Torquemada en la cruz

Part 9

Chapter 93,999 wordsPublic domain

La primera impresión de la graciosa joven, pasado el estupor del momento en que oyó la noticia, fué de alegría, de un respirar libre y de un desahogo del alma y de los pulmones, como si le quitaran de encima un formidable peñasco, con el cual venía cargada desde inmemorial fecha. El peñasco podía ser una pesadísima joroba que en aquel instante por sí sola se le extirpaba, permitiéndole erguirse con su natural gallardía. «Matrimonio—se dijo—significa límite. De aquí para allá, no más miseria, no más hambre, no más agonías, ni la tristeza infinita de esta cárcel... Podré vestirme con decencia, mudarme de ropa, arreglarme, salir á la calle sin morirme de vergüenza, ver gente, tener amigas..., y sobre todo, soltar este remo de galera, no tener que volverme loca pensando en cómo ha de durar un calabacín toda la semana..., no contar los garbanzos como si fueran perlas, no cortar y medir al quilate los pedacitos de pan, comerme un huevo entero..., rodear á mi pobre hermano de comodidades, llevarle á baños, ir yo también, viajar, salir, correr, ser lo que fuimos... ¡Ay, hemos sufrido tanto, que el dejar de sufrir parece un sueño! ¿Acaso estoy yo despierta?» Se pellizcaba y luego corría por toda la casa, emprendiendo maquinalmente las faenas habituales: coger un zorro y empezar á sacudir latigazos á las puertas, coger también la escoba, barrer... «No hagas mucho ruido—le dijo Cruz, que pasaba del comedor á la cocina llevando loza.—Todavía me parece que duerme. Mira..., yo barreré un poco; enciende tú la lumbre: toma la cerilla... Cuidadito al encenderla, que no tenemos más que tres por junto.» Daba estas órdenes con sencillez, como si momentos antes no hubiera ejercido su autoridad en la cosa más grave que ejercerse podría. Creyérase que no había pasado nada, que todo había sido broma. Pero Cruz era así, un carácter entero, que disponía lo que juzgaba conveniente, empleando la misma autoridad glacial en las cosas chicas que en las grandes. Cambió de mano la escoba. ¡Sabe Dios lo que Cruz pensaba mientras barría! Fidela, al encender la lumbre, siguió recreando su mente con la risueña perspectiva del cambio de vida. Hubo de pasar algún tiempo, en el cual prendió la astilla y se levantó la vagorosa llama, antes de que comenzara la natural reacción de aquel júbilo, ó el despertar de aquel ensueño, permitiendo ver la realidad del tremendo caso. La llama atacaba con brío el carbón, cuando á Fidela se le representó la imagen de Torquemada en toda su estrafalaria tosquedad. Bien observado le tenía, y jamás pudo encontrar en él ninguna gracia de las que adornan el sexo fuerte. ¿Pero qué remedio había más que resignarse para poder vivir? ¿Era ó no una salvación? Pues siendo salvación para los tres, ella por los tres se ofrecía en holocausto al monstruo, y se le entregaba por toda la vida. Menos mal si los demás vivían alegres, aunque ella pasase la pena negra con los amargores de aquel brebaje que se tenía que tomar.

Esta idea le quitó el apetito, y cuando su hermana preparó, con la rapidez de costumbre, el chocolate con agua que á las dos servía de desayuno, Fidela no quiso probarlo.

