Torquemada y San Pedro

Part 8

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En lo moral, veíanse más claramente que en lo físico los estragos del mal desconocido que le minaba, porque si siempre fué hombre de malas pulgas, en aquella época gastaba un genio insufrible. Con todo el mundo reñía, grandes y chicos, parientes y servidores; su hija y yerno necesitaban la paciencia de Cristo para soportarle, y sus malas cualidades, la sordidez, la desconfianza, la crueldad con los inferiores, se acentuaron de un modo que imponía miedo á cuantos le rodeaban. Su pesimismo no podía contenerse en la esfera doméstica, é invadía la pública, ya política, ya de negocios. Cuantos tenían que tratar algo con él eran unos ladrones; los ministros, bandidos á quienes había que ahorcar sin conmiseración; los senadores, charlatanes indecentes, y el mundo un gran infierno..., es decir, el único infierno admisible, pues el otro infierno de que hablan las _Biblias_, no existía; era una de tantas _papas_ con que el misticismo y el obscurantismo pretende embaucar á la humanidad... _para sacarle los cuartos_.

Á estos síntomas siguió lo que llamaba _debilidad de estómago_, que trató de corregirse con jugos de carne, gelatinas y caldos suculentos. Algo mejoró; pero luego vinieron horribles dispepsias, indigestiones y cólicos que le ponían á morir. Los buenos vinos, mezclados con extractos de carne, sentáronle bien, y tanto pensó en este remedio que por unos días se dió á _inventar_ un licor específico, verdadero elixir vital, y se pasaba las horas muertas trasegando líquidos y colando mixturas diversas, hecho un boticario de sainete. También aquellas ilusiones se desvanecieron como el humo. En fin, que el buen señor no tuvo más remedio que entregarse á la Facultad, y ésta, ya que no pudo curarle, le enderezó un poco permitiéndole volver, aunque con pies de plomo, á sus campañas mercantiles.

¡Y qué desmejorado y cari-deslucido le encontraron los que en aquel mes de enfermedad no le habían echado la vista encima! Su cuerpo no tenía ya la rigidez aplomada de otros tiempos; las piernas tiraban á ser de algodón; y la cara, de color terroso y con pliegues profundos, tiraba más bien á careta, de las que dan miedo á los chicos. Otra novedad le hacía más desemejante á sí propio, y era que como últimamente le molestaba el afeitarse, resolvió por fin _cortar por lo sano_, dejándose la barba, y así no tenía que pensar más en aquel martirio del jabón y la navaja, raspándose la piel. Era la barba rala, desigual, fosca y entremezclada de revueltos matices de pelo de conejo, de crines de rocín, de cardas de lana sucia, que con las pecas y máculas de sus mejillas pergaminosas, hacían el más desapacible figurón que puede imaginarse.

Aunque pudo salir á sus negocios, y dar alguna vuelta por el reino de la mercadería en gran escala, no tenía ya los borceguíes alados de Mercurio, ni el caduceo con que, tocando aquí y allá, hacía brotar dinero de las piedras. Esto le enfurecía; buscaba en causas externas ó en el ciego destino la causa de su impotencia mercantil, y al volver á su casa, iba echando rayos y centellas, ó poco menos por ojos y boca. ¡Si viviera su cara Fidela, otro gallo le cantara...! pero ¡carástolis, con las gracias del de arriba...! ¡Miren que habérsela llevado y dejar aquí á la otra, á la pécora insufrible de Cruz...! Mientras más lo pensaba, menos lo entendía. Por esto, su casa, en vez de ser un _oasis_, era una cosa _diametralmente opuesta_, y allí no encontraba jamás ni consuelo, ni paz, ni satisfacciones.

