Part 10
Pues que así te place, que me desaten luego al punto este calzado, que va sufriendo servil el peso de mis pies. No quiero que ninguno de los dioses lance sobre mí desde los altos cielos una mirada de odio, al verme caminando sobre esas alfombras de púrpura. Grande vergüenza sería para mí enviciar mi cuerpo, hollando con mi planta la opulencia de esos ricos tejidos a subidísimo precio comprados. Y basta de esto. -- Recibe bondadosa a esta extranjera. ~(Señalando a CASANDRA.)~ Propicios miran los dioses, desde la cumbre donde moran, al que sabe mandar con dulzura; que nadie se somete de voluntad al yugo de la esclavitud. Esta cautiva, que me acompaña, es la flor escogida para mí entre multitud de riquezas; el presente que me ha hecho el ejército. -- Y pues mudé de resolución por complacerte, vamos, y entremos en palacio pisando púrpuras.
CLITEMNESTRA
Ahí está el mar donde se forma el manantial perenne y abundoso de la púrpura preciosísima con que se tiñen estas alfombras: y ¿quién habrá que piense en agotarle? Además, señor, gracias a los dioses, nuestra casa abunda en tales tesoros, y nunca supo lo que es pobreza. Y ¡cuántos ricos tapices no hubiese hecho voto de destrozar bajo mis pies a haberme dicho los oráculos que este era el precio de tu salvación y de tu vuelta, alma querida! Que mientras viven las raíces, las ramas florecen y suben hasta lo alto de la casa, y con la sombra de sus ojos la guarecen de los ardores de la canícula. Y vuelto tú al hogar, tu sola presencia, amo y señor de esta casa, es rayo de sol que abriga en el invierno; frescor suave que refrigera cuando Zeus hace cocer el vino en el seno de la verde uva. ¡Zeus! ¡oh Zeus, por quien todas las cosas llegan a su fin, haz que se cumplan mis votos; vela porque se consume lo que ya tienes decretado!
~(Vanse AGAMEMNÓN y CLITEMNESTRA.)~
CORO
¿Por qué este triste y tenaz presentimiento que asalta mi corazón, y le llena de adversos presagios? ¿Qué voz es esta adivina, que contra mi voluntad y sin razón alguna resuena en mi alma, que no la puedo desechar como se desecha obscuro sueño, ni hacer que la confianza firme tome posesión de mi pecho? Y sin embargo, pasó ya largo tiempo desde que nuestras naves echaron las amarras en la playa arenosa, y nuestros guerreros se lanzaron contra Ilión.
Estoy viendo su vuelta, la estoy viendo con mis propios ojos; yo mismo he sido testigo de ella, y con todo, el alma, llevada de natural inspiración, canta dentro del pecho un triste himno que la lira no acompaña: la canción de Erinna, y no quiere entregarse confiada a la dulce esperanza. No es traidor el corazón, y esta agitación y angustia que le ahogan, son anuncios ciertos de lo que tiene que suceder. ¡Permita el cielo que me engañe y que no se cumplan mis temores! Triste fin tiene la salud más robusta; que de continuo está aguijando la enfermedad, que vive vecina, pared por medio de ella. El destino del hombre marcha derecho y sin tropezar hasta que se estrella en invisible escollo. Así el prudente que teme por sus riquezas arroja con tino parte de la carga, y ya no se pierde toda su hacienda por sobra de peso, ni la nave se sumerge. Y en resolución, los dones abundosos, que Zeus hace brotar cada año con mano liberal del surco de la tierra, son remedio seguro contra el hambre.
Pero ¿qué encanto será poderoso a hacer volver atrás la negra sangre, que por herida mortal se escapó del pecho de la víctima, una vez que cayó sobre la tierra? Ya en otro tiempo detuvo Zeus en la mitad de su camino a aquel sabio que poseía el arte de restituir de la muerte a la vida. ¡Ah! si a dicha no hubiesen ordenado los dioses que mi destino fuera refrenarme y callar, ya habría hecho el corazón impaciente que mi lengua revelase todo lo que en él se encierra; mas ahora el alma dolorida tiene que gemir en la obscuridad, y abrasarse en vanos deseos sin ninguna esperanza de hacer nada provechoso.
