Part 12
¿Y para mí? Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. Diríase que dardo agudísimo me ha traspasado de parte a parte. Abrasadas y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. Porque ¿cómo imaginarme que este rizo pertenece a ninguno de la ciudad? Y la homicida no pudo ser que viniese a ofrecerle su propia cabellera... No, no pudo ser mi madre, que desmiente este nombre con el odio impío que abriga contra sus hijos. Cómo pueda decir yo y afirmar que esa ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes... yo no lo sé, y sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. ¡Ay! ¡Que no tuviese este rizo la clara voz de un mensajero y me sacase de estas ansias y perplejidades! Que entonces, a saber yo de cierto que había sido cortado de cabeza enemiga, yo le arrojaría de mí; pero si era de aquel que es de mi sangre, conmigo lloraría, conmigo vendría a honrar y reverenciar la tumba de mi padre. Invoquemos a los dioses, que ven en qué borrascoso mar fluctúa la nave de nuestra alma. Y si de ello ha de salir un salvador, que esta menuda semilla eche raíz profunda. -- ¡Otro indicio! ¡Y aquí no hay duda! Son pisadas e iguales a las que marcan mis pies. Mirad: dos huellas diferentes; esa es de algún compañero de viaje y esta la suya. El talón, los dedos, el contorno del pie, todo lo mismo que el mío. ¡Qué desfallecimiento! ¡qué angustia siente mi alma!
ORESTES ~(dirigiéndose a ELECTRA.)~
Pide a los dioses, a quienes invocas, que se te cumpla así todo lo demás que deseas.
ELECTRA
Pues ¿he alcanzado yo algo de los dioses?
ORESTES
Aquel por quien ha poco rezabas, está delante de tus ojos.
ELECTRA
Y ¿a qué mortal me viste que llamase yo?
ORESTES
Sé que por Orestes apasionadamente suspiras.
ELECTRA
Pero... ¿qué alcanzaron mis ruegos?
ORESTES
Yo soy Orestes. No esperes tener amigo más fiel que yo.
ELECTRA
¡Extranjero! ¿es que quieres tenderme un lazo?
ORESTES
A mí sería a quien me le tendiera.
ELECTRA
¡Quieres burlarte de mis males!
ORESTES
¡Burlárame de los míos a burlarme de los tuyos!
ELECTRA
¡Orestes! ¿Es, pues, Orestes a quien estoy hablando?
ORESTES
¡Me estás viendo y no acabas de conocerme! ¡Tú, que ha un instante, al ver esa prenda de mi amoroso duelo, ese rizo de mis cabellos, tan parecido a los tuyos, y al comparar tus pisadas con mis pisadas, te enajenabas de alegría y ya te imaginabas que me tenías delante de tus ojos! Acerca ese rizo a la melena de donde le he cortado y fíjate bien. Mira esta tela, que labraron tus manos, y las figuras de animales que en ella tejió tu lanzadera... Repórtate y no te alborote la alegría. Ya sé que aquellos que debían amarnos más, son hoy nuestros mortales enemigos.
ELECTRA
¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago que salvase la casa paterna! ¡Confía en el valor de tu brazo; tú recobrarás la herencia de tu padre! ¡Oh dulce luz de mis ojos, que tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los dioses, sean con nosotros!
ORESTES
¡Zeus, Zeus, contempla nuestros males! Mira las crías del águila que han quedado huérfanas. Murió su padre entre las apretadas roscas de espantable víbora, y los desamparados aguiluchos perecen de hambre; que no tienen fuerzas para traer al nido la caza con que su padre los sustentaba. Tal puedes vernos a nosotros, a Electra y a mí; hijos sin padre, ambos arrojados de nuestro hogar. Si tu dejas perecer a estos hijuelos de un padre que tanto te honraba y tan continuos sacrificios te ofrecía, ¿qué otra mano será tan liberal a ofrecerte espléndidos honores? Si de esa suerte dejares perecer los polluelos del águila, ¿tendrías acaso con quien enviar a los mortales tus adorables augurios? Seca de raíz este árbol real, y sus ramas no defenderán ya tus aras en los días de los solemnes sacrificios. ¡Favorécenos! Levanta de su miseria a su grandeza de antes esta casa que parece ya en total ruina.