Si fijaba la atención en su hijo, se le caía el alma á los pies, viéndole cada día más bruto. Muerta Fidela, á quien el cariño materno daba un tacto exquisito para tratarle, y despertar en él destellos de inteligencia, ya no había esperanzas de que la bestiecilla llegara á ser persona. Nadie sabía amansarle; nadie entendía aquel extraño y bárbaro idioma, más que de ángeles, de cachorros de fiera, ó de las crías de hotentote. El demonio del chico, desde la primera hora de orfandad, pareció querer asentar sus derechos de salvaje independencia, berreando ferozmente y arrastrándose por las alfombras. Parecía decir: «ya no tengo interés ninguno en dejar de ser bestia, y ahora muerdo, y aullo, y pataleo todo lo que me da la gana.» Fidela, al menos, tenía fe en que el hijo despertase á la razón. Pero ¡ay! ya nadie _creía en Valentinico_; se le abandonaba á las contingencias de la vida animal, y se admitía con resignación aquel contraste irónico entre su monstruosidad y la opulencia de su cuna. Ni Cruz, ni Gamborena, ni Donoso, ni la servidumbre, ni él tampoco, el desconsolado padre, _abrigaban_ esperanza alguna de que el pobrecito cafre variase en su naturaleza física y moral. No podía ser, no podía ser. Y penetrado de la imposibilidad de tener un heredero inteligente y amable, el tacaño amaba á su hijo, sentíale unido á sí por un afecto hondo, el cual no se quebrantaría aunque le viese revolcándose en un cubil y comiendo tronchos de berza. Le quería, y se maravillaba de quererle, desconociendo ú olvidando las leyes de eslabonamiento vital que establecen aquel amor.

Para mayor desgracia del buen D. Francisco, ya no tenía el recurso de meterse en sí, caldear su encéfalo, como antaño lo hacía, y evocar, por un procedimiento semejante á los arrobos del misticismo, la imagen del primer Valentín, con objeto de recrearse en ella, de darle vida fantástica, y traerla á una comunión y consorcio muy íntimos con su propia personalidad. Estas _borracheras_, que así las llamaba, de su pensamiento sutilizado y _convertido en esencia de ángel_, no le producían los efectos consoladores que perseguía, porque ¡ni que el demonio lo hiciera! evocaba al primer Valentín y le salía el segundo, el pobrecito fenómeno de cabeza deforme, cara brutal, boca y dientes amenazadores, lenguaje áspero y primitivo. Y por más que el exaltado padre quería _ponerse peneque_, y destilar en la alquitara de su pensamiento la idea del otro hijo, no podía, _¡ñales!_, no podía. La imagen del precioso é inteligente niño se le había borrado. Lo más que pudo conseguir fué que el segundo Valentín, el feo, el que no parecía hijo de hombre, hablase con voz que á la del primero se parecía, y le dijese: «Pero, papá, no me atormentes más. ¡Si soy el mismo, si soy propiamente yo _uno y doble_! ¿Qué culpa tengo yo de que me hayan dado esta figura? Ni yo me conozco, ni nadie me conoce en este mundo ni en el otro. Estoy aquí y allá... Allá y aquí me toman por una bestia, y lo soy, lo soy... Ya no me acuerdo del talento que tuve. Ya no hay talento. Eso se acabó, y ahora, padrecito, pónme en una pesebrera de oro una buena ración de cebada, y verás qué pronto me la cómo.»

Salía D. Francisco de estos chapuzones espirituales más muerto que vivo, con la inteligencia como envuelta en telarañas, que se quería quitar restregándose los ojos, y tardaba horas y horas en reponerse del arrechucho. Su salud se resquebrajaba de un modo notorio, y la confianza en _su fibra_, que le había sostenido en las crisis hondas de su existencia, perdíase también, dando lugar al recelo continuo, á las aprensiones y manías patológicas, con algo de instintos de fuga y de delirio persecutorio. Pero su principal tormento, en aquellos aciagos días, era el odio, ya extremado y con vislumbres de trágico, que profesaba á su hermana política. Como la viudez había quebrantado toda relación entre ellos, suspendiendo las fórmulas sociales, único lazo que antes les unía, Torquemada no hablaba jamás con Cruz, ni ella pretendía en ningún caso dirigirle la palabra, y si algo era forzoso tratar pertinente al régimen doméstico, ó á intereses, Donoso se prestaba con mil amores á ser intermediario, y á traer y llevar recaditos. Bien quisiera él _limar asperezas_; su bello ideal era _aunar voluntades_; pero ¡á buena parte iba! Si en Cruz hallaba disposiciones á la concordia, el otro era como un puerco-espín, que se convertía en una bola llena de pinchos en cuanto se le tocaba. En vida de su esposa, el cariño de ésta le hacía transigir, y el transigir no era más que someterse á la voluntad de la gobernadora; pero muerta Fidela, su carácter díscolo hallaba en la ruptura de relaciones un medio fácil de eludir la tiranía. Porque, bien lo sabía él, concediendo á su enemiga los honores de la palabra, que era como decir la beligerancia, estaba perdido, porque la muy picotera le fascinaba con sus retóricas, y después se lo comía como la serpiente se come al conejillo. Por eso, valía más no exponerse al peligro de la fascinación: nada de trato, nada de familiaridades, ni siquiera el saludo, para no dejarla meter baza y hacer de las suyas.

