Part 16
Obra es de mi amor a esta ciudad haber hecho que en ella pongan su habitación las potentes e implacables diosas cuyo destino es regir todas las cosas humanas. Pues el que no se granjea a estos terribles enemigos, no sabe qué calamidades le aguardan aún en la vida. Los pecados de sus mayores le arrastran hasta ellas; la muerte llega en silencio, y con sañuda crueldad le reduce a polvo cuando se jactaba de su fortuna.
CORO
Oíd lo que mi amor os desea. Que jamás la furia de los vientos pierda los árboles; ni los ardores del sol abrasen las plantas e impidan que se abran lozanos los pimpollos; ni la triste y estéril sequía os azote. Antes bien, que vuestros ganados se multipliquen, y a su tiempo os regalen con dobles crías; y que los ricos tesoros arrancados a las entrañas de la tierra honren la liberalidad de los dioses que os los dieron.
ATENA ~(a los AREOPAGITAS.)~
Ya habéis oído, custodios de nuestra ciudad, cuántas bendiciones llaman sobre vosotros. Mucho puede en verdad la veneranda Erinna con los dioses del cielo y con los que habitan las mansiones subterráneas, y bien se ve cómo dispone de la suerte de los humanos: a éstos les da cánticos y alegrías; a aquéllos una vida de sombras y lágrimas.
CORO
Alejaos de aquí, azotes que malográis a los hombres con prematura muerte. Dioses, de quienes penden los destinos de los mortales, dejad que las tiernas y amorosas doncellas gocen de las dulzuras de Himeneo; permitidlo vosotras también, oh divinas Moiras, hermanas mías de madre, que a cada cual recompensáis según sus obras, sin que haya lugar a que no asistáis, ni tiempo en que no hagáis sentir el peso de vuestras justas leyes; diosas honradísimas de todos los dioses.
ATENA
Al oírte pedir para mi pueblo con tanto amor dichas y bendiciones, me lleno de alegría. ¡Oh atractivos ojos de la Persuasión, y cuán merecedores sois de que yo os ame, pues que habéis velado por mi lengua cuando hablaba a quien con dura tenacidad se resistía a escucharme! Venció por fin Zeus, dios de la elocuencia, y nuestra causa, la causa del bien, alcanzó completa victoria.
CORO
Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas contiendas; sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas alegrías, y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres el remedio de sus mayores infortunios.
ATENA
¿No es verdad que, serena ya su razón, encontró por fin su lengua el camino de las bendiciones? Tengo para mí que de estas diosas de espantable catadura han de venir grandes ganancias a mi pueblo. Pagadles amor con amor; tributadles grandes honores, y la ciudad y toda su comarca verán pasar los tiempos en gloria y en justicia.
CORO
¡Salve, salve; los dioses os den felicidades y abundancia! Salve, pueblo de Atenas. Palas, la bien amada hija de Zeus, os mira con amor y habita a vuestro lado. Que no se desmientan nunca vuestras virtudes. Zeus honra a los mortales que Palas acoge bajo sus alas.
ATENA
Salve, también vosotras. Yo saldré delante para mostraros vuestra morada. Marchad al resplandor de las antorchas de ese religioso cortejo y en medio de las sagradas víctimas que os serán ofrecidas en sacrificio. Corred a vuestro templo subterráneo, y apartad de esta tierra la adversidad, y traed sobre ella la bienandanza y la victoria. Y vosotros, ciudadanos de Atenas, hijos de Cranao, guiad a las que vienen a habitar entre vosotros. ¡Ojalá que la ciudad recuerde siempre la memoria de tales beneficios!
CORO
Salve, salve, diré otra vez y otra; salve todos los que habitan en esta ciudad de Palas, dioses y mortales. Honrad con vuestro culto la vecindad que me habéis concedido y jamás tendréis que lamentar los reveses de la fortuna.
