Part 5
—Creo que la máquina, mejor dicho, el gobierno del mundo, no marcha como debiera marchar... Vamos, que el Presidente del Consejo de allá arriba tiene las cosas de este bajo planeta un tantico abandonadas.
—¿Bromitas impías? No sientes lo que dices, hija de mi alma; pero aun no sintiéndolo, cometes un pecado. No por ser chiste una frasecilla, deja de ser blasfemia.
—Anda, vuelve por otra.
—Pues no me digan á mí—prosiguió la de San Eloy,—que todo esto de la vida y la muerte está bien gobernado, sobre todo la muerte. Yo sostengo que las personas debieran morirse cuando quisiesen.
—¡Já, já!... ¡Qué bonito! Entonces, nadie querría morirse.
—Ah... no estoy de acuerdo, y dispénseme—dijo Augusta con seriedad.—Á todos, á todos absolutamente cuantos viven, aun viviendo miles de años, les llegaría la hora del cansancio. No habría un ser humano que no tuviera al fin un momento en que decir, _ya no más_, _ya no más_. Hasta los egoístas empedernidos, los más apegados á los goces, concluirían por odiar su yo, y mandarlo á paseo. Vendría la muerte voluntaria, evocada más que temida, sin vejez ni enfermedades. ¡Vaya, padrito, que si esto no es arreglar las cosas mejor de lo que están, que venga Dios y lo vea!
—Ya lo ha visto, y sabe que las dos tenéis la inteligencia tan dañada como el corazón. No quiero seguiros por ese camino de monstruoso filosofismo. Bromeáis impíamente.
—¡Impíamente!—exclamó Fidela.—No, padre. Bromeamos, y nada más. Cierto que cuando Dios lo ha hecho así, bien hecho está. Pero yo sigo en mis trece: no critico al Divino Poder; pero me gustaría que estableciera esto del morirse á voluntad.
—Es lo mismo que defender la mayor de las abominaciones, el suicidio.
—Yo no lo defiendo, yo no—declaró Augusta poniéndose pálida.
—Pues yo...—indicó la otra aguzando su mente,—sino lo defiendo, tampoco lo ataco... quiero decir... esperarse... que si no fuera por lo antipáticos que son todos los medios de quitarse la vida, me parecería... quiero decir... no me resultaría tan malo.
—¡Jesús me valga!
—No, no se asuste el padrito—dijo la de Orozco, acudiendo en auxilio de su amiga.—Déjeme completar el pensamiento de ésta. Su idea no es un disparate. El suicidio se acepta en la forma siguiente: Que una... ó uno, hablando también por cuenta de los hombres... se duerma, y conserve, en medio del sueño profundísimo, voluntad, poder, ó no sé qué, para permanecer dormido por los siglos de los siglos, y no despertad nunca más, nunca más...
—Eso, eso mismo... ¡qué bien lo has dicho!—exclamó Fidela batiendo palmas, y echando lumbre por los ojos.—Dormirse hasta que suenen las trompetitas...
Pausadamente cogió Gamborena una silla y se colocó frente á las dos señoras, teniendo á cada una de ellas al alcance de sus manos, por una y otra banda, y con acento familiar y bondadoso, al cual la dulzura del mirar daba mayor encanto, les endilgó la siguiente filípica:
XI
—Hijas mías, aunque no me lo permitáis, yo, como sacerdote y amigo, quiero y debo reprenderos por esa costumbre de tratar en solfa, y alardeando de humorismo elegante con visos de literario, las cuestiones más graves de la moral y de la fe católica. Vicio es este adquirido en la esfera altísima en que vivís, y que proviene de la costumbre de poner en vuestras conversaciones ideas chispeantes y deslumbradoras, para entreteneros y divertiros como en los juegos honestos de sociedad... suponiendo que sean honestos, y es mucho suponer.