—¿Ya vienes con tus remilgos? ¡Si está muy bueno!—le dijo Cruz, poniendo sobre la mesa de la cocina los mendrugos de pan del día anterior que ayudaban á tragar la pócima.—¿Qué? ¿Estás preocupada con lo que te dije? ¡Ay, hija mía, en esta fiera lucha que venimos sosteniendo, cuando hay que hacer algo se hace! Á ti te ha tocado esta obligación, como á mí me han tocado otras, bien rudas por cierto, y no hay remedio. Si los tres hemos de vivir, de ti dependen nuestras vidas. Y no resulta el sacrificio tan duro como á primera vista parece. Cierto que no es muy galán que digamos. Cierto que se ha enriquecido prestando dinero con espantosa usura, y lleva sobre sí el menosprecio y el odio de tanta y tanta víctima. ¡Pero ay, Fidela, no puede una escoger el peñasco en que ha de tomar tierra! La tempestad nos arroja en ese. ¿Qué hemos de hacer más que agarrarnos? Figúrate que somos pobres náufragos flotando entre las olas sobre una tabla podrida. ¡Que nos ahogamos, que nos traga el abismo! Y así se pasan días, meses, años. Por fin alcanzamos á ver tierra. ¡Ay, una isla! ¿Qué hemos de hacer más que plantarnos en ella y dar gracias á Dios? ¿Es justo que, ahogándonos y viendo tierra cercana, nos pongamos á discutir si la isla es bonita ó fea, si hay en ella flores ó cardos borriqueros, si tiene pájaros lindos ó lagartijas y otras alimañas asquerosas? Es una isla, es suelo sólido, y en ella desembarcamos. Ya procuraremos pasarlo allí lo mejor posible. ¡Y quién sabe, quién sabe si metiéndonos tierra adentro encontraremos árboles y valles hermosos, aguas saludables, y todo el bien de que estamos privadas!... Conque... no hay que afligirse. Es hombre de clase inferior y de extracción villana. Pero su inferioridad y las ganas que tiene de aseñorarse le harán más dócil, más dúctil, y conseguiremos volverle del revés. Por más que tú digas, yo veo en él cualidades; no es tonto, no. Rascando en aquella corteza, se encuentra rectitud, sensibilidad, juicio claro... En fin, casados os vea yo, y déjale de mi cuenta... (_Pausa._) ¿Y á qué viene ahora ese lloro? Guarda la lagrimita para cuando venga á pelo. Esto no es una desgracia; esto, después de diez años de horrible sufrimiento, es una salvación, un inmenso bien. Reflexiona y lo comprenderás.

—Sí, lo comprendo... No digo nada—murmuró Fidela, decidiéndose á tomar el chocolate, que más pudo al fin la necesidad que el asco.—¿Es preciso hacerlo? Pues no se hable más. Aunque el sacrificio fuera mucho mayor, yo lo haría. No están los tiempos para escrupulizar, ni para pedir que nos sirvan platos de gusto. Lo que dices..., ¡quién sabe si será la isla menos árida y menos fea de lo que parece mirada desde el mar!

—Justo... ¡Quién sabe...!

—Y si una vez salvados, nos alegraremos de estar en ella... Porque eso no se sabe. ¡Cuántas se han casado creyendo que iban á ser muy felices, y luego resultaba que él era un perdido y un sinvergüenza! ¡Y cuántas se casan como quien va al matadero, y luego...!

—Justo... Luego se encuentran con ciertas virtudes que suplen la belleza, y con un orden económico que al fin y al cabo hace la vida metódica, dulce y agradable. En este mundo pícaro no hay que esperar felicidades de relumbrón, que casi siempre son humo; basta adquirir un mediano bienestar. Las necesidades satisfechas: eso es lo principal... ¡Vivir, y con esto se dice todo!

—¡Vivir!..., eso es... Pues bien, hermana, si de mí depende, viviremos.

Gozosa de su triunfo se levantó Cruz, y encargando á su hermana que no diese la noticia á Rafael sino después de prepararle gradualmente, se vistió de máscara para ir á la compra, la obligación que más la molestara y que más penosa se le hacía entre todas las cargas de aquella abrumadora existencia.

Rafael llamaba. Acudió Fidela, y dándole la ropa le incitó á levantarse. Aquel día estaba la joven de buenas, y propuso á su hermano llevarle á dar un paseo.

—Noto en el timbre de tu voz una cosa muy extraña—le dijo el ciego, levantado ya, y cuando la hermana le ponía delante la jofaina para que se lavase la cara.—No me niegues que te pasa algo. Tú estás más alegre que otros días...; alegre, sí, y conmovida... Tú has llorado, Fidela, no me lo niegues; hay en tu voz la humedad de lágrimas que se han secado hace un ratito. Tú has reído después ó antes de llorar. Todavía te queda en la voz la vibración de la risa.

—Anda, no hagas caso... Date prisa, que es hora de peinarte, y te voy á poner hoy más guapo que un sol.

—Dame la toalla.

—Toma...

—¿Qué hay? Cuéntamelo todo...

—Pues hay... un poquitín de novedades.

—¿Ves? Anoche lo dije. Si yo adivino...

—Pues...

—¿Ha estado alguien en casa?

—Nadie, hijo.

—¿Han traído alguna carta?

—No.