Á veces oficiaba de _legado pontificio_ el padre Gamborena, y á éste le temía Torquemada más que á Donoso, porque siempre acababa echándole sermones que le ponían triste, y llenaban su espíritu de zozobra y recelo.

Una tarde, cuando ya se hallaba D. Francisco muy mejorado de su dolencia, y había vuelto al tráfago de los negocios, entró en casa más temprano que de costumbre, huyendo del frío de la calle, que era seco y penetrante, y en la galería baja se encontró al misionero, que se paseaba leyendo en su breviario.

—¡Qué oportunidad, y qué felicidad, mi señor Marqués!—le dijo dándole los brazos, con los cuales el otro cruzó friamente los suyos.

IV

—¿Por qué?

—Porque yo me había propuesto no marcharme á casa sin ver á usted, y he aquí que mi señor Marqués anticipa su vuelta, quizás por razón del frío... aunque bien pudiéramos creer que le ha mandado Dios media horita antes de costumbre, para que oiga lo que tengo que decirle.

—¿Tan urgente es?... Entremos.

—¿Que si es urgente? Ya lo verá. Urgentísimo. Pensaba yo que no se me escapara usted esta noche sin aguantar una nueva jaqueca de este pobre clérigo. ¡Qué quiere usted! Cada uno á su oficio. El de mi Sr. D. Francisco es ganar dinero, el mío es decir verdades, aunque éstas sean, por su misma sencillez elemental, algo fastidiosas. Prepárese, y tenga paciencia, que esta tarde voy á ser un poquito duro.

Arrellenándose en la butaca, frente al sacerdote, Torquemada no contestó más que con un gruñido, significando así que se preparaba, y se revestía de paciencia como de una coraza.

—Los que ejercemos este penoso ministerio—dijo Gamborena,—estamos obligados á emplear las durezas cuando las blanduras no son muy eficaces que digamos. Ya usted me conoce. Sabe cuánto respeto y quiero á esta noble familia, á usted, á todos. Con el doble carácter de evangelizador y de amigo, me permitiré, pues, decir las cosas claritas. Yo soy así; ó me toman ó me dejan. Por la misma puerta por donde entro cuando me llaman, salgo si me arrojan. Despídame usted, y me iré tranquilo por haber cumplido con mi deber, triste por no haber logrado el fin moral que deseo. Y también le advierto que no sé gastar muchos cumplidos cuando se trata de faltas graves que corregir, y noto rebeldía ó testarudez en el sujeto. Más claro: que no hago caso de jerarquías, ni de respetabilidades, sean las que fueren, porque ante la verdad no hay cabeza que no deba humillarse. No extrañe, pues, mi Sr. D. Francisco, que en el asunto que aquí nos reune, le trate como á un chiquillo de escuela... No, no hay que asustarse: he dicho «como á un chiquillo de escuela», y no me vuelvo atrás, porque yo, aunque nada soy en el mundo, ahora, por mi ministerio, maestro soy, y de los más impertinentes, y usted frente á mí, mediando el caso moral que media, no es el señor Marqués, ni el millonario, ni el respetabilísimo senador, sino un cualquiera, un pecadorcillo sin nombre ni categoría, que necesita de mi enseñanza. Á ella voy, y si doy palmetazo que duele, aguantar y á corregirse.

—Á ver por dónde sale este _tío_—dijo Torquemada para su sayo, tragando saliva, y revolviéndose en el sillón. Y luego, en alta voz, con cierta displicencia:—Bueno, señor mío, diga pronto lo que...

—¡Si usted lo sabe! ¿Apostamos á que lo sabe?

—Alguna encomienda fastidiosa de mi señora hermana política. Á ver: _plantee usted la cuestión_.