»No necesito que me déis licencia para deciros que cuanto expresásteis acerca de la muerte, y de nuestros fines aquí y allá, es herético, y además tonto, y extravagantísimo, y que sobre carecer de sentido cristiano, no tiene ninguna gracia. Podrán alabar ese alambicado conceptismo los majaderos sin número que acuden á vuestras tertulias y saraos, hombres corrompidos, mujeres sin pudor... algunas, no digo todas. Si queréis decir gracias, decidlas en asuntos pertinentes al orden temporal. Juzgad con ligereza y originalidad de cosas de teatro, de baile, ó de carreras de caballos y velocípedos. Pero en nada pertinente á la conciencia, en nada que toque al régimen grandioso impuesto por el Criador á la criatura, digáis palabra disconforme con lo que sabe y dice la última niña de la escuela más humilde y pobre. Aquí resulta una cosa muy triste, y es que las clases altas son las que más olvidadas tiene la doctrina pura y eterna. Y no me digan que protegéis la religión, ensalzando el culto con ceremonias espléndidas, ó bien organizando hermandades y juntas caritativas: en los más de los casos, no hacéis más que rodear de pompa oficial y cortesana al Dios Omnipotente, negándole el homenaje de vuestros corazones. Queréis hacer de Él uno de estos reyes constitucionales al uso, que reinan y no gobiernan. No, y esto no lo digo precisamente por vosotras, sino por otras de vuestra clase; no os vale tanta religiosidad de aparato; no se os acepta el homenaje externo si no lo acompañáis del rendimiento de los corazones, y de la sumisión de la inteligencia. Sed simples y candorosas en materia de fe; dad al ingenio lo que al ingenio pertenece, y á Dios lo que siempre ha sido y será de Dios.
Oían las dos damas absortas, bebiéndose con los ojos la dulzura de los ojos del misionero, al propio tiempo que absorbían por el oído, y las agasajaban en el pensamiento, las ideas que expresaba. Durante la breve pausa que hizo, apenas respiraban ellas, y él siguió tranquilo, apretando un poquito en la severidad:
—Las clases altas, ó por hablar mejor las clases ricas, estáis profundamente dañadas en el corazón y en la inteligencia, porque habéis perdido la fe, ó por lo menos andáis en vías de perderla. ¿Cómo? Por el continuo roce que tenéis con el filosofismo. El filosofismo, en otros tiempos, no traspasaba el lindero que os separa de las clases inferiores; el filosofismo era entonces plebeyo, ordinario, y solía estar personificado en seres y tipos que os eran profundamente antipáticos, sabios barbudos y mal olientes, poetas despeinados y que no sabían comer con limpieza. Pero ¡ah! todo ello ha cambiado. El filosofismo se ha hecho fino, se ha hecho elegante, se ha colado por vuestras puertas, y vosotras le dáis abrigo, y le hacéis carantoñas. Antes le despreciábais, ahora le agasajáis; y os parece que vuestras mesas no están bastante honradas si no sentáis á ella diariamente á dos ó tres de estos alumnos de Satanás; y vuestros saraos no os parecen de tono, si no traéis á ellos á toda la caterva de incrédulos, herejes y ateistas.
»Vosotras, clases altas y ricas, aburridas, fatigadas por no tener un papel glorioso que desempeñar en la sociedad presente, os habéis bajado á la política, como el noble enfermo y melancólico, que no sabiendo qué hacer para distraerse, desciende á bromear con la servidumbre. El filosofismo, harto de vivir en sótanos y entre telarañas, se ha subido á la política para buscar en ella su negocio, y en ese terreno común os habéis encontrado todos, y os habéis hecho amigos. Después, incurriendo en familiaridades de mal gusto, lleváis al filosofismo arriba, á vuestras salas, y allí, el infame os contagia de sus perversas ideas, amortiguando la fe en vuestros corazones. Cierto que conserváis la fe nominal, pero tan sólo como un emblema, como una ejecutoria de la clase, para defenderos con ella en caso de que veáis atacados vuestros fueros y amenazadas vuestras posiciones... Y la prueba de esto la hallamos en las novísimas costumbres de la gente noble. Decidme: ¿no salta á la vista que vuestras devociones son superficiales y que debajo de ellas no hay más que indiferentismo, corruptela? Vosotras mismas os habéis reído, esta Navidad, de las que _dieron misa del gallo_ con baile. Vosotras mismas habéis organizado conciertos caritativos, y con igual frescura tomáis el teatro y la lotería por instrumentos de caridad, que lleváis á la iglesia las formas teatrales. Todo está bien con tal de divertiros, que es la suprema, la única aspiración de vuestras almas.
