Torquemada y San Pedro

Part 11

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—Pues venía paseando—dijo D. Francisco, algo afectado por los agasajos de aquella buena gente,—y dije digo: voy á ver si ese pobre Vallejo se ha muerto ya, ó si vive... Yo he estado muy malito.

—Lo oí decir... y crea que lo sentí de veras.

—Pero ya estoy en la convalecencia, en plena convalecencia gracias á mi determinación de tomar el aire, y de... zafarme de médicos y boticas.

—Ya... Si no hay nada como el santo aire, y la vida de pueblo. Lo que digo: vosotros los de sangre azul que os cuidáis más de la cuenta, vivís poco.

—No, pues lo que es yo, no la entrego á dos tirones. ¡Biblias pasteleras! Mira, Matías, _sin ir más lejos_, hoy mismo le he dado una patada á la muerte, que... Vamos, que la he mandado á hacer puñales... ¡já, já!... Y díme una cosa: ¿podría yo almorzar aquí?

—¡Ave María Purisima!... ¡Me caso con San Cristóbal!... ¡Que cosas dice usted!... ¡Nicolasa, ¡jinojo! que quiere almorzar!... Colasa, y tú, Pepón, ¡que almuerza en casa! ¡Vaya una honra! Pronto, á ver... ¿hay perdices?... Si no, que las traigan. Tenemos un cochinillo que es para chuparse los dedos.

—No, cochinillo no.

—¡Colasa!... Pero ¿qué haces? ¡Que Su Excelencia quiere almorzar! Más honor que si fuera el Emperador de todas las Alemanias y de todas las Rusias.

Creyérase que se habían vuelto locos. Vallejo lloraba de risa, y pateaba de contento. Él mismo limpió nuevamente la mesa con su delantal verde, mientras Nicolasa traía manteles y servilletas de gusanillo de lo que guardaba en las arcas, pues el servicio de la taberna no era para tan gran personaje. Debe advertirse que taberna y tienda componían el establecimiento de Vallejo, ambas industrias administradas en común, y los dos locales comunicados por la trastienda.

—Hay de todo—dijo Vallejo á su amigo:—chuletas de cerdo y de ternera, lomo adobado, aves, besugo, jamón, cordero, calamares en su tinta, tostón, chicharrones, sobreasada, el rico chorizo de Candelario y cuanto se quiera, ea, ¡me caigo en el puente de Toledo! cuanto se quiera.

—No has nombrado una cosa que he visto en tu vidriera, y que me entró por el ojo derecho cuando la ví. Es un antojo. Me lo pide el cuerpo, Matías, y pienso que ha de sentarme muy bien... ¿No caes? Pues judías, dame un platito de judías estofadas, ¡cuerno!, que ya es tiempo de ser uno pueblo, y de volver al pueblo, á la Naturaleza, _por decirlo así_.

—¡Colasa!... ¿oyes? ¡Quiere judías... un excelentísimo senador... judías! ¡Válgate Dios, qué llano y qué...! Pero también tomará usted una tortilla con jamón, y luego unas magras...

—Por de pronto las judiítas, y veremos lo que dice el estómago, que de seguro ha de agradecerme este alimento tan nutritivo y tan... francote. Porque _yo tengo para mí_, Matías, que todo el condimento español y madrileño neto cae mejor en los estómagos que las mil y mil porquerías que hace mi cocinero francés, capaces de quitarle la salud al caballo de bronce de la Plaza Mayor.

—Diga usted que sí, ¡jinojo! y á mí nadie me quita de la cabeza que todo el mal que el señor don Francisco tuvo, no fué más que un empacho de tanta judía cataplasma y de tanta composición de salsas pasteleras, que más parecen de botica que de mesa. Para arreglar la _caja_, señor Marqués, no hay más que las buenas magras, y el vino de ley, sin sacramento. No le diré á vuecencia que estando delicado, tome carne del _de la vista baja_, con perdón; pero unas chuletas de ternera tengo aquí, que asadas en parrillas resucitan á un muerto.

