Torquemada en la cruz

Part 5

Chapter 54,023 wordsPublic domain

Pausa. Transición de lo serio á lo familiar.—No tome á mal, Sr. D. Francisco, esta filípica que me permito echarle. Óigala con benevolencia, y después usted, en su buen juicio, hará lo que le acomode... Hablamos aquí como amigos, y cada cual dice lo que siente. Pero yo soy muy claro, y con las personas á quienes estimo de veras uso una claridad que á veces encandila. Conozco bien la sociedad. He vivido más de cuarenta años en contacto con todas las eminencias del país; he aprendido algo; no me faltan ideas; sé apreciar las cosas; la experiencia me da cierta autoridad. Usted me parece persona muy sensata, de muy buen sentido, sólo que demasiado metido en su concha. Es usted el caracol, siempre con la casa á cuestas. Hay que salir, vivir en el mundo... Me permito decirle mi parecer, porque yo predico á los hombres agudos: á los tontos no les digo nada. No me entenderían.

—Bien, bien—murmuró Torquemada, que atontado por el terrible efecto de las amonestaciones de Donoso, no acertaba á expresar su admiración.—Ha hablado usted como Séneca; no, mejor, mucho mejor que Séneca... Es que..., diré á ustedes... Como yo me crié pobre, y con estrechez he vivido ahorrando hasta la saliva, no puedo acostumbrarme... ¿Cuál es el camino más derecho del mundo? La costumbre..., y por él voy. ¿Yo metiéndome á clase directora? ¿Yo pintándola por ahí? ¿Yo echando facha y...? No, no puede ser; no me cae, no me comprendo así, vamos.

—¡Si no es echar facha, por Dios!

—Si más afectación, y por consiguiente más _facha_, hay en aparentar pobreza siendo rico.

—Sólo se trata de dar á la verdad su natural semblante.

—Se trata de representar lo que se es.

—Otra cosa es engaño.

—Mentira, farsa.

—No basta ser rico, sino parecerlo.

—Justo.

—Cabal.

Estos comentarios, expresados rápidamente por los tres Águilas sin dar á D. Francisco tiempo para hacerse cargo de cada uno de ellos, le envolvieron en un torbellino. Sus oídos zumbaban; las ideas penetraban en su mente como una bandada de alimañas perseguidas, y volvían á salir en tropel para revolotear por fuera. Balbuciente primero, con segura voz después, manifestóse conforme con tales ideas, asegurando que ya había pensado en ello despacio, y que se reconocía fuera de su natural centro y clase; pero ¿cómo vencer su genio corto y encogido, cómo aprender de golpe las mil cosas que una persona de posibles debe saber? Echóse instintivamente por este camino de sinceridad, después de muchos tropezones y reticencias, y antes de que pensara si le sería conveniente declarar su incapacidad para la finura, ya la había declarado y confesado como un niño sorprendido en falta. ¿Qué remedio ya? Lo dicho, dicho estaba, y no se volvía atrás. Donoso le arguyó con razones poderosas; Cruz sostuvo que otros más desmañados andaban por el mundo hechos unos príncipes, y Fidela y el ciego le animaban con observaciones festivas, que si algo tenían de burla, era ésta tan discreta y sazonada que no podía ofenderle.

Charla charlando llegó el fin de la velada, y tan gustoso se encontraba allí el hombre, que habría podido creer que su conocimiento con las Águilas y con Donoso databa de fecha muy remota; de tal modo se le iban metiendo en el corazón. Juntos salieron los dos amigos de la casa, y por el camino platicaron cuanto les dió la gana sobre negocios, maravillándose D. Francisco de lo fuerte que estaba D. José en aquellas materias, y de lo bien que discurría sobre el interés del capital y demás incumbencias económicas.