Descansaron las dos damas de aquella tirante atención, sacando cada cual un suspiro de lo más hondo del pecho, y Gamborena, después de repartir por igual palmaditas en las manos de una y otra, prosiguió y terminó benévolamente en esta forma:
—Hay que volver á la sencillez religiosa, señoras mías, limpiar el corazón de toda impureza, y no permitir que la frivolidad se meta donde no la llaman, y donde hace tanta falta como los perros en misa. ¿Queréis ser elegantes? Sedlo enhorabuena, sin mezclar el nombre de Dios ni la doctrina católica en vuestras chismografías epigramáticas. La caridad, el culto, la devoción sean cosas serias, no uno de tantos temas para lucir la travesura del pensamiento. La que no tenga fe, que lo diga y se deje de comedias que á nadie engañan, y menos al que todo lo ve. La que la tenga sepa tenerla con simplicidad; sea como los niños para aprender la doctrina, y como los humildes y pobres de espíritu para practicarla, dejando los escarceos del ingenio para el diablo, que es el gran hablador, y el maestro de la cháchara, y el que á la postre sale ganando con todas esas vanidades de la conversación picaresca. La alcurnia y el dinero suelen ser carga pesada para las almas que quieren remontarse, y estorbo grande para las que buscan la simplicidad: el toque está, señoras mías, en conseguir aquellos fines, sin arrojar dinero y alcurnia, aunque hay casos, pero de esto no se hable, por ser excepcional y extraordinario. Sabiendo uno con quién trata, y en qué tiempos vive, no incurrirá en la tontería de decir: «imitad á los que siendo nobles y ricos, quisieron ser pobres y plebeyos.» Esto no: vivimos en tiempos de muchísima prosa, y de muchísima miseria y poquedad de ánimo. La voluntad humana degenera visiblemente, como árbol que se hace arbusto, y de arbusto, planta de tiesto: no se le pueden pedir acciones grandes, como al pigmeo raquítico no se le puede mandar que se ponga la armadura de García de Paredes y ande con ella. No, hijas mías. No os diré nunca que seáis heroínas, porque os reiríais de mí, y con razón. Sois muy enanas, y aunque os empinárais mucho, aunque os pusiérais penachos de soberbia y tacones de vanidad, no podríais llegar á la talla. Por eso os digo: ya que sois tan poquita cosa, procurad ser buenas cristianas dentro de la cortedad de vuestros medios espirituales; seguid siendo aristócratas y ricas; compaginad la simplicidad religiosa con el boato que os impone vuestra posición social, y cuando os llegue el momento de pasar de esta vida, si habéis sabido limpiaros de la impureza que os invade el corazón, no encontraréis cerradas las puertas de la eterna dicha.
Oyeron las damas esta plática con emoción profunda, y poco faltó para que lloraran. Cuando el misionero terminó, repitiendo las afectuosas palmaditas en las manos de sus oyentes, Augusta no hacía más que suspirar. Fidela parecía un poquito asustada, y cuando se repuso, su genial travesura salió bruscamente con uno de aquellos _rasgos_ que el sacerdote acababa de reprender.
—Pero si no puedo purificarme bien, lo que se llama bien, espero que habrá un poquito de manga ancha conmigo, y que usted me abrirá la puerta celestial.
—¿Yo?
—Usted, sí, usted que tiene las llaves.
—¿Yo?
—Lo dice mi marido, y lo cree, y por creerlo así le llama á usted _San Pedro_.
—Es una broma.
—¿Y no mereceré yo un poco de indulgencia?
—Indulgencia Dios la da.
—Pues mire usted, nadie me quita de la cabeza que la voy á necesitar pronto, muy pronto.
—¡Oh, no digas tal!
—Me lo pueden creer. Hace días vengo pensando en eso, en mi próxima muerte, y ahora, cuando usted hablaba, se me metió en la cabeza la idea de que ya estoy al caer, pero ya, ya...
—¡Qué tontería!
—Si no me asusto. Al contrario, lo miro con una tranquilidad... ¡Morir... _dormir mucho tiempo_! ¿No es eso, padre? ¿No es eso, Augusta?
Entró en aquel momento Cruz, y habiendo entendido algo de lo que su hermana decía, la reprendió con dulzura, fijándose en la expresión de su rostro. Debió éste de parecerle hipocrático en grado sumo, aunque no lo bastante para sentir alarma.