—Las cataremos—dijo el prócer, empezando á comer las judías, que le sabían á gloria.—Mentira me parece que coma yo esto con apetito, y que me caiga tan bien. Nada, Matías, como si de ayer á hoy me hubieran sacado el estómago para ponerme otro nuevo... Riquísimas están tus judías. No sé los años que hace que no las probaba. Aquí traería yo á mi cocinero á que aprendiese á guisar. Pues no creas; me cuesta cuarenta duros al mes, sin contar lo que sisa, que debe de ser una millonada, créetelo, una millonada.

Matías hacía los honores á su huésped comiendo con él, para incitarle con el ejemplo, que era de los más persuasivos. Trajeron, además, vinos diferentes, para que escogiesen, prefiriendo los dos un Valdepeñas añejo, que llamaba á Dios de tú. Después de saborear las alubias, notó el Marqués con alegría que su estómago, lejos de sentir fatiga ó desgana, pedíale más, como colegial sacado del encierro, que se lanza á las más locas travesuras. Venga la tortilla con jamón ó chorizo de lo bueno; vengan las chuletas como ruedas de carro, bien asaditas y con su albarda de tomate, y sobre todo, _tira de_ Valdepeñas para macerar en el buche toda aquella substancia y digerirla bien.

Cuantas personas entraban en la trastienda, ya fueran á ver al Sr. Matías, ya llegaran con intenciones de tomar algo en las otras mesas, quedábanse como quien ve visiones ante la presencia del Sr. de Torquemada, y unos por no conocerle, otros por haberle conocido demasiado, abrían un palmo de boca. Y el respeto que tan gran personaje á todos infundía les tuvo silenciosos, hasta que Vallejo, á mitad del almuerzo, animándose con el vinillo y con los vapores de su propia satisfacción, les dijo:

—Blas, y tú, Carando, y tú, Higinio, no seáis _pusilámines_, ni tengáis cortedad. Arrimáos aquí, que el señor Marqués no se avergüenza de alternar, y es un señor muy democrático y muy _disoluto_.

Arrimáronse, y D. Francisco les hizo una de aquellas graves reverencias que aprendido había en sus tiempos de aristocracia. Hizo Matías la presentación en estilo llano:

—Este Blas es el Ordinario de Astorga, y aquí, donde usted le ve, no se deja ahorcar por treinta mil duros. Higinio Portela, es sobrino de aquel Deogracias Portela, que tuvo la pollería de la Cava... ¿se acuerda usted?

—¡Oh! sí, me acuerdo... ya... Deogracias... Por muchos años.

—Y este Carando es un burro, con perdón, porque tenía el negocio de animales muertos, y por pleitear con los González de Carabanchel Bajo se quedó sin camisa. Total, que todos aquí, mil duros más ó mil duros menos, semos unos pelagatos en comparanza con tu grandeza, con la opulencia _opípara_ del hombre que, si á mano viene, tiene más millones en sus arcas que pelos en la cabeza.

—No exagerar, no exagerar—dijo D. Francisco con afectación de modestia.—No creáis las _aseveraciones del vulgo_... He trabajado mucho, y pienso trabajar más todavía, para reparar los quebrantos que esta jeringada enfermedad me ha traído. Gracias que hoy me rejuvenezco, y según la gana con que cómo y lo bien que _me cae_, paréceme que nunca estuve enfermo ni volveré á estarlo en los días que me quedan de vida, que serán muchos, pero muchos...

X

Alzaron los vasos y bebieron á la salud del más democrático de los próceres y del menos orgulloso de los plebeyos enriquecidos, aunque ni estas palabras ni otras semejantes emplearon los bebedores: la idea estuvo tan sólo en su ruda intención y en el mugido con que la expresaron. Inundado de un gozo juvenil se sentía Torquemada: muy satisfecho de lo bien que se portaba su estómago, no sabía qué alabar más, si el excelente sabor de lo que comía, ó la gallarda franqueza de aquella gente sencilla y leal que tan de corazón le festejaba. Por cierto que al comprender la necesidad de pagar verbalmente sus agasajos, pensó también, con seguro juicio, que en tal lugar y ante tales personas debía sostener la dignidad de su posición y de su nombre, empleando el lenguaje fino que no sin trabajo aprendiera en la vida política y aristocrática.