Y solo ya en su madriguera, recordaba el prestamista, palabra por palabra, el réspice que le echó aquel su nuevo amigo y ya director espiritual, pues pensaba seguir lo mejor que pudiese su sapientísima doctrina. Lo que le había dicho sobre los deberes del rico y la ley de las posiciones sociales era cosa que se debía oir de rodillas, algo como el sermón de la Montaña, la nueva ley que debía transformar el mundo. El mundo en aquel caso era él, y Donoso el Mesías que había venido á volverlo todo patas arriba y á fundar nueva sociedad sobre las ruinas de la vieja. En sus ratos de desvelo, no pensaba don Francisco más que en el sastre á que había de encargar una levita _herméticamente cerrada_ como la de Donoso, en el sombrerero que le decoraría la cabeza y en otras cosas pertinentes á la vestimenta. ¡Oh! ¡Sin pérdida de tiempo había que declarar la guerra á la facha innoble, al vestir sucio y ordinario! Bastantes años llevaba ya de adefesio. La sociedad fina le reclamaba como á un desertor, y allá se iba derecho, con botas de charol y todo lo demás que le correspondía.

Pero su mayor asombro era que en una sola noche de palique con aquellas dignísimas personas, había aprendido más términos elegantes que en diez años de su vida anterior. Del trato con doña Lupe había sacado (en justicia debía decirlo) diferentes modos de hablar que le daban mucho juego. Por ejemplo, con ella aprendió á decir: _plantear la cuestión, en igualdad de circunstancias, hasta cierto punto_ y _á grandes rasgos_. Pero ¿qué significaba esta miseria de lenguaje con las cosas bonitísimas que acababa de asimilarse? Ya sabía decir _ad hoc_ (pronunciaba _azoc_), _partiendo del principio_, _admitiendo la hipótesis_, _en la generalidad de los casos_; y, por último, gran conquista era aquello de llamar á todas las cosas el _elemento tal_, el _elemento cual_. Creía él que no había más elementos que el agua y el fuego, y ahora salíamos con que es muy bello decir los _elementos conservadores_, el _elemento militar_, _eclesiástico_, etc.

Al día siguiente todas las cosas se le antojaron distintas de como ordinariamente las veía. «¿Pero me he vuelto yo niño?», se dijo, notando en sí un gozo que le retozaba por todo el cuerpo, una como ansia de vivir ó dulce presagio de felicidades. Todas las personas de su conocimiento que aquel día vió pareciéronle de una tosquedad intolerable. Algunas le daban asco. El café del Gallo y el de las Naranjas, adonde tuvo que ir en persecución de un infeliz deudor, pareciéronle indecorosos. Amigos encontró que no andaban á cuatro pies por especial gracia de Dios, y los había que le apestaban. «Atrás, ralea indecente», se decía, huyendo del trato de los que fueron sus iguales, y refugiándose en su casa, donde al menos tenía la compañía de sus pensamientos, que eran unos pensamientos muy guapos, de levita y sombrero de copa, graves, sonrientes y con tufillo de agua de colonia.

Recibió á su hija con cierto despego aquel día, diciéndole: «¡Pero qué facha te traes! Hasta me parece que hueles mal. Eres muy ordinaria, y tu marido el cursi más grande que conozco, _uno de nuestros primeros cursis_.»

XII

Dicho se está que antes faltaran las estrellas en la bóveda celeste que Torquemada en la tertulia de las señoras del Águila y en la confraternidad del señor de Donoso, á quien poco á poco imitaba, cogiéndole los gestos y las palabras, la manera de ponerse el sombrero, el tonito para saludar familiarmente, y hasta el modo de andar. Bastaron pocos días para entablar amistad. Empezó el tacaño por hacerse el encontradizo con su modelo en Recoletos, donde vivía; le visitó luego en su casa con pretexto de consulta sobre un préstamo á retro que acababan de proponerle, y por mediación de Donoso hizo después otro hipotecario en condiciones muy ventajosas. De noche se veían en casa de las del Águila, donde el tacaño había adquirido ya cierta familiaridad. No sentía encogimiento, y viéndose tratado con benevolencia y hasta con cariño, arrimábase al calor de aquel hogar en que dignidad y pobreza eran una misma cosa. Y no dejaba de notar cierta diferencia en la manera de tratarle las cuatro personas de aquella gratísima sociedad. Cruz era quien mayores miramientos tenía con él, mostrándole en toda ocasión una afabilidad dulce y deseos de contentarle. Donoso le miraba como amigo leal. En Fidela creía notar cierto despego y algo de intención zumbona, como si delicadamente y con mucha finura quisiera á veces... lo que en estilo vulgar se llama _tomar el pelo_; y en fin, Rafael, sin faltar á la urbanidad, siempre correcto y atildado, le llevaba la contraria en muchas de las cosas que decía. Poquito á poco vió D. Francisco que se marcaba una división entre los cuatro personajes, dos á un lado, dos al otro. Si en algunos casos la división no existía y todo era fraternidad y concordia, de repente la barrerita se alzaba, y el avaro tenía que alargar un poco la cabeza para ver á Fidela y al ciego de la parte de allá. Y ellos le miraban á él con cierto recelo, que era lo más incomprensible. ¿Por qué tal recelo, si á todos les quería, y estaba dispuesto á descolgarse con algún sacrificio de los humanamente posibles, dentro de los límites que le imponía su naturaleza?

