Part 9
—Que no es lo mismo que ganar, dos, tres mil, cien mil duros, en una operación. El dinero se gana con la inteligencia, con la travesura, á veces con perfidia y malas artes; el Cielo se gana con las buenas acciones, con la pureza de la conciencia.
—Todo ello es facilísimo, _en mi sentir_. Y aquí me tiene dispuesto á obedecerle en cuanto quiera mandarme, tocante al dogma y á la conciencia.
—Está bien.
—Pero siempre es uno filósofo y científico... no se puede remediar. De poeta no tengo ni _un ápice_, gracias á Dios. Me da por pensar, y _dilucido_ á mi manera el fenómeno de acá y de allá. La duda me pica, y francamente, duda uno sin sospecharlo, sin quererlo. ¿Por qué duda uno? Pues porque existe, ea. Seamos científicos, no poetas. El poeta es un gaznápiro que tiene el aquel de las palabras bonitas, un alcornoque que echa flores, ¿me entiende usted? Pues sigo. Vamos á hacer un arreglo, señor Gamborena.
—¿Un arreglo? Aquí no hay más arreglo que poner usted su conciencia en mis manos y dejarse llevar.
—Á eso voy—y diciendo esto, acercó el marqués su sillón al del sacerdote, para poder darle palmaditas en las rodillas.—Francisco Torquemada está dispuesto á dejarse gobernar por el padre Gamborena, como el último de los _párvulos_, siempre que el padre Gamborena, le garantice...
—¿Qué es eso de garantizar?
—Calma. Soy muy claro cuando trato de negocios... Es en mí inveterada costumbre el ponerlo todo muy clarito, y atar bien los cabos...
—Pero el negocio del alma...
—Negocio del alma, _por decirlo así_... Aludo á la _entidad_ que llamamos ánima, que suponemos es un capital cuantioso y _pingüe_, el primero de los capitales.
—Bueno, bueno.
—Y naturalmente, yo, tratando de la colocación de ese saneado capital, y de asegurarlo bien, tengo que discutir con toda minuciosidad las condiciones. Por consiguiente, yo le entrego á usted lo que me exige, la conciencia... Bueno... Pero usted me ha de garantizar que, una vez en su poder mi conciencia toda, se me han de abrir las puertas de la Gloria eterna, que ha de franqueármelas usted mismo, puesto que llaves tiene para ello. Haya por ambas partes lealtad y buena fe ¡cuidado! Porque, francamente, sería muy triste, señor misionero de mis entretelas, que yo diera mi capital, y que luego resultara que no había tales puertas, ni tal Gloria, ni Cristo que lo fundó....
—¿Con que nada menos que garantía?—dijo el clérigo montando en cólera.—¿Soy acaso algún corredor, ó agente de Bolsa? Yo no necesito garantizar las verdades eternas. Las predico. El pecador que no las crea, carece de base para la enmienda. El negociante que dude de la seguridad de ese Banco en que deposite sus capitales, ya se las entenderá luego con el demonio... Hay que tener fe, y teniéndola, hallará usted la garantía en su propia conciencia... Y, por último, no admito bromas en este terreno, y para que nos entendamos, olvide usted las mañas, los hábitos y hasta el lenguaje de los negocios. Si no, creeré que es usted cosa perdida, y le abandonaré á las tristezas de su vejez, á los temores de su mala salud, y á los espantos de su conciencia llena de sombras.
Pausa. D. Francisco se echó para atrás en el sillón, y se pasó las manos por los ojos.
—Penétrese usted de las grandes verdades de la doctrina, tan fáciles, tan sencillas, tan claras, que la inteligencia del niño las comprende—dijo el misionero con bondad,—y no necesitará que yo le garantice nada. Yo podría decir: «Respóndame usted de su enmienda, y las puertas se abrirán.» Lo primero es lo primero. Pero usted, como buen egoísta, quiere que vaya por delante la seguridad de ganancia. Le dejo á usted para que piense en ello.
Levantóse el padrito; pero Torquemada le agarró por un brazo, obligándole á sentarse.