—Yo soñé que traían una carta con buenas noticias.

—Las buenas noticias pueden llegar sin carta; vienen por el aire, por los medios desconocidos que suele usar la infinita sabiduría del Señor.

—¡Ay, me pones en ascuas! Dilo pronto.

—Te peinaré primero... Estate quieto... No hagas visajes...

—¡Oh, no seas cruel!... ¡Qué suplicio!

—Si no es nada, hijito... Quieto. Déjame sacar bien la raya. ¡Apenas es importante la raya!

—Á propósito de raya... ¿Qué es eso del límite que dijo Cruz? No he pensado en otra cosa durante toda la noche. ¿Quiere decir que hemos llegado al límite de nuestro sufrimiento?

—Sí.

—¿Cómo?... (_Levantándose con febril inquietud._) Dímelo, dímelo al instante... Fidela, no me irrites, no abuses de mi estado, de esta ceguera que me aisla del mundo y me encierra dentro de una esfera de engaños y mentiras. Ya que no puedo ver la luz, vea al menos la verdad, la verdad, Fidela, hermana querida.

V

—Sosiégate... Te diré todo—replicó Fidela, un poquitín asustada, colgándose de sus hombros para hacerle sentar.—Tiempo hacía que no te enfadabas así.

—Es que desde ayer estoy como un arma cargada á pelo. Me tocan y me disparo... No sé qué es esto... Un presentimiento horrible, un temor... Dime: en ese cambio feliz que nos espera, ¿ha tenido algo que ver D. José Donoso?

—Puede que sí: no te lo aseguro.

—¿Y D. Francisco Torquemada?

Pausa. Silencio grave, durante el cual, el vuelo de una mosca sonaba como si el espacio fuera un gran cristal rayado por el diamante.

—¿No respondes? ¿Estás ahí?—dijo el ciego con ansiedad vivísima.

—Aquí estoy.

—Dame tu mano... Á ver.

—Pues siéntate y ten juicio.

Rafael se sentó y su hermana le besó la frente, dejándose atraer por él, que le tiraba del brazo.

—Paréceme que lloras. (_Tentándole la cara._) Sí..., tu cara está mojada. Fidela, ¿qué es esto? Respóndeme á la pregunta que te hice. En ese cambio, en ese..., no sé cómo decirlo..., ¿figura de algún modo, como causa, como agente principal, ese amigo de casa, ese hombre ordinario que ahora estudia para persona decente?

—Y si figurara, ¿qué?—contestó la joven después de hacerse repetir tres veces la pregunta.

—No digas más. ¡Me estás matando!—exclamó el ciego apartándola de sí.—Vete, déjame solo... No creas que me coge de nuevas la noticia. Hace días que me andaba por dentro una sospecha... Era como un insecto que me picaba las entrañas, que me las comía... ¡Sufrimiento mayor...! No quiero saber más: acerté. ¡Qué manera de adivinar! Pero dime: ¿no trajisteis á ese hombre á casa como bufón para que nos divirtiera con sus gansadas?

—Cállate, por Dios—dijo Fidela con terror.—Si Cruz te oye se enojará.

—Que me oiga. ¿Dónde está?

—Vendrá pronto...

—¡Y ella...! Dios mío, bien hiciste en cegarme para que no viera tanta ignominia... Pero si no la veo, la siento, la toco...

Gesticulaba en pie, y habría caído tropezando contra los muebles, si su hermana no se abrazara á él, llevándole casi por fuerza al sillón.

—Hijo, por Dios, no te pongas así. Si no es lo que tú crees.

—Que sí, que sí es.

—Pero óyeme... Ten juicio, ten prudencia. Déjame que te peine.

De una manotada arrancó Rafael el peine de manos de Fidela, y lo partió en dos pedazos.

—Vete á peinar á ese mastín, que lo necesitará más que yo. Estará lleno de miseria...

—¡Hijo, por Dios!..., te vas á poner malito.

—Es lo que deseo. Mejor me vendría morirme, y así os quedabais tan anchas, en libertad para degradaros cuanto quisierais.

—¡Degradarnos! ¿Pero tú qué te figuras?

—No, si ya sé que se trata de matrimonio en regla. Os vendéis, por mediación ó corretaje de la Santa Iglesia. Lo mismo da. La ignominia no es menor por eso. Sin duda creéis que nuestro nombre es un troncho de col, y se lo arrojáis al cerdo para que se lo coma.

