Part 6
—Esperaremos á que ella misma lo pida—indicó Augusta,—ó á que los facultativos indiquen su oportunidad. Yo la encuentro bien, y no veo motivo de alarma. ¡Pobre ángel!
—Es una santa—dijo el tacaño con cierta solemnidad,—y no será justo ni equitativo que se nos muera tan pronto, habiendo por el mundo tantos y tantas que maldita la falta que hacen.
—Sólo Dios sabe quién debe morir—agregó el sacerdote,—y cuanto Él dispone, bien dispuesto está.
—Sí; pero no es cosa de conformarse así, á lo _bóbilis bóbilis_—replicó Torquemada amoscándose.—¡Pues no faltaba más! Admito que todos somos mortales; pero yo le pediría al _señor de_ Altísimo un poco más de lógica y de consecuencia política... quiero decir, de consecuencia mortífera... Esto es claro. No se mueren los que deben morirse, y tienen siete vidas como los gatos, los que harían un _señalado servicio_ á toda la humanidad tomando soleta para el otro mundo.
Gamborena no contestó nada, y se fué á rezar á la capilla.
Poco después de esto, Fidela, que por consejo de toda la familia y disposición de Quevedito, se había quedado en el lecho, mandó que le llevaran al chiquillo, el cual, si al pronto se enfurruñó, porque le privaban de hacer el burro en los pasillos bajos, no tardó en avenirse con la compañía de su madre, única persona á quien solía mostrar cariño. Cansado de dar vueltas por la alcoba pegando latigazos, se hizo subir á la cama, y por ella se paseó á cuatro patas, imitando el perro y el cochino; y ya se corría hacia la cabecera para dejarse besar de su mamá, ya bajaba hasta los pies, mordisqueando la colcha, y haciendo _gru, gru_, para hacer creer á Augusta que era un terrible animalejo, que le iba á comer una mano.
—Está monísimo—decía Fidela, encantada de aquel juego.—No me digan que este chico va á ser tonto. Lo que tiene es muchísima picardía, y en él, la travesura del animalillo anuncia la inteligencia del hombre.
Agitaba ella los pies dentro de las sábanas, para que él hociqueara en el bulto con saltos y acometidas de bestia cazadora, y ya se esparranclaba, ya husmeaba el aire descansando sobre los cuartos traseros y erguido sobre los delanteros, ya, en fin, sentábase para frotarse el hocico con movimientos de oso cansado de divertir á la gente. Pero su principal diversión era asustar á las personas que rodeaban el lecho, y á su mamá misma, ladrándoles, embistiéndoles de mentirijillas, con la boca abierta en toda su pavorosa longitud. Verdad que nunca se las comía; pero les hacía creer que sí, á juzgar por las voces de espanto con que acogían sus furores. Por fin, tendióse á lo largo junto á su madre, y apoyando su rostro en el de ella, largo rato estuvo mirándola de hito en hito, sin articular gruñido ni voz alguna. Maravillábase Augusta de que la mirada de Valentinico tuviera aquel día expresión menos fosca y aviesa que de ordinario; pero no apuntó ninguna observación sobre este particular.
—¡Si es más bueno este hijo!—decía Fidela gozosa.—¡Ahora me está diciendo al oído unos secreticos tan salados!... _Ta, ta, pa, ca..._ que me quiere mucho, y otras cosas muy bonitas, muy rebonitas.
Diferentes veces le puso Cruz en el suelo para que no molestase á su madre; pero él, con una querencia tenaz, que fué la mayor rareza de aquel memorable día, se las arreglaba para volver á la cama. Creyérase que comprendía la obligación de ser dócil y bueno para merecer aquellos honores. Nunca se le vió más sumiso ni se notó expresión tan dulce en el _ta, ca, ja, pa_, que á cada instante pronunciaba, ni tuvo tanto aguante para permanecer quieto, pegado su hocico al rostro de su mamá, dejándose acariciar de ésta y oyendo de su boca tiernas palabras que seguramente no había de entender. Quedóse dormido un rato, y Fidela no consintió que le quitasen de su lado. Durmió también ella con placidez que todos creyeron de feliz augurio, y de fijo le habría sido provechoso aquel sueñecico, si hubiera durado más.
