Trafalgar

Part 2

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Desde entonces, mi amo, que no había ascendido conforme a su trabajosa y dilatada carrera, se retiró del servicio. De resultas de las heridas recibidas en aquella triste jornada, cayó enfermo del cuerpo, y más gravemente del alma, a consecuencia del pesar de la derrota. Curábale su esposa con amor, aunque no sin gritos, pues el maldecir a la marina y a los navegantes era en su boca tan habitual como los dulces nombres de Jesús y María en boca de un devoto.

Era Doña Francisca una señora excelente, ejemplar, de noble origen, devota y temerosa de Dios, como todas las hembras de aquel tiempo; caritativa y discreta, pero con el más arisco y endemoniado genio que he conocido en mi vida. Francamente, yo no considero como ingénito aquel iracundo temperamento, sino, antes bien, creado por los disgustos que la ocasionó la desabrida profesión de su esposo; y es preciso confesar que no se quejaba sin razón, pues aquel matrimonio, que durante cincuenta años habría podido dar veinte hijos al mundo y a Dios, tuvo que contentarse con uno solo: la encantadora y sin par Rosita, de quien hablaré después. Por éstas y otras razones, Doña Francisca pedía al cielo en sus diarias oraciones el aniquilamiento de todas las escuadras europeas.

En tanto, el héroe se consumía tristemente en Vejer viendo sus laureles apolillados y roídos de, y meditaba y discurría a todas horas sobre un tema importante, es decir: que si Córdova, comandante de nuestra escuadra, hubiera mandado orzar a babor en vez de ordenar la maniobra a estribor, los navíos _Mejicano_, _San José_, _San Nicolás_ y _San Isidro_ no habrían caído en poder de los ingleses, y el almirante inglés Jerwis habría sido derrotado. Su mujer, Marcial, hasta yo mismo, extralimitándome en mis atribuciones, le decíamos que la cosa no tenía duda, a ver si dándonos por convencidos se templaba el vivo ardor de su manía; pero ni por ésas: su manía le acompañó al sepulcro.

Pasaron ocho años después de aquel desastre, y la noticia de que la escuadra combinada iba a tener un encuentro decisivo con los ingleses, produjo en él cierta excitación que parecía rejuvenecerle. Dio, pues, en la flor de que había de ir a la escuadra para presenciar la indudable derrota de sus mortales enemigos; y aunque su esposa trataba de disuadirle, como he dicho, era imposible desviarle de tan estrafalario propósito. Para dar a comprender cuán vehemente era su deseo, basta decir que osaba contrariar, aunque evitando toda disputa, la firme voluntad de; y debo advertir, para que se tenga idea de la obstinación de mi amo, que éste no tenía miedo a los ingleses, ni a los franceses, ni a los argelinos, ni a los salvajes del estrecho de Magallanes, ni al mar irritado, ni a los monstruos acuáticos, ni a la ruidosa tempestad, ni al cielo, ni a la tierra: no tenía miedo a cosa alguna creada por Dios, más que a su bendita mujer.

Réstame hablar ahora del marinero, objeto del odio más vivo por parte de Doña Francisca; pero cariñosa y fraternalmente amado por mi amo D. Alonso, con quien había servido.

Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase.

Puede decirse que su vida era la historia de la marina española en la última parte del siglo pasado y principios del presente; historia en cuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas. Marcial había navegado en el _Conde de Regla_, en el _San Joaquín_, en el _Real Carlos_, en el _Trinidad_, y en otros heroicos y desgraciados barcos que, al parecer derrotados con honra o destruidos con alevosía, sumergieron con sus viejas tablas el poderío naval de España.

Además de las campañas en que tomó parte con mi amo, Medio-hombre había asistido a otras muchas, tales como la expedición a la Martinica, la acción de Finisterre y antes el terrible episodio del Estrecho, en la noche del 12 de julio de 1801, y al combate del cabo de Santa María, en 5 de octubre de 1804.