—¡Oh, qué disparates estás diciendo!... Tú no estás bueno, Rafael. Me haces un daño horrible...

Echóse á llorar la pobre joven, y en tanto su hermano se encerraba en torvo silencio.

—Daño, no—le dijo al fin;—no puedo hacerte daño. El daño te lo haces tú misma, y á mí me toca compadecerte con toda mi alma y quererte más. Ven acá.

Abrazáronse con ternura, y lloraron el uno sobre el pecho de la otra, con la efusión ardiente de una despedida para la eternidad.

Inmenso cariño aunaba las almas de los tres hermanos del Águila. Las dos hembras sentían por el ciego un amor que la compasión elevaba á idolatría. Él les pagaba en igual moneda; pero queriéndolas mucho á las dos, algún matiz distinguía el afecto á Cruz del afecto á Fidela. En la hermana mayor vió siempre como una segunda madre, dulce autoridad que, aun ejerciéndose con firmeza, reforzaba el cariño. En Fidela no veía más que la hermanita querida, compañera de desgracias, y hasta de juegos inocentes. En vez de autoridad, confianza, bromas, ternura, y un vivir conjuntivo, alma en alma; sintiendo cada uno por los dos. Era un caso de hermanos siameses, seres unidos por algo más que el parentesco y un lazo espiritual. Á Cruz la miraba Rafael con veneración casi religiosa: para ella eran los sentimientos de filial sumisión y respeto; para Fidela toda la ternura y delicadeza que su vida de ciego acumulaba en él, como manantial que no corre, y labrando en su propio seno, forma un pozo insondable.

Llorando sin tregua, no sabían desabrazarse. Fidela fué la primera que quiso poner fin á escena tan penosa, porque si Cruz entraba y les veía tan afligidos, tendría un disgusto. Secándose á toda prisa las lágrimas, porque creyó sentir el ruido del llavín en la puerta, dijo á su hermano: «Disimula, hijo. Creo que ha entrado... Si nos ve llorando... de fijo se incomodará... Creerá que te he dicho lo que no debo decirte...»

Rafael no chistó. La cabeza inclinada sobre el pecho, el cabello en desorden, esparcido sobre la frente, parecía un Cristo que acaba de expirar, ó más bien _Eccehomo_, por la postura de los brazos, á los que no faltaba más que la caña para que el cuadro resultase completo.

Cruz se asomó á la puerta, sin soltar aún el disfraz que usaba para ir á la compra. Les observó á los dos, pálida, muda, y se retiró al instante. No necesitaba más informaciones para comprender que Rafael lo sabía, y que el efecto de la noticia había sido desastroso. La convivencia en la desgracia, el aislamiento y la costumbre de observarse de continuo los tres, daban á cada uno de los individuos de la infeliz familia una perceptibilidad extremada, y un golpe de vista certero para conocer lo que pensaban y sentían los otros dos. Ellas leían en la fisonomía de él como en el Catecismo: él las había estudiado en el metal de voz. Ningún secreto era posible entre aquellos tres adivinos, ni segunda intención que al punto no se descubriera. «Todo sea por Dios», se dijo Cruz, camino de la cocina, con sus miserables paquetes de víveres.

Arrojando su carga sobre la mesa, con gesto de cansancio, sentóse y puso entre sus trémulas manos la cabeza. Fidela se acercó de puntillas. «Ya—le dijo Cruz, dando un gran suspiro,—ya veo que lo sabe y que le ha sentado mal.»

—Tan mal, que... ¡Si vieras..., una cosa horrible...!

—¿Acaso se lo dijiste de sopetón? ¿No te encargué...?

—¡Quiá! Si él ya lo sabía...

—Lo adivinó. ¡Pobre ángel! La falta de vista le aguza el entendimiento. Todo lo sabe.

—No transige.

—El maldito orgullo de raza. Nosotras lo hemos perdido con este baqueteo espantoso del destino. ¡Raza, familia, clases! ¡Qué miserable parece todo eso desde esta mazmorra en que Dios nos tiene metidas hace tantos años! Pero él conserva ese orgullo, la dignidad del nombre que se tenía por ilustre, que lo era... Es un ángel de Dios, un niño: su ceguera le conserva tal y como fué en mejores tiempos. Vive como encerrado en una redoma, en el recuerdo de un pasado bonito, que... El nombre lo indica: _pasado_ quiere decir... lo que no ha de volver.