—Un ratito más. Quedamos en que me reconciliaré con Cruz. La idea es _plausible_. Por algo se empieza.
—Sí, pero con efusión del alma, reconciliación verdad, no de dientes afuera.
—Pues mire usted, trabajillo me ha de costar, si ha de ser en esos términos y con todo el rigor de las condiciones _sine qua nones_... En fin, se hará lo que se pueda, y por el pronto, hablemos _reiteradamente_ de estas cosas, que me _ensimisman_ más de lo que parece. Yo sostengo que debe uno pensar en ello, y prepararse por lo que pueda tronar. Al fin y á la postre, usted, reverendísimo señor _San Pedro_, me abrirá la puerta, pues por algo somos amigos, y...
—Ni yo soy el portero celestial—dijo Gamborena cortándole la palabra,—ni, aunque lo fuera, abriría la puerta para quien no mereciese entrar. Tiene usted la cabeza llena de consejas ridículas, de cuentos irreverentes y absurdos.
—Pues ya que habla de cuentos, voy á referirle uno muy viejo que puede interesarle. El por qué y el cómo y cuándo de esta costumbre que tengo de llamarle á usted _San Pedro_.
—Venga, venga.
—Se ha de reir. Es una tontería. Cosas de nuestra imaginación, que es la gran cómica. Parece mentira que siendo uno tan _científico_, y no teniendo pizca de _poeta_, se deje embaucar por esa loquinaria. Pues ello pasó hace muchos años, cuando yo era un pobre, ó poco menos, y me cayó enfermo el niño, de aquella perra enfermedad que se lo llevó, un ataque á la cabeza, _vulgo meningitis_[*]. No sabiendo qué hacer para conseguir que Dios me salvara al hijo y _abrigando_ mis sospechas de que lo mismo el Señor que los santos me tenían entre ojos porque era un poquitín tirano para los pobres, se me ocurrió que variando de conducta y haciéndome compasivo, _los señores de arriba_ se apiadarían de mi aflicción. Generoso, y aun despilfarrado y manirroto fuí. ¿Cree usted que me hicieron caso? Como si fuera un perro... ¡Y luego dicen...! Más vale callar.
[*] _Torquemada en la Hoguera._
—La caridad debe practicarse siempre y por sistema—dijo el clérigo con severidad dulce,—no en determinados casos de apuro, como quien pone dinero á la Lotería con avidez de sacar ganancia. Ni se debe hacer el bien por cálculo, ni el Cielo es un Ministerio, al cual se dirigen memoriales para alcanzar un destino. Pero dejemos esto, y adelante.
—Á lo que iba diciendo. Salía una noche, desesperado y hecho un demonio, quiero decir, afligidísimo, porque el niño estaba muy grave. Resuelto iba á dar limosna á todo pobre que cogiera por delante. Y así lo hice, me lo puede creer. Repartí porción de perras grandes y chicas, _amén_ de los cuantiosos beneficios que había hecho aquella mañana en mi casa de la calle de San Blas, perdonando picos de alquileres, y dando respiro á los inquilinos morosos... gente mala, ¡ay! gente muy mala, entre paréntesis... Pues, como digo, iba yo por la calle de Jacometrezo, y allá, cerca del Postigo de San Martín me encontré á un vejete que pedía limosna tiritando de frío. Estaba el pobrecillo en mangas de camisa, viéndosele el pecho velludo, los pies descalzos, la poca ropa que llevaba toda hecha girones. Me dió mucha lástima. Hablé con él, y le miré bien á la cara. Y aquí entra la primera parte de la gracia del cuento, que si no fuera por el chiste, _vulgo_ coincidencia, no merecería ser contado.
—¿Tiene dos partes la gracia?
—Dos. La primera coincidencia es que aquel hombre se me pareció á un _San Pedro_, imagen de mucha devoción, que podrá usted ver en San Cayetano, en la primera capilla de la derecha, conforme se entra. La misma calva, los mismísimos ojos, el cerquillo rizado, las facciones todas, en fin, San Pedro vivo y muy vivo. Y yo conocía y trataba á la imagen del apóstol como á mis mejores amigos, porque fuí mayordomo de la cofradía de que él era patrono, y en mis verdes tiempos le tuve cierta devoción. San Pedro es patrono de los pescadores; pero como en Madrid no hay hombres de mar, nos congregábamos para darle culto los prestamistas que, en cierto modo, también somos gente de pesca... Adelante. Ello es que el pobre haraposo era igual, exactamente igual al santo de nuestra cofradía.
