Part 18
Que quieras que no, a la nave irás; a la nave, y pronto. Sucumbirás a la fuerza; a la fuerza de tu señor, que es poderosa; y después de haber recibido miles de ultrajes de sus manos crueles, tendrás que sufrir su lecho.
CORO
¡Ay, ay! ¡Ojalá hubieses perecido miserablemente al cruzar la movible selva de los mares, arrojado por desecha borrasca contra el arenoso promontorio de Sarpedón!
HERALDO
Grita; vocifera; llama a los dioses. No escaparás a la nave egipcia. Grita, clama; puedes quejarte de tu miseria con más amargura todavía.
CORO
¡Ay cielos! ¡Perezcas tú frente a esas costas dando voces y ladridos; tú que tan jactancioso me escarneces! ¡Que el caudaloso Nilo, que te crió, te haga desaparecer a ti, insolente, y a tu insolencia!
HERALDO
Andad, os digo. La nave ya se balancea en las ondas. ¡Pronto! Nada de tardanzas, y así no seréis llevadas de los cabellos.
CORO
¡Ay, ay, Padre mío celestial! ¡Busqué mi defensa en estas aras, y hallé mi perdición! Ya me arrastran al mar. Ya me cercan, y se van llegando a mí como la araña a su presa. ¡Parece un sueño!... ¡sueño negro y espantoso! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra, aleja de mí estos gritos furiosos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus!
HERALDO
No temo yo a los dioses de este pueblo. Ni ellos me criaron de niño, ni ellos me han de sostener en la vejez.
CORO
Cerca de mí bípeda serpiente se retuerce furiosa. ¡Es una víbora que me va a sujetar entre sus dientes! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra; aleja de mí esos gritos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus!
HERALDO
Si no venís a la nave, si no me obedecéis, no me detengo ante vuestros vestidos, y los hago jiras.
CORO
¡Favor, príncipes que veláis por la ciudad, que me roban!
HERALDO
¿Príncipes llamáis que os acorran? Pronto vais a ver aquí, no uno, sino muchos: a todos los hijos de Egipto. Perded cuidado, que no os quejaréis por falta de señores.
~(Sale el REY con su acompañamiento.)~
CORO
¡Perdidas somos! -- ¡Oh Rey, qué nunca vista violencia!
HERALDO
Paréceme que os voy a llevar arrastrando de los cabellos, ya que no queréis atender a mis razones.
REY
¡Hola, tú! ¿qué estás haciendo ahí? ¿Qué arrogancia es esa con que ultrajas esta tierra, la tierra pelásgica? ¿Por ventura piensas que has venido a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, alardeas demasiado con los Griegos. Grave es tu atentado: sin duda tienes perdido el juicio.
HERALDO
Pues ¿en qué yerro yo, ni me aparto de la justicia?
REY
En primer lugar, con ser extranjero no sabes lo que es hospitalidad.
HERALDO
¿Cómo que no? Encuentro lo que perdí, y lo recobro.
REY
Y ¿a cuál de los patronos que la ciudad tiene diputados para proteger a los extranjeros, los reclamaste tú?
HERALDO
A Hermes, máximo patrono de los extranjeros, y abogado de las cosas perdidas.
REY
¡Hablas de invocar a los dioses, y no tienes para los dioses ninguna reverencia!
HERALDO
Yo venero a los dioses del Nilo.
REY
A lo que te oigo, ¿los de aquí no son nada?
HERALDO
Si no es que por la fuerza me las quitáis, yo me las he de llevar.
REY
Pudiera ser que lo llorases si las tocas, y no muy tarde.
HERALDO
¡Nada tienen de hospitalarias tus palabras!
REY
Yo no doy jamás hospitalidad a los que ultrajan a los dioses.
HERALDO
¿Irías tú a decir eso a los hijos de Egipto?
REY
Y ¿qué cuidado me podrá dar a mí?
HERALDO
Pero, en fin, para que yo lo sepa y pueda comunicarlo mejor, según conviene a un heraldo que debe hacer relación fiel y exacta de cada punto; en fin, ¿quién eres tú? ¿Quién les digo que les ha tomado sus primas hermanas? ¡Asegúroos que Ares no llamará testigos para dirimir esta contienda, ni admitirá composición, sino que antes que sentencie han de caer muchos hombres y han de perderse muchas vidas entre agonías espantosas!
