Part 6
—¡Pues yo, Sr. D. José, me acomodo tan bien aquí...! Desde que perdí á mi querido hijo, le tomé asco á los barrios del centro. Vivo aquí muy guapamente, y tengo para mí que esta casa me ha traído buena suerte... Pero no vaya á creer, ¡cuidado!, que echo en saco roto sus manifestaciones. Se pensará, D. José, se pensará...
—Piénselo, sí. ¿No le parece que en vez de andar buscando con un candil inquilino para el principal de su casa de la calle de Silva, debe usted instalarse en él?
—¡En aquel principal tan grande!... ¡Veintitrés piezas, sin contar el...! ¡Oh!, no; ¡qué locura! ¿Qué hago yo en aquel palaciote, yo solo, sin necesidades, yo, que sería capaz de vivir á gusto en un cajón de vigilantes de consumos, ó en una garita de guarda-agujas?
—Siga mi consejo, Sr. D. Francisco—añadió Donoso, cogiéndole la solapa,—y múdese al principal de la calle de Silva. Aquella es la residencia natural del hombre que me escucha. La sociedad tiene también sus derechos, á los cuales es locura querer oponer el gusto individual. Tenemos derecho á ser puercos, sórdidos, y á desayunarnos con un mendrugo de pan, cierto; pero la sociedad puede y debe imponernos un _coram vobis_ decoroso. Hay que mirar por el conjunto.
—¡Pero D. José de mi alma, mi personalidad se perderá en aquel caserón, y no sabrá cómo arreglarse para abrir y cerrar tanta puerta!
—Es que usted...
Hizo punto Donoso, como sin atreverse con la _manifestación_ que preparaba; pero después de una corta perplejidad, acomodó sus caderas en el sillón no muy blando que de pedestal le servía, miró á D. Francisco severamente, y accionando con el bastón, que parecía signo de autoridad, le dijo:
—Somos amigos... Tenemos fe el uno en el otro, por cierta compenetración de los caracteres...
—¡Compenetración!—repitió Torquemada para sí, apuntando la bonita palabra en su mente.—No se me olvidará.
—Supongo que usted creerá leal y sincero, inspirado en un interés de verdadero amigo, cuanto yo me permita manifestarle.
—Cierto, por la com... compenetranza..., penetración...
—Pues yo sostengo, amigo D. Francisco, y lo digo sin rodeos, clarito, como se le deben decir á usted las cosas..., sostengo que usted debe casarse.
Aunque parezca lo contrario, no causó desmedido asombro en Torquemada la _manifestación_ de su amigo; pero creyó del caso pintar en su rostro la sorpresa:
—¡Casarme yo, á mis años!... ¿Pero lo dice de verdad? ¡Cristo!, casarme... Ahí es nada lo del ojo... Como si fuera beberse un vaso de agua... ¿Soy algún muchacho?
—¡Bah!... ¿Qué tiene usted, cincuenta y cinco, cincuenta y siete...? ¿Qué vale eso? Está usted hecho un mocetón, y la vida sobria y activa que ha llevado le hacen valer más que toda la juventud encanijada que anda por ahí.
—Como fuerte, ya lo soy. No siento el correr de la edad... Á robustez no me gana nadie, ni á... Qué se yo... _Tengo para mí_ que no carecería de facultades; digo, me parece... Pero no es eso. Digo que adónde voy yo ahora con una mujer colgada del brazo, ni qué tengo yo que pintar en el matrimonio, encontrándome, como me encuentro, muy á mis anchas en el _elemento_ soltero.
—¡Ah!..., eso dicen todos...: libertad, comodidad..., el buey suelto... Pero y en la vejez, ¿quién ha de cuidarle? Y esa atmósfera de santo cariño, ¿con qué se sustituye cuando llegamos á viejos?... ¡La familia, Sr. D. Francisco! ¿Sabe usted lo que es la familia? ¿Puede una personalidad importante vivir en esta celda solitaria y fría, que parece el cuarto de una fonda? ¡Oh! ¿No lo comprende, bendito de Dios? Cierto que usted tiene una hija; pero su hija mirará más por la familia que ella se cree que por usted. ¿De qué le valdrán sus riquezas en la espantosa soledad de un hogar sin afecciones, sin familia menuda, sin una esposa fiel y hacendosa?... Dígame: ¿De qué le sirven sus millones? Reflexione..., considere que nada puedo aconsejarle yo que no sea la misma lealtad. La posición quiere casa, y la casa quiere familia. ¡Buena andaría la sociedad si todos pensaran como usted y procedieran con ese egoísmo furibundo! No, no; nos debemos á la sociedad, á la civilización, al Estado. Crea usted que no se puede pertenecer á las clases directoras sin tener hijos que educar, ciudadanos útiles que ofrecer á esa misma colectividad que nos lleva en sus filas, porque los hijos son la moneda con que se paga á la nación los beneficios que de ella recibimos...
