Part 2
—Puede usted creerme—dijo Torquemada con desaliento,—que no la tengo buena, ni medio buena. Yo era un roble, de veta maciza y dura. Siento que me vuelvo caña, que me zarandea el viento, y que la humedad empieza á pudrirme de abajo arriba. ¿Qué es esto? ¿La edad? No es tanta que digamos. ¿Los disgustos, la pena que me da el no ser yo propiamente quien manda en mi casa, y el verme en esta jaula de oro, con una domadora que á cada triquitraque me enseña la varita de hierro candente? ¿Es el pesar de ver que mi hijo va para idiota? ¡Vaya usted á saber! No lo sé. No será una sola _concausa_, sino el resumen de toditas las _concausas_ lo que me _acarrea_ esta situación. _Cúmpleme declarar_ que yo tengo la culpa, por mi debilidad; pero de nada me vale reconocerlo _á posteriori_, porque _tarde piache_, y de no haber sabido evitarlo _á priori_, no hay más que entregarse y sucumbir _velis nolis_, maldiciendo uno su destino, y dándose á los demonios.
—Calma, calma, señor Marqués—dijo el eclesiástico con severidad paternal, un tanto festiva;—que eso de darse á los demonios, ni lo admito ni lo consiento. ¡Tal regalo á los demonios! ¿Y para qué estoy yo aquí, sino para arrancar su presa á esos caballeros infernales, si por acaso llegaran á cogerla entre sus uñas? ¡Cuidadito! Refrénese usted, y por ahora, puesto que tiene prisa, y á mí me llaman mis obligaciones, no digo más. Quédese para otra noche que estemos solitos.
Torquemada se restregó los ojos con ambos puños, como para estimular la visión debilitada por el insomnio. Miró después como un cegato, viendo puntos y círculos de variados colores, y al fin recobrada la claridad de su vista, y despejado el cerebro, alargó la mano al sacerdote, diciéndole con tono y ademán campechanos:
—Ea, con Dios... Conservarse.
Salió, y pidiendo la berlina, no tardó el hombre en echarse á la calle, huyendo de la esclavitud de su hogar dorado. Y que no era ilusión suya, no. Realmente, al traspasar la herrada puerta del palacio de Gravelinas, y sentir en su rostro el ambiente libre de la vía pública, respiraba mejor, se le refrescaba la cabeza, sentía más agudo y claro el ingenio mercantil, y menos penosa la opresión de la boca del estómago, síntoma tenaz de su mala salud. Por lo cual decía con toda su alma, empleando con impropiedad la palabreja recientemente adquirida: «La calle es mi _oasis_.»
Acabadito de salir el tacaño de la sacristía, entró Cruz. Creeríase que estaba acechando la salida del otro para colarse ella.
—Ya va, ya va; ya le tiene usted navegando por esas calles, ¡pobre pescador de ochavos!—dijo festivamente, como si continuara un diálogo del día anterior.—¡Qué hombre!... ¡qué ansiedad por aumentar sus riquezas!
—Hay que dejarle—replicó el sacerdote con tristeza.—Si le quita usted la caña de pescar dinero, se morirá rabiando, y ¿quién responde de su alma? Que pesque... que pesque, hasta que Dios quiera ponerle en el anzuelo algo que le mueva al aborrecimiento del oficio.
—La verdad: como usted, tan ducho en catequizar salvajes, no eche el lazo á éste y nos le traiga bien sujeto, ¿quién podrá domarle?... Y, ante todo, padrito, ¿estaba el café á su gusto?
—Delicioso, hija mía.
—Por de contado, almorzará usted con nosotros.
—Hija mía, no puedo. Dispénsame por hoy.
Y echó mano al sombrero, que no podía llamarse _de teja_, por tener abiertas las alas.
—Pues si no almuerza, no le dejo marcharse tan pronto. ¡Estaría bueno! Ea, á sentarse otro ratito. Aquí mando yo.
—Obedezco. ¿Tienes algo que decirme?
