Part 4
—Pues haces mal, muy mal en desconfiar así. Créelo porque yo te lo digo. La precocidad en las criaturas es un bien engañoso, una ilusión que el tiempo desvanece. Fíjate en la realidad. Esos chicos que al año y medio hablan y picotean, que á los dos años discurren y te dicen cosas muy sabias, luego dan el cambiazo y se vuelven tontos. De lo contrario he visto yo muchos ejemplos. Niños que parecían fenómenos, resultaron después hombres de extraordinario talento. La Naturaleza tiene sus caprichos..., llamémoslos así por no saber qué nombre darles... no gusta de que le descubran sus secretos, y da las grandes sorpresas... Espérate; ahora que recuerdo... Sí, yo he leído de un grande hombre que en los primeros años era como tu Valentín, una fierecilla. ¿Quién es? ¡Ah! ya me acuerdo: Víctor Hugo nada menos.
—¡Víctor Hugo! Tú estás loca.
—Que lo he leído, vamos. Y tú lo habrás leído también, sólo que se te ha olvidado... Era como el tuyo, y los padres ponían el grito en el cielo... Luego vino el desarrollo, la crisis, el segundo nacimiento, como si dijéramos, y aquella cabezota resultó llena con todo el genio de la poesía.
Con razones tan expresivas é ingeniosas insistió en ello Augusta, que la otra acabó por creerlo y consolarse. Debe decirse que la de Orozco se hallaba dotada de un gran poder sugestivo sobre Fidela, el cual tenía su raiz en el intensísimo cariño que ésta le había tomado en los últimos tiempos; idolatría más bien, una espiritual sumisión, semejante en cierto modo á la que Cruz sentía por el santo Gamborena. ¿Verdad que es cosa rara esta similitud de los efectos, siendo tan distintas las causas, ó las personas? Augusta, que no era una santa ni mucho menos, ejercía sobre Fidela un absoluto dominio espiritual, la fascinaba, para decirlo en los términos más comprensibles, era su oráculo para todo lo relativo al pensar, su resorte maestro en lo referente al sentir, el consuelo de su soledad, el reparo de su tristeza.
Obligada á triste encierro por su endeble salud, Fidela habría retenido á su lado á la amiga del alma, mañana, tarde y noche. Fiel y consecuente la otra, no dejaba de consagrarle todo su tiempo disponible. Si algún día tardaba, la Marquesita se sentía peor de sus dolencias, y en ninguna cosa hallaba consuelo ni distracción. Recados y cartitas eran el único alivio de la ausencia de la persona grata, y cuando Augusta entraba, después de haber _hecho novillos_ una mañana ó un día enteros, veíase resucitar á Fidela, como si en alma y cuerpo saltase de las tinieblas á la luz. Esto pasó aquella mañana, y el gusto de verla le centuplicó la credulidad, disponiéndola para admitir como voz del Cielo todo aquello de la monstruosa infancia de Víctor Hugo, y otros peregrinos ejemplos que la compasiva embaucadora sacaba de su cabeza. Luego empezaron las preguntitas:
—¿Qué has hecho desde ayer tarde? ¿Por tu casa ocurre algo? ¿Qué se dice por el mundo? ¿Quién se ha muerto? ¿Hay algo más del escándalo de las _Guzmanas_? (Eloísa y María Juana.)
Porque Augusta le daba cuenta de las ocurrencias sociales y de las hablillas y enredos que corrían por Madrid. Fidela no leía periódicos, su amiguita sí, y siempre iba pertrechada de acontecimientos. Su conversación era amenísima, graciosa, salpimentada de paradojas y originalidades. Y no faltaba en aquellos coloquios la murmuración sabrosa y cortante, para la cual la de Orozco poseía más que medianas aptitudes, y las cultivaba en ocasiones con implacable saña, cual si tuviera que vindicar con la lengua ofensas de otras lenguas más dañinas que la suya. Falta saber, para el total estudio de la intensa amistad que á las dos damas unía, si Augusta había referido á su amiga la verdad de su tragedia, desconocida del público, y tratada en las referencias mundanas con criterios tan diversos, por indicios vagos y según las intenciones de cada cual. Es casi seguro que la dama trágica y la dama cómica (de alta comedia) hablaron de aquel misterioso asunto, y que Augusta no ocultó á su amiga la verdad ó la parte de verdad que ella sabía; mas no consta que así lo hiciera, porque cuando las hallamos juntas, no hablaban de tal cosa, y sólo por algún concepto indeciso se podía colegir que la Marquesa de San Eloy no ignoraba el punto negro ¡y tan negro! de la vida de su idolatrada compañera.
