Part 10
—Claro, y la misión del sacerdote, es restregarle á uno la muerte en los hocicos... Pues mire usted, señor misionero, muy malo estoy, muy mal; pero no se entusiasmen tan pronto los que están deseando verme salir de aquí con los pies por delante: que como yo me plante en no morirme, no habrá _tu tía_: soy de mucho aguante, y de una madera que no se tuerce ni se astilla. Ni todo el protomedicato, ni todo el cleriguicio del mundo me han de precipitar á la _defunción_ antes de que la cosa venga por sus pasos contados. Y los que piensan heredarme, que esperen sentaditos. ¿No hay más sino hacer el caldo gordo á los que no nos quieren bien? Todavía he de dar mucha guerra. Claro, que cuando llegue la _sazón oportuna_, y la naturaleza diga _de aquí no paso_, yo no he de oponerme. _Seamos justos_: no me opongo, _en principio_, se entiende. Pero aún no, aún no, _¡ñales!_ y guárdese usted sus responsos para cuando se los pidan, _¡ñales!_ para cuando los pidan las circunstancias... _¡reñales!_ ¿Qué es usted? Un funcionario de lo espiritual, que viene á prestar servicio cuando le llaman. Pero entre tanto no se le avise, usted no toca pito, ni tiene vela en este entierro... digo, no se trata de entierro, ¡cuidado!, sino de una cosa _diametralmente opuesta_.
—¡Bueno, mi Sr. D. Francisco, bueno!—dijo el clérigo con dulzura, comprendiendo que en aquella crisis de hipocondría, no era prudente contrariarle.—Usted avisará. Siempre me tiene á sus órdenes. Espero verle á usted pronto aliviado de sus alifafes, y por consiguiente, aplacadas esas cóleras que se le suben á la cabeza y le empañan el juicio. Á descansar, y ya hablaremos otro día.
Hablaron otro día y otro, sin adelantar cosa mayor, porque lejos de mejorar, agravóse el enfermo, haciéndose intratable. Ni Donoso ni Gamborena podían con él, y éste veía con desconsuelo el mal giro que iba tomando el negocio de aquella conciencia, y cuán expuesto era perder la partida, si la infinita misericordia no abría caminos nuevos por donde menos se pensara.
Tanto arreciaba el mal del Marqués de San Eloy, que en todo Abril no tuvo un día bueno y hubo de apartarse absolutamente de los negocios, poniéndose más displicente á causa de la holganza, y dándose á los demonios, de sólo pensar que ya no ganaba dinero, y que sus capitales se estancarían improductivos. Raro era el día que no devolvía los alimentos. ¡Cosa más rara! Comía con regular apetito, procurando contenerse dentro de la más estricta sobriedad, y á la hora, ¡zás!, mareos, angustia, bascas, y... Francamente, era una broma pesada de la naturaleza ó de la _economía_... «¡Ah!...—exclamaba palpándose el estómago y los costados,—no sé qué tiene esta condenada _economía_, que parece una casa de locos. No hay gobierno aquí dentro, y los _órganos_ hacen lo que les da la real gana, sin respeto al orden establecido ni á los hechos consumados. ¿Qué _biblias_ tiene este cuerpo para no querer alimentarse, y para rechazarme la buena comida que le _propino_? Sin duda hay levadura de revolución ó de anarquismo en estas interioridades mías... Pero que se ande con cuidado el señor estómago, que estas demasías _fenomenales_ se toleran una vez, dos veces; pero bien podría encontrarse un específico que le pusiera las peras á cuarto al _órgano_ éste, que me está dando la santísima, y haciéndome... ¡ay, ay!...»
Su displicencia no era continua, pues á menudo la interrumpían enternecimientos, que por su exageración eran verdaderos ataques. Algunos días mostrábase tan tierno, que no parecía el mismo hombre, y sus ternuras recaían casi siempre en Rufinita, que por aquel entonces no faltaba de su lado día y noche.