Con la tardanza del doctor Miquis, que no pudo ir hasta la tarde, estaban en ascuas Cruz y don Francisco, esperando uno y otro cobrar ánimos con la visita del famoso médico. Antes que éste llegara, tuvo Fidela otro ataquillo de disnea, seguido de un colapso muy breve, del cual sólo Augusta, única persona que entonces se hallaba presente, pudo enterarse. Volvió Valentinico á subirse á la cama, y si, poco antes, pudieron observar todos en sus ojuelos cierta dulzura (como no fuera esto efecto de la buena voluntad de los que le miraban), luego notaron en ellos la singularísima expresión ofensiva que de ordinario tenían. Quizás dependía esto de su pequeñez, contrastando con la voluminosa cabeza, y de una irisación gatuna en las obscuras pupilas. No se sabe; pero todos decían, y Augusta la primera, que aquél no era el mirar inocente y seductor de un niño. ¡Demonio de engendro! Le dió por echarse como un perro á los pies de su madre, y de amenazar con gruñidos á cuantos al lecho se acercaban, enseñando los dientes, y preparándose para morder al que se dejara, ya fuese su mismo papá, ó su tía.
—¡Qué bravo!—decía Fidela.—¡Cómo defiende á su madre! Esto se llama inteligencia, esto se llama cariño... ¡Pero si nadie me hace daño, hijo mío! Estáte quietecito, y no te muevas mucho, que me molestas.
Entró en esto Miquis, y se llevaron al salvaje bebé, que con berridos protestaba de no hallarse presente en tan importante visita. Larga fué ésta, y detenidísimo el examen que de la ilustre enferma hizo aquel espejo de los facultativos. La animó con su galana y piadosa palabra; mostróse después reservado con la familia, y al fin, solos él y Quevedito, hablaron _mutatis mutandis_ lo que sigue:
—¿Pero tú qué estás pensando?... ¿tú qué haces? ¿Estás tonto?
—¡Yo!... ¿qué?—replicó balbuciente y poniéndose pálido, el yerno de Torquemada.—¿Por qué me dice usted eso, D. Augusto?
—Porque eres un ciego si no ves que esta pobre señora está muy mal. ¡Á buena hora me avisas, cuando ya...! Puede que aún sea tiempo; pero lo dudo. La depresión cardíaca es tal, que temo el colapso, y si viene el colapso con la intensidad que presumo, ya no hay nada que recetar, como no sea el Viático.
Quevedito se limpió el sudor del rostro. Un color se le iba y otro se le venía, no sabiendo qué contestar á las aterradoras palabras de su amigo y maestro. El cual siguió:
—¿Pero á qué tanta digitalina? Basta, basta, y dispón las inyecciones de cafeína y éter, y las inhalaciones de oxígeno... para lo que ha de venir esta noche.
—¡Teme usted...!
—Ojalá me equivoque. Pero... no te comprometas ante la familia con optimismos que por desgracia serían ilusorios... no des esperanzas.
—¿Teme usted que el colapso...?
—Se ha iniciado ya. Lo he conocido en el pulso irregular, en el rostro, que se descompone, ó parece querer descomponerse...
—No había observado...
—¿Y para qué sirve la adivinación médica, el arte de ver los fenómenos ya pasados, en el rastro casi imperceptible que dejan en el organismo? Volveré esta noche. No te separes de la enferma, y observa al minuto todo cuanto ocurra.
—¿Volverá usted?
—Sí. Creo que no adelantaremos nada, y que la pobre señora no saldrá de la noche.
De tal modo desconcertaron estas lúgubres palabras al bueno de Quevedito, que cuando el otro se fué, y Cruz, ansiosa, se llegó al médico de la casa, éste no pudo disimular su turbación. Faltábale poco para echarse á llorar. Á las preguntas anhelantes de Cruz, y á las de D. Francisco, contestó desordenadamente, luchando entre la veracidad profesional y el afecto de familia:
—Mal diagnóstico... ¿para qué ocultarlo?... malo, malo... Sería peor dar esperanzas, que... Pero aún no debemos perderlas, no, no, eso no... Basta de digitalina... Habrá que hacer inyecciones... inhalaciones... Veremos esta noche... Creo que Miquis exagera el mal. Estos médicos de punta son así; dan grandes proporciones á la cosa más sencilla, para luego salir diciendo... Pero la gravedad existe, una gravedad relativa... y vale más estar prevenidos...
