Tragedias

Part 17

Chapter 174,209 wordsPublic domain

No es en mi hogar donde os habéis amparado suplicantes: no. Si aquí hay sacrilegio, será para toda la ciudad, y así al pueblo en común toca procurar el remedio. Yo no puedo hacer promesa ninguna sin comunicarlo antes con todos los ciudadanos.

CORO

Tú eres la ciudad; tú eres el pueblo; tú, que eres sumo juez a quien nadie juzga, e imperas en el altar, hogar común de la patria. Con sólo tu voto, a una seña tuya, todo lo decides desde lo alto de tu trono, donde no hay más cetro que el tuyo. ¡Guárdate de un sacrilegio!

REY

¡Recaiga el sacrilegio sobre mis enemigos! No puedo daros auxilio sin daño para mí, ni despreciar vuestras súplicas sin tocar en lo inhumano. No sé qué hacer, no sé qué partido tomar, y el alma se llena de temor lo mismo si quiero concederte lo que pides, que si quiero negártelo.

CORO

Piensa en aquel que desde lo alto está velando por nosotras; en aquel custodio de los mortales atribulados que acuden a sus prójimos y no consiguen ser oídos en sus justas súplicas. Nada hay que aplaque la cólera de Zeus, protector de los suplicantes, encendida con los lamentos del que padece.

REY

Pero si los hijos de Egipto alegan derecho sobre ti por las leyes de su pueblo, a título de tus parientes más próximos, ¿quién querrá oponerse a su demanda? Preciso que será que excepciones con las leyes de Egipto, probando que conforme a ellas no tienen sobre ti autoridad ninguna.

CORO

¡Jamás me vea yo en manos de esos hombres! Por huír de tan odioso himeneo me aventuré a esta larga travesía y me puse a merced de las estrellas del cielo, que me guiaron. Toma, pues, por aliado a la Justicia, y decreta como pide la piedad que se debe a los dioses.

REY

La causa no es tan fácil de juzgar. No me tomes por juez. Ya dije antes que yo no haría nada sin el pueblo. Cuando tuviera potestad para ello, no querría yo que el pueblo pudiese decir nunca, si teníamos algún desastre: por favorecer a unos extranjeros has perdido a Argos.

CORO

Zeus es el juez de esta causa entre mis parientes y yo; Zeus, que se inclina siempre del lado de la justicia, y a cada cual le da lo que se merece: castigo a los inicuos, y premio a los justos. Siendo la balanza igual para todos, ¿qué mal temes tú que te avenga por hacer justicia?

REY

Negocio es éste que pide reflexión profunda. A modo del buzo que desciende al fondo del abismo, necesito yo un ojo perspicaz y nada turbado de la embriaguez, porque estas cosas sin daño para la ciudad ni para nosotros felicísimamente se rematen. No quiero que las reclamaciones de los Egipcios nos traigan una guerra; pero tampoco que por entregaros a vosotras, después que habéis buscado asilo en las aras de nuestros dioses, nos granjeemos el tremendo castigo de aquel dios vengador, huésped terrible que no se aparta del culpado ni en la muerte, sino que le persigue en el seno mismo del infierno. ¿Os parece, por ventura, que no necesito considerarlo para llegar a una buena resolución?

CORO

Mira solícito por nosotras; sé nuestro piadoso patrono, como es justo.

No hagas traición a una fugitiva a quien una impía violencia ha sacado de tan lejanas tierras.

¡Oh, tú, absoluto señor de esta comarca, no quieras ver que me arranquen de las aras de todos estos dioses a cuya sombra busqué un asilo! Reconoce la insolencia de aquellos hombres, y guárdate de la cólera del cielo.

No sufras que a tus ojos esta suplicante sea arrancada del pie de estos divinos simulacros, con agravio de la justicia, y que tiren de mí como de una yegua, asiéndome de las cintas que adornan mi frente y de los velos que me cubren.

Porque ten por cierto que, según como obrares, así les aguardará la recompensa a tus hijos y a tu casa. Tales son los justos juicios de Zeus. Considéralo bien.

