Part 7
Aproximábanse á la Puerta del Sol, donde habían de separarse, porque Donoso vivía hacia Santa Cruz, y el camino de Torquemada era la calle de Preciados. Fué preciso abreviar la conferencia, porque á entrambos les picaba la necesidad, y en su imaginación veían el santo garbanzo.
—No hay para qué decir—indicó Donoso—que he hablado por cuenta propia antes y ahora, y que jamás, jamás, puede creerlo, hemos tocado esta cuestión las señoras y yo... Debo recordar además que la pobre doña Lupe, que en gloria esté, abrigaba este proyecto...
—Sí que lo abrigaba—replicó D. Francisco, encantado de la frase _¡abrigar un proyecto!_
—Algo me dijo á mí.
—Y á mí. Como que me volvió loco el día de su defunción.
—En ella debió de ser manía, y me consta que indicó á las señoras...
—Las cuales no me conocían entonces.
—Justo; ni yo tampoco. Ahora nos conocemos todos, y yo, amigo D. Francisco, me voy á permitir...
—¿Qué cosa?
—Me voy á permitir proponer á usted que ponga el asunto en mis manos. ¿Cree que seré buen diplomático?
—El mejor que ha echado Dios al mundo.
—¿Cree que sabré dejar á salvo la dignidad de todos en caso de aceptación y en caso de repulsa?
—¿Pues qué duda tiene?
—Ea... No hay más que hablar por ahora. Adiós, que es tarde.
Se despidió con un fuerte apretón de manos, y no había andado seis pasos, cuando D. Francisco, que perplejo quedó en la esquina de Gobernación, sintióse asaltado de una duda punzante... Quiso llamar á su amigo; pero éste se había perdido ya entre la muchedumbre. El tacaño se llevó las manos á la cabeza, formulando esta pregunta: «¿Pero... con cuál?» Porque Donoso hablaba siempre en plural: _las señoras_. ¿Acaso pretendía casarle con las dos? ¡Demonio, la duda era para volver loco á cualquiera! Lanzándose intrépido en el torbellino de la Puerta del Sol, y haciendo quiebros y pases para librarse de los tranvías y evitar choques con los transeuntes, interrogaba mentalmente la esfinge de su destino: «¿Pero con cuál, ¡ñales!, con cuál...?»
XVI
Le faltó ánimo aquella noche para acudir á la tertulia; porque si á D. José le tentaba el demonio y _planteaba la cuestión_ allí, cara á cara, ¿debajo de qué silla ó de qué mesa se metería él? Y no se achicaba, no; después de lo hablado con Donoso, tan hombre era él como otro cualquiera. Pues qué, ¿el dinero, la posición, no suponen nada? ¿No se compensaba una cosa con otra, es decir, la democracia del origen con la aristocracia de las talegas? ¿Pues no habíamos convenido en que los santos cuartos son también aristocracia? ¿Y acaso acaso las señoritas del Águila venían en línea recta de algún Archipámpano ó del Rey de Babilonia? Pues si venían que vinieran. El cuento era que á la hora presente no tenían sobre qué caerse muertas, y su propiedad era... lo que las personas bien habladas llaman _un mito_..., un pleito que se ganaría allá para la venida de los higos chumbos. ¡Ea, nada de repulgos ni de hacerse el chiquitín! Bien podían las tales darse con un canto en los pechos, que brevas como él no caían todas las semanas. ¿Pues á qué más podían aspirar? ¿Había de venir el hijo mayor del Emperador de la China á pedir por esposa á Crucita, ya llena de canas, ó á Fidelita, con los dientes afilados de tanta cáscara de patata como roía? ¡Ay, ya iba él comprendiendo que valía más de lo que pesaba! ¡Fuera modestia, fuera encogimientos, que tenían por causa el no dominar la palabra y el temor de decir un disparate que hiciera reir á la gente! No se reirían, no; que gracias á su aplicación ya había cogido sin fin de términos, y los usaba con propiedad y soltura. Sabía encomiar las cosas diciendo muy á cuento: _excede á toda ponderación_. Sabía decir: _si yo fuera al Parlamento, nadie me ganaría en poner los puntos sobre las íes_. Y aunque no supiera, ¡ñales!, su pesquis para los negocios, su habilidad maravillosa para sacar dinero de un canto rodado, su economía, su formalidad, su pureza de costumbres, ¿no valían nada? Á ver, que le sacaran á relucir algún vicio. Él ni bebida, él ni mujeres, él ni juego, él ni tan siquiera el inofensivo placer del tabaco. Pues entonces..., ¿por qué le habían de rechazar? Al contrario, verían el cielo abierto, y creerían que el Santísimo y toda su corte se les entraba por las puertas de la casa. Razonando de este modo se tranquilizó, llenándose de engreimiento y de confianza en sí mismo. Pero luego volvía la terrible duda: «¿Con cuál, Señor, con cuál?»