—Hija querida, tú eres la única persona que me quiere de veras. ¿Quién se interesa por mí más que tú?... Por eso ¡malditas Biblias! yo te quiero á tí más que á nadie. Tú no haces ni dices cosa alguna por aburrirme y fastidiarme, como otras _personalidades_ que parece que están estudiando la manera de hacer cosquillas á mi genio, para hacerle saltar. Tú eres el _dechado_ de las buenas hijas, y un ángel, como quien dice, si bien yo, _seamos justos_, no creo que haya ángeles ni serafines... Pero yo te quiero con toda mi alma, y... te lo digo con el corazón en la mano, si por algo siento _mi defunción_, es por tí, pues aunque tienes á tu maridillo, te vas á quedar muy solita, muy solita. Ya ves... se me llenan de agua los ojos, y se me cae la baba.
Rufina, que era buena como el pan, le consolaba y le hacía mil carantoñas, procurando arrancar de su mente toda idea pesimista, y de su corazón el odio inextinguible hacia otras personas de la familia.
—No, hija de mi vida—decía mordiendo el pañuelo que tenía en la mano,—no me digas que Cruz es buena. Tú juzgas á todos por _el prisma_ de tí misma, pedazo de ángel; pero tu corazón tierno te engaña. No es buena esa mujer. Yo me reconcilié con ella, por complacer al amigo Donoso y á ese Gamborena bendito, y también por no ser _un óbice_ al arreglo y separación de intereses... Ya ves: hemos vuelto á ser amigos, y nos tratamos, y yo la considero, y me someto á sus caprichos de mujer arbitraria, y á sus mangoneos. Días hace que no como más que lo que ella dice...
Volvía Rufinita á la carga, ensalzando los méritos de Cruz, su talento y su intachable rectitud, y el usurero parecía al fin, si no convencido, en vías de convencerse. Extremaba sus cariños á la hija, hasta que pasado aquel remolino misterioso de su hipocondría, volvían las amargas ondas á invadir su alma.
—¡Qué empeño tenéis todos en que estoy muy enfermo!—decía paseándose por el cuarto,—Y ese Quevedillo, tu marido, lo conseguirá al fin si hago caso de su ciencia de _ñales_. ¿Qué sabe él de estas cosas de la _economía_? Lo que yo entiendo de castrar mosquitos entiende él de _Facultad_. ¡Vaya con el plan que quiere ponerme ahora! Que no tome más que leche, leche por la mañana, leche por la noche, leche á la madrugada. ¡Leche! ni que fuera yo un mamón... Porque, _seamos imparciales_, ¿qué interés tienen ustedes en que yo siga muy malo? No se hable de morirme, pues de eso no se trata, sino de estar malísimo... ¿Qué vais ganando vosotros con que yo viva preso en este cuarto del mismísimo cuerno, y no pueda salir á _evacuar_ mis asuntos?... ¡Ah! ya veréis, ya veréis algún día, de aquí á muchísimos años, cuando yo cierre el párpado... muchísimos años... ya veréis... ¡Qué chasco vais á llevaros cuando os encontréis con que _no hay tales carneros_, con que la riqueza que creíais pingüe es no más que _un pedazo de pan_, como quien dice, porque lo ganado ayer con el trabajo, se ha perdido hoy con la holganza!... Claro, van otros, y apandan los negocios, mientras yo me estoy aquí, quitándole motas al santísimo aburrimiento, y mirando á mi estómago y á mi _economía_, y á mis biblias de tripas, para ver si pasa ó no pasa por ellas el... que sé yo qué... Es horrible vivir así, viendo que el montón amasado _con mi sudor_ se desmorona, y que lo que yo pierdo, otros lo ganan, se llevan la carne y no me dejan más que el hueso...
Porque otro síntoma de su mal, á más de aquellos enternecimientos que rompían la igualdad de su endiablado humor, era la tenaz idea de que no pudiendo trabajar, no sólo se estancaban sus capitales sino que la inacción los destruía, hasta llevarlos á la nada, cual si fueran una masa líquida abandonada á la intemperie y á la evaporación. En vano sus amigos empleaban la lógica más elemental para arrancarle idea tan absurda, pero ésta se aferraba á su mente con tal fuerza, que ni lógica, ni ejemplos claros, ni el razonamiento ni la burla, le curaban de aquel extraño mal de la imaginación. Noche y día le atormentaba la pícara idea, y para sofocarla, no hallaba más arbitrio que retardar considerablemente su muerte, suponerse curado y metido otra vez en el trajín ardiente de los negocios.
