Torquemada y San Pedro

Part 14

Chapter 143,783 wordsPublic domain

Descansó después algunas horas, y á la madrugada volvió el padrito á cogerle por su cuenta, temeroso de que se le fuera de entre las manos. Pero no: bien asegurado estaba, humilde y con timidez mimosa de niño enfermo, descompuesto el carácter, del cual sólo quedaban escorias, destruída su salvaje independencia. La certidumbre de su próximo fin le transformaba sin duda, obraba en su espíritu como la enfermedad en su organismo, devorándolo, con efectos semejantes á los del fuego, y reduciéndolo á cenizas. Su voz quejumbrosa despertaba en cuantos le oían una emoción profunda. El genio quisquilloso y las expresiones groseras y disonantes, ya no atormentaban á la familia y servidumbre. Todo era concordia, lástima, perdón, cariño. Tal beneficio había hecho la muerte, con sólo llamar á la puerta del pecador. Agobiado éste por el mal, que de hora en hora le iba consumiendo, apenas tenía fuerzas para articular palabras breves, de ternura para su hija y para Cruz, de bondad paternal para las demás personas que le rodeaban. No se movía; su cara terrosa hundíase en las almohadas, y en la cara los ojos, con los cuales hablaba más que con la lengua. Creyérase que con ellos imploraba el perdón de su egoísmo. Y con ellos parecía decir también: «Os lo entrego todo, mi alma y mis riquezas, mi conciencia y mi carácter, para que hagáis de ello lo que queráis. Ya no soy nada, ya no valgo nada. Heme vuelto polvo, y como polvo os pido que sopléis en mí para lanzarme al viento y difundirme por los espacios.»

Lleváronle el Señor ya muy avanzada la mañana, sin pompa, con asistencia tan sólo de las personas de mayor intimidad. Más hermosa que nunca pareció aquel día la mansión ducal, sirviendo de marco espléndido á la patética ceremonia, y al concurso grave que desfiló por el vestíbulo y galerías espaciosas, pobladas de representaciones de la humana belleza. La servidumbre, muy mermada desde el _modus vivendi_, asistió de rigurosa etiqueta. La capilla, que con tanta cera encendida era una áscua de oro, se llenó de monjitas blancas y azules, de señoras con mantilla negra. En la alcoba del enfermo púsose un altar, con el tríptico de Juan Eyck, que había presidido la capilla ardiente de Fidela. La entrada del _Viático_ produjo en todo cuanto contenía la cavidad de aquella morada de príncipes, en todo absolutamente, lo vivo y lo figurado, personas y cosas, arte y humanidad, una emoción profunda. Al penetrar la Majestad Divina en la alcoba, la emoción total fué más intensa, realzada por el silencio que dentro y fuera envolvía el solemne acto. La voz del sacerdote sonó con placidez amorosa en medio de aquella paz. Las llamas movibles de los hachones teñían de un amarillo de oro viejo la escena y sus figuras. Al recibir á Dios, D. Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, parecía otro. No era el mismo de antes, ni tampoco el mismo de la noche anterior, con la cara terrosa y los ojos apagados. Fuese por el reflejo de las luces ó por alguna causa interna, ello es que la piel de su rostro recobró los colores de la vida, y su mirada la viveza de sus mejores tiempos. Expresaba un respeto hondo, una cortedad de genio que rayaba en pueril timidez, una compunción indefinible, que lo mismo podía significar todas las ternezas del alma que todos los terrores del instinto.

Terminado el acto, prodújose el ruido de la salida, las pisadas, los rezos, el _tilín_ de la campana: la procesión descendió la escalera, y recorriendo de nuevo la gran galería, salió á la calle, volviendo todas las cosas del palacio á su ser natural.

En la capilla se aglomeró mucha gente: unos entraron ávidos de oración, otros de admirar las preciosidades artísticas que adornaban el altar. Y el enfermo, en tanto, después de hablar poco y bueno con Gamborena, Cruz y Donoso, en lenguaje afectuoso, cándido, sencillo, congratulándose de todo corazón de lo que había hecho, y recibiendo con alegría los parabienes, sintió viva necesidad de descanso, como si el acto religioso determinara en su fatigado organismo una sedación intensísima. Cerrando los párpados, durmió tan sosegada y profundamente, que al pronto le creyeron muerto. Pero no: dormía como un bendito.