REY

Ya está considerado; ahí vienen a dar todos mis pensamientos: o pelear con los hijos de Egipto, o pelear con los dioses. Fuerza es lo uno o lo otro; no hay salida. Ya está claveteada y carenada la nave, y rueda sobre los rodillos. Dondequiera que me vuelva me he de encontrar con el mal. Puede el que perdió su casa y su hacienda, levantarse a mayor fortuna que antes tuvo y juntar grandes riquezas, si así place a Zeus, dispensador de todo bien. Las heridas que abrió en el ánimo una lengua indiscreta, ella misma puede curarlas; conque una palabra vendrá a ser el bálsamo de otra palabra. Pero que corra la sangre de los nuestros... calamidad como ésta es necesario que no suceda. Hagamos espléndidos sacrificios; ofrezcamos a los dioses miles de víctimas, que éste es seguro remedio contra los males. Quizá me engaño por completo acerca de esta contienda; pero quiero más bien ser agorero ignorante que no sabio previsor de desdichas. ¡Ojalá contra mi juicio tengamos buen suceso!

CORO

Escucha una palabra para fin de tantas súplicas.

REY

He escuchado hasta ahora. Puedes hablar, que no desoiré lo que digas.

CORO

Mira estos ceñidores con que sujeto mi túnica a la cintura.

REY

Muy propios de los arreos femeniles ciertamente.

CORO

Pues ten entendido que ellos serán excelente recurso.

REY

¡Explícate! ¿Qué quieres significar con eso?

CORO

Si no das una seguridad a estas fugitivas...

REY

¿Para qué te servirá entonces el recurso de esos ceñidores?...

CORO

Para adornar a esas imágenes con ex-votos nunca vistos.

REY

¿Qué enigma es ese? Habla claro.

CORO

Al punto nos colgaremos de esas imágenes.

REY

¡Oh, qué palabras que me han herido en el corazón!

CORO

¿Comprendiste?... ¡Bien claramente me he expresado!

REY

¡Cuánto imposible! ¡Multitud de males viene sobre mí como torrente que se desborda! ¡Heme aquí en este mar sin fondo de la desgracia, donde me anego sin poder ganar la orilla, ni hallar puerto que me abrigue contra mis desventuras! Porque si no accedo a lo que deseas, me amenazas con una resolución de cuya mancha jamás podríamos lavarnos; y si he de venir a trance de batalla con los hijos de Egipto, tus deudos, delante de nuestros muros, ¿cómo no sernos amargo, que por defender a unas mujeres hayamos de ensangrentar el suelo de la patria con la sangre de sus hijos? Y con todo, ello es fuerza temer la cólera de Zeus, patrono de los suplicantes; que no hay para los hombres más formidable temor. Anda, anciano, tú como padre de estas vírgenes toma en tus brazos esos ramos, y al punto llévalos a las aras de los otros dioses de nuestro pueblo, para que todos los ciudadanos puedan saber la razón de vuestra llegada. Así no hablarán contra mí; que el pueblo es de suyo amigo de culpar al que manda. Al ver esos ramos fácilmente se moverá a piedad, y todos los Argivos se pondrán de vuestra parte con más empeño aún en odio a vuestros insolentes perseguidores. No hay uno entre ellos que no se incline a favorecer al débil.

DANAO

De grande estima es para nosotros el haber encontrado patrono tan respetable. Pero manda conmigo gentes del país que me acompañen y me enseñen el camino a fin de que podamos dar con las aras, que se alzan fronteras a los templos donde moran vuestros dioses tutelares, y discurramos seguros por la ciudad. Porque nuestro aire y porte no es el mismo que el vuestro. La raza que cría el Nilo no se parece a la de las riberas del Ínaco. Guarda, no sea que la demasiada confianza nos dé qué temer. Ya se ha visto al amigo matar por ignorancia al amigo.

REY

Acompañadle, guardias. Dice bien el extranjero. Guiadle a las aras y templos de los dioses de la ciudad. Y poco hablar con los que os encontréis al paso: que vais acompañando a un extranjero, que llegó por mar, y quiere postrarse en el santuario de nuestros dioses.