CORO
¡Oh hijos! ¡oh libertadores del hogar paterno, callad! Cuidado, no os oiga alguien, hijitos, y se le vaya la lengua y lo descubra todo a los que hoy todavía son los amos. ¡Así los vea yo algún día muertos y consumiéndose en abrasada pira!
ORESTES
No me hará traición, no, el oráculo del poderoso Loxias que me manda arrostrar este peligro. Él me hablaba con voz formidable; él hacía arder más y más la cólera en mi pecho, y me anunciaba que me asaltarán crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelvo hecho un toro contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo largos y acerbos males. Y a mi pueblo le predijo todas las plagas de la tierra en satisfacción de las deidades irritadas; y a mí que la lepra invadiría mis carnes, y devoraría con hambrientas mandíbulas mi recia complexión de otro tiempo, y enfermaría mis cabellos, y los volvería blancos. “Otros golpes descargarán sobre ti las Erinnas, suscitadas por la sangre paterna --añadió--. En medio de la oscuridad verás centellear los ojos de tu padre y revolverse airados en sus órbitas. Y te herirá el dardo que desde el fondo de las tinieblas que habitan, disparan contra los suyos los que cayeron a impío golpe y no alcanzaron venganza. Y la rabia furiosa, y los vanos terrores de la noche te agitarán y te llenarán de pavor; y huirás de tu patria, siempre perseguido tu apestado cuerpo por acerado azote. Porque con estos tales ninguno partiría su copa; ninguno les haría lugar en sus libaciones; recházaseles hasta de las aras. Nadie daría abrigo al objeto visible de la cólera de un padre; nadie se hospedaría con él bajo un techo. Abominado de todos, sin un amigo, poco a poco se va consumiendo, y por fin, acaba en aquella crudelísima miseria.” Justo es que yo crea en estos oráculos; y cuando no creyera, todavía mi obra había de ponerse en ejecución. ¡Son muchos los incentivos que para ello se juntan! La orden de un dios; el duelo desconsolado de un padre, y la pobreza que me estrecha. ¿Ha de vivir este pueblo, el más glorioso entre todos los pueblos de la tierra, el que con inaudito esfuerzo destruyó a Troya, ha de vivir así a la voz de dos mujeres? Porque él tiene corazón mujeril, y si no, pronto se ha de ver.
CORO
¡Oh poderosas Moiras! ¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus! La justicia reclama su deuda y grita con voz formidable: Páguese la afrenta con la afrenta; la muerte con la muerte. Ya lo dice sentencia antiquísima: quien tal hizo que tal pague.
ORESTES
¡Oh padre, padre infeliz! ¿Qué te diría yo? ¿Qué pudiera yo hacer que llegara desde este suelo a las profundas mansiones donde moras, y te restituyese de las tinieblas a la luz? ¡Mas presentes y honores se llaman aquí los lamentos; uno son para los antiguos señores de esta casa; para los Atridas!
CORO
Hijo, el fuego con sus voraces mandíbulas no logra aniquilar los afectos de los muertos. Después de la muerte estalla también su cólera. La víctima lanza lastimeros ayes, y su matador aparece a los ojos de todos. Los desgarrados y continuos lamentos de un padre, de aquel que te engendró, reclaman justa venganza.
ELECTRA
¡Escucha también mis lacrimosos gemidos, oh padre! Al pie de este túmulo están tus dos hijos llorándote con tristes endechas. Aquí están los dos, suplicantes; los dos igualmente desterrados, y acogidos a tu sepultura. ¿Qué bien habrá para ellos? ¿Dónde irán que el mal no les asalte? ¿Acaso no es invencible el rigor de su desdicha?
CORO
Pero que el cielo quiera, y él dispondrá más regocijadas voces; y en vez de cantos funerarios el Peán triunfal que restituya en sus regios alcázares al nuevo amigo que se nos acaba de juntar.
ORESTES
¡Y si hubieses perecido, oh padre, delante de Ilión, al golpe de licio hierro, legando a tu casa la gloria y labrando a tus hijos vida feliz que se llevase las miradas de todos...! Al otro lado del mar tendrías honrado túmulo, menos triste para los tuyos que este donde yaces.
CORO
Hasta bajo la tierra sería amado e insigne, y augusto señor de los héroes que hallaron gloriosa muerte en los campos de Troya, y ministro de las potentes deidades subterráneas; pues que en vida fué rey de cuantos recibieron del Hado cetro con que tener a los hombres en obediencia.