A la edad de sesenta y seis años se retiró del servicio, mas no por falta de bríos, sino porque ya se hallaba completamente desarbolado y fuera de combate. Él y mi amo eran en tierra dos buenos amigos; y como la hija única del contramaestre se hallase casada con un antiguo criado de la casa, resultando de esta unión un nieto, Medio-hombre se decidió a echar para siempre el ancla, como un viejo pontón inútil para la guerra, y hasta llegó a hacerse la ilusión de que le gustaba la paz. Bastaba verle para comprender que el empleo más difícil que podía darse a aquel resto glorioso de un héroe era el de cuidar chiquillos; y en efecto, Marcial no hacía otra cosa que cargar, distraer y dormir a su nieto, para cuya faena le bastaban sus canciones marineras sazonadas con algún juramento, propio del oficio.

Mas al saber que la escuadra combinada se apercibía para un gran combate, sintió renacer en su pecho el amortiguado entusiasmo, y soñó que se hallaba mandando la marinería en el alcázar de proa del _Santísima Trinidad_. Como notase en D. Alonso iguales síntomas de recrudecimiento, se franqueó con él, y desde entonces pasaban gran parte del día y de la noche comunicándose, así las noticias recibidas como las propias sensaciones, refiriendo hechos pasados, haciendo conjeturas sobre los venideros y soñando despiertos, como dos grumetes que en íntima confidencia calculan el modo de llegar a almirantes.

En estas encerronas, que traían a Doña Francisca muy alarmada, nació el proyecto de embarcarse en la escuadra para presenciar el próximo combate. Ya saben ustedes la opinión de mi ama y las mil picardías que dijo del marinero embaucador; ya saben que D. Alonso insistía en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, acompañado de su paje, y ahora me resta referir lo que todos dijeron cuando Marcial se presentó a defender la guerra contra el vergonzoso _statu quo_ de Doña Francisca.

-IV-

«Señor Marcial--dijo ésta con redoblado furor:--si quiere usted ir a la escuadra a que le den la última mano, puede embarcar cuando quiera; pero lo que es este no irá.

--Bueno--contestó el marinero, que se había sentado en el borde de una silla, ocupando sólo el espacio necesario para sostenerse--: iré yo solo. El demonio me lleve, si me quedo sin echar el catalejo a la fiesta.»

Después añadió con expresión de júbilo:

«Tenemos quince navíos, y los francesitos veinticinco barcos. Si todos fueran nuestros, no era preciso tanto... ¡Cuarenta buques y mucho corazón embarcado!»

Como se comunica el fuego de una mecha a otra que está cercana, así el entusiasmo que irradió del ojo de Marcial encendió los dos, ya por la edad amortiguados, de mi buen amo.

«Pero el _Señorito_--continuó Medio-hombre--, traerá muchos también. Así me gustan a mí las funciones: mucha madera donde mandar balas, y mucho _jumo_ de pólvora que caliente el aire cuando hace frío.»

Se me había olvidado decir que Marcial, como casi todos los marinos, usaba un vocabulario formado por los más peregrinos terminachos, pues es costumbre en la gente de mar de todos los países desfigurar la lengua patria hasta convertirla en caricatura. Observando la mayor parte de las voces usadas por los navegantes, se ve que son simplemente corruptelas de las palabras más comunes, adaptadas a su temperamento arrebatado y enérgico, siempre propenso a abreviar todas las funciones de la vida, y especialmente el lenguaje. Oyéndoles hablar, me ha parecido a veces que la lengua es un órgano que les estorba.

