Tragedias

Part 11

Chapter 114,265 wordsPublic domain

Me pasma la insolencia atrevida de tu lengua. ¡Así te jactas de hablar contra tu esposo!

CLITEMNESTRA

Me tratáis como una mujer sin consejo, pero yo os lo digo con el corazón bien sereno, para que lo sepáis. -- Alábame o vitupérame, si quieres; me es igual. Este es Agamemnón, mi esposo ~(señalando al cadáver)~, muerto por esta mi mano derecha. La obra es de hábil artífice. Tales son los hechos.

CORO

¡Oh mujer! ¿qué mala ponzoña criada en la tierra o en las corrientes del mar tomaste tú, que así te precipitó a ese horrendo crimen, y a ponerte a las maldiciones de un pueblo? Lo has derribado, lo has degollado; pero tú vivirás desterrada de nuestra ciudad; blanco del odio implacable de los ciudadanos.

CLITEMNESTRA

¡Tú ahora me sentencias a destierro, y a llevar sobre mí el odio y las maldiciones de los ciudadanos, y nada tienes que decir contra este hombre que, mientras abundaban en los rebaños las ovejas de rico vellón por aplacar los vientos thracios inmoló a su propia hija, al fruto amadísimo de mi vientre, sin tener su vida en más de lo que pudiera haber tenido la de una res! ¿Por ventura no era justo que le hubieses desterrado a él en pago de su sacrílego crimen? Pero sabes lo que he hecho, y entonces eres juez riguroso. Pues bien, yo te digo que me amenaces, como quien por igual está apercibida a todo. Luchemos. Si tú me vences, tú quedarás por mi dueño; mas si el cielo dispone lo contrario, tarde habrás aprendido a saber vivir con prudencia.

CORO

Rebosa soberbia tu corazón y arrogancia tus palabras, como si la vista de tu sangrienta obra te sacase de ti y te enloqueciese. En tu rostro se ostenta la mancha de una sangre que ha de ser vengada. Hora llegará que, privada de los tuyos, pagarás sangre con sangre.

CLITEMNESTRA

Pues oye ahora mi sagrado juramento. Por la justicia, que vengó la muerte de mi hija; por Ate, por Erinis, con cuyo auxilio he degollado a este hombre, te juro que no espero que el temor ponga su pie jamás en estos alcázares, mientras Egisto encienda el fuego de mi hogar, y me guarde el amor que siempre me ha tenido; que él es el fuerte escudo de mi confianza. ¡Ahí tenéis tendido a ese hombre que fué mi afrenta, y el contento de las Criseidas allá en Ilión! Ahí lo tenéis, a él y a esa cautiva ~(señalando el cadáver de Casandra)~, a esa intérprete de agüeros y prodigios; a su concubina que tan fiel le fué en partir con él su lecho y los trabajos de la navegación. Ninguno de los dos ha llevado cosa que no mereciera. Cayó él según sabéis, y ella, después de cantar como un cisne sus endechas funerarias, cayó también, y yace ahí junto a su amante. ¡Sabroso contento que colma los gustos de mis amores!

CORO

¡Si ya que es muerto aquel nuestro guarda, que tanto amor nos tenía, viniera la muerte con breve paso, y sin que el dolor me asaltase, ni el lecho con enfadosa espera me consumiese, cerrara mis ojos a sempiterno sueño!... ¡Murió a manos de una mujer quien por una mujer pasó tantos trabajos! ¡Perdió la vida a manos de su esposa! ¡Ay, ay, loca Helena! ¡Cuántas y cuántas vidas se perdieron tan sólo por tu causa! Por ti también ha perecido ahora esta vida preciosísima...

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Por ti se ha derramado está sangre sobre aquella otra sangre para la cual no hay olvido ni expiación. La fiera Eris habitaba desde entonces este palacio, y ha sido por fin la ruina de un esposo.

CLITEMNESTRA

No te apesare lo pasado, ni llames sobre ti a la muerte, ni vuelvas tu ira contra Helena, como si ella hubiese sido la perdición de nuestros guerreros; como si sólo ella hubiese hecho que tantos Danaos perdiesen la vida, y nos hubiese traído estos dolores que no se calmarán jamás.

CORO

¡Oh espíritu de maldición que te señoreaste de esta casa y de los dos hijos de Tántalo! El alma de sus mujeres, igual en fiereza a la de sus hombres te ha dado otra victoria con que me oprimes y me desgarras el corazón. ¡Como cuervo carnicero, así esa mujer se yergue insolente junto a ese cadáver y se gloría de celebrar su triunfo!

