Part 15
Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación, ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha. Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierras y mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje, al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató, envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias, que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen; con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato.
ATENA
El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte, éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los ligaré con juramento, y constituiré tribunal que dure para siempre. Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia sin apartarse un punto del juramento que prestaren.
~(Vase.)~
CORO
Si vence la causa de este parricida, su crimen, nuevas leyes habrán trastornado bien pronto el orden del mundo. Todos los mortales se encontrarán sueltos y expeditos para lanzarse a igual atentado. ¡Qué de golpes, no imaginarios sino verdaderos, esperan en adelante a los padres de mano de sus hijos!
Ya no perseguirá los delitos la cólera de estas Furias que estaban siempre con atentos ojos sobre los hombres. Dejaremos correr todo crimen. Cada cual se quejará de las maldades de los suyos y buscará por todas partes el fin de sus penas o su alivio; pero no hallará remedio seguro, y en vano será que el afligido pida consuelo.
Vosotros, los heridos de la desgracia, no nos invoquéis más; no gritéis: ¡oh justicia, oh trono de las Erinnas! Así clamarán de aquí a poco los padres y las madres entre lastimeros gemidos que les arrancará su infortunio; pero cuando ya el templo de la Justicia se derrumba.
A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza?
No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos. Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.”
Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a acogerse a su casa.
De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz; jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo: cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas.
En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes, llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla. Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un recuerdo.
~(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)~
ATENA
Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en justicia la causa que se nos ha sometido.
~(Sale APOLO.)~
CORO
Dios Apolo, manda en lo que tienes bajo tu imperio; ¿qué te interesa a ti este negocio? ¡Di!
APOLO
Vengo a dar mi testimonio. Este hombre llegó suplicante a mi templo, y se acogió a mis aras, y yo le purifiqué. Con él debo ser procesado, pues que yo tengo la culpa de la muerte de su madre. Atena, abre el juicio con las formalidades que tan bien conoces, y sigue la causa.
ATENA
Se abre el juicio. Vosotras tenéis la palabra. El acusador es quien debe hablar primero y exponer conforme a derecho los puntos de su querella.
CORO
Muchas somos, mas con todo ello hablaremos poco y breve. ~(A ORESTES.)~ Tú contesta extremo por extremo conforme vayamos preguntándote. En primer lugar di si mataste a tu madre.
ORESTES
La maté. No podría negarlo.
CORO
Bueno. De las tres caídas del lidiador ya tenemos una.
ORESTES
Todavía no he caído para que te jactes así.
CORO
Respóndeme ahora a esto: ¿cómo la mataste?
ORESTES
Respondo. Esta mano la clavó el hierro y la degolló.
CORO
¿Quién te lo aconsejó? ¿Quién te movió a ello?
ORESTES
Los oráculos de este dios. Él dará testimonio.
CORO
¡Qué! ¿El dios profeta te había de inducir a matar a tu madre?
ORESTES
Y hasta aquí cierto que no tengo que acusar a mi fortuna.
CORO
Si la votación te es contraria, pronto mudarás de parecer.
ORESTES
Espero confiado. Mi padre me auxiliará desde el sepulcro.
CORO
¡Confía en los muertos, matador de tu madre!
ORESTES
Sobre ella había caído la mancha de un doble crimen.
CORO
¿Cómo? Demuéstralo ante los jueces.
ORESTES
Al matar a su marido mató a mi padre.
CORO
Y ¿qué? Tú vives aún, mientras que ella pagó ya con la muerte.
ORESTES
Y ¿por qué no la perseguiste en vida?
CORO
Ella no era de la misma sangre del hombre a quien mató.
ORESTES
Pues ¿yo soy de la misma sangre de mi madre?
CORO
Pues ¡malvado! ¿cómo si no te alimentó en sus entrañas? ¿Renegarás de la sangre amadísima de una madre?
ORESTES
Apolo, depón ya tu testimonio. Ven y di si la maté en justicia. Que lo hice no lo negaré; así es la verdad; pero dinos si en tu sentir fuí justo al verter su sangre o no. Decide tú para que yo pueda responder.
APOLO
Yo declaro ante vosotros, augusto tribunal de Atena, que este hombre obró en justicia. Mis profecías no engañan. Jamás desde mi vatídico trono dije a hombre ni a mujer ni a ciudad ninguna, cosa que no me dictase Zeus, el padre del Olimpo. Cuanta sea, pues, la fuerza de nuestro derecho, yo os recomiendo que lo consideréis, y que acatéis el decreto de mi padre; que no hay juramento ninguno que pueda prevalecer contra Zeus.