Cruz sí que se le entraba por las puertas del alma con su afabilidad cariñosa, y aquel gracejo que le había dado Dios para tratar todas las cuestiones. Poquito á poco fué creciendo la familiaridad, y era de ver con qué salero sabía la dama imponerle sus ideas, trocándose de amiga en preceptora. «D. Francisco, esa levita le cae á usted que ni pintada. Si no moviera tanto los brazos al andar, resultaría usted un perfecto diplomático...» «D. Francisco, haga por perder la costumbre de decir _mismamente_ y _ojo al Cristo_. No sienta bien en sus labios esa manera de hablar...» «D. Francisco, ¿quién le ha puesto á usted la corbata?, ¿el gato? Creeríase que no han andado manos en ella, sino garras...» «D. Francisco, siga mi consejo y aféitese la perilla, que mitad blanca y mitad negra, tiesa y amenazadora, parece cosa postiza. El bigote solo, que ya le blanquea, le hará la cara más respetable. No debe usted parecer un oficial de clase de tropa, retirado. Á buena presencia no le ganará nadie si hace lo que le digo...» «Don Francisco, quedamos en que desde mañana no me trae acá el cuello marinero. Cuellito alto, ¿estamos? Ó ser ó no ser persona de circunstancias, como usted dice...» «D. Francisco, usa usted demasiada agua de colonia. No tanto, amigo mío. Desde que entra usted por la puerta de la calle, vienen aquí esos batidores del perfume anunciándole. Medida, medida, medida en todo...» «D. Francisco, prométame no enfadarse, y le diré..., ¿se lo digo?..., le diré que no me gusta nada su escepticismo religioso. ¡Decir que no le _entra el dogma_! Aparte la forma grosera de expresarlo, _¡entrarle el dogma!_, la idea es abominable. Hay que creer, señor mío. Pues qué, ¿hemos venido á este mundo para no pensar más que en el miserable dinero?»

Dicho se está que con estas reprimendas dulces y fraternales se le caía la baba al hombre, y allí era el prometer sumisión á los deseos de la señora, así en lo chico como en lo grande, ya en el detalle nimio de la corbata, ya en el grave empeño de apechugar á ojos cerrados con todas y cada una de las verdades religiosas.

Fidela se permitía dirigirle iguales admoniciones, si bien en tono muy distinto, ligeramente burlón y con toques imaginativos muy graciosos. «D. Francisco, anoche soñé que venía usted á vernos en coche, en coche propio, como debe tenerlo un hombre de _posibles_. Vea usted cómo los sueños no son disparates. La realidad es la que no da pie con bola, en la mayoría de los casos... Pues sí, sentimos el estrépito de las ruedas, salí al balcón, y me veo á mi don Francisco bajar del _landeau_, el lacayo en la portezuela, sombrero en mano...»

—¡Ay, qué gracia!...

—Dijo usted al lacayo no sé qué..., con ese tonillo brusco que suele usar..., y subió. No acababa nunca de subir. Yo me asomé á la escalera, y le vi sube que te sube, sin llegar nunca, pues los escalones aumentaban á cientos, á miles, y aquello no concluía. Escalones, siempre escalones... Y usted sudaba la gota gorda... Ya por último subía encorvadito, muy encorvadito, sin poder con su cuerpo..., y yo le daba ánimos. Se me ocurrió bajar, y el caso es que bajaba, bajaba sin poder llegar hasta usted, pues la escalera se aumentaba para mí bajando como para usted subiendo...

—¡Ay qué fatiga, y qué sueños tan raros!