En un tris estuvo, por la mañana, que escribiera una esquelita á D. José Donoso rogándole que le sacara de aquella enfadosa incertidumbre. Pero no lo hizo. ¿Para qué, si pronto había de despejarse la incógnita? Al fin, como las señoras mandaran recado á su casa preguntando por su salud (con motivo de haber hecho rabona en la tertulia de la noche precedente), no tuvo el hombre más remedio que ir. Casi casi lo deseaba. ¡Qué miedo ni qué ocho cuartos! Cada uno es cada uno. Si le rechazaban, ellas se lo perdían. Por mucho que se les subiera á la cabeza el humillo de la vanidad, no dejarían de comprender que de hombres como él entran pocos en libra... ¡Y á fe que estaban los tiempos para reparillos y melindres!... _Sin ir más lejos_, véase á la Monarquía transigiendo con la democracia, y echando juntos un piscolabis en el bodegón de la política representativa. ¿Y este ejemplo no valía? Pues allá iba otro. La aristocracia, árbol viejo y sin savia, no podía ya vivir si no lo _abonaba_ (en el sentido de _estercolar_) el pueblo enriquecido. ¡Y que no había hecho flojos milagros el sudor de pueblo en aquel tercio de siglo! ¿No andaban por Madrid arrastrados en carretelas muchos á quienes él y todo el mundo conocieron vendiendo alubias y bacalao ó prestando á rédito? ¿No eran ya senadores vitalicios y consejeros del Banco muchos que allá en su niñez andaban con los codos rotos, ó que pasaron hambres por juntar para unas alpargatas? Pues bien: á ese _elemento_ pertenecía él, y era un nuevo ejemplo del _sudor de pueblo fecundando_... No sabía concluir la frase.
Esto pensaba al subir la escalera de la casa de sus amigas, casi casi podía decir de sus mujeres; pues no pudiendo discernir en su agitada mente cuál de las dos le tocaría, se le representaba el matrimonio dando una mano á cada una. Abrióle Cruz, que le llevó á la sala, como si quisiera hablarle á solas. «Esto de enchiquerarme en la sala—pensó Torquemada—me huele á _manifestaciones_. Ya tenemos la pelota en el tejado.»
En efecto, Cruz, que había llevado á la salita la lámpara que de ordinario alumbraba la tertulia en el gabinete, le acorraló allí para _manifestarle_ con fría urbanidad que el señor de Donoso _les_ (¡siempre el plural!) había hablado de un asunto, cuya importancia ni á ellos ni al señor de Torquemada se podía ocultar. Inútil decir que las señoras se sentían honradísimas con la... indicación... No era aún más que indicación; pero luego vendría la proposición. Honradísimas, naturalmente. Agradecían con toda su alma el nobilísimo rasgo... (_rasgo_ nada menos) de su noble amigo, y estimaban sus nobles sentimientos (tanta nobleza empalagaba ya) en lo mucho que valían. Mas no era fácil dar respuesta categórica hasta que no pasara algún tiempo, pues cosa tan grave debía mirarse mucho y pesarse... Así convenía á la dignidad de todos. Contestó D. Francisco en frases entrecortadas y rápidas, sin decir nada en substancia, sino que él _abrigaba la convicción de_..., y que él había hecho aquellas _manifestaciones_ al señor de Donoso movido de la lástima..., no, movido de un sentimiento... nobilísimo... (ya todos éramos nobilísimos); que su deseo de ser grato á las señoras del Águila _excedía á toda ponderación_...; que se tomaran todo el tiempo que quisieran para pensarlo, pues así le gustaban á él las cosas, bien pensaditas y bien mediditas...; que él era muy sentado, y _evacuaba_ siempre despacito y con toda mesura los asuntos de responsabilidad.
