Torquemada y San Pedro

Part 12

Chapter 124,020 wordsPublic domain

—Mi casa está muy lejos—dijo Torquemada con honda tristeza, atormentado nuevamente por agudos dolores.—No respondo yo de llegar hasta allá, ni de que no me muera por el camino. ¿Cómo me llevan? ¿en camilla? ¡Ah! tenéis razón: en mi coche. Ya no me acordaba de que gasto coche... ¡Vaya una gracia! Ahora mismito creía yo que vivía en la calle de la Leche, que era pobre, vamos al decir, y que no me había casado todavía con las Águilas pamplinosas. ¿Pues sabéis lo que digo? Si me llevan, que sea á la casa de mi hija Rufina, que me quiere como á las niñas de sus ojos. Aunque si he de _seros franco_, empiezo á barruntar que también me quiere Cruz, y que el presbítero... de ese nombre sí que no me acuerdo... me asegura la salvación del alma, siempre y cuando yo le de cuenta y razón bien clara de todos los pecados que figuran en el _Debe_ de mi conciencia, los cuales yo aseguro á ustedes que no son muchos, y si quieren que me confiese, ahora mismo lo desembucho todo..., que hoy parece día de desembuchar... ¿Con que á mi casa? Mi casa es muy grande. La estoy viendo como si hubiera salido de ella hace un minuto. Aunque vosotros sostengáis _la tesis contraria_, yo digo y repito que tengo una calentura lo menos de ochenta grados, que también la calentura se cuenta por grados, como el _calórico_ de los termómetros... Yo estoy muy agradecido á vuestra fina hospitalidad, y _deploro_ con toda mi alma que me hubiera hecho daño el _menú_, _vulgo_ comida, lo cual que ha sido una tracamundana de mi estómago pues si éste se hubiera portado decentemente, á estas horas ya lo tenía yo más digerido que la primera papilla. Pero, en fin, otra vez será, pues para mí es un hecho incontrovertible que he de ponerme como un reloj. Á este señor estómago lo meto yo en cintura pronto, y si no quiere por la buena, por la mala. Es escandaloso _en grado sumo_ que por los caprichitos de un hi de tal de estómago, esté un individuo desatendiendo sus intereses, sin poder asistir á la _Cámara_, donde hay tanto, tanto que _ventilar_, y privándose de la comida..., aunque, si me permitís manifestaros todo lo que pienso, os diré que como este órgano mío _persevere en su campaña demoledora_, yo lo arreglaré por el procedimiento de gobierno más sencillo y eficaz... ¿Qué creen ustedes que haré? Pues no comer. Así como suena, _no comer_. ¿Qué quiere ese trasto? ¿Que yo le eche comida para devolvérmela? Pues le corto la ración, vamos, que le limpio el comedero. De una plumada echo abajo todo el presupuesto de almuerzos y comidas. Verán ustedes cómo entonces se rinde, y me pide perdón, y me pide substancia. Pero no se la doy, no. No se rían. Cuando se quiere hacer una cosa, se hace. ¡Viva la sacratísima fuerza de voluntad! Cuando uno se propone no comer, no come, y yo juro y prometo que no vuelvo á comer en mi vida.

Celebraron todos la gracia, y _puesta de nuevo sobre el tapete_, ó sobre la sucia tabla de la tabernaria mesa, la cuestión de si debía marcharse y á dónde, dijo el atribulado Marqués que le llevaran á donde quisieran, añadiendo que no podía moverse, que sus piernas se habían vuelto de algodón, y que la caja del cuerpo le pesaba como un baúl mundo lleno de piedras. Por fin, Matías y Carando le condujeron casi en vilo al coche, que arrimó á la misma puerta, y con no poca dificultad le metieron dentro, á puñados, despidiéndole todos muy corteses, y alegrándose mucho de que semejante calamidad se les hubiera quitado de encima.