—Señores—les dijo, rebuscando en su magín las ideas nobles y los conceptos escogidos,—yo agradezco mucho esas manifestaciones, y tengo una verdadera satisfacción en sentarme en medio de vosotros, y en compartir estos manjares suculentos y _gastronómicos_... Yo no oculto mi origen. Pueblo fuí, y pueblo seré siempre... Ya sabrán que _en la Cámara_ he defendido á las clases obreras y populares... Para que la Nación prospere, es menester que entre las clases no haya antagonismos, y que fraternicen _tirios y troyanos_...

—Vean, vean—exclamó Matías, á quien el entusiasmo puso rojo, ó más bien de color de moras negras.—Lo mismo vus dice hoy este hombre que vus dije yo ayer. Que se den la mano las clases, los de la grandeza y _los artistas_, para que haiga orden público y prosperidad nacional.

—Es que entre vuestras ideas y las mías—dijo Torquemada, emprendiéndola valiente con la carne,—hay muchos _puntos de contacto_.

—¡Si todos los de arriba—indicó el llamado Carando,—fueran como los de ciertas casas principales que yo conozco!... No lo digo porque esté delante el Sr. D. Francisco; que ayer también lo dije. Pues el cuento es que hay ricos, y todos no son como los de la familia del que me oye. No haiga miedo de que ningún pobre de estos barrios se muera de hambre, mientras exista esa señora del Águila, que anda de bohardilla en bohardilla averiguando dónde hay bocas abiertas para taparlas, y carnes desnudas para vestirlas. Yo la he visto, y en mi casa de la calle del Nuncio, más de cuatro le deben la vida.

—Es verdad—afirmó el llamado Higinio.—Y á mí también me consta. Á unos vecinos míos les libró al hijo de quintas, y á la chica le compró la máquina de coser.

—Ya, ya—dijo el de San Eloy sin mirarles, comprendiendo que debía mantener allí, no sólo su dignidad, sino la de toda la familia.—Mi hermana política, Cruz del Águila... Es una santa.

—Pues que viva mil años, y á su salud echemos la primera copa de moscatel.

—Gracias, señores, gracias. Yo también bebo á la salud de aquella _noble dama_...—dijo D. Francisco, pensando que sus agravios particulares contra ella no debían manifestarse ante una sociedad extraña.—¡Ah, nos queremos tanto ella y yo!... La dejo hacer su santa voluntad, porque tiene un talento, y una... Cuantas reformas se _implantan_ en mi casa-palacio, ella las dispone. Y si alguna disidencia ó _discrepancia_ surge entre nosotros, yo transijo, y sacrifico mi voluntad _en aras_ de la familia. No hay otra mujer que _raye á mayor altura_ para gobernar á una servidumbre numerosa. La mía es como los ejércitos de Jerjes. ¿Sabéis vosotros quién era ese Jerjes? Un Rey de la Persia, país que está allá por Filipinas, el cual tenía tantas tropas de todas armas, que cuando les pasaba revista, lo menos tardaba siete meses en verlas venir, ó verlas pasar... En fin, señores míos, y tú, Matías _mi particular amigo_, dejemos ahora á mi cuñadita allá en sus rezos, tratando á Dios de tú, y vengamos á la _realidad de las cosas_. Yo soy muy dado á lo real, á lo verdadero, soy el _realismo por excelencia_. ¡Qué rica ternera! ¡Bien haya la vaca que te parió y te dió de mamar, y el pindongo matachín que te sacó la sangre para hacerte más tierna!... _Yo profeso el principio_ de que la ternera es mejor que el buey, y éste mejor que la vaca. En resumen, señores: yo me encuentro aquí muy bien. Cómo como un sabañón, sin que el estómago se me suba á las barbas, y estoy alegre, tan alegre, que de aquí no me movería, si no me llamaran á otra parte los mil asuntos que tengo que _ventilar_. Esto es un _oasis_... ¿Sabéis lo que es un _oasis_?