ELECTRA
No, no; tampoco eso, padre; tampoco que hubieras fenecido al pie de los muros de Ilión entre tantos otros como cayeron bajo las enemigas lanzas; ni que junto con ellos hubieses hallado a las orillas del Escamandro honrada sepultura; sino que tus matadores hubieran muerto entonces con la misma muerte que después te dieron a ti, y que tú hubieses sabido su fin desastrado, lejos de estos lugares, y libre de la desgracia que lloramos ahora.
CORO
Pedir tal, hija, es pedir más que oro, más que las colmadas dichas hiperbóreas. El dolor habla por ti. Pero vuestros ayes penetraron al fin en las mansiones del Hades; los que habitan el seno de la tierra se han estremecido con violenta sacudida, y apréstanse a acudir en vuestra ayuda. Las manchadas manos de los impíos dominadores encienden el odio de la víctima; ese odio más vivo aún en el corazón de sus hijos.
ELECTRA
Como un dardo me han traspasado tus palabras. ¡Zeus, Zeus, que haces surgir de los abismos profundos el castigo que con tardo, pero seguro golpe, abate la osadía de los malvados, haz que así suceda también en favor de mi padre!
CORO
¡Ojalá llegue a cantar jubiloso himno de muerte sobre los cuerpos ensangrentados y sin vida de un hombre y una mujer! Porque ¿a qué ocultar este pensamiento que acude a mi mente y la llena? Mal que me pesara, asoma a mi rostro la ira, y el odio cruel y acerbo que se alberga en mi corazón.
ORESTES
¿Cuándo tenderá Zeus sobre ellos su diestra omnipotente? ¡Ay de mí! ¿Cuándo abatirás sus cabezas, y harás ante nuestro pueblo completa ostentación de tu poder? ¡Justicia contra los inicuos pido! ¡Diosas que veláis por el honor de los muertos, escuchadme!
CORO
Es ley. Las gotas de sangre, que cayeron en el suelo, reclaman otra sangre. El crimen da grandes voces. Acude, Erinis, y en venganza de las primeras víctimas ve amontonando calamidad sobre calamidad.
ELECTRA
¿Dónde estáis, dónde estáis, potestades subterráneas? Tremendas maldiciones de los muertos, ved lo que resta de los Atridas; contemplad a estos infelices que no se pueden valer, ultrajados, y desposeídos de su casa.
CORO
Mi corazón se estremece cada vez que oigo tus lamentos. Cúbrese el alma de horrenda negrura, y la esperanza me abandona, cuando el valor y la confianza volvían a renacer; cuando divertía mis dolores, y esperaba que había de amanecer para nosotros un día feliz.
ORESTES
Entonces, ¿qué podremos decir? ¿Diremos los males que nos hace padecer una madre? ¡Ay, que quiere templarnos; pero estos dolores no se calman jamás! Como lobo hambriento, así es de implacable la ira que mi madre encendió en mi alma.
CORO
¿He podido hacer extremos de dolor como una ariana, ni mostrar mi duelo a estilo de plañidera cissia? ¿Acaso me viste tú corriendo de aquí para allá, e hiriendo mi cuerpo a puño cerrado con repetidos golpes, arriba y abajo, en la cabeza y en el pecho, menudeándolos con toda prisa y sin darme punto de reposo? ¿Oíste tú resonar mi cabeza dolorida al choque de mis puños?
ELECTRA
¡Ay enemiga y despiadada madre! ¡Tú te atreviste con inaudita resolución a darle sepultura como a un enemigo, sin que al rey le acompañasen sus ciudadanos, ni al esposo cortejo de piadosas lágrimas!
ORESTES
¡Válgame el cielo, qué de ultrajes! Pero en verdad que, con ayuda de los dioses y de mi mano, ha de pagar los ultrajes que hizo a mi padre. Después que yo le dé muerte, ¡aunque yo muera!
ELECTRA
Para que lo sepas. Pues todavía hizo más. Ella mutiló su cuerpo, y así de maltratado fué como le dió sepultura, deseosa de hacerte la vida más amarga aún. Ahí tienes los ultrajes que padeció nuestro padre.
ORESTES
¡Conque tal fué la miserable suerte de mi padre!