—Pero venga acá, D. José, venga acá—dijo Torquemada echándose atrás el sombrero y tomando muy en serio la cosa.—Vamos á cuentas. _Partiendo del principio_ de que á mí me dé ahora el naipe por contraer matrimonio, queda en pie la gran cuestión, la madre del cordero... ¿Con quién...?
—¡Ah!..., eso no es cuenta mía. Yo planteo la cuestión; no soy casamentero. ¿Con quién? Busque usted...
—Pero D. José, venga acá. ¡Á mis años...! ¿Qué mujer me va á querer á mí con esta facha?... Digo, mi facha no es tan mala, ¡cuidado! Otras hay peores.
—Digo... si las hay peores.
—Con cincuenta y seis años que cumpliré el 21 de Septiembre, día de San Mateo... Cierto que no faltaría quien me quisiera por mi _guano_..., digo, por mi capital; pero eso no me llena, ni puede llenar á ningún hombre de juicio.
—¡Oh!, naturalmente. Bien sé yo que si usted anunciara su blanca mano, se presentarían cien mil candidatas. Pero no se trata de eso. Usted, si acepta mis indicaciones, contrarias de todo en todo al celibato, busque, indague, coja la linterna y mire por ahí. ¡Ah, ya sabrá, ya sabrá escoger lo mejorcito! Á buena parte van. Mi hombre sabe ver claro, y posee una sagacidad que da quince y raya al lucero del alba. No, no temo yo que pueda resultar una mala elección. ¿Existe la persona que emparejará dignamente con D. Francisco? Pues si existe, contemos con que D. Francisco la encuentra, aunque se esconda cien estados bajo tierra.
—¡Vaya, que á mis años...!—repitió el usurero con ligera inflexión de lástima de sí mismo.
—No tergiverse la cuestión ni se escape por la tangente de su edad... ¡Su edad! Si es la mejor. Como usted, en caso de volver á la cofradía, no habría de descolgarse con una mocosa, frívola y llena la cabeza de tonterías, sino con una mujer sentada...
—¿Sentada?
—Y de una educación intachable...
—¡Pero qué cosas tiene D. José!... Salir ahora con la peripecia de que debo casarme... ¡Y todo por la... _colectividad_!—dijo Torquemada rompiendo á reir como un muchacho, ávido de bromas.
—No—replicó Donoso, levantándose despacio, como quien acaba de cumplir un alto deber social,—no hago más que señalar una solución conveniente; no hago más que decir al amigo lo que entiendo razonable y eminentemente práctico.
Salieron juntos, y aquel día no hablaron más de casorio. Pero antes de que concluyera la semana, D. Francisco se mudó á su amplísimo principal de la calle de Silva.
XIV
Había él oído mil veces _el casado casa quiere_; pero nunca oyó que por el simple hecho de tener casa debiera un cristiano casarse. En fin, cuando Donoso lo decía, su poco de razón habría seguramente en ello. Las noches que siguieron á aquella memorable conversación, estuvo el hombre receloso y asustado en la tertulia de las señoras del Águila. Temía que D. José saliese allí con la tecla del casorio, y francamente, si llegaba á sacarla, de fijo el aludido se pondría como un pimiento. De sólo pensarlo le subían vapores á la cara. ¿Por qué le daba vergüenza de oirse interrogar sobre nuevas nupcias delante de Crucita y Fidelita? ¿Acaso le había pasado por las mientes ahorcarse con alguna de ellas? Oh, no; eran demasiado finas para que él pretendiese tal cosa; y aunque su pobreza las bajaba enormemente en la escala social, conservaban siempre el aquel aristocrático, barrera perfumada que no podía salvar con todo su dinero un hombre viejo, groserote y sin principios. No; nunca soñó tal alianza. Si alguien se la hubiera propuesto, el hombre habría creído que se reían en sus barbas.