ATENA
Vuestros votos me colman de contento. Que el resplandor de las lucíferas antorchas os acompañe hasta los profundos lugares donde tenéis vuestro templo subterráneo. Vayan también mis sacerdotisas, piadosas guardas de mi sagrada imagen. Y vosotras, gloria y ornamento de la tierra de Teseo, cortejo insigne de doncellas y matronas; y vosotras, ancianas venerables, llegad todas luciendo vuestras vestiduras de púrpura y en las manos encendidas teas, y tributad así a estas diosas públicos honores porque su estancia entre nosotros se señale en las edades futuras con dichosa y perdurable bienandanza.
~(Vase.)~
CORTEJO
Marchad a vuestra morada, poderosas y venerables hijas de la Noche, castas vírgenes, acompañadas de este pueblo que os ama. Aplaudid, Atenienses.
Descended a esos antiguos y profundos antros donde recibiréis insigne culto de honores y sacrificios. Pueblo de Atenas, aplaudid todos.
Venid acá, venerandas diosas; sednos propicias. Mirad con amor a nuestra comarca, y recibid el agasajo de estas encendidas antorchas que arden en vuestro obsequio. Y nosotras acompañemos su carrera con alegres cánticos y gritos de regocijo.
Por siempre jamás ofrecerá en tu templo la ciudad de Palas libaciones y lucientes antorchas. Así lo concertaron la Providencia infinita de Zeus, y la Moira. Rompamos en cánticos de alegría y regocijo.
[Ilustración]
[Ilustración]
_LAS SUPLICANTES_
~(Aparecen el CORO DE DANAIDES, con ramos de suplicantes en sus manos, y DANAO.)~
CORO
Zeus que protege a los suplicantes, nos mire con piadosos ojos al tomar tierra en este puerto. Hicímonos a la mar en las arenosas bocas del Nilo, y dejamos aquella sagrada región, vecina a la Siria. Venimos huyendo. No nos destierra sentencia ninguna popular por sangre que no hemos derramado: huímos de los hijos de Egipto, por escapar a sus abominables, impías e incestuosas nupcias. Danao, nuestro padre, ha sido nuestro consejero y nuestro guía; él quien entre los males, resolviéndose por el más honroso, determinó que huyésemos sin tardanza, cruzásemos el mar y arribásemos a esta tierra de Argos, de donde desciende nuestro linaje: porque nos gloriamos de venir de aquel Épafo, a quien concibió con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, la becerrilla perseguida del Tábano. Y ¿a qué pueblo que nos fuese más amigo pudiéramos llegar en súplica con estos ramos vestidos de lana, que ostentan nuestras manos? ¡Oh dioses, señores de esta ciudad, y de sus campos y de las claras corrientes que los riegan; oh dioses del cielo, y vosotros los que ocupáis las sedes subterráneas, tremendos vengadores; y tú, Zeus, que guardas la morada del piadoso, acoged todos a estas mujeres que os suplican, y haced que las voluntades les sean favorables! Antes que la caterva insolente de los hijos de Egipto ponga el pie en esta arenosa playa, volvedlos al mar, a ellos y a sus remeras naves. Y allí perezcan asaltados por las olas embravecidas en deshecha borrasca de truenos, relámpagos y vientos, antes que hagan suyas a las hijas del hermano de su padre, y profanen con impía fuerza lechos de que la ley los rechaza.
Ven, novillo hijo de Zeus y de nuestra abuela la becerrilla que pacía la verde hierba de los prados; ven. Tú que fuiste concebido con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, cruza los mares y acude a nuestra venganza hoy que te invocamos. ¡Épafo! Así te llamaron del origen de tu nacimiento. Pasados los meses que pide la ley de naturaleza, Io te parió, y tu nombre confirmó la verdad de tu origen.
Aquí le pronunciaré yo en estas praderas, antiguamente visitadas de mi progenitora, y recordaré sus trabajos, y daré señales ciertas de mi linaje; las cuales bien que a los habitantes de esta tierra les parezcan inauditas, pero al fin han de comprender, si me atienden, que digo verdad.
Si pasa por aquí algún argivo que entienda el lenguaje de las aves, y oye nuestras tristes quejas, se imaginará estar oyendo la voz de la mísera esposa del pérfido Tereo; la voz de Filomela, perseguida por el gavilán.