—Pues mira tú—le dijo volviendo al mismo tema después de una divagación breve,—me has convencido. Me conformo con que mi hijo sea tan cerril, y como tú, tengo esperanzas de una transformación que me le convierta en un genio..., no, tanto no, en un ser inteligente y bueno.
—Yo no me conformaría con eso; mis esperanzas no se limitan á tan poco.
—Porque tú eres muy paradógica, muy extremada. Yo no: me contento con un poquito, con lo razonable, ¿sabes? Me gusta la medianía en todo. Ya te lo he dicho: me carga que mi marido sea tan rico. No quiera Dios que seamos pobres, eso no; pero tanta riqueza me pone triste. La medianía es lo mejor, medianía hasta en el talento. Oye tú, ¿no sería mejor que nosotras fuéramos un poquito más tontas?
—¡Ay, qué gracia!
—Quiero decir que nosotras, por tener demasiado talento, no hemos sido ni somos tan felices como debiéramos. Porque tú tienes mucho talento natural, Augusta, yo también lo tengo, y como esto no es bueno, no te rías, como el mucho talento no sirve más que para sufrir, procuramos contrapesarlo con nuestra ignorancia, evitando en lo posible el saber cosas..., ¡cuidado que es cargante la instrucción!... y siempre que podemos ignorar cosas sabias, las ignoramos, para ser muy borriquitas, pero muy borriquitas.
—Por eso—dijo Augusta con mucho donaire,—yo no he querido almorzar abajo. Hoy tenéis dos sabios á la mesa. Ya le dije á Cruz que no contara conmigo... para que no pueda pegárseme nada.
—Muy bien pensado. Es un gusto el ser una un poco primitiva, y no saber nada de Historia, y figurarse que el sol anda alrededor de la tierra, y creer en brujas, y tener el espíritu lleno de supersticiones.
—Y haber nacido entre pastores, y pasar la vida cargando haces de leña.
—No, no tanto.
—Concibiendo y pariendo y criando hijos robustos.
—Eso sí.
—Para después verles ir de soldados.
—Eso no.
—Y envejeciendo en los trabajos rudos, con un marido que más bien parece un animal doméstico...
—Bah... ¿Y qué nos importaría? Yo tengo sobre eso una idea que alguna vez te he dicho. Mira: anoche estuve toda la noche pensando en ello. Se me antojaba que era yo una gran filósofa, y que mi cabeza se llenaba de un sin fin de verdades como puños, verdades que si se escribieran habrían de ser aceptadas por la humanidad.
—¿Qué es?
—Si te lo he dicho... Pero nunca he sentido en mí tanto convencimiento como ahora. Digo y sostengo que el amor es una tontería, la mayor necedad en que el ser humano puede incurrir, y que sólo merecen la inmortalidad los hombres y mujeres que á todo trance consigan evitarla. ¿Cómo se evita? Pues muy fácilmente, ¿Quieres que te lo explique, grandísima tonta?
Vacilante entre la risa y la compasión, oyó Augusta las razones de su amiga. Triunfó al cabo el buen humor, soltaron ambas la risa. Ya la Marquesa ponía el paño al púlpito para explanar su tesis, cuando entraron con el almuerzo, y la tesis se cayó debajo de la mesa, y nadie se acordó más de ella.
IX
Hasta otra. Las tesis de Fidela se sucedían con pasmosa fecundidad, y si extravagante era la una, la otra más. Su endeble memoria no le permitía retener hoy lo que había dicho ayer; pero las contradicciones daban mayor encanto al inocente juego de su espíritu. Después de almorzar con apetito menos que mediano hizo que le llevaran al chiquillo, el cual, por milagro de Dios, no estuvo en brazos de la mamá tan salvaje como Augusta temía. Se dejó acariciar por ésta, y aun respondió con cierto sentido á lo que ambas le preguntaron. Verdad que el sentido dependía en gran parte de la interpretación que se diera á sus bárbaras modulaciones. Fidela, única persona que las entendía, y de ello se preciaba como de poseer un idioma del Congo, ponía toda su buena voluntad en la traducción, y casi siempre sacaba respuestas muy bonitas.