CLITEMNESTRA

Ahora sí que vas bien en tus juicios; ahora que has mentado al invencible espíritu de maldición de esta raza. Él alimenta en nuestras entrañas esta sed de sangre codiciosa. No se ha cerrado la antigua herida, cuando nueva sangre está corriendo ya.

CORO

¡Verdad dices al confirmar mis razones! ¡Formidable espíritu de odios el que en esta casa hace su habitación! ¡Ay, ay! ¡fieros males, engendrados por un destino cruel, que nunca se sacia! ¡Ah! ¡Permisión es de Zeus, causa suma y hacedor de todas las cosas! Pues ¿qué sucederá entre los mortales en que Zeus no medie? ¿Qué habrá en todos estos crímenes que no esté decretado por los dioses? ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte. ¡Ay de mí! ¡Y en qué lecho tan innoble para un hombre libre, te acabó mano aleve con hierro de dos filos!

CLITEMNESTRA

Tú piensas que es mía esta obra. Pero entonces no digas que yo soy la esposa de Agamemnón. Aquel antiguo y fiero espíritu de venganza que aderezó el cruel festín de Atreo, ese es quien, tomando la apariencia de la mujer del que ahí yace, vengó en un hombre el sacrificio de dos niños.

CORO

¿Y quién habrá que atestigüe que estás inocente de esa muerte? ¿De dónde ha de venir tal testimonio? ¿De dónde? Quizá acuda en tu defensa ese espíritu vengador de los crímenes de los padres; pero la cruel batalla sigue arreciando, y hará correr la sangre a manos parricidas, y llegará a punto que helará de horror al mismo que devoró la carne de sus hijos. ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? ¡Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte! ¡Ay de mí! ¡Y en que lecho tan innoble para un hombre libre te acabó mano aleve con hierro de dos filos!

CLITEMNESTRA

No sé por qué, muerte tal haya de ser indigna de este hombre. ¿Por ventura no trajo él la desdicha a esta casa con torpe engaño? Inicuo fué con mi lloradísima Ifigenia, con aquella su hija que llevé en mis entrañas; que no diga ahora en los infiernos que padece injusticia porque fué muerto a hierro y pagó las que hizo.

CORO

La casa de mis reyes se hunde, y yo, perdida mi razón, no sé qué hacer, ni adónde vuelva mis cuidados. Me aterra oír el fragor de la lluvia de sangre en que se va a anegar esta morada. Ya no cae gota a gota. A cada nuevo crimen afila el destino en la piedra de otro crimen el hierro de la justicia.

PRIMER SEMICORO

¡Oh tierra, tierra! ¡Ojalá me hubieses recibido en tu seno, antes que ver a mi rey teniendo por lecho ese argentado baño! ¿Quién le sepultará? ¿Quién cantará sus endechas? ¿Te atreverás tú a hacerlo, tú, matadora de tu esposo? ¿Te atreverás tú a ofrecer a su ánima, en satisfacción de tus enormes e inicuas maldades, el odioso tributo de tu llanto?

SEGUNDO SEMICORO

¿Y quién será el que suelte la dolorida voz a cantar el elogio fúnebre de este varón divino, con el llanto en los ojos y la sinceridad en el corazón?

CLITEMNESTRA

No te tocan a ti esos cuidados. A nuestras manos cayó; a nuestras manos murió; nosotros le sepultaremos. No le acompañarán lamentos de los suyos...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Pero a la orilla del rápido río de los dolores, su hija Ifigenia le saldrá al encuentro, como es natural, toda regocijada, y le echará los brazos, y le llenará de besos.

CORO

A un ultraje responde con otro ultraje. Difícil de dirimir es la contienda. El que quita la vida a otro pierde a su vez la vida; el que mata, sufre la pena de su delito. Mientras exista Zeus, subsistirá que quien tal haga, que tal pague. Así es la ley. ¿Y quién podría arrancar de ese palacio la semilla de maldición? Que de tal modo ha arraigado en esta raza, que ya son una misma cosa.

CLITEMNESTRA

Verdad dices; tus palabras son un oráculo. Mas con ser tan dura esa ley, juro por el espíritu de los Plistenidas, que desde luego quiero quedar sometida a ella. Salga de aquí ese mal espíritu; salga de esta morada, y en adelante lleve la afición a otra raza con esas muertes suicidas. La más pequeña porción de nuestros bienes bastará a darme yo por contenta con tal que lograse arrojar de este palacio esa furiosa locura de mutuos homicidios.

