Torquemada y San Pedro

Part 13

Chapter 133,926 wordsPublic domain

—Bueno es eso—dijo Gamborena con dulzura,—pero no es todo lo que yo quiero...—No veo que salgan del corazón esas ofrendas. Paréceme que usted las dispone como un acto de cumplido, como pagar una visita, como dejar una tarjeta en el momento de salir para un viaje. ¡Ay, amigo mío! Cuando usted parta para el viaje supremo, ha de llevar tanto peso en su alma, que le ha de costar trabajillo remontar el vuelo.

—¿Peso... peso?—murmuró el tacaño con tristeza.—¡Si nada de lo que tengo he de llevarme, y todito se ha quedar por acá!

—Eso es lo que usted siente, que las riquezas aquí se quedan, y no hay que pensar en su transporte á la eternidad, donde maldita la falta que hacen. Allí, las riquezas que se cotizan, tienen otro nombre: llámanse _buenas acciones_.

—¡Buenas acciones! ¿Y con buenas acciones tengo segura la...?—dijo Torquemada, dando de mano á su marrullería.

—Pero esas buenas acciones no las veo en usted, que es todo sequedad de corazón, egoísmo, codicia.

—¿Sequedad de corazón? Me parece que no está usted en lo cierto. Sr. Gamborena, yo quiero á mis hijos, al primero sobre todo, le adoraba; yo quise á mis dos señoras, á mi Silvia, y á la que he perdido este año.

—¡Vaya un mérito! ¡Querer á los hijos!... ¡Si hasta los animales los quieren! Si de sentimiento tan primordial estuviese privado el Sr. Marqués de San Eloy, sería un mónstruo más ó menos _eximio_... ¡Querer á su esposa, á la compañera de su vida, á la que le daba posición social, un nombre ilustre!... ¿Pues qué menos? Y cuando Dios se la llevó, usted se afligía, es cierto; pero también rabiaba, protestando de que no se hubiera muerto Cruz, en vez de morirse Fidela. Es decir, que se habría alegrado de ver morir á su hermana política.

—¡Hombre, tanto como alegrarme!... Pero planteado el _dilema_ entre los dos, no podía dudar un momento.

—Déjese de dilemas. Usted me ha confesado que deseaba la muerte de Cruz.

—Bueno, pues sí, yo...

—La sequedad de corazón está bien demostrada. Y la sordidez, la codicia... ciego será quien no las vea, y usted mismo debe reconocer esas horribles llagas de su sér, y confesarlas.

—Confesado... Arreando. Uno es como es, y no puede ser de otra manera. Sólo cuando se acerca el fin, ve uno más claro, y como ya no tiene intereses acá, naturalmente, llama por lo de allá... Y lo peor es que nos salen con esa matraca de las buenas acciones cuando ya no tenemos tiempo de... _verificarlas_ ni malas ni buenas.

—Tiempo tiene usted todavía.

—Lo mismo pienso—dijo el Marqués con cierto brillo en los ojos,—porque de ésta no caigo. Tengo tiempo, ¿verdad?

—Seguramente, y lo aprovecharemos en seguida.

—¿Cómo?

—Dándome usted su capa.

—¡Ah!... ¿con que quiere usted la capita? ja, ja...

—Sí, sí; pero entendámonos: quiero la nueva.

—Hola, hola... ¿la nueva?

—La nuevecita, el número uno. En aquella ocasión, pase que me diera usted un guiñapo que no le servía para nada. Hoy me tiene que dar la prenda que más estime...

—¡Caramba!

—Y además, quiero también su levita, su gabán, chaleco, en fin, la mejor ropa que el excelentísimo Sr. Marqués posea.

—Me va usted á dejar en cueros vivos.

—Así andará más ligero.

—¡Pues no estará poco majo el hombre con toda mi ropa..., ni poco abrigado en gracia de Dios!

—No, si no quiero esas prendas para mí. Ya ve: estoy bien vestido, y no carezco de nada. Las pido para otros que están desnudos.

—Total, que tengo que vestir á mucha gente.

—Y abrigarles el estómago, darles lo que á usted ninguna falta le hace ya. Pero ello ha de ser con efusión del alma, como me dió la capa vieja el D. Francisco de marras.

—Bueno, pues _formule, formule_ usted su proposición.

