Torquemada y San Pedro

Part 15

Chapter 153,966 wordsPublic domain

—¿Y qué me dice usted de esto, señor fraile, señor ministro del altar ó de la _biblia en pasta_?... ¿qué me cuenta usted ahora? Pues nos hemos lucido usted y yo... ¡Tan bien como iba! Y de repente, Cristo me valga, de repente me da este achuchón, que... cualquiera diría que me ronda la muerte. Esto es un engaño, una verdadera estafa, sí señor... no me callo, no... Me da la gana de decirlo: yo soy muy claro... ¡Ay, ay! El alma se me quiere arrancar... ¡bribona!... ya sé yo lo que tú quieres, largarte volando, y dejarme aquí hecho un montón de basura. Pues te fastidias, que no te suelto... ¡No faltaba más sino que usted, señora alma, voluntariosa, hi de tal, pendanga, se fuera de picos pardos por esos mundos!... No, no... fastidiarse. Yo mando en mi santísimo yo, y todas esas arrogancias de usted, me las paso yo por las narices, so tía... ¿Qué dice usted, señor Gamborena, mi _particular amigo_?... ¿Por qué me pone esa cara? ¿También usted es de los que creen que me muero? Pues el Señor, su amo de usted propiamente, me ha dicho á mí que no, y que se fastidie usted y todos los curánganos que ya se están relamiendo con la idea del sin fin de misas que van á decir por mí... Aliviarse, señores, y espérenme sentados.

En verdad que el buen misionero no sabía qué decirle, pues si al principio fué su intención reprenderle por aquel ridículo y bestial lenguaje, luego entendió que, estando su mente trastornada, no tenía conciencia ni responsabilidad de tan atroces conceptos.

—Hermano mío—le dijo apretándole las manos,—piense en Dios, en su Santísima Madre; confórmese con la voluntad divina, y se le disiparán esas tinieblas que quieren invadirle el entendimiento. La oración le devolverá la tranquilidad.

—Déjeme, déjeme, señor misionero—replicó el tacaño airado, descompuesto, fuera de sí,—y váyase á donde fué el padre Padilla... ¿Y mi capa, dónde está? Bien puede devolvérmela... La necesito, tengo frío, y no he trabajado yo toda la vida para el obispo, ni para que cuatro holgazanes se abriguen con mi paño.

Consternados le oían todos, sin saber qué decirle ni por qué procedimientos traerle al reposo y á la conformidad. Como había rechazado á Gamborena, rechazó á Rufinita, diciéndole:

—Quita allá, _espíritu de la golosina_. ¿Crees que me engatusas con tus arrumacos de gata ladrona? ¡Te relames, preparando las uñitas! Todo para cazar el _tercio_... Pues no hay _tercio_. Límpiate los hocicos, que los tienes de huevo. Lo mismo que esa otra, esa que antes se ponía moños conmigo, y ahora me quiere camelar la hipócrita, la excelentísima señora _cernícala_, más que _águila_, que desde que caí malo está tocando el cielo con las uñas. ¡Cazarme un _tercio_ para _los de misa y olla_!... esa engarza-rosarios, ama de _San Pedro_.

VIII

En cuanto Miquis le vió, túvole en su interior por hombre acabado. Un día, hora más, hora menos, le separaba de la insondable eternidad. Y como le ordenase paliativos, sin más objeto que hacer menos dolorosos sus últimos instantes, díjole Torquemada con aspereza:

—¿Pero en qué piensa usted, señor doctor, que no me quita esta birria de enfermedad? Veo que ó no saben ustedes una patata, ó que no quieren curar de veras más que á los pobres de los hospitales, que maldita la falta que hacen á la humanidad. ¿Les cae un rico por delante? Pues á partirlo por el eje... Eso, eso; á dividir la riqueza, para que las naciones se debiliten, y no haya jamás un presupuesto verdad. Yo digo: «vivamos para nivelar», y ustedes, los de la Facultad, dicen: «nivelemos matando». Ya se lo dirán á ustedes de misas... Y otra cosa: si alguien quisiera salvarme de veras, procedería á ponerme reparos en la boca del estómago. Porque, lo que yo digo, ¿no hay más modo de alimentarse que comiendo? _En mi sentir_, bien se puede vivir sin comer. Y voy más allá: ¿_á qué obedece_ el comer? Á fomentar un vicio, la gula. Aplíquenme los reparos, y verán cómo me alimento por el _rezumo_ de los líquidos, _vulgo_ absorción. Nada se les ocurre: yo tengo que pensarlo todo, y si no fuera por mi talento natural, era hombre perdido, y al menor descuidillo ya tenía usted á la loquinaria del alma echándose á volar, y dejándome aquí con dos palmos de narices.