~(Sale CLITEMNESTRA.)~
CLITEMNESTRA
Entra tú también. Contigo hablo, Casandra. ¿Qué has de hacer ya? Zeus te ha destinado benigno para que asistas con nuestras numerosas esclavas al pie de las aras domésticas en las sagradas lustraciones. Baja de ese carro y depón tu orgullo. También del hijo de Alcmena dicen que allá en otro tiempo pasó por ser vendido, y cedió a la fuerza, y se resignó a sufrir el yugo. Y cuando la necesidad nos traiga a esta desgracia, todavía es grande beneficio dar con amos de antiguo acostumbrados a la opulencia; pues los que tuvieron buena cosecha sin esperarla, esos siempre fueron crueles con sus esclavos, y nada equitativos ni legales. Entre nosotros tendrás todo lo que es debido.
CORO ~(a CASANDRA.)~
Bien claro acaba de hablarte. Si no estuvieses cogida en esa red fatal obedecerías, si es que obedecías; e igual podrías también no obedecer.
CLITEMNESTRA
Si ya no es como las golondrinas que tienen un habla bárbara e ignorada, mis razones habrán penetrado en su ánimo, y me obedecerá.
CORO
Síguela. Te ha dicho lo mejor que pudieras oír en el trance en que te hallas. Levántate y baja de ese carro.
CLITEMNESTRA
No tengo ahora vagar para esperarte aquí a la puerta, que ya están prontas allá dentro junto al hogar, las ovejas que han de ser sacrificadas a los dioses, en acción de gracias por un beneficio que no esperamos jamás. -- Conque tú si has de obedecer, no tardes, y si es que desconoces la lengua y no entiendes mis palabras, a lo menos respóndame tu mano por señas como hacen los bárbaros.
CORO
Bien se está viendo que la extranjera necesita de intérprete para explicarse. Parece una bestia brava recién cogida.
CLITEMNESTRA
Sí, ella está loca, y sólo atiende a su loco consejo. Acaba de dejar su patria, recién conquistada, y viene aquí cautiva, y no aprenderá a sufrir el freno hasta que no desfogue la sangrienta espuma de su cólera. Pues no más hablarla para que me desprecie.
~(Vase.)~
CORO
En mí puede más la compasión, y no me deja airarme con ella. ¡Anda, infeliz, deja ese carro; cede a la necesidad, y prueba por primera vez el yugo!
CASANDRA
¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo!
CORO
¿A qué clamas a Loxias con esos ayes? No es él de condición de escuchar lamentos.
CASANDRA
¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo!
CORO
Y otra vez vuelve a gemir y a llamar al dios, que no acude jamás a las lágrimas.
CASANDRA
¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición; segunda vez me pierdes con total ruina!
CORO
Diríase que está vaticinando sus propios males. Esclava y todo, el numen divino habita en su alma.
CASANDRA
¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición! ¡Ah! ¿Adónde me llevas tú? ¿Bajo qué techo?
CORO
Bajo el de los Atridas. Yo te lo digo, si es que no lo sabes. No podrás decir nunca que falté a la verdad.
CASANDRA
¡Techo aborrecido de los dioses, testigo de innumerables crímenes! ¡Lazos suicidas! ¡Esposo degollado! ¡Suelo todo cubierto de sangre!
CORO
Como una perra fina así tiene el olfato la extranjera. Sigue la sangrienta pista de algún crimen, y ya le encontrará.
CASANDRA
¡Ahí están los testimonios en que me fundo; esos niños degollados a pesar de sus ayes lastimeros; esas carnes asadas que devora un padre!