Una noche Cruz le habló de Valentinico, y las dos hermanas mostraron tal interés en saber pormenores de la vida y muerte del prodigioso niño, que Torquemada no paró de hablar hasta muy alta la noche, contando la triste historia con sinceridad y sin estudio, en su lenguaje propio, olvidado de los terminachos que se le caían de la boca á Donoso y que él recogía. Habló con el corazón, narrando alegrías de padre, las amarguras de la enfermedad que le arrebató su esperanza, y con calor y naturalidad tan elocuentes se expresó el hombre, que las dos damas lloraron, sí, lloraron, y Fidela más que su hermana; como que no hacía más que sonarse y empapar el pañuelo en los ojos. Rafael también oyó con recogimiento lo que contaba D. Francisco; pero no lloraba, sin duda por no ser propio de hombres, ni aun ciegos, llorar. Él sí que echaba unos lagrimones del tamaño de garbanzos, como siempre que alguien refrescaba en su espíritu la fúnebre historia.
Y para que se vea cómo se enlazan los hechos humanos y cómo se va tejiendo esta trenza del vivir, aquella noche, paseándose en su cuarto delante del altarito con las velas encendidas, no podía pensar más que en las dos damas gimoteando por la memoria del pobre Valentinico, y en la circunstancia notoria de que Fidela había llorado más que Cruz, pero más. Bien lo sabía ya el chiquillo sin que su padre se lo dijera. Acostóse D. Francisco ya muy tarde, cansado de dar vueltas y de hacer garatusas delante del vargueño, cuando en medio de un letargo oyó claramente la voz del niño: «¡Papá, papá!...»
—¿Qué, hijo mío?—dijo levantándose de un salto, pues casi siempre dormía medio vestido, envuelto en una manta.
Valentín le habló en aquel lenguaje peculiar suyo, sólo de su padre entendido, lenguaje que era rapidísima transmisión de ojos á ojos.
—Papá, yo quiero resucitar.
—¿Qué, hijo mío?—repitió el tacaño sin entender bien, restregándose los ojos.
—Que quiero resucitar, vamos, que me da la gana de vivir otra vez.
—¡Resucitar..., vivir otra vez..., volver al mundo!
—Sí, sí. Ya veo lo contento que te pones. Yo también, porque, lo que te digo: aquí se aburre uno.
—¿Según eso, te tendré otra vez conmigo, pedazo de gloria?—exclamó Torquemada sentándose, ó más bien cayéndose sobre una silla, cual si estuviera borracho perdido.
—Volveré á ese mundo.
—Resucitando, como quien dice, al modo que Jesucristo; saliéndote tan guapamente de la sepulturita perpetua que... me costó diez mil reales.
—Hombre, no; eso no podría. ¿Tú qué estás pensando? Salir así..., ¿cómo dices?, ¿grande y con el cuerpo de cuando me morí?... Quítate. Así no me dejan...
—Pues así, así debe ser. ¿Quién se opone? ¿El Grandísimo Todo? Ya, ya veo la tirria que me tiene por si digo ó no digo de él lo que me da la gana, ¡ñales! Pero conmigo que no juegue...
—Cállate... El Señor Grandísimo es bueno y me quiere. Como que me deja hacer en todo mi santísima voluntad, y ahora me ha dicho que me salga de este elemento, que me vaya contigo para convertirte y quitarte de la cabeza tus herejías endemoniadas.
—¿Y vienes á este elemento?—murmuró Torquemada, hecho un ovillo, la cabeza entre las piernas.
—Al elemento de la Humanidad bonita. Pero me da risa lo que tú piensas, padre. ¡Creer que salgo de la fosa con mi cuerpo de antes! ¿Estamos en los tiempos de la Biblia? No y no. Entérate bien: para ir allá, tengo que volver á nacer.
—¿Volver á nacer?
—Verbigracia, nacer chiquitín, como se nace siempre, como la otra vez que nací, que no fué la primera, digo que no fué la primera, ¡ñales!
—Entonces, hijo mío..., me vestiré... ¿Qué hora es? Iré á avisar al comadrón, D. Francisco de Quevedo, calle del Ave María.
—Todavía no... ¿Qué prisa hay? Pues apenas falta tiempo para eso. Tú estás tonto, padre.
—Sí que lo estoy. No sé lo que me pasa. Ya me parece que despunta el día. Las velas alumbran poco, y no te veo bien la cara.
—Es que me borro, yo no sé qué tengo que me borro. Me voy volviendo chiquitín...