—Dice que si le dejo el látigo, me querrá más que á Rita: _ta ta ca_... Mira tú si es pillo. Y que á mí no me pegará: _ca pa ta_... Mira tú si es tunante. Ya sabe favorecer á los que le ayudan, á los que le dan armas para sus picardías. Pues esto, digas tú lo que quieras, es un destello de inteligencia.
—Claro que lo es. ¡Si al fin—dijo Augusta pellizcándole las piernas,—este pedazo de alcornoque va á salir con un talentazo que dejará bizca á toda la humanidad!
Excitado por las cosquillas, Valentín se reía, abriendo su bocaza hasta las orejas.
—Ay, hijo mío, no abras tanto la mampara, que nos da miedo... ¿Será posible que no se te achique, en la primera crisis de la edad, ese buzón que tienes por boca? Dí, diamante en bruto, ¿á quién sales tú con esa sopera?
—Sí que es raro—dijo Augusta.—La tuya es bien chiquita, y la de su papá no choca por grande. ¡Misterios de la Naturaleza! Pues mira, fíjate bien: todo esto, de nariz arriba, y el entrecejo, y la frente abombada, es de su padre, clavado... ¿Pero qué dice ahora?
Tomó parte el chico en la conversación, soltando una retahila de ásperas articulaciones, como las que pudieran oirse en una bandada de monos ó de cotorras. Deslizóse al suelo, volvió al regazo de su madre, estirando las patas hasta el de Augusta, sin parar en su ininteligible cháchara.
—¡Ah!—exclamó la madre al fin, venciendo con gran esfuerzo intelectual las dificultades de aquella interpretación.—Ya sé. Dice... verás si es farsante..., dice que... que me quiere mucho. ¿Ves, ves cómo sabe? Si mi brutito es muy pillín, y muy saleroso. Que me quiere mucho. Más claro no puede ser.
—Pues, hija, yo nada saco en limpio de esa jerga.
—Porque tú no te has dedicado al estudio de las lenguas salvajes. El pobre se explica como puede... _ta... ca ja pa... ca... ta_. Que me quiere mucho. Y yo le voy á enseñar á mi salvajito á pronunciar claro, para que no tenga yo que devanarme los sesos con estas traducciones. Ea, á soltar bien esa lengüecita.
Cualquiera que fuese el sentido de lo que Valentinico expresar quería, ello es que mostraba en aquella ocasión una docilidad, un filial cariño que á entrambas las tenía maravilladas. Recostado en el seno de su madre, la acariciaba con sus manecitas sucias, y tenía su rostro una expresión de contento y placidez en él muy extraña. Fidela, que padecía de una pertinaz opresión y fatiga torácica, se cansó al fin de aquel peso descomunal; pero al querer traspasarlo al suelo ó á los brazos de la niñera, se descompuso el crío, y adiós docilidad, adiós mansedumbre.
—No llores, rico, que te den tu látigo, dos látigos, y juega un poquitín por ahí. Pero no rompas nada.
Felizmente, el berrinche no fué de los más ruidosos; el heredero de San Eloy salió renqueando por aquellas salas, y á poco se le oyó imitando el asmático aullar de un perro enfermo que en los bajos de la casa había. Cruz, que volvió con jaqueca de la segunda sesión con los señores sabios, dispuso que la niñera se llevara al bebé á un aposento lejano para que no molestase con sus desacordes chillidos, y entró á ver á su hermana.
—Regular—le dijo ésta.—La fatiga me molesta un poco. ¿Y qué tal tú?.
—Loca, loca ya. Y aún tenemos arte y erudición para rato. ¡Qué mareo, Virgen Santísima!
—Porque no tienes tú—dijo Augusta con gracejo,—aquella sandunga de mi padre para trastear á los _amateurs_, y á todos los moscones del fanatismo artístico. Á papá no le mareaba nadie, porque él poseía el don de marear á todo el mundo. Nadie le resistía, y cuando alguno de extraordinaria pesadez le caía, por delante, empezaba á sacar y sacar objetos preciosos con tal prontitud, y á enjaretar sobre cada uno de ellos observaciones tan rápidas, vertiginosas é incoherentes, que no había cabeza que le resistiera, y los más fastidiosos salían de estampía, sin ganas de volver á parecer por allí... Tú no puedes practicar este sistema, para el cual se necesita un carácter socarrón y maleante, y además has de reservar todo tu talento para otras cosas, quizás más difíciles... Á ver... cuéntanos lo que pasó en ese almuerzo, y qué prodigios de esgrima has tenido que hacer para parar algún golpe desmandado del _eximio_... ¿No le llama así el periódico, siempre que le nombra? Pues juraría que el _eximio_ ha hecho hoy alguna de las suyas.