CORO
Ya había llegado a nosotros la fama de tus vaticinios, cierto; mas no tenemos ahora necesidad de profecías.
CASANDRA
¡Oh cielos! ¿Qué es lo que se está meditando? ¿Qué nueva maldad es esta que se prepara bajo ese techo? Crimen grande, muy grande, odiosísimo contra la propia sangre; crimen que no tendrá reparación alguna. ¡Está muy lejos el socorro!
CORO
No entiendo ninguno de estos vaticinios. Los otros sí los conozco, que toda la ciudad los publica a voces aún.
CASANDRA
¡Ah, desdichada! ¿Cómo te atreves a consumar ese crimen? Vas a hacer entrar en el baño al esposo que comparte tu lecho; le vas a lavar tú misma, y... ¿Cómo decir lo demás? Ello ha de suceder bien pronto. ¡Ya tiende la mano sobre su víctima una y otra vez!
CORO
Nada comprendo. Envueltos esos oráculos en enigmas, no acierto a descifrarlos.
CASANDRA
¡Ah, ah, oh dolor! ¿Qué es eso que se ve ahí? ¿Es alguna red del Hades? Sí, una red; la túnica que le acompañaba en el lecho; el instrumento de su muerte. Legión desordenada de Erinnas, nunca hartas de la sangre de esta raza, romped en regocijados alaridos de triunfo por ese sacrificio execrable.
CORO
¿Qué Erinna es esa cuyas maldiciones llamas sobre este palacio? Pónenme miedo tus palabras. Agólpase mi sangre al corazón, como si herida con mortal golpe viera ya ponerse ante mis ojos la postrera y desmayada luz de la vida. ¡Ay! ¡Y cómo viene presuroso el infortunio!
CASANDRA
¡Ah, ah! ¡Mira, mira! ¡Separa al toro de la vaca! -- Ya cogió en las mallas de esa túnica, al generoso animal de negros cuernos; ya le hiere; ya cayó él en el baño lleno de agua. -- Ahí tienes, yo te lo anuncio, el crimen alevoso que va a consumarse en sus ondas.
CORO
No me atrevería yo nunca a jactarme de sagaz en la interpretación de los oráculos, mas paréceme que en todo esto se encierra algún mal. Y ¿cuándo oráculo alguno anunció bienes a los hombres? Siempre estas antiguas artes, a fuerza de infortunios, nos enseñaron a temer.
CASANDRA
¡Ay de mí, infeliz! ¡Ay, destino mío adverso, que vengo a gemir y llorar sobre mi propia desventura! ¿A qué trajiste hasta aquí a esta desdichada sino a morir contigo? ¿A qué más que a morir?
CORO
Divino furor enajena tu alma, y en desacorde y nunca usado estilo cantas tus propios infortunios. No de otra suerte canoro ruiseñor deja escapar sus quejas del pecho acongojado, sin darse punto de reposo, y llora una vida siempre nueva en males, y dice entre lágrimas: ¡Itis, Itis!
CASANDRA
¡Ah, ah! ¡La suerte del arpado ruiseñor! A él siquiera vistiéronle los dioses el cuerpo de ligeras plumas, y le dieron una vida dulce y exenta de llanto; pero a mí, la muerte a hierro de dos filos es lo que me espera.
CORO
¿Qué arranques de furor divino son esos que te asaltan de repente? ¿A qué tus vanas angustias? ¿Por qué con agudos acentos y gritos de maldición celebras temerosos sucesos? ¿Por dónde sabes tú los caminos de esos siniestros oráculos?
CASANDRA
¡Oh bodas de Paris, bodas funestas para todos los suyos! ¡Oh Escamandro! ¡Oh río de mi patria! ¡No ha mucho que a tus orillas veía yo cómo iba espigando mi mocedad, y ahora, a lo que veo, bien pronto anunciaré mis vaticinios en las riberas del Cocyto y el Aqueronte!