—Espérate... ¿Y tu mamá, dónde está? (Al decir esto, Torquemada, tendido cuan largo era en medio de la estancia, parecía un muerto.) Se me figura que la he sentido gritar... Lo que dije, empiezan los dolores; hay que avisar.
—No avises, no. Estoy tan chiquitín que no me encuentro. No tengo más que el alma, y abulto menos que un grano de arroz.
—Ya no veo nada. Todo tinieblas. ¿Dónde estás? (En esto se arrastraba á gatas por el cuarto.) Tu mamá no parece. La traía yo en el bolsillo, y se me ha escapado. Puede que esté dentro de la caja de fósforos... ¡Ah, pícaro! La tienes tú ahí, la escondes en el bolsillo de tu chaleco.
—No, tú la tienes. Yo no la he visto. El Grandísimo Todo me dijo que era fea...
—Eso no.
—Y vieja.
—Tampoco.
—Y que no sabía cómo se llamaba, ni le hacía falta averiguarlo.
—Yo sí lo sé; pero no te lo digo.
—Tiempo tengo de saberlo.
—_Partiendo del principio_ de que sea quien tú crees...
—No se dice así, papá. Se dice: en el _mero hecho_ de que sea...
—Justo: en el _mero hecho_; se me había olvidado el término... Pues si es, que sea, y si no es, que no sea... Será otra.
Púsose en cuclillas con gran dificultad, y sobándose los ojos miraba con estupefacción el altarito, diciendo: «¡Qué cosas me pasan!» Valentinico no replicaba.
—¿Pero es verdad que...?—le preguntó don Francisco, que se había quedado solo.—Tengo frío. Me salí de la cama sin echarme el chaquetón, y no tendrá maldita gracia que coja una pulmonía. Lo que haría yo ahora es tomar algo, _por ejemplo_, migas ó unas patatas fritas. Pero á estas horas, ¿cómo le _planteo_ yo á Rumalda _la cuestión_ de que me haga el almuerzo?... Juraría que mi hijo quiere nacer y que me lo ha dicho... Pero yo, triste de mí, ¿cómo lo _nazgo_?... Me volveré á la cama, y dormiré un poco si puedo. Todo ello será una suposición, un _mero hecho_. Le contaré á Donoso lo que me pasa, y resuelva él mismamente esta... _hipoteca_, digo, _hipótesis_, que es como decir lo que se supone. Para que mi hijo nazca, se necesita en primer término una madre, no, en primer término un padre. D. José quiere que yo sea padre de familia, como quien dice, señor de muchas circunstancias. Ya le veo las cartas al señor de Donoso, que me estima, sí, me estima... Pero no puede ser. Dispense usted, amigo mío; pero no hay forma humana de que se realice ese..., ¿cómo se dice? ¡Ah!, sí..., _desideratum_. Yo le agradezco á usted mucho el _desideratum_, y estoy muy envanecido de saber que..., muy satisfecho, y á la verdad, también tengo yo unas miajas de _desideratum_...; pero hay una barrera...: eso de las clases. Pronto se dice que no hay clases; pero al decirlo, las dichosas clases saltan á la vista y le dejan á uno corrido... Dispénseme, D. José, dispénseme; pídame usted lo que quiera, la Biblia en pasta, pero no me pida eso. La idea de que me digan: «¡So!, vete de ahí, populacho, que apestas», me subleva y me pone á morir. Y no es que yo huela mal. Bien ve usted que me lavo y me aseo. Y hasta el aliento, que según me decía doña Lupe tiraba un poco para atrás..., se me ha corregido con la limpieza de la boca...; y desde que me quité la perilla, que parecía un rabo de conejo, tengo mejor ver. Dice Rumalda que me parezco algo á O’Donnell cuando volvía del África... En fin, que por lo físico no hay caso. Tengo para mí que _en igualdad de circunstancias_, sería yo el preferido; es decir, si yo fuera más fino y de nacimiento y educación más _compatibles_... Pero no, no soy _compatible_, no caso, no ajusto... Mi corteza es muy dura, áspera y picona como lija... No puede ser, no puede ser.
Pasado algún tiempo se agitó en la cama, diciéndose con sobresalto: «¿Apostamos á que he roncado? Sí, ronqué... Me oí soltar un piporrazo como los de los funerales... Esto sí que es gordo... Y yo pregunto: El Sr. Donoso, que es hombre tan fino, ¿roncará? Y aquellas delicadísimas señoras..., ¡por vida del Todísimo!, ¿roncarán?»