Pues digo: ¡el escándalo que se armó en el palacio de Gravelinas cuando llegó el coche, y vieron el portero y otros criados al señor, tumbado como cuerpo muerto, cerrados los ojos, y echando espumarajos y hondos bramidos de su contraída boca! Inquietud muy grande había en la casa, así por lo extraño de la salida, como por la tardanza del señor Marqués. Cruz y los amigos que acudieron allá temían una desgracia. Confirmó sus temores la llegada del coche, y el lastimoso estado en que el enfermo venía. Pero sólo se pensó en sacarle del vehículo y meterle en su cama. Cuatro fámulos de los más robustos se encargaron de tan difícil operación, transportándole por galerías, escaleras y antesalas hasta la alcoba. Había perdido el sentido y no movía ni un dedo el pobre señor. Cruz mandó al instante en busca de médicos, y se acudió sin tardanza á los remedios caseros y elementales para devolverle el conocimiento, y despertar la vida, si es que alguna quedaba en aquel mísero cuerpo inerte. Cuando arrojaron el pesado fardo sobre la cama, rebotó el colchón de muelles, como si quisiera lanzarlo fuera.

Entró jadeante Quevedo, y le examinó al punto. Antes le había examinado Donoso, que por suerte se hallaba en la casa cuando llegó el coche; pero no pudo determinar el verdadero estado de su infeliz amigo.

—Paréceme que no está muerto—dijo Donoso al médico, temiendo una respuesta que quitara toda esperanza.

—Muerto no... pero de ésta no sale.

TERCERA PARTE

I

Con revulsivos enérgicos pudieron conseguir que de nuevo anduviera la desvencijada máquina fisiológica del gran tacaño de Madrid; pero aún pasó toda la noche y parte del otro día antes de que recobrara la memoria y el conocimiento de su situación. Hallóse, pues, á la tarde siguiente, en relativa mejoría, y así se consignó en las listas, que rápidamente se cubrieron de centenares de firmas ilustres en la política y en la banca. No fué necesaria la indicación del médico de cabecera para traer al doctor Miquis, pues el mismo paciente pidió que viniera, al recobrar el sentido y la palabra. Ordenó el célebre doctor un plan expectante y un régimen de exploración, por no tener aún seguridad del mal que había de combatir. La diátesis era obscura, y los síntomas no acusaban con claridad el carácter morboso de la profunda alteración orgánica. En sus conversaciones reservadas con Quevedito, Miquis habló algo de _enteroptose_, algo de _cáncer del píloro_; pero nada podía afirmarse aún, como no fuera la gravedad, y casi casi la inutilidad final de los esfuerzos de la ciencia.

En su resurrección, que así puede llamarse, salió el pobre D. Francisco por el registro patético y de la ternura, que tan bien armonizaba con su debilidad física y con el desmayo de sus facultades. Dió en la flor de pedir perdón á todo quisque, de emocionarse por la menor cosa, y de expresar vehementes afectos á cuantas personas se acercaban á su lecho para consolarle. Con Rufinita era un almíbar: le apretaba la mano, llamándola su _ángel_, su _esperanza_, su _gloria_. Con Cruz estaba á partir un piñón, y no cesaba de elogiar su talento y dotes de gobernar, y á Gamborena y Donoso les llamó _columnas de la casa_, amigos incomparables, de los que son _nones_ en el mundo.

Al través de todas estas manifestaciones sentimentales, advertíase en el ánimo del enfermo un miedo intensísimo. Su amor propio quería disimularlo; pero lo delataban el suspirar hondo y frecuente, la profunda atención á todo cuchicheo que en la alcoba sonase, la expresión de alarma de sus ojos al verse interrogado. Gustaba extraordinariamente de que le animasen con anuncios de mejoría, y á todos preguntaba la opinión propia y la ajena sobre su enfermedad. Una mañana, hallándose solo con el doctor Miquis, le tomó la mano y gravemente le dijo:

—Querido D. Augusto, usted es hombre de mucha ciencia y de respetabilidad, y no ha de engañarme. Yo soy algo _científico_, quiero decir que, en mi natural, lo científico domina á lo poético, ya usted me entiende..., y por tanto, merezco que se me diga la verdad. ¿Es cierto que usted cree que me curaré?

—¿Pues no he de creerlo? Sí señor, tenga confianza, sométase al régimen, y...

—¿Será cosa de...? ¿Como cuánto, mi señor don Augusto? ¿Tardará un mes en darme de alta, ó tendré que esperar algo más?

—No es fácil precisarlo... Pero ello será pronto. Mucha tranquilidad, y no se preocupe de volver á los negocios.