Breve fué la conferencia. Dejóle solito un instante la señora, y él se paseó agitadísimo por la angosta sala, otra vez atormentado por aquella duda, que ya se iba volviendo del género cómico, de un cómico verdaderamente sainetesco. Fué á dar ante el espejo, y al ver su imagen no pudo menos de increparse con saña: «¡Pero hombre, si serás burro que todavía no sabes con cuál ha de ser!... Pedazo de congrio, pregúntalo, pregúntalo, que es ridículo ignorarlo á estas alturas..., aunque también preguntarlo es gran mamarrachada, ¡ñales!»
La entrada del señor de Donoso puso fin á estas _manifestaciones_ internas, y no tardaron los cinco personajes en hallarse reunidos en el próximo gabinete, las señoras próximas á la luz, D. Francisco junto al ciego y Donoso allá en la marquesita del ángulo, apartado como en señal de veneración, para que sus palabras, teniendo que recorrer un espacio relativamente largo, resonaran con mayor solemnidad. Perdido ya el miedo, Torquemada, si le pinchan, arroja en medio de la noble sociedad su pregunta explosiva: «Conque á ver, sepamos, señoras mías, con cuál de ustedes me voy á casar yo.» Pero no hubo nada de esto, porque ni alusiones remotísimas se hicieron al peliagudo caso; y por más atención que puso, no pudo descubrir el avaro ninguna novedad en el rostro de las dos damas, ni síntoma alguno de emoción. ¡Cosa más rara! Porque lo natural era que estuviese _emocionada_ la que... la que _fuese_. En Cruz, únicamente podía observarse un poco de animación; en Fidela, quizás, quizás un poco más de palidez. Amables como siempre las dos señoritas, no le dijeron al pretendiente nada que él no supiera; de lo que dedujo que no les importaba un comino el casorio, ó que disimulaban la procesión que les andaba por dentro. Lo que sí pudo notar D. Francisco, fué que á Rafael no hubo medio de sacarle del cuerpo una palabra en toda la velada. ¿Cuál sería el motivo de que estuviese el bendito joven tan tétrico y metido en sí? ¿Tendría relación aquella..., ¿cómo se decía?..., ¡ah!, _actitud_..., aquella actitud con el proyectado casorio? Puede que no, porque probablemente nada le habrían dicho sus hermanas.
Cruz siempre afable, guardando la distancia, señora neta y de calidad superior; Fidela más corriente, tendiendo á la familiaridad festiva, con leves atrevimientos y mayor flexibilidad que su hermana en la conversación. Tales fueron aquella noche, como la anterior, como siempre; mas por lo tocante al _materialismo_ de aquel proyecto que alborotaba el espíritu y los nervios de Torquemada, fueron un par de jeroglíficos á cual más enigmático é indescifrable. Ya le iba cargando á D. Francisco tanto repulgo, tanto fruncido de labios, marcando la indiferencia, y tanto escoger y recalcar las palabras más sosas y que no decían carne ni pescado. Deseaba que terminase la tertulia para salir de estampía y desahogarse con D. José... ¡Ah, gracias á Dios que se acababa al fin! «Buenas noches... Conservarse...» En la escalera no quiso decir nada, porque las señoras, que salían de faroleras, podían oir. Pero en cuanto llegaron á la calle, cuadróse el hombre, y allí fué el estallar de su cólera, con la grosería que informaba su ser efectivo anterior y superior á los postizos de su artificiosa metamorfosis.
—¿Me quiere usted decir qué comedia de puñales es ésta?
—¡Pero D. Francisco...!
—Si se han enterado, ¡me caigo en la mar!, ¿por qué tanta tiesura? ¡Vaya que ni tan siquiera darle á entender á uno que les retoza un poco de alegría por el cuerpo!...