Pusiéronle los reparos, aunque sólo eran remedio sugestivo, y el hombre se calmó un poco, sin parar por eso en su desatinada palabrería.

—Óigame usted, padre—dijo á Gamborena cogiéndole una mano,—aquí no hay más persona decente que mi hijo, el pobre Valentín, que por lo mismo que no discurre, es incapaz de hacerme daño, ni de desear mi fallecimiento. Para él ha de ser todo, el día en que el Señor se sirva disponer que yo suba al Cielo, día que está lejos aún digan lo que quieran. Se hará la liquidación de gananciales, para que esa sanguijuela de Rufina no se chupe lo que no le pertenece; y en cuanto á la capa, ó sea el _tercio libre_, le digo á usted que vuelve á mi poder, sin que esto quiera decir que no dé algo, una cosa prudencial, verbigracia, un chaleco en buen uso.

Y á Donoso, que también acudió á su llamamiento, le dijo:

—No hay nada de lo tratado, y tiempo de sobra tenemos para revocarlo. Todo lo que la ley permita, y algo más que yo agencie con mis combinaciones, para Valentín, ese pedazo de ángel bárbaro y en estado de salvajismo bruto, pero sin malicia. ¡Y que no quiere poco á su padre el borriquito de Dios! Ayer me decía: _pa pa ca ja ta la pa_, que quiere decir: «verás qué bien te lo guardo todo». Claro, con un buen consejo de familia, que cuide de alimentar al niño y tenerlo aseado, se pueden ir acumulando los intereses, y aumentar el capital. Y luego, en la mayor edad, el hombrecito mío ha de ser todo lo que se quiera, menos pródigo, pues de eso sí que no tiene trazas. Será cazador, y no comerá más que legumbres. Ni tendrá afición al teatro, ni á la poesía, que es por donde se pierden los hombres, y esconderá el dinero en una olla para que no lo vea ni Dios... ¡Oh, qué hijo tengo, y qué gusto trabajar todavía unos cuantos años, muchos años, para llenarle bien su hucha!

Ya de día se contuvo el desorden cerebral; pero los fenómenos gástricos y nerviosos tomaron ya un carácter de franca insurrección, que anunciaba el término de la vida. Pronunciada por el médico la fatal sentencia, la Facultad se declaraba vencida. Sólo Dios podía salvarle, si tal era su santa voluntad; mas para ello tenía que hacer un milagro, en opinión de Miquis. Milagro ó favor, la testaruda Cruz no desesperaba de obtenerlo, y allí fué el discurrir y poner en práctica cuantos medios inspiraba la fe para impetrar de la Misericordia Divina la salud del excelentísimo señor Marqués viudo de San Eloy, y demás hierbas. Se repartieron limosnas en cantidad considerable, misas sin número fueron dichas en diferentes iglesias y oratorios, pidióse por telégrafo á Roma la bendición Papal, y en fin, como suprema efusión de la piedad, se determinó, previa licencia del señor Obispo, poner de Manifiesto el Santísimo en la capilla del palacio. Dicha la misa por Gamborena, quedó después expuesta Su Divina Majestad en magnífica custodia con viril de oro guarnecido de piedras preciosas que, con otras alhajas del culto, procedían, como el palacio, de la liquidación y saldo de Gravelinas. Sacerdotes y hermanitas en regular número, velaban el Santísimo, turnando de dos en dos en la guardia. Adornóse la capilla con las mejores preseas, y fueron encendidas multitud de luces. Todo era recogimiento y devoción en la suntuosa morada: las visitas entraban en ella como en la iglesia, pues desde que ponían el pie en el vestíbulo, notaban todos algo de patético y solemne, y les daba en la nariz el ambiente de catedral. Ocurría lo que se cuenta, en la primera quincena de Mayo, próxima ya la festividad de San Isidro, día grande de Madrid.