~(Sale EGISTO.)~

EGISTO

¡Oh alegre luz del día de la venganza! Ahora ya puedo decir que hay dioses vengadores que desde lo alto echan una mirada acá, a la tierra, sobre los crímenes de los mortales. Ahora, que estoy viendo a ese hombre ¡brinco de mis ojos! tendido, y envuelto en ese manto, que tejieron las Erinnas, en pago de las maquinaciones que urdió la mano de su padre. Su padre, Atreo, el rey de esta tierra, el que desterró de su casa y de su patria a Tiestes, a mi padre; y para decirlo más claro aún, a su propio hermano, ¡después de disputarle el imperio! Un día, el infeliz Tiestes vuelve a su hogar, póstrase suplicante, y se le da seguro de la vida y de que su muerte no ha de ensangrentar el suelo de sus antepasados. Allí fué. ~(Señalando a donde yace Agamemnón.)~ El padre de ese hombre, el impío Atreo, con más diligencia que amor, finge entonces que regocijado quiere dar un día de festín en honor de su huésped, y por todo manjar ¡preséntale a mi padre la carne de sus hijos! Siéntanse a sendas mesas los convidados. Atreo, puesto a la cabecera de la estancia, hace menudos trozos los dedos de los pies y manos infantiles, y manda ofrecer los desfigurados despojos a mi padre, el cual, luego al punto los toma, y sin conocerlos come de aquel plato, que ya ves que había de ser mortal para esta raza. Comprende él por fin la inicua maldad, lanza un ¡ay! lastimero, y cae en tierra vomitando la sangrienta vianda, y llamando sobre los Pelópidas los más fieros rigores del destino. En su furor derriba con el pie la mesa del festín, y pide con justas maldiciones que así perezca, la raza entera de Plistenes. He aquí por qué veis muerto a ese hombre. Yo he sido el justiciero maquinador de su muerte; yo, el tercer hijo de mi desventurado padre, que junto con él fuí arrojado de aquí, en mantillas aún. Me hice hombre, y la justicia me volvió a traer. Bien que ausente a la sazón que ese hombre moría, yo he sido quien me he apoderado de él; yo el zurcidor de toda la trama. ¡La muerte misma sería para mí hermosa después que le he visto cogido en la red de mi venganza!

CORO

Egisto, la insolencia en el crimen no me intimida.

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Tú te alabas de haber muerto a ese hombre por tu propia voluntad; de haber ideado tú solo este asesinato miserable; pero, óyelo bien, tu cabeza no escapará de la justicia; las maldiciones de un pueblo te condenarán, y serás apedreado.

EGISTO

¿Tú, pobre remero, que ocupas el último banco de la nave; tú hablas así a los que se sientan al timón y mandan la maniobra? ¡Viejo como eres, ya verás tú si es difícil aprender a la edad en que se debe saber! Las cadenas, y los tormentos del hambre son médicos infalibles y excelentísimos, que sanan el juicio de los viejos y le hacen que aprenda. Al ver lo que estás viendo, ¿no acabarás de abrir los ojos? No des golpes contra el aguijón, no sea que al herirlo te lastimes.

CORO

¡Ah mujerzuelas! ¿así te estabas tú quieto en casa esperando la vuelta de nuestros guerreros, y en tanto manchabas el lecho de ese caudillo valeroso, y junto con esto te apercibías a darle muerte?

EGISTO

Palabras son esas que te harán llorar. Tu lengua es bien contraria a la de Orfeo. Atraía él con su voz todas las cosas y las alegraba; pero tú las concitas y llevas contra ti con esos insensatos ladridos. Ya aparecerás más manso cuando yo te sujete.

CORO

¡Cómo! ¡Que tú has de ser mi rey, el rey de los Argivos! ¡Tú, que después de haber tramado la muerte de este varón generoso, no tuviste valor de dársela por tu propia mano!

EGISTO

Porque claro está que a la mujer tocaba engañarle. Yo era enemigo antiguo, y por tal sospechoso...

Mas dueño de sus tesoros, ya probaré a hacerme señor de la ciudad, y al que no obedezca ya le unciré al yugo, y le domaré como a potro lucio y vicioso que se resiste al freno. El hambre y la obscuridad harán con él habitación desapacible y le pondrán blando.