—Pasmaos: ha estado correctísimo y discretísimo—replicó la primogénita sentándose para descansar un patito.—Á mí no me dijo una palabra, de lo que me alegré mucho. Pero ¡ay!... cuando yo ví que metía su cucharada en la conversación, me quedé muerta... «Adiós mi dinero—pensé.—Ahora es ella.» Pero Dios le inspiró sin duda. Todo lo que dijo fué tan oportuno...
—¡Ah, qué bien!—exclamó Fidela alborozada.—¡Pobre _eximio_ de mi alma! Si digo yo que tiene mucho talento cuando quiere.
—Dijo que en las artes y las ciencias, reina hoy el _más completo caos_.
—¡El más completo caos! Bien, bravísimo.
—Que todo es un caos, un caos la literatura, un caos _de padre y muy señor mío_ la crítica de artes y letras, y que nadie sabe por dónde anda.
—¿Has visto...?
—¡Vaya si sabe! Luego dicen...
—Quedáronse aquellos señores medio lelos de admiración, y celebraron mucho la especie, conviniendo en que lo del caos es una verdad como un templo. Por fortuna, poco más dijo, y su laconismo fué interpretado como reconcentración de las ideas, como avaricia del pensamiento y sistema de no prodigar las grandes verdades... Con que... no entretenerme más aquí. Me llaman mis deberes de _cicerone_.
Su hermana y la amiguita quisieron retenerla; pero no se dió á partido. Por desgracia de las tres, el día estaba malísimo, y no había esperanza de que los dos ilustres investigadores de arte é historia se fuesen á dar un paseíto para despejar la cabeza. Nevaba con furiosa ventisca; cielo y suelo rivalizaban en tristeza y suciedad. La nieve, que caía en rachas violentísimas de menudos copos, no blanqueaba los pisos y en el momento de caer se convertía en fango. El frío era intenso en la calle y aun dentro de las bien caldeadas habitaciones, porque se colaba con hocico agudísimo por cuantas rendijas hallara en ventanas y balcones, burlando burletes, y riéndose de chimeneas y estufas. Sorprendidas las tres damas del furioso viento que azotaba los cristales, aproximáronse á ellos, y se entretuvieron en observar el apuro de los transeuntes, á quienes no valía embozarse hasta las orejas, porque el aire les arrebataba capas y tapabocas, á veces los sombreros. Esto y el cuidado de evitar resbalones, hacía de ellos, hombres y mujeres, figuras extrañas de un fantástico baile en las estepas siberianas.
—Mira tú qué desgracia de día—dijo Cruz con grandísimo desconsuelo.—Para que en todo resulte aciago, hoy no podrá venir el padrito.
—Claro, ¡vive tan lejos!
—¡Y si le coge un torbellino de nieve! No, no, que no salga, ¡pobrecito!
—Mándale el coche.
—Sí; para que lo devuelva vacío, y se venga á pie, como el otro día, que diluviaba.
—¿Pero tú crees—indicó Augusta,—que á ese le arredran ventiscas ni temporales?
—Claro que no... Pero veréis como no viene hoy. Me lo da el corazón.
—Pues á mí me dice que viene—afirmó Fidela.—¿Queréis apostarlo? Y mi corazón á mí no me engaña. Hace días que todo lo acierta este pícaro. Es probado; siempre que duele, dificultando la respiración se vuelve adivino. No me dice nada que no salga verdad.
—Y ahora te dirá que te retires del balcón, y procures no enfriarte. Eso es: enfríate, y después viene el quejidito, y las malas noches, el cansancio y el continuo toser.
—¡Que me enfríe, mejor!—replicó Fidela con voz y acento de niña mimosa, dejándose llevar al sofá.—Me dice el corazón que pronto me he de enfriar tanto, tanto, que no habrá rescoldo que pueda calentarme. Ea, ya estoy tiritando. Pero no es cosa, no. Ya me pasa. Ha sido una ráfaga, un besito que me ha mandado el aire de la calle al través de los cristales empañados. Anda, vete, que tus sabios están impacientes, y el de las pinturas echándote muy de menos.
—¿Cómo lo sabes?