ELECTRA
Y yo vivía en un rincón, despreciada, puesta a todo vil trato y arrojada del hogar como perro que muerde. Más prontas estaban las lágrimas que las risas, y así y todo tenía que sonreírme por ver de ocultar mi continuo y dolorido llanto. Graba en el alma lo que acabas de oír; que mis palabras penetren tus oídos y lleguen a la serena región del pensamiento. Lo que sucedió, ya lo sabes; lo que debe suceder, pregúntaselo a tu odio. Es necesario llegar al fin con ánimo inalterable.
ORESTES
¡Yo te invoco, padre! ¡Padre, sé con los que te amaron!
ELECTRA
¡Yo también te llamo con mis lágrimas!
CORO
Y todo este coro acompaña esas voces con sus voces. Óyenos. Vuelve a la luz. Sé con nosotros contra tus enemigos.
ORESTES
¡Acuda la fuerza a la fuerza; la justicia a la justicia!
ELECTRA
¡Oh dioses, que se ejecute vuestra justa sentencia!
CORO
Al oíros, el pavor se apodera de mí. Mas lo que decretó el Destino hace tiempo que está amenazando. Roguemos por que al fin se cumpla.
¡Oh ingénita desventura de esta familia! ¡Oh cruel y horrendo azote de la culpa! ¡Oh duelos acerbísimos y lacrimosos! ¡Oh dolores desconsolados! ¡Cómo arraigasteis en esta casa! ¡No venís de lejos; no os trajeron extraños! Unos contra otros los Atridas son los que encienden estas sangrientas discordias. Tal es el himno de las diosas subterráneas.
Oíd nuestros ruegos, dioses inferiores; mostraos propicios a estos hijos; ayudadlos y dadles la victoria.
ORESTES
Padre, a quien fué negado morir como muere un rey, hazme dueño y señor de tu palacio: yo te lo pido.
ELECTRA
Y yo también necesito de ti, padre, tanto como él, si he de escapar de la muerte y he de dársela a Egisto con golpe certero.
ORESTES
Y así podríamos ofrecerte los banquetes acostumbrados entre los mortales. Donde no, tú serás el menospreciado y sin honores ningunos, entre tantos otros manes como se regalan con el oloroso perfume de los sacrificios consagrados a los muertos.
ELECTRA
Y el día de mis bodas traeré yo de la casa paterna ricos dones que ofrecerte del caudal de mi herencia; y antes que todo será esta tumba el venerado objeto de mi culto.
ORESTES
¡Oh tierra! Vuélveme el padre que guardas en tu seno, por que presencie la pelea.
ELECTRA
¡Oh Perséfone, danos completa victoria!
ORESTES
Padre, acuérdate del baño en que fuiste muerto.
ELECTRA
Y acuérdate de la red en que te envolvieron.
ORESTES
¡No te cogieron en grillos de cobre, padre!
ELECTRA
Sino en vergonzosa y traidora envoltura.
ORESTES
A estas afrentas, ¿despertarás, padre?
ELECTRA
¿Levantarás tu cabeza querida?
ORESTES
Envía, pues, a la justicia a pelear por los tuyos, o dales a tus matadores igual muerte que a ti te dieron, si es que vencido quieres ser vencedor a tu vez.
ELECTRA
Padre, escucha mis postreros clamores. Mira a estos hijuelos cómo rodean tu sepulcro. Apiádate de tu hija y de tu hijo.
ORESTES
No dejes que se extinga la descendencia de los Pelópidas, y así no habrás muerto ni aun después de tu muerte.
ELECTRA
Sí, que son los hijos la gloria de su padre, que le salvan de que muera con él su nombre; bien así como corchos que mantienen a flote la red y no la dejan irse a fondo.
ORESTES
Óyenos; por ti son estos lamentos. Al atender nuestras preces, a ti mismo te salvas.
CORO
No seré yo quien desapruebe vuestras prolijas lamentaciones. Debidas eran en honor de ese túmulo, y de un infortunado a quien nadie había llorado aún. ~(A ORESTES.)~ Por lo demás, pues que estás resuelto a ello, razón es que ya obres, y pruebes fortuna.