VI

La familia y amigos vieron con regocijo aquel descanso del pobre enfermo, aunque tenían por inevitable el término funesto del mal. En la estancia próxima á la alcoba, hallábanse todos, esperando á ver en qué pararía sueño tan largo, y si Donoso y Cruz manifestaron cierto recelo, no tardó en tranquilizarles Augusto Miquis diciéndoles que aquel dormir era de los que traen el descanso y la reparación del organismo, fenómeno lisonjero en el proceso de la enfermedad, sin que por ello disminuyera el peligro inminente é irremediable. Convenía, pues, no turbar aquel sueño, precursor de un alivio seguro, aunque de corta duración. Esperaron, no sin cierta desconfianza de lo que el doctor les dijo, y por fin, ya muy avanzada la tarde oyendo que D. Francisco daba una gran voz, acudieron presurosos allá, y le vieron desperezándose y bostezando. Estiró los brazos todo lo que pudo, y luego, con semblante risueño, les dijo:

—Estoy mejor... Pero muy mejor... Probad á darme algo de comer, que... maldita sea mi suerte si no tengo un poquitín de hambre.

Oyóse en torno al lecho un coro de plácemes y alabanzas, y pronto le trajeron un _consommé_ riquísimo, del cual tomó algunas cucharadas, y encima un trago de Jerez.

—Pues miren, mucho tiempo hace que no paso el alimento con tan buena disposición. Tengo lo que se llama apetito. Y me parece que esta substancia me caerá bien...

—¿Qué tiene usted que decir ahora?—le preguntó Cruz gozosa y triunfante.—¿Es ó no cosa probada que el cumplir nuestros deberes de cristianos católicos nos trae siempre bienes, sin contar los del alma?

—Sí, tiene usted razón—replicó D. Francisco, sintiendo que se le comunicaba el júbilo de su familia y amigos.—Yo también lo creía... y por eso me apresuré á recibir al Señor. ¡Bendito sea el _Sér Supremo_ que me ha dado esta mejoría, esta resurrección, _por decirlo así_, pues si esto no es resucitar, que venga Dios y lo vea! Y yo había oído contar casos verdaderamente milagrosos... enfermos desahuciados que sólo con la visita de Su Divina Majestad volvieron á la vida y á la salud. Casos hay, y bien podría suceder que yo fuera uno de los más sonados.

—Pero por lo mismo que tenemos mejoría—díjole Donoso, que no quería verle tan parlanchín,—conviene guardar quietud, y no hablar demasiado.

—¿Ya sale usted, amigo Donoso, con sus parsimonias y sus camaldulerías? Pues, si me apuran, soy capaz de... ¿Qué apuestan á que me levanto y voy á mi despacho, y...?

—Eso de ninguna manera.

—¡Jesús, qué desatino!

Y las manos de todos se extendieron sobre él como para sujetarle, por si realmente intentaba _llevar á cabo_ su insana idea.

—No, no asustarse—dijo el enfermo afectando docilidad.—Ya saben que no obro nunca con precipitación. En la camita estaré hasta que acabe de reponerme. Y crean, como yo creo en Dios y le reverencio, que me siento mejor, muy mejor, y que estoy en vías de curación.

—Opino, mi Sr. D. Francisco—le dijo Gamborena muy cariñoso,—que la mejor manera de expresar su gratitud al Dios Omnipotente, que hoy se ha dignado visitarle y ser con usted en cuerpo y sangre, consiste en la conformidad con lo que Él determine, cualquiera que su fallo sea.