—¿No?...—dijo el tacaño con profundo desconsuelo.—Pues si la Facultad quiere que me anime, déjeme pensar en mis negocios, y contar los días que me faltan para volver á meterme en ellos de hoz y de coz... ¡Ay, amigo mío, y sapientísimo médico, yo le suplico á usted, por lo que más quiera en el mundo, que haga un esfuerzo, y afine bien su ciencia para curarme pronto, pronto! Lea cuanto hay que leer, estudie cuanto hay que estudiar, y no dude, el emolumento será tal que no tenga usted queja de mí. Ya sé lo que me responde: que ya lo sabe todo, y no tiene nada que aprender. ¡Ah! La ciencia es infinita: nunca se la posee completa. Se me ocurre que en el archivo de ésta su casa podrá haber algún papelote antiguo, que traiga tales ó cuales recetas para curar esta gaita que yo tengo, recetas que los médicos de ahora no conocen... ¡Por vida de...! ¿Quién me asegura que los antiguos no conocieron algún zumo de hierbas, unto, ó cosa tal, que los modernos ignoran? Piénselo, y ya sabe que tiene el archivo á su disposición. Me costó un ojo de la cara, y es lástima que no hallemos en él mi remedio.

—¡Quién sabe!—dijo benévolamente el médico por consolarle.—Puede que entre los papeles de Nápoles y Sicilia, haya algún récipe de antiguo alquimista, ó curandero nigromante.

—No se ría usted de la magia, ni de aquellos tipos que echaban la buena ventura, mirando las estrellas. La ciencia es cosa que no tiene fin..., ni principio... Y ya que hablamos de ciencia, dígame: ¿qué demonios es esto que tengo? Porque yo, pensando en ello estos días, creo... se me ha metido en la cabeza que mi mal es filfa, una indisposición ligera, y que ustedes los señores médicos creen lo mismo; pero que por guardar la etiqueta... _científica_ me tienen aquí con todo este aparato escénico de cama, y régimen, y biblias. Yo me siento ahora bien, muy bien. ¿Me confiesa usted, sí ó no, que no tengo nada?

—Poco á poco. Su enfermedad no será muy grave; pero tampoco es una desazón leve. Cuidándola, la venceremos.

—¿De modo que puedo confiar...? ¿Usted me asegura...?—interrogó el de San Eloy con viva ansiedad.

—Tranquilícese, y tenga confianza en mí, y en Dios, en Dios primero.

—Ya la tengo... ¿Pues qué, el Señor Dios me había de dejar en la estacada, sin dar yo motivo para ello? Como usted le ayude con los recursos de la Facultad, el Señor no tendrá inconveniente en que yo vuelva á mis ocupaciones habituales. Sí, mi querido D. Augusto, hará usted un bien á la humanidad, dándome de alta. ¡Tengo un proyecto! ¡Ay, qué proyecto! Es una idea que á nadie se le ocurre más que á este cura. Usted no entiende de esto ni yo le fastidiaré explicándoselo. Cada uno tiene su ciencia, y en la mía, doy yo quince y raya al lucero del alba. Póngame bueno, y temblará el mundo de los negocios con esa combinación que traigo entre ceja y ceja... Tal importancia tiene la cosa, que me conformo con estar bueno el tiempo necesario para mover las fichas en el tablero, y hacer la gran jugada... Y después, no me importa caer malo otra vez... Un paréntesis, Sr. D. Augusto, un paréntesis de salud... Pero no: sería lástima que después de realizada la operación, reventase yo, sí, para que se quedaran riendo los que vienen detrás. Esto no es justo: confiéseme usted que esto no es justo.

Tan vivamente posesionado de su idea le vió Miquis, y tanto le alarmó el brillo de sus ojos y la inquietud de sus manos, que creyó prudente cortar la conversación. Y como para calmarle no había mejor camino que halagar sus deseos, despidióse el doctor dándole seguridades de restablecimiento. Claro: éste vendría más pronto ó más tarde, según que el enfermo lo acelerase con su quietud de cuerpo y espíritu, ó lo retrasara con su impaciencia. Y mientras menos pensase en combinaciones financieras mejor. Tiempo había...