XIV
La primera idea de Cruz, rehaciéndose valerosa ante el peligro, fué llamar inmediatamente á las principales eminencias médicas de Madrid. Torquemada, que poco después de oir á su yerno tocaba el cielo con las manos, empezó por arrojar todas sus iras contra Miquis:
—Ese hombre está loco. Ese hombre es un bribón que quiere explotarnos. Ve que en esta casa hay _trigo_, y dice: aquí me dejo caer... No, no, fuera médicos ilustres, que no saben una patata. ¡Decir que hay peligro grave! ¿Dónde y por qué? Si sólo con verla se comprende que todo ello es _unas miajas_ de fenómeno reflejo, catarro descuidado, el dengue y los achaquillos que deja... Esto es una picardía, un complot, _por decirlo así_.
Pronto varió de opinión, _transigiendo_ con que se llevaran cuantos doctores de campanillas fuesen menester, y después, su excitado cerebro discurría los arbitrios más extravagantes, por ejemplo, llamar á un curandero famoso de la Cava de San Miguel... Él le conocía, y testimonio podía dar de sus maravillosas curas: nada se perdía, pues, con llevarle, porque si no curaba, daño no hacía; toda su terapéutica era agua del pozo, y dar friegas en el estómago y en _los vacíos_ con un cepillo de hierbas. Tan desconcertado estaba el hombre, que no tardó en reirse de su propio consejo, y volvió á poner en duda la competencia de la Facultad para curar á nadie.
Con rapidez pasmosa cundió entre los amigos de la casa la noticia de la gravedad de la señora Marquesa de San Eloy, llegando también al Senado antes del término de la sesión, por lo cual vióse D. Francisco asaltado, á primera hora de la noche, de multitud de _amigos políticos y particulares_, que con enfáticas demostraciones de sentimiento, estuvieron dándole matraca más tiempo del que su tristeza y ganas de soledad consentían. No hizo caso de nadie, ni aun de los que, echándoselas de profetas optimistas, le anunciaban una solución feliz de la enfermedad. Renegaba el tacaño de todo, de los amigos y de la ciencia, de la fatalidad y de los _llamados... altos designios de... Quien quiera que fuese_. Hasta la compañía y los consuelos de Donoso, su amigo y en cierto modo maestro en _ilustración_, le cargaban en aquella infausta noche. Resistióse á probar bocado, y cuando los importunos empezaron á desfilar, andaba de un lado para otro del palacio, como un demente, paseándose entre fantasmas, que no otra cosa le parecían las figuras religiosas ó paganas, desnudas unas, otras mal vestidas _con sábanas ó colchas_, que poblaban salones y galerías.
Entre tanto, Fidela había pasado, en el tránsito melancólico del día á la noche, por diferentes alternativas, hallándose por momentos gravísima, por momentos tan aliviada, que la familia no sabía si temer ó esperar. Augusta no se separaba de su lecho: las manos de una enlazadas con las de la otra, confirmaban en aquellos críticos instantes el intenso cariño, contra el cual la muerte misma no debía prevalecer.
—Ahora te sientes mejor, mucho mejor, ¿no es verdad? No creas que nos hemos alarmado mucho. Bien se ve que no es nada.
—Sí, no es nada—dijo Fidela recobrando la viveza de su acento.—¡Si siguiera como estoy ahora...! Me siento bien; respiro sin dificultad; y... ¡qué cosa tan rara! se me ha refrescado tanto la memoria, que todo lo veo clarito, y mil cosas que había olvidado, insignificantes, se me presentan ahora en la imaginación como si hubieran pasado ayer.
—¿Sí? ¡Qué gracia! Pues mira, no hables mucho. Ya sabes que los médicos quieren que cierres el pico... Fácil medicina es callar.
—Déjame que hable un poquitín. ¡Si es lo que me gusta más en el mundo! La charla... mi pasión...
—Bueno, te permito una pizca de charla. Si se enteran Quevedo y tu hermana me reñirán.
—¡Ay, qué cosa tan rara! Alababa yo mi memoria, y ahora me encuentro sin ella... Pues nada... Había pensado preguntarte una cosa, y se me ha olvidado... ¡Pero si hace medio minuto que lo tenía aquí, en la punta de la lengua!
—Pues déjalo para después.