—Toma: por mi doble vista. ¿Qué? ¿No creéis en mi doble vista? Pues os digo que el padre Gamborena viene para acá. Y si no está entrando ya por el portal, le falta poco.
—¿Á que no?
—¿Á que sí?
Salió presurosa la primogénita, y á poco volvió riendo:
—¡Vaya con tu doble vista! No ha venido ni vendrá: Mira, mira cómo cae ahora la nieve.
Ello sería casualidad, ¡quién lo duda! pero no habían pasado diez minutos cuando oyeron la voz del gran misionero en la estancia próxima, y las tres acudieron á su encuentro con grandes risas y efusión de sus almas gozosas. Había dejado el bendito cura en el piso bajo su paraguas enorme y su sombrero, y la poca nieve que traía en el balandrán se le derritió en el tiempo que tardara en subir. Al entrar, quitábase los negros guantes, y se sacudía un dedo de la mano derecha con muestras de dolor:
—Hija mía—dijo á Fidela,—me ha mordido tu hijo.
—¡Jesús!—exclamó Cruz,—¿habráse visto picaruelo mayor? Le voy á matar.
—Si no es nada, hija. Pero me hincó el diente. Quise acariciarle. Estaba dando latigazos á diestro y siniestro. La suerte es que sus dientecillos no traspasaron el guante. ¡Vaya un hijo que os tenéis...!
—Muerde por gracia—indicó Fidela con tristeza.—Pero hay que quitarle esa fea costumbre. No, si no lo hace con mala intención, puede usted creerlo.
X
—En efecto, la intención no debe de ser mala—dijo el misionero con donaire;—pero el instinto no es de los buenos. ¡Qué geniecillo!
—Pues para el día que tenemos, y para lo perdidas que están las calles—observó Cruz sin quitar la vista del padrito, que á la chimenea se arrimaba,—no trae usted el calzado muy húmedo.
—Es que yo poseo el arte de andar por entre lodos peores que los de Madrid. No en balde ha educado uno el paso de grulla en los arrecifes de la Polinesia. Sé sortear los baches, así como los escurrideros, y aun los abismos. ¿Qué creéis?
—Lo que es hoy—dijo Fidela,—sí que no se va sin comer. Y comerá con nosotras, si nos prefiere á los sabios que están abajo.
—Hoy no se va, no se va. Es que no le dejamos—afirmó Cruz, mirándole con un cariño que parecía maternal.
—No se va—repitió Augusta,—aunque para ello tengamos que amarrarle por una patita.
—Bueno, señoras mías—replicó el sacerdote con expansivo acento,—hagan de mí lo que quieran. Me entrego á discreción. Dénme de comer si gustan, y amárrenme á la pata de una silla, si es su voluntad. La crudeza del día me releva de mis obligaciones callejeras.
—Y lo mejor que podría hacer es quedarse en casa esta noche—agregó Cruz.—¿Qué? ¿Qué tiene que decir? Aquí no nos comemos la gente. Le arreglaríamos el cuarto de arriba, donde estaría como un príncipe, mejor sería decir como un señor cardenal.
—Eso sí que no. Más hecho estoy á dormir en chozas de bambú que en casas ducales. Lo que no impide que me _resigne_ á morar aquí, si para algo fuese necesaria mi presencia.
Cruz le incitó á quitarse el balandrán, que estaba muy húmedo, y ninguna falta le hacía en el bien templado gabinete, y él accedió, dejando que la ilustre señora le tirara de las mangas.
—Ahora, ¿quiere tomar alguna cosa?
—Pero, hija, ¿qué idea tienes de mí? ¿Crees que soy uno de estos tragaldabas que á cada instante necesitan poner reparos al estómago?
—Algún fiambre, una copita...
—Que no.
—Pues yo sí quiero—dijo Fidela con infantil volubilidad.—Que nos traigan algún vinito por lo menos.
—¿Porto?
—Por mí, lo que quieras. Echaré un pequeño _trinquis_ con estas buenas señoras.
Salió Cruz, y Gamborena habló otra vez de Valentinico, encareciendo la urgencia de poner en su educación alguna más severidad.
—Me da mucha pena castigarle—repuso Fidela.—El angelito no sabe lo que hace. Hay que esperar á que pueda tener del mal y del bien una idea más clara. Su entendimiento es algo obtuso.
—Y sus dientes muy afilados.
—Pues ese... donde ustedes le ven..., ese va á ser listo—afirmó Augusta.
