Part 3
En su opulencia, la familia de Torquemada, ó de San Eloy, para hablar con propiedad de mundana etiqueta, vivía apartada del bullicio de fiestas y saraos, desmintiendo fuera de casa su alta posición, si bien dentro nada existía por donde se la pudiese acusar de mezquindad ó sordidez. Desde la desastrada muerte de Rafaelito, no supieron las dos hermanas del Águila lo que es un teatro, ni tuvieron relaciones muy ostensibles con lo que ordinariamente se llama _gran mundo_. Sus tertulias, de noche, concretábanse á media docena de personas de gran confianza. Sus comidas, que por la calidad debían clasificarse entre lo mejor, eran por el número de comensales modestísimas: rara vez se sentaban á la mesa, fuera de la familia, más de dos personas. Fiestas, bailes ó reuniones con música, comistraje ó refresco, jamás se veían en aquellos lugares tan espléndidos como solitarios, lo que servía de gran satisfacción al señor Marqués, que con ello se consolaba de sus muchas desazones y berrinches.
Y pocas casas había, ó hay, en Madrid mejor dispuestas para la ostentación de las superfluidades aristocráticas. El palacio de Gravelinas es el antiguo caserón de Trastamara, construído sólidamente y con dudoso gusto en el siglo XVII, restaurado á fines del XVIII (cuando la unión de las casas de San Quintín y Cerinola), con arreglo á planos traídos de Roma, vuelto á restaurar en los últimos años de Isabel II por el patrón parisiense, y acrecentado con magníficos anexos para servidumbre, archivo, armería, y todo lo demás que completa una gran residencia señoril. Claro es que la ampliación de la casa, después de decretado el acabamiento de los mayorazgos, fué una gran locura, y bien caro la pagó el último duque de Gravelinas, que era, por sus dispendios, un desamortizador práctico. Al fin y á la postre, hubo de sucumbir el buen caballero á la ley del siglo, por la cual la riqueza inmueble de las familias históricas va pasando á una segunda aristocracia, cuyos pergaminos se pierden en la obscuridad de una tienda, ó en los repliegues de la industria usuraria. Gravelinas acaba sus días en Biarritz, viviendo de una pensioncita que le pasa el sindicato de acreedores, con la cual puede permitirse algunos desahoguillos, y aun calaveradas, que le recuerden su antiguo esplendor.
En la parroquia de San Marcos, y entre las calles de San Bernardo y San Bernardino, ocupa el palacio de Gravelinas, hoy de San Eloy, una área muy extensa. Alguien ha dicho que lo único malo de esta mansión de príncipes es la calle en que se eleva su severa fachada. Esta, por lo vulgar, viene á ser como un disimulo hipócrita de las extraordinarias bellezas y refinamientos del interior. Pásase, para llegar al ancho portalón, por feísimas prenderías, tabernas y bodegones indecentes, y por talleres de machacar hierro, vestigios de la antigua industria chispera. En las calles lateral y trasera, las dependencias de Gravelinas, abarcando una extensísima manzana, quitan á la vía pública toda variedad, y le dan carácter de triste poblachón. Lo único que allí falta son jardines, y muy de menos echaban este esparcimiento sus actuales poseedoras, no D. Francisco, que detestaba con toda su alma todo lo perteneciente al reino vegetal, y en cualquier tiempo habría cambiado el mejor de los árboles por una cómoda ó una mesa de noche.