XV
Á causa de la mala noche estuvo destemplado y ojeroso toda la mañana siguiente, y por la tarde se le vió hecho un azacán, persiguiendo gangas de almoneda para amueblar con decencia, dentro de la economía, su nueva casa. No compró cama de matrimonio, porque ya la tenía, y de palosanto, adquirida por doña Silvia en un precio bajísimo. Y como Ruiz Donoso se tomaba la confianza de asesorarle en aquellos arduos asuntos, aun antes de que D. Francisco le pidiera su leal parecer sobre ellos, resultó que fueron comprados multitud de objetos pertinentes al uso de señoras distinguidas, algunos tan extraños, que no sabía Torquemada para qué demonios servían. Como adquirido en liquidaciones diferentes, por embargo, quiebra ó defunción, el mueblaje era de lo más heterogéneo que imaginarse puede. Pero la casa iba resultando elegante, de rico y señoril aspecto. Imposible que dejase de hablarse de ella en la tertulia de las del Águila: Cruz pedía informes, se hacía explicar y describir todos los trastos, expresando opiniones discretísimas sobre la necesaria armonía entre la comodidad y la elegancia.
Una de aquellas tardes (debió de ser pocos días después de la mudanza) fueron de paseo Torquemada y su modelo, charlando de negocios. Á la vuelta del Retiro por el Observatorio, saltó la conversación á lo del pleito, y D. José, parándose en firme, expresó una opinión optimista acerca de él; mas luego venían los peros, una cáfila de inconvenientes que quitaban todo su efecto á la primera afirmación. Había que gastar mucho, y como las señoras carecían de posibles, quizás..., _y sin quizás_, tendrían que abandonar su derecho por falta de medios para demostrarlo. ¡Qué pena! ¡Una cosa tan clara! Él había agotado en obsequio de sus buenas amigas toda su actividad, todas sus relaciones, y por fin, su corto peculio. Y no le pesaba, no. ¡Eran tan dignas ellas de que todo el mundo se sacrificara por servirlas y sacarlas de su horrorosa situación! Pero ésta, ¡ay!, empeoraba, hasta el punto de que las señoras y su infeliz hermano tendrían pronto que pedir plaza en un asilo de mendicidad: ya no poseían renta alguna, pues lo último que restaba de una lámina intransferible, bocado á bocado se lo habían ido comiendo; ya no tenían nada que vender ni que empeñar. «Por mi parte—añadió descorazonado y casi á punto de romper en llanto,—he hecho cuanto humanamente podía. Los gastos del pleito absorben los tres cuartos de mi paga, y héteme aquí imposibilitado de ir más adelante, Sr. D. Francisco. Habrá que abandonar á los pobres náufragos, pues ni agarrándolos por los cabellos se les puede sacar á flote. Me voy temiendo que Dios se ha empeñado en ahogar á esa digna familia, y que todos nuestros esfuerzos por salvarla son inútiles. Dios lo quiere, y como dueño absoluto de vidas y haciendas, lo hará.»
—Pues no lo hará—dijo Torquemada bravamente, soltando un terno y reforzándolo con fuerte patada.
—¿Y qué podremos nosotros contra los designios...?
—¡Qué _desinios_ ni qué...! (Aquí una palabra que no se puede copiar.) Las señoras ganarán el pleito.
—¡Oh!, sí... Pero... garantíceme usted que llegaremos á la sentencia. Yo confío en la rectitud del Consejo de Estado; pero de aquí á que el pleno falle, hay una tiradita de tiempo y de gastos, en la cual nos veremos obligados á abandonar el asunto.
—No se abandonará.
—¿Usted...?
—Yo, yo. _Héteme aquí_ diciendo: adelante con los faroles y con el litigio. Pues no faltaba más.
—Eso varía... Concretemos: usted...
—Yo, sí, señor; yo, Francisco Torquemada ordeno y mando que se pleitee. ¿Qué hace falta?, ¿Un abogado de los gordos? Pues á él. ¿Qué más? ¿Levantar un monte de papel sellado? ¡Pues hala con él!... Nada de abandono. Ó hay corazón ó no hay corazón. ¿Está claro el derecho? Pues saquémoslo por encima de la cabeza del mismísimo Cristo.
—Bueno... Me parece muy bien—dijo Donoso agarrando á su amigo por el brazo, pues en el calor de la improvisación, á punto estuvo de que le cogiera un carruaje de los que en tropel bajaban del Retiro.