Ello es que el hombre quedó gozoso de la visita, y las esperanzas le daban ánimos para sobrellevar las tristezas del régimen dietético y de la encerrona entre sábanas. Hablando con Cruz, le dijo:

—Ese D. Augusto es un grande hombre. Me asegura que es todo cuestión de unos días... Y bien pudieran darme ustedes algún más alimento; que yo respondo de digerirlo _velis nolis_. ¡No faltaba más sino que el señor estómago volviera á las andadas! Los dolores del vientre ya no son tan agudos, y lo que es calentura no la tengo... Lo único que recomiendo á usted es que vigile á los cocineros y marmitones, porque... podría írseles la mano en el condimento, y resultar algo que me envenenara... _en principio, por decirlo así_. No, no digo yo que me envenenen de _motu propio_, como aquel pillo de Matías Vallejo, y los gansos de sus amigos, que á la fuerza me atracaron de mil porquerías... No, si ya sé que usted vigilará... Yo _abrigo la convicción_ de que con usted no hay cuidado... En fin, arreglárselas entre todos para que yo esté bueno dentro de unos días, porque, sépalo usted, importa mucho para la familia, y casi, casi estoy por decir para la nación y para todita la humanidad, si me apuran. Que si este condenado _fenómeno patológico_, se agarra más, no sé á dónde irá á parar la fortunita reunida con tanto trabajo, y hasta podría suceder que mis hijos el día de mañana, si yo continúo enclenque, no tuvieran que comer.

Echóse á reir Cruz, y olvidándose por un momento de que en aquel caso debía sobreponerse la piedad mentirosa á la verdad que, como inteligencia suprema de la familia, profesaba siempre, le amonestó en forma autoritaria:

—No piense tanto, no piense tanto en los intereses que han de quedarse por aquí; pues aunque no está en peligro de muerte, ni lo quiera Dios, su situación es de las que deben considerarse como avisos providenciales, y por lo tanto, hay que volver los ojos á los intereses de allá, á los eternos, aunque no sea más que para irse acostumbrando. Vamos á ver: ¿todavía le parece á usted que tiene poco dinero, ó es que piensa llevárselo al otro mundo, para fundar un banco ó sociedad de crédito en las regiones de la Bienaventuranza Eterna?

—Si fundo ó no fundo sociedades de crédito en la Gloria divina, eso no es cuenta de usted. Haré lo que me dé la gana, señora mía—dijo, y con gesto de chiquillo castigado se zambulló en el lecho, y se tapó el rostro con la sábana.

II

Por mañana ó tarde, Gamborena no dejaba de visitarle un solo día, mostrándose cariñosísimo con el pobre enfermo, á quien hablaba en lenguaje de amigo más que de director espiritual. Lo que con este carácter le dijo alguna vez, fué tan delicado, y tan bien envuelto iba en conceptos generales, ó de salud, que el otro recibía la indicación sin alarmarse. Cuando D. Francisco tuvo su cabeza firme, Gamborena le entretenía contándole casos y pasajes interesantísimos de las misiones, que el otro escuchaba con tanto deleite como si le leyeran libros de novela ó de viajes. Tan de su gusto era, que más de una vez le mandó llamar antes de la hora en que acostumbraba visitarle, y le pedía _un cuento_, como los niños enfermitos al ama ó niñera que les cuida. Y creyendo Gamborena que, aprisionada la imaginación del enfermo, fácil le sería cautivar su voluntad, referíale estupendos episodios de su poema evangélico: sus trabajos en el vicariato de Oubangui, África ecuatorial, y en pleno país de caníbales, cuando los sacerdotes, después de oficiar, se despojaban de sus vestiduras, y trabajaban como albañiles ó carpinteros en la construcción de la modesta catedral de Brazzaville; la peligrosísima misión en el país de los Banziris, la tribu africana más feroz, donde algunos padres sufrieron martirio, y él pudo escapar por milagro de Dios, con ayuda de su sutil ingenio; y por último, la conmovedora odisea de los trabajos en las islas remotas del Pacífico central, el archipiélago de Fidji, donde fueron en breve tiempo fundadas setenta iglesias, y convertidos á la fe católica diez mil _canacas_.

Por supuesto, el que Torquemada oyera con viva atención y profundo interés tales narraciones, no significaba que las creyese, ó que por hechos reales y positivos las estimase. Pensaba más bien que todo aquello había ocurrido en otro planeta, y que Gamborena era un sér excepcional, historiador, que no inventor de tan sublimes patrañas. Teníalas por cuentos para niños grandes ó para ancianos enfermos.