ORESTES
Será. Pero no irá fuera de camino, que yo pregunte: ¿a qué envió estas libaciones? ¿Por qué esta tardía reparación de un mal que no la tiene? ¿Para qué estos presentes miserables a un muerto que no se curará de ellos? No acierto a imaginarme que se pueda ella esperar. Tan sólo sé que tales regalos son mucho menores que su culpa. Todas las libaciones del mundo, derramadas por la sangre de un solo hombre, trabajo perdido. Este es mi sentir. Mas si sabes qué pueda ello ser, dímelo, que lo deseo.
CORO
Lo sé, hijo, porque estaba presente. Llena de sobresalto con las terribles apariencias, que en la callada noche venían a turbar su sueño, la impía mujer me envió con estas ofrendas funerarias.
ORESTES
¿Conoces tú ese sueño, de modo que puedas explicármelo?
CORO
Según dijo ella, parecióle que había parido un dragón.
ORESTES
¿Y qué fin y remate tuvo la apariencia?
CORO
Teníale envuelto en pañales como a un niño, cuando he aquí que el monstruo recién nacido sintió hambre, y entonces, soñando, ella misma le puso al pecho.
ORESTES
¡Cómo! ¿Y no la hirió el pecho el horrendo monstruo?
CORO
Como que junto con la leche sacó sangre.
ORESTES
No en vano la envió su esposo ese sueño.
CORO
Despierta ella entonces toda despavorida y pidiendo socorro. A las voces de la reina, mil antorchas, apagadas en la hora del descanso, vuelven a encenderse y disipan la obscuridad. Luego al punto envía estos fúnebres obsequios, esperanzada en que han de ser remedio certísimo de sus males.
ORESTES
¡Oh tierra natal! ¡oh tumba de mi padre, haced que sea yo el cumplidor de ese sueño! A lo que se me alcanza, él viene bien con mi destino. Si la serpiente salió del mismo seno de donde salí; si fué envuelta en mis propios pañales, y se agarró voraz a los pechos que me criaron, y sacó de ellos leche y sangre, razón tuvo la que tal soñó, para lanzar grito de angustia temerosa. Quien amamantó a un horrendo monstruo, de mala muerte debe morir. Yo seré la serpiente; yo la mataré como el sueño anuncia. Habla: te hago juez de la interpretación del prodigio.
CORO
¡Suceda como lo dices! Pero explícales a tus amigos cómo vas a ejecutarlo.
ORESTES
Pronto está dicho. Que Electra vuelva adentro; nosotros quedamos para obrar; vosotras, quietas, y no hacer nada. Sólo encarezco que se calle lo que he trazado y vais a oír. Con engaños mataron a aquel varón insigne: con engaños mueran ellos, y en iguales lazos cogidos, según predijo ya Loxias, el soberano Apolo, adivino a quien nadie halló falaz todavía. Disfrazado de extranjero, y con todo el equipaje de un caminante, yo me llegaré a las puertas del vestíbulo, acompañado de este amigo, de Pílades, como de un huésped y compañero de armas de la casa. Ambos hemos de hablar la lengua Parnésida, imitando el acento focense. A buen seguro que ninguno de los porteros nos reciba con buenas entrañas, cuando el genio del mal reina en ese palacio. Así, pues, aguardaremos que cualquiera pase por delante de la casa y diga en viéndonos: ¿Por qué cerráis la puerta a quien os pide hospitalidad? ¿Está dentro Egisto? ¿Sabe lo que pasa? Y como llegue yo a pasar de los umbrales, ora que me le encuentre sentado en el trono de mi padre, ora que venga a mí a hablarme cara a cara y a escudriñarme con los ojos, tenedlo por cierto, antes que pueda decir: “¿de dónde bueno, extranjero?” le dejo sin vida, y envuelto en el rápido lazo de mi espada. No padecerá Erinis necesidad de sangre. Hay que apurar la tercera copa. ~(A ELECTRA.)~ Tú, pues, observa bien lo que pase en casa, porque todo venga a nuestro intento. ~(Al CORO.)~ A vosotras os recomiendo que tengáis la lengua y sepáis hablar o callar, según pida el caso. Este ~(a PÍLADES)~ cuidará de lo demás, cuando mi espada vaya a terminar la lucha.
~(Vanse ORESTES y PÍLADES. ELECTRA entra en palacio.)~
CORO
La tierra cría multitud de tremendas plagas; los antros del mar están poblados de bestias feroces enemigas de los mortales; los rayos del sol engendran alados monstruos que cruzan los espacios; monstruos que se arrastran por el suelo; furores de hinchadas tempestades: y todo ello se puede pintar.