—¡Ah!... ya, ya lo tengo.—Verás: cuatro palabras nada más... Díme una cosa. ¿Crees tú que los muertos vuelven?
—Mira, hija de mi alma—replicó Augusta sintiendo frío en el corazón,—no hables de muertos. ¡Vaya, qué tonterías se te ocurren!
—¿Y por qué ha de ser tontería? Yo te pregunto si crees tú que los que se mueren... vuelven al mundo de los vivos. Pues mira, yo creo que sí, y que no hay que burlarse de la conseja de las ánimas en pena.
—Yo no sé nada de eso: cállate, ó llamo á Cruz.
—No, no... ¡Flojo réspice me echaría!... Yo creo que cuando una es espíritu libre, puede ir y venir donde le plazca. Lo que no sé es si tú podrás verme, como yo te veré á tí... Y cuidadito con hacer picardías... Mira que te estaré mirando...
Augusta temblaba. Se apoderó de ella un terror instintivo; y como en la estancia había poca luz, creyó ver surgir de aquellas penumbras espectros que se aproximaban lenta y terroríficamente.
—¿Tú qué piensas de esto?—insistió Fidela con ligera inquietud.—¿Alguna vez, en tu vida, en circunstancias gravísimas ¿me entiendes?, has visto la imagen de alguna persona querida, que se te hubiera muerto? Porque el ser la persona muy querida, muy querida, paréceme condición indispensable para que el hecho de _verla_, de verla como te estoy viendo á tí, se verifique.
—Bah, bah... ¿Te callas si te contesto lo que más puede gustarte? Pues bien, si te callas te diré que sí... Pero no me preguntes más. Queriendo mucho, pues... Ea, basta ya. Esto podría desvelarte, y es preciso que duermas, pobrecita.
—Si yo también quiero dormirme. De eso se trata, tonta. ¡Que me place tu respuesta! Los que duermen, sueñan, y el que sueña, vive en sueños, y su ser soñante puede ser su imagen visible... ¡Vaya unas filosofías! ¡Ah, que no nos oiga el padrito! ¡Menudo sermón nos echaría!... Pues sí, á dormir, á dormir.
Cerró los ojos, y Augusta, después de abrigarle el cuello con el embozo, la besó cariñosamente, y la arrulló como á los niños. Cruz entró de puntillas, y enterada de su tranquilidad volvió á salir. En consulta estaban á la sazón tres eminencias, á más de Miquis y Quevedito, y había gran ansiedad en la familia por conocer el resultado de la discusión científica. Por desgracia, el protomedicato confirmó plena y categóricamente la opinión de Miquis, respecto á la gravedad y al inminente peligro. La temida catástrofe podía tardar un día, dos, ó precipitarse en el instante menos pensado, aquella misma noche.
Quiso Cruz consultar con Torquemada si se traería el Viático, sin pérdida de tiempo; pero don Francisco, por mediación de Donoso, que era el que andaba en aquellos tratos, negóse á dar su opinión sobre tan grave materia. Su abatimiento y pesimismo quitábanle la serenidad para resolver cosa alguna. Gamborena, en tanto, con pretexto de visitar á la enferma, entró en su alcoba. La vió dormida; esperó... Un ratito después, Fidela despertaba; alegróse mucho de ver al misionero, y le dijo que quería reconciliarse. Retiráronse todos, y Gamborena, como era natural, aprovechó tan buena coyuntura para proponerle la administración del Sacramento. Acerca de la hora no hubo perfecto acuerdo, porque la enferma dijo: «mañana»; Cruz no quería contrariarla, manifestando prisa, y el padre transigió dando al mañana una interpretación ingeniosa.
—Tempranito, tempranito... Es lo mejor. Son las diez de la noche.
Don Francisco, á eso de las once, se dirigió á la alcoba, cuando ya se había iniciado el temido colapso. El mismo terror que invadía su alma le sugirió ardiente anhelo de ver el tristísimo cuadro de aquella preciosa vida, próxima á extinguirse en lo mejor de la edad, burla horrorosa de la lógica, del sentido común, y aun de las leyes de la Naturaleza, _sacrosantas_, sí señor, _sacrosantas_, cuando no se dejan influir ¡cuidado! de las arbitrariedades que vienen de arriba. Contempló á su querida esposa, lívido, desconcertado, sin acertar á proferir palabra ni queja, y allí se estuvo como estatua, sintiendo, con más fuerza que había sentido el terror de la entrada en la alcoba, el terror de la salida. No hallaba ni la palabra, ni el gesto, ni el movimiento para largarse. Por fin, Augusta, que lloraba á lágrima viva, le cogió por un brazo, diciéndole entre sollozos:
—Retírese, D. Francisco, que esto le afectará demasiado.