—¡Toma! el merendero fino que han puesto ahora en la Bombilla, y que tiene un rótulo que dice: _Al oasis del Río_.

—Eso no concuerda bien—dijo Torquemada, empezando á sospechar que había comido más de lo justo, y excedídose un poco en el beber.—No concuerda absolutamente, porque _oasis_ es cosa de tierra, y el río, ya véis...

Ocurrió lo que es inevitable en comidas de gente llana, obsequiosa, de mucho corazón y escasa finura; y fué que, como D. Francisco manifestara cierto recelo de cargar su estómago, cayéronle todos encima, gritando como energúmenos, para incitarle á seguir atracándose de cuanto en el establecimiento había.

—¡Vaya, que hacer ascos al besugo! ¿Cree que no está tan bueno como los que le pone su cocinero franchute? ¡Ea, no consiento que haga desprecio de nuestra pobreza...! Tiene que probarlo, nada más que probarlo... Verá qué cosa rica... ¡Pero si hoy ha echado el día á perros!... Créame, D. Francisco, su estómago lo quisiera yo para mí. Lo que tiene el muy ladrón es mugre, de tanta judía botica como dentro le han metido, y la mugre se quita comiendo lo bueno, y bebiendo lo fino... Fuera miedo, señor Marqués, que tripas llevan pies, y no pies tripas... No, pues de mi casa no se va, despreciándome el besugo, ¡jinojo!... y para después tengo unos capones que dan el quien vive á la Santísima Trinidad... ¡Arreando! á beber, á hacer un poco por la vida.

Mucho carácter y tesón muy fuerte se necesitaba para resistir á estas sugestiones de una hospitalidad tan cordial como impertinente, y de uno y otro carecía Torquemada en aquel instante, por abdicación de su voluntad ante los que eran sus iguales por el nacimiento y la educación. Y como la molestia que empezaba á sentir era leve aún y la contrarrestaban los instintos de gula que ante aquellos manjares tan de su gusto se le despertaron, á todo dijo amén, y adelante con el festín. La cháchara le distraía de la aprensión, no permitiéndole oir los avisos que de tiempo en tiempo le mandaba su estómago. Pero con todo al llegar á los capones se cerró á la banda, porque verdaderamente sentía un peso en la barriga que le inquietaba. ¡Capones! _Vade retro._ De lo que sí comió fué de la jugosa y bien aliñada ensalada de lechuga, y _entre medias_, copas y más copas de variados vinos, que maquinalmente se metía entre pecho y espalda sin reparar en ello.

—La verdad es—decía,—que todo _me cae_ bien. Un poquito de peso, pero nada más. Yo estoy muy alegre, rejuvenecido, _digámoslo así_, y dispuesto á repetir la francachela cada lunes y cada martes... Si me vieran los de casa, se quedarían absortos y patitiesos... Y yo les contestaría: «Ya, ya tengo la prueba. Ved este señor estómago que antes no podía _realizar_ la digestión de un _mero_ chocolate, y ahora... Me basta salir de vuestra _órbita_ para encontrarme al pelo, y el estómago es el primero que se felicita de hallarse en _otra esfera de acción_, muy distinta de aquélla en que... Porque salta á la vista que hay crimen, y que...»

Por primera vez le faltó la palabra, y se le obscureció el pensamiento. Un instante estuvo manoteando en el aire. Por fortuna, aquello pasó, y al volver en sí, el señor Marqués se quejaba de difícil respiración.

—Eso no es más que viento—le dijo Matías.—Una copita de anís del Mono, y verá cómo descarga. ¡Colasa...!

Mientras venía el anís, aplicó al enfermo la medicación elemental de golpearle la espalda con la palma de la mano. Pero lo hacía con tan buena voluntad, y tal deseo de obtener un resultado eficaz y pronto, que Torquemada tuvo que decirle:

—Basta, basta, hombre, no seas bruto. ¿Me tomas á mí por un bombo?... ¡Ay, ay...! Ya parece que cede algo... Es flato, nada más que un flato que se atraviesa... brrr...