Emprendieron la caminata por el Paseo de Atocha, hacia el Prado, á la hora en que los faroleros encendían el gas, y en que los paseantes á pie y en coche regresaban en bandadas en busca de la sopa. Allá por el Museo vieron un hormigueo de luces en el Prado, y les dió en la nariz tufo de aceite frito. Era la verbena de San Juan. Ya comenzaba el bullicio, y por evitarlo subieron los dos respetables amigos por la Carrera, charlando sobre lo mismo, parándose á ratos, para poder expresar con cierto reposo las graves cosas que les salían del cuerpo. «Conformes, Sr. D. Francisco—dijo Donoso allá frente á los leones del Congreso.—Permítame que le felicite por su delicadeza, virtud de la cual veo en usted uno de los ejemplos más raros. He dicho delicadeza, y añado abnegación, porque abnegación grande se necesita para hacer frente á tales dispendios sin..., vamos, sin obtener ninguna ventaja... Si usted me lo permite, le diré que me parece mal, pero muy mal... (Torquemada no chistaba.) Digo que no me parece bien, y que usted, modesto en demasía, no se aprecia en lo que vale. Le basta con la gratitud de las señoras, y francamente, no veo paridad entre la recompensa y el servicio. Y no es que sea yo muy positivista...; es que me duele verle á usted achicarse tanto...»
Como D. Francisco no rezongaba, clavados sus ojos en el suelo cual si tomara nota de las rayas de las baldosas, arrancóse el otro á mayores claridades, y allá por la esquina de Cedaceros paróse otra vez en firme, y con gallardía rasgó el velo en esta forma:
—Ea, basta de jugar á la gallina ciega con nuestras intenciones, Sr. D. Francisco. ¿Para qué hacemos misterio de lo que debe ser claro como la luz? Yo le adivino á usted los sentimientos. ¿Quiere que le describa el estado de su ánimo?
—¿Á ver...?
—Pues desde que tuve la honra de hablarle de un delicado asunto..., vamos, de la conveniencia de tomar estado, la idea ha ido labrando en usted... ¿Es ó no cierto que desde entonces no cesa usted de pensar en ello noche y día...?
—Es ciertísimo.
—Usted piensa en ello; pero su descomunal modestia le impide tomar una resolución. Se cree indigno, ¡oh!, siendo, por el contrario, digno de las mayores felicidades. Y ahora, cuando planteamos la cuestión de sacar adelante el pleito famoso; ahora, cuando usted se dispone á prestar á esa familia un servicio impagable, su delicadeza viene á remachar el clavo, porque si antes se sentía usted cohibido como diez, ahora lo está como doscientos mil, y no cesa de atormentarse con este argumento, que es un verdadero sofisma: «Yo, que me creo indigno de aspirar á la mano, _etcétera_..., ahora que, por venir las cosas rodadas, les presto este servicio, _etcétera_, menos puedo pensar en casorio, porque creerían ellas y el mundo, _etcétera_, que vendo el favor ó que compro la mano, _etcétera_...» ¿Es esto, sí ó no, lo que piensa el amigo Torquemada?
—Eso mismísimo.
—Pues me parece una tontería mayúscula, Sr. D. Francisco de mi alma, que usted sacrifique sentimientos nobilísimos ante el ídolo de una delicadeza mal entendida.
Dijo esto con tanta gallardía, que á Torquemada le faltó poco para que la emoción le hiciera derramar lágrimas.
—Es que..., diré á usted..., yo..., como soy así..., no me ha gustado nunca ser _mayúsculo_, vamos al decir, picar más alto de lo que debo. Cierto que soy rico; pero...
—¿Pero qué?
—Nada, no digo nada. Dígaselo usted todo...
—Ya sé lo que usted teme: la diferencia de clases, de educación, los timbres nobiliarios... Todo eso es música en los tiempos que corren. ¿Se le ha pasado por las mientes que sería rechazado?...
—Sí, señor... Y este cura, aunque de cepa humilde y no muy fuerte en finuras de sociedad, porque no ha tenido tiempo de aprenderlas, no quiere que nadie le desprecie, ¡cuidado!
—Y la pobreza de ellas le cohibe más, y dice usted: «no vayan á creer que porque son pobres les hago la forzosa...»
—Justo... Parece que anda usted por dentro de mí con un farolito, registrando todas las incumbencias y _sofismas_ que me andan por los rincones del alma.