Torquemada y San Pedro

Part 7

Chapter 73,800 wordsPublic domain

En esto sintió ruidos de pasos en la escalera, y azorado cerró la puerta. «Ya vienen, ya vienen á decírmelo.» Después se acordó de que había dado á su ayuda de cámara la rigurosa consigna de que no le llevasen recados, que no quería saber nada ni ver á nadie. «_Velay_ por qué no se acerca á mi cuarto ni una mosca. Me tienen miedo.»

Ya debían de ser las dos de la mañana. El ruido se acentuó en la parte superior de la casa. Sintió D. Francisco un frío intenso, y sobre el gabán que puesto tenía, se echó otro, y siguió paseándose. «Seguramente—se dijo,—_es un hecho_ ya. Como si lo viera. Cruz estará haciendo aspavientos de dolor..., y lo siente, no dudo que lo siente. Pero no será ella quien venga á decírmelo. Donoso quizás. Tampoco: no se separará un momento de su adorada Cruz, para consolarla, y ponerse á pensar los dos... ¡ah, les conozco! _en las disposiciones para el entierro_. Donoso no vendrá. Augusta tampoco, porque esa sí que estará afligidilla. ¡La quería tanto...! ¡Ah! ya caigo; _el llamado_ á comunicarme la triste noticia, es el clérigo, mi señor Gamborena, que debe de estar también arriba, echando latines. ¡Á buena hora! Véase para lo que vale la santa religión. Este _San Pedro_ ó _San Perico_, á quien tengo por portero del _departamento celestial_, no puede ó no sabe evitar que se muera quien no debe morirse. Ya, lo que ellos quieren es llevar gente y más gente para arriba... No les importa quien sea. En el fondo de esa santidad, hay un gran egoísmo, _por decirlo así_... Pues, sí, el beato Gamborena será el comisionado para traerme la noticia... Cuando no me la trae, es que todavía...» Acercóse á la puerta, aplicó el oído... Nada sentía. «¡Si no vendrá tampoco el misionero á decirme nada!...Vamos, que reviento de ansiedad... ¡Si al fin tendré que subir, y...! Paseemos otro poco.»

Algunas docenas de vueltas había dado, cuando sintió pasos. El corazón quería saltársele del pecho... Sí, eran los pasos de Gamborena; los habría conocido entre mil y mil pisadas de una multitud en marcha. Hasta los andares del buen eclesiástico revelaban la grave noticia de que era mensajero, y antes de llegar, venía diciéndola con los pies, con el compás seguro y rítmico, con el ruidillo que hacían las suelas sobre el entarimado... Detuviéronse al fin los pasos en la puerta; abrióse ésta con lentitud ceremoniosa, y en el rectángulo, como luminosa figura en marco negro, vió aparecer Torquemada la persona del misionero de Indias, su cara de talla antigua, de caliente y tostada pátina, la calva reluciente, el cuerpo todo negro, los ojos de angélica expresión. D. Francisco clavó en él los suyos, diciéndole con la mirada: «Ya sé... ya.» Y él con voz patética, solemne, terrible, que sonó en los oídos del tacaño como el restallar de los orbes al desquiciarse, le dijo:

—¡Señor, Dios lo ha querido!

SEGUNDA PARTE

I

Es cosa averiguada que poco después de oir la noticia de la muerte, á la que añadió el reverendo Gamborena tristísimos pormenores, estiró los brazos D. Francisco, y luego una de las patas, _vulgo_ extremidades inferiores, cayendo redondo al suelo con un ataque espasmódico, semejante al que le dió al ver morir á su primer Valentinico. Acudieron al socorro del amo criados diferentes, y allí le sujetaron, y con mil trabajos pudieron llevarle á su alcoba, donde le fué administrada una mano de friegas como para un buey, hasta que pudo Quevedito tomarle por su cuenta. Pasó el arrechucho, y por la mañana, tras un corto descanso, pudo entrar á verle el señor de Donoso, y á _conferenciar_ con él sobre un asunto tan importante como era el sepelio y honras de la señora marquesa. Para _plantear_ estas cuestiones se pintaba solo el buen amigo de la casa, y las explanaba y discutía con un aplomo y una dialéctica que ya quisieran otros para los más graves negocios de Estado. Don Francisco no estaba en verdad para discusiones, y procuró cortarle los vuelos oratorios.