—Tiene razón, mi buen amigo y maestro—replicó Torquemada, llamándole á sus brazos.—Á usted, á usted le debo la salud, digo, este alivio. Yo me avengo á todo lo que el Señor quiera disponer respecto á mí. Si quiere matarme, que me mate; no me opongo. Si quiere sanarme, mejor, mucho mejor. Tampoco debo hacer ascos á la vida, si el bendito Señor quiere dármela por muchos años más... ¡Oh, padrito, qué bueno es estar bien con Dios, decirle todos los pecados, reconocer uno los puntos negros de su carácter, acordarse de que nunca ha sido uno blando de corazón, y en fin llenarse de buena voluntad y de amor divino! Por que, _sin ir más lejos_, Dios hizo el mundo, después padeció por nosotros... esto es _obvio_. Luego debemos amarle, y hacer, y sentir, y pensar todo lo que nos diga el bueno del padrito. Conforme, conforme; deme usted otro abrazo, Sr. Gamborena, y tú, Rufinita, abrázame también, y abrácenme Cruz y Donoso. Bien, ya estoy contento, porque me reconozco buen cristiano, y juntos damos gracias al Todopoderoso por haberme curado, digo, aliviado... Sea lo que Él quiera, y cúmplase su voluntad.

—Bien, bien.

—¡Qué bueno es el Señor! Y yo qué malo hasta ahora por no haberlo declarado y reconocido _á priori_. Pero no viene tarde quien á casa llega, ¿verdad?

—Verdad.

—¡Que viva Jesucristo y su Santa Madre! ¡Y yo, miserable de mí, que desconfiaba de la infinita misericordia! Pues ahora no desconfío; que bien clara la veo. Y no me vuelvo atrás, ¡cuidado! de nada de lo que concedí y determiné. El Señor me ha iluminado, y ahora he de seguir una _línea de conducta diametralmente opuesta_...

Á ninguno de los presentes le pareció bien que hablase tanto; ni les gustaba verle tan avispado. Diéronle otro poco de caldo y de vino, que le cayó tan bien como la dosis que había tomado anteriormente, y previo acuerdo de la familia, dejáronle sólo con Donoso que aprovechar quiso la mejoría para hablarle de las disposiciones testamentarias, y acordar los _últimos detalles_ á fin de que todo quedase hecho aquel mismo día. Hablaron sosegadamente, y Torquemada confirmó sus resoluciones respecto á la manera de distribuir sus cuantiosas riquezas. El buen amigo le propuso algunos _extremos_, que el otro aceptó sin vacilar. Como era hombre que nunca dejaba de poner reparos á lo que no había discurrido él mismo, Donoso veía con recelo tanta mansedumbre.

—Todo, todo lo que usted quiera—le dijo Torquemada.—Hágase el testamento, _concebido en los términos_ que usted crea oportunos... En todo caso, las disposiciones testamentarias pueden modificarse el día de mañana, ó cuando á uno le acomode.

Donoso se calló, y siguió tomando nota.

—No quiere decir que yo piense modificarlas—añadió D. Francisco, que por el desahogo con que hablaba parecía completamente restablecido.—Soy hombre de palabra; y cuando digo _¡hecho!_, la operación queda cerrada. No, no quiero en manera alguna romper mis buenas relaciones con el Sr. Dios, que tan bien se ha portado conmigo... ¡No faltaba más! Soy quien soy, y Francisco Torquemada no se vuelve atrás de lo dicho. El tercio enterito para la santa Iglesia, repartido entre los distintos institutos religiosos que se dedican á la enseñanza y á la caridad... Se entiende que eso será después de mi fallecimiento... Claro.

Trataron de otros _extremos_ que al nombramiento de albaceas _se contraía_, y Donoso, con todos los datos bien seguros, le incitó á la quietud, al silencio, y casi estuvo por decir á la oración mental; pero no lo dijo.

—Conforme, mi querido D. José María—replicó el enfermo;—pero al sentirme bien, no puede desmentirse en mí el hombre de actividad. Confiéseme usted que yo tengo siete vidas como los gatos. Vamos, que de ésta escapo. No, si estoy muy agradecido á Su Divina Majestad, pues la salud que recobraré, ¿á quién se la debo? Verdad que yo puse de mi parte cuanto se me exigió, y estoy muy contento, pero muy contento de ser buen cristiano.

—Digo lo que Gamborena: que hay que conformarse con la voluntad de Dios, y aceptar de Él lo que quiera mandarnos, la vida ó la muerte.