Marcial, como digo, convertía los nombres en verbos, y éstos en nombres, sin consultar con la Academia. Asimismo aplicaba el vocabulario de la navegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con el hombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquél y los miembros de éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo, decía que había cerrado el _portalón de estribor_; y para expresar la rotura del brazo, decía que se había quedado sin la _serviola de babor_. Para él el corazón, residencia del valor y del heroísmo, era el _pañol de la pólvora_, así como el estómago el _pañol del viscocho_. Al menos estas frases las entendían los marineros; pero había otras, hijas de su propia inventiva filológica, de él sólo conocidas y en todo su valor apreciadas. ¿Quién podría comprender lo que significaban _patigurbiar, chingurria_ y otros feroces nombres del mismo jaez? Yo creo, aunque no lo aseguro, que con el primero significaba dudar, y con el segundo tristeza. La acción de embriagarse la denominaba de mil maneras distintas, y entre éstas la más común era _ponerse la casaca_, idiotismo cuyo sentido no hallarán mis lectores, si no les explico que, habiéndole merecido los marinos ingleses el dictado de _casacones_, sin duda a causa de su uniforme, al decir _ponerse la casaca_ por emborracharse, quería significar Marcial una acción común y corriente entre sus enemigos. A los almirantes extranjeros los llamaba con estrafalarios nombres, ya creados por él, ya traducidos a su manera, fijándose en semejanzas de sonido. A Nelson le llamaba el _Señorito_, voz que indicaba cierta consideración o respeto; a Collingwood el _tío Calambre_, frase que a él le parecía exacta traducción del inglés; a Jerwis le nombraba como los mismos ingleses, esto es, _viejo zorro_; a Calder el _tío Perol_, porque encontraba mucha relación entre las dos voces; y siguiendo un sistema lingüístico enteramente opuesto, designaba a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el apodo de _Monsieur Corneta_, nombre tomado de un sainete a cuya representación asistió Marcial en Cádiz. En fin, tales eran los disparates que salían de su boca, que me veré obligado, para evitar explicaciones enojosas, a sustituir sus frases con las usuales, cuando refiera las conversaciones que de él recuerdo.

Sigamos ahora. Doña Francisca, haciéndose cruces, dijo así:

«¡Cuarenta navíos! Eso es tentar a la Divina Providencia. ¡Jesús!, y lo menos tendrán cuarenta mil cañones, para que estos enemigos se maten unos a otros.

--Lo que es como Mr. Corneta tenga bien provistos los pañoles de la pólvora--contestó Marcial señalando al corazón--, ya se van a reír esos señores casacones. No será ésta como la del cabo de San Vicente.

--Hay que tener en cuenta--dijo mi amo con placer, viendo mencionado su tema favorito--, que si el almirante Córdova hubiera mandado virar a babor a los navíos _San José_ y _Mejicano_, el Sr. de Jerwis no se habría llamado _Lord Conde de San Vicente_. De eso estoy bien seguro, y tengo datos para asegurar que con la maniobra a babor, hubiéramos salido victoriosos.

--¡Victoriosos!--exclamó con desdén Doña Francisca--. Si pueden ellos más... Estos bravucones parece que se quieren comer el mundo, y en cuanto salen al mar parece que no tienen bastantes costillas para recibir los porrazos de los ingleses.

--¡No!--dijo Medio-hombre enérgicamente y cerrando el con gesto amenazador--. ¡Si no fuera por sus muchas astucias y picardías!... Nosotros vamos siempre contra ellos con el alma a un largo, pues, con nobleza, bandera izada y manos limpias. El inglés no se _larguea_, y siempre ataca por sorpresa, buscando las aguas malas y las horas de cerrazón. Así fue la del Estrecho, que nos tienen que pagar. Nosotros navegábamos confiados, porque ni de perros herejes moros se teme la traición, _cuantimás_ de un inglés que es _civil_ y al modo de cristiano. Pero no: el que ataca a traición no es cristiano, sino un salteador de caminos. Figúrese usted, señora--añadió dirigiéndose a Doña Francisca para obtener su benevolencia--, que salimos de Cádiz para auxiliar a la escuadra francesa que se había refugiado en Algeciras, perseguida por los ingleses.