—¿Que debe ser de primera? Ya lo comprendo. Pero no veo la necesidad de extremar tanto el boato. Bueno que _esté en armonía_ con nuestra posición... desahogada; pero... ya sabe usted que no me gustan pompas ni _lujos asiáticos_... Porque lo que usted me propone, viene á ser como una especie de... _orgullo satánico_... ó algo así como _apoteosis_ que...

—No es eso, mi querido D. Francisco. Es un homenaje, el único homenaje que podemos tributar á los queridos restos de aquel ángel...

Indicó después que Cruz deseaba dar al entierro y funerales toda la suntuosidad posible; pero nada resolvería sin conocer la opinión de quien debía disponerlo todo en la casa; oído lo cual por D. Francisco, se expresó con pasmosa ingenuidad, vaciando todo el contenido de su corazón y de su conciencia.

—Amigo mío, _le soy_ á usted franco. Si tratáramos ahora de enterrarla á ella, á mi ilustre hermana política, debiéramos hacerlo _á todo coste_, por aquello de _á enemigo que huye, puente de plata..._

—¡Por Dios, amigo mío!

—¡Déjeme acabar, Biblia! Digo que cuando á uno le pasa una desgracia buena, es á saber, una desgracia de las que _acarrean_ el descanso y la paz, no importa gastarse un capital en el _sepelio_. Pero cuando la desgracia es mala, de las que duelen, ¿eh?... entonces el demasiado coste de honras fúnebres es acumular males sobre males, y _aunar_ penas con penas. Porque _reasumiendo_: usted no dejará de reconocer, si piensa en ello, que en buena lógica, y _sentando el principio_ de que tenía que morir una, ésta no debió ser Fidela, sino su hermana... Me parece que esto es claro como el agua.

—Ni claro ni turbio: es simplemente impío, pues sólo Dios sabe y dispone quién debe morir. Acatemos sus designios...

—Ataquemos... digo, acatemos todo lo que usted quiera. Yo acato, ¡cuidado!, siempre y cuando me prueben que los tales designios no _involucran_ una negación manifiesta de la...

—Basta, mi querido Marqués; no puedo dejarle seguir por ese camino del absurdo. Con el disgusto tiene usted la cabeza un si es no es trastornada.

—Bien podría ser; que tan terrible _vicisitud_ á cualquiera le trastorna. No se hable más de ello, y usted queda autorizado para gastar lo que crea pertinente, y le autorizo para representarme en todo lo que al entierro _se contrae_. Admito las razones que usted _aduce_. ¿_Procede_ que haya pompa? Pues pompa, muchísima pompa, y á otra... quiero decir, á ninguna más.

Con autorización tan amplia, y tanto barro á mano, despacháronse Cruz y Donoso muy á su gusto, y allí fué el discurrir á competencia qué se haría para que todo resultase grandioso y lucido, la más bella conjunción posible entre lo elegante y lo mortuorio. Con actividad febril, empezaron aquella misma mañana los preparativos, y viérais invadida la casa por industriales de éste y el otro ramo, y de cuantos ramos con las cosas fúnebres se relacionan. La papeleta de invitación era tan sencilla como elegante; eligióse el coche estufa de mayor magnificencia que había en Madrid; encargáronse coronas de una riqueza fenomenal, y por fin, se preparó la capilla ardiente con toda la suntuosidad de que tan soberbia morada era susceptible. El gran salón se pavimentó de negro. En las paredes fueron colocados los seis colosales lienzos del _Martirio de Santa Águeda_, por Tristán, y otros asuntos religiosos y místicos de gran apariencia; en el fondo un altar riquísimo, con el tríptico de Van Eyck, y debajo un _Eccehomo_ del divino Morales. Murillos y Zurbaranes formaban la Corte á un lado y otro. La parte inferior de los cuatro testeros fué tapizada de negro con galón fino de oro, y se colocaron otros dos altares con imágenes de superior talla: _Cristo en la columna_, de Juan de Juni; la _Dolorosa_, de Gregorio Hernández. Los bancos que alrededor de la estancia se pusieron de nogal claveteado, eran también obra maestra de la carpintería antigua, y procedían de las colecciones de Cisneros. En los tres altares, lucían relicarios de fabulosa valía, relieves de marfil, y bronces estupendos. Donoso, otros dos amigos de la casa, artistas ó _amateurs_ de refinado gusto, dirigían la faena, ayudados de un sin fin de criados, costureras, carpinteros, etc... Cruz y Augusta iban á ver, y á dar una opinión, pero no podían estar constantemente allí. Toda la fuerza de voluntad de la primera no bastaba á distraerla de su inmenso dolor. Ordenaba que no se omitiese gasto, ni detalle alguno que aumentar pudiera el esplendor de aquel homenaje, bien corto para lo que la pobrecita muerta merecía.