—Justamente, lo que yo digo y sostengo también, _de motu propio_; y la voluntad de Dios es ahora que yo viva. Lo siento en mi alma, en mi corazón, en toda mi _economía_, que me dice: «vivirás para que puedas realizar tu magno proyecto.»

—¿Qué proyecto?

—Pues al abrir los ojos después de aquel sueño reparador, me sentí con las energías de siempre en el pensamiento y en la voluntad. Desde que volví á la vida, mi querido D. José, se me llenó la cabeza de las ideas que hace tiempo vengo _acariciando_, y hace poco, mientras abrazaba á toda la familia, pensaba en las combinaciones que han de hacer factible el negocio.

—¿Qué negocio?

—¡Hágase usted el tonto! ¿Pues no lo sabe? El proyecto que presentaré al Gobierno para convertir el _Exterior_ en _Interior_... Con ello se salda la deuda flotante del Tesoro, y se llegará á la unificación de la deuda del Estado, _bajo la base de Renta única perpetua Interior, rebajando el interés á tres por ciento_. Ya sabe usted que en la conversión se incluyen los _Billetes Hipotecarios de Cuba_.

—¡Oh!... sí, gran proyecto—dijo Donoso alarmado de la excitación cerebral de su amigo;—pero tiempo hay de pensarlo. Para eso el Gobierno tiene que pedir autorización á las Cortes.

—Se pedirá, hombre, se pedirá, y las Cortes la concederán. No se apure usted.

—Yo no me apuro, digo que no debemos, por el momento, pensar en esas cosas.

—Pero venga usted acá. Al sentirme aliviado y en vías de curación, veo yo la voluntad de Dios tan clara, que más no puede ser. Y el Señor, dígase lo que se quiera, me devuelve la vida, á fin de que yo realice un proyecto tan beneficioso para la humanidad, ó, _sin ir tan lejos_, para nuestra querida España, nación á quien Dios tiene mucho cariño. Vamos á ver: ¿no es España _la nación católica por excelencia_?

—Sí, señor.

—¿No es justo y natural que Dios, ó sea la Divina Providencia, quiera hacerle un gran favor?

—Seguramente.

—Pues ahí lo tiene usted: ahí tiene por qué el _Sumo Hacedor_ no quiere que yo me muera.

—¿Pero usted cree que Dios se va á ocupar ahora de si se hace ó no se hace la conversión del _Exterior_ en _Interior_?

—Dios todo lo mueve, todo lo dirige, lo mismo lo pequeño que lo grande. Lo ha dicho Gamborena. Dios da el mal y el bien, según convenga, á los individuos y á las naciones. Á los pájaros les da el granito ó la pajita de que se alimentan, y á las _colectividades_... ó un palo cuando lo merecen, _verbigracia_, el Diluvio Universal, las pestes y calamidades, ó un beneficio, para que vivan y medren. ¿Le parece á usted que Dios puede ver con indiferencia los males de esta pobre nación, y que tengamos los cambios á veintitrés? ¡Pobrecito comercio, pobrecita industria, y pobrecitas clases trabajadoras!

—Sí, muy bien. Me gusta esa lógica—díjole Donoso, creyendo que era peor contrariarle.—No hay duda de que el Autor de todas las cosas desea favorecer á la católica España, y para esto, ¿qué medio mejor que arreglarle su Hacienda?

—Justo...—agregó Torquemada con énfasis.—No sé por qué razón no ha de mirar Su Divina Majestad las cosas financieras, como mira un buen padre los trabajos diferentes á que se dedican sus hijos. Es muy raro esto, señores beatos: que en cuanto se habla de dinero, del santo dinero, habéis de poner la cara muy compungida. ¡Biblias! Ó el Señor tira de la cuerda para todos, ó para ninguno. Ahí tiene usted á los militares, cuyo oficio es matar gente, y nos hablan del _Dios de las Batallas_. Pues ¿por qué, ¡por vida de los _ñales_! no hemos de tener también el _Dios de las Haciendas_, el _Dios de los Presupuestos, de los Negocios_ ó _del Tanto más Cuánto_?

