Torquemada en la cruz

Part 8

Chapter 83,818 wordsPublic domain

Con estas bromas, y el sin fin de médicos que iban examinando, con más entusiasmo científico que piedad humanitaria, aquella enciclopedia doliente, los posibles de Donoso se mermaban que era un primor. Él no hablaba de tal cosa; pero las Águilas lo presumían, y acabaron por cerciorarse de que también su amigo padecía de ciertos ahogos. Por indiscreción de un íntimo de ambas familias enteróse Cruz de que D. José había contraído una deuda, cosa en él muy anómala y que pugnaba con los hábitos de toda su vida. ¡Y que no pudiera ella acudir en su auxilio, devolviéndole con creces los beneficios de él recibidos! Con estas penas, que unos y otros devoraban en silencio, coincidieron los días de la tremenda crisis económica de que antes hablé, los crujidos espantosos que anunciaban el principio del fin, dejando entrever el rostro lívido de la miseria, no ya vergonzante y pudibunda, sino desnuda, andrajosa, descarada. Ya se notaban en algunos proveedores de la casa desconfianzas groseras, que hacían tanto daño á las señoras como si las azotaran públicamente. Ya no había ni esperanzas remotas de restablecer las buenas relaciones con el propietario de la casa, ni se veía solución posible al temido problema. Ya no era posible luchar, y había que sucumbir con heroísmo, llamar á las puertas de la caridad provincial ó municipal, si no preferían las nobles víctimas una triple ración de fósforos en aguardiente, ó arrojarse los tres en cualquier abismo que el demonio les deparase.

En tan críticos días apareció la solución. ¡La solución! Sí que lo era, y cuando Donoso la propuso, refrescando memorias de doña Lupe, que la había propuesto también como una chifladura que hacía reir á las señoras, Cruz se quedó aturdida un buen espacio de tiempo, sin saber si oía la voz de la Providencia anunciando el iris de paz, ó si el buen amigo se burlaba de ella.

«No, no es broma—dijo Donoso.—Repito que no es imposible. Hace tiempo que esa idea está labrando aquí. Creo que es una solución aceptable, y si se me apura, la única solución posible. Falta, dirá usted, que el interesado manifieste... Pues aunque nada en concreto me ha dicho, creo que por él no habrá dificultad.»

Hizo Cruz un gesto de repugnancia y después un gesto de conformidad, y sucesivamente una serie de gestos y mohines que denotaban la turbación de su alma. Solución, sí; solución era. Si no había otra, ni podía haberla, ¿á qué discutirla? No se discute el madero flotante al cual se agarra el náufrago que ya se ha bebido la mitad de la mar. Marchóse D. José, y al siguiente día volvió con la historia de que sus negociaciones iban como una seda, que por la parte masculina bien se podía aventurar un _sí_ como una casa. Faltaba el _sí_ del _elemento_ femenino. Cruz, que aquella mañana tenía un volcán en su cerebro, del cual eran señales las llamaradas rojizas que encendían su rostro, movió los brazos como un delirante tifoideo, y exclamó: «Aceptado, aceptado, pues no hay valor para el suicidio...»

Donoso no sabía si la señora lloraba, ó si se mordía las manos, cuando la vió caer en una silla, taparse la cara, extender luego los brazos echando la cabeza hacia atrás.

—Calma, señora mía. Hablando en plata, diré á usted que el partido me parecía aceptable en cualesquiera circunstancias. En las presentes, tengo para mí que es un partido soberbio.

—Si no digo que no; no digo nada. Arréglelo usted como quiera... El humorismo del destino adverso es horrible, ¿verdad? ¡Gasta unas bromas Dios Omnipotente!... Crea usted que no puedo menos de ver todo eso de la inmortalidad y de la eterna justicia por el lado cómico. ¿Qué hizo Dios, al crear al hombre, más que fundar el eterno sainete?

—No hay que tomarlo así—dijo D. José buscando argumentos de peso.—Nos encontramos frente á un problema... La solución única aceptable desde luego es un poquito amarga, de catadura fea... Pero hay cualidades: yo creo que raspando la tosquedad se encuentra el hombre de mérito, de verdadero mérito...