CORO
¡Así pues a lo que tú dices, Zeus fué quien te dictó ese oráculo de ordenar aquí a Orestes que vengase la muerte de su padre sin tener en nada el amor y reverencia de una madre...!
APOLO
Mayor que no igual crimen es hacer que muera un varón generoso a quien Zeus había honrado con el cetro; y que muera a manos de su esposa y no en leal combate al golpe de un dardo como los que disparan las Amazonas, sino... Lo diré para que lo oigas, oh Palas, y vosotros jueces que con vuestros votos habéis de sentenciar esta causa. Volvía él de la guerra, donde había dado felice cima a grandes hazañas; acógele ella con amoroso semblante, condúcele al baño, y cuando ya se disponía a salir de él, en el mismo punto y término ella le echa encima con artero golpe un ancho velo, y así envuelto en aquella red le hiere de muerte. Expuesta queda a vuestra consideración la suerte infortunada del más augusto de los príncipes; de aquel soldado que capitaneó la armada griega. Os la he contado tal como fué, para mover a justa cólera a este pueblo que ha de dictar sentencia.
CORO
Según tu dicho, Zeus gradúa de más grave que todo otro crimen el homicidio de un padre; y sin embargo él aherrojó entre cadenas a su anciano padre Cronos. ¿Cómo no ves aquí la contradicción de tus palabras? Pero vosotros lo habéis oído; yo daré fe.
APOLO
¡Oh monstruos, de todos abominados y de los dioses aborrecidos! Se pueden romper las cadenas: remedios tiene la esclavitud; hay muchos caminos de recobrar la libertad. Pero una vez muerto un hombre, y que el polvo se traga su sangre, ya no hay resurrección para él. Contra la muerte no inventó mi padre encantamientos; él que gobierna y muda todas las cosas, y las humilla y las ensalza sin fatigarse del esfuerzo.
CORO
¿Cómo defiendes su absolución? Considéralo. Este hombre regó la tierra con la sangre de su madre, con la sangre que corre por sus venas: y ¿ha de ir después a Argos y ha de habitar la casa de su padre? ¿A qué aras públicas se atreverá él a acercarse? ¿Qué cofradía habrá que le reciba a sus ceremonias y lustraciones?
APOLO
También contestaré a esto; reconoce tú la verdad de mis razones. No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y le guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Te daré la prueba de mi proposición. Se puede llegar a ser padre sin necesidad de madre, y de ello aquí tenemos un testigo, la hija de Zeus Olímpico, que no se nutrió en las tinieblas de materno seno; pero criatura cual diosa ninguna hubiese podido engendrarla. ~(A ATENA.)~ En cuanto a mí, ¡oh Palas!, yo engrandeceré a tu ciudad y pueblo, como sé hacerlo; yo que envié a mi suplicante a tus aras para que en todo tiempo fuese tu amigo fiel, y por que te le granjeases por aliado, oh diosa, a él y a sus descendientes. ¡Así se mantenga y se ratifique esta alianza para siempre en las futuras edades!
ATENA
La causa está ya bastante dilucidada; consultad, pues, con vuestra conciencia, oh jueces, y votad en justicia.
APOLO ~(a los jueces.)~
Atended a lo que habéis oído, y al dar vuestros votos, oh huéspedes míos, respetad en vuestro corazón el juramento que prestasteis.
ATENA ~(al CORO.)~
Y ahora, ¿qué he de hacer yo para que no tengáis que acusarme jamás?
CORO
Yo he disparado todas mis fechas, y espero a ver cómo se decide el combate.
ATENA
Ciudadanos de Atenas, que vais a juzgar por primera vez en causa de sangre, mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces. Se asentará en esta colina donde acamparon las Amazonas y pusieron sus tiendas cuando con ejército poderoso vinieron en son de guerra contra Teseo y su recién edificada ciudad, y frente de sus torres alzaron otras torres. En este lugar ofrecieron sacrificios al dios Ares, con que esta roca tomó el nombre de Areópago, y aquí velarán por los ciudadanos el respeto y el temor, igual de día que de noche, y contendrán la injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes: que si mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente, no encontraréis después dónde beber. Oíd mi consejo, ciudadanos que habéis de mirar por la república: no rindáis culto a la anarquía ni al despotismo; pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor no hay hombre justo. Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia la majestad de este senado, porque así tengáis un baluarte defensor de vuestra ciudad y patria, cual no lo tiene pueblo en el mundo, ni se hallaría entre los Escithas ni en la tierra de Pélope. Yo os doy un tribunal que nadie podrá cohechar; venerando, severo, guarda de esta ciudad, que velará por los que duermen. Sirvan en lo venidero a mis ciudadanos estas advertencias que les dirijo. Y ahora levantaos, y dad vuestro voto, y sentenciad esta causa con respeto a vuestros juramentos. He dicho.
