Tragedias

Part 2

Chapter 24,260 wordsPublic domain

Ya toda esta región rompe en tristes gemidos, y lloran tu antigua y magnífica grandeza y la de tus hermanos, y se duelen de tus lastimosas desdichas cuantos mortales habitan el vecino suelo de la sagrada Asia; y las vírgenes de la Cólchida, intrépidas en la pelea; y la caterva escytha, que en los postreros términos de la tierra ciñen la laguna Meotis; y la flor de la belicosa Arabia; y quienes sobre el Cáucaso mantienen escarpada fortaleza: fiera gente que brama de furor entre las agudas lanzas.

Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa suerte con el tormento de ligaduras que jamás se cansan. Al Titán Atlas, que soporta sin respiro sobre sus espaldas la inmensa pesadumbre del poderoso polo de Uranos. En tanto a sus pies vocean las ondas marinas chocando unas con otras; gime el líquido abismo; brama debajo de la tierra el caliginoso seno del Hades, y las fuentes de los ríos, de sagradas linfas, lloran su miserable angustia.

PROMETHEO

No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante, sino que dentro en el corazón me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Mas callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males de los hombres, y cómo de rudos, que antes eran, hícelos avisados y cuerdos. Lo cual diré yo, no en són de queja contra los hombres, sino porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero, viendo, veían en vano; oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de los sueños, al cabo de siglos aún no había cosa que por ventura no confundiesen. Ni sabían de labrar con el ladrillo y la madera casas halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas en lo más escondido de los antros donde jamás llega la luz. No había para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del verano abundoso en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros. Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la composición de las letras, y la memoria, madre de las Musas, universal hacedora. Yo fuí el primero que unció al yugo las bestias fieras, que ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro los caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares. ¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño!

CORO

¡Extraño a no dudar es el que padeces! Apartado de tu buen consejo, andas irresoluto. Como un mal médico que enferma, así desmayas tú y no aciertas a dar con qué medicinas puedas curarte.

PROMETHEO

Escucha lo que resta y más admirarás aún; qué industrias y salidas ideé. Y sobre todo, esto: ¿caían enfermos? pues no había remedio ninguno, ni manjar, ni poción, ni bálsamo, sino que se consumían con la falta de medicinas, antes de que yo les enseñase las saludables preparaciones con que ahora se defienden de todas las enfermedades. Yo instituí además los varios modos de adivinación, y fuí el primero que distinguió en los sueños cuáles han de tenerse por verdades; y díles a conocer los oscuros presagios, y las señales que a las veces salen al paso en los caminos. Y definí exacto el vuelo de las aves de corvas garras; cuáles son favorables, cuáles adversas; qué estilos tiene cada cual de ellas; qué amores, qué odios, qué compañías entre sí. Y qué lustre y color necesitan las entrañas, si han de ser aceptas a los dioses, y la hermosa y varia forma de la hiel y el hígado. Y en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos, antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fué mi obra. Pues, y las preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre, el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si ya no quisiere jactarse temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometheo tienen los hombres todas las artes.

CORO

No te cuides ahora de ellos fuera de lugar, y te abandones a ti propio en el infortunio; que yo tengo buena esperanza de que aún has de ser, suelto de esas cadenas, no menos poderoso que Zeus.

PROMETHEO

No tiene decretado todavía que eso suceda el Destino que todo lo consuma, sino que después de abrumado de males y tormentos infinitos, entonces escaparé de estas prisiones. Y la industria puede mucho menos que el Hado.

CORO

Pero... y el timón del Hado ¿quién lo rige?

PROMETHEO

La trimorfe Moira y las memoriosas Erinnas.

CORO

¿Y es Zeus menos poderoso que ellas?

PROMETHEO

Cierto que sí. No podría esquivar la fortuna que le está deparada.

CORO

¿Pues qué le espera a Zeus más que reinar por siempre?

PROMETHEO

Eso no podrías tú llegar a saberlo. No me aprietes a instancias.

CORO

Sagrado secreto debe de ser el que ocultas.

PROMETHEO

Hablad de otro asunto. En manera ninguna es tiempo de publicarlo, antes ha de ocultarse todo lo más posible; que como le guarde, yo escaparé de estos inmerecidos lazos y miserias.