El hombre encontróse fuera del cuarto cuando menos lo pensaba, y silenciosamente, las manos á la espalda, los labios fruncidos, bien apretados los dientes, como si nunca más en su vida hubiese de articular palabra, se fué á su despacho, en la planta baja, donde no había nadie, pues Donoso andaba también por las alturas, tratando de algo referente á la imponente ceremonia que se preparaba.
XV
Metióse en su cuarto el Marqués de San Eloy como alimaña huída, que sólo se cree segura en la grieta que le sirve de albergue; pero como éste era, en aquel caso, bastante holgado, allí se entretuvo el hombre en espaciar su desventura, paseándola de un extremo á otro, como si de esta suerte, por estirarla y darle vueltas, pudiera llegar á ser menos honda. Verdaderamente, era una cosa inícua, casi estaba por decir una mala partida... vamos, una injusticia tremenda, que debiendo ser Cruz la condenada á _fallecer_, por razón de la edad, y porque maldita la falta que hacía en el mundo, falleciese la otra, la bonísima y dulce Fidela. ¡Qué pifia, Dios! Y á él no le faltaban agallas para decírselo en su cara al Padre Eterno, como se lo diría al Nuncio y al mismo Papa, para que fueran á contárselo. ¿_Á qué obedecía_ la muerte de Fidela? «_¿Á qué obedece?_—repetía furioso, volviendo la cara hacia el techo, como si en él pintada estuviese la cara de su interlocutor.—¿Es esto justo? ¿Es esto misericordioso y divino?... ¡Divino! Vaya unas divinidades que se gastan por arriba. Pues yo le digo á _Su Señoría_ que no me ha convencido, y que todo eso de _infinitamente sabio, infinitamente... que sé yo_, lo pongo en cuarentena. Ea, no me gusta adular á los poderosos, á los que están por encima de mí. La adulación _no se compadece con mi carácter_. Tengamos dignidad. ¿Y qué es el rezo, más que una adulación, verbigracia, besar el palo que nos desloma? Yo... al fin y al cabo... rezaría, si fuese preciso, si supiera que había de encontrar piedad; pero... como si lo viera... ¡piedad! ¡Ah, quien no te conozca que te compre! Esto es _obvio_. La piedad que haya, que me la claven en la frente. ¿Qué más? ¿Cómo olvidar el caso de mi primer Valentín, de aquel cacho de ángel, que me quitaron de la manera más atroz y bárbara, _barrenando_ las leyes de la Naturaleza, sin que me valieran rezos, ni limosnas, ni nada?... ¡Anda y que adulen otros! No es uno un pelagatos, no es uno un cualquiera, no es uno un mariquita...»
Fatigado de dar tantas vueltas, se sentó en una silla, apoyándose en la mesa, y se tapó los ojos con ambas manos. «_¡Ñales!_—decía,—paréceme que estoy delirando. Lo que me pasa no es para menos... Aunque nos volviéramos locos de tanto rezar todos los que estamos en la casa, nada conseguiríamos, porque el mal, _á estas alturas_, es de los que no tienen remedio. La pobrecita Fidela se muere... se muere sin remisión... quizás se ha muerto ya... Sería preciso, para salvarla, que _Aquél_ hiciera un milagrito, y lo que es eso... Favores ya los hace; pero milagros... Y falta que sea verdad que los hiciera... Favores sí; pero estas gangas son para los beatos y ratones de Iglesia... No está uno en el caso de rebajarse... ¡cuidado!... Cierto que si me aseguraran que..., yo me rebajaría, vaya si me rebajaría... Pero, ¡con cien mil Biblias! para que me dejen con un palmo de narices, como en el caso de Valentín...»