—La formularé, descuide. Que si yo no le facilitara la solución, ya sé que el astuto negociante que me escucha _haría de su capa un sayo_, y...

—Venga esa fórmula.

—¡Ah! no es puñalada de pícaro. Déjeme pensarla bien. Pero luego no se me vuelva atrás. La capa que pretendo es de un paño tan superior, que con su importe en venta se han de remediar muchas miserias, muchas. Ya están de enhorabuena los pobres, un sinnúmero de pobres, media humanidad.

—Eh... poco á poco—dijo el de San Eloy vivamente alarmado.—No hay que correrse tanto, señor misionero. Soy enemigo de las exageraciones _de escuela_, y si me _extralimito_, entonces no seré santo, sino loco, y los locos no van á la Gloria, sino al Limbo.

—Usted irá... á donde merezca ir. Delante verá todos los caminos. Escoja el que le cuadre, pues para eso tiene su libre albedrío. Con la pureza del corazón, con el amor del prójimo, con la caridad, irá fácilmente para arriba... Con lo contrario, abajo sin remedio. Y no crea que por darme la capa está segura su salvación, si con aquel pedazo de paño no me entrega el alma.

—¿Entonces...?

—Pero aunque la efusión debe preceder al acto, hay casos en que el acto produce la efusión, ó por lo menos la ayuda. De modo que siempre va usted ganando... Y no me detengo más amigo mío.

—Pero no se vaya sin que nos pongamos de acuerdo siquiera en las _bases_...

—Déjeme á mí, que yo me encargo de las bases. Por ahora, no le conviene más conversación. Bastante hemos hablado. Á descansar, y á tener calma y confianza en la voluntad de Dios. Esta noche, si usted se encuentra bien, entraré otro ratito. Adiós.

Quedóse D. Francisco muy caviloso con aquello de _dar la capa_, y en verdad, no llegaba á comprender qué demonios entendía por _capa_ el beato Gamborena. Y bien pudiera ser que, estimada la prenda en un valor fabuloso, no hubiese manera de arreglarse con él. Deseaba que llegara la noche para _conferenciar_ nuevamente con el clérigo sobre aquel asunto, y fijar por sí mismo las consabidas bases. Por su desgracia, al anochecer fué acometido de violentísimos dolores en el vientre, de arcadas y angustias tales, que el hombre llegó á creer que se moría; y el miedo le duplicaba el mal, y sus terrores y sus bascas, formando un conjunto imponente, hicieron creer á toda la familia que llegaba la última hora del señor Marqués de San Eloy. Acudió Miquis presuroso, y ordenó inyecciones de morfina y atropina. Á eso de las diez amainó la tormenta; pero el enfermo se hallaba destroncado, aturdido, tembloroso de pies y manos, y tan descompuesto de rostro como de espíritu, sin dar pie con bola en nada de lo que decía. Ansiaba tomar alimento, y le horrorizaba lo mismo que apetecía. En vista de la gravedad del mal, la familia obtuvo de Miquis que se quedase allí toda la noche. Rufinita y Cruz resolvieron velar, y Donoso, como el más abonado para ello, se encargó de preparar á su amigo para aquellos actos y disposiciones que, por lo apretado de la situación no debían prorrogarse más. Antes de dar este paso, hubo de conferenciar con el buen doctor, que prometió abrirle camino en la primera ocasión que se le presentara.

En efecto, llamado á su cabecera por D. Francisco, que animarse quería con la presencia del médico eminente, Augusto le dijo:

—Señor Marqués, no hay que amilanarse. Hemos tenido un retroceso. Pero ya echaremos otra vez el carro para adelante.

—No aludirá usted al carro fúnebre...

—¡Oh! no.

—Porque yo, aunque me siento muy mal esta noche, no creo que... Usted, ¿qué opina? Con franqueza...

—Opino que, sin haber peligro por el momento, podría suceder que tardase usted algunos días en reponerse. El sábado convinimos en aguardar la mejoría para que usted pudiese satisfacer tranquilamente su... su noble deseo de cumplir... vamos, de cumplir con su conciencia, como buen cristiano. Ahora pienso que, en vez de esperar la mejoría... mejoría segura; pero que tardará quizás dos, tres días... _debemos_ realizar ese acto, pues... ese acto que, según dice la experiencia, es tan provechoso para el cuerpo como para el alma... Digo, si á usted le parece...