REY
¿A qué decirte mi nombre? Luego lo aprenderéis lo mismo tú que los que vienen contigo. Si estas doncellas lo quieren así, y ese es el deseo de su corazón; si con blandas y comedidas razones las persuades, puedes llevártelas; mas a la fuerza no se te entregarán. Así lo ha proclamado y ratificado la ciudad de Argos por voto unánime. Y el decreto está bien clavado, de modo que nadie será poderoso a moverlo. No lo hemos grabado en tablas, ni lo refrendamos y confirmamos en las vueltas de un papiro; pero te lo dice, fiándotelo, la boca de un hombre libre. Quítate cuanto antes de mi vista.
HERALDO
Sábelo, pues: pronto tendréis guerra. ¡Sean la victoria y la dominación de los que sean hombres!
REY
Aquí, en los ciudadanos de Argos encontraréis hombres, y que no beben vino de cebada. ~(Vase el Heraldo.)~ -- Vosotras, cobrad ánimos, y acompañadas de vuestras fieles siervas, dirigíos todas a la ciudad: está muy bien guarnecida de muros, y fortificada con torres de profundo y solidísimo cimiento. Allí encontraréis muchos edificios públicos que poder ofreceros, y aun mi casa, pues no se labró con encogida y corta mano. Es gran contento habitar bien dispuesta casa en numerosa compañía; pero si os aplace más vivir solas, podéis hacerlo así. Pronto está todo; escoged, pues, lo que mejor os parezca y más os agrade. Yo estoy aquí para defenderos, y conmigo los ciudadanos todos; que por voto unánime se han empeñado en esta empresa. ¿Podrás esperar tú mejor fianza?
CORO
¡No en verdad! ¡Antes, divino rey de los Pelasgos, que seas colmado de bienes en premio del que tú nos haces! Pero dígnate traernos aquí a nuestro animoso padre Danao; a nuestro guía y consejero. Su consejo ha de resolver qué casa nos conviene habitar y dónde debe ser nuestro puesto. Tratándose de extranjeros, cada cual se apresura a murmurarlos. Sigamos el partido más prudente.
REY
Vosotras seréis recibidas en la ciudad con aplauso de todo el pueblo, y nadie os ofenderá, ni tendrá para vosotras más que palabras de alabanza. Fieles siervas, marchad en su compañía, y cada una con aquella a cuyo servicio la hubiese destinado Danao.
~(Sale DANAO.)~
DANAO
Bendigamos a los Argivos, hijas mías, y ofrezcámosles sacrificios y libaciones como a los dioses del Olimpo, porque todos ellos sin excepción, acaban de salvarnos. Con grande acedía y enojo oyeron de mi boca lo sucedido con nuestros obstinados deudos; y luego ordenaron que viniesen escoltándome estos guardias armados por hacerme honor y para estorbar que golpe aleve e inesperado me diese muerte: con que caería sobre este suelo mancha sempiterna. Después de tales beneficios les debéis aún más acendrado agradecimiento y reverencia que a mí. Grabad ahora en vuestra mente esta máxima junto a los demás avisos que os dió la prudencia de vuestro padre: el tiempo es el que prueba lo que son y valen los desconocidos. Al extranjero que se avecinda entre nosotros, todos nos adelantamos a murmurarle, y la lengua anda lista para demostrarlo y ejercitarse a su costa. Encarézcoos, pues, que cuidéis de no afrentarme, porque estáis en ese verdor de la mocedad que tanto atrae las miradas de los hombres. Fruta en sazón nunca fué buena de guardar: todos son a arrebatarla, los hombres y las fieras; las alimañas que surcan los aires, y las que se arrastran por el suelo. ¿Y cómo no? Cipris convida a voz de pregón a coger el fruto sazonado, y marchita su lozanía y no deja vivir la flor. Cualquiera que pasa junto a una doncella se siente vencido del deseo, y lanza sobre los encantos de su hermosura dardo de amorosa mirada. ¡Mirad, no veamos menoscabada nuestra honra, que tantos trabajos nos ha costado salvar, y por la cual tan dilatados mares hemos tenido que correr; que esto sería trabajar en nuestra afrenta y en contento de nuestros enemigos! En cuanto a habitación donde nos alojemos, dos hay, la de Pelasgo, y la que nos ofrece la ciudad, y ambas sin merced ninguna; negocio es, pues, de bien poca monta. Sólo os digo que guardéis las advertencias de vuestro padre, y tengáis la honestidad en más que la vida.