—Me temo mucho—dijo Fidela secreteando—que tu... proyecto no pueda realizarse.

—¿Por qué?—preguntó la otra con viveza, echando lumbre por los ojos.

—Porque... Rafael no resistirá la pesadumbre...

—¡Oh!, no será tanto... Le convenceré, le convenceremos. No hay que dar tanta importancia á una primera impresión... Él mismo reconocerá que es preciso... Digo que es preciso, y que es preciso..., y se hará.

Reforzó la afirmación dejando caer su puño cerrado sobre la mesa, que gimió con estallido de maderas viejas, haciendo rebotar el pedazo de carne envuelto en un papel. Después, la dama suspiró al levantarse. Diríase que al tomar aliento con toda la fuerza de sus pulmones, metía en su interior una gran cuchara para sacar la energía que, después del colosal gasto de aquellos años, aún quedaba dentro. Y quedaba mucha: era una mina inagotable.

—No hay que acobardarse—añadió, sacando del ensangrentado papel el pedazo de carne y desenvolviendo los otros paquetes.—No pensemos ahora en eso, porque nos volveríamos locas, y á trabajar... Mira, corta un pedazo para bistec. Lo demás lo pones como ayer... Nada de cocido. Aquí tienes el tomate..., un poco de lombarda..., los tres langostinos..., el huevo..., tres patatas... Haremos para la noche sopa de fideos... Y no te muevas de aquí por ahora, ni vuelvas allá. Yo le peinaré, y veremos si logro templarle.

Encontróle en la misma actitud de _Eccehomo_ sin caña.

—¿Qué te pasa, hijo mío?—le dijo besándole en el pelo y dando á su voz toda la ternura posible.—Voy á peinarte. Á ver..., no hagas mañas. ¿Te duele algo, tienes algún pesar? Pues cuéntamelo prontito, que ya sabes que estoy aquí para procurarte todo el bien posible... Vamos, Rafael, pareces un chiquillo: mira, hijo, que son las tantas; no te has peinado, y tenemos mucho que hacer.

Con una de cal y otra de arena, con palabras dulcísimas, entreveradas de otras autoritarias, le dominaba siempre. El respeto á la hermana mayor, en quien había visto, desde que empezaron los tiempos de desgracia, un ser dotado de sobrenatural energía y capacidad para el gobierno, puso en el alma de Rafael, y sobre aquellos ímpetus de rebeldía mostrados poco antes, pesadísima losa. Dejóse peinar. La primogénita del Águila, que siempre se crecía ante las dificultades, en vez de rehuir la cuestión, la embistió de frente.

—¡Bah!..., todo eso... por lo que te ha dicho Fidela del pobre D. Francisco y de sus pretensiones. ¡El pobre señor es tan bueno, nos ha tomado un cariño tal...! Y ahora sale con la tecla de querer aplicar un remedio definitivo á nuestra horrible situación, á esta agonía en que vivimos, abandonados de todo el mundo. Y no hay que acordarse ya del pleito, que es cosa perdida, por falta de recursos. Se ganaría si pudiéramos hacer frente á los gastos de curia... ¿Pero quién piensa en eso?... Pues como te decía, el buenazo de D. Francisco quiere traer un cambio radical á nuestra existencia; quiere... que vivamos.

Sintió la peinadora que bajo sus dedos se estremecía la cabeza y la persona toda del pobre ciego. Pero éste no dijo nada; y después de sacar cuidadosamente la raya, siguió impávida presentando con lenta ductilidad y cautela la temida cuestión.

—¡Pobre señor! Por los de Canseco he sabido ayer que todo eso que se cuenta de su avaricia es una falsa opinión propalada por sus enemigos. ¡Oh!, el que hace bien los tiene, los cría al calorcillo de su propia generosidad. Me consta que á la chita callando, y aun dejándose desollar vivo por los calumniadores, D. Francisco ha remediado muchas desdichas, ha enjugado muchas lágrimas. Sólo que no es de los que cacarean sus obras de caridad, y prefiere pasar por codicioso... Es más, le gusta verse menospreciado por la voz pública. Yo digo que así es más meritorio el buen hombre, y más cristiano... ¡Ah!, con nosotras se ha portado siempre como un cumplido caballero. Y lo es, lo es, á pesar de su bárbara corteza...