CORO

Que nunca jamás Zeus, que gobierna todas las cosas, tenga que oponer su poder a mi voluntad. Que nunca jamás ande yo tibia en acercarme a los dioses con piadosas ofrendas de sacrificados bueyes, junto a la inagotable corriente de mi padre el Océano. Ni de palabra le ofenda, antes bien manténgase en mí siempre firme este propósito, y no desfallezca nunca.

Dulce es caminar una larga vida entre confiadas esperanzas en tanto que se apacienta el alma con serenos deleites; pero al contemplarte acabado por tormentos sin número, me estremezco de horror. Piadoso en demasía fuiste con los mortales, Prometheo, sin temor de Zeus, y siguiendo sólo tu natural impulso.

Y bien, ¡mira cuál ingrata es la recompensa! ¿Quién de los séres de un día será tu amparo? ¿quién tu escudo? ¿Pues no conocías la menguada flaqueza que a modo de un sueño embarga a la ciega raza de los hombres? Jamás los consejos de los mortales prevalecerán contra la ordenación de Zeus.

Esto me enseña la contemplación de tus fieros infortunios. ¡Cuán diverso me suena este canto, de aquel de hymeneo que cantaba en rededor de tu baño y lecho con ocasión de tus bodas, cuando persuadida mi hermana Hesione de tus presentes, tomástela por esposa y compañera de thálamo!

~(Sale IO.)~

IO

¿Qué tierra es ésta? ¿qué gente? ¿A quién diré que estoy viendo azotado por la tormenta entre los lazos de esas rocas? ¿Por qué delito te acabas en esos rigores? Dime adónde del mundo llega errante ésta sin ventura. ¡Ay, ay! ¡Mísera yo! Otra vez el tábano me aguija; el espectro del terrígena Argos. ¡Oh tierra, aléjale de mí! En viendo a ese pastor de cien ojos, tiemblo de espanto. Ya se acerca con traidora mirada. Ni aun después de muerto le esconde la tierra. Tornado a mí de lo profundo de los infiernos, me da caza y háceme vagar errante y hambrienta por la playa arenosa, mientras la música y encerada fístula deja oír su adormecedora cantinela. ¡Ay! ¿Adónde ¡oh dolor! adónde me arrastran estas carreras sin término? ¿En qué me hallaste culpada, hija de Cronos, que así me amarras al yugo de estas congojas? ¿En qué? ¡Ah! ¡Y de esta suerte acosas a esta mísera con el furioso aguijón de ese tábano que me aterra y enloquece! Abrásame con tu rayo, o sepúltame bajo la tierra, o hazme pasto de los monstruos marinos. No rechaces mis votos, señor. Harto me ha probado ya este correr sin rumbo, y sin tener ni por dónde sepa cómo me libraré de estos dolores.

CORO

¿Oyes el clamor de la bicorne virgen?

PROMETHEO

¿Pues cómo no oír a la doncellita a quien hostiga furioso tábano, a la Ináquea? Ella encendió en amores el corazón de Zeus, y aborrecida de Hera, es ejercitada bien a su pesar con carreras dilatadísimas.

IO

¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre? Dilo a esta infortunada. ¿Quién eres tú, desventurado, quién eres tú que con tanta verdad hablas de sus trabajos a ésta sin ventura? ¿Tú, que has mentado el divino azote que me punza con aguijón furioso, y me consume? ¡Ay de mí, que perseguida por el airado encono de Hera llego hambrienta y desatentada con violentos saltos! ¿Quiénes habrá entre los desdichados que padezcan cual yo padezco? Pero dime claro y sin rebozo: ¿qué me espera aún que sufrir? ¿Qué socorro, qué remedio hay contra mi mal? Muéstramelo si lo sabes. Descúbrete a la mísera virgen errante.

PROMETHEO

Yo te diré claro todo cuanto deseas saber; no envolviéndolo en enigmas, sino en puridad. Como es justo abrir la boca entre amigos. Ante tus ojos tienes al que dió el fuego a los mortales, a Prometheo.

IO

¡Oh tú que te mostraste auxilio común de los hombres, mísero Prometheo!; ¿por qué razón padeces esos ultrajes?

