Part 16
Cobró esperanzas Gamborena, y lo que lograr no podía dirigiéndose á un alma casi desligada ya del cuerpo, intentábalo invocando fervorosamente al Divino Juez que pronto había de juzgarla. Estrechó la mano del moribundo; creyó sentir ligera presión de los dedos glaciales. Á lo que el misionero le decía aproximando mucho su rostro, respondía Torquemada con estremecimientos de la mano, que bien podían ser un lenguaje. Algunas expresiones, mugidos, ó simples fenómenos acústicos del aliento resbalando entre los labios, ó del aire en la laringe, los tradujo Gamborena con vario criterio. Unas veces confiado y optimista, traducía: «Jesús..., salvación... perdón...» Otras, pesimista y desesperanzado, tradujo: «La llave... venga la llave... Exterior... mi capa... tres por ciento.»
Dos horas, ó poco más, se prolongó esta situación tristísima. Á la madrugada, seguros ya los dos religiosos de que se acercaba el fin, redoblaron su celo de agonizantes, y cuando la monjita le exhortaba con gran vehemencia á repetir los nombres de Jesús y María, y á besar el santo crucifijo, el pobre tacaño se despidió de este mundo, diciendo con voz muy perceptible:
—Conversión.
Algunos minutos después de decirlo, volvió aquella alma su rostro hacia la eternidad.
—¡Ha dicho _conversión_!—observó la monjita con alegría, cruzando las manos.—Ha querido decir que se convierte, que...
Palpando la frente del muerto, Gamborena daba friamente esta respuesta:
—¡Conversión! ¿Es la de su alma, ó la de la Deuda?
La monjita no comprendió bien el concepto, y ambos de rodillas se pusieron á rezar. Lo que pensaba el bravo misionero de Indias, al propio tiempo que elevaba sus oraciones al Cielo, él no había de decirlo nunca, ni el profano puede penetrarlo.
Ante el arcano que cubre, como nube sombría, las fronteras entre lo finito y lo infinito, conténtese el profano con decir que, en el momento aquel solemnísimo, el alma del señor Marqués de San Eloy se aproximó á la puerta, cuyas llaves tiene... quien las tiene. Nada se veía; oyóse, sí, rechinar de metales en la cerradura. Después el golpe seco, el formidable portazo que hace estremecer los orbes. Pero aquí entra la inmensa duda. ¿Cerraron después que pasara el alma, ó cerraron dejándola fuera?
De esta duda, ni el mismo Gamborena, _San Pedro_ de acá con saber tanto, nos puede sacar. El profano, deteniéndose medroso ante el velo impenetrable que oculta el más temido y al propio tiempo el más hermoso misterio de la existencia humana, se abstiene de expresar un fallo que sería irrespetuoso, y se limita á decir:
—Bien pudo Torquemada salvarse.
—Bien pudo condenarse.
Pero no afirma ni una cosa ni otra... ¡cuidado!
Madrid.—Enero-Febrero de 1895.
Fin de TORQUEMADA Y SAN PEDRO
End of Project Gutenberg's Torquemada y San Pedro, by Benito Pérez Galdós