CORO
Demasiado claro es lo que acabas de hablar: un recién nacido lo entendería. Cruel dolor desgarra mi alma. Quebrántame oír el triste lamentar de tu desventura.
CASANDRA
¡Oh trabajos! ¡Oh trabajos sufridos por una ciudad que al fin había de ser arrasada! ¡Oh sacrificios que ofrecía mi padre por la salvación de nuestros muros! ¡Ganados de nuestras praderas degollados a miles! ¡Y cuán de ningún remedio servisteis para que Ilión no padeciese la calamidad que le ha acabado! Yo misma, que me siento encendida por el soplo divino, bien pronto caeré también bajo igual golpe.
CORO
Todavía prosigues en tu triste historia. Algún mal espíritu, que te es contrario, se apoderó de ti y te fuerza a romper en lastimeros ayes de dolor y muerte. Pero no alcanzo adónde van tus palabras.
CASANDRA
Y con todo ello, ya no mirará más el oráculo a través de velos a modo de recién desposada. El aparecerá todo resplandeciente, y se lanzará, respirando furor, hacia el sol que nace. A la luz del día una calamidad más grande aún que esta de ahora lo inundará todo, semejante a la onda que se encrespa e inunda la ribera. Pero basta de advertiros por enigmas. Dad testimonio de la finura de mi olfato, y de que sé correr bien derecha tras la pista de las maldades que se cometieron aquí en lo antiguo. Un coro hay que hace su habitación bajo este techo, y jamás le abandonará; tropa de hermanas, de Erinnas, que a una voz cantan desapacible y temerosa canción de maldiciones. Cobran nuevos bríos bebiendo sangre humana, y permanecen en este palacio sin que haya quien sea poderoso a alejarlas de él. Fijas en esta casa como en su natural asiento, celebran con himno de muerte el primer crimen que engendró tantos crímenes, o ya lanzan airados gritos de execración contra el impío que violó el lecho de su hermana. ¿Erré por ventura, o dí en el blanco como buen flechero? ¿Soy acaso una embaucadora que va de puerta en puerta fingiendo embelecos? Da testimonio de la verdad con que te hablo; jura antes de nada que yo conozco bien las antiguas maldades de este palacio.
CORO
Y ese juramento con toda su virtud y firmeza, ¿en qué podría remediarnos? Pero te admiro, pues criada más allá del mar, en ciudad extraña, así hablas de nuestras desdichas como si hubieses estado presente.
CASANDRA
Apolo, dios de las profecías, me concedió este dón.
CORO
Dios como es, ¿también él se sintió herido de amor?
CASANDRA
En otro tiempo rubor me hubiera causado decirlo.
CORO
Sí, que la felicidad de ordinario nos hace desdeñosos.
CASANDRA
Pero me acometía de tal manera, y ardía por mí en amor tan encendido...
CORO
¿Qué, cumplisteis con lo que pide la ley de amor...?
CASANDRA
Prometíme a Loxias por suya, mas no lo cumplí.
CORO
¿Poseías ya entonces el divino arte?
CASANDRA
Sí, ya vaticinaba a los míos todos sus infortunios.
CORO
¿Y cómo escapaste del rencor de Loxias?
CASANDRA
Después de mi engaño, nadie creyó más en mis palabras.
CORO
Pues a nosotros parécenos que tus oráculos merecen fe.