PROMETHEO

Poco ha que acababa su relación lastimosa.

IO

Así pues, ¿no me concederías a mí también la gracia?...

PROMETHEO

Di cuál es la que pides; que no habrá cosa que yo no te diga.

IO

Dime quién te encadenó a ese risco.

PROMETHEO

El decreto de Zeus y la mano de Hefestos.

IO

Mas ¿por qué delito estás cumpliendo esa pena?

PROMETHEO

Tan sólo con lo que te he indicado te basta.

IO

Muéstrame a lo menos siquiera cuándo llegará el término del errante correr de ésta sin ventura.

PROMETHEO

Mejor que saberlo te es ignorarlo.

IO

No, no me ocultes lo que aún tengo que padecer.

PROMETHEO

Pero no te envidio el presente.

IO

En fin, ¿por qué tardas en decírmelo todo?

PROMETHEO

No es mala voluntad de mi parte, sino que temo herirte el corazón.

IO

No mires por mí más de lo que yo quisiera.

PROMETHEO

¿Lo quieres? Fuerza será hablar. Escucha, pues.

CORO

Todavía no. Dame a mí también parte en tus mercedes. Sepamos primero por ésta la historia de sus dolores, sus fieros infortunios. Las pruebas por que le resta pasar, tú se las revelarás después.

PROMETHEO

A ti te toca, Io, venir en lo que desean, por varias razones, y más por hermanas de tu padre. Que es dulce empleo plañir y llorar nuestras desdichas, allí donde hemos de arrancar lágrimas de quien las escucha.

IO

No sé cómo pueda negarme a vosotros; sabréis, pues, cuanto deseáis. Y sin embargo, ¡cuál me aflige contar de dónde vinieron sobre ésta desdichada esa tempestad que desató la mano de los dioses, y la horrenda transformación de mi rostro! De continuo revoloteaban los sueños durante la noche en mi virginal retiro, y me decían con blandas razones: “Oh felicísima doncella, ¿a qué tanto guardar tu doncellez, cuando te es dado conseguir la mejor de las bodas? Zeus arde por ti herido del dardo del deseo; contigo quiere partir los placeres de Cypris. Ea, niña, no vayas tú a desdeñar el lecho del padre de los dioses. Marcha al fértil prado de Lerna, junto a los rebaños y establos de tu padre, y calma el deseo de los divinos ojos.” Tales sueños me asaltaban una, y otra, y otra noche, hasta que por fin me determiné ¡infeliz! a revelar a mi padre las nocturnas visiones. Él envió más de una vez a consultar los oráculos de Delphos y Dodona por averiguar qué haría o qué diría que fuese grato a los dioses. Pero los enviados tornaban con respuestas ambiguas, oscuras y dificilísimas de interpretar. Por último, que llegó a Ínaco un oráculo claro y terminante, que sin rodeos decía y ordenaba que me arrojase de casa y de la patria, y me dejase correr errante, suelta y libre hasta los postreros confines de la tierra. Donde no, que Zeus lanzaría el encendido rayo, y aniquilaría a todo su linaje. Las palabras de Loxias vencieron a mi padre; echóme de casa; me cerró las puertas. Bien a su pesar fué; bien al mío; pero mal de su grado y todo, Zeus hacíale ceder y tascar el freno. Al punto altérase mi razón y mi faz, asoman en mi frente estos cuernos que veis, y picada por el aguijón de punzante tábano, de un salto furioso me lanzo en las sabrosas Cerneas aguas, y en el collado de Lerna. Un pastor hijo de la tierra me persigue, el implacable Argos, y sus ojos sin número rastrean mis huellas. Privado él de la vida por improvisa y súbita muerte, así y todo, yo siempre en este correr sin tregua, de región en región, aguijada del furioso tábano, y acosada por el látigo de los dioses. Ya sabes mis sucesos. Ahora, si puedes decirme el resto de mis males, habla. Mas no por compasivo me diviertas con engañosas razones; que no hay tan aborrecible peste como la compostura de la frase.