CORO
Quieran los dioses favorecernos en todo lo demás, que en cuanto a mi mocedad, descuida, padre, que a no determinar otra cosa los dioses, no se ha de apartar paso mi corazón de la senda que ha emprendido.
PRIMER SEMICORO
Marchad; celebrad con jubilosos cánticos a los bienaventurados dioses, señores y patronos de la ciudad, y a los que habitan las riberas del antiguo Erasino.
SEGUNDO SEMICORO
Responded a mis cánticos, vosotras que me acompañáis. ¡Gloria y alabanza a la ciudad de los Pelasgos! ¡Ya no más celebrar con mis himnos las aguas del Nilo!
PRIMER SEMICORO
Sino los ríos que tienden sus múltiples brazos por esta región, y con sus sabrosas fecundantes aguas alegran y sustentan sus campiñas.
SEGUNDO SEMICORO
Mire con piedad la casta Artemisa a estas mujeres fugitivas. Que Cithera no nos imponga sus lazos por la fuerza: ¡tormento aborrecible!
PRIMER SEMICORO
Cipris, tampoco te olvido a ti en mis piadosos cultos. Tu poder con el de Hera iguala casi al de Zeus. Tus golpes, oh astuta diosa, son temidos de los mortales, y así intentan ganarte con homenajes reverentes.
SEGUNDO SEMICORO
Acompáñanla siempre, como a su querida madre, el Deseo, y la blanda Persuasión a quien nadie se resiste y aquella Harmonía, a la cual ha dado en suerte Afrodita los susurrantes requiebros de los amores.
PRIMER SEMICORO
Pero ¡ay! ¡que temo mucho la tormenta que se ha de levantar con mi huída; los fieros males y sangrientas guerras que han de sobrevenir! ¿Por qué hicieron tan feliz navegación nuestros activos y tenaces perseguidores?
SEGUNDO SEMICORO
¡Cúmplanse los decretos del Destino! Nadie hay que pueda escapar a los designios altísimos e insondables de Zeus. ¡Quizá como tantas otras mujeres antes de nosotras, habremos de acabar por contraer un lazo aborrecido!
PRIMER SEMICORO
¡Gran Zeus, aparta de mí el himeneo con los hijos de Egipto!
SEGUNDO SEMICORO
¡Sería eso el mayor de los bienes! Pero quizá tratas de mover a un dios inexorable.
PRIMER SEMICORO
Lo que ha de suceder no lo sabes tú.
SEGUNDO SEMICORO
¿A qué esforzarme a penetrar en el abismo de la mente de Zeus, a cuyo fondo no llegó jamás mirada alguna? Sé más moderada en tus deseos.
PRIMER SEMICORO
¿Por qué me das esta lección?
SEGUNDO SEMICORO
Porque no te atrevas curiosa a las cosas divinas.
PRIMER SEMICORO
¡Soberano Zeus, líbranos de un himeneo funesto y aborrecido! Tú libraste a Io de sus males, acariciándola con mano que la volvió la salud. ¡Dichosa fuerza aquélla, donde se engendró nuestro linaje!
SEGUNDO SEMICORO
¡Danos la victoria, que somos débiles mujeres! ¡Permita el cielo que entre dos males tan sólo padezca el menor, templado siquiera con algún bien! Alcancen mis súplicas que la Justicia triunfe de sus enemigos con ayuda de los dioses.