—Ya, ya...—murmuró D. Francisco, que se había quedado sin aliento, y sintió un frío mortal que hasta los huesos le penetraba. Por un instante creyó que el techo se le caía encima como una losa, y que la estancia se quedaba en profunda obscuridad. Su inmenso pánico le dejó sin palabra y hasta sin ideas.

IV

—Eso quiere decir—balbució á los diez minutos de oir á su médico,—que... vamos, ya me lo barruntaba yo al verle á usted aquí tan tarde. ¿Qué hora es? No, no quiero saberlo. El quedarse aquí el médico toda la noche, señal es de que esto va medianillo. ¿No es eso? ¡Y ahora, con lo que me ha dicho...!

Donoso intervino con toda su diplomacia, corroborando las aseveraciones del doctor.

—Si se le propone á usted, mi querido amigo, que no retrase lo que hace días pensó... un acto de piedad tan hermoso, tan dulce, tan consolador; si se le propone anticiparlo, digo, es porque _en la conciencia de todos está_ que tantas ventajas proporciona al espíritu como á la materia. Los enfermos, después de cumplir con esos deberes elementales, se animan, se alegran, se entonan y cobran grandes ánimos, con lo cual, la dolencia, en la _casi totalidad de los casos_, se calma, cede, y en más de una ocasión desaparece por completo. _Yo profeso la teoría_ de que debemos cumplir, cuando estamos bien, ó siquiera regular, para no tener que hacerlo atropelladamente, y de mala manera.

—Corriente—dijo D. Francisco suspirando fuerte,—y yo también he oído que muchos enfermos graves hallaron mejoría sólo con cumplir el mandamiento, y hasta hubo alguno, desahuciado..., ahora lo recuerdo..., el tahonero de la Cava Baja, que ya estaba medio muerto, y el santo Viático fué para él la resurrección. Por ahí anda tan campante.

—Hay miles de casos, miles.

—Pues será casualidad—indicó el enfermo, sonriendo melancólico;—pero ello es que sólo de hablar de eso parece que estoy un poquitín mejor. Si tuviera sueño, dormiría un rato antes de... Pero no es fácil que yo pueda dormir. Quiero hablar con Cruz. Avisarle.

—Si estoy aquí—dijo la dama, adelantándose desde la penumbra en que se escondía.—Hablemos todo lo que usted quiera.

Retiráronse los demás, y Cruz, sentada junto al lecho, se dispuso á oir lo que su ilustre cuñado tenía que decirle. Mas como pasase un rato y otro sin formular concepto alguno, ni dar más señal de conocimiento que algún suspiro que á duras penas echaba de su angustiado pecho, levantóse la dama para mirarle de cerca el rostro, y poniendo su mano sobre la de él, le dijo cariñosamente:

—Ánimo, D. Francisco. No pensar más que en Dios, créame á mí. Cualquiera que sea el resultado de esta crisis, dé usted por concluído todo lo que pertenece á este mundo miserable. ¿Que mejora usted? Sea para bien de Dios, y para rendirle homenaje en los últimos días.

—Ya pienso, ya pienso en Él—replicó don Francisco, articulando las palabras con dificultad.—Y usted, Crucita, que tiene tanto talento, ¿cree que el Señor hará caso de mí?

—¡Dudar de la Misericordia Divina! ¡Qué aberración! Un arrepentimiento sincero borra todas las culpas. La humillación es el antídoto de la soberbia; la abnegación, la generosidad lo son del egoísmo. Pensar en Dios, pedirle la gracia... y la gracia vendrá. La conciencia se ilumina, el alma se transforma, se abrasa en un amor ardiente, y con el deseo ardiente de ser perdonado basta...

—Ha dicho usted abnegación, generosidad—murmuró Torquemada: con voz que apenas se oía.—Sepa que el padre Gamborena me pedía la capa... ¿Sabe usted lo que es la capa? Pues se la he dado... Estoy aquí esperando á que formule las bases... Luego hablaré con Donoso sobre las disposiciones testamentarias, y dejaré... ¿Usted qué opina? ¿Debo dejar mucho para los pobres? ¿En qué forma, en qué condiciones? No olvide usted, que á veces, todo lo que se les da va á parar á las tabernas, y si se les da ropa, va á parar á las casas de empeño.