La instalación de la galería de Cisneros en las salas del palacio, dió á éste una importancia suntuaria y artística que antes no tenía, pues los Gravelinas sólo poseyeron retratos de época, ni muchos ni superiores, y en su tiempo el edificio sólo ostentaba algunos frescos de Bayeu, un buen techo, copia de Tiépolo, y varias pinturas decorativas de Maella. Lo de Cisneros entró allí como en su casa propia. Pobláronse las anchurosas estancias de pinturas de primer orden, de tablas y lienzos de gran mérito, algunos célebres en el mundo del mercantilismo artístico. Había puesto Cruz en la colocación de tales joyas todo el cuidado posible, asesorándose de personas peritas, para dar á cada objeto la importancia debida y la luz conveniente, de lo que resultó un museo, que bien podría rivalizar con las afamadas galerías romanas Doria Pamphili, y Borghese. Por fin, después de ver todo aquello, y advirtiendo el jaleo de visitantes extranjeros y españoles que solicitaban permiso para admirar tantas maravillas, acabó el gran tacaño de Torquemada por celebrar el _haberse quedado con el palacio_, pues si como arquitectura su valor no era grande, como terreno valía un Potosí, y valdría más el día de mañana. En cuanto á las colecciones de Cisneros y á la armería, no tardó en consolarse de su adquisición, porque según el dictamen de los _inteligentes_, _críticos_ ó lo que fueran, todo aquel _género_, _lencería pintada_, _tablazón con colores_, era de un valor real y efectivo, y bien podría ser que en tiempo no lejano pudiera venderlo por el triple de su coste.
Tres ó cuatro piezas había en la colección, ¡María Santísima! ante las cuales se quedaban con la boca abierta los citados críticos; y aun vino de Londres un _punto_, comisionado por la _National Gallery_, para comprar una de ellas, ofreciendo la friolerita de quinientas libras. Esto parecía fábula. Tratábase del _Massaccio_, que en un tiempo se creyó dudoso, y al fin fué declarado auténtico por una junta de rabadanes, _vulgo_ anticuarios, que vinieron de Francia é Italia. ¡El _Massaccio_! ¿Y qué era, _ñales_? Pues un cuadrito que á primera vista parecía representar el interior de una botella de tinta, todo negro, destacándose apenas sobre aquella obscuridad el torso de una figura y la pierna de otra. Era el Bautismo de nuestro Redentor: á éste, según frase del entonces legítimo dueño de tal preciosidad no le conocería ni la madre que le parió. Pero esto le importaba poco, y ya podían llover sobre su casa todos los Massaccios del mundo; que él los pondría sobre su cabeza, mirando el negocio, que no al arte. También se conceptuaban como de gran valor un Paris Bordone, un Sebastián del Piombo, un Memling, un beato Angélico y un Zurbarán, que con todo lo demás, y los vasos, estatuas, relicarios, armaduras y tapices, formaban para don Francisco una especie de _Américas_ de subido valor. Veía los cuadros como acciones ú obligaciones de poderosas y bien administradas sociedades, de fácil y ventajosa cotización en todos los mercados del orbe. No se detuvo jamás á contemplar las obras de arte ni á escudriñar su hermosura, reconociendo con campechana modestia que no _entendía de monigotes_; tan sólo se extasiaba, con detenimiento que parecía de artista, delante del inventario que un hábil restaurador, ó _rata de museos_, para su gobierno le formaba, agregando á la descripción, y al examen crítico é histórico de cada lienzo ó tabla, su valor probable, previa consulta de los catálogos de extranjeros marchantes, que por millones traficaban en _monigotes_ antiguos y modernos.
¡Casa inmensa, interesantísima, noble, sagrada por el arte, venerable por su abolengo! El narrador no puede describirla, porque es el primero que se pierde en el laberinto de sus estancias y galerías, enriquecidas con cuantos primores inventaron antaño y ogaño el arte, el lujo y la vanidad. Las cuatro quintas partes de ella no tenían más habitantes que los del reino de la fantasía, vestidos unos con ropajes de variada forma y color, desnudos los otros, mostrando su hermosa fábrica muscular, por la cual parecían hombres y mujeres de una raza que no es la nuestra. Hoy no tenemos más que cara, gracias á las horrorosas vestiduras con que ocultamos nuestras desmedradas anatomías. Conservábase todo aquel mundo ideal de un modo perfecto, poniendo en ello sus cinco sentidos la primogénita del Águila, que dirigía personalmente los trabajos de limpieza, asistida de un ejército de servidores muy para el caso, como gente avezada á trajinar en pinacotecas, palacios y otras _Américas_ europeas.