CASANDRA
¡Ay de mí! ¡oh desventura! ¡otra vez esta cruel fatiga, este espíritu profético que se apodera de mi mente, y me atormenta con siniestros anuncios! ¿No veis ahí, sentados en esa casa, a esos niños que semejan la aparición de un sueño? Los mismos que les debían amor les dieron muerte. ¡Vedlos ahí que aparecen sustentando en sus manos miserabilísima carga; su propia carne, sus entrañas, su corazón, manjar que gustó su mismo padre! Pero alguien medita su venganza; yo os lo afirmo; un león cobarde, guarda infiel de la casa, que se revuelca en el lecho conyugal, y está acechando la vuelta de mi dueño. ¡Ay de mí, que es mi dueño; que me veo forzada a sufrir el yugo de la esclavitud! Y el capitán de la armada, el destructor de Ilión, ¡no ve cuán fiero destino le prepara a traición con sus largas arengas y sus dulces sonrisas esa perra aborrecible! A tanto se atreverá. La mujer será homicida de su marido. ¿Qué nombre daría yo a ese monstruo venenoso? ¿La llamaré víbora? ¿la llamaré Escila, habitadora de los escollos y perdición de los navegantes? ¿la llamaré madre y ministro del Hades que respira odio implacable contra todos los suyos? ¡Y cómo la muy atrevida y malvada mujer brincaba y gritaba de contento cual si hubiese vencido en la pelea! ¡No parecía sino que se regocijaba con el feliz retorno de su esposo! Después de esto, si todavía no se me cree, ¿qué hacer? Lo que ha de ser, ello vendrá. Bien pronto presenciarás el suceso, y te moverás a lástima de mí y me llamarás adivina demasiado verdadera.
CORO
Bien he reconocido horrorizada, el festín donde Tiestes comió la carne misma de sus hijos; y apodérase de mí el temor oyendo relación tan verdadera, que nada tiene de inventado. Pero lo demás lo oigo, y me pierdo en mil imaginaciones, sin saber dónde irá a parar todo ello.
CASANDRA
Digo que vas a ver la muerte de Agamemnón.
CORO
Cállate, infeliz, y cierra tu boca.
CASANDRA
Mas no por callar habrá remedio alguno contra lo que os he anunciado.
CORO
Cierto que no, si es que hubiere de suceder; mas ojalá nunca jamás suceda.
CASANDRA
Tú haces súplicas; pero ellos se aprestan a matar.
CORO
¿Y qué hombre habrá que cometa ese crimen?
CASANDRA
Muy torpe andas, en verdad, para entender mis oráculos.
CORO
Sí, no comprendo qué maquinación es esa que se ha de consumar.
CASANDRA
Pues yo sé bastante bien la lengua griega.
CORO
También la saben los oráculos de Pythio, y sin embargo son difíciles de entender.
CASANDRA
¡Ay! ¿qué fuego es este que llega hasta mis entrañas? ¡Oh dolor! ¡Apolo Licio! ¡Ay, ay de mí! ¡Infeliz que yo soy! Esa misma leona de dos pies, que yace con el lobo en ausencia del generoso león, me dará muerte. Como quien confecciona venenosas hierbas, ella está afilando el puñal para herir al esposo, y tanto se gloría de que ha de satisfacer su rencor y me ha de dar el pago, y a él la muerte por haberme traído. ¿A qué guardar ya estas insignias para mi propio escarnio; este cetro, y estas ínfulas de profetisa que ciñen mi cuello? Yo te haré pedazos antes de morir. ~(Arroja el cetro.)~ Anda en mal hora y caed en el polvo. ~(Arroja las ínfulas.)~ Este es el pago de vuestros servicios. Enriqueced a otra y no a mí con vuestros tesoros de maldición. Helo ahí, Apolo; tú me despojas de mis vestiduras de profetisa. Tú me veías con estos ornamentos, y así todo hecha la burla de los míos, que eran unos a odiarme los insensatos. ¡Y cómo sufría que me motejasen de loca y vagabunda, cual mendiga hambrienta y miserable que va de plaza en encrucijada diciendo la buena ventura. Y ahora, dios profeta, después que me hiciste tu sacerdotisa, me arrastras a tan fiero trance de muerte! En lugar del ara de mi padre, me espera un tajo de carnicero donde seré degollada con cruel golpe, y correrá mi sangre humeante. Mas, gracias a los dioses, no quedará nuestra muerte sin venganza. Vendrá a su vez el que nos ha de vengar; un hijo que matará a su madre, y castigará el asesinato de su padre. Hoy anda errante y fugitivo y desterrado de su patria; pero él volverá para dar cima a la total perdición de los suyos. Porque los dioses hicieron solemne juramento de que le ha de traer la sombra de su padre muerto y tendido en tierra. ¿A qué llorar así al entrar en esa casa? Yo contemplé antes la desolación de Ilión, y ahora aquellos que conquistaron mi patria son a su vez sentenciados por los dioses. Entraré, sí; sufriré mi destino. Tendré valor para morir. Puertas del Hades, ya os veo. Yo os saludo. ¡Así reciba golpe tan certero, que entre arroyos de sangre me dé súbita muerte, y sin estremecerme siquiera cierre mis ojos!