—¡Pero D. Francisco...!
—Y sobre todo, y esto es lo que más me revienta..., dígame, dígamelo pronto... ¿Con cuál de las dos me caso?... El demonio me lleve si lo entiendo... ¡Puñales y la Biblia en pasta!
—Moderación, mi querido D. Francisco. Y parta del principio de que yo no intervengo si...
—Yo no parto de más principio ni de más postre, ¡cuerno!, sino del saber ahora mismo...
—¿Con cuál...?
—¡Sí, con _cuála_! Sépalo yo con cien mil gruesas de demonios y con la Biblia en pasta...
—Pues... no lo sé yo tampoco todavía. Estamos en lo más delicado de las negociaciones, y si no me confirma sus poderes plenos, aguardando con moderación y calma lo que resulte, me desentiendo, y nombre usted otro... legado pontificio (_echándose por lo festivo_), ó trate usted directamente con la potencia.
—¡Mecachis con la potencia! Yo creía..., vamos..., parecía natural (_calmándose_) que lo primero fuera saber cuál es la rama en que á uno le cuelgan... De modo que...
—Nada puedo decir aún sobre ese particular, cuya importancia soy el primero en reconocer.
—Apañado estoy... Ya debe comprender que tengo razón... _hasta cierto punto_, y que otro cualquiera, _en igualdad de circunstancias_...
Al ver que se ponía otra vez la máscara de finura, Donoso le tuvo por vencido, y le encadenó más diciéndole:
—Repito que si mis gestiones no le acomodan, ahí va mi dimisión de ministro plenipotenciario...
—¡Oh, no, no!... No la admito, no debo admitirla..., ¡cuidado! Es más, suplico á usted que la retire...
—Queda retirada. (_Palmetazo en el hombro._)
—Dispénseme si se me fué un poco la burra...
—Dispensado, y tan amigos como antes.
Separáronse en la Red de San Luis, y Torquemada se fué rezongando; aún repercutían en su interior los ecos de la tempestad, mal sofocada por la fascinación que D. José Donoso ejercía sobre él.
SEGUNDA PARTE
I
Levantábase Cruz del Águila al amanecer de Dios, y comúnmente se despertaba un par de horas antes de dejar el lecho, quedándose en una especie de éxtasis económico, discurriendo sobre las dificultades del día y sobre la manera de vencerlas ó sortearlas. Contaba una y otra vez sus escasos recursos, persiguiendo el problema insoluble de hacer de dos tres y de cuatro cinco, y á fuerza de revolver en su caldeado cerebro las fórmulas económicas, lograba dar realidad á lo inverosímil y hacer posible lo imposible. Con estos cálculos entremezclaba rezos modulados maquinalmente, y las sílabas de oraciones se refundían en sílabas de cuentas... Su mente volvíase de cara á la Virgen, y se encontraba con el tendero. Por fin, la voluntad poderosa ponía término al balance previo del día, todo fatigas, cálculos y súplicas á la divinidad, porque era forzoso descender al campo de batalla, á la lucha con el destino en el terreno práctico, erizado de rocas y cortado por insondables abismos.
Y no sólo era general en jefe en aquella descomunal guerra, sino el primero y el más bravo de los soldados. Empezaba el día, y con el día el combate, y así habían transcurrido años sin que desmayara aquella firme voluntad. Midiendo el plazo, larguísimo ya, de su atroz sufrimiento, se maravillaba la ilustre señora de su indomable valor, y concluía por afirmar la infinita resistencia del alma humana para el padecer. El cuerpo sucumbe pronto al dolor físico; el alma intrépida no se da por vencida, y aguanta el mal en presiones increíbles.