CORO

Basta, basta, deténte. ¡Ay! Jamás pude pensar, jamás, que llegase a mis oídos relación tan extraña. Calamidades, tormentos dolorosos de sufrir, dolorosos de mirar. Terrores que como dardo de dos filos me traspasan y hielan el alma. ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco de horror, Io, al considerar tu triste historia.

PROMETHEO

Pronto te angustias y llenas de espanto. Espera que sepas lo que falta.

CORO

Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano qué le aguarda que sufrir todavía.

PROMETHEO

Queríais lo primero oír de su boca la relación de sus desventuras. Fácilmente habéis alcanzado de mí vuestra demanda. Escuchad ahora lo demás; los rigores con que aún ha de afligir a esta doncellita la mano de Hera. Y tú, hija de Ínaco, graba mis palabras en tu memoria, y sabrás el término de tu camino. De aquí vuelve hacia donde el sol asoma y atraviesa esos incultos campos que jamás sintieron en sus entrañas la reja del arado. Llegarás a los Escithas, gente nómada de certeras flechas, que en lo alto de sus bien dispuestos carros viven bajo tejidas chozas. No te acerques a ellos, sino atraviesa la comarca, enderezando tus pasos por las ásperas orillas que baten las ondas mugidoras. A mano izquierda habitan los Calybes, forjadores del hierro; húyelos, que son feroces y nada hospitalarios. Luego llegarás al río Hybristes, que no niega su nombre. No le pases, que no es bueno de pasar, hasta que no toques en el Cáucaso, el más elevado de los montes, de cuyas sienes mismas arroja el río la hirviente violencia de sus aguas. Fuerza será entonces que ganes sus empinadas cumbres, vecinas de los astros, y desciendas a la banda del Mediodía. Allí hallarás a las Amazonas, guerrera gente aborrecedora de los hombres, que algún día se asentarán en Themiscira a las orillas del Termodonte, donde avanza en el mar la horrenda quijada Salmidessia, enemiga huéspeda de los navegantes; madrastra de sus naves. De muy buena voluntad te enseñarán el camino. Tocarás después en el istmo Cimmerio junto a la misma angosta entrada de la laguna Meotis, cuyo estrecho fuerza será también que con intrépido corazón le salves. Grande memoria de tu paso quedará por siempre entre los mortales, y de tu nombre el estrecho se llamará Bósforo. Con esto habrás dejado a Europa y te hallarás en suelo de Asia. Pero ¿no os parece que aquel tirano de los dioses es igual de violento en todo? Es dios, quiere unirse a esta mortal, y la pone a este correr sin descanso, ¡Cruel galán encontraste, niña! que la relación que acabas de oír no te imagines que es ni siquiera el proemio de tus desventuras.

IO

¡Ay de mí!

PROMETHEO

¡Otra vez gemir y suspirar! Pues ¿qué harás cuando conozcas el resto de tus males?

CORO

¿Por ventura queda aún mal alguno que la anuncies?

PROMETHEO

Sí; un mar desencadenado de crueles dolores.

IO

¡A qué es ya vivir! ¿Y al punto no me arrojaré de esta escarpada roca de modo que me estrelle contra el suelo, y descanse de todas mis penas? Mejor es morir de una vez que padecer malamente por todos los días de la vida.

PROMETHEO

Mal podrías tú llevar mis trabajos. ¡A mí el Destino no me deja morir! Siquiera la muerte sería el fin de mis sufrimientos; mas ahora no hay término a mis males mientras Zeus no caiga de la tiranía.

IO

¿Pues acaso es posible que Zeus caiga jamás del imperio?

PROMETHEO

Paréceme que te alegrarías de ver ese desastre.

IO

¿Y cómo no, yo que tan miserablemente estoy padeciendo por su causa?

PROMETHEO

Bien puedes tener por cierto que eso ha de suceder.

IO

¿Quién le despojará del tiránico cetro?

PROMETHEO

Él a sí mismo con sus desatentadas resoluciones.

IO

¿Cómo? Explícate si no hay mal en ello.

PROMETHEO

Hará boda tal que algún día le duela.

IO

¿Con diosa o con mortal? Dímelo, si se puede decir.

PROMETHEO

¿Y a qué? No se debe hablar de esto.

IO

¿Será derribado del trono por su esposa?