CORO
Os aconsejamos que no nos tratéis con menosprecio; que pesaríamos harto gravemente sobre vuestra tierra.
APOLO
Y yo os mando que respetéis mis oráculos, que son los de Zeus, y no hagáis que salgan vanos.
CORO
No te cuides de causas de sangre que no son de tu incumbencia, pues, si te obstinas, ya no habrá más santidad en tus oráculos.
APOLO
¿Por ventura erró mi padre al escuchar las súplicas de Ixión, el primer homicida?
CORO
¡Palabras! Si no obtengo justicia ya me haré yo sentir en este suelo.
APOLO
Tú eres despreciada de los nuevos dioses y de los viejos. Yo soy quien venceré.
CORO
Tales fueron también tus hazañas en el palacio de Feres. Tú persuadiste a las Moiras a hacer inmortales a los hombres.
APOLO
¿Y no es justo hacer beneficios a quien nos honra, y más cuando se halla necesitado?
CORO
Tú derribaste todo el edificio de las antiguas leyes engañando con vino a aquellas viejas deidades.
APOLO
Pronto vas a ser vencida en juicio. Vomita entonces tú ese veneno, que no inquietará mucho a los que aborreces.
CORO
¡Dios nuevo! ¿Tú pisoteas a estas antiguas diosas? No obstante esperaré a oír la sentencia, y en tanto no descargaré mi cólera sobre la ciudad.
APOLO
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ATENA
Eso me toca a mí dar mi voto la última. Este es mi voto, que añadiré a los que haya en favor de Orestes. Yo no nací de madre, y, salvo el himeneo, en lo demás amo con toda el alma todo lo varonil. Estoy por entero con la causa del padre. No ha de pesar más en mi ánimo la suerte de una mujer que mató a su marido, al dueño de la casa. Orestes vencerá aun en igualdad de votos por entrambas partes. Al punto, vaciad las urnas y contad los votos, jueces a quienes está encomendado este cargo.
ORESTES
¡Oh Febo Apolo! ¿cómo se fallará la causa?
CORO
¡Oh negra Noche, madre mía! ¿no ves esto?
ORESTES
No es menos para mí que echarme un dogal al cuello o ver por fin la luz.
CORO
Ni para nosotras que perecer o conservar nuestros honores.
APOLO
Contad bien los votos al sacarlos, huéspedes míos, y en el escrutinio, respeto a la justicia. Un voto que falte sería una gran desgracia; un voto más puede levantar una familia de su abatimiento.
ATENA
Este hombre queda absuelto de su delito: el número de votos es igual por ambas partes.
ORESTES
¡Oh Palas! ¡tú has salvado mi casa; tú me restituyes aquella patria de que yo estaba privado! Y dirán los Helenos: ahí tenéis a ese hijo de Argos que ha recobrado la posesión de la hacienda de sus padres, gracias a Palas y a Loxias, y a aquel Autor sumo de todas las cosas, su tercer salvador. ¡Sí, Zeus, tú eres quien me salva; tú, que al ver a estas abogadas de mi madre, recordaste con horror la impía suerte de mi padre! Marcho ya a mi patria, jurando a esta comarca, jurando a tu pueblo que nunca jamás en los siglos de los siglos príncipe alguno de Argos vendrá aquí en son de guerra, pues donde no contra los que así quebrantaren los juramentos que yo hago, nosotros mismos desde el sepulcro, donde entonces yaceremos, pondrémosles dificultades tan invencibles; tan triste haremos su camino y tan infaustos sus pasos, que les pese de su empresa. Mas si con fidelidad los guardaren, y en paz y en guerra acuden siempre con su alianza a esta ciudad de Palas, les seremos propicios. ¡Salve, oh diosa! y tú, pueblo de Atenas, ¡ojalá que tus enemigos no puedan escapar jamás de tus golpes, y que seas siempre salvo y vencedor!
~(Vanse APOLO y ORESTES.)~
CORO
¡Ay, dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo, la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres. ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis!
ATENA
Creedme a mí, y no lo llevéis así con ese llanto. No habéis sido vencidas. Salió igual número de votos por ambas partes, con toda buena fe y no para tu afrenta. Pero había claros testimonios de la voluntad de Zeus; el mismo dios que pronunció el oráculo, salió por fiador de él. Bien que autor de su delito, Orestes no debía llevar pena. No os irritéis pues; no queráis descargar vuestra cólera sobre esta tierra ni hacerla estéril; no derraméis sobre ella la baba de vuestro furor, que implacable corroe todo germen de vida. Yo os prometo solemnemente que tendréis en este suelo un templo donde moréis, y ricos tronos junto a vuestras aras, donde seáis honradas de los ciudadanos de Atenas.