No se sabe cómo fué rodando la conversación al terreno en que el sacerdote deseaba encontrarse con su amigo; pero ello es que una tarde en que vió á Torquemada relativamente tranquilo, se insinuó en esta forma:

—Paréceme, señor mío, que ya no debemos aplazar por más tiempo nuestro asunto. Hace días, me dijo usted que tenía la cabeza muy débil; hoy la tiene usted fuerte, por lo que veo, y en su interés está que hablemos.

—Como usted guste—replicó Torquemada, mascullando las palabras y tomando un ligero acento infantil.—Pero si he de _serle_ franco, no veo tanta prisa. Para mí es indudable que escapo de ésta: me siento bien; espero ponerme bueno muy pronto...

—Tanto mejor. ¿Y qué, hemos de esperar á las últimas horas para prepararnos, cuando ya no haya tiempo, y llegue tarde la medicina? Vamos, señor mío, ya no aguardo más. Yo cumplo mi deber.

—¡Pero si yo no tengo pecados, diantre!—manifestó D. Francisco entre bromas y veras.—El único que tenía se lo dije la otra tarde. Que me asaltó la idea de que Cruz quería envenenarme... De un mal pensamiento nadie está libre.

—Ya... ¿Y no hay más? Busque bien, busque.

—No, no hay más. Aunque usted se enoje, señor Gamborena de mis pecados... de mis pecados no, porque no los tengo..., Sr. Gamborena de mis virtudes..., aunque usted se escandalice, tengo que decirle que soy un santo.

—¡Un santo!... Sea enhorabuena. Á poco más, me pide que sea yo su penitente, y usted mi confesor.

—No, porque yo no soy cura... Ser santo es otra cosa... dígome santo, porque yo no hago mal á nadie.

—¿Está seguro de ello? No dejaré yo de reconocer como verdad lo que acaba de decirme si me lo demuestra. Ea, ya estoy esperando la demostración... ¿Quiere que le abra camino? Pues allá va. Usted no tiene más que un vicio, uno solo, que es la avaricia. Convénzame de que puede ser santo un hombre avariento y codicioso en grado máximo, un hombre que no conoce más amor que el dinero, ni más afán que traer á casa todo el que encuentra por ahí; convénzame de esto, y yo seré el primero que pida su canonización, Sr. D. Francisco.

—¡Bah, bah!... ¡cuerno!... ¿Ya sale usted con la tecla de la avaricia... y del tanto más cuánto? Palabras, palabras, palabras. Ustedes los clérigos, _vulgo_ ministros del altar, entenderán de teologías, pero de negocios no entienden una patata. Vamos á ver: ¿qué mal hay en que yo traiga dinero á casa, si el dinero se deja traer? Y esta gran operación que proyecto, ¿por qué ha de ser pecado? ¡Pecado que yo proponga al Gobierno la conversión de la _Deuda exterior_ en _Deuda interior_! Á ver, amiguito: ¿dicen algo de esto el Concilio de Trento, los Santos Padres, ó el que redactó la Biblia, que parece fué Moisés? ¡Demonio, si la conversión del _exterior_ en _interior_ es un gran bien para el país! Dígame usted, señor _San Pedro_, ¿qué va ganando Dios con que los cambios estén tan altos? Pues si yo consigo bajarlos, y beneficio al país y á toda la humanidad, ¿en qué peco, santísimas biblias?... Pero ya, ya sé lo que va á decirme el señor ministro del altar. Que yo no verifico esta operación por beneficio de la humanidad, sino por provecho mío, y que lo que busco es la comisión que apandamos yo y los demás banqueros que entran en el ajo... Pero á esa objeción le contesto con una pregunta: ¿en qué tablas de la ley, ó en qué misal, ó en qué doctrina cristiana ó mahometana se dice que el obrero no debe cobrar nada por su trabajo? ¿Es justo que yo arriesgue mis _fondos_, y ande por esas calles como un azacán, de ministerio en ministerio, sin _percibir_ un tanto correspondiente á la cuantía de la operación? Y dígame: hacer un bien al Estado, ¿no es también caridad? ¿Qué es el Estado más que un prójimo grande? Y si se admite que á mí me gusta que hagan por mí lo que yo hago por el Estado, ¿no tenemos aquí claro y patente lo de _al prójimo como á tí mismo_?