Dígase, para concluir, que la dama gobernadora, al reunir en apretado amasijo los estados de Gravelinas con los del Águila y los de Torquemada, no habría creído realizar cumplidamente su plan de reivindicación, si no le pusiera por remate la servidumbre que á tan grandiosa casa correspondía. Palacio como aquel, familia tan alcurniada por el lado de los pergaminos y por el del dinero, no podían existir sin la interminable caterva de servidores de ambos sexos. Organizó, pues, la señora, el _personal_, dejándose llevar de sus instintos de grandeza, dentro del orden más estricto. La sección de cuadras y cocheras, así como la de cocinas y comedor, fueron montadas sin omitir nada de lo que corresponde á una familia de príncipes. Y en diferentes servicios, la turbamulta de doncellas, lacayos y lacayitos, criados de escalera abajo y de escalera arriba, porteros, planchadoras, etc., componían, con las de las secciones antedichas, un ejército que habría bastado á defender una plaza fuerte en caso de apuro.
Tal superabundancia de criados era lo que principalmente le encendía la sangre al don Francisco, y si transigía con la compra de cuadros viejos y de armaduras roñosas, por el buen resultado que podrían traerle en día no lejano, no se avenía con la presencia de tanto gandul, polilla y destrucción de la casa, pues con lo que se comían diariamente había para mantener á medio mundo. Ved aquí la principal causa de lo torcido que andaba el hombre en aquellos días; pero se tragaba sus hieles, y si él sufría mucho, no había quien le sufriera. Á solas, ó con el bueno de Donoso, se desahogaba, protestando de la _plétora de servicio_ y de que su casa era un _fiel trasunto_ de las oficinas del Estado, llenas de pasmarotes, que no van allí más que á holgazanear. Bien comprendía él que no era cosa de vivir á lo pobre, como en casa de huéspedes de á tres pesetas, eso no. Pero nada de exageraciones, porque _de lo sublime á lo ridículo no hay más que un paso_. Y también es evidente que los Estados en que crece viciosa la planta de la empleomanía, corren al abismo. Si él gobernara la casa, seguiría un sistema _diametralmente opuesto_ al de Cruz. Pocos criados, pero _idóneos_, y mucha vigilancia para que todo el mundo anduviera derecho y se gastara _lo consignado_, y nada más. Lo que decía en la _Cámara_ á cuantos quisieran oirle, lo decía también á su familia:
—Quitemos _ruedas inútiles_ á la máquina administrativa para que marche bien... Pero ésta mi cuñada, á quien parta un rayo, ¿qué hace? convertir mi _domicilio_ en _un centro ministerial_, y volverme la cabeza del revés, pues día hay en que creo que ellos son los amos, y yo el _último paria_ de toda esa patulea.
VII
Pocos amigos frecuentaban diariamente el palacio de Gravelinas. No hay para qué decir que Donoso era de los más fieles, y su amistad tan bien apreciada como antes, si bien, justo es declararlo, en el orden del cariño y admiración, había sido desbancado por el insigne misionero de Indias. Damas, no consta que visitaran asiduamente á la familia más que la de Taramundi, la de Morentín, las de Gibraleón, y la de Orozco, ésta con mayor intimidad que las anteriores. La antigua amistad de colegio entre Augusta y Fidela se había estrechado tanto en los últimos tiempos, que casi todo el día lo pasaban juntas, y cuando la Marquesa de San Eloy se vió retenida en casa por distintos padecimientos y alifafes, su amiga no se separaba de ella, y la entretenía con sus graciosas pláticas.