—No empequeñezca usted la cuestión. ¿Quiere saber lo que pienso?

—Sí, lo quiero, y pronto.

—Ya sabe usted que yo todo lo pienso en grande, muy en grande.

—En grande, sí.

—Ha reunido usted un capital enorme; con su ingenio, ha sabido traer á su casa dinerales cuantiosos... que en su mayoría debieron quedarse en otras partes; pero los ha traído, no sé cómo, forzando un poco la máquina, sin duda. Caudal tan inmenso no debe ser de una sola persona, así lo pienso, así lo creo, y así lo digo. Desde la muerte de mi hermana, han variado mis ideas sobre este particular; he meditado mucho en las cosas de este mundo, en los caminos para encontrar la salud eterna en el otro, y he visto claro lo que antes no veía...

—¿Que...? ya.

—Que la posesión de riquezas exorbitantes es contra la ley divina, y contra la equidad humana, malísima carga para nuestro espíritu; pésima levadura para nuestro cuerpo.

—¿Entonces, usted...?

—¿Yo? Hoy consagro á socorrer miserias todo lo que me sobra después de atendidas mis necesidades. Pienso reducirlas á los límites de la mayor modestia, en lo que me quede de vida, y cuando esto haga, destinaré mayor cantidad á fines piadosos. En mi testamento dejo todo á los pobres.

—¡Todo!

La estupefacción de D. Francisco se manifestaba repitiendo la palabra _todo_ con intervalos de una precisión lúgubre, como los que median entre los dobles de campanas tocando á funeral.

—¡Todo!

—Sí señor. Ya sabe usted que en mis ideas, en mi manera personal de ver las cosas, no caben partijas, ni mezquindades, ni términos medios. He dado todo á la sociedad, cuando no tenía yo más mira que el decoro de la familia, de su nombre de usted y del mío. Ahora, que las grandezas adquiridas se vuelven humo, lo doy todo á Dios.

—¡Todo!

—Lo devuelvo á su legítimo dueño.

—¡Todo!

—Ya hemos hablado de mí más de lo que yo merezco. Hablemos ahora de usted, que es lo más importante por ahora. Me pide mi opinión, y yo se la doy como se la he dado siempre, con absoluta franqueza, si me lo permite, con la autoridad un tanto arrogante, que usted llamaba despotismo, y que era tan sólo el convencimiento de poseer la verdad en todo lo concerniente á los intereses de la familia. Antes miré por su dignidad, por su elevación, por ponerle en condiciones de acrecentar su fortuna. Ahora, en estos días de desengaño y tristeza, miro por la salvación de su alma. Antes, me empeñé en guiarle á las alturas sociales, sirviéndole de lazarillo; ahora, todo mi afán es conducirle á la mansión de los justos...

—Diga pronto... ¿Qué debo yo hacer?... ¡Todo!

—Creo en conciencia—dijo Cruz con ceremoniosa voz, acercándose más, y recibiendo de lleno en sus ojos la mirada mortecina de los ojos del tacaño,—creo en conciencia que, después de reservar á sus hijos los dos tercios que marca el código, dando partes iguales á cada uno, debe usted entregar el resto, ó sea el tercio disponible..., íntegramente... á la Iglesia.

—Á la Iglesia—repitió D. Francisco, sin hacer el menor movimiento.—Para que cuide de repartirlo... ¡Todo!... ¡á la Iglesia...!

Alzando los dos brazos con cierta solemnidad sacerdotal, los dejó caer pesadamente sobre las sábanas.

—¡Todo!... á la Iglesia... el tercio disponible... ¿Y de este modo, me aseguran que...?

Sin parar mientes en lo que expresaba el último concepto, Cruz siguió desarrollando su idea en esta forma:

—Piénselo bien, y verá que en cierto modo es una restitución. Esos cuantiosísimos bienes, de la Iglesia han sido, y usted no hace más que devolverlos á su dueño. ¿No entiende? Oiga una palabrita. La llamada desamortización, que debiera llamarse despojo, arrancó su propiedad á la Iglesia, para entregarla á los particulares, á la burguesía, por medio de ventas que no eran sino verdaderos regalos. De esa riqueza distribuída en el estado llano, ha nacido todo este mundo de los negocios, de las contratas, de las obras públicas, mundo en el cual ha traficado usted, absorbiendo dinerales, que unas veces estaban en estas manos, otras en aquéllas, y que al fin han venido á parar, en gran parte, á las de usted. La corriente varía muy á menudo de dirección; pero la riqueza que lleva y trae siempre es la misma, la que se quitó á la Iglesia. ¡Feliz aquél que, poseyéndola temporalmente por los caprichos de la fortuna, tiene virtud para devolverla á su legítimo dueño!... Con que ya sabe lo que opino. Sobre la forma de hacer la devolución, Donoso le informará mejor que yo. Hay mil maneras de ordenarlo y distribuirlo entre los distintos institutos religiosos... ¿Qué contesta?

Hizo Cruz esta pregunta, porque D. Francisco había enmudecido. Pero el temor de que hubiera perdido el conocimiento era infundado; que bien claras oyó el enfermo las opiniones de su hermana política. Sólo que su espíritu se recogió de tal modo en sí, que no tenía fuerza para echar al exterior ninguna manifestación. Había cerrado los ojos; su semblante imitaba la muerte. Mirando para su interior, se decía: «Ya no hay duda; me muero. Cuando ésta sale por ese registro, no hay esperanza. ¡Todo á la Iglesia!... Bueno, Señor, me conformo, con tal que me salve. Lo que es ahora, ó me salvo, ó no hay justicia en el cielo, como no la hay en la tierra.»

—¿Qué contesta?—repitió Cruz.—¿Se ha dormido?

—No, hija, no duermo—dijo el pobre señor con voz tan desmayada que parecía salir de lo profundo, y sin abrir los ojos.—Es que medito, es que pido á Dios que me lleve á su seno, y me perdone mis pecados. El Señor es muy bueno, ¿verdad?

—¡Tan bueno, que...!

La emoción que la noble dama sentía, ahogó su voz. Abrió al fin Torquemada sus ojuelos, y ella y él se contemplaron mudos un instante, confirmando en aquel cambio de miradas su respectivo convencimiento acerca de la bondad infinita.

V

Diéronle _champagne_ helado, _consommé_ helado, único alimento posible, y pasó tranquilo como una hora, hablando á ratos con voz cavernosa y empañada. Llamando á su lado á Gamborena, le dijo en secreto:

—¡La capa!... todo... todo lo disponible... para usted, señor _San Pedro_ de mi alma. Ya Donoso tiene instrucciones...

—Para mí no. No quiero dejar de hacer una aclaración. Cruz aconsejó á usted, por sí y ante sí, lo que acaba de decirme el Sr. Donoso. Yo nada tengo que ver en eso. Predico la moral salvadora, amonesto á las almas, les indico el camino de la salud; pero no intervengo en el reparto de los bienes materiales. Al pedir á usted la capa, le signifiqué que no olvidara en sus disposiciones á los menesterosos, á los hambrientos, á los desnudos. Nunca pensé que mi petición se interpretara como un propósito, como un deseo de que la capa, ó el valor de la capa, viniese á mis manos, para rasgarla y distribuir sus pedazos. Estas manos no tocaron jamás dinero de nadie, ni han recibido de ningún moribundo manda, ni legado. Delo usted á quien quiera. Otra cosa diré, que ya he manifestado al señor Donoso. Mi Congregación no admite donativos testamentarios, ni cosa alguna en concepto de herencia; mi Congregación vive de la limosna, y tiene fijadas para poder percibirla, cifras mínimas que en ningún caso pueden alterarse.

—¿Según eso—dijo D. Francisco, recobrando por un instante la viveza de su espíritu,—usted no quiere...? Pues ya lo acordé... Todo á la Iglesia, y usted, mi señor _San Pedro_, será quién...

—Yo no. Otros hay más abonados que yo para esa comisión. Ni yo ni mis hermanos podemos recibir encargos de esa especie. Alabo su resolución, la creo utilísima para su alma; pero allá otros recibirán la ofrenda, y sabrán aplicarla al bien de la cristiandad.

—¿De modo que... no quiere...? Pues yo accedí, pensando en usted, en su Congregación, que es toda de santo... ¿Qué dice Donoso? ¿Qué dice Cruz?... Pero usted no me abandonará. Usted me dirá que me salvo.

—Se lo diré cuando sepa que puedo decírselo.