La cual, arrojada de los campos y ríos de su querencia, da suelta al dolor en el lugar de su destierro, y junto con él llora la muerte de aquel hijo que entregó a sus manos homicidas el furor de una madre cruel y despiadada.
Así doy yo suelta a mis ayes, remedando la triste canturia jonia, y castigo este delicado rostro, que tostaron los aires del Nilo, mientras se ahoga el corazón con el peso de tantas lágrimas. Mi angustia es extrema; estoy temblando que mi huída de aquella serena región de Egipto ha de empeñar más a mis deudos en perseguirme.
Ea, pues, dioses de mi casa, escuchadme. Mirad por los fueros de la justicia; no dejéis que la iniquidad se consume, y si es verdad que sois aborrecedores de toda insolencia, sed justos con estas nefandas nupcias. Hasta el vencido en la guerra, si se acoge a vuestras aras, encuentra un asilo contra la fuerza del vencedor, y la majestad de vuestra divina grandeza le protege.
¡Quiera Zeus disponerlo así! ¡Inescrutable es tu voluntad, oh Zeus; mas a las veces muéstrase ella toda resplandeciente, aun en medio de las tinieblas obscuras, para negra desdicha de la raza de los humanos!
Lo que la mente de Zeus tiene decretado que suceda, jamás se tuerce ni se frustra, sino que llega a su fin por aquellos caminos dilatados del pensamiento divino, envueltos en espesas tinieblas, donde el ojo del hombre no pudo nunca penetrar.
Él precipita a los mortales en la sima de su perdición desde las altas torres de sus soberbias esperanzas, y sin hacer esfuerzo ninguno; que todo es llano y descansado para los dioses. Sentada la Mente divina en la cumbre del cielo, ejecuta desde allí todos sus designios sin moverse de su trono de gloria.
Eche, pues, desde la altura una mirada sobre la insolencia de los hombres. Vea a aquellos verdes mozos, cómo se encienden con el lascivo apetito de mis bodas; cual los ciega y enloquece el aguijón de su furioso y desenfrenado deseo, que no les deja un punto; y más, que ya habrán visto que salieron burlados sus malos intentos.
¡Ahí está la causa de mis males; las penas que me afligen, y me hacen romper en agudos gemidos, y derramar lágrimas! ¡Ay, ay de mí! En vida estoy celebrando mis honras con estos funerarios plañidos que tan bien sientan a mi dolor. ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten, y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.
En los días de bienandanza, cuando la muerte se aleja de nosotros, ofrécense a los dioses sacrificios en acción de gracias por sus bondades. Pero ¡ay de mí, ay de mí triste, que mis males no tienen fin! ¿Adónde me arrastrará el mar de mis infortunios? ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.
Cierto que el leñoso edificio que arman linos y remos me guardó de las olas, y favorecido de los vientos me trajo aquí sin haber pasado por los horrores de la borrasca. No me quejaré, pues, de mi fortuna. ¡Pero quiera el Padre omnividente mostrársenos propicio hasta el fin, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí!, pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos, y queden libres y doncellas!
Casta hija de Zeus, tú cuya serena mirada no hay poder que la turbe, míranos piadosa, y defiéndenos de los que nos persiguen. Virgen, sé el amparo de estas vírgenes, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí! pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos y queden libres y doncellas.
Donde no, si no hallamos amparo en los dioses del Olimpo, lazos hay de qué colgarnos, y una vez muertas nos encaminaremos a aquellas negras y profundas mazmorras, en que el rayo precipitó a los hijos de la Tierra, y nos postraremos ante el Zeus de los muertos, huésped que a nadie rechaza, presentándole nuestros ramos de suplicantes. ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.
Graves palabras tendría que sufrir Zeus, nada dignas de su majestad, si menospreciando a las hijas de la becerrilla, después de haber sido su primer padre, apartase ahora los ojos de nuestras súplicas. ¡Oiga de las alturas donde habita, esta voz que le implora! ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.