—¿Y le dió usted limosna?
—¡Toma! Le dí mi capa. ¿Pues qué se creía usted? Yo no las gasto menos.
—Está bien.
—Pero, _seamos justos_, no le dí la capa que llevaba puesta, que era el número uno, sino otra vieja que tenía en casa. Para él buena estaba.
—Siempre es un acto muy meritorio, sí señor... ¡vaya!
—Pues se me quedó tan presente en la memoria la cara de aquel hombre, que pasaron años y años, y no le podía olvidar; y cambié de fortuna y de posición, y siempre con aquel maldito santo, fresco y vivo en mi magín. Pues señor, pasa tiempo, y un día, cuando menos en ello pensaba, se me presenta otra vez en carne y hueso, con alma, con vida, con voz, la misma _entidad_, aunque con traje muy distinto. Aquí tiene usted la segunda parte de la gracia del cuento. Mi _San Pedro_ era usted.
—Sí que es gracioso. ¿De modo que me parezco...?
—Al que me pidió limosna aquella noche, y _por ende_, al santo apóstol de marras.
—¿Y aquel San Pedro tenía llaves?
—¡Vaya! y de plata, como de una tercia.
—Pues en eso no nos parecemos.
—La cara es la misma, esa calva, esas arrugas, el cerquillo, los ojos como alumbrados, y las facciones todas, boca y nariz, y hasta el metal de voz. Sólo que aquél no se afeitaba, y usted sí... ¡Pero qué parecido tan atroz, Señor! El día que usted entró en casa, yo me asusté, crea que me asusté, y se lo dije á Fidela, sí, le dije: «Este hombre es el demonio.»
—¡Jesús!
—No, fué un dicho, nada más que un dicho. Pero me dió qué pensar, y todo se me volvía discurrir si usted tenía llaves ó no tenía llaves.
—No las tengo—dijo Gamborena festivo, levantándose.—Pero para el caso de conciencia es lo mismo. No se apure. Las llaves las tiene la Iglesia, y quien puede abrir aquellas puertas, me transmite á mí su poder y á todos los que ejercemos este ministerio divino. Con que disponerse para la entrada. ¿Quedamos en que se efectuará la reconciliación?
—Quedamos en ello. ¿Pero se va ya?
—Sí; que ustedes van á comer. Es muy tarde. Reconciliación verdad. De lo demás hablaremos pronto, pues me parece que no estamos para dar largas al asunto.
—No. Desde hoy, la cuestión queda _sobre el tapete_. Y usted tratará de ello cuando guste.
—Bueno. Adiós. Me ha hecho gracia el cuento. Tenemos que repetir lo de la capa, quiero decir, que yo se la pido á usted otra vez, y tiene que dármela.
—Corriente.
—Si no, no hay llaves. Y crea usted, amigo mío, que lo que es aquella puerta no se abre con ganzúa.
VI
Obra de romanos era, en verdad, la tal reconciliación, y para poder _llevarla á cabo_, como decía D. Francisco, hubo de intervenir nuevamente, con más diplomacia que religión, el buen Gamborena, asistido del excelente Donoso y de Rufinita. Por fin, Cruz y Torquemada se juntaron á comer un día, y las paces quedaron hechas, mostrándose ambos dispuestos á la concordia, aunque siempre reservados sobre los puntos graves del cisma que los separó. Por dicha de todos, aquel día tuvo el señor Marqués buen apetito, y comió de cuanto llevaron á la mesa, sin que nada le hiciera daño, cosa rara, pues sus digestiones habían llegado á ser harto difíciles.