—Sí, señor. Lo de siempre: que en usted confío para aplacar á esa fiera, y hacer más tolerable esta vida de continuas desazones.
—¡Ay, hija de mi alma!—exclamó Gamborena, anticipando al discurso, como argumento más persuasivo, la dulzura de su mirar incomparable.—He pasado la vida evangelizando salvajes, difundiendo el Cristianismo entre gentes criadas en la idolatría y la barbarie. He vivido unas veces en medio de razas cuyo carácter dominante es la astucia, la mentira y la traición, otras en medio de tribus sanguinarias y feroces. Pues bien: allá, con paciencia y valor que sólo da la fe, he sabido vencer. Aquí, en plena civilización, desconfío de mis facultades, ¡mira tú si es raro! Y es que aquí encuentro algo que resulta peor, mucho peor que la barbarie y la idolatría, hija de la ignorancia; encuentro los corazones profundamente dañados, las inteligencias desviadas de la verdad por mil errores que tenéis metidos en lo profundo del alma, y que no podéis echar fuera. Vuestros desvaríos os dan, en cierto modo, carácter y aspecto de salvajes. Pero salvajismo por salvajismo, yo prefiero el del otro hemisferio. Encuentro más fácil crear hombres, que corregir á los que por demasiado hechos, ya no se sabe lo que son.
Dijo esto el buen curita, sentado junto á la cajonera, puesto el codo en el filo del mueble, y la cabeza en el puño de la mano derecha, expresando con cierto aire de indolencia fina su escaso aliento para aquellas luchas con los cafres de la civilización. Embelesada le oía la dama, clavando sus ojos en los ojos del evangelista, y, si así puede decirse, bebiéndole las miradas ó asimilándose por ellas el pensamiento antes que la boca lo formulara.
—Pues usted lo dice, así será—manifestó la señora sintiendo oprimido el pecho.—Comprendo que la domesticación de este buen señor es obra difícil. Yo no puedo intentarla, mi hermana tampoco; ni piensa en ella, ni le importa nada que su marido sea un bárbaro que nos pone en ridículo á cada instante... Usted, que se nos ha venido acá tan oportunamente, como bajado del Cielo, es el único que podrá...
—¡Sí quiero hacerlo! Las empresas difíciles son las que á mí me tientan, y me seducen, y me arrastran. ¿Cosas fáciles? Quítate allá. ¡Tengo yo un temperamento militar y guerrero...! Sí, mujer, ¿qué te crees tú?... Óyeme.
Excitada su imaginación y enardecido su amor propio, se levantó para expresar con más desahogo lo que tenía que decir.
—Mi carácter, mi temperamento, mi sér todo son como de encargo para la lucha, para el trabajo, para las dificultades que parecen insuperables. Mis compañeros de Congregación dicen... vas á reirte..., que cuando Su Divina Majestad dispuso que yo viniese á este mundo, en el momento de lanzarme á la vida estuvo dudando si destinarme á la milicia ó á la Iglesia... porque desde el nacer traemos impresa en el alma nuestra aptitud culminante... Esta vacilación del Supremo Autor de todas las cosas, dicen que quedó estampada en mi sér, bastando para ello el breve momento que estuve en los soberanos dedos. Pero al fin decidióse nuestro Padre por la Iglesia. En un divino tris estuvo que yo fuese un gran guerrero, debelador de ciudades, conquistador de pueblos y naciones. Salí para misionero, que en cierto modo es oficio semejante al de la guerra, y heme aquí que he ganado para mi Dios, con la bandera de la Fe, porciones de tierra y de humanidad tan grandes como España.
IV
—Aunque la dificultad de este empeño en que la buena de _Croissette_ quiere meterme ahora, me arredra un poquitín—prosiguió después de dejar, en una pausa, tiempo á la admiración efusiva de la dama,—yo no me acobardo, empuño mi gloriosa bandera, y me voy derecho hacia tu salvaje.
—Y le vencerá..., segura estoy de ello.
—Le amansare por lo menos, de eso respondo. Anoche le tire algunos flechazos, y el hombre me ha demostrado hoy que le llegaron á lo vivo.