Era Cruz el jefe de la familia con autoridad irrecusable; suya la mayor gloria de aquella campaña heroica, cuyos laureles cosecharía en otra vida de reparación y justicia; suya también la responsabilidad de un desastre, si la familia sucumbía devorada por la miseria. Obedecíanla ciegamente sus hermanos, y la veneraban, viendo en ella un ser superior, algo como el Moisés que les llevaba al través del desierto, entre mil horrendas privaciones y amarguras, con la esperanza de pisar al fin un suelo fértil y hospitalario. Lo que Cruz determinaba, fuese lo que fuese, era como artículo de fe para los dos hermanos. Esta sumisión facilitaba el trabajo de la primogénita, que en los momentos de peligro maniobraba libremente sin cuidarse de la opinión inferior, pues si ella hubiera dicho un día: «no puedo más; arrojémonos los tres abrazaditos por la ventana», se habrían arrojado sin vacilar.
El uso de sus facultades en empeños tan difíciles, repetidos un día y otro, escuela fué del natural ingenio de Cruz del Águila, y éste se le fué sutilizando y afinando, en términos que todos los grandes talentos que han ilustrado á la humanidad en el gobierno de las naciones eran niños de teta comparados con ella. Porque aquello era gobernar: lo demás es música; era hacer milagros, porque milagro es vivir sin recursos; milagro mayor cubrir decorosamente todas las apariencias, cuando en realidad, bajo aquella costra de pobreza digna, se extendía la llaga de una indigencia lacerante, horrible, desesperada. Por todo lo cual, si en este mundo se dieran diplomas de heroísmo y se repartieran con justicia títulos de eminencia en el gobernar, el primer título de gran ministra y el diploma de heroína debían ser para aquella hormiga sublime.
Cuando se hundió la casa del Águila, los restos del naufragio permitieron una vida tolerable por espacio de dos años. La repentina orfandad puso á Cruz al frente de la corta familia, y como los desastres se sucedían sin interrupción, al modo de golpes de maza dados en la cabeza por una Providencia implacable, llegó á familiarizarse con la desdicha: no esperaba bienes; veía siempre delante la cáfila de males aguardando su turno para acercarse con espantosa cara. La pérdida de toda la propiedad inmueble la afectó poco: era cosa prevista. Las humillaciones, los desagradables rozamientos con parientes próximos y lejanos, también encontraron su corazón encallecido. Pero la enfermedad y ceguera de Rafael, á quien adoraba, la hizo tambalear. Aquello era más fuerte que su carácter, endurecido y templado ya como el acero. Tragaba con insensible paladar hieles sin fin. Para combatir la terrible dolencia realizó empresas de heroína, en cuyo ser se confundieran la mujer y la leona; y cuando se hubo perdido toda esperanza no se murió de pena, y advirtió en su alma durezas de diamante que le permitían afrontar presiones superiores á cuanto imaginarse puede.
Siguió á la época de la ceguera otra en que la escasez fué tomando carácter grave. Pero no se había llegado aún á lo indecoroso; y además, el leal y consecuente amigo de la familia les ayudaba á sortear el tremendo oleaje. La venta de un título, único resto de la fortuna del Águila, y de varios objetos de reconocida superfluidad, permitióles vivir malamente; pero ello es que vivían, y aun hubo noche en que al recogerse, después de rudos trabajos, las dos hermanas estaban alegres, y daban gracias á Dios por la ventura relativa que les deparaba. Esta fué la época que podríamos llamar de doña Lupe, porque en ella hicieron conocimiento con la insigne prestamista, que si empezó echándoles la cuerda al cuello, después, á medida que fué conociéndolas, aflojó, compadecida de aquella destronada realeza. De los tratos usurarios se pasó al favor benigno, y de aquí, por natural pendiente, á una amistad sincera, pues doña Lupe sabía distinguir. Para que no se desmintiera el perverso sino que hacía de la existencia de las señoras del Águila un tejido de infortunios, cuando la amistad de doña Lupe anunciaba algún fruto de bienandanza, la pobre señora hizo la gracia de morirse. Creeríase que lo había hecho á propósito, por fastidiar.