—¡Como que sabe más...! Padre Gamborena, haga el favor de no ponerme esa cara tétrica cuando se habla del niño. Me duele mucho que se tenga mal concepto de mi brutito de mi alma y me duele más que se crea imposible el hacer de él un hombre.
—Hija mía, si no he dicho nada. El tiempo te traerá una solución.
—El tiempo... la muerte quizás... ¿Alude usted á la muerte?
—Hija de mi alma, no he hablado nada de la muerte, ni en ella pensé...
—Sí, sí. Esa solución de que usted habla—añadió Fidela con la voz velada y enternecida,—es la muerte: no me lo niegue. Ha querido decir que mi hijo se morirá, y así nos veremos libres de la tristeza de tener por único heredero á un...
—No he pensado en tal cosa; te lo aseguro.
—No me lo niegue. Mire que hoy estoy de vena. Adivino los pensamientos.
—Los míos no.
—Los de usted y los de todo el mundo. Esa solución que dice usted traerá... el tiempo no la veré yo, porque antes he de tener la mía, mi solución; quiero decir que me moriré antes.
—No diré que no. ¿Quién sabe lo que el Señor dispone? Pero yo jamás anuncié la muerte de nadie, y si alguna vez hablo de esa señora, hágolo sin dar á mis palabras un acento tremebundo. Lo que llamamos muerte es un hecho vulgar y naturalísimo, un trámite indispensable en la vida total, y considero que ni el hecho ni el nombre deban asustar á ninguna persona de conciencia recta.
—Vea usted por qué no me asusta á mí.
—Pues á mí sí, lo confieso—declaró Augusta—y que el padrito diga de mi conciencia lo que quiera: no me incomodo.
—Nada tengo yo que ver con su conciencia, señora mía—replicó el sacerdote.—Pero si algo tuviera que decir, no habría de callarlo, aunque usted se incomodara...
—Y yo recibiría sus reprimendas con resignación, y hasta con gratitud.
—Ríñanos usted todo lo que quiera—indicó Fidela, mordisqueando pastas y fiambres que acababan de traerle.—Ya se me ha pasado el mal humor. Y es más: si quiere hablarnos de la muerte, y echarnos un buen sermón sobre ella, lo oiremos... hasta con alegría.
—Eso no—dijo Augusta, ofreciendo al misionero una copa de Porto.—Á mí no me hablen de muerte, ni de nada tocante á ese misterio, que empieza en nuestros camposantos y acaba en el valle de Josafat. Yo encargo á los míos que cuando me muera me tapen bien los oídos... para no oir las trompetas del Juicio Final.
—¡Jesús, qué disparate!
—¿Teme usted la resurrección de la carne?
—No señor. Temo el Juicio.
—Pues yo sí que quiero oirlas—afirmó Fidela,—y cuanto más prontito mejor. Tan segura estoy de que he de irme al cielo, como de que estoy bebiendo este vino delicioso.
—Yo también... digo, no... tengo mis dudas—apuntó la de Orozco.—Pero confío en la Misericordia Divina.
—Muy bien. Confiar en la Misericordia—manifestó el padrito—siempre y cuando se hagan méritos para merecerla.
—Ya los hago.
—Á todas podrá usted poner reparos, señor Gamborena—observó la de San Eloy con una gravedad ligeramente cómica y de buen gusto—á todas menos á ésta, católica á machamartillo, que organiza solemnes cultos, preside juntas benéficas, y es colectora de dineritos para el Papa, para las misiones y otros fines... píos.
—Muy bien—dijo el padre, asimilándose la gravedad cómica de la Marquesita.—No le falta á usted más que una cosa.
—¿Qué?
—Un poco de doctrina cristiana, de la elemental, de la que se enseña en las escuelas.
—Bah... la sé de corrido.
—Que no la sabe usted. Y si quiere la examino ahora mismo.
—Hombre, no: tanto como examinar... Á lo mejor se olvida una de cualquier cosilla.
—Nada importa olvidar la letra, si el principio, la esencia, permanecen estampados en el corazón.
—En el mío lo están.
—Me permito dudarlo.
—Y yo también—dijo Fidela, gozosa del giro que tomaba la conversación.—Esta, á la chita callando, es una gran hereje.
—¡Ay, qué gracia!
—Yo no; yo creo todo lo que manda la Santa Madre Iglesia; pero creo además otras muchas cosas.
—¿Á ver?