Volvió á pasearse, transido de pena y terror, atormentado por la imagen de su esposa moribunda, fija en su mente con los rasgos y matices de la pura realidad. La veía, la estaba viendo, cual si delante la tuviera. ¡Cuánto mejor para él no haber entrado en la alcoba, haberse quedado fuera... evitando el mal rato de verla agonizante, y el tormento de quedarse con aquella imagen, con aquella fotografía en el cerebro, la cual no se borraría en mil años que viviese!... Perdido el conocimiento, sin ver á nadie ya, columbrando quizás las cosas del Cielo, la pobrecita Fidela se iba muriendo sin sentirlo, los ojos hundidos, las pupilas sin brillo ni viveza, vueltas hacia arriba, como si quisieran mirar al interior del cráneo; la boca anhelante, distendiendo y contrayendo los labios... al modo de los pececillos de redoma... en derredor de la boca un cerco violado que le desfiguraba horrorosamente el rostro... la piel húmeda, del sudor frío que la cubría; el cabello pegado á las sienes, y también con aspecto de cosa muerta, postiza, como peluca desencajada y fuera de su lugar... y por fin, el cuerpo inmóvil, vencido ya de la inercia, sin contracciones. Sólo en los dedos, la vida muscular se manifestaba expirante en ligeras crispaduras... Tal era la imagen lastimosa que había visto D. Francisco, y que en su mente quedó estampada, con fuerza bastante para transportarse de la mente á la realidad.
Pasó algún tiempo, no podía decir cuánto, en aquella abstracción dolorosa, sintiendo hondo, viendo claro lo que no ver quería, luchando por borrar la imagen cuando se vivificaba demasiado, y por revelarla de nuevo cuando se desvanecía, pues si penoso era verla, desconsuelo le causaba no percibirla, y á tantos tormentos unióse pronto el de la duda. ¿Había muerto ya ó vivía aún? Por nada del mundo habría vuelto á la alcoba. ¿Cómo no se le daba cuenta de la muerte, si ésta _era un hecho_? Lo probable era que aún viviese. ¿Le habrían traído el Viático? No, porque él hubiera sentido rumores de gente y el toque triste de la campanilla. Grande era el palacio; pero no tanto que un acto de tal naturaleza pudiese verificarse sin que él se enterara. Creyó sentir un bullicio extraño... ¡Gente de la parroquia! La Extremaunción sería, que el Viático no podía ser.
Puso después atento oído á los ruidos que sonaban en el inmenso caserón. Á ratos reinaba silencio tan profundo, que todo parecía muerto, todo quieto y mudo, como las figuras de los lienzos que adornaban la ducal mansión; á ratos oía pasos precipitados de la gente de servicio, que bajaban ó subían á prisa, como en busca de algo muy urgente. Tentado estuvo, en más de una ocasión, al sentir próximo á su leonera el paso de algún criado, de salir á la puerta y preguntar... Pero no: si le anunciaban la muerte, ¿cómo soportar la noticia? Además, los criados todos se le habían hecho antipáticos, que no _quería nada con ellos_, y si por acaso le contestaban algo desagradable, trabajillo le había de costar no emprenderla con ellos á puntapiés. Tanta llegó á ser al fin su ansiedad, que entreabrió la puerta. Frente á ésta, extendíase una ancha galería bien iluminada. ¡En su dorada cavidad cuánta tristeza! Pasos se oían, sí, pero no muy lejanos, arriba, allá, donde estaba pasando... lo que pasaba. En el fondo de la galería vió una figura enorme, desnuda, con la cabeza próxima al techo y las piernazas encima de una puerta. Era un lienzo de Rubens, que á don Francisco _le resultaba_ la cosa más cargante del mundo, un tío muy feo y muy bruto, amarrado á una peña. Decían que era Prometeo, un _punto_ de la antigüedad mitológica: picardías muy malas debió de hacer el tal, porque un pajarraco le comía las asaduras, suplicio, que á juicio del Marqués de San Eloy, estaba muy bien empleado. Más acá vió á una ninfa que también le cargaba, casi en cueros la muy sinvergüenza, con los pechos al aire, y tan tiesa como si se hubiera tragado el palo del molinillo. No se acordaba Torquemada de su nombre; pero ello era también cosa de _tirios y troyanos_... Ganas le dieron súbitamente de salir con una estaca y emprenderla á palos con la estatua (copia de la Dafne de Nápoles) que decoraba el fondo de la galería, y hacerla pedazos, para que aquella _pindongona_ no le señalara más con su dedo provocativo, ni se le riera en sus barbas... Pero habría sido disparate romperla, valiendo lo que valía.