Hace de esto cuatro años, y _entavía_ tengo tal coraje que la sangre se me emborbota cuando lo recuerdo. Yo iba en el _Real Carlos_, de 112 cañones, que mandaba Ezguerra, y además llevábamos el _San Hermenegildo_, de 112 también; el _San Fernando_, el _Argonauta_, el _San Agustín_ y la fragata _Sabina_. Unidos con la escuadra francesa, que tenía cuatro navíos, tres fragatas y un bergantín, salimos de Algeciras para Cádiz a las doce del día, y como el tiempo era flojo, nos anocheció más acá de punta Carnero. La noche estaba más negra que un barril de chapapote; pero como el tiempo era bueno, no nos importaba navegar a obscuras. Casi toda la tripulación dormía: me acuerdo que estaba yo en el castillo de proa hablando con mi primo Pepe Débora, que me contaba las perradas de su suegra, y desde allí vi las luces del _San Hermenegildo_, que navegaba a estribor como a tiro de cañón. Los demás barcos iban delante. _Pusque_ lo que menos creíamos era que los casacones habían salido de Gibraltar tras de nosotros y nos daban caza.

¿Ni cómo los habíamos de ver, si tenían apagadas las luces y se nos acercaban sin que nos percatáramos de ello? De repente, y _anque_ la noche estaba muy obscura, me pareció ver... yo siempre he tenido un _farol_ como un lince... me pareció que un barco pasaba entre nosotros y el _San Hermenegildo_. «José Débora--dije a mi compañero--; o yo estoy viendo _pantasmas_, o tenemos un barco inglés por estribor».

José Débora miró y me dijo:

«Que el palo mayor se caiga por la fogonadura y me parta, si hay por estribor más barco que el _San Hermenegildo_.

--Pues por sí o por no--dije--, voy a avisarle al oficial que está de cuarto».

No había acabado de decirlo, cuando pataplús... sentimos el _musiqueo_ de toda una andanada que nos soplaron por el costado. En un minuto la tripulación se levantó... cada uno a su puesto... ¡Qué batahola, señora Doña Francisca! Me alegrara de que usted lo hubiera visto para que supiera cómo son estas cosas. Todos jurábamos como demonios y pedíamos a Dios que nos pusiera un cañón en cada dedo para contestar al ataque. Ezguerra subió al alcázar y mandó disparar la andanada de estribor... ¡_zapataplús_! La andanada de estribor disparó en seguida, y al poco rato nos contestaron... Pero en aquella trapisonda no vimos que con el primer disparo nos habían soplado a bordo unas endiabladas materias _comestibles_ (combustibles quería decir), que cayeron sobre el buque como si estuviera lloviendo fuego. Al ver que ardía nuestro navío, se nos redobló la rabia y cargamos de nuevo la andanada, y otra, y otra. ¡Ah, señora Doña Francisca! ¡Bonito se puso aquello!... Nuestro comandante mandó meter sobre estribor para atacar al abordaje al buque enemigo. Aquí te quiero ver... Yo estaba en mis glorias... En un guiñar del ojo preparamos las hachas y picas para el abordaje... el barco enemigo se nos venía encima, lo cual me _encabrilló_ (me alegró) el alma, porque así nos enredaríamos más pronto... Mete, mete a estribor... ¡qué julepe! Principiaba a amanecer: ya los penoles se besaban; ya estaban dispuestos los grupos, cuando oímos juramentos españoles a bordo del buque enemigo. Entonces nos quedamos todos tiesos de espanto, porque vimos que el barco con que nos batíamos era el mismo _San Hermenegildo_.

--Eso sí que estuvo bueno--dijo Doña Francisca mostrando algún interés en la narración--. ¿Y cómo fueron tan burros que uno y otro...?

--Diré a usted: no tuvimos tiempo de andar con palabreo. El fuego del _Real Carlos_ se pasó al _San Hermenegildo_, y entonces... ¡Virgen del Carmen, la que se armó! ¡A las lanchas!, gritaron muchos. El fuego estaba ya ras con ras con la _Santa Bárbara_, y esta señora no se anda con bromas... Nosotros jurábamos, gritábamos insultando a Dios, a la Virgen y a todos los santos, porque así parece que se desahoga uno cuando está lleno de coraje hasta la escotilla.