Con tanto ardor se trabajó aquella mañana, que antes de las dos ya quedó todo colocado con buen concierto y arte sumo, y en medio y en alto, bajo el dosel riquísimo de la cama imperial, Fidela dormía su sueño _largo_, _largo_, con ese abandono absoluto, tan solemne como triste, de la cosa inerte, imagen marchita de lo que tuvo vida y movimiento. Vestida con un sencillo hábito de los Dolores, toca blanca, túnica negra, el rostro apenas desfigurado, serena y casi casi risueña, su aspecto llevaba al último límite la semejanza entre sueño y muerte. Centenares de luces difundían por la lujosa estancia claridad rojiza, y ponían en el rostro de la difunta un tenue colorete, última ofrenda de la luz á la sombra.

Por la tarde, llevaron sin fin de coronas, algunas de monstruoso tamaño, con variada abundancia de flores hermosísimas. Las de trapo eran gallarda emulación de las naturales, traídas de lejanos climas. Orgullosas de la fijeza de sus tintas y de su mentida frescura, envidiaban á las otras el rico aroma que ellas no tenían, y como estuvieran próximas, se lo robaban. Las vivas no podían disimular sus ganas de marchitarse, incitadas á la modorra en aquella tibia atmósfera de somnolencia. Violetas y rosas pálidas juntaban sus tristes colores con los matices afectadamente elegiacos de las contrahechas, y la fragancia descompuesta de las unas se confundía con el olorcillo de fábrica de las otras. Esta mezcolanza de olores se fundía luego con el de la cera ardiente, resultando lo indefinible, vaga sensación de las alquimias recónditas, por donde la vida se descompone, y la descomposición vuelve á ser vida.

Numeroso público (entendiendo por público la muchedumbre de amigos) acudió por la tarde á inscribirse en las listas. Algunos subían á admirar la capilla ardiente, en la cual hubo un verdadero jubileo toda la tarde. Para evitar la aglomeración, se dispuso como en los reales palacios, que el público entrara por la galería grande y saliese por la rotonda, recorriendo así, en poco espacio, las partes más bellas del edificio. Lacayos con librea de luto velaban por el cumplimiento de las reglas de tránsito, que sólo los muy íntimos podían infringir. Como es fácil comprender, no faltaron diligentes periodistas, de los que se cuelan por el ojo de una aguja: iban á tomar nota de todas aquellas grandezas para sacarlas en el periódico. Nada se les escapaba á los muy pícaros, atentos á la prolijidad descriptiva, y á recopilar nombres de personas y personajes. El _licenciado Juan de Madrid_, que por allí se pareció, dábales noticias de la casa y de las maravillas en ella contenidas sin olvidar algún precioso dato biográfico de la familia Torquemada San Eloy. En el portal las firmas de visitantes llenaban ya un fabuloso número de pliegos, y el montón de tarjetas era tan grande, que más bien parecía cosa llovida, una granizada de papel ó cosa tal.