¿Mas quién podría pintar la osadía de un hombre soberbio y la liviandad de una mujer que por nada se detiene? ¿Quién los desenfrenados deseos de los mortales, del infortunio perpetuamente acompañados? Cuando la pasión amorosa se apodera de la mujer, no es sino furiosa rabia que deja atrás el ciego instinto de monstruos y brutos.
Considere quien sea discreto y deseoso de conocer la verdad, cuán desdichado pensamiento el que tuvo aquella hija de Thestio, verdadera perdición de su hijo, para quemar el rojo tizón que apartó del fuego cuando nació Meleagro, y el cual había de ser la medida de su vida desde que dió el primer vagido al salir del vientre de su madre hasta la fatal postrimera hora.
Y abomine también de aquella cruel Escyla, de quien nos dicen las historias que perdió al hombre que había de serle más caro, vencida de sus enemigos. Rindiéronla los collares de oro de Creta; por los regalos de Minos determinóse desaconsejada la mala hembra a despojar a Niso del cabello de la inmortalidad, mientras se hallaba entregado al sueño; y Hermes se apoderó de Niso.
Pero de todos los crímenes, el más famoso y que gana a todos es el de Lemnio. Dondequiera se le llora y abomina. No hay maldad horrenda que no se diga de Lemnio, como el mayor encarecimiento que de ella pudiera hacerse. Mas las grandezas de los hombres, manchadas por sacrilegio execrable, presto desaparecen con oprobio. Nadie rinde culto a lo que detestan los dioses. -- De todos estos crímenes que acabo de traer a la memoria, ¿habrá algo que no haya mentado con razón?
Y después de recordar tan impías maldades, ¿será extraño que yo maldiga un contubernio odioso y las asechanzas puestas por una mujer a un varón esforzado, a un valentísimo guerrero que a sus mismos encarnizados enemigos causaba reverencia? ¿Podré yo mirar jamás con respeto, hogar donde se apagó el sagrado fuego de la familia, ni cetro mujeril y cobarde?
Pero la espada afiladísima de la Justicia pasa algún día de parte a parte el corazón del malvado. No son las leyes que ella dicta suelo que impunemente se pisotea. Quien las quebranta ofende a la majestad de Zeus.
Y tal vez sucede que la Justicia vuelve a afirmarse en su asiento; la Moira forja en su yunque un puñal más y le afila; Erinis, la diosa de los inescrutables designios, hace por fin ostentación de su poder, y da entrada en la casa que manchó el crimen, al nuevo crimen, que nació de la sangre antigua, y ha de ser ahora su vengador.
~(Salen ORESTES y PÍLADES y se dirigen al palacio.)~
ORESTES ~(llamando a la puerta.)~
¡Muchacho, muchacho! oye que están llamando a la puerta del vestíbulo. ~(Llama por segunda vez.)~ Otro golpe más. ¡Muchacho, muchacho! ¿No hay nadie en casa? ~(Llama por tercera vez.)~ Vaya el tercer golpe que doy; a ver si sale alguien: si es que la casa de Egisto no se cierra a la hospitalidad.
SIERVO ~(Abriendo la puerta.)~
Ea, bien; ya oigo. ¿De qué tierra es el huésped? ¿De dónde viene?
ORESTES
Di a los señores de la casa que vengo en su busca; que les traigo nuevas. Pero date prisa, porque el caliginoso carro de la noche va apresurando su carrera, y hora es ya que los caminantes echen anclas en hospedaje donde reposen. Que salga el que mande aquí; el ama de la casa. Pero no, estas cosas son mejor para el amo. Con él no tendré reparo ninguno en hablar sin rodeos. De hombre a hombre hay siempre más llaneza y se dice claro lo que se quiere.
~(Salen CLITEMNESTRA y ELECTRA.)~
CLITEMNESTRA
Extranjeros, si es que habéis menester de algo, podéis hablar. Pronta se halla cuanta comodidad debe ofrecer casa como ésta: templados baños; reposo para vuestras fatigas; lecho, y la presencia de rostros amigos. Si es que se trata de negocio de mayor momento, eso toca a mi esposo; se lo comunicaré.
ORESTES