DANAO
Obremos con prudencia, hijas; Pues que la experiencia de vuestro anciano padre fué el fiel piloto que os encaminó hasta aquí, ya que estamos en tierra, os recomiendo que seáis prudentes y grabéis mis palabras en la memoria. Estoy viendo una nube de polvo, muda mensajera de un ejército; oigo el rechinar de los cubos de las ruedas, que nada silenciosas giran sobre los ejes, y diviso multitud de peones armados de escudos; y lanzas que se agitan; y corceles, y redondos carros de guerra. Por ventura, serán los príncipes de la comarca, que avisados de nuestro arribo, vienen a nosotros a verlo por sus propios ojos. Ya vengan de paz, ya mueva a esa gente alguna cruel y airada resolución, lo mejor será, oh hijas, que a todo evento nos refugiemos en esa colina consagrada a los dioses públicos de este pueblo; que un ara vale más que una torre: es un escudo impenetrable. Ea, pues, id lo más pronto que podáis; ¡al punto! Mostrad reverentes en vuestras manos esos ramos suplicantes, vestidos de blanca lana, alegría del venerando Zeus; y a vuestros huéspedes respondedles lo que haya que responder, con modestia y en tono que les mueva a lástima: en fin, cual conviene a quienes llegan a suelo extraño. Explicadles bien cómo vuestra huída no fué por sangre ninguna que hubieseis derramado. Nada de arrogancia en vuestro acento: el semblante honesto, la mirada apacible, y todo vuestro ademán dulce y mesurado. Mucho comedimiento en las palabras, y nada de discursos prolijos: cosa a los de esta tierra aborrecidísima. Acuérdate que hay que ceder; que eres una extranjera fugitiva y necesitada, y que a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería.
CORO
Hablaste de prudencia, padre, a quienes saben tenerla. Procuraremos guardar en la memoria tus discretos consejos. ¡Mire por nosotras Zeus, padre de nuestro linaje!
DANAO
No estéis ahí ociosas; apresuraos a poner por obra vuestro intento.
CORO
Quisiera estar ya a tu lado y sentada al pie de ese trono.
DANAO
¡Oh Zeus, compadécete de nosotros antes que sucumbamos a nuestros males!
CORO
Él nos mire con ojos de piedad; que si él quiere, todo acabará bien.
DANAO
Invocad ahora a ese ave de Zeus.
CORO
¡Saludables rayos de Helios, nosotras os invocamos! ¡Casto Apolo, dios que en otro tiempo te viste desterrado de la mansión celeste, compadécete de nosotras como quien sabe lo que es tal desventura!
DANAO
¡Sí, él se compadezca de nosotros y nos acuda propicio!
CORO
¿Y a cuál de estos otros dioses invocaré además?
DANAO
Ahí tienes el tridente, atributo de Poseidón.
CORO
¡El que nos trajo con bien a esta tierra, nos reciba en ella piadoso!
DANAO
Este otro es Hermes, según le presenta la tradición entre los Helenos.
CORO
¡Sea para nosotros mensajero de libertad y bienandanza!
DANAO
Rendid culto a todos los dioses que tienen aquí un altar común. Acogeos al lugar santo bandada de palomas espantada por voladores gavilanes, por enemigos incestuosos, afrenta de su propia raza. Ave que devora a otra ave ¿cómo quedará pura? ¿Cómo quedar puro tampoco quien fuerza a una virgen, y a pesar de ella y de su padre la desposa? Quien tal hiciese, ni aun después de muerto en el mismo infierno escapará al castigo de su temeraria culpa. Sabido es que ahí hay otro Zeus que juzga sin apelación los delitos de los que murieron. Considerad bien lo que os digo, y responded de esta suerte porque tengáis buen suceso en este trance.
~(Sale el REY con acompañamiento de guardias.)~
REY
¿De dónde podremos decir que sois, extranjeras, que así venís tan lujosamente aderezadas, con esas túnicas y esos velos a estilo bárbaro? Porque ese no es el traje de Argos ni de ningún otro de los pueblos de la Hélade. Pues cómo os habéis atrevido a llegar con intrépida resolución a esta comarca, sin mensajeros que os anuncien, ni huéspedes que os amparen, ni guías que os encaminen, cosa es también que verdaderamente asombra. Veo junto a vosotras unos ramos de suplicantes, depositados en las aras de los dioses de nuestra ciudad; sois, pues, suplicantes, y esto es sólo lo que Grecia afirmaría que ha comprendido; pero en lo demás pudieran hacerse con razón muchas conjeturas si yo no hubiese venido aquí y vosotras no tuvieseis palabra que me explicara todo vuestro suceso.