De mal en peor iba el hombre, y llegó día en que sólo el intento de ponerse á comer le producía indecibles molestias del estómago y riñones, opresión cardíaca y vértigos. Una noche, después de luchar con el insomnio, cayó en un sopor que más parecía borrachera que sueño, y allá de madrugada despertó de un salto, como si se hubiera desplomado sobre él la elegante cimera de la cama en que dormía. Una idea terrible le asaltó, como rayo que le atravesara el cráneo de parte á parte. Saltó del lecho á obscuras, encendió la luz... La idea no se desvaneció ante la claridad; al contrario, agarrábase con más fuerza á su ofuscado entendimiento. «Es cosa clara, es como esa luz, es la pura evidencia, y soy el mayor zoquete del mundo por no haberlo descubierto antes... ¡Me están envenenando!... ¿Quién es el criminal? No quiero pensarlo... Pero el cómplice es ese Chatillón indecente y cochino, ese cocinero de extranjis... Gracias á Dios que lo veo claro: todos los días _me echan_ un poquitito, unas gotas de... lo que sea. Y así me voy muriendo sin sentirlo. No cabe duda. Si no, que me hagan la autopsia ahora mismo, y verán cómo está mi _economía_... ¡Pero si siento en la boca el gustillo amargo de ese puerquísimo veneno!... _Lo repito, lo estoy repitiendo_ á todas horas... ¿Y serán capaces de negármelo esos bandidos?»
Las tristísimas horas de angustia, de espanto, de convulsiva congoja que pasó hasta que le visitaron las claridades del naciente día, no son para descritas. Tan pronto se arropaba transido de frío, tan pronto abrasado de calor retiraba el pesado edredón. Y la idea que le taladraba los sesos descendía por la corriente nerviosa hasta el gran simpático, y allí se cebaba la infame, produciéndole un afán inenarrable, y un suplicio de Prometeo. «Estoy pensando con el estómago... Váyase lo uno por lo otro, pues ayer he estado digiriendo con la cabeza.»
La luz matinal le despejó un poco, llevando á su espíritu la duda, que en aquel caso era consoladora. Sería ó no sería. El envenenamiento podía ser, podía no ser un hecho. Ya se afirmaba en su mortificante idea, ya la desechaba como la más absurda que en cerebro enfermo pudiera manifestarse. Al fin, ¡qué demonio! la razón fué recobrando sus fueros, é imponiéndose á los insubordinados pensamientos que en aquella infausta madrugada dieron el grito de rebelión... «¡Envenenarme!... ¡qué desatino!... ¿Y á santo de qué?»
VIII
Levantóse, lleváronle el chocolate, y lo mismo fué verlo ante sí, que le acometió una repugnancia intensísima, y la terrible idea asomó como un diablillo que juega al escondite. «Aquí estoy—le dijo.—No tomes esa pócima, si quieres vivir...»
—Ramón—dijo Torquemada á su ayuda de cámara.—No quiero el chocolate. Díle al danzante de Chatillón que ese jarope se lo tome él, para que reviente de una vez... Oye: desde mañana, que me traigan todos los trebejos, y una lamparilla de espíritu: yo mismo haré aquí mi chocolate.
Su tenaz monomanía le sugirió un procedimiento lógico, en esta forma: «Pero, ¿á qué me apuro, si es tan fácil probarlo? Un par de días me bastarán para llegar al convencimiento claro de si me envenenan ó no me envenenan. La cosa es facilísima. No tengo tranquilidad hasta no asegurarme... _palmariamente_...»
Pidió su coche. Para evitar las preguntas y oficiosidades de Cruz, que de fijo, al verle salir tan de mañana, habría de sorprenderse y alarmarse, procurando por todos los medios impedir la salida, quiso aprovechar los momentos en que la señora oía su primera misa. ¡Buena se pondría cuando supiera que el enfermo se había echado á la calle en uso de su libérrima voluntad! ¡Y qué aspavimientos haría la condenada! «Salir tan temprano, y sin desayunarse... ¡Y estando tan delicadito!...» «Tú sí que estás delicadita... pero es de la conciencia... Ya te daré yo remilgos...» Y antes de que concluyera la misa, escapó como un colegial, con no poca sorpresa de la servidumbre, que al ver salir al señor Marqués tan á deshora, después del largo encierro, creyó que su enfermedad le había trastornado la cabeza.