Nada. Rafael no decía una palabra, y esto desconcertaba á la hermana mayor que le requería para que hablase, pues en la discusión tenía la seguridad de vencerle, disparándole las andanadas de su decir persuasivo. Pero el ciego, conociendo sin duda que en la controversia saldría derrotado, se amparaba en la inercia, en el mutismo, como en un reducto inexpugnable.

VI

Le citaba (digámoslo en estilo tauromáquico); pero él no quería salir de su posición defensiva. Por fin, concluyendo de peinarle, y al dar la última mano á los finos cabellos ondeados sobre la frente, le dijo con un poquito de severidad.

—Rafael, me vas á hacer un favor, y no es súplica, es más bien mandato. No des ocasión á que me enfade de veras contigo. Si esta noche viene D. Francisco, espero que le tratarás con la urbanidad de siempre, y que no saldrás con alguna pitada... Porque si el buen señor tiene ciertas pretensiones, que ahora no califico, á nosotros nos corresponde agradecerlas, en ningún caso vituperarlas, cualquiera que sea la respuesta que demos á esas pretensiones... ¿Me entiendes?

—Sí—dijo Rafael inmóvil.

—Confío en que no nos pondrás en ridículo tratando mal en nuestra propia casa á quien desea favorecernos, en una forma que ahora no discuto..., no se trata de eso. ¿Puedo estar tranquila?

—Una cosa es la buena crianza, á la cual no faltaré nunca, y otra la dignidad, á la que tampoco puedo faltar.

—Bien.

—Así como te digo que nunca desmentiré mi buena educación ante personas extrañas, sean quienes fueren, también te digo que jamás, jamás transigiré con ese hombre, ni consentiré que entre en nuestra familia... No tengo más que decir.

Cruz desfalleció, reconociendo en las categóricas palabras de su hermano la veta dura de la raza del Águila, unida al irreductible orgullo de los Torre-Auñón. Aquel criterio dogmático sobre la dignidad de la familia, ella se lo había enseñado á Rafael cuando era niño, cuando ella, señorita de casa noble, opulenta, vivía rodeada de adoradores, sin que sus padres encontraran hombre alguno merecedor de su preciosa mano.

—¡Ah, hijo mío!—exclamó la dama sin disimular su pena.—Diferencias grandes hay entre tiempos y tiempos. ¿Crees que estamos en aquellos días de prosperidad..., ya no te acuerdas..., cuando por apartarte de relaciones que no eran muy gratas á la familia te mandamos de agregado á la legación de Alemania? ¡Pobrecito mío! Después vino la desgracia sobre nuestras pobres cabezas, como una lluvia torrencial que todo lo arrasa... Perdimos cuanto teníamos, el orgullo inclusive. Quedaste ciego; no has visto la transformación del mundo y de los tiempos. De nuestra miseria actual y de la humillación en que vivimos no ves la parte dolorosa. Lo más negro, lo que más llega al alma y la destroza más, no lo conoces, no puedes conocerlo. Estás todavía, por el poder de la imaginación, en aquel mundo brillante y lleno de ficciones. Y no puedo consolarme ahora de haber sido tu maestra en esas intransigencias de una dignidad tan falsa como todos los oropeles que nos rodeaban. Sí, ese viento, yo, yo misma te lo metí en la cabeza cuando te enamoraste de la chica de Albert, hija de honrados banqueros, monísima, muy bien educada; pero que nosotros creíamos que nos traía la deshonra, porque no era noble..., porque su abuelo había tenido tienda de gorras en la Plaza Mayor. Y yo fuí quien te quitó de la cabeza lo que llamábamos tu tontería; y en el hueco que dejaba metí mucha estopa, mucha estopa. Todavía la tienes dentro. ¡Y cuánto me pesa, cuánto, haber sido yo quien te la puso!

—Es muy distinto este caso de aquél—dijo el ciego.—Reconozco que hay tiempos de tiempos. Hoy yo transigiría, pero dentro de ciertos límites. Humillarse un poco, pase... ¡Pero humillarse hasta la degradación vergonzosa, transigir con la villanía grosera, y todo ¿por qué?, por lo material, por el vil interés!... ¡Oh, hermana querida!, eso es venderse, y yo no me vendo. ¿De qué se trata? ¿De comer un poco mejor?