CORO
Bien has dicho acerca de mi traje. Pero ante todo, ¿estoy hablando con un ciudadano, o con algún sacerdote, custodio de los templos, o con el Jefe de la ciudad?
REY
Por lo que a eso hace, descuida, y responde a mis preguntas: explícate sin temor ninguno. Porque yo soy Pelasgo, rey de esta comarca, hijo del terrígena Palectón. El pueblo que posee esta tierra y coge sus frutos, son los Pelasgos, que como es razón, toman su nombre de mí que los gobierno. Domino en toda la región que atraviesa el sagrado Estrimonio al poniente, y encierro dentro de mis fronteras la tierra de los Perrebos, y las que hay más allá del Pindo, aledañas de los Peonios, y los montes de Dodona. De la otra parte tengo por límites las aguas del mar. Tales son mis dominios. De antiguo se llama a este suelo comarca de Apis, en honor del médico Apis, hijo de Apolo, a la vez médico y profeta, el cual de las playas de Naupactia vino aquí y limpió nuestros campos de aquellas alimañas que devoraban a los hombres, las cuales había arrojado de sí esta tierra manchada con antiguos delitos; y de las bestias fieras, y de la multitud de dragones que nos hacían vecindad terrible. Y porque Apis con sus remedios nos libró de nuestros males y exterminó los monstruos, mereció de los Argivos tributo de alabanza, y que siempre hagamos memoria de él en nuestras preces. Ya que sabes de mí quién soy, puedes decirme tu linaje y proseguir tu historia; mas te advierto que mi ciudad no es aficionada a discursos largos.
CORO
Breve y clara será la respuesta. Nosotras nos gloriamos de ser de raza argiva; de la sangre de aquella becerrilla que tuvo nobilísimo hijo. Esta es la verdad, que estoy pronta a probar cumplidamente.
REY
¡Oh extranjeras! no puedo creer lo que decís sobre que sois de nuestra raza argiva. Más bien parecéis mujeres de la Libia; pero en manera ninguna de nuestro país. El Nilo debe haber sido quien crió planta tal, porque tenéis todo el sello que en el molde de sus mujeres imprimen a sus obras los maridos Ciprios. He oído también que los Indios nómadas, que viven vecinos a los Etíopes, se valen de camellos que a la vez les sirven de cabalgaduras y bestias de carga. Y aun si fueseis armadas de arcos, de cierto que os tomaría por aquellas Amazonas que dicen que viven sin maridos y se alimentan de carne cruda. Pero vosotras me enteraréis de todo, y así podré saber cómo es que sois de sangre y procedencia argiva.
CORO
Se cuenta que Io, que fué en otro tiempo custodia del templo de Hera, nació en este suelo de Argos; aquella de la cual habrás oído tantas veces...
REY
Que mortal como era ella, Zeus buscó sus favores. ¿No es esto?
CORO
Sí, y por el pronto su comunicación fué a hurto de Hera.
REY
Y después, ¿en qué paró la celosa desavenencia del Rey y la Reina del Olimpo?
CORO
La diosa de Argos convirtió a la mortal en becerrilla.
REY
Hecha una becerrilla y ceñida de cuernos su frente, ¿se llegó a ella todavía Zeus?
CORO
Sí. Dicen que tomando la forma de un toro en celo.
REY
¿Qué hizo a esto entonces la severa esposa de Zeus?
CORO
Puso a la becerrilla guarda tal que todo lo viese.
REY
Y ese pastor omnividente, puesto para guardar una sola vaquilla, ¿quién era?
CORO
Argos, hijo de la Tierra, que fué muerto por Hermes.
REY
¿Qué otra cosa dispuso Hera contra la mísera becerrilla?