II

La mañana del entierro, y media hora antes de la salida de éste, todos los balcones de la calle rebosaban de gente, y motivos había para tal curiosidad, pues rara vez era turbado el sosiego de aquellos barrios por tan grande rebullicio y movimiento. La aparición de la carroza fúnebre, tirada por ocho caballos negros empenachados, fué un verdadero alboroto. Aquel día hicieron novillos todos los muchachos de las escuelas adyacentes; sus chillidos y travesuras llenaban de alegría la calle, y en medio de tanta algazara, el ridículo armatoste negro y sus no bien alineados corceles resultaban con cierta inflexión cómica, por efecto sin duda del contagio. Corrían delante y detrás los chicos con agilidad suma, y cuando paró el carro, los lacayos de empolvada peluca tuvieron que emprenderla con ellos á bofetada limpia, para librarse de su molesta curiosidad. Esto, y el carnavalesco carruaje del Senado, la turbamulta de vehículos diferentes que por una y por otra parte de la calle venían, ocuparon á los guardias municipales, que ya no tenían cabeza ni manos para atender á tan complicado servicio.

En el interior de la casa, la invasión de personajes enlutados y con cara triste era mayor á cada minuto. Todos visitaban la capilla ardiente, en cuya atmósfera no era posible respirar mucho tiempo sin marearse. Hermanitas de diferentes Congregaciones rezaban de rodillas; Gamborena y otros clérigos dijeron misa en el oratorio desde el alba hasta las nueve. La servidumbre no había tenido punto de reposo desde la noche anterior, y el cansancio, más que la pena, se pintaba en los bien afeitados rostros.

Senadores, negociantes de alto copete, próceres y amigos más ó menos verdaderos, pasaron á visitar á D. Francisco en su despacho, previo ensayo de los suspiros que habían de echarle, y de las frasecillas lloriconas que demandaban las circunstancias. Halláronle vestido de riguroso luto, muy limpio, la cara flácida y con señales de insomnio, atusado el cabello, torpe de palabra y gestos. «Gracias, gracias, señores...—les decía, expresándose con estribillo.—No hay consuelo ni puede haberlo...» Y al otro, y al siguiente, les decía lo mismo: «Desgracia tremenda, inesperada... ¿Quién había de esperar, si lo natural era que...? Agradezco estas manifestaciones... Pero no hay consuelo, ni puede haberlo... _Ataquemos_, digo, acatemos los designios... Señores, agradezco estas manifestaciones... No hay consuelo, es verdad, no lo hay... El consuelo es _un mito_. Yo no creía que esta desgracia _tuviera lugar_ ahora... Me ha sorprendido... ¿Qué remedio queda sino resignarse y aceptar _los hechos consumados_?»

Entre tanto; nuevo alboroto infantil en la calle con la aparición de toda la clerecía de San Marcos, la manga-cruz y los ciriales, los tres curas revestidos, y luego, en dos alas, como un par de docenas de ellos con sobrepelliz y bonete. El ir y venir de coches les obligó á dispersarse, tropezando aquí y allá con tanto chico, y con un rebaño de cabras, que en aquel momento, por fatal coincidencia, acertó á pasar en dirección á la lechería del número 15. Y entre los cocheros y los municipales y el pastor de las cabras se armaron unas discusiones tan subidas de tono, que los señores sacerdotes hubieron de oir cosas bien distintas de la liturgia que iban á cantar. El del piporro no pudo librarse, en tal confusión, de ser arrastrado por la oleada á considerable distancia del clero, sufriendo en su persona algunos estrujones, y no pocas magulladuras en su lúgubre instrumento. Al fin, restablecido el orden, entraron los de la parroquia en el palacio, y subieron á la capilla ardiente. Parte de su vida futura habrían dado los muchachos por subir tras ellos, y meter en todo sus narices, viendo el _túmulo_, que decían era como un monumento, y oyendo el cantorrio de los señores curas. Mientras éstos entonaban responsos frente á la cama imperial, los industriales floristas ocupábanse á competencia (pues eran dos, y rivales encarnizados) en colocar sus coronas del modo que resultaran más visibles y con mayor lucimiento. Y los noticieros tomaban apuntes de cuanto veían, oyendo también las indicaciones de los fabricantes de flores para que _su casa_ fuese citada en el periódico; y la servidumbre se puso en movimiento; y Donoso dictaba órdenes autocráticas para despejar el salón; y el clero tiró para abajo, los empleados fúnebres para arriba; y fué bajado el cadáver en hombros de cuatro lacayos con librea negra. Llenóse el palacio de un grave y seco murmullo, más de pisadas que de voces, y en la espaciosa escalera, en la galería baja y en el vestíbulo, de tal modo se apretaba el gentío, que los conductores del féretro tuvieron que detenerse dos ó tres veces antes de llegar á la calle.