—¡Oh! Le tiene á usted en mucho; le mira como á un ser superior, un ángel ó un apóstol, y todas las fierezas y arrogancias que gasta con nosotras, delante de usted se truecan en blanduras.
—Temor ó respeto, ello es que se impresiona con las verdades que me oye. Y no le digo más que la verdad, la verdad monda y lironda, con toda la dureza intransigente que me impone mi misión evangélica. Yo no transijo, desprecio las componendas elásticas en cuando se refiere á la moral católica. Ataco el mal con brío, desplegando contra él todos los rigores de la doctrina. El Sr. Torquemada me ha de oir muy buenas cosas, y temblará y mirará para dentro de sí, echando también alguna miradita hacia la zona de allá, para él toda misterios, hacia la eternidad en donde chicos y grandes hemos de parar. Déjale, déjale de mi cuenta.
Dió varias vueltas por la estancia, y en una de ellas, sin hacer caso de las exclamaciones admirativas de su noble interlocutora, se paró ante ella, y le impuso silencio con un movimiento pausado de ambas manos extendidas, movimiento que lo mismo podría ser de predicador que de director de orquesta; todo ello para decirle:
—Pausa, pausa... y no te entusiasmes tan pronto, hija mía, que á tí también, á tí también ha de tocarte alguna china, pues no es suya toda la culpa, no lo es, que también la tenéis vosotras, tú más que tu hermana...
—No me creo exenta de culpa—dijo Cruz con humildad,—ni en este ni en otros casos de la vida.
—Tu despotismo, que despotismo es, aunque de los más ilustrados, tu afán de gobernar autocráticamente, contrariándole en sus gustos, en sus hábitos y hasta en sus malas mañas, imponiéndole grandezas que repugna, y dispendios que le fríen la sangre, han puesto al salvaje en un grado tal de ferocidad que nos ha de costar trabajillo desbravarle.
—Cierto que soy un poquitín despótica. Pero bien sabe ese bruto que sin mi gobierno no habría llegado á las alturas en que ahora está, y en las cuales, créame usted, se encuentra muy á gusto cuando no le tocan á su avaricia. ¿Por quién es senador, por quién es marqués, y hombre de pro, considerado de grandes y chicos?... Pero quizás me diga usted que estas son vanidades, y que yo las he fomentado sin provecho alguno para las almas. Si esto me dice, me callaré. Reconozco mi error, y abdico, sí señor, abdico el gobierno de estos reinos, y me retiraré... á la vida privada.
—Calma, que para todo se necesita criterio y oportunidad, y principalmente para las abdicaciones. Sigue en tu gobierno, hasta ver... Cualquier perturbación en el orden establecido sería muy nociva. Yo pondré mis paralelas, atento sólo al problema moral. En lo demás no me meto, y cuanto de cerca ó de lejos se relacione con los bienes de este mundo, es para mí como si no existiera... Por de pronto, lo único que ordeno es que seas dulce y cariñosa con tu hermano, pues hermano tuyo lo ha hecho la Iglesia; que no seas...
No pudiendo reprimir Cruz su natural imperante y discutidor, interrumpió al clérigo en esta forma:
—¡Pero si es él, él quien hace escarnio de la fraternidad! Ya van cuatro meses que no nos hablamos, y si algo le digo, suelta un mugido y me vuelve la espalda. Hoy por hoy, es más grosero cuando habla que cuando calla. Y ha de saber usted que, fuera de casa, no me nombra nunca sin hablar horrores de mí.
—Horrores..., dicharachos—dijo Gamborena un tanto distraído ya del asunto, y agarrando su sombrero con una decisión que indicaba propósito de salir.—Hay una clase de maledicencia que no es más que hábito de palabrería insubstancial. Cosa mala; pero no pésima; efervescencia del conceptismo grosero, que á veces no lleva más intención que la de hacer gracia. En muchos casos, este vicio maldito no tiene su raiz en el corazón. Yo estudiaré á nuestro salvaje _bajo ese aspecto_, como él dice, y le enseñaré el uso del bozal, prenda utilísima, á la que no todos se acostumbran... pero vencida su molestia... ¡ah! concluye por traer grandes beneficios, no sólo á la lengua, sino al alma... Adiós, hija mía... No, no me detengo más. Tengo que hacer... Que no, que no almuerzo, ea. Si puedo, vendré esta tarde á daros un poco de tertulia. Si no, hasta mañana. Adiós.