VII

—Por mí—replicó Donoso,—que haya ese Dios, y cuantos á usted le acomoden. De la conversión hablaremos despacio, y ahora, calma, calma, hasta recobrar la salud por entero. Hablar poquito, y no discurrir más que lo absolutamente necesario... Y yo me voy á casa del notario á llevar estos apuntes. Todo podrá quedar concluído esta noche, y lo leeremos y firmaremos cuando usted disponga.

—Bien, mi querido amigo. Todo se hará según lo resolvimos ayer... ó anteayer: ya no me acuerdo. Ya se sabe: mi palabra es sagrada, sacratísima, como quien dice...

Fuese Donoso no sin advertir á la familia la hiperemia cerebral que D. Francisco revelaba; para que procurasen todos no _dar pábulo_ á un síntoma tan peligroso. Así lo prometieron; más cuando pasaron á la cabecera del enfermo, halláronle calmado. No les habló de negocios, sino de su conformidad con la voluntad del Señor. En verdad que el hombre estaba edificante. Sus ojuelos resplandecían febriles, y sus manos acompañaban con gesto expresivo la palabra. Hablóle Cruz de cosas místicas, de la infinita misericordia de Dios, de lo preciosa que es la eternidad, y él contestaba con breves frases, mostrándose en todo conforme con su ilustre hermana, y añadiendo que Dios castiga ó premia á los individuos y á las nacionalidades, según los merecimientos de cada cual.

—Naturalmente, á la nación que profesa la verdad, y es buena católica la protege y hasta la mima. Esto es _obvio_.

Continuó toda la prima noche en relativa tranquilidad, y á eso de las nueve y media, llegaron los testigos para el testamento, cuya lectura y firma no quiso diferir Donoso, pues si era muy probable que D. Francisco continuase en buena disposición al siguiente día, también podría suceder lo contrario, y que su cabeza no rigiese. La misma opinión sostuvo Gamborena: cuanto más pronto se quitase de en medio aquel trámite del testamento, mejor. Reunidos en el salón los testigos, mientras aguardaban al notario, Donoso les dió una idea, _á grandes rasgos_, de la estructura y contenido de aquel documento. Empezaba el testador con la declaración solemne de sus creencias religiosas, y con su acatamiento á la santa Iglesia. Ordenaba que fuesen modestísimas sus honras fúnebres, y que se le diese sepultura junto á su segunda esposa la Excelentísima... etc... Dejaba á sus hijos, Rufina y Valentín, los dos tercios de su fortuna, designando para cada uno partes iguales, ó sea el tercio justo. Esta igualdad entre la legítima de los dos hijos, el de la primera y la segunda esposa, fué idea de Cruz, que todos alabaron, como una prueba más de la grandeza de alma de la ilustre señora. Si se hacía la liquidación de gananciales, la parte de Valentín habría de ser mayor que la de Rufinita. Más sencillo y más generoso era partir por igual, fijando bien los términos de la disposición para evitar cuestiones ulteriores entre los herederos. En otra cláusula era nombrado el Sr. Donoso tutor de Valentín, y se tomaban las precauciones oportunas para que la voluntad del testador fuera puntualmente cumplida.

Y, por fin, el tercio del capital se destinaba íntegro á obras de piedad, nombrándose una junta que con los señores testamentarios procediese á distribuirlo entre los institutos religiosos que el testador designaba. Enterados de las bases, disertaron luego los señores testigos sobre la cuantía del caudal que se dejaba por acá el señor D. Francisco al partir para el otro mundo. Las opiniones eran diversas: quién se dejaba correr á cifras más que fabulosas; quién opinaba que más era el ruido que las nueces. El buen amigo de la casa, orgulloso de poder dar en aquel asunto los informes más cercanos á la verdad, afirmó que el capital del señor Marqués, viudo de San Eloy no bajaría de treinta millones de pesetas, oído lo cual por los otros, abrieron un palmo de boca, y cuando el estupor les permitió hablar, ensalzaron la constancia, la astucia y la suerte, fundamentos de aquel desmedido montón de oro.