Gamborena, instalado provisionalmente en la casa, pasaba en la alcoba del paciente todo el tiempo que el servicio de la capilla le permitía. Sentado junto á la cama, leía en su breviario, sin desatender al enfermo; y si este rezongaba ó pedía de beber, dejaba el libro encima de la colcha para responderle ó servirle. Por la mañana, el abatimiento y taciturnidad de D. Francisco eran tan grandes como su excitación en la noche precedente. Sólo contestaba con monosílabos que más bien parecían gruñidos, y cerraba los párpados, como vencido de un sopor ó cansancio invencibles. Era el agotamiento de la energía muscular y nerviosa, el desgaste total de la máquina, cuyas piezas no engranaban ya, y apenas se movían. En cambio, las facultades mentales aparecían más despejadas, cuando por breve instante el sueño les permitía manifestarse.

—Amigo del alma, hermano mío—díjole Gamborena, acariciando sus manos,—¿se siente usted mejor? ¿Tiene conciencia de sí?

Con la cabeza contestó Torquemada afirmativamente.

—¿Se ratifica en lo que me declaró ayer, se somete á la voluntad de Dios, y cree en Él y en su divina misericordia?

Nueva contestación afirmativa con el mismo lenguaje mímico.

—¿Renuncia á todas las vanidades, se despoja de su egoísmo como de una vestidura pestilente, y humilde, pobre, desnudo, pide el perdón de sus culpas, y anhela ser admitido en la morada celestial?

No habiendo obtenido respuesta, repitió el misionero la pregunta, agregando conceptos muy del caso. De improviso abrió el infeliz Torquemada los ojos, y como si nada hubiera oído de lo que su confesor le decía, salió por otro registro, con voz cavernosa, tomando aliento cada cuatro palabras.

—Estoy muy débil... pero con los reparos saldré adelante, y no me muero, no me muero. Ya tengo bien calculadas las combinaciones de la conversión...

—¡Por Dios, déjese de eso!... Piense en Jesús y en su Santísima Madre.

—Jesús y su Santísima Madre... ¡Qué buenos son y con qué gusto les rezo yo para que me concedan la vida!

—Pídales que le concedan la inmortal, la verdadera salud, que jamás se pierde.

—Ya lo he pedido... y mis oraciones y las de usted, padrito, y las de Cruz... y las de todos han llegado al cielo..., donde se tiene muy en cuenta lo que piden las personas formales... Yo rezo, pero me distraigo alguna vez... porque me vienen al pensamiento cosas de mi juventud, que ya tenía olvidadas... ¡Esto sí que es raro! Ahora me acordaba de un sucedido... allá... cuando yo era muchacho... y lo veía tan claro como si me encontrase en aquel _momento histórico_.

Animándose poco á poco, prosiguió así:

—Ocurrió esto el día que llegué á Madrid. Tenía yo dieciséis años. Vinimos juntos yo y otro chico, que... le llamaban Perico Moratilla, y después fué militar y murió en la guerra de África... ¡Guapo chico! Pues como le digo, llegamos á la Cava Baja con lo puesto, y sin una mota. ¿Qué comeríamos? ¿Dónde pasaríamos la noche? Allá conseguimos de una vieja pollera, viuda de un maragato, unos mendrugos de pan... Moratilla tenía en su morral un pedazo grande de jabón, que le dieron más acá de Galapagar. Quisimos venderlo; no pudimos. Llegó la noche, y _velay_ que hicimos nuestra alcoba arrimados á los cajones de la Plazuela de San Miguel... Dormimos como unos canónigos hasta la madrugada, y al despertar, á entrambos se nos antojó tomar venganza de la puerquísima humanidad que en aquel desamparo nos tenía. Antes de que Dios amaneciera, nos fuímos á la escalerilla de la Plaza Mayor, y untamos de jabón todos los escalones de la mitad para arriba... Luego nos pusimos abajo, á ver caer la gente. Tempranito empezaron á pasar hombres y mujeres, y á resbalar, ¡zás! Era una diversión. Bajaban como balas, y algunos iban disparados hasta la calle de Cuchilleros... Este se rompía una pierna, aquél se descalabraba, y mujer hubo que rodó con las enaguas envueltas en la cabeza. En mi vida me he reído más. Ya que no comíamos, nos alimentábamos con la alegría. ¡Cosas de muchachos...! Fué una maldad. Pues tome nota, y ahí tiene un pecado que no le dije porque de él no me acordaba.