—¿Pues á cuándo espera, santo varón?—replicó Torquemada con impaciencia, revolviéndose entre las sábanas.—Ahora, ahora, después del sacrificio que acabo de hacer.... ¡todo, Señor, todo!... ahora, ¿no merezco yo que se me diga, que se me asegure...?

—¿Ha tomado usted esa resolución con miras de caridad, con ardiente amor del prójimo y ansia verdadera de aliviar las miserias de sus semejantes?

—Sí señor...

—¿Lo ha hecho con el alma puesta en Dios, y creyéndose indigno de que se le perdonen sus culpas?

—Claro que sí.

—Mire, señor Marqués, que á mí puede engañarme, á Dios no, porque todo lo ve. ¿Está usted bien seguro de lo que dice? ¿habla con la conciencia?

—Soy muy verídico en mis tratos.

—Esto no es un trato.

—Bueno, pues lo que sea. Yo me he propuesto salvarme. Naturalmente, creo todo lo que manda Dios que se crea. ¡Pues estaría bueno que viéndome tan cerca del fin, saliéramos ahora con que no creo tal ó cual punto...! Fuera dudas, para que se vayan también fuera los temores. Yo tengo fe, yo deseo salvarme y me parece que lo demuestro dando el tercio disponible á la santa Iglesia. Ella lo administrará bien: hay en las distintas religiones hombres muy celosos y muy buenos administradores... ¡Oh, mi dinero estará en muy buenas manos! ¡Cuánto mejor que en las de un heredero pródigo y mala cabeza, que lo gaste en porquerías y estupideces! Ya veo que se harán capillas y catedrales, hospitales magníficos, y que la posteridad no dirá: «¡ah, el tacaño!... ¡ah, el avariento!... ¡ah, el judío!...» sino que dirá: «¡oh, el magnífico!... ¡oh, el generoso prócer!... ¡oh, el sostenedor del Cristianismo!...» Mejor está el tercio disponible en manos eclesiásticas que en manos seglares, de gente rumbosa y desarreglada. No apurarse, señor _San Pedro_; nombraré una junta de personas _idóneas_, presidida por el Sr. Obispo de Andrinópolis. Y en tanto, cuento con usted: no me abandone, ni me ponga peros para la entrada en el reino celestial.

—No hay tales peros—díjole Gamborena con exquisita bondad y dulzura.—Tenga usted juicio, y entréguese á mi con entera confianza. Lo que digo es que su resolución, mi Sr. D. Francisco, con ser buena, bonísima... no basta, no basta. Se necesita algo más.

—¡Pero, Señor, más todavía!

—No vaya á creer que regateo la cantidad. Aunque ese tercio disponible fuera una cifra de millones tan alta como la que representan todas las arenas del mar, no bastaría si el acto no significara, al propio tiempo, un movimiento espontáneo del corazón, si no lo acompañase la ofrenda de la conciencia purificada. Esto es muy claro.

—Sí, muy claro... _Abundo_ en esas ideas.

—Porque, amigo mío—añadió el sacerdote con mucha gracia, incorporándose para verle de cerca el rostro,—no me atrevo á sospechar que usted piense en conseguir su entrada en el Cielo sobornándome á mí, al guardián de la puerta. Si tal creyese mi señor Marqués de San Eloy, no sería el primero. Muchos creen que dando una propinilla al Santo... Pero no, usted no es de esos, usted ha vuelto ya los ojos á Dios, apartándolos para siempre de la vileza de los bienes temporales y caducos; usted tiene ya la divina luz en su conciencia, lo veo, lo conozco; esta noche, en un ratito de descanso, hemos de quedar muy amigos, muy conformes en todo, usted muy consolado, con el alma serena, libre, llena de confianza y amor, yo satisfecho, y más contento que unas pascuas.

Torquemada había cerrado los ojos, mirando para dentro de sí, y no contestaba más que con ligeros movimientos de cabeza á las sentidas amonestaciones de su amigo y padre espiritual. Aprovechó éste la buena ocasión que la relativa tranquilidad del enfermo le ofrecía, y exhortándole con su palabra persuasiva y cariñosa, hecha á la domesticación de las fieras humanas más rebeldes que cabe imaginar, á la media hora le había puesto tan blando que nadie le conocía, ni él mismo se conociera, si pudiera verse desde su ser antiguo.