Ordenó al cochero que le llevase _por las afueras_, sin designar sitio; ansiaba respirar aire puro, ver caras nuevas, es decir, caras distintas de las que diariamente veía en su casa, y espaciar su espíritu y sus ojos. La mañana estaba hermosísima, risueño y claro el cielo, despejado el ambiente. No bien salió el carruaje á las rondas, sintió Torquemada que se le iba metiendo en el alma la placidez de aquel hermoso día de Mayo; y al avanzar hacia los suburbios, cuanto veía, suelo y casas, árboles y personas, se presentaba á sus ojos cual si hubieran dado á la Naturaleza _una mano de alegría_, ó pintándola de nuevo. Así vió el tacaño lo que veía: los transeuntes, gente de pueblo que habitaba en aquellos arrabales, se le antojaron seres felices que iban por la calle ó carretera pregonando con la expresión del rostro, más que con la palabra, la dicha de que se hallaban poseídos en aquel día supremo.
Desde los altos de Vallehermoso mandó al cochero que descendiera á las alamedas de la Virgen del Puerto, y allí se aventuró á dar un paseíto á pie. Apoyándose en el bastón de puño de asta, recorrió distancias considerables, gozoso de notarse con fuerzas para ello, aunque claudicaba un poco, sus piernas no eran un modelo de seguridad, y le dolían las plantas de los pies. Y para mayor dicha, no sentía molestia alguna en el estómago, ni en el vientre, ni en parte alguna. ¡Si ni siquiera se enteraba de poseer tal estómago! En verdad, no hay cosa más higiénica que los paseos matinales, ni nada que destruya la naturaleza como encamarse y llenarse el cuerpo de asquerosos medicamentos. Por supuesto, su familia tenía la culpa de que él hubiese llegado á tal estremo en su dolencia, la cual no habría pasado de una leve indisposición, si no le rodearan de tan estúpidos cuidados y precauciones, si no le marearan con tanto mediquillo hablando del _píloro_ y de la _diátesis_, y de tanto clérigo agorero hablando de la muerte.
—¡Biblias pasteleras!—exclamó cuando ya llevaba una hora de renquear por aquellas solitarias alamedas.—¿Pues no tengo apetito?... Sí, no hay duda. Ó esto es apetito, ó yo no sé lo que me pesco. Apetito es, y de los finos. Las señas son mortales. ¡Me comería yo ahora...! Vamos, cosa de mucho peso no me comería; pero unas buenas sopas de ajo, ó un arroz con bacalao, sí que me lo zampaba... Véase por dónde hice bien en no tomar el chocolate en mi casa. En cuanto el estómago se ha echado á la calle, ya es otro hombre, ya es otro estómago, _por decirlo así_, y recobra su autonomía. Bien, bien... ¡Cómo me río yo ahora de Cruz, y de Donoso, del propio _San Pedro_ con llaves y todo, y de ese ladrón de cocinero, y de toda la taifa de mi casa-palacio!... ¡Ah, caserón de Gravelinas, déjate estar, que ya te arreglaré yo! Por lo que me has hecho sufrir _en tu recinto_, yo te derribaré, después de enajenadas todas _las Américas_, y venderé el solar que vale un pico. Y que se vayan Cruz y el de las llaves á decir sus misas, y á rezar sus letanías á otra parte... ¡Cuerno, pues esto pasa de castaño obscuro! ¡Vaya un señor apetito que me está entrando! Es un apetito _famélico_, como el que uno tiene cuando es muchacho, y vuelve de la escuela... ¡Si me comería medio carnero!... Pero ¡ay! de sólo recordar los bodrios á la francesa que hace Chatillón, parece que el estómago quiere llamarse á engaño, y siento esas cosquillas que anteceden á las ganas de vomitar... No, no: abajo la raza espúrea de los Chatillones y compinches... Ya os arreglaré yo, grandísimos tunantes, si, como _todo parece indicar_, resulta demostrado... Pero á bien que quizás no seáis vosotros los culpables... ¿Qué interés podíais tener vosotros en que yo _estirara la pata_ tan pronto? En otra parte habrá que buscar la iniciativa del crimen... ¡Pero qué apetito tan bárbaro! ¿Qué mejor síntoma de lo que sospeché y descubrí? El estómago echa las campanas á vuelo desde que se ha visto lejos de aquella infame facción... y con su alegre repicar me dice que coma, que coma sin miedo, libre ya de clérigos y beatas, que lo mismo envenenan un alma que un cuerpo... Y si yo, Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, me metiera en un ventorrillo de esos que hay hacia los lavaderos, y pidiera un plato de callos, ó unas magras con tomate, ¿qué diría la voz pública?... ¡já, já! ¿qué diría el Senado si tal supiera? ¡já, já!... Lo cierto es que me rejuvenezco... Bien dijo el que dijo que todo eso de Religión es música, y que no hay más que Naturaleza... Naturaleza es la madre, la médica, la maestra y la novia del hombre...