CORO
¡Ay dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! ¡Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres! ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡Cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis!
ATENA
Nadie os ha menospreciado. No os irritéis tanto, oh diosas, ni vayáis a infestar de males sin remedio esta tierra habitación de los mortales. Por mi parte, cuento con el poder de Zeus, y ¿a qué decir más? Yo sola entre los dioses conozco las llaves del sellado tesoro donde se guarda el rayo. Pero nada de esto se necesita, pues, atenta a mis razones, no querrás tú arrojar sobre este suelo el fruto maléfico de tu lengua, del cual toda triste calamidad se engendraría. Calma las negras oleadas de tu amarga cólera, y aquí serás honrada y venerada; y aquí habitarás conmigo; y en natalicios e himeneos recibirás en ofrenda las primicias de esta dilatada comarca, y por siempre celebrarás mi consejo.
CORO
¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían.
ATENA
Tolero tus arrebatos porque tienes más años que yo. A no dudar, tú eres mucho más sabia, aunque también a mí me concedió Zeus no pensar del todo mal. Si marcháis a extrañas regiones, ya echaréis de menos esta tierra; yo os lo predigo. Porque correrán los tiempos, y cada vez serán más gloriosos para mi pueblo. Y tendríais venerando altar junto al templo de Erecteo, y allí recibiríais de hombres y mujeres en las grandes fiestas honores cual de ningún otro mortal del mundo podríais obtener jamás... No arrojes, pues, en este suelo, que es mío, el aguijón sangriento de tus odios que corrompan las entrañas de la juventud y la abrasen en furiosa ira, y sin vino la perturben y embriaguen. No siembres la discordia en el corazón de mis ciudadanos, porque no se empeñen entre sí como los gallos en impías y feroces luchas. La guerra... con el extranjero y no larga. Allí es donde el amor a la gloria es noble y generoso: ¡no se llame guerra a una riña de aves domésticas! Acepta lo que te ofrezco, que te está bien aceptarlo. Haz bien, y bien recibirás, y serás grandemente honrada, y poseerás conmigo esta tierra predilecta de los dioses.
CORO
¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían.
ATENA
No me cansaré de aconsejarte bien, porque no digas nunca que las antiguas diosas salisteis de esta tierra, arrojadas de ella con desprecio por una diosa más joven que vosotras y por los mortales que habitan la ciudad. A poder algo contigo la dulce e irresistible fuerza de la persuasión; si mis palabras fuesen poderosas a calmarte y ablandarte, aquí te quedarías. Mas si no quisieres quedarte aquí, no por ello sería justo que descargases sobre esta ciudad tu furioso encono, ni que hicieses a mi pueblo daño ninguno; pues que en ti está poseer conmigo esta tierra, y ser en ella dignamente honrada.
CORO
Diosa Atena, ¿qué morada dices tú que tendría yo?
ATENA
Una donde jamás hallaría asiento el infortunio. Acéptala pues.
CORO
Y ¿qué honores me esperan si acepto?
ATENA
No habrá casa que pueda prosperar sin ti.
CORO
¿Tanto harás tú que sea mi poder?
ATENA
Levantaré hasta la cumbre de la fortuna a quien te rindiere culto.
CORO
¿Y me prometes que así será en todo tiempo?
ATENA
Yo no prometo jamás lo que no he de cumplir.
CORO
Siento que me ablandas y que desecho todo mi rencor.
ATENA
Corre, pues, a los que acabas de ganarte por amigos.
CORO
¿Qué bienes quieres tú que pida en mis cánticos para este pueblo?
ATENA
Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes. Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se dañe con la mala hierba de los malos. Tal es lo que te incumbe. A mí toca no permitir jamás que esta ciudad vencedora deje de llevarse nunca entre los hombres el honor y lauro del triunfo en los más gloriosos combates.
CORO
Sí; acepto habitar en compañía de Atena. No he de menospreciar yo ciudad donde moran el omnipotente Zeus y Ares, y que es alcázar fortísimo de los dioses, honor y contento de las deidades griegas y baluarte de sus aras. A la cual mi amorosa voluntad le desea, le predice que los espléndidos rayos del sol han de hacer brotar de la tierra en abundosa copia cuantos frutos hacen afortunada la vida.
ATENA