uno al otro con aquellas manos nacidas de un mismo seno.

SEGUNDO SEMICORO

Sí, los dos a quienes un mismo seno había concebido, muertos quedan a la vez por una herencia amarga, en furioso combate que ha puesto fin a su querella.

PRIMER SEMICORO

Ya la enemistad cesó, y en la sangrienta y empapada tierra se juntaron sus vidas. ¡Ahora sí que son de una sangre!

SEGUNDO SEMICORO

Cruel dirimidor de discordia es el huésped del otro lado del mar, el agudo hierro al fuego forjado. Cruel también es Ares, e inicuo partidor de riquezas, que ha sacado verdadera la maldición de un padre.

PRIMER SEMICORO

¡Míseros de ellos, que cada uno tiene la parte de infortunios que le regaló Zeus, y bajo su cuerpo una riqueza sin fondo: la tierra!

SEGUNDO SEMICORO

¡Oh casa en desastres fecunda! Todo acabó. Ya toda esta raza entera ha desaparecido. Las Furias de la maldición paterna lanzan con desapacible són agudos alaridos de triunfo. Ate ha erigido su trofeo en la puerta donde los dos hermanos se pasaron con las mortales lanzas, y, vencedor de ambos, reposa el Destino.

ANTÍGONA

~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~

Tú diste y recibiste la muerte.

ISMENE

~(Dirigiéndose al de ETEOCLES.)~

Tú has muerto matando.

ANTÍGONA

A hierro mataste.

ISMENE

A hierro moriste.

ANTÍGONA

¡Qué miserias has procurado!

ISMENE

¡Qué miserias has padecido!

ANTÍGONA

¡Salid, gemidos!

ISMENE

¡Salid, lágrimas!

ANTÍGONA

Mataste, y ahora yaces tendido delante de mis ojos.

ISMENE

Caíste envuelto en sangre, y así te ofreces a mí, sangriento y sin vida.

ANTÍGONA

¡Ay!

ISMENE

¡Ay!

ANTÍGONA

El dolor enajena mi mente.

ISMENE

Dentro del pecho angústiase el corazón.

ANTÍGONA

¡Ah, ah, merecedor de ser llorado por siempre!

ISMENE

¡Y tú también, desdichado entre los desdichados!

ANTÍGONA

De mano amiga recibiste la muerte.

ISMENE

Tú diste muerte al amigo.

ANTÍGONA

Doble desastre que referir.

ISMENE

Doble desastre que considerar.

ANTÍGONA

Doble aflicción, que está aquí, ¡a mi lado!

ISMENE

Desgracias de hermano, desgracias hermanas también, que me hacen vecindad desdichada.

ANTÍGONA

¡Horrendo de decir!

ISMENE

¡Horrendo de mirar!

CORO

¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra de Edipo, negra Erinna; y cuán formidable eres!

ANTÍGONA

¡Ay!

ISMENE

¡Ay!

ANTÍGONA

¡Qué de horrendos males...!

ISMENE

Le ofreció a éste su hermano de vuelta del destierro.

ANTÍGONA

¡Y después que le mató, no entró en Thebas!

ISMENE

Y cuando parecía haberse salvado, perdió la vida.

ANTÍGONA

¡Sí, la perdió!

ISMENE

¡Y quitó a éste la suya!

ANTÍGONA

¡Mísera raza!

ISMENE

¡Calamidad miserable!

ANTÍGONA

Desgracias gemelas dignas de lastimosísimo duelo.

ISMENE

Torrente irresistible de males que saltan los unos sobre los otros.

ANTÍGONA

¡Horrendo de decir!

ISMENE

¡Horrendo de mirar!

CORO

¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra de Edipo, negra Erinna, y cuán formidable eres!

ANTÍGONA

¡Bien lo sabes tú, que experiencia hiciste de ella!

ISMENE

Y tú, que no lo aprendiste más tarde.

ANTÍGONA

Cuando volviste a la ciudad.

ISMENE

Cuando lanza en mano le provocaste.

ANTÍGONA

¡Ay dolor!

ISMENE

¡Ay desdichas!

ANTÍGONA

Para mi casa y para la patria.

ISMENE

¡Ay, y más aún para mí!