--¡Jesús, María y José!, ¡qué horror!--exclamó mi ama--. ¿Y se salvaron?

--Nos salvamos cuarenta en la falúa y seis o siete en el chinchorro: éstos recogieron al segundo del _San Hermenegildo_. José Débora se aferró a un pedazo de palo y arribó más muerto que vivo a las playas de Marruecos.

--Los demás... y en ella cabe mucha gente. Dos mil hombres _apagaron fuegos_ aquel día, entre ellos nuestro comandante Ezguerra, y Emparán el del otro barco.

--Válgame Dios--dijo Doña Francisca--. Aunque bien empleado les está, por andarse en esos juegos. Si se estuvieran quietecitos en sus casas como Dios manda...

--Pues la causa de este desastre--dijo Don Alonso, que gustaba de interesar a su mujer en tan dramáticos sucesos--, fue la siguiente. Los ingleses, validos de la obscuridad de la noche, dispusieron que el navío _Soberbio_, el más ligero de los que traían, apagara sus luces y se colocara entre nuestros dos hermosos barcos. Así lo hizo: disparó sus dos andanadas, puso su aparejo en facha con mucha presteza, orzando al mismo tiempo para librarse de la contestación. El _Real Carlos_ y el _San Hermenegildo_, viéndose atacados inesperadamente, hicieron fuego; pero se estuvieron batiendo el uno contra el otro, hasta que cerca del amanecer y estando a punto de abordarse, se reconocieron y ocurrió lo que tan detalladamente te ha contado Marcial.

--¡Oh!, ¡y qué bien os la jugaron!--dijo la dama--. Estuvo bueno, aunque eso no es de gente noble.

--Qué ha de ser--añadió Medio-hombre--. Entonces yo no los quería bien; pero _dende_ esa noche... Si están ellos en el Cielo, no quiero ir al Cielo, _manque_ me condene para toda la _enternidad_...

--¿Pues y la captura de las cuatro fragatas que venían del Río de la Plata?--dijo D. Alonso animando a Marcial para que continuara sus narraciones.

--También en esa me encontré--contestó el marino--, y allí me dejaron sin pierna. También entonces nos cogieron desprevenidos, y como estábamos en tiempo de paz, navegábamos muy tranquilos, contando ya las horas que nos faltaban para llegar, cuando de pronto...

Le diré a usted cómo fue, señora Doña Francisca, para que vea las mañas de esa gente. Después de lo del Estrecho, me embarqué en la _Fama_ para Montevideo, y ya hacía mucho tiempo que estábamos allí, cuando el jefe de la escuadra recibió orden de traer a España los caudales de Lima y Buenos Aires. El viaje fue muy bueno, y no tuvimos más percance que unas calenturillas, que no mataron ni tanto así de hombre... Traíamos mucho dinero del Rey y de particulares, y también lo que llamamos la _caja de soldadas_, que son los ahorrillos de la tropa que sirve en las Américas. Por junto, si no me engaño, eran cosa de cinco millones de pesos, como quien no dice nada, y además traíamos pieles de lobo, lana de vicuña, cascarilla, barras de estaño y cobre y maderas finas... Pues, señor, después de cincuenta días de navegación, el 5 de Octubre, vimos tierra, y ya contábamos entrar en Cádiz al día siguiente, cuando cátate que hacia el Nordeste se nos presentan cuatro señoras fragatas.

_Anque_ era tiempo de paz, y nuestro capitán, D. Miguel de Zapiaín, parecía no tener maldito recelo, yo, que soy perro viejo en la mar, llamé a Débora y le dije que el tiempo me olía a pólvora... Bueno: cuando las fragatas inglesas estuvieron cerca, el general mandó hacer zafarrancho; la _Fama_ iba delante, y al poco rato nos encontramos a tiro de pistola de una de las inglesas por barlovento.