Dios y ayuda costó poner en movimiento la triste procesión, porque más de un cuarto de hora emplearon los dichosos floristas en _exponer_ sus coronas sobre el ataud y en las cuatro columnas del carro. Resultaba un efecto hermosísimo, con tanta flor de variados tonos apacibles, y las cintas lujosas con letreros de oro, que por una y otra parte pendían. No cabiendo todas allí, pusiéronse las restantes en un landó abierto, que inmediatamente después del coche estufa debía marchar. Los guardias habían regularizado el tránsito en la vía pública, despejándola en lo posible de moscones pegajosos y de desvergonzados chicuelos. Gracias á esto, pudieron colocarse en dos alas los pobres de San Bernardino, los niños de la Doctrina, las religiosas de la Esclavitud, y otras Hermandades que formaban parte del cortejo. Donoso se multiplicaba, y lo primero que hizo fué echar delante al clero. Luego se puso en movimiento el carro mortuorio, lo que produjo un _¡ah!_ de admiración ó curiosidad satisfecha en toda la calle, porque realmente era cosa muy bonita ver el pausado andar de los ocho caballos, y los saludos que hacían con los plumachos negros que llevaban en sus cabezas. Y el cochero de pelo blanco y tricornio con borlitas, era la mayor admiración de los pilletes, que no entendían cómo se las arreglaba con tanta rienda en aquel alto pescante donde sentado iba, como un rey en su trono.

El duelo, presidido por el señor Obispo de Andrinópolis, y formado por personas de alta posición social, seguía al landó de las coronas; tras él mucha y diversa gente, y luego sin fin de coches de lujo. El vecindario que llenaba balcones y ventanas no se cansaba de aquel desfile interminable, y habría deseado que durase hasta la noche. Á cada instante se detenía la comitiva, por las obstrucciones que la delantera de ella encontraba en calle tan angosta. En la de San Bernardo, ya marchó con más desahogo, por entre la curiosidad de la multitud indiferente. Donoso no cesaba de mirar para atrás, viendo el sinnúmero de personas que seguía el duelo, y la ondulante sierpe de carruajes.

—Es una manifestación—decía con semblante compungido al señor Obispo,—una verdadera manifestación.

Mientras el entierro atravesaba todo Madrid en dirección al cementerio de San Isidro, asombrando á los transeuntes por su desusada suntuosidad y lucidísimo acompañamiento, el palacio de Gravelinas caía en una especie de sedación taciturna, como cuerpo vencido del cansancio y la fiebre. El ruido que se produjo al retirar del salón los objetos de carácter fúnebre, cesó una hora después de la salida del entierro. La servidumbre se esmeraba en evitar todo rumor importuno, y aleccionada por el maestresala, lograba poner en sus rostros y ademanes la seriedad y el discreto dolor propios de las circunstancias. Acompañaban á Cruz, en su gabinete, Augusta y la señora de Morentín. D. Francisco, en su despacho, no quiso más compañía que la de su hija Rufina, que tenía los ojos encendidos de tanto llorar. Hija y padre apenas hablaban.

Hasta el tiempo diríase que pasaba por aquellos ámbitos de tristeza con cierta parsimonia, como pretendiendo que no fuesen muy notadas la cadencia de sus andares, ni la fatalidad de sus divisiones inflexibles. Desde el día precursor al de la muerte, la imaginación de Cruz, exaltada por la ansiedad, apreciaba el tiempo con garrafales equivocaciones, y en la mañana del entierro, el tiempo llegó á ser para ella absolutamente inapreciable. No hacía diez minutos que aquel había partido de la casa, cuando la desconsolada señora, representándose el paso de la comitiva por las calles de Madrid, pensaba de este modo: «Ya llegan á la Cuesta de la Vega... Allí se despiden todos, casi todos... sin contar los que se han ido escabullendo por las calles del tránsito... Ya bajan hacia el puente, acelerando un poco la marcha... No sé por qué han de ir tan á prisa...»