—La cuestión que planteo es que usted ofende á Dios gravemente, y ofende también á la sociedad, alimentando en su corazón el odio y la soberbia... el odio, sí, contra esa santa mujer, que ningún daño le ha hecho... al contrario, ha sido para usted un ángel benéfico, y ese aborrecimiento infame con que paga las atenciones que de ella ha recibido, y esa soberbia con que se aleja de su compañía y de su trato, son pecados horribles con que usted ennegrece su alma y la prepara para la condenación eterna.

Dijo esto el misionero con tan soberana convicción, con énfasis tan pujante en la palabra y el gesto, que no parecía sino que le acuchillaba, cosiéndole á cintarazos con una luenga y cortante espada. El otro se tambaleó, aturdido á los golpes, y de pronto no supo qué decir, ni hacer otra cosa que llevarse las manos á la cabeza. Pero no tardó en volver sobre sí, y la bilis y destemplanza de sus tiempos tristes se le recargaron prontamente. Hallábase, además, aquel día, de mal talante, por no ver claro en cierto negocio: ésta y las otras causas despertaron en él, de súbito al hombre grosero. Fué un espectáculo tristísimo verle resurgir, cuadrarse, y contestar con flemática impertinencia:

—¿Pero usted, señor cura, qué tiene que ver si hablo ó no hablo con mi cuñada? ¿Quién le mete á usted en cosas que no tocan á la conciencia, sino á la libre voluntad del _derecho del individuo_? Esto es abusar, _¡ñales!_ Esto no lo aguanto yo, ni lo aguantaría ninguna personalidad de medianas circunstancias y luces.

—Pues lo dicho dicho, señor Marqués—replicó el otro con entereza.—Hablo como padre de almas. Usted rechaza la exhortación. Enhorabuena, y con su pan se lo coma. Repítalo usted, repita que no se digna oirme, y verá qué pronto le dejo en paz, quiero decir, en guerra con su conciencia, ¡con su conciencia! un fantasma que de fijo no tiene la cara muy bonita.

—No, yo no he dicho que se vaya...—balbuceó Torquemada, serenándose.—Hable usted si quiere. Pero no me convencerá.

—¿Que no?

—Que no. Porque yo tengo mis razones para romper todo trato con esa señora—dijo el tacaño, volviendo á su ser normal, y rebuscando en su mente la fraseología fina.—Yo no niego que la _distinguida_ señora del Águila haya _llevado á cabo_ reformas _beneficiosas_ en la casa; pero ella es causante de que las economías sean aquí la _tela de Penélope_. Lo que yo economizo en un año, ella lo espolvorea en cuatro días.

—¡Siempre la mezquindad, siempre los hábitos de miseria! Yo sostengo que sin la dirección de Cruz, no habría llegado usted á poseer lo que posee. La razón de ese odio, señor mío, no es la distribución del miserable ochavo. Lo que pasa en el alma del señor Marqués de San Eloy, ni él mismo lo sabe, porque sabiendo tantas cosas, no acierta á leer en sí mismo. Pero yo lo sé, y voy á decírselo bien claro. Estos misterios del humano espíritu no suelen revelarse al conocimiento del que los lleva dentro, sino más bien á la penetración de los que atisban desde fuera. La causa de la aversión diabólica que usted profesa á su hermana es la superioridad de ella, la excelsitud de su inteligencia. En ella todo es grande, en usted todo es pequeño, y su habilidad para ganar dinero, arte secundario y de menudencias, se siente humillada ante la grandeza de los pensamientos de Cruz. Es usted (á ver si me explico), en esta industria de los negocios el simple obrero que ejecuta, ella la cabeza superior que concibe planes admirables. Sin Cruz no sería usted más que un desdichado prestamista, que se pasaría la vida amasando un menguado capital con la sangre del pobre. Con ella lo ha sido todo, y se ha empingorotado á las alturas sociales. Pero es cosa muy común en la vida, que el ambicioso triunfante no reconozca la potencia que le alzó del polvo hasta las nubes, sobre todo si este ambicioso es simple brazo, y quien le levantó es inteligencia. El odio de los miembros inferiores á la cabeza es achaque muy viejo en el cuerpo social... Ejemplos hay en grande y en chico, en los organismos humanos y en las familias, y este ejemplo que tengo delante es de tal claridad, que si usted mismo no lo ve, será porque no quiere verlo.