~(Vase DANAO acompañado de algunos guardias.)~

CORO

Tú te has dirigido a mi padre, y ya sabe él a qué ha de acomodar su conducta; pero yo ¿qué haré? ¿Cómo proveerás a mi seguridad?

REY

Deja ahí esos ramos, ese emblema del dolor.

CORO

Y bien, ya los dejo, obediente a tus palabras y autoridad.

REY

Ahora retírate a aquel dilatado bosque.

CORO

¿Y qué defensa puede ofrecerme un bosque profano?

REY

No te entregaremos ciertamente a las aves de rapiña.

CORO

¿Y qué, si me entregas a hombres más aborrecibles que los crueles dragones?

REY

Hable bien el que es bien tratado.

CORO

No es maravilla que el temor que se alberga en nuestro pecho nos haga poco sufridas.

REY

Pero siempre se desconfía demasiado de los reyes.

CORO

Devuélvenos tú la alegría con tus palabras y con tus acciones.

REY

Vuestro padre no os dejará solas mucho tiempo. Yo convocaré a los Argivos y trataré de persuadir a la ciudad, y de ver cómo puedo ganarla en favor vuestro. Ya advertiré a tu padre lo que debe decir. Por tanto, espera aquí. Eleva tus preces a los dioses de Argos, y pídeles que se logren tus deseos. Yo marcho a disponerlo todo. ¡Asístanme la Persuasión y la Fortuna para alcanzar feliz suceso!

~(Vase con su acompañamiento.)~

CORO

¡Rey de reyes, santo de los santos, potestad altísima sobre todas las potestades, bienaventurado Zeus, escucha mis votos y haz que lleguen a cumplimiento! Aleja de nosotros a aquellos hombres insolentes; muéstrales tu justo enojo; hunde en las purpúreas olas del mar la nave fatal y sus negros remeros.

Mira por estas mujeres; mira por nuestro antiguo linaje, descendencia de una mujer que te fué cara. Renueva la memoria de tus amores; acuérdate bien cuando tu mano acariciaba la frente de aquella Io, por la cual nos gloriamos de ser oriundas de esta tierra donde nos amparamos hoy.

En ella estamos ahora marchando sobre los mismos antiguos pasos de mi madre. Aquí en los floridos campos y herbosos prados donde ella se apacentaba, siempre bajo los ojos vigilantes del pastor Argos; aquí de donde, perseguida por el tábano, huyó furiosa, atravesando pueblos y pueblos. Sumisa a su destino, pasa a nado el undoso estrecho, y demarca así entrambos continentes.

Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de perenne corriente, y la región de la opulencia, y el suelo consagrado a Afrodita, liberal en doradas espigas.

Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera.

Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba?

Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos...

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Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo sin tacha.

El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad.

¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel padre, primer autor de mi linaje; a aquel poderoso señor que con sola su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por quien viene todo remedio en los trabajos?

No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto se cumple lo que decreta su mente.

~(Sale DANAO.)~

DANAO

Ánimo, hijas. Nuestras cosas con los Argivos van bien. El pueblo todo ha votado por nosotros.

CORO

¡Salve, anciano padre mío, que tan gratas nuevas me anuncias! Pero dinos qué se ha decretado; qué resolución se llevó la mayoría del pueblo.

DANAO

Allí no hubo pareceres, sino que de modo fué que sentía yo remozarse mi vieja alma. El aire apareció como erizado de diestras que se alzaban de todo el pueblo argivo entero que a una voz sancionaba el decreto. Podremos vivir aquí libres, y sin que mortal alguno pueda reclamarnos, gozando del derecho de asilo: nadie, ni ciudadano ni extranjero, nos arrancará de estos lugares. Notado de infame será y desterrado por el pueblo, cualquier argivo que no acuda en nuestro socorro, si por ventura se tratase de usar de la fuerza. Tal fué la sentencia que en pro nuestro obtuvo el rey de los Pelasgos con su persuasiva palabra. “Cuidad, les decía, no amontonéis para lo porvenir sobre la ciudad de Argos la tremenda cólera de Zeus, que protege a los suplicantes. Ved que dos veces los agraviaríais por huéspedes y por ciudadanos, y que sería esto afrenta manifiesta de nuestra ciudad, y principio de males sin remedio.” Lo cual, así que el pueblo lo oyó, sin aguardar la voz del pregonero, todos los Argivos levantaron las manos, confirmando y ratificando lo que el rey decía. Los Pelasgos se dejaron mover de la palabra persuasiva que les hablaba; Zeus consumó la obra.