—¡Santo, santo, santo... hosanna!...—exclamó Gamborena riendo, pues ¿qué había de hacer el padrito sino tomarlo á risa?—Vamos, que la enfermedad le ha hecho á usted gracioso. Confieso que me ha entretenido su explicación. Pero, mire usted, no he acabado de convencerme, y me temo mucho que con tales conversiones de deudas, y tanto _sacrificio_ por el Estado y los cambios y la humanidad, vaya á parar mi don Francisco á los profundos infiernos, donde acabarán de ajustarle las cuentas de comisión los tenedores de libros de Satanás, que allí están encargados de esas y otras liquidaciones. ¡El infierno, sí! Hay que decirlo en seco, aunque usted se me asuste. Allí caen de cabeza los que en vida no supieron ni quisieron hacer otra cosa que acumular riquezas, los que no practicaron ninguna de las obras de misericordia, los que no tuvieron compasión de la miseria, ni consolaron á ningún afligido. ¡El infierno, sí señor! No espere usted de mí más que la verdad desnuda, y con todo el rigor de la doctrina. Las ofensas hechas á Dios, que es el bien eterno, con las penas eternas se han de pagar.

—Bah... ya viene usted de malas—dijo Torquemada con fingido humor de bromas, y completamente acobardado.—¿Y qué? ¿no tengo más remedio que creer en la existencia de ese _centro_ todo lleno de lumbre, y en los diablos, y en que todo ello debe durar eternidades?

—Pues claro que tiene que creerlo.

—Corriente... Se creerá, si es obligación. ¿De modo que ni siquiera puedo _ponerlo en tela de juicio_... sino creer á rajatabla, quiero decir... creerlo con los ojos cerrados? (_El misionero afirmaba con la cabeza._) Bueno: pues á creer tocan. Quedamos en que hay Infierno; pero en que yo no voy á él.

—No irá, siempre que lo procure por los medios que le propongo, y que son lo más elemental de la doctrina que profeso y quiero inculcarle.

—Pues inculque cuanto crea necesario, que aquí me tiene dispuesto á todo—dijo D. Francisco con una conformidad, que al misionero le pareció de bonísimo augurio.—¿Qué tengo que hacer para salvarme? Explíquese pronto, y con la claridad que debe emplearse en los negocios. Yo, como buen cristiano que soy, quiero y necesito la salvación. Hasta por mi decoro debo solicitarla. ¡No está bien que digan...! Pues á salvarnos, Sr. Gamborena: ahora dígame qué tengo que hacer, ó qué tengo que _dar_ para _obtener ese resultado_.

III

—¡Qué tengo que hacer..., qué tengo que _dar_!—repitió Gamborena frunciendo el ceño.—Siempre ha de tratar usted este asunto, como si fuera una operación mercantil. ¡Cuánto más le valdría olvidar sus hábitos y hasta su lenguaje de negociante! Lo que tiene usted que hacer, señor mío, es purificar su alma de toda esa lepra de la codicia, ser bueno y humano, mirar más á las innumerables desdichas que le rodean para remediarlas, y persuadirse de que no es justo que uno solo posea lo que á tantos falta.

—Total, que hay muchos, muchísimos pobres. Yo también he sido pobre. Si ahora soy rico, á mí mismo me lo debo. Yo no he fracturado cajas de nadie, ni he salido á un camino, con trabuco... Y otra cosa: todos esos pobres que _pululan_ por ahí, yo no los he hecho. ¿Pero no dicen ustedes que es muy bonito ser pobre? Dejarlos, dejarlos, y no nos metamos á quitarles su divina miseria. Lo cual no es _óbice_ para que yo, en mi testamento, mande repartir socorros, aunque la verdad, nunca me ha gustado _dar pábulo_ á la holgazanería. Pero algo dejaré para ayuda de un hospital, ó de lo que quieran, _¡ñales!_... dispénseme, se me escapó... Y al santo clero, también le dejaré para misas por mí, y por mis dos esposas queridas; que justo es que el cleriguicio coma... La verdad hay mucha miseria en el _sacerdocio_ parroquial.