—Pues yo—dijo D. Francisco, abrumado por la elocuencia contundente del bendito clérigo,—le aseguro á usted que no _abrigo_..., no, no puedo _abrigar_ tal sentimiento. Ni veo yo tanta inteligencia en la señora doña Cruz. Para discurrir mi senaduría y el marquesado, y para _inventar_ la compra de estas _Américas de buen gusto_, no se necesita ser hija de los siete sabios de Grecia, ni abuela de las nueve musas, _por decirlo así_. Cierto que no es lerda. _Cúmpleme declarar_ que posee cierto gancho para el discurso, y que cuando saca contra uno todo el intríngulis de su _facultad perorativa_, vuelve loco al Verbo.

—No quiero entrar en una discusión sobre este punto, ni he de demostrarle que tiene usted conciencia de su inferioridad ante Cruz, porque esta conciencia bien á la vista está. ¿Admite usted que el odio existe?

—Ella será quien lo _abrigue_.

—No, ella no: Usted...

—Pues bien—dijo Torquemada más sereno, dándose á partido;—yo confieso que no nos queremos bien, ni yo á ella, ni ella á mí. Pero la _concausa_, el argumento que usted _aduce_..., ¡oh! eso sí que no lo admito. Yo tengo mis quejas, yo tengo razones que _abonan mi conducta_ en esta materia. _Hago caso omiso_ de sus _tendencias_ á la ostentación, y me fijo tan sólo en su afán de contrariar mi _prerrogativa_, de no permitir que se haga en la casa nada de lo que yo mando, como si cuanto yo mandara fuera una _deficiencia_. Nada, es que me tiene tirria, una tirria _sui generis_, como si creyera que yo, disponiendo esto ó lo otro me había de lucir. Para ella no hay acierto ni sentido común más que en lo que ella _dictamina_.

—No es verdad, no es verdad. Ea, señor don Francisco, pasemos ya de las palabras á los hechos, y reconocida la llaga, probemos á curarla radicalmente—dijo el eclesiástico con dulzura, posando sus manos en las rodillas del Marqués.—Es preciso, sin pérdida de tiempo, matar ese odio, destruirlo, aplastarlo, como á un reptil venenoso, cuya picadura ocasiona la muerte.

—Pues por mí... La que odia es ella, no yo.

—El que odia es usted; y de usted debe partir la iniciativa de la reconciliación. Mas para facilitarla, yo propongo que cada cual sacrifique algo de su amor propio. No haya, pues, escenas enfadosas, ni explicaciones. Se reunirán en la mesa uno de estos días, y se hablarán, como si nada hubiera pasado.

—Corriente—dijo D. Francisco.—Pero antes, fíjese una _línea de conducta_...

—Eso allá ustedes. Como sacerdote, yo procuro las paces, las propongo, las solicito. Hablo á los corazones, no á los intereses. Que uno y otro piensen en Dios y se reconozcan hermanos, y vivan en la concordia y el amor. Conseguido esto, traten ampliamente de las prerrogativas de cada uno, y de los presupuestos de la casa, las economías y toda esa música. Tenga usted presente, que si la reconciliación es puramente externa y de fórmula, si celebrando un convenio, ó _modus vivendi_, para figurar ante el mundo la cordialidad de relaciones, continúa el rencor escondido en el alma, nada se adelanta. Engañará usted á la sociedad, á Dios no. Sin la pureza de la voluntad, mi señor D. Francisco, no podrá aspirar, ya se lo dije en otra ocasión, á los bienes eternos.

—¡Dale, bola...!

—Sí, sí, y antes se cansará usted de ser malo que yo de reprenderle y exhortarle. En resumen señor mío: no basta que usted haga paces de comedia con su hermana política, y le hable, y se concuerden para el gobierno. Es preciso que le perdone usted cuantas ofensas crea haber recibido de ella, y que el aborrecimiento se convierta en amor, en fraternal cariño.

—Y si no puedo conseguir eso—preguntó Torquemada con viva curiosidad,—¿qué me pasará?

—Bien lo sabe usted, pues aunque ignora muchas cosas esenciales, no creo que se le haya olvidado el A B C de la doctrina cristiana.

—Ya, ya—indicó el tacaño con afectado humorismo de librepensador.—Para los que aman es el Cielo, y el Infierno para los que aborrecen. Por mucho que usted me predique, padrito, no me convencerá de que yo he de condenarme.

—Eso... usted verá.