CORO

Ea, pues, respondamos con votos de bendición al bien que nos hacen los Argivos. Zeus hospitalario atiende a la verdad con que la lengua de esta huéspeda agradecida le ofrece tributo de honor y alabanza, para que nuestros votos todos alcancen cabal y felicísimo suceso.

Vosotros también, dioses hijos de Zeus, escuchad las preces que por este pueblo os dirigimos. Nunca jamás se vea presa de las llamas la ciudad de los Pelasgos, ni oiga el bárbaro y desapacible clamor de la pelea. Vaya Ares a segar hombres a otros campos. Porque se apiadaron de nosotras, y nos dieron voto favorable, y tuvieron respeto para estas suplicantes de Zeus, para este mísero rebaño.

No han desoído la demanda de unas débiles mujeres por sentenciar a favor de sus perseguidores, sino que pusieron la consideración en aquel vengador divino, celador de toda obra, en sus castigos inevitable. Imposible que techo ninguno pudiera resistir el peso de la divina venganza; ¡que es abrumadora pesadumbre! Pero han respetado nuestra sangre; han respetado a las que suplicaban en nombre de Zeus santísimo, y sus sacrificios serán puros y aceptos a los dioses.

Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su gallarda lozanía.

Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos. ¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra! ¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas!

Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos, y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos. Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva.

Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses! Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada.

¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que le manden provean siempre solícitos al bien común! Con el extranjero antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y quieran más satisfacer de justos que de vencidos.

Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima.

DANAO

Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre. Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, por si se retarda el socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que menosprecie a los dioses paga la pena que merece.

CORO

¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero de miedo, padre mío!

DANAO

¡Valor, hijas! Pues que los Argivos han decretado a tu favor, ellos pelearán por vosotras; estoy cierto de ello.

CORO

Son una procaz y malvada ralea estos hijos de Egipto, que no se hartan nunca de contiendas. Se lo estoy diciendo a quien lo sabe como yo. Por saciar su encono se han hecho a la mar con todas esas negras y bien trabadas naves, y con tal aparato de atezada y numerosa gente de armas.

DANAO

Con quien tendrán que habérselas son muchos en número también y de brazos endurecidos y curtidos por los rayos del sol del Mediodía.

CORO

No me dejes sola, padre; te lo suplico. Una mujer abandonada a sí sola, nada es. El valor de las batallas no se alberga en su corazón. Y ellos... ellos son impíos y de bien torcidos y bajos pensamientos, y no serás más respetuosos con las aras de los dioses que los cuervos.

DANAO

Lo cual ayudará a maravilla a nuestros deseos, hijas mías, pues que tan odiosos como a vosotras les serán a los dioses.

CORO

Por temor a esos tridentes ni a la majestad de estas imágenes no dejarán de poner manos en nosotras, padre; que son por demás soberbios e impíos esos rabiosos y desvergonzados perros, y se harán sordos a la voz de los dioses.

DANAO

Pero sabido es que los lobos pueden más que los perros. El fruto del papiro no aventaja a la espiga.

CORO

Con todo, guardémonos de su poder; que encierran en su pecho toda la rabia y crueldad de las bestias feroces.

DANAO

No es maniobra tan pronta la arribada y desembarco de una armada. No se hallan al paso los fondeaderos, ni en todo paraje se puede amarrar los cables sin peligro, ni así a la primera se fía a las anclas un patrón de nave; y más cuando se aborda a tierra donde no hay puertos. Al ponerse el sol y venir ya la noche, el timonel más experto se llena siempre de temores vivísimos, aunque se eche el viento y la mar duerma serena y en calma. Antes de encontrar fondeadero cómodo donde la armada pueda confiarse, la gente de mar no haría desembarco seguro. Piensa tú que el terror no te haga olvidar a los dioses, y pídeles su auxilio. Yo corro a avisar a la ciudad. No me desatenderá, porque viejo como soy, mi corazón y mi lengua son jóvenes todavía.