[Ilustración]
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_APÉNDICE_
LOS POETAS TRÁGICOS
Eskylo es el viejo ático, aristócrata y religioso. Descendía de la generación que levantó en el Ágora un monumento a los Tiranicidas; y fué iniciado en los misterios de Eleusis, en el culto pacificador y purificador de la =Mater Dolorosa=, de la transparente Deméter. Su espíritu se formó con ejemplos severos y con prácticas augustas. Atrevido y grandioso era el arco de su cabeza; meridiana la claridad de sus pupilas; y, como la gruta de bronce de la Pytia, resonantes y proféticos sus labios. En los momentos crueles del peligro persa, cuando Athenas necesitaba de mucha fe y de mucho valor en sus hijos, encontró en Eskylo un creyente y un héroe. Fué, dice una historia que parece canto de errante aeda, uno de los hoplitas que, en Marathón, después de peinar y trenzar sus cabelleras, como para una fiesta, se lanzaron a paso veloz, cantando estrofas guerreras, sobre las pesadas falanges de los bárbaros; y haciendo vivir, a fuerza de entusiasmo y de bravura, una sangrienta Rapsodia de La Ilíada, desbarataron al enemigo y lo arrojaron hasta la orilla del mar, en donde un hermano del poeta, Cynegiro, murió homéricamente aferrando una galera persa con las manos, y, cortadas éstas, con los dientes, hasta que un segundo tajo hizo rodar su cabeza sobre las olas. Murió a los setenta años, al parecer desterrado, en Sicilia, en el ardiente y trepidante país de los Cíclopes, oyendo los rugidos del Titán que se sacude bajo la mole del Etna. Compuso para su tumba este epitafio: “Esta piedra cubre a Eskylo, hijo de Euphorión. Nacido en Athenas, duerme en las fecundas planicies de Gela. El bosque sagrado de Marathón y el Meda de flotante cabellera dirán si fué valiente: ¡bien lo vieron!” Así nos lo revela su obra, su colosal obra trágica: hondo, alto, pomposo. Con médula de su alma formó personajes “altos de cuatro codos, respirando lanzas y flechas, cascos de penacho refulgente, escudos forrados de siete cueros de buey.” Su musa “celebró las virtudes heroicas de los Patroklos y de los Teukros corazones de león, a fin de contagiar con su ejemplo a los ciudadanos, apenas oyeran la trompeta.” Inventó palabras de sonoridades inauditas, de nunca vistos reflejos; construyó frases fuertes, compactas y bandera al viento, como ejércitos en marcha y “llenó de almenas las alturas del lenguaje.”[2] Decoró la escena con magnificencias dignas del Olimpo; en su Coro cantó como canta el mar, el misterio, el dolor, la anunciación... y tan alto levantó a la Humanidad sobre los coturnos trágicos, que la envidia de los Dioses la corona con una diadema de rayos. Como el árbol para erguirse frondoso necesita encajar sus raíces en las profundidades de la tierra, el poeta sólo alcanza el ideal cuando es verdaderamente humano, cuando tiene prendidas sus fibras en el corazón vivo y nutricio de los hombres. Por humano y por ideal, Eskylo es el trágico heleno que mayor fascinación ejerce sobre el filósofo y sobre el poeta.
[2] Frases tomadas de “Las Ranas” de Aristóphanes.
Eurípides --¡oh, pobre e inquieto y amargo Eurípides!-- es el ático decadente. La vida le dió todas las amarguras que enferman, las del amor, las de la filosofía, las del arte. A falta de una, tuvo dos mujeres infieles; quiso, se dice, ser atleta y dibujante; bebió veneno intelectual en los =filosofaderos= de Athenas; fué raras veces coronado en los concursos trágicos; y la leyenda, cruel leyenda, charlaba que había muerto en tierra extraña devorado, como Acteón, por los perros feroces de las montañas del Epiro. ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como lo llama Croiset, un “destructor de ilusiones”? ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como dice Benjamín Constant en un admirable anacronismo, “un volteriano”? Por eso introdujo en el teatro “el razonamiento, la argucia, la reflexión; y, con la vida íntima, las rufianas, las hermanas incestuosas, las Phedras impúdicas,” en fin, personajes con úlceras y en andrajos. Pero por eso mismo, por doloroso y por pesimista, es el más interesante para el psicólogo. “Se asemeja, escribe Paul de Saint Victor, a Pédaso, el tercer caballo del carro de Aquiles, que no era de sangre divina como los otros dos, Xantos y Balios; pero que, dice Homero, seguía sin embargo, a los corceles inmortales.”[3]
[3] Les Deux Masques.