De sus desordenados pensamientos no podía derivarse ninguna acción que no fuera un desatino, y en vez de volverse á casa, se pasó un gran rato discurriendo dónde buscar la pitanza que su estómago con energías juveniles le reclamaba. De pronto, como caballería que olfatea el pesebre, pegó un respingo y enderezó las miradas del cuerpo y el alma hacia el caserío de Madrid, que desde aquella parte apiñado se ve, cien cúpulas y torres, Vistillas, puerta de Toledo, San Francisco, San Cayetano, Escuela pía de San Fernando, etc... Sintió la querencia de los sitios en que pasara los años mejores de su vida trabajando como un negro, eso sí, pero en tranquila independencia, aquellos deliciosos barrios del Sur, tan prolíficos, tan honrados, tan rumbosos, y con tanta alegría en las calles como gracejo en las personas. Desearlo y resolverlo fué todo uno, y el cochero arreó por la calle de Segovia arriba, con orden de pararse en Puerta Cerrada.
Desde que se apeó el señor Marqués, empezó á fijarse en él la gente, y cuando avanzaba despacito por la calle de Cuchilleros, cargando el cuerpo sobre el bastón, como si anduviese con tres pies, hombres y mujeres salían á las puertas de las angostas tiendas para mirarle. Los más no le conocían: si su rostro había cambiado mucho en los últimos tiempos, más había cambiado _la fisonomía del pueblo_. En los años transcurridos desde que el usurero Torquemada trasladó su vida y sus tráficos á otras esferas, casi teníamos una generación nueva. Pero alguien, entre los antiguos, debió de conocerle sin duda; corrió la voz entre el vecindario, y á cada minuto salían á las puertas más y más personas. Recorrió toda la calle por la acera de los impares, reconociendo las principales tiendas, que poca ó ninguna mudanza ofrecían. En la acera de enfrente vió la casa en que había morado la gran doña Lupe, y este recuerdo prodújole una fugaz emoción. Si viviera _la de los pavos_, ¡cuánto se alegraría de verle!... ¡y cómo le palpitaría el seno de algodón!
En una y otra acera reconoció, como se reconocen caras familiares y en mucho tiempo no vistas, las tiendas, que bien podrían llamarse históricas, madrileñas de pura raza: pollerías _de aves vivas_, la botería con sus hinchados pellejos de muestra, el tornero, el plomista, con los clisteles relucientes como piezas de artillería de un museo militar, la célebre casa de comidas de _Sobrinos de Botín_, las tiendas de navajas, el taller y telares de estera de junco, y por fin la escalerilla, con su bodegón antiquísimo, como caverna tallada en los cimientos de la Plaza Mayor. Ante él se detuvo un instante; pero la curiosidad pegajosa de unas mujeres que á la puerta de la tal caverna salieron, le hizo volver grupas y tirar para abajo. Con el dueño de aquel figón tuvo buenas amistades D. Francisco en otros tiempos; pero ya el establecimiento había pasado á nuevas manos. «La verdad—pensó el de San Eloy, remando otra vez hacia Puerta Cerrada por la acera de los pares,—la verdad es que se va muriendo la gente. Hoy uno, mañana dos; pero no se acaba el mundo, no; y vienen otros, y otros, y los que ayer eran niños, hoy andan por aquí gobernando los _establecimientos_.» Del fondo obscuro de una pollería, con el suelo ensangrentado y lleno de plumas, desembocaron unas mujeres que debieron de reconocerle; así al menos lo revelaba el pasmo que se pintó en sus semblantes, y el asombro con que se santiguaban. Corrió la voz, cual reguero de pólvora, y antes de que llegara á la tienda de las jeringas, algunas voces pronunciaron el nombre de Torquemada. Él no hizo caso, y siguió, acordándose de que era prócer, ricacho, y que no estaban bien las familiaridades con aquella gente. Fijóse un instante en la vitrina donde se exponían, en reluciente variedad, todos los tipos de lavativas y clisteles, y un poco más allá hizo propósito de preguntar por el único amigo que en aquellos barrios conservaba, y convidarse á tomar un bocado en su establecimiento, si tenía la suerte de encontrarle en él. ¡Tendría gracia que se hubiera muerto Matías Vallejo en el año transcurrido desde la última vez que se vieron! «Bien podría ser, porque... todos los días está pasando que antes de morirse uno, se mueren... los otros.»