—Claro, te estás toda la tarde de palique y luego viene la fatiguita y la opresión. Tú no hagas más que oir, y habla lo menos que puedas; sobre todo no te pongas á defender los mil disparates que se te ocurren, porque en las discusiones te quedas sin aliento, y ya ves...
—Si no estoy mal—dijo Fidela, con dificultosa respiración.
—No, no estás mal. Pero yo que tú me acostaría. Ya ves qué día tenemos. Con todas las precauciones del mundo, y echando leña sin cesar en las chimeneas, no podemos evitar que te enfríes. ¿Verdad, padrito, que debe acostarse?
Las instancias de su hermana, reforzadas por Gamborena, llevarónla al lecho, donde se sintió mejor. Después de haber descabezado un sueñecillo, hallábase muy risueña y decidora. Augusta, que de su lado no se separaba, le mandó más de una vez que cerrase el pico.
Nada ocurrió en el resto del día digno de ser contado. Gamborena y Cruz charlaban en el gabinete de Fidela, y ésta en su alcoba se entretenía con Valentinico y con su fiel amiga. Ya entrada la noche, poco antes de la hora de comer, la Marquesita de San Eloy despertó de un breve y tranquilo sueño, respirando desahogadamente. ¡Qué bien estaba! Así lo creyó Augusta al acercarse á ella, inclinándose sobre el lecho. Llevóse la niñera al chiquitín para darle de comer, y entonces Fidela, acariciando la mano de su amiga, le dijo en el tono más natural del mundo:
—Tengo que decirte una cosa.
—¿Qué?
—Que quiero confesarme.
—¡Confesarte!—exclamó Augusta palideciendo y disimulando su turbación.—Pero ¿estás loca?
—No sé por qué ha de ser signo de locura el querer confesarse.
—Pero, hija, es que... creerán que estás mal.
—Yo no sé si estoy mal ó bien. No hay más sino que quiero confesarme... y cuanto más pronto, mejor.
—Mañana...
—Déjate de mañanas. Mejor será esta misma noche.
—Pero ¿qué idea te ha dado...?
—Pues una idea, tú lo has dicho, una idea. ¿Acaso es mala?
—No... pero es una idea alarmante.
—Bueno, mejor. Me harás el favor de decírselo á mi hermana. Ó se lo dices á _Tor_... No, no, mejor á mi hermana.
XII
En el mismo instante que esto ocurría, entraba del Senado D. Francisco, llevando consigo á un amigo, médico y senador, á quien había invitado á comer, más que por el gusto de obsequiarle, porque viera á su esposa, y proporcionarse de este modo una consulta gratuita sobre la dolencia fastidiosa y tenaz, ya que no grave, que aquélla sufría. Figuraba el senador entre las eminencias médicas, y quería serlo también política, para lo cual había tomado por su cuenta las reformas sociales, pronunciando discursos campanudos y pesadísimos, que á Torquemada le encantaban, por hallar en ellos perfecta concordancia con sus propias ideas sobre tales materias. Hicieron amistades en los pasillos, y en el salón se sentaban casi siempre juntos. Era el médico hombre amabilísimo, y D. Francisco se encariñaba con los hombres finos, siempre que fueran desinteresados y no atacasen al bolsillo con las armas de la cortesía refinada como ciertos _puntos_ que á nuestro tacaño se le sentaban en la boca del estómago.
Vió, pues, el senador médico á la señora Marquesa, la interrogó con exquisita delicadeza y gracejo, y su dictamen fué tranquilizador para la familia. Todo ello no era más que anemia, y un poco de histerismo. El tratamiento de Quevedito le pareció de perlas, y había que esperar de él la anhelada mejoría. No se permitió añadir más que la _rusticación_ cuando llegase el verano, residiendo en país montañoso, lejos del mar. Después comieron todos muy campantes, y Cruz notó en Augusta una tristeza que en ella era cosa muy rara, pues por lo común alegraba la mesa y entretenía gallardamente á los comensales. Torquemada estuvo decidor, queriendo á toda costa lucirse delante de su amigo, el cual, _velis nolis_, metió entre dos platos los problemas sociales, y allí fué Troya, pues el médico resolvía la cuestión por lo político, el misionero por lo religioso, y el señor Marqués _deploraba_ las exageraciones de escuela. Tristes y aburridas, abstuviéronse las dos damas de dar su opinión en tan cargante materia.
Terminada la comida corrió Augusta á la alcoba, y se secreteó con Fidela:
—Dice Cruz que mañana...