—No, si ya lo tengo bien visto. ¡Pues no faltaba más! ¡Condenarme! En cierta ocasión me dijo usted que las puertas del Cielo no se abrirían para mí, y... vamos, aquello me afectó. Algunas noches me pasé sin dormir, devanándome los sesos, y diciéndome: «pero yo _¡ñales!_ ¿qué he hecho para no salvarme?...»

—Vale más que se pregunte usted: «¿qué hago yo para merecer mi salvación?» Me veo obligado á repetírselo, señor Marqués. Para ese fin sin fin no hace usted nada, ó hace todo lo contrario de lo que debiera. ¿Tiene usted fe? _No padre._ ¿Cree usted lo que todo buen cristiano está obligado á creer? _No padre._ ¿Sofoca usted sus malas pasiones, destierra de su alma el rencor, ama usted á los que debe amar? _No padre._ ¿Pone frenos al egoísmo, haciendo todo el bien posible á sus semejantes? _No padre._ ¿Distribuye entre los menesterosos las enormes riquezas que le sobran? _No padre._ Y el hombre que de tal modo se conduce, el hombre que, próximo ya al fin de la vida, no se cura de purificar su conciencia y de sanarla de tanta podredumbre, se atreve á decir: «que me abran la puerta de la morada celestial, pues allá voy yo, dispuesto á empujarla con mis manos puercas, ó á sobornar al portero, que para eso me hizo Dios millonario, y marqués, y personaje _eximio_...»

V

Reíase D. Francisco, afectando regocijarse con la broma; pero se reía de dientes afuera; que por dentro, sábelo Dios, le andaba como un diablillo vivaracho que se le paseaba por toda el alma causándole susto y turbación.

—Ría, ría usted, y écheselas de filósofo y de espíritu fuerte—le dijo Gamborena,—que ya me lo dirá luego.

—¿Pero de donde saca usted, mi señor misionero, que yo no creo?

—¿Cumple usted con la Iglesia?

—Hombre, le diré á usted...

—¿Á qué espera? Á fe que es usted un jovenzuelo rebosando salud, para que pueda decir como otros tales: «tiempo hay, tiempo hay.»

—No, ya sé que no hay tiempo—dijo el tacaño con súbita tristeza, y sintiendo que la afectada risa se resolvía en contracciones dolorosas de los músculos de su cara.—Esta máquina se descompone, y aquí dentro, hay algo que... que...

—Dígalo claro, algo que le aterra... Naturalmente, ve usted la pérdida de los bienes materiales, el término de la vida. Los desdichados que no saben ver el más allá, ven un vacío... un vacío, ¡ay! que seguramente no tiene nada de agradable... Ea, mi señor Marqués, ¿quiere usted, sí ó no, que los últimos días de su vida sean tranquilos; quiere usted, sí ó no, prepararse para mirar con ánimo sereno el trance final, ó el paso de lo finito á lo infinito? Respóndame pronto, y aquí me tiene á su disposición.

—Pues hablando en plata—replicó el de San Eloy, con ganas de rendirse, pero buscando la manera de hacerlo sin sacrificio de su amor propio,—yo acepto cualquier solución que usted _formule_. Dificilillo le será convencerme de ciertas cosas. Por algo la desgracia le ha hecho á uno filósofo. Aquí, donde usted me ve, yo soy _muy científico_, y aunque no tuve estudios, de viejo he mirado mucho las cosas, y estudiado en los hombres y en los _fenómenos naturales_... Yo miro mucho al _fenómeno práctico_ donde quiera que lo cojo por delante. _Ahora bien_: si ello consiste en ser uno bueno, téngame á mí por un pedazo de pan. ¿Hay que dar algo á los necesitados? Pues no hay inconveniente. Con que... ya tiene usted á su salvaje convertido.

—Poquito á poco. No es cosa de coser y cantar. Pero no quiero atosigarle, y hoy por hoy, me contento con la buena disposición. Seré su conquistador, y le atacaré con cuantas armas hallo en mi arsenal evangélico.

—Corriente—dijo D. Francisco, volviendo á tomar el airecillo de senador enfatuado que discute un punto de administración ó de política menuda.—Conste que desde hoy mi _objetivo_ es ganar el Cielo, ¿eh? Ganarlo digo, y sé muy bien lo que significa _la especie_.