Inútiles fueron las carantoñas de la dama ilustre para retenerle. Quedóse esta un instante en la sacristía, cual si los pensamientos que el venerable Gamborena expresara en la anterior conversación la tuvieran allí sujeta, gravitando sobre ella con melancólica pesadumbre. Desde la muerte lastimosa de Rafael, la tristeza era como huésped pegajoso en la familia del Águila; la instalación de ésta en el palacio de Gravelinas, tan lleno de mundanas y artísticas bellezas, fué como una entrada en el reino sombrío del aburrimiento y la discordia. Felizmente, Dios misericordioso deparó á la gobernadora de aquel cotarro, el consuelo de un amigo incomparable, que á la amenidad del trato reunía la maestría apostólica para todo lo concerniente á las cosas espirituales, un ángel, un alma pura, una conciencia inflexible, y un entendimiento luminoso para el cual no tenían secretos la vida humana ni el organismo social. Como á enviado del Cielo le recibió la primogénita del Águila cuando le vió entrar en su palacio dos meses antes de lo descrito, procedente de no se qué islas de la Polinesia, de Fidji, ó del quinto infierno... léase del quinto cielo. Se agarró á él como á tabla de salvación, pretendiendo aposentarle en la casa; y no siendo esto posible atrájole con mil reclamos delicadísimos para tenerle allí á horas de almuerzo y comida, para pedirle consejo en todo, y recrearse en su hermosa doctrina, y embelesarse, en fin, con el relato de sus maravillosas proezas evangélicas.
El primer dato que del padre Luis de Gamborena se encuentra, al indagar su historia, se remonta al año 53, época en la cual su edad no pasaba de los veinticinco, y era familiar del Obispo de Córdoba. De su juventud nada se sabe, y sólo consta que era alavés, de familia hidalga y pudiente. Tomáronle de capellán los señores del Águila, que le trajeron á Madrid, donde vivió con ellos dos años. Pero Dios le llamaba á mayores empresas que la obscura capellanía de una casa aristocrática; y sintiendo en su alma la avidez de los trabajos heroicos, la santa ambición de propagar la Fe cristiana, cambiando el regalo por las privaciones, la quietud por el peligro, la salud y la vida misma por la inmortalidad gloriosa, decidió, después de maduro examen, partir á París y afiliarse en cualquiera de las legiones de misioneros con que nuestra precavida civilización trata de amansar las bárbaras hordas africanas y asiáticas, antes de desenvainar la espada contra ellas.
No tardó el entusiasta joven en ver cumplidos sus deseos, y afiliado en una Congregación, cuyo nombre no hace al caso, le mandaron, para hacer boca, á Zanzíbar, y de allí al vicariato de Tanganika, donde comenzó su campaña con una excursión al Alto Congo, distinguiéndose por su resistencia física y su infatigable ardor de soldado de Cristo. Quince años estuvo en el África tropical, trabajando con bravura mística, si así puede decirse, hecho un león de Dios, tomando á juego las inclemencias del clima y las ferocidades humanas, intrépido, incansable, el primero en la batalla, gran catequista, gran geógrafo, explorador de tierras dilatadas, de selvas laberínticas, de lagos pestilentes, de abruptas soledades rocosas, desbravando todo lo que encontraba por delante para meter la cruz á empellones, á puñados, como pudiera, en la naturaleza y en las almas de aquellas bárbaras regiones.