CORO
Esa mosca zumbadora que pica a los bueyes y los espanta, a la cual llaman tábano en la ribera del Nilo.
REY
¿Y fué persiguiéndola desde su patria durante una larga carrera?...
CORO
Cabalmente; eso mismo iba a decir yo.
REY
Y llegó a Canopos, y hasta Menfis.
CORO
Y Zeus con sólo tocarla con la mano la hizo madre.
REY
¿Quién fué el que pudo llamarse novillo hijo de Zeus y de una becerrilla?
CORO
Épafo, con razón llamado así del precio a que su madre se libró de sus trabajos.
REY
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
CORO
Libia, poseedora de la más grande porción de la tierra.
REY
Y ella ¿qué descendencia tuvo?
CORO
Belo, que tuvo dos hijos; uno de los cuales fué el padre de este mi padre que ves aquí.
REY
Dime el nombre de este mortal venerable.
CORO
Danao, y su hermano es padre de cincuenta hijos.
REY
Dime también su nombre.
CORO
Egipto. Y ya que conoces mi linaje, haz conmigo de modo que saques de su miserable infortunio a esta familia argiva hoy perseguida.
REY
Ya veo que vuestro linaje procede de esta tierra. Cierto. Mas ¿cómo os atrevisteis a dejar vuestra patria? ¿Qué golpe de fortuna os sobrevino?
CORO
Rey de los Pelasgos; muchos y varios son los males de los hombres. ¡Ojalá no veas jamás el infortunio tendiendo hacia ti sus alas! ¿Quién se hubiese imaginado nunca esta huída inesperada, ni que habíamos de arribar a esta tierra de Argos, de donde somos oriundas, por escapar a unas bodas aborrecidas?
REY
¿Qué pides ahí postrada delante de los dioses de nuestra ciudad? ¿Por qué esos verdes ramos de suplicantes, orlados de blanca lana?
CORO
Por no verme esclava de los hijos de Egipto.
REY
¿Es que los odias, o que huyes de cometer un crimen?
CORO
¿Y quién ha de querer comprar con su dote un pariente para haber de servirle después?
REY
Así se acrecienta entre los mortales el lustre y fortuna de una casa.
CORO
¡Y así a lo menos fácilmente se remedian los que no son bien heredados!
REY
Pero, en fin, ¿qué he de hacer yo en pro vuestro para satisfacer a la amistad?
CORO
Si los hijos de Egipto nos reclaman, no entregarnos a ellos.
REY
Grave es lo que dices; acaso provocar una guerra.
CORO
Pero la justicia sostendrá a mis defensores.
REY
Cierto, si desde luego estuvo con vuestra causa.
CORO ~(señalando el altar.)~
Teme a esta popa de la ciudad que coronan nuestros ramos.
REY
Tiemblo al ver esos ramos dando sombra a las aras de nuestros dioses.
SEMICORO
¡Pesado es, en verdad, el enojo de Zeus; del dios que vela por los suplicantes!
CORO
Hijo de Palectón, rey de los Pelasgos, escúchame con benevolencia. Mírame postrada ante ti, fugitiva y errante como vaquita perseguida del lobo, que se sube a las rocas escarpadas, y desde allí avisa con sus mugidos al pastor el peligro en que se halla, esperando que la acorra.
REY
Estoy viendo todas estas tiernas doncellas acogidas a la sombra de esos verdes ramos con que imploran protección en nombre de nuestros dioses tutelares.
¡Ojalá sea sin daño para nosotros la venida de estas oriundas de Argos, que hoy solicitan su hospitalidad, y que no nos traiga alguna guerra este improviso y no esperado suceso! ¡Que Argos no tiene necesidad ahora de tales aventuras!
CORO
Vuelva a mí sus ojos la diosa Themis, patrona de los suplicantes e hija de Zeus, distribuidor de todo bien; proteja mi huída que no manchó crimen ninguno. Y tú, anciano, aprende lo que te avisa una tierna doncella. Sé piadoso con quienes te suplican, y no padecerás reveses de la fortuna; que siempre fueron aceptas a los dioses las ofrendas de un corazón puro...
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
REY