Cruz, que tenía los brazos desnudos porque había estado lavando, los cruzó, clavándose en ellos las uñas. Á poco más se saca tiras de piel. «Aceptado; he dicho que aceptado—afirmó con energía, tembloroso el labio inferior.—Ya sabe que mis resoluciones son decisivas. Lo que resuelvo, se hace.»

Cuando se retiraba, D. José, asaltado de una duda enojosa, tuvo que llamarla. «Por Dios, no sea usted tan viva de genio. Hay que tratar de un extremo importantísimo. Para seguir las negociaciones, y fijar con la otra parte contratante los términos precisos de la solución, necesito saber...»

—¿Qué, qué más?

—Pues ahí es nada lo que ignoro. Á estas alturas, ni él ni yo sabemos con cual de ustedes...

—Es verdad... Pues... con ninguna, digo, con las dos... No, no haga usted caso. Yo pensaré ese detalle.

—¿Lo llama detalle?...

—Tengo la cabeza en ebullición. Déjeme pensarlo despacio, y lo que yo resuelva, eso será.

Retiróse D. José, y la dama siguió lavando, sin dejar comprender á Fidela el gallo tapado que el amigo de la casa traía. Ambas se ocupaban con el ardor de siempre en las faenas domésticas, alegre la joven, taciturna la mayor. Una de las cosas á que más difícilmente se resignaba ésta era á la necesidad de ir á la compra. Pero no había más remedio, pues la portera, que tal servicio solía prestarles, se hallaba gravemente enferma, y antes morir que fiarse para ello de alguna de las vecinas entrometidas y fisgonas. Confiar los secretos económicos de la desgraciada familia á gente tan desconsiderada, incapaz de comprender toda la grandeza de aquel martirio, habría sido venderse estúpidamente. Y antes que venderse, mejor era humillarse á bajar al mercado, hacer frente á placeras insolentes y tenderos desvergonzados, procurando no darse á conocer, ó haciéndose la ilusión de no ser conocida. Cruz se disfrazaba, envolviéndose el cuerpo en un mantón y la cara en luengo pañuelo, y así salía, con su escaso repuesto de moneda de cobre, que cambiaba por porciones inverosímiles de carne, legumbres, pan y algún huevo en ciertos días. Ir á la compra sin dinero, ó con menos dinero del necesario, era para la dignísima señora suplicio que se dejaba tamañitos todos los que inventó el Dante en su terrible Infierno. Tener que suplicar que se le concediese algún crédito, tener que mentir, ofreciendo para la semana próxima lo que seguramente no había de poder dar, era un esfuerzo de voluntad sólo inferior en un grado al que se necesita para estrellarse el cráneo contra la pared. Flaqueaba á veces; pero el recuerdo del pobrecito ciego, que no conocía más placer que saborear la comida, la estimulaba con aguijón terrible á seguir adelante en aquel _vía crucis_. «¡Y luego me hablan á mí de mártires—se decía, camino de la calle de Pelayo—y de las vírgenes arrojadas á las fieras y de otras á quienes desollaban vivas! Me río yo de todo eso. Que vengan aquí á sufrir, á ganar el cielo sin ostentación de que se gana, sin bombo y platillo.» Regresaba á su casa jadeante, el rostro como un pimiento, rendida del colosal esfuerzo, que otra vez le daba idea de la infinita resistencia de la voluntad humana. Seguían á estas amarguras las de aderezar aquellos recortes de comida, de modo que Rafael tuviese la mejor parte, si no la totalidad, sin enterarse de que sus hermanas no lo probaban. Para que no conociese el engaño, Fidela imitaba el picoteo del tenedor, el rumor del mascar, y todo lo que pudiera dar la ilusión de que ambas comían. Cruz se había hecho ya á sobriedades inverosímiles; y si Fidela mordiscaba, por travesura y depravaciones del gusto, mil porquerías, hacíalo ella por convicción, curada ya de todos los ascos posibles. El partido que allí se sacaba de una patata, resultaría increíble si se narrara con toda puntualidad. Cruz, como el filósofo calderoniano, recogía las hierbas arrojadas por la otra. Huevos, ninguna de las dos los cataba tiempo hacía, y para que Rafael no lo comprendiera, la traviesa hermana menor golpeaba un cascarón sobre la huevera, imitando con admirable histrionismo el acto de comer un huevo pasado. Para sí hacían caldos inverosímiles, guisos que debieran pasar á la historia culinaria cual modelos de la nada figurando ser algo. Ni aun á Donoso se le revelaban estos milagros de la miseria noble, por temor de que el buen señor hiciera un disparate sacrificándose por sus amigas. Tanta delicadeza en ellas era ya excesiva; pero se encontraban sin fuerzas para conllevar por más tiempo actitudes tan angustiosamente difíciles, y por las noches no podían sostener la afable rigidez de la tertulia sino con tremendas erecciones de la voluntad.