Sin necesidad de refrescar ahora memorias viejas, sabrán cuantos esto lean que la hija de Cisneros y esposa de Tomás Orozco, después de cierta tragedia lamentable, permaneció algunos años en obscuridad y apartamiento. Cuando la vemos reaparecer en la casa de San Eloy, el desvío social de Augusta no era ya tan absoluto. Había envejecido, si cuadra este término á un adelanto demasiado visible en la madurez vital, sin detrimento de la gracia y belleza. Jaspeaban su negro cabello prematuras canas, que no se cuidaba de disimular por arte de pinturas y afeites. La gallardía de su cuerpo era la misma de los tiempos felices, conservándose en un medio encantador, ni delgada ni gruesa, y extraordinariamente ágil y flexible. Y en lo restante de la filiación, únicamente puede apuntarse que sus hermosos ojos eran quizás más grandes, ó al menos lo parecían, y su boca... lo mismo. Fama tenía de tan grande como hechicera, con una dentadura, de cuya perfección no podrán dar cabal idea los marfiles, nácares y perlas que la retórica desde los albores de la poesía, viene gastando en el decorado interior de bocas bonitas. Con tener dos años menos que su amiga, y poquísimas, casi invisibles canas que peinar, Fidela representaba más edad que ella. Desmejorada y enflaquecida, su opalina tez era más transparente, y el caballete de la nariz se le había afilado tanto, que seguramente con él podría cortarse algo no muy duro. En sus mejillas veíanse granulaciones rosadas, y sus labios finísimos é incoloros dejaban ver, al sonreirse, parte demasiado extensa de las rojas encías. Era, por aquellos días, un tipo de distinción que podríamos llamar austríaca, porque recordaba á las hermanas de Carlos V, y á otras princesas ilustres que viven en efigie por esos museos de Dios, aristocráticamente narigudas. Resabio elegantísimo de la pintura gótica, tenía cierto parentesco de familia con los tipos de mujer de una de las mejores tablas de su soberbia colección, un _Descendimiento_ de Quintín Massys.
Bueno. El día siguiente al de la misa, primer eslabón cronológico de la cadena de este relato, entró Augusta poco antes de la hora del almuerzo. En una de las salas bajas encontróse á Cruz, haciendo los honores de la casa á un sujeto de campanillas, académico y gran inteligente, que examinaba las pinturas. En la rotonda había instalado su caballete un pintor de fama, á quien se permitió copiar el _Paris Bordone_, y más allá un tercer entusiasta del arte reproducía al blanco y negro un cartón de Tiépolo. Día de gran mareo fué aquel para la primogénita, porque su dignidad señoril le imponía la obligación de atender y agasajar á los admiradores de su museo cuidando de que nada les faltase. En cuanto al académico, era hombre de un entusiasmo fácilmente inflamable y cuando se extasiaba en la contemplación de los pormenores de una pintura, había que soltarle una bomba para que volviese en sí. Ya llevaba Cruz dos horas de arrobamiento artístico, con paseos mentales por los museos de Italia, y volteretas por el ciclo pre-rafaelista, y empezaba á cansarse. Aún le faltaban dos tercios de la colección por examinar. Para mayor desdicha _tenía_ otro sabio en el archivo, un bibliófilo de más paciencia que Job, que había ido á compulsar los _papeles de Sicilia_ para poner en claro un grave punto histórico. No había más remedio que atenderle también, y ver si el archivero le facilitaba sin restricción alguna todo el material papiráceo que guardaban aquellos rancios depósitos.
Después de invitar al académico á almorzar, Cruz delegó un momento sus funciones en Augusta, y mientras ésta las desempeñaba interinamente con gran acierto, pues al dedillo conocía las colecciones que habían sido de su padre, D. Carlos de Cisneros, fué la otra á _dar una vuelta_ al sabio del archivo, á quien encontró buceando en un mar de papeles. Convidóle también á participar del almuerzo, y al volver á los salones donde había quedado su amiga, pudo cuchichear un instante con ésta, mientras el académico y el pintor se agarraban en artística disputa sobre si era _Mantegna_ ó no era _Mantegna_ una tablita en que ambos pusieron los ojos y el alma toda.
—Mira tú, si Fidela almuerza en su cuarto, yo la acompañaré. La sociedad de tanto sabio no es de mi gusto.