IX

Gamborena no le contestó. Le afligía la falta de unción religiosa que el enfermo mostraba, y la rebeldía de su espíritu ante el inevitable tránsito. Ó no creía en él, ó creyéndolo, se rebelaba contra la divina sentencia poseído de furor diabólico. Testarudo era el misionero, y no se dejaría quitar tan fácilmente la presa. Observóle el rostro, queriendo penetrar con sagaz mirada en su pensamiento, y ver qué ideas bullían bajo el amarillo cráneo, qué imágenes bajo los párpados abatidos. Hombre de mucha práctica en aquellos negocios, y expertísimo en catequizar sanos y moribundos, recelaba que el espíritu maligno, burlando las precauciones tomadas contra él, hubiese ganado solapadamente la voluntad del desdichado Marqués de San Eloy, y le tuviese ya cogido para llevársele. El buen sacerdote se preparó á luchar como un león; examinado el terreno y elegidas las armas, se trazó un plan, cuya estructura lógica se comprenderá por el siguiente razonamiento:

«Este desdichado es todo egoísmo, con su poco de orgullo, y desmedido amor á las riquezas. En el egoísmo, enorme peso, monstruoso bulto, hace presa el maldito Satán; la codicia le infunde su ardiente anhelo de vivir. Adora su yo, su personalidad viva, y mientras tenga esperanza de conservarse en sí, como es, no se conformará con la muerte, no dará entrada en su alma á la compunción ni á la gracia divina. Que pierda la esperanza, y el egoísmo se debilitará. Duro es, y á veces inhumano, quitar á los moribundos la última esperanza, cortar la hebra tenue con que el instinto se agarra á las materialidades de este mundo. Pero hay casos en que conviene cortarla, y yo la corto, sí, porque en ello veo, en conciencia, el único medio de arrancar al demonio maldito lo que no debe ser suyo, no y no mil veces... no lo será.»

Pensando esto, se dispuso á obrar con presteza.

—Sr. D. Francisco—le dijo, sacudiéndole por un brazo.

No respondió hasta la tercera vez.

—Sr. D. Francisco, óigame un instante.

—Déjeme ahora... Estaba pensando... Vamos, que me veía en aquellas fechas..., cuando entré en el Real Cuerpo de Alabarderos, y me puse por primera vez el uniforme.

—¿Por ventura, no tenemos ahora cosa de más provecho en qué pensar?

—Sí..., me siento bien, y pienso en mis cosas.

—¿Y no teme que pronto puede sentirse mal?

—Usted me ha dicho que me restableceré.

—Eso se dice siempre para consolar á los pobres enfermos. Pero á un hombre de carácter entero y de inteligencia superior, no se le debe ocultar la verdad.

—¿No me salvaré?—preguntó de súbito don Francisco, abriendo mucho los ojos.

—¿Qué entiende usted por salvarse?

—Vivir.

—No estamos de acuerdo: salvarse no es eso.

—¿Quiere usted decir que _debo_ morirme?

—Yo no digo que usted _debe_ morirse, sino que el término de la vida ha llegado, y que es urgente prepararse.

La estupefacción paralizó la lengua de Torquemada, que por un mediano rato tuvo clavados sus ojos en el rostro del confesor.

—¿De modo que... no hay remedio?

—No.

Pronunció este _no_ el sacerdote con la calculada energía que el caso, á su parecer, demandaba, creyendo cumplir con un deber de conciencia, dentro de las atribuciones de su alto ministerio. Fué como un hachazo. Creyó que debía darlo, y lo dió sin consideración alguna. Para Torquemada fué como si una mano de formidable fuerza le apretara el cuello. Puso los ojos en blanco, soltó de su boca un sordo mugido, y cuerpo y cabeza se hundieron más en las blanduras del lecho, ó al menos pareció que se hundían.