CORO

¡Cobarde! ¿Por qué no le mataste tú mismo? ¡Sino que una mujer le mató; una mujer oprobio de esta tierra y de los dioses patrios! Mas por ventura todavía ve Orestes la luz del sol, y esté donde quiera, él vendrá con feliz suceso y os matará a entrambos.

EGISTO

Pues que parece que te apercibes a decirlo y hacerlo, presto verás...

CORO

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EGISTO

Ea, pues, a mí mis guardias; llegó la hora.

CORO

¡Ea, al aire los aceros, y en guardia cada cual!

EGISTO

Desenvainado está el mío; no temo morir.

CORO

¿Hablas de morir? Acepto tu palabra. Tú la muerte; nosotros la victoria.

CLITEMNESTRA

¡Oh el más querido de los hombres, no más; no causemos otros males! Sobrados son ya los sucedidos para que cojamos de ellos una tristísima mies. Basta ya de muertes; no más ensangrentarnos. Anda adentro tú; y vosotros, ancianos, marchad cada cual a vuestra casa, antes que tengáis que sentir algún desastre. Lo que hemos hecho tenía que suceder. Y si con esto el Destino se da por contento de calamidades, todavía después de haber recibido de su cólera golpes tan terribles, pudiéramos tenerlo a dicha. Tal os advierte una mujer, si es que os dignáis escucharla.

EGISTO

¿Así han de desatar contra mí su lengua insolente en esa lluvia de ultrajes, y con palabras como ellas han de tentar a la fortuna...? De cuerdos y avisados es respetar siempre y dondequiera al que manda.

CORO

No sería de Argivos adular a un malvado.

EGISTO

Algún día te castigaré yo; aún no es tarde.

CORO

No será ello, si el cielo quiere volvernos aquí a Orestes.

EGISTO

Ya sé yo que los desterrados se alimentan de esperanzas.

CORO

¡Anda, llénate hollando la justicia, puesto que puedes!

EGISTO

Te aseguro que me darás satisfacción de tu loca insolencia.

CORO

Ensánchate y cacarea como gallo junto a su gallina.

CLITEMNESTRA

No hagas caso de esos vanos ladridos. Tú y yo somos los amos de este palacio, y lo pondremos todo en orden.

[Ilustración]

[Ilustración]

II

_LAS COÉFORAS_

~(Aparecen ORESTES y PÍLADES.)~

ORESTES

Hermes, habitador de los profundos, tú que tienes fijos los ojos en los malvados a cuyos golpes cayó mi padre, acorre a quien necesitado te invoca; sé conmigo. Por fin volví de mi destierro y ya estoy en mi patria. Postrado al pie de este monumento, ¡oh padre mío! yo te llamo. Aquí estoy, padre; óyeme, escúchame...

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Ínaco, que me crió, llevó las primicias de mis cabellos; recibe tú en este otro rizo la ofrenda de mi dolor. ¡Yo no estaba presente, padre mío, cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude tomarlos en mis brazos y darles sepultura!

~(Aparecen por las puertas del palacio las esclavas de CLITEMNESTRA llevando en sus manos las libaciones que se han de ofrecer en el túmulo de Agamemnón. Detrás ELECTRA, cerrando el cortejo.)~

~(La procesión avanza lentamente.)~

¿Qué veo? ¿Qué procesión de mujeres es ésa que aquí se encamina, todas vestidas de luto? ¿Qué pensar? ¿Qué nueva calamidad habrá caído sobre esta casa? ¿Será que traen esos fúnebres obsequios para aplacar los manes de mi padre? No puede ser otra cosa. A lo que me parece ver, con ellas viene también mi hermana Electra. ¡Sí! ¡Harto la reconozco en su tristeza profunda! ¡Oh Zeus, que vengue yo la muerte de mi padre! ¡Sé conmigo en este empeño! -- Apartémonos a un lado, Pílades, y averigüe yo al fin qué buscan estas mujeres con tales rogativas.

~(ORESTES y PÍLADES se retiran al baño.)~

CORO

Enviada de palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios. Mis manos hieren mis senos con recios golpes en señal de dolor; mis mejillas desgarradas por los surcos que en ellas han abierto mis uñas, manan sangre; mi alimento es gemir toda mi vida; y estos enlutados linos que me cubren acompañan mi llanto, gimiendo tristes al verse hechos jirones por mi amargo duelo.