—Esta es así—dijo Cruz riendo.—Siempre sueña con escaleras.

—Es verdad. Todos mis sueños son de subir y bajar. Amanezco con las piernas doloridas y el pecho fatigado. Subo por escaleras de papel, por escaleras de diamante, por escalas tan sutiles como hilos de araña. Bajo por peldaños de metal derretido, por peldaños de nieve, y por un sin fin de cosas, que son mis propios pensamientos puestos unos debajo de otros... ¿Se ríen?

Sí que se reían, Torquemada principalmente, con toda su alma, sin sentirse lastimado por el ligero acento de sátira que salpimentaba la conversación de Fidela como un picante usado muy discretamente. El sentimiento que la joven del Águila le inspiraba era muy raro. Habría deseado que fuese su hija, ó que su hija Rufina se le pareciese, cosas ambas muy difíciles de pasar del deseo á la realidad. Mirábala como una niña á quien no se debía consentir ninguna iniciativa en cosas graves, y á quien convenía mimar, satisfaciendo de vez en cuando sus antojos infantiles. Fidela solía decir que le encantaban las muñecas, y que hasta la época en que la adversidad le impuso deberes domésticos muy penosos, se permitía jugar con ellas. Conservaba de los tiempos de su niñez opulenta algunas muñecas magníficas, y á ratos perdidos, en la soledad de la noche, las sacaba para recrearse y charlar un poco con sus mudas amigas, recordando la edad feliz. Confesábase además golosa. En la cocina, siempre que hacían algún postre de cocina, fruta de sartén ó cosa tal, lo saboreaba antes de servirlo, y el repuesto de azúcar tenía en la cocinera un enemigo formidable. Cuando no mascaba un palito de canela, roía las cáscaras de limón; se comía los fideos crudos, los tallos tiernos de lombarda y las cáscaras de queso.—Soy el ratón de la casa—decía con buena sombra,—y cuando teníamos jilguero, yo le ayudaba á despachar los cañamones. Me gusta extraordinariamente chupar una hojita de perejil, roer un haba ó echar en la boca un puñadito de arroz crudo. Me encanta el picor de la corteza de los rabanitos, y la miel de la Alcarria me trastorna hasta el punto de que la estaría probando, probando, por ver si es buena, hasta morirme. Por barquillos soy yo capaz de no sé qué, pues me comería todos los que se hacen y se pueden hacer en el mundo; tanto, tanto me gustan. Si me dejaran, yo no comería más que barquillos, miel y... ¿á que no lo acierta, don Francisco?

—¿Cacahuet?

—No.

—¿Piñones confitados?

—Tampoco.

—¿Pasas, alfajores, guirlache, almendras de Alcalá, bizcochos borrachos?

—Los bizcochos borrachos también me emborrachan á mí; pero no es eso, no es eso. Es...

—Chufas—dijo el ciego para concluir de una vez.

—Eso es... Me muero por las chufas. Yo mandaría que se cultivara esa planta en toda España, y que se vendiera en todas las tiendas para sustituir al garbanzo. Y la horchata debiera usarse en vez de vino. Ahí tiene usted una cosa que á mí no me gusta, el vino. ¡Qué asco! ¡Vaya con lo que inventan los hombres! Estropear las uvas, una cosa tan buena, por sacar de ellas esa bebida repugnante... Á mí me da náuseas, y cuando me obligan á beberlo, me pongo mala, caigo dormida y sueño los desatinos más horripilantes: que la cabeza me crece, me crece hasta ser más grande que la iglesia de San Isidro, ó que la cama en que duermo es un organillo de manubrio, y yo el cilindro lleno de piquitos que volteando hace sonar las notas... No, no me den vino, si no quieren que me vuelva loca.