Entre estos dos genios extremos está Sóphokles. Entramos en la belleza. Es el Heleno perfecto, el ático por excelencia, es la razón limpia, la imaginación pura y el sentimiento exquisito de Athenas, en la breve e incomparable mañana de su gloria. Es el poeta eminentemente nacional. -- Athenas, después de las guerras médicas, sintió crecer su alma; se exaltaron sus facultades, esas admirables facultades de prudencia en la disciplina y de audacia en la acción, de que había dado tantas pruebas para poder salvar a la Grecia; y logró consolidar su =imperialismo=, como hoy se dice, su =hegemonía=, como más bellamente se decía entonces, poniéndose al frente de la confederación de Delos, y guiada por el infalible genio de Perikles. Centro político y comercial del mundo griego, respetada y rica, fué también el foco del arte. Con el dinero de los aliados se atavió de templos y de estatuas; y atrayendo, magnética, a los filósofos, a los sabios y a los poetas, pronunció las palabras eternas que nos hacen vivir todavía. En las alturas del Akrópolis consagró el más bello de sus templos, el Parthenón, a Pallas tutelar, guerrera y omnicia. Y semejante al Parthenón fué la elocuencia del Dictador Olímpico, envuelto como una estatua, en los marmóreos pliegues de su manto, porque sus frases viriles y nobles, semejantes a columnas dóricas, encerraban, en pie y armada, una diosa, la verdad, blanca y vestida de oro y pedrerías como la que, dentro de la =Cella=, en el corazón del templo, habían pulido en el marfil las manos mágicas de Phidias. Y Sóphokles hizo vibrar en los labios de esta Virgen de marfil y de oro el Verso infinito de los espacios celestes. Toda la vida del poeta fué canto y ambrosía. Tuvo de seguro una nodriza de lenguaje inmaculado, como la recomendaba Crysipo, que le murmuró muchas dulzuras en los oídos. Era afable, cordial y piadoso: puso constancia y alegría en sus amistades, calor y luz en sus amores, tranquilidad y esperanza en su culto. Bello como un dios, en los banquetes coronaba su cabellera rubia de violetas y desataba a la ironía su lengua elocuente. Era de los primeros en el gimnasio y no tenía rival cuando, como un Musageta, cantaba acompañándose con la lira. A los veintiocho años obtuvo su primera victoria en los concursos trágicos, compitiendo con el viejo Eskylo. Oíd como la relata Plutarco: “El auditorio estaba dividido: los partidarios de los dos rivales estaban a punto de llegar a las manos. El arconte Aphepsion no se atrevía a sacar en suerte, según el uso, los nombres de los cinco jueces. Cimón, cubierto de gloria por uno de sus recientes triunfos (había pacificado los mares de la Grecia y acababa de traer a Athenas los huesos de Theseo), llega al teatro con sus nueve lugartenientes. Apenas hicieron a los dioses su libación habitual, el Arconte, súbitamente inspirado, ordenó a esos diez jueces que designasen al vencedor: nombraron a Sóphokles. El auditorio, emocionado, respetó el veredicto de los generales victoriosos, y el lustre del juicio hizo callar los celos y las rivalidades. Al día siguiente Eskylo, humillado, partió para Siracusa...”.[4]
[4] Vida de Cimón.
Era la juventud que triunfaba; era la poesía verdadera de Athenas. La Diosa de Phidias no podía hablar de otra manera. Eskylo, con sus concepciones profundas y misteriosas, con su música solemne y fatídica, con sus grupos trágicos monumentales y arcaicos, y con su decoración escénica, abigarrada y pomposa, fatigaba el espíritu de los athenienses, tan amantes de la claridad, de la precisión y del buen gusto. En el genio de Sóphokles se reposaron con beatitud. El dió a los diversos elementos de la tragedia sus proporciones justas y su tranquilo equilibrio; la epopeya, el lirismo, el drama, todo harmoniza en su obra de arte con tal medida, en una gradación de planos y de tonos tan fina y tan suave, que produce el éxtasis de la belleza definitiva y eterna. Sus héroes no son ya las gigantescas víctimas del Destino inexorable que atraviesan el teatro empujados por la mano de un dios, seres primitivos en quienes el acto realiza con terrible violencia las imágenes alucinantes; sino los bellos y nobles tipos de una humanidad superior, conscientes de sus determinaciones, que llevan su destino en sus actos mismos y que revelan en la lucha la grandeza del alma depurada por el amor y por el dolor. Su coro no es ya ese personaje multánime, activo, sugestionador, preponderante, que cubre la tragedia con un inmenso concierto de voces, sino una especie de =espectador ideal= de la acción que recoge en su espíritu las diferentes impresiones del drama y las expresa, purificadas con la música, en la pastoral jubilosa, en el himno grave y en la plegaria ardiente. Su estilo no es ya esa expresión torturada y ampulosa, obscura y relampagueante de la tragedia titánica; es límpido, diáfano; es el sol de Athenas; y el sol de Athenas, “penetra todo sin choque y sin resistencia, inunda de luz los objetos, pero baña sus contornos voluptuosamente, lo mismo que las olas de su golfo van a unirse con dulzura a las riberas doradas de Phalera.” Harmonía justa del pensamiento y de la expresión, la lengua de Sóphokles es semejante a esos peplos de mármol cuyos pliegues en vez de ocultar, transparentan en todo su esplendor, la forma serena de la estatua. Toda poesía es turbia y amarga al lado de la suya tan cristalina y tan dulce. Junto a él, Eskylo parece un bárbaro pomposo y Eurípides un impostor pedante. Fué el que más premios obtuvo en los certámenes dyonisíacos. Solamente una ocasión un arconte se negó a aceptarle una tragedia; el señor de La Harpe, que sabe el hecho, aplaude; y esto prueba, según Pitágoras, que las almas de los seres inferiores también transmigran. -- Murió cubierto de gloria, a los noventa años, como su viejo Edipo, “sin gemidos y sin dolores;” y la leyenda contaba que, recitando los coros de su poema preferido, Antígona, y fijas las sonrientes pupilas en el oro de un ocaso de transfiguración, se le había apagado la voz y se le había caído la lira de las manos... En su tumba grabó el cincel una sirena. Athenas le erigió un santuario y le consagró culto.