—Yo pensaba que bajase hoy Fidela; pero si tú quieres, arriba se os servirá á las dos. Yo voy perdiendo. Estaré sola entre los convidados y mi salvaje D. Francisco; necesitaré Dios y ayuda para atender á la conversación que salte, y atenuar las gansadas de mi cuñadito. Es atroz, y desde que estamos reñidos, suele arrojar la máscara de la finura, y dejando al descubierto su grosería, me pone á veces en gran compromiso.
—Arréglate como puedas, que yo me voy arriba. Adiós. Que te diviertas.
Subió tan campante, alegre y ágil como una chiquilla, y en la primera estancia del piso alto se encontró á Valentinico arrastrándose á cuatro patas sobre la alfombra. La niñera, que era una mocetona serrana, guapa y limpia, le sostenía con andadores de bridas, tirando de él cuando se esparranclaba demasiado, y guiándole si seguía una dirección inconveniente. Berreaba el chico, movía sus cuatro remos con animal deleite, echando babas de su boca, y queriendo abrazarse al suelo y hociquear en él.
—Bruto—le dijo Augusta con desabrimiento,—ponte en dos pies.
—Si no quiere, señorita—indicó tímidamente la niñera.—Hoy está incapaz. En cuanto le _aúpo_, se encalabrina, y no hay quien lo aguante.
Valentín clavó en Augusta sus ojuelos, sin abandonar la posición de tortuga.
—¿No te da vergüenza de andar á cuatro patas como los animales?—le dijo la de Orozco, inclinándose para cogerle en brazos.
¡María Santísima! Al solo intento de levantarle del suelo en que se arrastraba, púsose el nene fuera de sí, dando patadas con pies y manos, que por un instante las manos más bien patas parecían, y atronó con sus chillidos la estancia, echando hacia atrás la cabeza, y apretando los dientes.
—Quédate, quédate ahí en el santo suelo—le dijo Augusta,—hecho un sapo. ¡Vaya, que estás bonito! Sí, llora, llora, grandísimo mamarracho para que te pongas más feo de lo que eres...
El demonio del chico la insultó con su lengua monosilábica, salvaje, primitiva, de una sencillez feroz, pues no se oía más que _pa... ca... ta... pa..._
—Eso es, díme cosas. El demonio que te entienda. Nunca hablarás como las personas. Parece mentira que seas hijo de tu madre, que es toda inteligencia y dulzura. ¡Ay, qué lástima!
Entre la dama y la niñera se cruzaron miradas de tristeza y compasión.
—Ayer—dijo la moza—estuvo el niño muy bueno. Se dejó besar de su mamá y de su tiíta, y no tiró los platos de la comida. Pero hoy le tenemos de remate. Cuanto coge en la mano lo hace pedazos, y no quiere más que andar á lo animalito, imitando al perro y al gato.
—Me parece que éste no tendrá nunca otros maestros. ¡Qué dolor! ¡Pobre Fidela!... Sí, hijo, sí, haz el cerdito. Poco á poco te vas ilustrando. Gru, gru... aprende, aprende ese lenguaje fino.
Tiró la niñera del ronzal, porque el indino iba ya en persecución de un vaso japonés, colocado en la tabla más baja de una rinconera, y seguramente lo habría hecho añicos. Su infantil barbarie hacía de continuo estragos terribles en la vajilla de la casa, y en las preciosidades que por todas partes se veían allí. Mudábanle con frecuencia y siempre estaba sucio, de arrastrar su panza por el suelo; su cabezota era toda chichones, que la afeaban más que el grandor desmedido y las descomunales orejas; las babas le caían en hilo sobre el pecho, y sus manos, lo único que tenía bonito, estaban siempre negras, cual si no conociera más entretenimiento que jugar con carbón.