Trató de echar fuera el temporal, provocando regurgitaciones, que se le frustraban á medio camino, dejándole peor que estaba. El condenado anís le produjo algún alivio á poco de beberlo, y vuelta á tomar la palabra, y á expresar su contento.

—_Abundo_ en vuestras ideas, quiero decir, que pienso lo mismo que pensáis vosotros sobre la... ¿Eh?... tú, ¿de qué estábamos hablando?... Vaya, que se me escapa toda la memoria... ¡Biblias, cómo se me olvidan las cosas!... Eh, tú, ¿cuál es tu gracia? ¡Mira que olvidárseme cómo te llamas tú!

—Matías Vallejo, para servirte—replicó el anfitrión, que con tanto comer y beber, se sentía inclinado á la confianza.—¿Qué? ¿te da otra vez el soponcio?... Paquillo, ¿qué es eso?... So bruto... ¡Si no es más que el jinojo del viento!... Échalo, échalo pronto, con cien mil pares de bolas... ¡Arreando!

Y vuelta á los palmetazos en la espalda. Mientras el otro le administraba la medicina, inclinábase D. Francisco hacia adelante, rígido, hinchado, como un costal repleto y puesto de pie, que pierde el equilibrio.

—Basta: te digo que basta. Tienes una mano que parece un pisón para adoquinar las calles... ¡recuerno!... Pues ya he recobrado la memoria; ya sé lo que iba á deciros, señores comensales... Pues, alguno de vosotros manifestó que se debía dar algo á mi cochero, que está esperándome ahí fuera... y yo... cabal... yo dije: «Señores, _abundo_ en vuestras ideas, ó _en otros términos_ pienso también que se debe dar algo á ese borrachón de mi cochero.»

—Pues es verdad—gruñó Matías.—No me acordaba. ¡Colasa...!

—Y _á este tenor_, sigo diciéndote—prosiguió don Francisco con evidente dificultad para mantener derecho su cuerpo,—que no me encuentro muy bien que digamos. Parece que me he tragado la cruz de Puerta Cerrada, que desde aquí veíamos por la ventanilla... ¡Toma, ya no la veo!... ¿Dónde se habrá ido esa arrastrada... cruz... Cruz?... He dicho Cruz, y no me vuelvo atrás...

—¡Pacorro de mi alma!—exclamó Matías abrazando con violencia el cuerpo de D. Francisco, que en uno de aquellos vaivenes fué á chocar contra el suyo,—te quiero como á un hijo... Para que se nos despeje la cabeza, venga café... ¡Colasa!

—Café moka—dijo Torquemada con ansia, abriendo no sin esfuerzo sus párpados, que á todo trance se le querían cerrar.—Café...

—¿Con ron, ó caña?

—También hay _fin-champán_.

—Señores—murmuró el Marqués de San Eloy con mugidos más que con palabras,—yo estoy mal, muy mal... El que diga que yo me encuentro bien, falta á la verdad... á la verdad de los hechos... He comido como el más tragón de todos los Heliogábalos... Pero, yo juro por las santísimas biblias en pasta, que lo tengo de digerir, para que allá no digan... para que no se ría de mí esa, la otra, la... ¡Cuerno con la memoria! Dí tú, Matías, ¿cómo se llama esa...?

—¿Quién?

—Esa... la hermana de mi difunta... Se me ha olvidado el nombre... Mira tú, hace un rato la estaba viendo por el ventanillo... por allí...

—Ya... la cruz de Puerta Cerrada.