Entonces el capitán inglés nos habló con su bocina y nos dijo... ¡pues mire usted que me gustó la franqueza!... nos dijo que nos pusiéramos en facha porque nos iba a atacar. Hizo mil preguntas; pero le dijimos que no nos daba la gana de contestar. A todo esto, las otras tres fragatas enemigas se habían acercado a las nuestras, de tal manera que cada una de las inglesas tenía otra española por el costado de sotavento.

--Su posición no podía ser mejor--apuntó mi amo.

--Eso digo yo--continuó Marcial--. El jefe de nuestra escuadra, D. José Bustamante, anduvo poco listo, que si hubiera sido yo... Pues, señor, el _comodón_ (quería decir el comodoro) inglés envió a bordo de la _Medea_ un oficialillo de estos de cola de abadejo, el cual, sin andarse en chiquitas, dijo que _anque_ no estaba declarada la guerra, el _comodón_ tenía orden de apresarnos. Esto sí que se llama ser inglés. El combate empezó al poco rato; nuestra fragata recibió la primera andanada por babor; se le contestó al saludo, y cañonazo va, cañonazo viene... lo cierto del caso es que no metimos en un puño a aquellos herejes _por mor_ de que el demonio fue y pegó fuego a la Santa Bárbara de la _Mercedes_, que se voló en un suspiro, ¡y todos con este suceso, nos afligimos tanto, sintiéndonos tan apocados...!, no por falta de valor, sino por aquello que dicen... en _la moral_... pues... _denque_ el mismo momento nos vimos perdidos. Nuestra fragata tenía las velas con más agujeros que capa vieja, los cabos rotos, cinco pies de agua en bodega, el palo de mesana tendido, tres balazos a flor de agua y bastantes muertos y heridos. A pesar de esto, seguíamos la _cuchipanda_ con el inglés; pero cuando vimos que la _Medea_ y la _Clara_, no pudiendo resistir la chamusquina, arriaban bandera, forzamos de vela y nos retiramos defendiéndonos como podíamos. La maldita fragata inglesa nos daba caza, y como era más velera que la nuestra, no pudimos zafarnos y tuvimos también que arriar el trapo a las tres de la tarde, cuando ya nos habían matado mucha gente, y yo estaba medio muerto sobre el sollao porque a una bala le dio la gana de quitarme la pierna. Aquellos condenados nos llevaron a Inglaterra, no como presos, sino como detenidos; pero carta va, carta viene entre Londres y Madrid, lo cierto es que se quedaron con el dinero, y me parece que cuando a mí me nazca otra pierna, entonces el Rey de España les verá la punta del pelo a los cinco millones de pesos.

--¡Pobre hombre!... ¿y entonces perdiste la pata?--le dijo compasivamente Doña Francisca.

--Sí señora: los ingleses, sabiendo que yo no era bailarín, creyeron que tenía bastante con una. En la travesía me curaron bien: en un pueblo que llaman _Plinmuf_ (Plymouth) estuve seis meses en el pontón, con el petate liado y la patente para el otro mundo en el bolsillo... Pero Dios quiso que no me fuera a pique tan pronto: un físico inglés me puso esta pierna de palo, que es mejor que la otra, porque aquélla me dolía de la condenada reúma, y ésta, a Dios gracias, no duele aunque la echen una descarga de metralla. En cuanto a dureza, creo que la tiene, _aunque entavía_ no se me ha puesto delante la popa de ningún inglés para probarla.

--Muy bravo estás--dijo mi ama--; quiera Dios no pierdas también la otra. «El que busca el peligro...»

Concluida la relación de Marcial, se trabó de nuevo la disputa sobre si mi amo iría o no a la escuadra. Persistía Doña Francisca en la negativa, y D. Alonso, que en presencia de su digna esposa era manso como un cordero, buscaba pretextos y alegaba toda clase de razones para convencerla.

«Iremos sólo a ver, mujer; nada más que a ver--decía el héroe con mirada suplicante.

--Dejémonos de fiestas--le contestaba su esposa--. Buen par de esperpentos estáis los dos.

--La escuadra combinada--dijo Marcial--, se quedará en Cádiz, y ellos tratarán de forzar la entrada.