CORO
¡Oh infelicísima y sapientísima mujer, mucho es lo que nos has revelado! Pero si de cierto sabes tu muerte, ¿cómo con firme paso te encaminas al ara, tan animosa como becerrilla a quien los dioses llevan al sacrificio?
CASANDRA
No hay huír posible, amigos. Nada haría con retardarlo.
CORO
Pero a lo menos la muerte cuanto más tarde es mejor.
CASANDRA
Ha llegado el día; huírle sería de bien poco provecho.
CORO
Tu temeridad te pierde. Considéralo.
CASANDRA
¡Nunca tales cargos se le hacen al dichoso!
CORO
Si fuera a morir con gloria... entonces cualquier mortal pudiera graduarlo de ventura.
CASANDRA
¡Ay de ti, oh padre! ¡Ay de tus generosos hijos!
CORO
¿Qué es eso? ¿Qué temor es ese que te hace retroceder?
CASANDRA
¡Oh, oh!
CORO
¿Por qué gritas así? ¿Qué te espanta?
CASANDRA
Despide esa casa aliento de sangre y muerte.
CORO
¿Cómo? Será el perfume de los sacrificios que se están haciendo en el hogar.
CASANDRA
No; diríase que es el hedor de los sepulcros.
CORO
A lo que tú dices, no son perfumes de Siria los de esa casa.
CASANDRA
Pero vamos ya. Lloraré en ese palacio mi muerte y la muerte de Agamemnón. -- Basta ya de vida. -- ¡Ay huéspedes míos! No tiemblo sin razón como el pajarillo a la vista del zarzal. Dad testimonio de ello cuando yo sea muerta; cuando una mujer pague mi vida con su vida, y un hombre expíe con su sangre la sangre del infeliz esposo de una mala esposa. Venid en lo que os pide quien por toda hospitalidad va a recibir la muerte.
CORO
¡Oh infeliz! Lloro el destino que te anuncian los dioses.
CASANDRA
Una sola palabra: todavía quiero lamentar mi muerte una sola vez. ¡Oh Helios! por esos tus rayos que no volveré a ver más, yo te pido que mis odiosos asesinos reciban de mis vengadores el pago de la fácil muerte de una esclava indefensa.
~(Entra en el palacio de Agamemnón.)~
CORO
¡Oh condición de las cosas humanas! Prósperas, cualquiera sombra os pone en huída; adversas, el frote de una esponja húmeda basta para borrar vuestra imagen. Olvido que entre todas las desdichas es la más digna de ser lamentada.
Jamás se sacian de felicidad los mortales. Ninguno hay que os cierre las puertas de esos ricos alcázares, que las gentes señalan con el dedo por su magnificencia, y os rechace diciendo: no entréis ahí. Y bien, he ahí a Agamemnón, a quien concedieron los bienaventurados que conquistase la ciudad de Príamo, y volviese colmado de honores por los dioses; pues si ahora tiene que pagar la sangre en otro tiempo vertida; si su muerte ha de satisfacer por otras muertes; si han de consumarse sangrientas venganzas, ¿cuál será el mortal que en oyendo esto pueda jactarse de haber nacido con buena estrella?