No las tenía todas consigo el misionero, y tanto él como Donoso sospechaban que la aproximación no era substancial, sino más bien aparente, y que los corazones de ambos permanecían distante uno de otro, lo que se confirmó en la práctica, á los pocos días de establecido el _modus vivendi_, pues tales cosas pidió y quiso ejecutar D. Francisco, que los mismos negociadores se asustaron. Quería nada menos que licenciar los dos tercios de la servidumbre, dejando tan sólo lo indispensable para la asistencia de las dos personas mayores y del niño, y metiendo sin piedad la hoz de las economías en el personal necesario para la limpieza y custodia de las riquezas artísticas. Desmayada ya en sus ambiciones de autócrata, Cruz á todo se avenía. La soledad en que la dejó la muerte de sus queridos hermanos, habíale aplacado el orgullo, inspirándole la indiferencia y aun el desprecio de las vanidades suntuarias. Le dolía, sí, que á las obras de arte no se rindiera el debido culto; llevaba muy á mal la sordidez de su ilustre cuñado, quien, con un pie en el sepulcro, desdoraba su nombre y casa, por economizar sumas insignificantes en su colosal riqueza. En otras circunstancias, Cruz habría tratado la cuestión con brío, segura de salir victoriosa; en aquéllas no quiso dar batalla alguna, y con la gravedad melancólica de un Emperador que se mete en Yuste, dijo á sus buenos amigos Gamborena y Donoso:
—Que campe ahora por sus respetos. Justo es que ese bruto recobre, en sus últimos años, la posesión de su voluntad cicatera. ¿Qué se adelanta con mortificarle? Amargar sus últimos días, y predisponerle mal para la muerte. No. Después de mí, él, y después de él, el diluvio. ¡Pobre casa de Gravelinas! Por mi gusto, me metería en un convento, pues de nada sirvo ya, ni quiero intervenir en cosa alguna.
Realmente, Cruz, como heroina que en lucha formidable agotó sus energías poderosas, hallábase á la sazón extenuada de voluntad, enferma de desaliento. Había hecho tanto, había creado tantas maravillas, que justo era permitirle descansar al séptimo día. La ingratitud de aquel hombre, su discípulo, su hechura, no le amargaba la vida tanto como debiera, sin duda porque con ella contaba, y porque su grande espíritu se sentía más alto, viendo la distancia que aquella ingratitud ponía entre el artista y su obra. Llegó, además, para la egregia dama, el tiempo de mirar más á las cosas divinas que á las terrenas, evolución natural de la vida en las circunstancias en que ella se encontraba, sola, sin más afecto que el de su sobrinito (á quien amaba con inefable lástima), con todas sus ambiciones cumplidas, la casa del Águila restaurada, las venganzas de familia, que en su conciencia tomaban carácter de inflexible justicia, satisfechas. Todo lo temporal estaba, pues, realizado con creces: ocasión era de mirar á la otra parte de los linderos obscuros de nuestra vida. La soledad, la tristeza, la edad misma que ya rebasaba de los ocho lustros, la incitaban á ello; y si algo faltara para acelerar la evolución, diéraselo la compañía constante del gran misionero, el ejemplo de su virtud, y el oirle preconizar la purificación del alma y los goces de la inmortalidad.
Á poco de morir Fidela, dióse Cruz á la lectura de escritores místicos, y tal afición tomó á este regalo, que ya no podía pasarse sin él, durante largas horas del día y de la noche. Le encantaban los místicos españoles del siglo de oro, no sólo por la senda luminosa que ante sus ojos abrían, sino porque en el estilo encontraba un cierto empaque aristocrático, embeleso de su espíritu, siempre tirando á lo noble. Aquella literatura, además de santa por las ideas era por la forma, digna, selecta, majestuosa.