Aquel día, que debía señalarse con piedra de algún color, por ser la fecha en que fueron aceptadas en principio por Cruz las proposiciones de Torquemada, sentíase la buena señora con más ánimos. Se presentaba una solución, buena ó mala, pero solución al fin. La salida de aquella caverna tenebrosa era ya posible, y debían alegrarse, aun ignorando adónde irían á parar por la grieta que en la ingrata roca se vislumbraba. Al dar de comer á su hermano, la dama ponderó más que otras veces la buena comidita de aquel día. «Hoy tienes lo que tanto te gusta: lenguado al _gratin_. Y un postre riquísimo: polvorones de Sevilla.» Fidela le ataba la servilleta al cuello; Cruz le ponía delante el plato de sopa, mientras él, tentando en la mesa, buscaba la cuchara. La falta de vista habíale aguzado el oído, dándole una facultad de apreciar las más ligeras variaciones del timbre de voz en las personas que le rodeaban. De tal modo afinaba, en aquel memorable día, la ampliación del sentido, que conoció por la voz, no sólo el temple de su hermana, sino hasta sus pensamientos, á nadie declarados.

En los ratos que Cruz iba á la cocina, dejándole solo con Fidela, el ciego, comiendo despacio y sin mucho apetito, platicaba con su hermana.

—¿Qué pasa?—le preguntó con cierta inquietud.

—Hijo, ¿qué ha de pasar? Nada.

—Algo pasa. Yo lo conozco, lo adivino.

—¿En qué?...

—En la voz de Cruz. No me digas que no. Hoy ocurre en casa algo extraordinario.

—Pues no sé...

—¿No estuvo D. José esta mañana?

—Sí.

—¿Oiste lo que hablaron?

—No; pero supongo que no hablarían nada de particular.

—No me equivoco, no. Algo hay, y algo muy gordo, Fidela. Lo que no sé es si nos traerá felicidad ó desgracia. ¿Qué crees tú?

—¿Yo?... Hijo, sea lo que fuere, más desgracias no han de caer sobre nosotros. No puede ser; la imaginación no concibe más.

—¿De modo que tú sospechas que será bueno?

—Te diré...: en primer lugar, yo no creo que ocurra nada; pero si algo hubiere, por razón lógica, por ley de justicia, debe de ser cosa buena.

—Cruz nada nos dice. Nos trata como á niños... ¡Caramba! y si lo que pasa es bueno, bien podía decírnoslo.

La entrada de Cruz cortó este diálogo.

—¿Y vosotras, qué tenéis hoy para comer?

—¿Nosotras?... ¡Ah!, una cosa muy buena. Hemos traído un pez...

—¿Cómo se llama? ¿Lo ponéis con arroz, ó cocido, en salsa tártara?

—Lo pondremos á la madrileña.

—Á estilo de besugo, las tres rajitas y las ruedas de limón.

—Pues yo no lo pruebo. No tengo gana—dijo Fidela.—Cómetelo tú.

—No, tú... Para ti se ha traído.

—Tú, tú...; tú te lo comes. ¡No faltaba más!...

—¡Ay, qué risa!—dijo el ciego con infantil gozo.—Será preciso echar suertes.

—Sí, sí.

—Arranca dos pajitas de la estera, y tráemelas. Á ver..., vengan... Ahora no miréis. Corto una de las pajitas para que sean desiguales de tamaño... Ya está... Ahora las cojo entre los dedos: no mirar, digo... ¡Ajajá! La que saque la paja grande, esa se come el pescadito. Á ver..., señoras, á sacar...