Hora y media dejó pasar, adormecida su mente en aquel éxtasis doloroso, y al cabo de este tiempo, volvió á decir: «¡Qué á prisa, qué á prisa van! Pierde toda la solemnidad el acto con estas prisas... ¡Ya se ve! los pobrecitos sacerdotes de la parroquia desean volver pronto, porque tienen costumbre de comer á las doce en punto... Ya llegan al cementerio... Van á la carrera... ¡Y qué malos deben de estar los pisos!... Con tanta humedad, ¡ay!, me temo que al padrito se le agrave su resfriado. Bien le encargué que no fuera... ¡Señor, siempre hemos de tener un cuidado que nos atormente! Pero esa es la vida. Cúmplase tu santísima voluntad... Ya la bajan del carro: entran todos... Misa de _Requiem_... ¡Jesús, qué soplo de misa! Ya se acabó. Ni las de tropa. Vamos, que lo que quieren es acabar y volverse. ¡Qué tristeza! Ya la llevan por aquellos patios adelante. Ya la depositan junto á la sepultura; se agrupan todos... no se ve nada... Ya la tierra la recibe en su seno. Parece que la acaricia, que la agasaja... Idos, marcháos todos y dejadla, que más cariñosa es la tierra que vosotros... Ya se ponen los sombreros, y se van... Los pocos que allí quedan, tapan el lecho de mi pobre hermana con una piedra enorme, pesada como la eternidad... En la puerta se reunen los del duelo y los acompañantes, y se hacen cortesías... Después se vuelven en los carruajes, hablando de negocios, del estreno de anoche, ó de la ronquera de Massini... ¡Cómo corren!... Es hora de almorzar... Allá, los pobres sepultureros, á corta distancia de la arcilla removida y de la piedra solitaria, se sientan en el suelo, sacan sus fiambreras, y almuerzan también... Hay que vivir.»

Regresaron los amigos íntimos. Donoso, que traía la elegante cajita de terciopelo con la llave, fué derecho al cuarto de D. Francisco, á quien abrazó, y en tono encomiástico, que revelaba tanto cariño como orgullo, le dijo:

—Ha sido una manifestación, una verdadera manifestación.

III

Herido en lo profundo por aquel golpe, el Marqués viudo de San Eloy pagó á la naturaleza física el tributo que su dolor le imponía, pues alguna vez había de desmentirse la robustez fisiológica, que con el desgaste de los años iba ya de capa caída. Un mes de enfermedad _le costó la broma_, según decía, viéndose obligado á dar de mano á los negocios, y á cuidar tan sólo de echarse _tapas y medias suelas_ para poder continuar en sus trajines de acuñador de caudales. Se le agravó aquel síntoma fastidioso que llamaba _abombamiento de la cabeza_, y que unido á la pérdida casi absoluta de la memoria después de comer, le ponía en gran desesperación. Pero lo peor fueron los vértigos que inesperadamente le acometían, y que le privaron de ir al Senado, y aun de salir á la calle. Sin hacer caso de Quevedito, propinábase depurativos, que á poco le agravaron el mal. Más atención que al médico, prestaba á los amigos que le recomendaban éste y el otro específico. Probábalos todos, y como con alguno le resultase una mejoría engañosa y casual, lo tenía por excelente, infalible panacea. Pronto venía el desengaño, y á probar nuevas drogas, rechazando siempre el dictamen facultativo, pues no podía ver á los médicos ni en pintura. «Así como la desgracia le hace á uno _filósofo_—decía,—la enfermedad nos hace catedráticos de Medicina. Yo sé más que todos esos mata-sanos, porque me observo á mí mismo, y sé cuando me conviene _abrir las válvulas_ y cuándo no.»