PROMETHEO

Ella parirá un hijo más fuerte que su padre.

IO

¿Y no habrá para él medio de esquivar este infortunio?

PROMETHEO

Ninguno, a no ser que yo, libre de estas cadenas...

IO

¿Y quién será el que te libre a despecho de Zeus?

PROMETHEO

Uno de tus descendientes. Así está decretado.

IO

¿Qué has dicho? ¿Que un hijo mío te ha de sacar de males?

PROMETHEO

Cierto. Tu tercer descendiente después de otras diez generaciones.

IO

Todavía no está muy fácil de alcanzar tu vaticinio.

PROMETHEO

No busques más ya la averiguación de tus desdichas.

IO

No me niegues ahora el bien, después de habérmele ofrecido.

PROMETHEO

De los dos secretos te revelaré uno u otro.

IO

¿De cuáles dos? Muéstramelos y dame a elegir.

PROMETHEO

Doy. Elige, pues, y te diré o los dolores que aún te esperan, o quién ha de libertarme.

CORO

Concédenos que obtengamos de ti ambos favores. No desoigas mis ruegos. Sepa ella por ti el término de su errante carrera; yo el nombre de tu libertador, que lo ansío.

PROMETHEO

Pues que tanto lo deseáis, no me negaré a deciros nada de lo que pedís. Primero a ti, Io, te contaré el errante curso de tu agitada carrera. Grábalo bien en las tablillas de tu memoria. Después que hayas pasado el río, confín de ambos continentes, hacia las encendidas puertas orientales por donde el sol asoma, atravesado ya el estrépito del undimugiente mar, llegarás a los Gorgôneos campos de Cisthene. Allí habitan las hijas de Forco. De ellas, tres son las antiguas doncellas de rostro de cisne, con un único ojo y un diente común, a las cuales jamás visitó el sol con sus rayos ni en la noche la serena luna. No lejos están las otras tres hermanas, aladas, de cabellera de serpientes: las Gorgonas, a los humanos aborrecibles. Ningún mortal en viéndolas podría retener en su pecho el aliento de la vida. Con esto ya te digo de qué has de guardarte. Mas atiende a otro temeroso espectáculo. Huye los grifos de corvo pico, mudos canes de Zeus. Huye también los Arimaspos, guerreros de un solo ojo, incansables jinetes que pueblan las orillas del aurífero Pinto. No te acerques a ellos. Llegarás después a la postrera tierra que baña el río Ethíope, cerca del nacimiento del sol; habitación de un pueblo negro. Sigue serpeando las riberas del río hasta la catarata donde el Nilo precipita de lo alto de los montes Biblios la corriente de sus sabrosas y venerandas aguas. El te encaminará a la tierra triangular que ciñe con sus brazos, y allí, en fin, tú y tus hijos fundaréis colonia dilatada. Tal es el decreto del Destino. Ahora, si en esto hay algo de oscuro para ti, y que no alcances, vuelve a preguntar, y apréndelo bien, que más vagar tengo que quisiera.

CORO

Si algo te queda o te olvidaste de decir sobre su triste historia, dilo; mas si lo hablaste todo, concédenos a nuestra vez la merced que te hemos pedido. Acuérdate de ella.