—Hermano mío—le dijo Gamborena,—más propia de un buen cristiano es en estos instantes la alegría que la aflicción. Considere que abandona las miserias de este mundo execrable, y entra á gozar de la presencia de Dios y de la bienaventuranza, premio glorioso de los que mueren en el aborrecimiento del pecado y en el amor de la virtud. Basta con que dirija todos sus pensamientos, todas sus facultades á Jesús divino, y le ofrezca su alma. Ánimo, hijo mío, ánimo para renunciar á los bienes caducos y á toda esta putrefacción terrenal; y fervor, amor, fuego del alma para remontarse al seno de Nuestro Padre, que amoroso ha de recibirle en sus brazos.

Nada dijo D. Francisco, y el confesor temió que hubiera perdido el conocimiento. Abatidos los párpados, fruncido el entrecejo, la boca fuertemente cerrada, chafando un labio contra otro, el enfermo se desfiguró visiblemente en breve tiempo. Su piel era como papel de estraza, y despedía un olor ratonil, síntoma comúnmente observado en la muerte por hambre. ¿Dormía ó había caído en un colapso profundo, precursor del sueño eterno? Fuera lo que fuese, ello es que al meterse en sí como caracol asustado que se esconde dentro de su cáscara, percibió vagas imágenes, y sintió emociones que conturbaron su alma casi desligada ya de la materia. Creyóse andando por un camino, al término del cual había una puerta no muy grande. Más bien era pequeña; pero ¡qué bonita!... el marco de plata, y la hoja (porque no tenía más que una hoja) de oro con clavos de diamantes; diamantes también en las bisagras, en el llamador, y en el escudillo de la cerradura. Y los constructores de la tal puerta habíanla hecho con monedas, no fundidas, sino claveteadas unas sobre otras, ó pegadas no se sabía cómo. Vió claramente el cuño de Carlos III en las pálidas peluconas, duros americanos y españoles, y entre ellos preciosas moneditas de las de _veintiuno y cuartillo_. Miraba el tacaño la puerta sin atreverse á poner su trémula mano en el aldabón, cuando oyó rechinar la cerradura. La puerta se abría desde dentro por la mano del beatísimo Gamborena; pero no se abría lo suficiente para que pudiera entrar una persona, aunque sí lo bastante para ver que el buen misionero vestía como el San Pedro de la cofradía de prestamistas en la cual él (D. Francisco) había sido mayordomo. La calva reluciente, los ojuelos dulces no se le despintaron desde fuera. Observó que estaba descalzo, y que llevaba sobre los hombros una capa con embozos colorados, bastante vieja.

Miróle el portero sonriendo, y él se sonrió también, movido de temor y esperanza, diciendo:

—¿Puedo entrar, Maestro?

X

Tantas veces le llamó Gamborena, hablándole con la boca casi pegada á la oreja, que al fin respondió, como despertando.

—Sí, Maestro, sí me he quedado con las ganas de saber...

—¿Qué?

—Si me dejaba entrar ó no. Á ver... ¿tiene ahí las llaves?

—No piense en las llaves, y dígame con brevedad si son sinceros sus deseos de entrar, si ama á Jesucristo y anhela ser con Él, si reconoce sus pecados, el vicio infame de la avaricia, la crueldad con los inferiores, la falta absoluta de piedad para con el prójimo, la tibieza de sus creencias.

—Reconozco—dijo Torquemada con sorda voz, que apenas se oía.—Reconozco..., y confieso.

—Y ahora, todos sus pensamientos son para Jesús, y si alguna idea ó algún afán de los que le extraviaron en vida viene á turbar esa paz, esa resignación dulce con que aguarda su fin, usted lo rechazará, usted rechazará ese sentimiento, esa idea...

—La rechazo... sí... Jesús...—murmuró el enfermo.—¿Pero usted abre?... dígame si abre. Porque si no..., aquí me quedo, y... Á bien que no es floja empresa..., convertir el Exterior y las Cubas en Interior...

—Hijo mío, desprecie toda esa inmundicia.

—¡Inmundicia!, ¿lo llama inmundicia?...

Siguió rezongando muy por lo bajo. No se le entendía. Su habla era como el gorgoteo profundo de un manantial en el fondo de una caverna.