—Mi hermana no ha dicho eso.
—¿Cómo no?
—No, porque tú no le has dicho nada todavía. Si todo lo sé y lo veo desde aquí. Conmigo no valen mentirillas. Y si no se lo dices pronto, tendré que decírselo yo.
La inesperada presencia de Cruz en la alcoba, entrando como una aparición, cortó bruscamente el diálogo. Al pronto, notando algo extraño en la actitud de ambas, creyó que se trataba de una travesura. Interrogó, le replicaron, y al fin supo la verdad de aquel antojo de su hermana. ¡Confesarse! ¿Cuándo? ¡Pronto, pronto! ¿Qué prisa había? Su empeño verdadero ó fingido de tomarlo á risa, no dió más resultado que confirmar á la otra en su tenaz deseo. Bien se comprende que aquel repentino afán de confesión, no hallándose la señora peor de su dolencia, al decir de los médicos, inquietó á la familia. Cruz fué con el cuento á Gamborena, y éste á don Francisco, que corrió alarmadísimo á la alcoba, y dijo á su cara mitad:
—¿Pero tú qué _fenómenos_ tienes? Si dice el doctor que son _fenómenos reflejos, exclusivamente reflejos_... ¿Á qué viene esa andrómina del confesarse? Tiempo tienes. Mi amigo se ha ido; pero si quieres le llamo... No, no será preciso. Mientras menos médicos parezcan por aquí mejor. Quevedo no tardará en llegar, y entre todos te convenceremos de tu tontería.
Interrogada por todos de un modo apremiante, Fidela no podía declarar, sin mentir, ningún síntoma peligroso. De fiebre no tenía ni chispa, según una vez y otra hizo constar D. Francisco, que se las echaba de buen entendedor de pulsos. Lo único que sentía era la opresión del pecho, la dificultad del respirar, cual si un corsé de hierro le oprimiera la caja torácica, y algo, además, que, á su parecer, como dogal interno, apretaba su garganta, á la cual se llevaba las manos sin sosiego, creyendo cerciorarse con ellas de una fuerte hinchazón.
—Pero, ¿no tengo aquí un bulto muy grande?
—No, hija, no tienes nada. Todo es aprensión.
—_Fenómenos reflejos._
—Duérmete, y verás.
—Eso es lo que quiero, dormirme y ver lo que hay por allá. Pero me parece que no pegaré los ojos en toda la noche.
Quevedito, que á la sazón entrara, no encontró en ella novedad que debiera ser motivo de alarma; pero el estado moral de la enferma, y las extrañas inquietudes de su espíritu pusiéronle al fin en cuidado, y propuso á su suegro que, al día siguiente, fuese llamado en consulta el doctor Miquis. En tanto, Cruz trataba de de convencer á Gamborena de la inconveniencia de retirarse á su domicilio en noche tan cruda y desapacible, y él no insistió, como otras veces, en largarse, afrontando la ventisca y el frío. Más que las molestias y aun peligros de la caminata, le retenían en la mansión ducal presentimientos vagos de que no sería excusada en ella su presencia. Convino, al fin, en alojarse en la habitación _cardenalicia_ que en el piso alto le tenían preparada, y Cruz le suplicó que, antes de recogerse, tratara de obtener de Fidela, con su omnímoda autoridad, el aplazamiento de la confesión hasta el siguiente día. Dicho y hecho. Llegóse á la puerta de la alcoba el buen sacerdote, y desde allí con insinuante cariño dijo á la enferma:
—¿Sabes que tu hermana no me deja marchar? Me resigno, porque las calles están heladas: caballos y personas tenemos miedo de un resbalón, y de rompernos pata ó pierna... Eso que has pensado, hija mía, me parece muy bien, muy bien. Por lo mismo que no estás peor, quieres hacerlo descansada y fácilmente, como obligación de todo tiempo y de circunstancias normales. Bien, muy bien. Pero yo estoy cansado, tú necesitas dormir, y como me tienes en casa, quédese para mañana. Duérmete niña, duérmete tranquila. Buenas noches.