Detúvose á contemplar una sucia vidriera de taberna, en la cual vió el cazolón de judías con un moje colorado que tiraba para atrás, las doradas sardinas, las amarillas ruedas de merluza, las chuletas del de la vista baja, pringadas en tomate, las sartas de chorizos, con aquel moho ceniciento y aquel cárdeno viso que acusan su prosapia española; y estaba _dilucidando_ el señor Marqués si aquel bodegón sería ó no sería el de Vallejo, cuando...
IX
He aquí que el propio Matías Vallejo se le puso delante, y quitándose la gorra con muestras de tanto respeto como alegría, le dijo:
—¡Señor D. Francisco de mi alma, usted en estos barrios, usted mirando estas pobrezas!
—¡Ah! Matías, pensaba preguntar por tí. ¿Es esta tu casa? ¿Y la tienda, dónde está?
—Venga, venga conmigo—dijo aquel pedazo de animal, llevándole de una mano, para lo cual fué preciso romper á codazo limpio el círculo de curiosos que al instante se formó.
Componían la persona de Matías Vallejo una panza frailuna, revestida del verde mandil con rayas negras, por abajo unos pies que apenas cabían dentro de inconmensurables pantuflas de alfombra, y por arriba una cabeza que era lo mismo que un gran tomate con ojos, boca y narices. Sobre todo esto, una afabilidad campechana, una risa bramadora, y un mirar acuoso y tierno, que indicaban la paz de la conciencia, el vinazo y la vida sedentaria. Con este hombre que á la sazón contaba sesenta años, y contaría más, si no reventaba pronto como un pellejo al que se le cascan las costuras y se le corre la pez, tuvo D. Francisco amistad íntima en otros tiempos. En los de sus grandezas, fué la única persona de aquellos barrios con quien se trató pasajeramente. Matías Vallejo, rompiendo por todas las etiquetas, se presentó dos ó tres veces en la casa de la calle de Silva y en el palacio de Gravelinas, á pedir un auxilio pecuniario al amigo de antaño, y éste se lo prestó gentilmente, sin interés, caso inaudito del cual no hay otro ejemplo en la historia del grande hombre. Verdad que Vallejo cumplió bien, y los réditos se los pagó en gratitud; que era hombre de buena cepa, y también _de circunstancias_, á su manera tosca.
Pues, como digo, lleváronle á la tienda, y de ésta á la trastienda, casi en triunfo, y le sentaron junto á una mesa de palo mal pintado, en la cual las culeras de los toscos vasos habían dejado círculos de moscatel pegajoso, que una mujer refregó, más que limpió, con un trapo. Vallejo, su hija y yerno, y otras dos personas que en la trastienda había, estaban como atontados con tan extraordinario y excelso huésped, y no sabían qué decirle, ni qué obsequios hacerle para cumplir, y dejar bien puesto el pabellón de la casa. Iban de aquí para allá, azorados: la mujerona contenía la irrupción de los parroquianos entrometidos que quisieron colarse detrás de D. Francisco; Vallejo se reía como un fuelle, y el yerno se rascaba la cabeza, quitándose la gorra y volviéndosela á poner.
—¡Vaya, vaya, D. Francisco por aquí! ¡Qué sorpresa... venir á honrar este pobre tenducho... tú, un señor Marqués...!
En otro tiempo se tuteaban Torquemada y Vallejo. Éste cayó en la cuenta de que á tiempos nuevos, tratamientos nuevos, y mordiéndose la lengua como por vía de castigo, juró tener más cuidado en adelante.