ANTÍGONA

¡Ay acaudillador de estas discordias!

ISMENE

¡Ay príncipe sin ventura!

ANTÍGONA

Los dos dignos de lástima sobre todos los hombres.

ISMENE

Caísteis ¡ay de mí! bajo la maldición de un padre.

ANTÍGONA

¡Ay de mí! El destino os arrastró al crimen.

ISMENE

¡Ay! ¿En qué lugar daremos tierra a sus cuerpos?

ANTÍGONA

¡Ay! En el lugar más honrado.

ISMENE

¡Oh, sí! ¡Reposen los infelices junto a su padre!

~(Sale un PREGONERO.)~

PREGONERO

Según mi deber, os anuncio el juicio y sentencia de los magistrados del pueblo de Cadmo: Eteocles, que amó a su patria, recibirá en esta tierra honrada sepultura. Él, por defendernos de enemigos, delante de nuestra ciudad arrostró la muerte; él ha sido hallado puro y sin tacha en presencia de la religión de sus padres; él murió allí donde para un joven guerrero es hermoso el morir. Ahí tenéis lo que me está mandado que anuncie respecto de Eteocles; mas en cuanto a su hermano Polinices, que su cadáver insepulto sea arrojado fuera de aquí a que le devoren los perros, como a quien habría sido el asolador de la tierra de Cadmo, si no hubiese salido un dios al encuentro de su lanza. Pero aun después de muerto sufrirá la expiación el sacrílego; ese, que en deshonor de los dioses, arrojó invasor ejército sobre su patria con el ansia de su conquista. Así se tiene por justo que lleve el premio, recibiendo de las hambrientas aves de rapiña ignominiosa sepultura; y que ni con piadoso oficio manos amigas ningunas echen sobre su cuerpo amontonada tierra; ni tenga funerario culto de endechas y plañidos, ni le paguen los suyos tributo de honrosas exequias. Tal es la sentencia del Senado Cadmeo.

ANTÍGONA

Pues yo les digo a esos mismos que están al frente de la ciudad, que si nadie más quiere venir conmigo a sepultarle, yo le sepultaré, yo. Yo arrostraré el peligro por dar sepultura a mi hermano, y no me avergonzaré de haber negado obediencia a la ciudad en esto. ¡Son muy poderosas aquellas entrañas donde a los dos nos engendraron una madre infeliz y un padre sin ventura! Y así, alma mía, tú que aún estás sobre la tierra, toma parte, y de voluntad, y con afecto de hermana, en el infortunio de quien ya es muerto. No sepultarán los lobos sus carnes en los hondos vientres; que ninguno se lo imagine. Aun mujer como soy, yo misma encontraré como le abra la fosa y como le forme un túmulo; yo misma le llevaré en mis brazos, y le envolveré en los anchos pliegues de este velo de finísimo lino cysino. Y nadie mande lo contrario. ~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~ Descansa; medio habrá de ponerlo por obra.

PREGONERO

Te prevengo que no lo intentes contra el voto de la ciudad.

ANTÍGONA

Te prevengo que no me notifiques decretos inútiles.

PREGONERO

¡Qué arrogante es la plebe luego que escapa del peligro!

ANTÍGONA

Sea arrogante. Pero no quedará insepulto mi hermano.

PREGONERO

¿Y honrarás tú con la sepultura a quien la ciudad tiene por enemigo?

ANTÍGONA

Aún no recibieron sus hechos marca alguna de manos de los dioses.

PREGONERO

Antes que pusiese a la ciudad en peligro, cierto que no.

ANTÍGONA

Había padecido sin razón, y volvió males por males.

PREGONERO

Mas por uno cometió el crimen contra todos.

ANTÍGONA

La divina Eris es siempre la última que habla. Yo le sepultaré. No hables más.

PREGONERO

Sigue, pues, llevándote sólo de tu consejo; mas en cuanto a mí te lo prohibo.

CORO

¡Ay, ay! ¡oh Erinnas, que así os ufanáis con vuestras obras; peste, que arruinas los linajes, y ahora has destruído de raíz toda la raza de Edipo! ¿En qué pararé? ¿Qué hacer yo? ¿Qué partido tomar? ~(A POLINICES.)~ ¿Cómo me determinaré a no llorarte, ni acompañar tu cuerpo hasta la sepultura? Mas tiemblo, y retrocedo por temor a los ciudadanos... ~(A ETEOCLES.)~ Tú a lo menos tendrás muchos que te lloren; ¡pero este infeliz irá sin otro duelo ni llanto que las lágrimas de una hermana! ¿Quién habrá que pueda resignarse a esto?

~(Divídese el CORO.)~

PRIMER SEMICORO

Haga lo que quiera la ciudad con los que lloran a Polinices; nosotras iremos con Antígona, y le haremos las exequias, y le daremos sepultura. Su duelo toca también a toda la raza de Cadmo; y en punto a justicia a las veces el pueblo muda de pareceres.

SEGUNDO SEMICORO

Pues nosotras con éste, como a una mandan la ciudad y la justicia. Porque después de los felices dioses y del poder de Zeus, él fué sobre todos quien salvó de la ruina a la ciudad de Cadmo; él quien contuvo la ola de extranjeros próxima a inundarla.

[Ilustración]

[Ilustración]

_LOS PERSAS_

~(Aparece el CORO DE ANCIANOS.)~

CORO

Henos aquí a los que somos llamados los Fieles, entre aquellos persas que marcharon contra la Hélade; a los custodios de estos espléndidos y dorados palacios, a quienes por la dignidad de las canas nos eligió el hijo de Darío, el mismo rey Xerxes nuestro señor, para que velásemos por su reino. Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí con dorada y magnífica pompa. Partió toda la flor de los hijos de Asia, y en vano es que clamen por ellos sus lastimeras voces; ni un mensajero, ni un posta llega a la capital de los Persas. Desampararon sus ciudades, y partieron los de Susa y los de Ecbatana, y los que habitan la antigua fortaleza de Cissia; de ellos a caballo, de ellos en naves, de ellos con lento caminar, a pie y en apretadas haces, formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra, Amistres, y Artafernes, y Megabactes, y Astaspes, caudillos de los Persas, reyes súbditos del gran rey, que van al cuidado de esa expedición poderosa. Diestros en el arco, jinetes expertos, en la presencia formidables, y por la arrojada resolución de su ánimo temibles en la pelea. Y con ellos, Artembares, que combate a caballo; y Masistres, e Imayo el valeroso, buen flechero; y Farandaces, que con mano firme rige el carro de guerra, y los que envía el ancho Nilo de vivíficas aguas; Susiscanes, y Pegastagón, egipcio de nacimiento; y el poderoso Arsames, gobernador de la sagrada Menfis; y Ariomardo, que guarda a la antigua Thebas; y la innumerable multitud de prácticos remeros que habitan junto a las lagunas del Delta. Y van después la turba de los delicados Lidios, que tienen bajo de sí a todos los pueblos del continente; a los cuales rigen dos reyes, Mitrogathes y el valeroso Arteo. Y la opulenta Sardes lanzó a la guerra grande copia de carros de cuatro y seis caballos, que hacen espectáculo temeroso. Los que se avecinan al sagrado Etmolo aseguran que han de echar sobre la Hélade el yugo de la esclavitud; Mardon y Tharibis los de incansable lanza, y sus misios de certeros dardos. Babilonia la espléndida envía a modo de un río de innumerables hombres todos mezclados, y de gente de mar, orgullosa de la fina puntería de sus flechas. Y en fin, los pueblos todos de Asia, armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la veneranda conducta de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardentísimo; y las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo que no se acaba jamás.

Ya ha pasado el asolador ejército real a la vecina costa frontera. Convirtió el estrecho de Helles la Atamántida en bien claveteado puente de naves, amarradas con cuerdas de lino, y echóle al mar sobre la cerviz el yugo de su dominación.

Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por tierra, confiado en el valor y firmeza de sus capitanes. Él, hijo de esta raza nacida de la lluvia de oro; él, hombre igual a los mismos dioses.

Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón; dueño de miles de brazos, de miles de naves, dispara su carro sirio, y lleva contra los guerreros de poderosa lanza a Ares el del certero arco.