PROMETHEO

Io ha oído ya el término y remate de su peregrinación; mas porque vea que no me ha escuchado en vano, yo le diré qué trabajos ha sufrido antes de llegar aquí, dándole este testimonio de mis palabras. Dejaré multitud de sucesos, y voy al término mismo de tus errantes aventuras. Cuando llegaste a los Molossos campos y a la empinada Dodona donde está la fatídica sede de Zeus Thesprocio, ¡extraño prodigio! por las agoreras encinas fuiste saludada claro y sin enigmas, como quien había de ser ínclita esposa de Zeus: si es que hay en esto cosa que pueda lisonjearte. De allí, picada del tábano, te lanzaste, siguiendo la costa, hasta el ancho golfo de Rea, de donde retrocediste, siempre acongojada por tus furiosos saltos. Y sabe que, en la futura edad, aquel marino seno se llamará mar Jonio para perpetuo monumento de tu paso. Sírvate esto para que conozcas que ve mi espíritu más que a primera vista parece. Lo que aún queda, decirlo he por igual a todas vosotras, volviendo sobre el hilo de mi primer discurso. Hay una ciudad en la extrema región de Egipto, Canopos, a la boca misma del río, junto a las arenas que acarrean sus aguas. En ella te volverá Zeus la razón acariciándote con serena mano; tan sólo con tocarte. Y parirás al negro Épafo, así dicho del modo de ser engendrado, el cual cogerá los frutos de cuanta tierra riega el Nilo en su dilatada corriente. Su quinta generación, femenil linaje de cincuenta doncellas, bien a su pesar tornará a Argos huyendo de incestuosas bodas con sus primos. Ellos, abrasados de deseo, como halcones en persecución de palomas, acosaránlas codiciosos de unas bodas que jamás debieron pretender. Un dios las defenderá, y la tierra pelasga recibirá los sangrientos cuerpos de sus perseguidores. Audaz matanza los acechará en la noche hiriéndolos con femeniles manos. Cada esposa hundirá en la garganta del esposo agudo hierro de dos filos, y le arrancará la vida ¡Tal venga Cipris para mis enemigos! Mas el amor ablandará a una de las desposadas para que no dé muerte a quien comparte su lecho; su resolución flaqueará, y puesta a escoger, antes querrá ser motejada de cobarde que no de sanguinaria. De ella nacerá en Argos regia estirpe. Pero el recorrer por sus puntos estos sucesos largo discurso pediría. Con todo ello diré que de esta semilla brotará un hombre arrojado, por sus flechas famoso, que me librará de estos tormentos. Tal es el oráculo que me reveló la Titánide Themis, mi antigua madre. Cómo y cuándo, eso, ni podría reducirse a breve espacio, ni tú ganarías con saberlo.

IO

¡Ay! ¡ay de mí, ay de mí! ¡Otra vez el delirio! Insano furor enciende y enajena mi alma. El tábano me punza con aguijón ardentísimo. Estremecido de terror el corazón palpita con rudo golpear dentro del pecho; giran mis ojos en sus órbitas; el furioso viento de la rabia me arrastra; mi lengua no obedece, y turbado el pensamiento en vano lucha con las ondas de mi acerbo infortunio.

~(Vase.)~

CORO

¡Qué sabio que era, qué sabio el primero que en su mente pensó, y con su lengua proclamó, que casarse entre iguales es el mejor partido, y que quien vive de sus manos no ha de codiciar bodas ni con el regalado de la fortuna ni con el ensoberbecido de su linaje!

Jamás, jamás, oh Moira, me vea yo en el lecho de Zeus. Jamás me una por esposa a ninguno de los celestiales. Me estremece ver a la casta virgen Io tan fieramente atormentada por Hera con las crueles penas de un correr sin descanso.

Una boda igual nada de temible tiene para mí; no la temo. Pero ¡que jamás se fije en mí la inevitable mirada de un dios poderoso! ¡Luchar sin lucha; camino sin salida! No sé qué sería de mí, porque no alcanzo cómo había de esquivar la resolución de Zeus.

PROMETHEO

Y con todo ello ese Zeus, aun cuando de ánimo tan arrogante, todavía alguna vez ha de ser humilde. Un hymeneo se dispone a celebrar que ha de derribarlo del poder, y derrumbar su trono, y desaparecerle de los que ahora le contemplan. Entonces se cumplirá en sus ápices la imprecación que lanzó su padre Cronos al caer de su secular imperio. Y contra este desastre, fuera de mí, ninguno de los dioses podría mostrarle remedio cierto. Yo lo sé y de qué modo. Asiéntese ahora en su trono muy sosegado y seguro; confíese en el tronante estampido que retumba en las alturas; vibre en su diestra el rayo igniespirante; que todo ello de nada le servirá para no haber de caer con ignominiosa e irreparable caída. Tal contendiente va a buscarse, invencible monstruo que encontrará un fuego más poderoso que el rayo, y un estampido que asorde el trueno, y hará saltar hecha astillas la lanza de Poseidón, el tridente, azote que alborota el mar y sacude la tierra. Cuando se estrelle contra su desgracia entonces aprenderá cuánto va de imperar a ser esclavo.