—Yo esta.

—Yo esta.

—¿Quién ha ganado?

—¡Tengo la pajita chica!—exclamó Fidela, gozosa.

—Yo la grande.

—Cruz se lo come, Cruz—gritó el ciego con seriedad y decisión impropias de cosa tan baladí.—Y no admito evasivas. Yo mando... Á callar... y á comer.

III

Aquella fué la noche en que D. Francisco dejó de asistir á la tertulia, lo que no causó poca extrañeza, pues era de una puntualidad que él mismo solía llamar _matemática_, empleando con deleite un término que le parecía de los más felices. ¿Qué tendría, qué no tendría?... Todo era conjeturas, temores de enfermedad. Al retirarse, Donoso prometió mandar un recado lo más temprano posible del día próximo, para saber á qué atenerse.

Cuando Fidela, como de costumbre, ayudaba á Rafael á quitarse la ropa para meterse en el lecho, el ciego, en voz tan apagada que pudiera dudarse si hablaba con su hermana ó consigo mismo, decía: «No cabe duda, no. Algo ocurre.»

—¿Qué estás ahí rezongando?

—Lo que te dije... Veo un suceso, un suceso extraordinario, aquí, sobre la casa, dándole sombra como una nube que casi se toca con la mano, ó como un gran pájaro con las alas abiertas...

—¿Pero en qué te fundas tú para pensar tal cosa? Caviloso eres...

—Me fundo..., no sé en qué me fundo. Cuando uno no ve, se le desarrolla un sentido nuevo, el sexto sentido, el poder de adivinación, cierta seguridad del presentimiento que... No sé, no sé lo que es. Me mareo pensándolo... Pero jamás me equivoco.

Cualquier suceso insignificante que alterara en mínima parte la monótona regularidad de la triste existencia de aquella familia era para Rafael motivo de cavilaciones, poniendo en febril ejercicio su facultad de husmear los sucesos en misteriosos efluvios de la atmósfera. El no haber venido aquella noche Torquemada, motivo fué para pensar en un desequilibrio de los hechos que componían el inalterable cuadro vital de la tertulia; y aunque Rafael no echaba de menos á D. Francisco, vió en aquel vacío creado por su ausencia algo anormal, que le confirmaba en sus sospechas ó barruntos. Y enlazando aquella ausencia con fenómenos acústicos del género más sutil, como el timbre de voz de su hermana mayor, se metía en un laberinto de hipótesis, capaz de volver loco á quien no tuviera por cabeza una perfecta _máquina de probabilidades_.

—Vaya, niño—indicó su hermana arropándole,—no pienses tonterías, y á dormir.

Entró Cruz á ver si estaba bien acostado, ó si algo le faltaba.

—¿Sabes?—le dijo Fidela, que á broma tomaba siempre aquellas cosas.—Dice que algo va á suceder, rarísimo y nunca visto.

—Niño, duérmete—respondió la hermana mayor acariciándole la barba.—Nunca sabemos lo que sucederá mañana. Lo que Dios quiera será.

—Luego... algo hay—afirmó el ciego con rápida percepción.

—No, hijo, nada.

—Con tal que sea bueno, venga lo que quiera—apuntó Fidela graciosamente.

—Bueno, sí; pensad cosas buenas. Ya es tiempo..., me parece...

—¿Luego... es bueno?—dijo vivamente Rafael, sacando la boca del embozo.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué, hijo?

—Eso que va á pasar.

—Vaya, no caviles, y duérmete tranquilo... ¿Quién duda que Dios, al fin y al cabo, ha de apiadarse de nosotros? ¡Oh, pensar en que aún pueden venir más desgracias...! Nunca; no cabe en lo humano. Hemos llegado al límite. ¿Hay ó no hay límite en las cosas humanas? Pues si hay límite, en él estamos... Ea, á dormir todo el mundo.