¡Lo que se divertían Donoso y Torquemada con estas originalidades de la simpática joven! Deseando mostrarle un puro afecto paternal, no iba nunca D. Francisco á la tertulia sin llevar alguna golosina para el ratoncito de la casa. Felizmente, en la Travesía del Fúcar, camino de la calle de San Blas, tenía su tienda de esteras y horchata un valenciano que le debía un pico á Torquemada, y éste no pasaba por allí ninguna tarde sin afanarle con buenos modos un cartuchito de chufas. «Es para unos niños», solía decirle. El confitero de la calle de las Huertas, deudor insolvente, le pagaba, á falta de moneda mejor, intereses de caramelos, pedacitos de guirlache, alguna yema, melindres de Yepes ó mantecadas de Astorga, género sobrante de la última Navidad, y un poco rancio ya. Hacía de ello el tacaño paquetitos, con papeles de colores que el mismo confitero le daba, y corriéndose alguna vez á adquirir en la tienda de ultramarinos el cuarterón de pasas ó la media librita de galletas inglesas, no había noche que entrara en la tertulia con las manos vacías. Todo ello no le suponía más que una peseta y céntimos cada vez que tenía que comprarlo, y con tan poco estipendio se las daba de hombre galante y rumboso. Rebosando dulzura, con todas las confiterías del mundo metidas en su alma, presentaba el regalito á la damisela, acompañándolo de las expresiones más tiernas y mejor confitadas que podía dar de sí su tosco vocabulario. «Vamos, sorpresa tenemos. Esta no la esperaba usted... Son unas cosas de chocolate fino que llaman _pompones_, con hoja de papel de plata fina y más rico que el mazapán.» No podía corregirse la costumbre de anunciar y ponderar lo que llevaba. Acogía Fidela la golosina con grandes extremos de agradecimiento y alegría infantil, y D. Francisco se embelesaba viéndola hincar en la sabrosa pasta sus dientes, de una blancura ideal, los dientes más iguales, más preciosos y más limpios que él había visto en su condenada vida; dientes de tan superior hechura y matiz, que nunca creyó pudiese existir en la humanidad nada semejante. Pensando en ellos decía: «¿Tendrán dientes los ángeles?, ¿morderán?, ¿comerán?... Vaya usted á saber si tendrán dientes y muelas, ellos que, según rezan los libros de religión, no necesitan comer. ¿Y á qué es _plantear esa cuestión_? Falta saber que _haiga_ ángeles.»

XIII

La amistad entre Donoso y Torquemada se iba estrechando rápidamente, y á principios del verano D. Francisco no ponía mano en cosa alguna de intereses sin oir el sabio dictamen de hombre tan experto. Donoso le había ensanchado las ideas respecto al préstamo. Ya no se reducía al estrecho campo de la retención de pagas á empleados civiles y militares, ni á la hipoteca de casas en Madrid. Aprendió nuevos modos de colocar el dinero en mayor escala, y fué iniciado en operaciones lucrativas sin ningún riesgo. Próceres arruinados le confiaron su salvación, que era lo mismo que entregársele atados de pies y manos; sociedades en decadencia le cedían parte de las acciones á precio ínfimo con tal de asegurar sus dividendos, y el Estado mismo le acogía con benignidad. Todo el mecanismo del Banco, que para él había sido un misterio, le fué revelado por Donoso, así como el manejo de Bolsa, de cuyas ventajas y peligros se hizo cargo al instante con instinto seguro. El amigo le asesoraba con absoluta lealtad, y cuando le decía: «compre usted Cubas sin miedo», D. Francisco no vacilaba. Armonía inalterable reinaba entre ambos sujetos, siendo de admirar que en la intervención de Donoso en los tratos torquemadescos, resplandecía siempre el más puro desinterés. Habiéndole proporcionado dos ó tres negocios de gran monta, no quiso cobrarle corretaje ni cosa que lo valiera.

Al compás de esta transformación en el orden económico, iba operándose la otra, la social, apuntada primero tímidamente en reformas de vestir, y llevada á su mayor desarrollo por medio de transiciones lentas, para que el cambiazo no saltara á la vista con crudezas de sainete. El uso del hongo atenuaba la rutilante aparición de un terno nuevo de paño color de pasa, y los resplandores de la chistera flamante se obscurecían y apagaban con un gabán de cuello algo seboso, contemporáneo de la entrada de nuestras valientes tropas en Tetuán. Tenía suficiente sagacidad para huir del ridículo, ó para sortearlo con hábiles combinaciones. Aun así, la metamorfosis fué cogida al vuelo por más de un guasón de los barrios en que residían sus principales conocimientos, y no faltaron cuchufletas ni venenosas mordeduras. Sin hacer caso de ellas, D. Francisco iba dando de lado á sus tradicionales relaciones, y ya no podía disimular el despego que le inspiraban sus amigos del café del Gallo y de diversas tiendas y almacenes de la calle de Toledo, despego que para algunos era antipatía más ó menos declarada y para otros aversión. Alguien encontraba natural que D. Francisco quisiera _pintarla_, poseyendo, como poseía, más que muchos que en Madrid iban desempedrando las calles en carretelas no pagadas ó que vivían de la farsa y del enredo. Y no faltó quien, viéndole con pena alejarse de la sociedad en que había ganado el primer milloncito de reales, le tildara de ingrato y vanidoso... Al fin, hacía lo que todos: después de chupar á los pobres hasta dejarles sin sangre, levantaba el vuelo hacia las viviendas de los ricos.