No tardó en pasar de los pensamientos á los actos, dedicando las horas de la mañana y las primeras de la noche á prácticas religiosas en su capilla, engolfándose en meditaciones y ejercicios. De los actos de pura devoción pasó fácilmente á las obras evangélicas, y como el _modus vivendi_ había separado su peculio del de Torquemada, pudo consagrar libremente sus rentas á la caridad. Y por cierto que la practicaba con una discreción y un tino que pudieran servir de modelo á toda la cristiandad aristocrática. Verdaderamente, ¿en qué cosa había de poner la mano aquella mujer tan intelectual y tan conocedora del mundo, que no resultara la misma perfección? Aunque las colectividades benéficas no eran muy de su gusto, no eludía los frecuentes compromisos de pertenecer á ellas; pero reservaba sus energías y lo mejor de sus recursos para campañas que emprendía sola, sin aparato ni publicidad de ninguna clase. Vestía con sencillez, hacía pocas visitas de etiqueta, y su coche era muy conocido en los barrios pobres. No hay para qué decir que Gamborena, encantado de la aplicación de su discípula, traíale notas y noticias de miserias vergonzantes ó de males desgarradores, para que la dama se encontrase la mitad del trabajo hecho, y no tuviese que afanarse tanto.
Bien quisiera ella mostrar su espíritu evangélico en las proporciones de sublime virtud que las vidas de santos nos ofrecen. Mas no era culpa suya que la regularidad de la existencia, en nuestro perfilado siglo, imposibilite ciertos extremos. Con fuerzas se sentía la noble dama para imitar á la santa Isabel de Murillo, lavando á los tiñosos, y tan cristiana y tan señora como ella se creía. Pero tales ambiciones no era fácil que se viesen satisfechas; el mismo Gamborena no se lo habría permitido, por temor á que padeciera su salud. Ello es que su imaginación se exaltaba más de día en día, y que su voluntad potente, no teniendo ya otras cosas en qué emplearse, se manifestaba en aquélla, para gloria suya y de la idea cristiana.
No descuidaba por esto Cruz ciertas obligaciones de la casa que, según el _modus vivendi_, corrían á su cargo. La limpieza del heredero, sus comidas, sus ropas, sus juegos, todo era vigilado y dispuesto por la señora con maternal solicitud, y lo mismo habría hecho con su educación, si educación fuera posible con aquel desdichado engendro, que cada día era más indócil, más bruto, y más desposeído de todo gracejo infantil. Pero si su tía Cruz le cuidaba con esmero en el orden material, sin que en ello se conociera la falta de la madre, no pasaba lo mismo en otros órdenes, porque Valentinico no tenía ya quien le comprendiese, ni quien tradujera su bárbaro lenguaje, ni quien _creyera_ en su porvenir de persona humana. Privado de inteligencia y de sensibilidad, el pobre salvaje no apreciaba el vacío que en torno suyo dejó su buena mamá, que le hacía caricias con toda el alma, buscando siempre el ángel en los ojos del animalito. De D. Francisco no hablemos. Aunque le amaba también, como sangre de su sangre y hueso de sus huesos, veía en él una esperanza absolutamente fallida, y su cariño era como cosa oficial y de obligación.
En tanto iba creciendo el heredero, y su cabeza parecía cada vez más grande, sus patas más torcidas, sus dientes más afilados, sus hábitos más groseros, y su genio más áspero, avieso y cruel. Daba mucha guerra en la casa: su tía le consagraba tanta paciencia, que no quedaba en su alma sitio para el cariño. Si enfermaba, le asistía con afán, deseando salvarle, y el monstruoso niño sanaba rápidamente en todos sus arrechuchos, y de cada una de aquellas crisis salía más apegado á la tierra y á la animalidad. En lo único que adelantó algo fué en el lenguaje, pues al fin la niñera le enseñó á articular muchas sílabas, y á pronunciar toscamente las palabras más fáciles del idioma.
Al mes escaso de hallarse en vigor el _modus vivendi_, ya D. Francisco, agriado por sus dolencias, que se le exacerbaron á la entrada de la primavera, empezó á _barrenarlo_, alterando alguna de las principales bases. Muy conforme, al principio, con que Cruz no se metiera en sus cosas, dió él en meterse en las que eran de exclusiva incumbencia de la dama. En las economías de personal creyó ver intenciones de _fastidiarle á él_, quitándole servicio, mientras la otra lo aumentaba para sí. Además, le cargaba ver á todas horas la caterva de clérigos y beatas, que tomaba por asalto el palacio y la capilla. Porque la capilla era suya, y francamente, debían tenerle la consideración de no hacer uso de ella sino en los domingos y fiestas de guardar. Le molestaba el ruido de tantas devociones, y el organito, y los cánticos de las niñas que iban allí cada lunes y cada martes, con pretexto de religión, y en realidad para verse y codearse con sus novios. Vamos, no quería que su capilla sirviese para escandalizar...