Media noche era por filo: todo dormía en palacio. Cuando he aquí que a deshora se aparece el Terror; los cabellos erizados, respirando venganza y anunciando sueños temerosos. Del fondo de esa mansión sale su voz terrible; llénalo todo de espanto, y cae en el gineceo con atronadora pesadumbre. Los intérpretes de los sueños, poniendo por fiadores a los dioses, afirman que los manes de los muertos tiemblan de cólera y claman contra los asesinos.

Y por conjurar los males que amenazan, ¡oh Tierra! ¡oh Tierra! aquí tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía. ¡Miedo me da que palabras tales salgan de mis labios! Una vez que la sangre cayó en el suelo, ¿con qué se redimirá? ¡Ay, hogar de desdichas! ¡Ay, desolación del palacio de mis reyes! ¡Ay, tinieblas densísimas, jamás visitadas del sol y a los humanos aborrecibles, que envolvéis esta morada desde que su señor fué muerto!

Aquella veneración sin igual que causaba nuestro rey; que a todos imponía; que a todos subyugaba; que no había lengua que no la confesase, ni pecho que no la sintiese, no existe ya hoy. ¡Hoy todos tiemblan! -- ¡Ser feliz; este es el dios de los mortales, y más que su dios! pero de pronto la justicia cae sobre ellos y los sorprende en medio del día; de un golpe descarga sobre su cabeza todos los males que con tardo paso había ido acumulando a la luz incierta del crepúsculo, y en un instante los sepulta en sempiterna noche.

La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda seca clamando venganza, y nada hay que la borre. Pesa el castigo sobre el culpable, y le acaba y apura en un tormento sin fin. No hay poder de hombres que haga florecer de nuevo la virginidad atropellada. Todos los ríos del mundo que juntaren sus aguas, no serían parte tampoco para purificar mano que manchó el crimen.

Pero yo, forzada por los dioses a vivir en ciudad donde no nací; yo, arrancada de casa de mis padres y reducida a vivir en esclavitud; yo, ¿qué he de hacer? Justas o injustas las acciones de los que me mandan como amos desde la aurora de mi vida, tengo que bajar la cabeza y dominar el odio y la venganza de mi corazón; tengo que ocultar bajo este velo las lágrimas que me arranca el malaventurado destino de mis señores, y mis penas, y el terror que hiela mi alma.

ELECTRA

¡Oh fieles siervas de esta casa! ya que me acompañáis en estas preces, acudidme con vuestro consejo. ¿Qué diré yo al derramar estas funerarias libaciones? ¿De qué palabras valerme que sean aceptas a mi padre? ¿Con qué súplicas dirigirme a él? ¿Es que he de decirle: aquí tienes el presente con que al esposo bien amado me envía su cara esposa, mi madre...? Jamás tendré valor para ello. ¡No encuentro qué decir cuando haya de verter sobre el túmulo de mi padre la fúnebre ofrenda! ¿Diréle si no: según es ley entre hombres, págales sus coronas a los malvados que te las dedican en la moneda que merecen sus maldades?... ¿O más bien me llegaré en silencio, y de espaldas, ¡como mi padre fué asesinado! sin honores ningunos, a modo de quien hace sacrificio expiatorio, derramaré las libaciones, y así que la tierra se las haya bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver los ojos...? Aconsejadme, amigas, pues que en ese palacio vosotras y yo tenemos unos mismos odios. No me ocultéis vuestro pecho; a nadie temáis, que libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos del destino. Habla, si tienes algo mejor que aconsejarme.

CORO

Pues que lo mandas, ante ese túmulo de tu padre, que como una ara reverencio, te diré de corazón mi sentir.

ELECTRA

Habla, pues, y siempre con ese respeto por delante.

CORO

Al derramar estas libaciones sobre el túmulo de tu padre ruega piadosa por los que le amaron.

ELECTRA

¿Y a quiénes podría llamar sus amigos?

CORO

Desde luego a ti, y después a todo el que odie a Egisto.

ELECTRA

¿Entonces, por mí y por ti habré de elevar mis preces...?

CORO

Ya que me has comprendido, párate a reflexionar.

ELECTRA

¿Hay alguien todavía que pudiese yo asociar a nosotros?

CORO

Ausente y todo como está, acuérdate de Orestes.

ELECTRA

¡Oh, y qué bueno y acertado es tu consejo!