Desconsolado y lleno de inquietud, Gamborena tuvo por cierto que la lucha seguía empeñada entre él y Satanás, disputándose la posesión de un alma próxima á lanzarse á lo infinito. ¿Quién vencería? Dotado de facultades poéticas, la mente del clérigo vió representada en imágenes la formidable batalla. Del otro lado del lecho, por la parte de la pared, estaba el Demonio, tanto más traidor cuanto más invisible. El sacerdote cristiano sugería por la izquierda; el enemigo de todo bien por la derecha. Gamborena tenía por su lado el corazón. Puso sobre él la mano, y apenas le sentía latir. Probó llamar al entendimiento, con esperanza de que aún respondiera, pero el entendimiento no quiso darse por entendido, ó ya no ejercía autoridad sobre la palabra. Los gemidos inarticulados, las rudas expresiones irónicas que moduló el frío labio del moribundo, sonaron en el oído del sacerdote como inspiradas por el enemigo que de la otra parte luchaba encarnizadamente.

Anochecía, y el misionero hubo de abandonar por un rato su puesto de combate, para acudir á la capilla á Reservar el Santísimo. En esta imponente ceremonia, á la que asistieron la familia, la servidumbre, y muchos amigos de la casa, elevó el buen padrito su espíritu con ardiente fervor á la Majestad Omnipotente, implorando sostén y auxilio para salir victorioso en la tremenda lucha. Encomendó con plegaria dolorida el alma del triste pecador, y pidió para él la gracia por los maravillosos medios que sólo Dios sabe y emplea, supliendo la ineficacia de los medios humanos. La emoción del buen sacerdote se traslucía en su semblante grave y en la dulzura de sus ojos. Cuando terminó el acto, pudo observar que muchos de los presentes tenían el rostro encendido de llorar.

Y otra vez allá, al campo de batalla. En el breve tiempo que duró la Reserva, habíase desfigurado tanto el rostro del pobre enfermo, que Gamborena le hubiera desconocido, si no estuviese acostumbrado á tales mudanzas del humano semblante en trances como aquél. Si cada transformación de las facciones pudiera expresarse por espacios de tiempo, y la descomposición fisionómica se representara por edades, don Francisco Torquemada tenía ya novecientos años, como Matusalén.

Por acuerdo entre la familia y el doctor, se suprimió la medicación de última hora, que no sirve más que para disputar algunos instantes á la muerte, atormentando inútilmente al enfermo. La ciencia nada tenía que hacer allí: bien lo demostró la salida de Miquis y su paso por la gran galería hacia fuera, paso en el cual pudiera verse cierta tristeza, pero también resolución, como de un hombre que siente no haber triunfado allí, y que se dirige á otra parte donde triunfar espera. Despedida la Ciencia, á la Religión correspondía lo restante, que era mucho, á juicio de todos. Gamborena y una hermana de la Caridad ocuparon los dos costados del lecho que pronto sería mortuorio. La familia se retiró al próximo gabinete.

Don Francisco abría con ansia su boca, en demanda de agua, que le daba la monjita. Angustiosa era su respiración, con un pausado ritmo que desesperaba. Llegó un momento en que la suspensión casi instantánea del estertor, les hizo creer que había muerto, y ya se disponían á la prueba del espejillo, cuando Torquemada respiró de nuevo con relativa fuerza, y dijo algunas palabras.

—Exterior y Cubas... mi alma... la puerta.

Les miró. Pero sin duda no les conocía. Volviéndose hacia la monja, le dijo: ¿Abre usted, ó no abre? Quiero entrar...

Gamborena suspiraba. Su intranquilidad subió de punto, observando en la mirada del moribundo la expresión irónica que en él era común cuando hablaba de cosas de ultratumba. Díjole el misionero palabras muy sentidas; pero él no pareció comprenderlas. Sus ojos, que allá en lo profundo de las cuencas amoratadas apenas brillaban ya, no se fijaban en objeto alguno, y se movían inciertos, buscando... Dios sabe qué. Gamborena vió en ellos la desconfianza, que casi era la base de aquella personalidad próxima á extinguirse.

Por el otro lado, la monjita le decía con ferviente anhelo que invocase á Jesús, y mostrándole un crucifijo de bronce, lo aplicó á sus labios para que lo besara. No se pudo asegurar que lo hiciera, porque el movimiento de los labios fué imperceptible. Cuando le administraron la Extremaunción, no se dió cuenta de ello el enfermo. Poco después tuvo otro momento de relativa lucidez, y á las exhortaciones de la monjita, respondió, quizás de un modo inconsciente:

—Jesús, Jesús, y yo... buenos amigos... Quiero salvarme.