¡Y en qué mala ocasión le dió á _la de los Pavos_ la humorada de marcharse al otro mundo! Cuando su enfermedad empezó á presentar síntomas graves, las Águilas entraban en lo que Torquemada, metido á hombre fino, habría llamado el _período álgido_ de la pobreza. Hasta allí habían ido viviendo con mil estrecheces, careciendo no sólo de lo superfluo en que se habían criado, sino de lo indispensable en que se crían grandes y chicos. Vivían mal, aunque sin ruborizarse, porque se comían lo suyo; pero ya se planteaba el dilema terrible de morir de inanición ó de comer lo ajeno. Ya era llegado el caso de mirar al cielo, por si caía algún maná que se hubiera quedado en el camino desde el tiempo de los hebreos, ó de implorar la caridad pública en la forma menos bochornosa. Si se ha de decir verdad, este período de suprema angustia se inició un año antes; pero el leal amigo de la casa, D. José Donoso, lo contuvo, ó lo disimuló con donativos ingeniosamente disfrazados. Para las señoras, las cantidades que de las manos de aquel hombre sin par recibían, eran producto de la enajenación de una carga de justicia; mas no había tal carga de justicia enajenada, ni cosa que lo valiera. Descubriólo al fin Crucita, y su consternación no puede expresarse con palabras. No se dió por entendida con D. José, comprendiendo que éste le agradecería el silencio.
Habría seguido el buen Donoso practicando la caridad de tapadillo, si humanamente tuviera medios hábiles para ello. Pero también había empezado á gemir bajo el yugo de un adverso destino. No tenía hijos; pero sí esposa, la cual era, sin género alguno de duda, la mujer más enferma de la creación. En el largo inventario de dolencias que afligen á la mísera humanidad, ninguna se ha conocido que ella no tuviera metida en su pobre cuerpo, ni en éste había parte alguna que no fuese un caso patológico digno de que vinieran á estudiarlo todos los facultativos del mundo. Más que una enferma, era la buena señora una escuela de medicina. Los nervios, el estómago, la cabeza, las extremidades, el corazón, el hígado, los ojos, el cuero cabelludo, todo en aquella infeliz mártir estaba como en revolución. Con tantos alifafes, por indefinido tiempo sufridos sin que se vieran señales de remedio, la señora de Donoso llegó á formarse un carácter especial de persona soberanamente enferma, orgullosa de su mala salud. De tal modo creía ejercer el monopolio del sufrimiento físico, que trinaba cuando le decían que pudiera existir alguien tan enfermo como ella. Y si se hablaba de tal persona que padecía tal dolor ó molestia, ella, no queriendo ser menos que nadie, se declaraba atacada de lo mismo, pero en un grado superior. Hablar de sus dolencias, describirlas con morosa prolijidad, cual si se deleitara con su propio sufrimiento, era para ella un desahogo que fácilmente le perdonaban cuantos tenían la desdicha de oirla; y los de la familia le daban cuerda para que se despotricara, con aquel dejo vago de voluptuosidad que ponía en el relato de sus punzadas, angustias, bascas, insomnios, calambres y retortijones. Su esposo, que la quería entrañablemente, y que ya llevaba cuarenta años de ver en su casa aquella recopilación de toda la patología interna, desde los tiempos de Galeno hasta nuestros días, concluyó por asimilarse el orgullo hipocrático de su doliente mitad, y no le hacía maldita gracia que se hablase de padecimientos no conocidos de su Justa, ó que á los de su Justa remotamente se pareciesen.
II
La primera pregunta que á D. José se hacía en la tertulia de las del Águila era esta: «Y Justa, ¿cómo ha pasado el día?» Y en la respuesta había siempre una afirmación invariable, _mal, muy mal_, seguida de un comentario que variaba cada veinticuatro horas: «Hoy ha sido la asistolia.» Otro día era la cefalalgia, el bolo histérico, ó el dolor agudísimo en el dedo gordo del pie. Gozaba Donoso pintando cada noche con recargadas tintas un sufrimiento distinto del de la noche anterior. Y si no se hablaba nunca de esperanzas ó probabilidades de remedio, porque el curarse habría sido quitar á la epopeya de males toda su majestad dantesca, en cambio siempre había algo que decir sobre la continua aplicación de remedios, los cuales se ensayaban por una especie de _dilettantismo_ terapéutico, y se ensayarían mientras hubiese farmacias y farmacéuticos en el mundo.