CORO

Por último, trae a tu memoria el horrendo asesinato; pide para sus autores...

ELECTRA

¿Qué pedir? Ilumina mi ignorancia. Explícate.

CORO

Que dios u hombre venga sobre ellos...

ELECTRA

¿Un juez o un vengador?

CORO

Di sin más hablar: cualquiera que a su vez les dé muerte.

ELECTRA

Pero ¿crees tú que sin impiedad podré pedir tal a los dioses?

CORO

Pues ¿cómo no ha de ser justo volver mal por mal a un enemigo?

ELECTRA

¡Oh altísimo embajador de los dioses superiores e inferiores; Hermes, que habitas lo profundo, escúchame! Dígnate ser embajador de mis súplicas; haz que sean oídas de las deidades infernales, que tienen fijos los ojos en los que vertieron la sangre de mi padre. Que también las acepte benigna esta tierra, madre universal que pare y cría todas las cosas y vuelve a albergarlas en su omnifecundo seno. Y yo, derramando estas libaciones en honor de los muertos, te invoco a ti, padre mío. Ten piedad de mí y de mi amado Orestes. Que algún día seamos restituídos en nuestro hogar. ¡Errantes andamos ahora, y vendidos por la misma que nos parió, que ha puesto en tu lugar a Egisto, el cómplice de tu muerte! Yo estoy aquí como una esclava; Orestes, desposeído de su hacienda, vive en destierro, y ellos, los muy insolentes, se solazan a sus anchas con el fruto de tus afanes. Que vuelva Orestes en hora feliz; yo te lo ruego. Y a mí, padre, escúchame también; haz que sea yo más honesta que mi madre, y más piadosa de manos. Tal te pedimos para nosotros, y para tus enemigos, que te les aparezcas como tu propio vengador. Ven, haz justicia; da muerte a tus matadores. ¡Vaya para ellos esta maldición en medio de mis votos de ventura! Pero a nosotros, envíanos desde el profundo, padre, los bienes que te imploramos, con ayuda de los dioses y de la Tierra y de la Justicia vencedora. Ahí tienes mis preces, que acompaño con estas libaciones. Cumplid vosotras los venerandos ritos; cantad el Peán de los muertos y esparcid sobre el túmulo las flores de vuestro llanto.

CORO

¡Salid, lágrimas; salid, mortales gemidos; salid por nuestro asesinado señor! Caed sobre este su túmulo, baluarte de los buenos, y contra la odiosa impiedad de los malvados conjuro formidable. Ya corren las libaciones. ¡Escúchame, oh venerado señor mío; escucha la triste voz que sale de las tinieblas de mi alma! ¡Ah, ah, ah! ¡Ay de mí! ¿Quién será el esforzado varón cuyo poderoso brazo dé libertad a nuestra casa? ¿Qué Ares escita la acorrerá, ora venga armado del curvo arco de voladoras flechas, ora caiga sobre los culpables empuñando bien esgrimida espada?

ELECTRA

Ya bebió la tierra nuestras libaciones. Ya las tiene mi padre. (Reparando en el rizo que dejó Orestes.) ¿Pero qué novedad es ésta? Mirad lo que ocurre.

CORO

¡Habla ya! ¡Me ha dado un salto el corazón...! ¡Estoy temblando!

ELECTRA

Acabo de ver sobre el túmulo un rizo de cabellos.

CORO

¿De algún hombre acaso? ¿De alguna doncella de calidad?

ELECTRA

Cualquiera podría imaginárselo sin gran trabajo.

CORO

Y ¿cómo? Más vieja soy que tú; pero si no te explicas...

ELECTRA

Nadie más que yo se lo hubiese cortado aquí.

CORO

No; a sus enemigos era a quienes tocaba ofrecerle la cabellera en señal de duelo.

ELECTRA

Sí, pero este rizo... bien lo veis, se parece todo...

CORO

¿A qué cabellos? Deseando estoy que acabes.

ELECTRA

A los míos. El parecido está a la vista.

CORO

¿Será por ventura secreto obsequio de Orestes?

ELECTRA

¡Muchísimo se parece a sus rizos...!

CORO

Mas ¿cómo se hubiera atrevido a venir aquí?

ELECTRA

Se cortó el rizo y lo envió como ofrenda a su padre.

CORO

¡Otra causa de lágrimas para mí, y no menos desconsolada; si es que jamás ha de poner el pie en este suelo!

ELECTRA