Y si en los hábitos, particularmente en el vestir, la evolución se marcaba con rasgos y caracteres que podía observar todo el mundo, en el lenguaje no se diga. Ya sabía decir cada frase que temblaba el misterio, y se iba asimilando el hablar de Donoso, con un gancho imitativo increíble á sus años. Verdad que á lo mejor afeaba los conceptos con groseros solecismos, ó tropezaba en obstáculos de sintaxis. Pero así y todo, á quien no le conociera le daba el gran chasco, porque advertido por su sagacidad de los peligros de hablar mucho, se concretaba á lo más preciso, y el laconismo y tal cual dicharacho pescado en la boca de Donoso le hacían pasar por hombre profundo y reflexivo. Más de cuatro, que por primera vez en aquellos días se le echaron á la cara, veían en él un sujeto de mucho conocimiento y gravedad, oyéndole estas ó parecidas razones: «Tengo para mí que los precios de la cebada serán un _enizma_ en los meses que siguen, por la _actitud expectante_ de los labradores.» Ó esta otra: «Señores, yo tengo para mí (el ejemplo de Donoso le hacía estar constantemente _teniendo para sí_) que ya hay bastante libertad, y bastante _naufragio_ universal, y más derechos que queremos. Pero yo pregunto: ¿Esto basta? ¿La nación, por ventura, no come más que principios? ¡Oh!, no... Antes del principio, désele el cocido de una buena administración, y la sopa de un presupuesto nivelado... Ahí está el _quiquiriquí_... Ahí le duele..., ahí... Que me administren bien, que no gotee un céntimo..., que se mire por el contribuyente, y yo seré el primero en felicitarme de ello _á fuer de_ español y _á fuer de_ contribuyente...» Alguien decía oyéndole hablar: «Un poco tosco es este _tío_; pero ¡qué bien discurre!» ¡Y qué ingenioso el chiste de llamar _naufragio_ al sufragio! Dicho se está que lo juicioso de sus manifestaciones y su fama de hombre de _guita_ le iban ganando amigos en aquella esfera en que desplegaba sus alas. _Manifestaciones_ eran para él cuanto se hablaba en el mundo, y tan en gracia le cayó el término, que no dejaba de emplearlo en todo caso, así le dieran un tiro. Manifestaciones lo dicho por Cánovas en un discurso que se comentaba; manifestaciones lo dicho por la portera de la casa de la calle de San Blas, acerca de si los chicos del tercero hacían ó no hacían aguas menores sobre los balcones del segundo.

Y ya que se nombra la casa de D. Francisco, debe añadirse que la primera vez que entró en ella Donoso para tratar de un fuerte préstamo que solicitaban los duques de Gravelinas, se asombró de lo mal que vivía su amigo; y valido de la confianza que ya tenía con él, se permitió amonestarle en aquel tonillo paternal que tan buen resultado le daba: «No lo creería si no lo viera, amigo D. Francisco... Es que me enfado; tómelo como quiera, pero me enfado, sí, señor... Vamos á ver: ¿no le da vergüenza de vivir en este tugurio? ¿No comprende que hasta su crédito pierde con tener casa tan miserable? ¡Qué dirá la gente! Que es usted Alejandro en puño, un avaro de mal pelaje, como los que se estilan en las comedias. Créame: esto le hace poco favor. Tal como es el hombre, debe ser la casa. Me carga que no se tenga de una personalidad como usted el concepto que merece.»