Poco después de esto, despidióse Augusta, besando una y otra vez á su amiga, y prometiéndole ir tempranito á la mañana siguiente. La paz y la quietud reinaron en la casa, mas no en el corazón de Cruz, que no tenía sosiego, y se acostó como el oficial de guardia cuando hay temores de trifulca. Toda la noche la pasó don Francisco vigilando á su esposa. Entraba de puntillas, y aproximábase al lecho como un fantasma. La pobrecita dormía algunos ratos; pero eran sus sueños breves y nada tranquilos.
—Estoy despierta—decía alguna vez.—Aunque me veas con los ojos cerrados, no duermo, no. ¡Y qué ganas tengo de coger un buen sueño largo, largo...!
—¿Hay algún nuevo fenómeno, hija mía?
—Nada, nada más que esta opresión maldita. Si no tuviera esto, me sentiría muy bien.
—Y más tarde:
—_Eximio_, no te asustes, esto no es nada. Un momento que me ha faltado la respiración, y creí que me ahogaba.
—¿Quieres otra cucharadita?
—No, ahora no. Creo que me hace daño tanto brebaje. ¡Ay! qué horrores soñé en un momento que me quedé dormida. Que nuestro Valentín se había sacado los ojos y jugaba con ellos. Después me los daba á mí para que se los guardara... _ta... ca... pa... ca..._ ¿Y qué haces que no te acuestas, pobrecito _eximio_?
—Mientras tú estés despierta, velaré yo—le dijo el esposo, sentándose á su lado.—_Blasono_ de precavido y vigilante y soy la _previsión personificada_.
—Si no tengo nada; si estoy bien...
—Pero debemos _tender_ á que estés mejor. Á mí se me ha ocurrido un plan. Á veces sabe uno más que toda la cáfila de médicos que _pululan_ por ahí.
—¡Si yo durmiera...! Pero, ya verás... de mañana no pasa que coja yo un sueño largo, largo...
—Cuando yo estoy desvelado, me pongo á sumar cifras, y á meter y sacar por todos los rincones del cerebro la aritmética que aprendí de muchacho.
—Pues yo también sumo, y no saco en limpio más que los mil y quinientos minutos que me faltan para dormirme. ¡Qué cabeza esta! ¿Ves? Ahora parece que tengo sueño. Respiro bien, y el bulto de la garganta se me sube á los ojos. Los párpados me pesan. _Eximio Tor_, yo te aseguro que Valentín tendrá mucho talento, no talento para los negocios, como tú, sino para la poesía, y para...
Se quedó dormida. Á la madrugada, después de varios letargos breves, tuvo un ligero ataque de disnea. Torquemada se alarmó. Pero ella le tranquilizaba diciéndole:
—Querido _ex... ex... imio_, no te asustes. No es nada. Quiero respirar, y la nariz dice que... respire por la boca, y la boca... que por la nariz..., y en esta disputa... ¿ves?... ya pasó... ya.
Ya de día claro, durmió como unas dos horas, y se despertó alegre, charlatana, preguntando si había venido Augusta. Acudió su hermana á darle el desayuno, un té con leche, que tomó con gran apetito. Torquemada se había ido á descansar, y Gamborena se preparaba para decir la misa. Revuelto y glacial como el anterior, ofrecióse al amanecer aquel día, lo que no impidió que la de Orozco se personase en el palacio, diligente y recelosa, poco antes de la misa, que oyó con gran recogimiento y devoción. Á las nueve, cuando Gamborena se desayunaba en la sacristía, y se oían en los pasillos bajos el desapacible chillar del heredero, y el ruido de los varetazos que daba en bancos y sillas, subió Augusta á la alcoba y charló con Fidela de cosas gratas, amenas y tentadoras de la risa. En lo mejor de este sabroso coloquio entró el eclesiástico diciendo con gracejo:
—Amiguita, ahora está usted de más aquí. Fidela y yo tenemos que echar un párrafo.
Salió de la alcoba la dama, y quedaron solos la Marquesa y el misionero. La confesión fué larga, aunque no tanto como el sueño que aquélla deseaba.
XIII
—¿Y qué?—preguntaba Augusta al sacerdote en el gabinete de Cruz, mientras ésta pasaba un rato junto á su hermana,—después de la confesión ¿tendremos también Viático?
—_¡Tendremos!_ Habla usted de ello, amiga mía, como si se tratase de una _garden party_, ó de un cotillón.
—No es eso... Quiero decir...
Torquemada entró súbitamente, haciendo la misma pregunta:
—¿Y qué? _¿Viático tenemos?_