AGAMEMNÓN ~(Dentro.)~
¡Ay de mí que me hirieron de muerte!
PRIMER SEMICORO
¡Callad! ¿Quién clama? ¿Quién es muerto?
AGAMEMNÓN
¡Ay de mí, otra vez segundaron el golpe!
SEGUNDO SEMICORO
Se consumó el crimen. Ese gemido, a lo que parece, es del Rey. Tratemos pues entre nosotros cómo tomar alguna acertada resolución.
PRIMER SEMICORO
Yo os diré mi dictamen. Llamemos a los ciudadanos a palacio pidiendo socorro.
SEGUNDO SEMICORO
Pues a mí me parece que cuanto antes caigamos sobre los matadores espada en mano para sorprenderlos en su crimen.
PRIMER SEMICORO
Lo mismo pienso yo. Fuerza es hacer algo. No es ocasión ésta de dilaciones.
SEGUNDO SEMICORO
Pero bueno es examinarlo. Por tales comienzos se anuncian los que intentan tiranizar a un pueblo.
PRIMER SEMICORO
Nosotros pasamos el tiempo en estas dudas; ellos marchan con firme planta hacia su futuro encumbramiento, y no dejan dormir su mano.
SEGUNDO SEMICORO
No encuentro qué aconsejaros. Andar en consejos es de quien puede poner por obra alguna resolución.
PRIMER SEMICORO
Otro tanto digo yo; mal podremos con palabras resucitar al muerto.
SEGUNDO SEMICORO
¿Y seremos los matadores de nuestra propia vida cediendo a que nos manden los que han manchado ese palacio?
PRIMER SEMICORO
No; eso es intolerable. Morir sería mejor. La muerte es más dulce que la tiranía.
SEGUNDO SEMICORO
¿Mas por la prueba de esos lamentos, diremos ya que ha perecido nuestro Rey?
PRIMER SEMICORO
Veámoslo por nuestros propios ojos, y entonces hablaremos como se debe; que uno es imaginárselo y otro saberlo a ciencia cierta.
SEGUNDO SEMICORO
Todo viene en apoyo de esa resolución. Sepamos con certeza qué es del Atrida.
~(Ábrense las puertas del palacio y aparece CLITEMNESTRA. Más al fondo, tendidos en el suelo, los cuerpos de AGAMEMNÓN y de CASANDRA.)~
CLITEMNESTRA
Si antes dije todas aquellas cosas, según pedía la ocasión, no me avergonzaré ahora de decir lo contrario. Pues, si no, el que prepara la ruina de un enemigo, a quien parece amar, ¿cómo podría envolverle en la red de su perdición, de modo que ni con el más poderoso salto se desenredase? Era esto para mí la decisión de una contienda ha mucho meditada. Aunque al cabo de tiempo, por fin llegó. Aquí estoy en pie y serena, en el mismo lugar donde le maté; junto a mi obra. De manera lo hice, y no he de negarlo, que ni pudiese huír, ni defenderse de la muerte. Envolvíle como quien coge peces, en la red sin salida de rozagante vestidura, para él mortal. Dos veces le hiero; lanza dos gemidos, y cae su cuerpo desplomado. Ya en tierra, le doy un tercer golpe más, que ofrezco en reverencia de Hades, guardián de los muertos en la mansión del profundo. Así caído, estremécese por última vez; da su espíritu, y de las anchas heridas salta impetuosa la hirviente sangre. Las negras gotas del sangriento rocío me salpican y alégrame no menos que la lluvia de Zeus alegra la mies al brotar de la espiga. Esto es todo, tal como ha sucedido. Ahora, ancianos de Argos, podéis alegraros, si es que queréis. Yo por mí me glorío de mi obra. A ser lícito hacer libaciones sobre un cadáver, justas, justísimas serían en esta ocasión. -- Este hombre había llenado la copa de los enormes y execrable crímenes de su casa, y a su vuelta él mismo la ha apurado.
CORO