Estas y otras barbaridades, que soltó el Marqués de San Eloy una mañana, con boca grosera y modales descompuestos, fueron reprendidas por el padre Gamborena, que al fin tuvo que incomodarse. Amoscóse el otro, que padecía horrorosamente del estómago; subieron ambos de tono; salió el misionero por la tremenda; replicó el tacaño con palabras amarguísimas mezcladas con las quejas de su arraigada dolencia, y por fin el padrito le dijo:
—Está usted hoy imposible, señor Marqués. Pero discúlpese con su malestar, y quizás no tenga yo nada que contestarle. Sí; le contestaré que urge llamar al médico, á los mejores, y ponerse en consulta. Su enfermedad le enturbia el ánimo, y le obscurece la razón. Perdónanse al enfermo los disparates que le hace decir su mal. No es él quien habla, sino el hígado alterado, la bilis revuelta.
—Eso digo yo, Sr. Gamborena, la bilis; y siendo tan sencillo llevarla en su sitio, ¿por qué estoy malo? ¡Ah! porque con esta vida, no es posible la salud. No tengo nadie que me cuide, nadie que se interese por mí. Si viviera mi Fidela, ó mi Silvia, si me vivieran las dos, otro gallo me cantara. Pero aquí me tienen abandonado, en mi propia casa, en medio de este palaciote que se me cae encima y me agobia el alma. Porque ya ve usted, me he sacrificado _en aras_ de la paz doméstica, y nadie se sacrifica _en aras_ de mi bienestar. ¿Cómo he de tener salud, con los condumios de esta casa, que harían perder el apetito á una pareja de _Heliogábalos_? Me están matando, me están asesinando poquito á poco, y cuando uno sufre y revienta de dolor, _venga de_ organillo, y de canticios de monjas, que me encienden la sangre y me rallan las tripas.
VII
Oyó Cruz, en la puerta del cuarto, el final de esta retahila, y entró presurosa, esforzándose por poner semblante conciliador y risueño para decirle:
—Pero si no hemos cambiado de cocinero, y las comidas son las mismas. Eche usted la culpa á su estómago, que ahora está de malas, y si quiere curarlo, clame contra sus berrinches antes que contra las comidas, que son excelentes. Pero se variarán todo lo que usted quiera. Dígame lo que apetece, y su boca será servida.
—Déjeme, déjeme en paz, Crucita de mis pecados—replicó el Marqués echándose en un sofá.—¡Si no apetezco nada; si todo me repugna, hasta el vino con jugos que inventé, y que es el brebaje más indecente que ha entrado en boca de cristianos!
—Verá como Chatillón le da gusto al fin, aderezándole platitos gratos al paladar y de fácil digestión... Y en cuanto á los ruidos de la capilla, callará el órgano, y nos iremos con la música á otra parte. Aquí estamos para contentarle y evitarle molestias. Usted manda, y á bajar todos la cabeza.
Aplacóse con estas palabras de humildad y afecto el fiero millonario, y retirada Cruz, otra vez se quedó solo con Gamborena, el cual le recomendó la paciencia como único alivio de sus males, mientras la Medicina determinaba si podía ó no curarlos definitivamente. Bien podría suceder que la ciencia, por estar el mal muy hondo y la naturaleza del enfermo muy quebrantada, no lograra salir airosa. Lo más seguro era ponerse en lo peor, dar por inevitable en plazo próximo el acabamiento de tantos dolores y prepararse para mejor vida.
—¿De modo que tengo que morirme de ésta?—dijo Torquemada sulfurándose.—¿Luego estoy en capilla, _por decirlo así_, y no tengo que pensar más que en mis funerales?
—De eso cuidarán otros. Usted piense en lo que más le importa. Á un hombre de carácter entero, como usted, se le debe hablar el lenguaje de la verdad.