—¡Ah!... Puerta Cerrada se llama... la cruz es ésta, no... la otra... y la Puerta Cerrada es la Cruz que yo tengo dentro de mi cuerpo y que no puedo echar fuera... cruz del diablo, y puerta del Cielo que no quiere abrirse, y puerta cerrada del Infierno... Oye..., ¿cómo se llama ese marrano de clérigo...? el de las municiones, measiones, misiones ó como quiera que se diga. Díme cual es su gracia que quiero soltarle cuatro frescas... Entre él y la gata gazmoña de Gravelinas _concibieron el plan_ de envenenarme... Y _lo llevaron á cabo_... Ya ves... cómo me han puesto... Me metieron en el cuerpo esta casa... ¿Cómo la echo yo ahora, cuerno, biblias pasteleras... _ñales_ de San Francisco?

Cayó del lado contrario al sitio que ocupaba Matías, y fué á dar contra una silla, que le impidió rodar al suelo. Acudieron todos á él. No sabían si enderezarle ó tenderle, poniendo en fila dos ó tres banquetas. Gruñendo como un cerdo, se retorcía con horrorosas convulsiones. Por fin, brrr... El suelo de la trastienda era poco para todo lo que salió de aquel cuerpo mísero.. ¡Colasa...!

XI

—Este hombre está muy malo—dijo Matías á sus amigos.—¿Y qué hacemos? ¿Qué jinojo le damos?...

—Déjalo que desembaule.

—¡Ay, Dios mío!... ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¡Vaya un contratiempo!... Yo que creí... ¡Lástima de comida! Matías, señores, yo estoy muy malo...

Esto fué lo primero que dijo Torquemada después del horrible soponcio, y si al desembaular sintió aliviada la opresión, luego le atormentaron agudísimos dolores en la región gástrica.

—Una taza de te... ¡Colasa...!

—¡Yo que estaba tan terne!... ¡Y me había caído tan guapamente la comida! ¿Sabéis lo que me ha hecho daño? El calor. Hace aquí un bochorno horrible... Y como hablábais todos á un tiempo, y hacíais ruido golpeando en la mesa con los vasos... ¡Ay, qué dolor! Parece que me retuercen las tripas... Digan lo que quieran, esto no es natural. Porque, créanmelo: tiene uno adarmes de _científico_, y sabe distinguir los males naturales de los artificiales... Hay _fenómenos patológicos_ que son obra de la Naturaleza, y otros que son _el resultado_ de la malquerencia de nuestros enemigos. Juraría que tengo calentura. Tú, Matías, ¿entiendes de pulso?

Propusiéronle llevarle á su casa, y se resistió á ello. No podía tenerse derecho, y la cabeza le pesaba como plomo. Se la sostenía con ambas manos, apoyados los codos en la mesa.

—No voy á casa, hasta que no me pase esta desazón. El dolor ya no es tan fuerte. Pero noto que se me escabulle otra vez la memoria. ¿Creeréis que no me acuerdo de cómo se llama mi casa? es decir, se me ha trasconejado el nombre del muy gorrino del Duque á quien se la compré, tramposo él, pinturero él... ¡Otra! también se me ha ido el nombre de mi cochero... En mi casa estarán con el alma en un hilo, y mi... tampoco me acuerdo... esa, el cura y Donoso... creerán que me he muerto... El caso es que tampoco me doy cuenta de por qué me entró la ventolera de salir tan de mañana. Ello debió de ser una idea repentina, un negocio urgente... Vamos, que no encuentro la _concordancia_... Lo que sí tengo bien clavado en la memoria es que en mi casa hay muchos cuadros, y el _Massaccio_, el famoso _Massaccio_, por el cual me ofrecían los ingleses quinientas libras, y no lo quise dar... Á ver si ustedes ayudan mi memoria. ¿Salí yo porque me llamásteis para comprarme la galería que fué de aquel _punto_... tampoco me acuerdo..., del papá de _doña_ Augusta? ¿Ó salí porque me dió una idea _sui generis_, y me eché á correr sin saber lo que hacía?

—Vete á tu casa... Váyase, Sr. D. Francisco—le dijo Vallejo, que con el susto iba recobrando el uso corriente de sus facultades mentales.—Allá estarán con cuidado.

Los otros fueron de la misma opinión, y apoyaron las razones de Vallejo, que ya quería ver su establecimiento libre de tal estorbo.