Llegado el notario, procedióse á la lectura, durante la cual mostró el testador serenidad, sin hacer observación alguna, como no fuera un par de frasecillas alusivas á la desmesurada longitud del documento. Pero todo tiene su término en este mundo: la última palabra del testamento fué leída, y firmaron todos, Torquemada con mano un tanto trémula. Donoso no ocultaba su satisfacción por ver felizmente realizado un acto de tantísima transcendencia. El enfermo fué congratulado por su mejoría, que él corroboró de palabra, atribuyéndola á la infinita misericordia de Dios, y á sus _inexcrutables_ designios, y le dejaron descansar, que bien se lo merecía después de tan larga y no muy amena lectura.

Tras el notario, el médico, que incitó á don Francisco al reposo, prohibiéndole toda cavilación, y asegurándole que cuanto menos pensara en negocios más pronto se curaría. Dispuso algunas cosillas para el caso, no improbable, de que se presentasen fenómenos de extremada gravedad, y se fué, indicando á la familia su propósito de volver á cualquier hora que se le llamase, y añadiendo su escasa confianza en aquel alivio engañoso y traicionero. Con tales augurios, quedáronse á velar Rufinita, Cruz y el sacerdote. Muy sosegado en apariencia seguía Torquemada, pero sin sueño, y con ganas de que le acompañaran y le dieran conversación. Repetía las seguridades de su restablecimiento próximo, y satisfecho de haber hecho las paces _con Dios y con los hombres_, fundaba en aquella cordialidad de relaciones mil proyectos risueños.

—Ahora que marchamos de acuerdo, hemos de hacer algo que sea muy sonado.

Poco le duraron estas bonitas esperanzas, porque á la madrugada, después de un letargo brevísimo, se sintió mal. Viva inquietud, picazones en la epidermis tuviéronle largo rato dando vueltas en la cama y tomando las más extrañas posturas. Maldecía y renegaba, olvidado de su flamante cristianismo, culpando á la familia, al ayuda de cámara, que le había echado _pica-pica_ en las sábanas, para impedirle dormir. De improviso presentáronse vivos dolores en vientre que le hicieron prorrumpir en gritos descompasados, y encorvarse, y retorcerse, cerrando los puños y desgarrando las sábanas:

—Pues esto—decía, con espumarajos de ira,—no es más que debilidad... El estómago que se subleva contra el no comer... ¡Maldito médico! me está matando. ¡Y yo que, ahora mismo, me comería medio cabrito!...

Aplicóle Quevedo algunas inyecciones, y diéronle caldo helado. Pero no había concluído de tragarlo, cuando las horribles arcadas y mortales angustias demostraron la incapacidad de aquel infeliz estómago para recibir alimento.

—¿Pero qué demonios me habéis dado aquí?—decía en medio de sus ansias.—Esto sabe á infierno... Se empeñan en matarme, y han de salirse con ella, por no tener yo á nadie que mire por mí, ¡Señor, Señor, confúndeles, confunde á nuestros enemigos!

Desde aquel momento cesó en él toda tranquilidad de cuerpo y de espíritu, sus ojos se desencajaron, su boca no supo pronunciar una palabra cariñosa.

—¡Vaya, que este retroceso de _ñales_...! Aquí hay engaño... No, pues lo que es yo no me entrego... Que llamen á Miquis... ¡Menuda cuenta me va á poner ese danzante! Pero como no me cure, ya verá él... Ahí es nada lo del ojo... ¡Qué dirá la nación, qué la humanidad, qué el mismísimo Sér Supremo!... Vaya, que no le pago, si no me cura... Eh, Cruz, ya lo sabe usted. Si _por casualidad_ me muero, la cuenta del médico no hay que abonarla... Que coja un trabuco y se vaya á Sierra Morena... ¡Oh, Dios mío, qué malo me he puesto!... _Heme aquí_ con ganas de comer, y sin poder meter en mi cuerpo ni un buche de agua, por que lo mismo es tragarlo, que toda la _economía_ se me subleva, y se arma dentro de mí la de Dios es Cristo.

Sentado en la cama, ya elevaba los brazos, echando la cabeza para atrás, ya se encorvaba, quedándose como un ovillo, la cara entre las manos, los codos tocando á las rodillas. Gamborena se acercó para recomendarle la paciencia y la conformidad. Encaróse con él D. Francisco y le habló así: