Tragedias

Part 3

Chapter 34,121 wordsPublic domain

CORO

Sin duda haces predicciones de tus deseos para con Zeus.

PROMETHEO

Lo que ha de cumplirse, y yo deseo, eso es lo que predigo.

CORO

Y ¿acaso es de esperar que a Zeus le venza alguien?

PROMETHEO

Y aún han de abrumar su cerviz trabajos más pesados que estos míos.

CORO

¿Cómo no temes soltar esas palabras?

PROMETHEO

¿Y qué habrá que haga temer a quien por su sino no puede morir?

CORO

Mas pudiera enviarte Zeus aflicciones más dolorosas que éstas.

PROMETHEO

Hágalo pues. Todo lo espero.

CORO

Sabios los que doblan su rodilla ante Adrastea.

PROMETHEO

Ruega, reverencia, adula siempre al que manda. Para mí Zeus menos que nada me importa. Haga, mande como quiera en este breve tiempo; que no imperará mucho sobre los dioses. Mas he aquí a su correo, al ministro del nuevo tirano. De seguro que viene a anunciarme alguna cosa nueva.

~(Sale HERMES.)~

HERMES

A ti, engañador lleno de hiel; pecador contra los dioses, que entregas sus honores a los héroes de un día; a ti, ladrón del fuego, a ti es a quien me dirijo. Padre manda que digas qué bodas son esas por las cuales ha de caer del imperio. Y esto sin enigmas, antes explicándolo punto por punto. No me obligues a segundo viaje, Prometheo, que bien ves que no es con estos modos como Zeus se ablanda.

PROMETHEO

Gravemente hablado está el discurso y lleno de arrogancia como del ministro de los dioses. Nuevos sois; como nuevos mandáis, y creéis habitar fortaleza que el dolor no ha de asaltar nunca. Pues ¿no sé yo de dos tiranos que han caído de ella? Y todavía he de ver el tercero, al que ahora manda, y bien pronto, y con mayor ignominia. ¿Parécete que tiemblo a los nuevos dioses; que menguado he de bajarme a ellos? Muy lejos estoy de eso. Vuelve pies atrás por el camino que viniste, pues nada de lo que quieres averiguar has de saber.

HERMES

Con esos fieros te acarreaste ya esta desgracia.

PROMETHEO

Ten por cierto que no trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio; que juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja.

HERMES

Paréceme que te recreas con tu presente fortuna.

PROMETHEO

¡Que me recreo! ¡Que no viera yo recrearse así a todos mis enemigos! Y a ti entre ellos.

HERMES

Pues qué, ¿a mí también me culpas de tus infortunios?

PROMETHEO

En una palabra; yo abomino a todos esos dioses que colmados por mí de beneficios, tan inicuamente me pagan.

HERMES

Ya veo que grave dolencia te hace perder la razón.

PROMETHEO

Adolezca yo si es dolencia odiar a los enemigos.

HERMES

Dichoso, serías intolerable.

PROMETHEO

¡Ay de mí!

HERMES

Palabra es esa que Zeus no conoce.

PROMETHEO

Pero el tiempo va envejeciendo y enseñándolo todo.

HERMES

Y sin embargo todavía no has aprendido tú a ser prudente.

PROMETHEO

Cierto, que entonces no te dirigiera yo la palabra, siervo.

HERMES

¿No piensas decir nada de lo que padre desea?

PROMETHEO

Y en verdad que debiéndole tanto debería corresponder al beneficio.

HERMES

¿Te burlas de mí como si fuese un niño?

PROMETHEO

Pues que, ¿no eres tú un niño, y aun más cándido todavía, si esperas que has de saber algo de mí? No hay tormento ni artificio con que Zeus me reduzca a hablar si antes no suelta estas afrentosas cadenas. Por tanto, que caiga sobre mí la llama abrasadora y la nieve de cándidas alas; que rujan los truenos habitadores de las entrañas de la tierra; que todo se conmueva y se confunda todo, que nada me doblará para que declare a manos de quién ha de caer Zeus de su tiranía.

HERMES

Considera tú si eso puede remediarte.

PROMETHEO

De antes está todo ello visto y determinado.

HERMES

Ante los males presentes resuélvete, temerario, resuélvete a pensar cuerdo una vez siquiera.

PROMETHEO

En vano me importunas exhortándome; como si hablases a las ondas del mar. Que jamás se te ponga en mientes que por temor a sentencias de Zeus me he de hacer de ánimo femenil y he de tenderle las manos como una mujer, suplicando a ese aborrecidísimo que me suelte de estas cadenas. Lejos de mí eso.

HERMES

Mucho he hablado, lo sé, y que hablaré en vano, porque tu corazón no se mueve ni ablanda con ruegos, antes como potro recién puesto al yugo, así tú tascas el freno, y te resistes violento, y forcejeas contra las riendas. Pero en vano sacas fuerzas de tu necio consejo; menos que nada puede la pertinacia del desaconsejado. Considera qué tempestad y grande ola de males caerá sobre ti sin remedio de no rendirte a mis razones. Hará padre saltar en pedazos esa áspera cumbre con la fulmínea llama en medio del estampido del trueno, y sus despojos cubrirán tu cuerpo y te estrecharán con pesados y roqueros brazos. Después de largo espacio de tiempo volverás a la luz; pero el can alado de Zeus, el águila carnicera vendrá a ti, convidado importuno, todos los días, y voraz te arrancará la carne a pedazos, y se cebará con el negro manjar de tus hígados. Y no esperes el fin de este suplicio hasta que un dios no se preste a substituirte en tus trabajos, y quiera bajar a la obscura morada de Hades y a las caliginosas profundidades del Tártaro. Con que así, determina. No es esto fingida baladronada, sino dicho muy de veras; que la boca de Zeus no sabe decir mentira, y todas sus palabras se cumplen. Mira bien, pues, en derredor tuyo, y reflexiona, y no tengas nunca la arrogancia por mejor que la prudencia.

CORO

Parécenos que Hermes no habla fuera de propósito, pues que te exhorta a deponer tu pertinacia y seguir la sabia cordura. Escúchale; que es vergonzoso para un sabio aferrarse en su falta.

PROMETHEO

Ese ha vociferado su embajada a quien ya la sabía. Pero en que un enemigo padezca malamente bajo el poder de su enemigo, no hay afrenta. ¡Caiga, pues, sobre mí el afilado rizo del fuego; conmuévase el éther con el estampido del trueno y el huracán de los vientos desatados; que la tormenta sacuda la tierra en la raíz misma de sus hondos cimientos; que invadan las olas del mar con bárbara furia los celestes caminos de los astros; que arrastre mi cuerpo el irresistible torbellino de la necesidad hasta el fondo del negro Tártaro! ¡Como quiera no podría darme la muerte!

HERMES

¡Esas son las palabras y razones que es posible oír de los mentecatos! ¿Qué le falta a tu demencia? ¿Por ventura a tratarte mejor se calmarían tus furores? Pero a lo menos vosotras, que os doléis de sus miserias, alejaos de estos lugares al punto. El horrendo rugir del trueno os dejaría atónitas.

CORO

Dime, aconséjame cualquiera otra cosa, y serás obedecido; pero esas palabras que has pronunciado no las puedo tolerar. ¿Cómo? ¡Tú me mandas rendir culto a la cobardía! En los males que haya de padecer, con él quiero entrar a la parte; que yo aprendí a odiar a los traidores, y no hay ruindad que más me repugne que esa.

HERMES

Pues acordaos de lo que a tiempo os he advertido, y cuando os asalte el mal no acuséis a la fortuna, ni digáis jamás que Zeus os hirió con improviso golpe. En verdad que no, sino vosotras mismas, que a ciencia cierta, y no a deshora ni con cautela, seréis cogidas por vuestra locura en la red del infortunio, de la cual nadie se desenvuelve.

~(Vanse HERMES y las OCEÁNIDAS.)~

PROMETHEO

Ya las palabras son obras. La tierra se agita, y el eco del trueno ruge en sus hondas entrañas; y las inflamadas vueltas del rayo fulguran en el aire; y el polvo se levanta en revuelto torbellino, y los ímpetus todos de los vientos se desatan, y en encontrados soplos se chocan en porfiada pelea; y el mar y el aire se encuentran y confunden. Contra mí a no dudar, y de parte de Zeus, viene esta furia poniendo espanto. ¡Oh deidad veneranda de mi madre!, ¡oh éther, que haces girar la luz común para todos, viéndome estáis, cuán sin justicia padezco!

[Ilustración]

[Ilustración]

_LOS SIETE SOBRE THEBAS_

~Aparece ETEOCLES, el CORO y PUEBLO.~

ETEOCLES

Ciudadanos de Cadmo: menester es que en la ocasión hable quien vela por la república, sentado en la popa de la ciudad, timón en mano, y sin rendir los ojos al sueño. Porque si salimos con bien se dirá: ¡un dios lo hizo!; pero si, lo que no suceda, sobreviene un desastre, sólo Eteocles será el infame que andará en coplas entre los ciudadanos, y contra él irán los ayes y clamores. ¡Líbrenos de ello Zeus, defensor, y haga con la ciudad de los cadmeos según su nombre! Hora es esta de que vosotros todos, el que aún no ha llegado a la flor de la mocedad, y el que ha tiempo que salió de ella, y el que sustenta un cuerpo lleno de vigorosa lozanía, cada cual, cuidadoso como debe, defienda la ciudad y las aras de los dioses patrios, porque jamás sean privados de sus honores; y a los hijos, y a la tierra madre, amorosa nodriza que tomando sobre sí toda la fatiga de vuestra infancia, os criaba cuando de niños os arrastrabais por su propicio suelo, como a quienes habíais de ser sus habitadores fieles, que la han de cubrir con sus escudos en este trance. Hasta el presente día sin duda que algún dios se inclina a nosotros benigno. Asediados, durante ese tiempo, gracias a los dioses, las más veces nos ha sido la lucha favorable. Pero hoy, el adivino, ese pastor de las aves, que sin ayuda del fuego pesa en su oído y ánimo con no engañoso arte los agoreros signos; ese dueño de los augurios nos anuncia que anoche se juntaron los Aqueos, y determinaron el ataque decisivo contra la ciudad. Ea, pues, lanzaos a las almenas y a las entradas de las torres; corred, armaos de todas armas, poblad las defensas, manteneos firmes en las plataformas de los baluartes, y apostados en las avenidas tened buen ánimo, y no temáis a una turba de extranjeros. El dios, que lo ha comenzado bien, lo acabará. Por mi parte he enviado espías y exploradores del campo. Espero que no han de perder la jornada, y en oyéndoles no seré tomado de sorpresa.

ESPÍA

Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, torno de allá trayéndote nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos. Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina víctima, y juran por Ares, por Enio y por Febo, ávido de matanza, asolar la ciudad, y devastar la fortaleza de Cadmo, a morir empapando en su sangre esta tierra. Después con aquellas mismas sangrientas manos cuelgan del carro de Adrasto las caras prendas que han de ser en el hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su hueste contra la puerta que los dados le señalen. Por tanto, escoge al punto los guerreros más esforzados de la ciudad, y apóstalos en las avenidas de las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles. Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y fiel, y sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera, estarás a salvo de todo golpe.

ETEOCLES

¡Oh Zeus! ¡oh Gea! ¡oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! ¡Oh Maldición y formidable Erinna de mi padre! ¡no queráis hacer presa de enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se alzan vuestras aras! ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como nuestra es la causa porque abogo. Así lo espero, que en la buena fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses.

~(Vanse ETEOCLES, el ESPÍA y el PUEBLO.)~

CORO

¡Ay que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. Hacia aquí corre innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que se cierne en el aire, me lo está anunciando, mensajero mudo, pero bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los equinos cascos, se levanta de entre el polvo, y se acerca, y vuela, y brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas! apartad de nosotros el mal que nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; su vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa será en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me postraré en súplica? ¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos tronos, llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! -- ¿A qué es tardar gimiendo tanto? -- ¿Oís o no oís el choque de los escudos? ¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay que no es el golpe de una sola lanza! -- ¿Qué harás, oh Ares, antiguo señor de este pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios de casco de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste algún día! -- Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid; echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican temerosas de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares. -- ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos! Porque los Argivos rodean la ciudad de Cadmo, y con ellos el terror de las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con lúgubre son: ¡muerte! Siete hombres audaces que se señalan entre todo el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. -- Hija de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas! sé el salvaguarda de la ciudad. -- Y tú, creador del caballo, Poseidón, señor que dominas los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos, líbranos de estos terrores. -- Y tú, Ares, ¡ay de mí! guarda la ciudad que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. -- Primera madre de nuestro linaje, Cipris, ven en nuestra defensa. De tu sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando, a ti con súplicas, que sin duda escucharán tus oídos de diosa. -- Numen tutelar, Matador de lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos de nuestros enemigos. -- ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu arco, propicia Artemisa! -- ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros el estruendoso rodar de los carros! -- ¡Augusta Hera! En los cubos de las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemisa! -- ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te depararán los cielos en estas desventuras? -- ¡Ay, ay! -- Una granizada de piedras viene sobre las almenas de las torres. -- ¡Oh propicio Apolo! Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate! -- Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Onca, bienaventurada señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. -- ¡Oh deidades prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta tierra, no entreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una lengua extraña! Escuchad, escuchad los justos ruegos de unas vírgenes que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad, protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra.

~(Sale ETEOCLES.)~

ETEOCLES

Yo os pregunto, ganado insufrible, ¿es esto mostrarse pronto a hacer bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores? ¿Es esto? ¡caer ante las imágenes de los dioses tutelares, y gritar, y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! mas si algo teme, no hay peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los ciudadanos, y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreadas por el pueblo en público suplicio. Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa, y no haga daño. ¿Oís, o no oís? ¿hablo con sordas por ventura?

CORO

¡Oh amado hijo de Edipo! Temí oyendo el estruendoso rodar de los carros, y el girar rechinante del cubo de las ruedas, y el gemir de esos frenos, hijos del fuego; timones que rigen las hípicas bocas, sin dormir jamás.

ETEOCLES

¡Y qué! ¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto encontrará camino de salvación cuando fluctúe entre las ondas la combatida nave?

CORO

Dirigíame yo corriendo a los antiguos simulacros de los bienaventurados, puesta en ellos mi confianza, cuando llegó hasta mí el fragor de la funesta tempestad que a modo de apretada nieve caía sobre las puertas, y entonces con el terror elevé a los dioses mi voz suplicante, por que tiendan su auxilio sobre la ciudad.

ETEOCLES

Orad por que los muros resistan el empuje de los sitiadores.

CORO

Pues en verdad que de los dioses depende.

ETEOCLES

Mas también es común sentencia, que ciudad tomada los dioses la abandonan.

CORO

En mi vida me abandonen estos dioses, ni vea yo la ciudad entrada por asalto, y abrasada su gente por el fuego enemigo.

ETEOCLES

Con invocar a los dioses no vayas a resolver en mi daño, mujer; que, como dice el proverbio, la obediencia al que manda es madre del buen suceso que salva.

CORO

Razón tienes; pero más alta potestad es la de los dioses, que muchas veces levanta al desvalido de entre sus males, y desvanece la densa niebla de dolor que se tendía delante de sus ojos.

ETEOCLES

A los hombres toca, cuando los enemigos intentan atacar, ofrecer sacrificios a los dioses, y consultar los oráculos; a ti callar y permanecer dentro de casa.

CORO

Gracias a los dioses habitamos hoy una ciudad que no ha sido tomada, y nuestras torres rechazan a la impetuosa muchedumbre enemiga. ¿Qué hay de odioso y reprensible en esto que digo?

ETEOCLES

No te niego que honres al linaje de los inmortales; pero de modo que no vuelvas pusilánimes a nuestros defensores. Permanece serena, y no hagas extremos de dolor.

CORO

Oí de improviso estrepitoso tumulto, y trémula y aterrada me refugié en esta acrópolis, venerando sagrario de nuestros dioses.

ETEOCLES

Pues ahora, si oís hablar de muertos y heridos, no los recibáis con sollozos, que con esa carnicería de hombres se alimenta Ares.

CORO

¡Oigo el relinchar de los caballos!

ETEOCLES

Si lo oyes, haz como si no oyeses.

CORO

Gime la fortaleza estremecida en sus cimientos como si los enemigos la rodeasen.

ETEOCLES

Sobre estos negocios basta con que yo determine.

CORO

Estoy temblando; crece en las puertas el estrépito.

ETEOCLES

¿No callarás? Guárdate de decir palabra en Thebas.

CORO

¡Oh consejo altísimo de los dioses, no entregues estos baluartes!

ETEOCLES

¡Noramala! ¿No podréis sufrir en silencio?

CORO

¡Que no me vea yo en la esclavitud, dioses de mi patria!

ETEOCLES

Tú misma, tú nos harás esclavos, a mí, y a ti, y a la ciudad entera.

CORO

Omnipotente Zeus, vuelve tu rayo contra los enemigos.

ETEOCLES

¡Oh Zeus, y qué casta nos has regalado! ¡las mujeres!

CORO

Míseras como los hombres cuya ciudad es tomada.

ETEOCLES

¿Otra vez andáis abrazando esas estatuas, y augurando males?

CORO

Falta ya de alientos, el terror se lleva tras sí mi lengua.

ETEOCLES

Si me otorgases una corta merced que yo te demandara...

CORO

Dila cuanto antes, y así la sabré pronto.

ETEOCLES

Que calles, ¡infeliz! y no atemorices a nuestros amigos.

CORO

Me callo. Sufriré con los demás lo que está decretado.

ETEOCLES

Prefiero ese modo de hablar a aquellas tus palabras de antes. Pero apártate de esas estatuas, y ruega por lo que importa más que todo: que los dioses peleen en nuestra ayuda. Escucha ahora mis votos, y depuesto el temor del enemigo, respóndeme cantando el sagrado Peán, jubiloso himno henchido de guerreras esperanzas; estilo de la patria Hélade; compañía de los sacrificios; aliento del soldado. Yo hago votos a los dioses tutelares de nuestra ciudad, y a los que habitan y cuidan nuestros campos, y a los que vigilan y presiden nuestra pública Ágora, y a la fuente Dircea, sin que exceptúe las aguas del Ismeno; digo, que hago voto, si alcanzamos próspero suceso, y la ciudad se salva, de enrojecer las aras de los dioses con la sangre de las ovejas, e inmolar en su honor taurinas víctimas, y colgar en sus santas moradas los trofeos y las vestiduras de nuestros invasores y los enemigos despojos, que ostenten las gloriosas señales de nuestras lanzas. Tales votos como éstos has de hacer tú a los dioses; pero no con gemidos, y vanos y broncos ayes. Así no evitarías mejor lo que esté decretado. Pero marcho a disponer con toda diligencia otros seis adalides, y yo iré de séptimo, que apostados en las avenidas de las siete entradas de los muros, haremos cara a los enemigos antes que vuelvan apresurados los espías, y sus nuevas corran veloces, y con lo apretado de la necesidad lo enciendan todo.

~(Vase.)~

CORO

Procuro obedecerte; pero el temor no deja que descanse mi pecho. Como paloma criadora, que a la vista del dragón se agita en el mísero nido, y tiembla por sus polluelos, así las ansias, que hacen habitación en mi alma, aumentan mis terrores. -- El ejército todo viene derecho en apretadas haces hacia nuestras torres. ¿Qué va a ser de mí? De todas partes arrojan sobre nuestros soldados una granizada de asperísimas piedras. Dioses hijos de Zeus, haced todo esfuerzo en defensa de la ciudad y ejército de Cadmo. ¿Por qué otro suelo mejor cambiaríais este suelo, si abandonaseis esta tierra de profundos y henchidos surcos, y el agua Dircea, la más saludable entre cuantas buenas de beber envía Poseidón, el que entre sus brazos abarca la tierra, y los hijos de Tetis? Enviad, pues, dioses tutelares de mi patria, contra los que están fuera de muros la espantable derrota, perdición del soldado que hace arrojar las armas; dad el triunfo a los thebanos, y por nuestras lastimeras súplicas permaneced por siempre en vuestros ricos tronos para ser los defensores de Thebas.

Miserable cosa sería que una tan antigua ciudad fuese precipitada en el Hades. Que por permisión de los dioses se viese esclava, hecha presa de las armas enemigas, afrentosamente asolada por el aqueo, y vuelta en cenizas inertes. Que las mujeres ¡ay de mí! jóvenes y ancianas fuésemos llevadas por fuerza de las crenchas de nuestros cabellos a modo de yeguas, y desgarradas nuestras túnicas. Y en la desierta ciudad resonarían los apagados ayes de los cautivos moribundos. Ya antes de que suceda tan funesta desdicha se llena de terror mi alma.