V
Enviáronle después á Europa formando parte de una comisión, entre religiosa y mercantil, que vino á gestionar un importantísimo arreglo colonial con el Rey de los belgas, y tan sabiamente desempeñó su cometido diplomático el buen padrito, que allá y acá se hacían lenguas de la generalidad de sus talentos. «El Comercio—decían,—le deberá tanto como la Fe.» La Congregación dispuso utilizar de nuevo aptitudes tan fuera de lo común, y le destinó á las misiones de la Polinesia. Nueva Zelanda, el país de los Maoris, Nueva Guinea, las islas Fidji, el archipiélago del estrecho Torres, teatro fueron de su labor heróica durante veinte años, que si parecen muchos para la vida de un trabajador, pocos son ciertamente para la fundación, que resulta casi milagrosa, de cientos de cristiandades (establecimientos de propaganda y de beneficencia), en las innumerables islas, islotes y arrecifes, espolvoreados por aquel inmenso mar, como si una mano infantil se complaciese en arrojar á diestro y siniestro los cascotes de un continente roto.
Cumplidos los sesenta años, Gamborena fué llamado á Europa. Querían que descansase; temían comprometer una vida tan útil, exponiéndola á los rigores de aquel bregar continuo con hombres, fieras y tempestades, y le enviaron á España con la misión sedentaria y pacífica de organizar aquí sobre bases prácticas la recaudación de la _Propaganda_. Instalóse en la casa hospedería de _Irlandeses_, de la cual es histórica hijuela la Congregación á que pertenecía, y á las pocas semanas de residir en la villa y Corte, topó con las señoras del Águila, reanudando con la noble familia su antigua y afectuosa amistad. Á Cruz habíala conocido chiquitina: tenía seis años cuando él era capellán de la casa. Fidela, mucho más joven que su hermana, no había nacido aún en aquellas décadas; pero á entrambas las reconoció por antiguas amigas, y aun por hijas espirituales, permitiéndose tutearlas desde la primer entrevista. Pronto le pusieron ellas al tanto de las graves vicisitudes de la familia durante la ausencia de él, en remotos países, la ruina, la muerte de los padres, los días de bochornosa miseria, el enlace con Torquemada, la vuelta á la prosperidad, la liberación de parte de los bienes del Águila, la muerte de Rafaelito, la creciente riqueza, la adquisición del palacio de Gravelinas, etc., etc..., con lo cual quedó el hombre tan bien enterado como si no faltara de Madrid en todo aquel tiempo de increíbles desdichas y venturosas mudanzas.
Inútil sería decir que ambas hermanas le tenían por un oráculo, y que saboreaban con deleite la miel substanciosa de sus consejos y doctrina. Principalmente Cruz, privada de todo afecto por la dirección especialísima que había tomado su destino en la carrera vital, sentía hacia el buen misionero una adoración entrañable, toda pureza, toda idealidad, como expansión de un alma prisionera y martirizada, que entrevé la dicha y la libertad en las cosas ultraterrenas. Por su gusto, habríale tenido todo el día en casa, cuidándole como á un niño, prodigándole todos los afectos que vacantes había dejado el pobre Rafaelito. Cuando, á instancias de las dos señoras, Gamborena se lanzaba á referir los maravillosos episodios de las misiones en África y Oceanía, epopeya cristiana digna de un Ercilla, ya que no de un Homero que la cantase, quedábanse las dos embelesadas. Fidela como los niños que oyen cuentos mágicos, Cruz en éxtasis, anegada su alma en una beatitud mística, y en la admiración de las grandezas del Cristianismo.