¡El límite! No necesitaba Rafael oir más para pasarse parte de la noche hilando y deshilando una palabra. Límite era lo mismo que frontera, el punto ó línea en que acaba un territorio y empieza otro. Si ellos tocaban ya el límite, era que su vida cambiaría por completo. ¿Cómo, por qué?... También Fidela, creyendo notar algo de excitación nerviosa en su hermana, ordinariamente tan impenetrable y reposada, creyó que aquello del límite no era un dicho insignificante, y empezó á divagar, abriendo su espíritu á las ilusiones risueñas que constantemente le rondaban para colarse dentro. La pobrecilla necesitaba poco para ponerse alegre, ávida de respirar fuera de aquella cárcel tenebrosa de la miseria. Una idea suelta, media palabra le bastaban para entregarse al juego inocente de creer en el bien posible, de mirarlo venir y de llamarlo con la fuerza misma del deseo.

—Acuéstate—le dijo su hermana con la dulce autoridad que gastar solía. Y cogiendo una luz se fué á registrar la casa, costumbre que había prevalecido en ella desde un fuerte susto que pasaron á poco de habitar allí. Examinaba todos los rincones, poníase á gatas para mirar debajo del sofá y de las camas, y concluía por asegurarse de que estaba bien echado el cerrojo y bien trancadas las ventanas que caían al patinillo medianero. Cuando volvió al lado de su hermana, ésta se desnudaba para acostarse, doblando cuidadosamente su ropa. «¿Se lo diré ahora?—pensó Cruz, después de aplicar el oído á la vidriera del gabinete para cerciorarse de que Rafael no rebullía.—No, no; se desvelará la pobrecilla. Mañana lo sabrá. Además, temo al oído sutil de mi hermano, que oye lo que se piensa, cuanto más lo que se dice.»

Viendo á Fidela rezar entre dientes, ya en el lecho, se acostó en la cama próxima, operación sencillísima, pues la señora no se desnudaba. Dormía con enaguas, medias y una chambra, liado en la cabeza un pañuelo al modo de venda. Una manta de algodón la reservaba del frío en los meses crudos; en verano le bastaba un abrigo viejo, de rodillas abajo. Seis meses hacía que la mayor de las Águilas no sabía lo que eran sábanas.

Apagada la luz y masculladas dos ó tres oraciones, la dama dió un chapuzón en aquella estancada laguna de su mísera vida, sintiéndose con agilidad para nadar un poco. Además, la laguna se agitaba; en su seno levantábanse olas, que columpiaban y sumergían á la nadadora con gallardo movimiento.

«No, Virgen y Padre Eterno y Potencias celestiales, yo no...; no es á mí á quien toca este sacrificio para salvarnos de la muerte. Á mi hermana le corresponde, á ella, más joven, á ella, que apenas ha luchado. Yo estoy rendida de esta horrible batalla con el destino. Ya no puedo más; me caigo, me muero. ¡Diez años de espantosa guerra, siempre en guardia, siempre en primera línea, parando golpes, atendiendo á todo, inventando triquiñuelas para ganar una semana, un día, horas; disimulando la tribulación para que los demás no perdieran el ánimo; comiendo abrojos y bebiendo hiel para que los demás pudieran vivir!... No, yo ya he cumplido, Señor; estoy relevada de esta obligación; me ha pasado el turno. Ahora me toca descansar, gobernar tranquilamente á los demás. Y ella, mi hermanita, que entre ahora en fuego, en este desconocido combate que se prepara; ella, tropa de refresco; ella, joven y briosa, y con ilusiones todavía. Yo no las tengo; yo no sirvo ya para nada, menos para el matrimonio..., ¡y con ese pobre adefesio!...»

Media vuelta, y rápida emergencia desde lo profundo de las aguas á la superficie.

«En resumidas cuentas, no es mal hombre... Ya me encargaré yo de pulirle, raspándole bien las escamas. Debe de ser docilote y manso como un pececillo. ¡Ah, si mi hermana tiene un poquito de habilidad, haremos de él lo que nos convenga!... La solución será todo lo estrafalaria que se quiera; pero es una solución. Ó aceptarla, ó dejarnos morir. Cierto que resulta un poquito y un muchito ridícula...; pero no estamos en el caso de mirar mucho al qué dirán. ¿Qué debemos á la sociedad? Desaires y humillaciones, cuando no dentelladas horribles. Pues no miremos á la sociedad; figurémonos que no existe. Los mismos que nos critiquen le besarán la mano á él, sí..., porque con esa mano firma el talonario...; la besarán, por si algo se les pega... ¡Qué risa!»