~(Vase.)~

CORO

¡Oh tierra montuosa, de mí con tanta justicia venerada! ¿Qué va a ser de nosotras? ¿Dónde refugiarme en esta tierra de Apis? ¿Habrá alguna sombría y caliginosa caverna donde nos ocultemos? ¡Que no me volviera yo negro humo para subir hasta las nubes de Zeus y allí desvanecerme; o bien, que no pudiese yo volar sin alas como el polvo y desaparecer en el aire!

¡Alienta, corazón, ten fuerzas para huír de aquí! Pero ¡ay! que mi corazón tan sólo las tiene para palpitar, cubierto con las negras sombras del espanto. Estos lugares, donde mi padre vió mi salvación, serán mi ruina. ¡Me muero de terror! Echémonos un lazo al cuello y quitémonos la vida antes que nos lleguen las manos de esos hombres abominables. ¡Antes muertas y sometidas al imperio caliginoso de Hades!

¡Quién me diera a mí un lugar en aquellos etéreos espacios donde la nieve se engendra en las acuosas nubes, o la escueta cima de altiva, tajada y áspera roca, que se pierde en las alturas; yerma, cerrada a las cabras, y sólo de los buitres apetecida! Siquiera me aseguraría caída de muerte, antes que pasar por un cruel himeneo que rechaza mi corazón.

Y luego, sea yo pasto de los perros y aves de esta tierra; no diré que no: el morir libra de lágrimas y males. ¡Venga la muerte antes que la consumación de esas bodas! ¿Dónde, si no, encontrar camino que de ellas me liberte?

¡Alza hasta el cielo tu triste voz; rompe en doloridas letanías que te alcancen de los dioses auxilio y remedio contra tus penas! Padre celestial, tú cuyos severos ojos aborrecen la iniquidad, mira la bárbara fuerza que se me hace. ¡Sé benigno con tus suplicantes, soberano señor de la tierra, Zeus omnipotente!

Porque los hijos de Egipto con insolencia intolerable corren tras de mí, y me persiguen y acosan con grandes voces por ver de lograrme, siquier tengan que usar de la fuerza. Pero sobre todo está el fiel de tu balanza. Sin ti ¡qué pueden los mortales!

¡Oh, oh, oh! ¡ah, ah, ah! ¡Nuestro raptor, que dejó ya la nave y saltó en tierra! ¡Así mueras a mi vista antes de llegar aquí, raptor inicuo! ¡Socorro, socorro! ¡Por todas partes se oyen mis gritos de terror y angustia! ¡Principios de los males y violencias que me aguardan, ya os veo! -- ¡Pronto, pronto, venid a favorecer nuestra huída! -- ¡Por tierra y por mar resuenan los brutales y odiosos alaridos de la lascivia de nuestros perseguidores, codiciosa de satisfacerse! ¡Protégenos, señor del universo!

~(Sale un HERALDO egipcio con acompañamiento de soldados.)~

HERALDO

¡Corriendo, corriendo, a las naves! ¡Pronto!

CORO

¡Bien, aquí nos tenéis! ¡Heridnos el rostro; maltratadnos; cortadnos la cabeza; derramad nuestra sangre toda!

HERALDO

¡Corre, infeliz, corre a la nave! ¡Ven conmigo por el dilatado espacio donde se agitan las saladas ondas! Cede por fin al deseo de tu señor y al poder de su férrea lanza. Bañada en sangre te arrojaré en la nave. Allí, tendida en el fondo, podrás gritar cuanto quieras. Ceda, mal que te pese, tu obstinada locura. ¡Lo mando!

CORO

¡Ay, ay de mí!

HERALDO

Deja esas aras; anda a la nave. Ven a adorar a los dioses que venera nuestro pueblo.

CORO

¡Nunca más vuelva yo a ver el almo río, el de las crecidas fecundantes, el de las aguas vivíficas que vigorizan la sangre de los hombres! Mi patria, anciano, mi antigua y sagrada patria es la tierra donde se alzan las aras de estos dioses.

HERALDO