Y él ponía, de su copioso ingenio, los mejores recursos para fascinarlas y hacerles sentir hondamente todo el interés del relato, porque si sabía sintetizar con rasgos admirables, también puntualizaba los sucesos con detalles preciosos, que suspendían y cautivaban á las oyentes. Á poco más, creerían ellas que estaban viendo lo que el misionero les contaba; tal fuerza descriptiva ponía en su palabra. Sufrían con él en los pasajes patéticos, con él gozaban en sus triunfos de la Naturaleza y de la barbarie. Los naufragios, en que estuvo su vida en inminente riesgo, salvándose por milagro del furor de las aguas embravecidas, unas veces en las corrientes impetuosas de ríos como mares, otras en las hurañas costas, navegando en vapores viejos que se estrellaban contra los arrecifes, ó se incendiaban en medio de las soledades del Océano; las caminatas por inexploradas tierras ecuatoriales, bajo la acción de un sol abrasador, por asperezas y trochas inaccesibles, temiendo el encuentro de fieras ó reptiles ponzoñosos; la instalación en medio de la tribu, y la pintura de sus bárbaras costumbres, de sus espantables rostros, de sus primitivos ropajes; los trabajos de evangelización, en los cuales empleábanse la diplomacia, la dulzura, el tacto fino ó el rigor defensivo, según los casos, ayudando al comercio incipiente, ó haciéndose ayudar de él; las dificultades para apropiarse los distintos dialectos de aquellas comarcas, algunos como aullidos de cuadrúpedos, otros como cháchara de cotorras; los peligros que á cada paso surgen, los horrores de las guerras entre distintas tribus, y las matanzas y feroces represalias, con la secuela infame de la esclavitud; las peripecias mil de la lenta conquista, el júbilo de encontrar un alma bien dispuesta para el Cristianismo en medio de la rudeza de aquellas razas, la docilidad de algunos después de convertidos, las traiciones de otros y su falsa sumisión; todo en fin, resultaba en tal boca y con tan pintoresca palabra la más deleitable historia que pudiera imaginarse.
¡Y qué bien sabía el narrador combinar lo patético con lo festivo, para dar variedad al relato, que á veces duraba horas y horas! Mal podían las damas contener la risa oyéndole contar sus apuros al caer en una horda de caníbales, y las tretas ingeniosas de que él y otros padres se valieran para burlar la feroz gula de aquellos brutos, que nada menos querían que ensartarles en un asador, para servirles como _roast-beef_ humano en horribles festines.
Y como fin de fiesta, para que la ardiente curiosidad de las dos damas quedase en todos los órdenes satisfecha, el misionero cedía la palabra al geógrafo insigne, al eminente naturalista, que estudiaba y conocía sobre el terreno, en realidad palpable, las hermosuras del planeta y cuantas maravillas puso Dios en él. Nada más entretenido que oirle describir los caudalosos ríos, las selvas perfumadas, los árboles arrogantes no tocados del hacha del hombre, libres, sanos, extendiendo su follaje por lomas y llanadas más grandes que una nación de acá; y después la muchedumbre de pájaros que en aquella espesa inmensidad habitan, avecillas de varios colores, de formas infinitas, parleras, vivarachas, vestidas con las más galanas plumas que la fantasía puede soñar; y explicar luego sus costumbres, las guerras entre las distintas familias ornitológicas, queriendo todas vivir y disputándose el esquilmo de las ingentes zonas arboladas. ¿Pues y los monos, y sus aterradoras cuadrillas, sus gestos graciosos, y su travesura casi humana para perseguir á las alimañas volátiles ó rastreras? Esto era el cuento de nunca acabar. Nada tocante á la fauna érale desconocido; todo lo había visto y estudiado, lo mismo el voraz cocodrilo habitante en las charcas verdosas, ó en pestilentes cañaverales, que la caterva indocumentable de insectos preciosísimos, que agotan la paciencia del sabio y del coleccionista.
Para que nada quedase, la flora espléndida, explicada y descrita con más sentido religioso que científico, haciendo ver la infinita variedad de las hechuras de Dios, colmaba la admiración y el arrobamiento de las dos señoras, que á los pocos días de aquellas sabrosas conferencias, creían haber visto las cinco partes del mundo, y aun un poquito más. Cruz, más que su hermana, se asimilaba todas las manifestaciones espirituales de aquel ser tan hermoso, las agasajaba en su alma para conservarlas bien, y fundirlas al fin en sus propios sentimientos, creándose de este modo una vida nueva. Su adoración ardiente y pura del divino amigo, del consejero, del maestro, era la única flor de una existencia que había llegado á ser árida y triste; flor única, sí, pero de tanta hermosura, de fragancia tan fina como las más bellas que crecen en la zona tropical.
VI