_Jesús Urueta._
(Fragmento del Ensayo sobre la Tragedia Ática.)
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_EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS_
Agamemnón, hijo de Atreo, Rey de Micenas, asesinado por su esposa, Clitemnestra, y por Egisto.
Aidoneo, epíteto que se da a Hades o Plutón.
Antígona, princesa hija de Edipo.
Apolo, dios de la poesía, la música y las artes.
Ares, dios de la guerra, hijo de Zeus y de Hera.
Artemisa o Diana, diosa hija de Zeus y de Hera.
Atena, Atenea o Minerva, diosa de la sabiduría, hija de Zeus.
Atossa, reina de Persia, esposa de Darío.
Atlas, hijo de Zeus y de Climena, condenado a sostener sobre sus espaldas el polo de los cielos.
Bía, personificación divina de la Violencia.
Casandra, profetisa, hija de Príamo, hecha esclava por Agamemnón al tomar a Troya.
Cipris, epíteto de la diosa Afrodita.
Clitemnestra, esposa de Agamemnón y madre de Orestes.
Cratos, personificación divina de la Fuerza.
Danao, rey de Egipto, hijo de Belos y padre de las cincuenta Danaides.
Edipo, hijo de Layo, rey de Tebas.
Egisto, hijo de Tiestes, usurpador y matador de Agamemnón.
Egipto, hermano de Danao y rey de Egipto.
Electra, hermana de Orestes, hija de Agamemnón y de Clitemnestra.
Épafo, rey de Egipto, hijo de Io y de Zeus.
Erinnas o Furias, diosas vengadoras de faltas contra el orden moral.
Eris o Discordia, diosa compañera de Ares.
Eteocles, rey de Tebas, hijo de Edipo, hermano de Polinices.
Gea, la Tierra.
Hades o Plutón, dios subterráneo, hijo de Cronos. Significa también la mansión de las tinieblas y de los muertos.
Hefestos o Vulcano, dios del fuego, hijo de Zeus y de Hera.
Hera, diosa esposa de Zeus o Júpiter.
Hermes o Mercurio, dios hijo de Zeus y de Maya.
Io, hija de Ínaco y de la ninfa Melia, amada por Zeus, fué convertida en becerra por Hera.
Ismene, princesa de Tebas, hija de Edipo.
Loxias, epíteto de Apolo.
Orestes, príncipe de Micenas, hijo de Agamemnón, dió muerte a su madre Clitemnestra y a Egisto.
Polinices, príncipe de Tebas, desterrado por su hermano Eteocles.
Poseidón o Neptuno, dios del mar, hijo de Cronos y de Rea.
Prometheo, protector de la raza del hombre; personificación del genio del hombre.
Xerxes, rey de Persia; hijo de Darío.
Zeus, dios máximo, Júpiter entre los romanos.
_ÍNDICE_
Págs.
NOTA PRELIMINAR. 5
PROMETHEO ENCADENADO. 9
LOS SIETE SOBRE THEBAS. 49
LOS PERSAS. 91
LA ORESTIADA:
I.--AGAMEMNÓN. 135
II.--LAS COÉFORAS. 197
III.--LAS EUMÉNIDES. 241
LAS SUPLICANTES. 281
APÉNDICE.--LOS POETAS TRÁGICOS. 323
EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS. 331
[Ilustración]