Media vuelta, y rápida inmersión á los profundos abismos: «Pues si esta pobrecita Fidela, que siempre fué mimosilla y voluntariosa, se niega al sacrificio, si no logro convencerla, si prefiere la muerte á la redención de la familia por tal procedimiento, no tendré más remedio que apechugar yo... No, no; yo la convenceré: es razonable, y comprenderá que á ella le toca apurar este cáliz, como á mí me han tocado otros... Lo que es yo no me lo bebo... Además, ya estoy vieja. De seguro que él preferirá á la otra... Pero ¿y si por artes del enemigo se vuelve á mí, ó me saca como en el juego de las pajitas?... ¡No, no; qué disparate! He cumplido cuarenta años, y me siento como si hubiera vivido sesenta. ¡Yo ahora en esos trotes, teniendo que acostarme con ese gaznápiro, y soportarle, y...! ¡Ni cómo he de servir yo para eso!... Fidela, Fidela, que apenas tiene veintinueve... Porque..., ¡cielos divinos!, para que el sacrificio sea provechoso, es preciso que nazca algo... Yo criaré á mis sobrinitos y gobernaré á todos, chicos y grandes, porque eso sí..., mi autoridad no la pierdo. Estableceré una dictadura; nadie respirará en la casa sin mi permiso, y...»

Breve sueño y despertar repentino, con excitación y hormiguilla en todo el cuerpo.

«En cuanto á ese pobre hombre, respondo de que le afinaré. Yo le alecciono de una manera indirecta, y... la verdad, no hay queja del discípulo. En su afán de encasillarse en lugar más alto del que tiene, se asimila todas las ideas que le voy echando, como se echa pan á los pececillos de un estanque. El infeliz está ávido de ideas nuevas, de modales finos y de términos elegantes. No tiene nada de tonto, y se espanta de ser ridículo. Ponte en mis manos, asnito de la casa, y yo te volveré tan galán que causes envidia... Cuando tenga más confianza, le cogeré por mi cuenta, y veremos si me luzco. Por de pronto, me valgo del amigo Donoso para advertirle ciertas conveniencias, leccioncillas que no puede una espetar sin tocarle al amor propio. D. José me servirá de intermediario para hacerle entender que las personas finas no comen cebolla cruda. Hay noches, ¡Dios mío!, en que es preciso ponerse á metro y medio del buen señor, porque...»

Balanceo en aguas medias..., desvanecimiento, letargo.

IV

Á la siguiente mañana, tempranito, cuando Rafael aún no rebullía, Cruz trincó á su hermana, y metiéndose con ella en la cocina, lugar retirado y silencioso, desde el cual, por mucho que se alzase la voz, no podía ésta llegar al sutil oído del ciego, sin preparativos ni atenuantes, que aquella mujer de acero no acostumbraba usar en las ocasiones de verdadera gravedad, se lo dijo. Y muy clarito, en breves y categóricas palabras.

—¡Yo..., pero yo...!—exclamó Fidela abriendo los ojos todo lo que abrirlos podía.

—Tú, sí... No hay más que hablar.

—¿Yo, dices?

—¡Tú, tú! No hay otra solución. Es preciso.

Cuando Cruz, con aquel solemne y autoritario acento, robustecido y virilizado en el continuo batallar con la suerte, decía _es preciso_, no había más remedio que bajar la cabeza. Allí se obedecía á estilo de disciplina militar, ó con la sumisión callada de la ordenanza jesuítica, _perinde ac cadaver_.

—¿Creías tú otra cosa?—dijo después de una pausa, en que observaba en el rostro de Fidela los efectos del testarazo.

—Anoche empecé á sospecharlo, y creí..., creí que serías tú...

—No, hija mía, tú. Conque, ya lo sabes.

Dijo esto con fría tranquilidad de ama de casa, como si le mandara mondar los guisantes ó poner los garbanzos de remojo. Alzó los hombros Fidela, y pestañeando á toda prisa, replicó: «Bueno...», y se fué hacia su cuarto, disparada, sin saber adonde iba.