¿Y quién habrá, aunque salga al paso con inmenso torrente de hombres, que pruebe a detener con él, como con valladar firmísimo, las nunca vencidas olas de los mares? Que es el ejército persa imposible de resistir, y su pueblo de ánimo esforzado.

Ya de antiguo la fortuna dispuso y ordenó a los Persas por voluntad del cielo para correr tras de asaltos de torres, y encuentros de belicosos jinetes, y asolaciones de ciudades.

A ellos, que fiando a todo un pueblo al débil artificio de algunos barcos trabados entre sí, aprendieron a contemplar con serenos ojos la vasta pradera del mar cubierta de ondeante espuma al soplo impetuoso de los vientos.

Mas ¿qué mortal escapará a la engañosa astucia del Destino? ¿Quién tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la calamidad a lo primero amiga de los hombres, y de allí los lleva con halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fué dado salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza! ¡Ay ejército de los Persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada de sus hijos; con que a su ayes responden los ayes de la fortaleza de Cissia, y las mujeres en confuso tropel van repitiendo iguales lastimeras voces, mientras caen hechos jirones sus ricos velos de lino.

Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y los de a caballo, todo el pueblo, partió con su rey, y pasó el marino promontorio común a entrambos continentes.

Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía, y tan sólo con el deseo amoroso del marido que compartía su tálamo, y que la abandonó con el ansia ardiente de pelea.

Ea, pues, ¡oh Persas! nosotros que tenemos nuestro consejo en esta antigua y veneranda morada, veamos con prudente solicitud, pues que estrecha la necesidad, de qué modo sabremos la fortuna que corre el rey Xerxes, el hijo de Darío, el vástago del que dió nombre a nuestro pueblo. ¿Por ventura triunfó la ligereza del tendido arco, o salió vencedor el empuje de la aguda lanza?

Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de los dioses; es la madre del rey; nuestra reina. Caigamos de rodillas, y saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deben a su majestad.

~(Sale ATOSSA en una carroza, y con todo el cortejo y pompa de la majestad real.)~

¡Salve, altísima señora de los Persas de rica y holgada vestidura; anciana madre de Xerxes, esposa de Darío, salve! Contigo partió su lecho el dios de los Persas; tú eres también hoy la madre de su dios, si ya no es que la antigua fortuna ha vuelto la espalda a nuestros soldados.

ATOSSA

Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que partí con Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan el alma. Yo os lo diré todo. Jamás me veo libre de temores. Temo que la fortuna poderosa derribe con el pie entre nubes de polvo la grandeza que levantó Darío, no sin ayuda del cielo. Con esto llena mi alma un doble cuidado imposible de explicar. En estima ninguna puede estar el más rico tesoro sin hombres que lo guarden, ni luce la fortuna para el menesteroso según es el valor de su ánimo. Verdad que nuestras riquezas no han tenido mengua hasta ahora; pero temo por el ojo de esta casa; que ojo de una casa es sin duda la presencia del dueño. Por tanto, Persas, fieles ancianos, sed mis consejeros en esta ansia y congoja en que me encuentro; en vosotros estriba para mí toda buena resolución.

CORO

Bien sabes, señora de esta tierra, que en cuanto mis fuerzas quieran alcanzar no necesitas mandar dos veces qué he de decir ni qué he de hacer, y que pides consejo a quienes son tuyos de corazón.

ATOSSA

Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha. Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente vestidas: venía la una en hábito persa; la otra en el de la Doria. Ambas por la majestad y gallardía de su talle superaban con mucho a las mujeres de nuestros tiempos; hermosas sin tacha, y hermanas, como de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una patria; a la una Grecia, a la otra la tierra de los bárbaros. A lo que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí los despedazados despojos... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose de su desgracia, y así que Xerxes le ve, desgarra las vestiduras que cubren su cuerpo. Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después que me levanto del lecho, y lavo mis manos en las puras aguas de una fuente, y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo una águila que viene huyendo hacia el ara del sol... ¡Muda de espanto quedo, amigos! Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada el águila no se defiende, y le entrega su cuerpo. Cosas son éstas en verdad para que nos aterre, a mí el verlas, a vosotros el oírlas. Porque, bien lo sabéis: mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa, llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra.

CORO