VIII
El heredero de los estados de San Eloy, del Águila y Gravelinas reunidos, había sido, en el primer año de su existencia, engaño de los padres y falsa ilusión de toda la familia. Creyeron que iba á ser bonito, que lo era ya, y además salado, inteligente. Pero estas esperanzas empezaron á desvanecerse después de la primera grave enfermedad de la criatura, y los augurios de Quevedito, cumpliéndose con aterradora puntualidad, llenaron á todos de zozobra y desconsuelo. El crecimiento de la cabeza se inició antes de los dos años, y poco después la longitud de las orejas y la torcedura de las piernas con la repugnancia á mantenerse derecho sobre ellas. Los ojos quedáronsele diminutos en aquella crisis de la vida, y además fríos, parados, sin ninguna viveza ni donaire gracioso. El pelo era lacio y de color enfermizo, como barbas de maiz. Creyeron que rizándoselo con papillotes se disimularía tanta fealdad; pero el demonio del nene en sus rabietas convulsivas, se arrancaba los papeles y con ellos mechones de cabello, por lo que se decidió pelarle al rape.
Sus costumbres eran de lo más raro que imaginarse puede. Si un instante le dejaban solo, se metía debajo de las camas y se agazapaba en un rincón con la cara pegada al suelo. No sentía entusiasmo por los juguetes, y cuando se los daban, los rompía á bocados. Difícilmente se dejaba acariciar de nadie, y sólo con su mamá era menos esquivo. Si alguien le cogía en brazos, echaba la cabeza para atrás, y con violentísimas manotadas y pataleos expresaba el afán de que le soltaran. Su última defensa era la mordida, y á la pobre niñera le tenía las manos acribilladas. Fácil había sido destetarle, y comía mucho, prefiriendo las substancias caldosas, crasas, ó las muy cargadas de dulce. Gustaba del vino. Ansiaba jugar con animales; pero hubo que privarle de este deleite, porque los martirizaba horrorosamente, ya fuese conejito, paloma ó perro. Punto menos que imposible era hacerle tomar medicinas en sus enfermedades y nunca se dormía sino con la mano metida en el seno de la niñera. Por temporadas, lograba su mamá corregirle de la maldita maña de andar á cuatro pies. En dos andaba, tambaleándose, siempre que le permitieran el uso de un latiguito, bastón ó vara, con que pegaba á todo el mundo despiadadamente. Había que tener mucho cuidado y no perderle de vista, porque apaleaba los _bibelots_ y figuritas de _biscuit_ del tocador de su mamá. La casa estaba llena de cuerpos despedazados, y de cascotes de porcelana preciosa.
Y no era este el sólo estrago de su andadura en dos pies, porque también daba en la flor de robar cuantos objetos, fueran ó no de valor, se hallaran al alcance de su mano, y los escondía en sitios obscuros, debajo de las camas, ó en el seno de algún olvidado _tibor_ de la antesala. Los criados que hacían la limpieza descubrían, cuando menos se pensaba, grandes depósitos de cosas heterogéneas, botones, pedazos de lacre, llaves de reloj, puntas de cigarro, tarjetas, sortijas de valor, corchetes, monedas, guantes, horquillas y pedazos de moldura, arrancados á las doradas sillas. Á cuatro pies, triscaba el pelo de las alfombras, como el corderillo que mordisquea la hierba menuda, y hociqueaba en todos los rincones. Estas eran sus alegrías. Cansadas las señoras de los accesos de furia que le acometían cuando se le contrariaba, dejábanle campar libremente en tan fiera condición. Ni aun pensar en ello querían. ¡Pobrecitas! ¡Qué razones habría tenido Dios para darles, como emblema del porvenir, aquella triste y desconsoladora alimaña!
—Hola, querida, ¿qué tal?—dijo Augusta entrando en el cuarto de Fidela, y corriendo á besarla.—Allí me he encontrado á tu hijito hecho un puerco-espín. ¡El pobre!... ¡qué pena da verle tan bruto!
Y como notara en el rostro de su amiga que la nube de tristeza se condensaba, acudió prontamente á despejarle las ideas con palabras consoladoras:
—¿Pero, tonta, quién te dice que tu hijo no pueda cambiar el mejor día? Es más: yo creo que luego se despertará en él la inteligencia, quizás una inteligencia superior... Hay casos, muchísimos casos.
Fidela expresaba con movimientos de cabeza su arraigado pesimismo en aquella materia.