Part 4
En su interior sentía el retumbar de una gran verdad proferida como un cañonazo, á saber: que las matemáticas son el _Gran Todo_, y los números los espíritus, que mirados desde abajo... son las estrellas... Y Valentinico tenía en su ser todas las estrellas, y por consiguiente, todito el espíritu que anda por allá y por acá. Ya cerca de la madrugada rindióse D. Francisco al cansancio, y se sentó frente al vargueño, apoyando la cabeza en el ruedo de sus brazos, y éstos en el respaldo de la silla. Las luces se estiraban y enrojecían lamiendo el pábilo negro; la cera chorreaba, con penetrante olor de iglesia. El prestamista se aletargó, ó se despabiló, pues ambos verbos, con ser contrarios, podían aplicarse al estado singular de sus nervios y de su cabeza. Valentín no decía nada, triste y mañoso como los niños á quienes no se ha hecho el gusto en algo que vivamente apetecen. Ni habría podido decir D. Francisco si le miraba realmente, ó si le veía en los nimbos nebulosos de aquel sueñecillo que en la silla descabezaba. Lo indudable es que hijo y padre se hablaron; al menos puede asegurarse como de absoluta realidad que D. Francisco pronunció estas ó parecidas palabras: «Pero si no supe lo que hacía hijo de mi alma. No es culpa mía si no sé tocar esa cuerda del perdón..., y si la toco no me suena, cree que no me suena.»
—Pues... lo que digo—debió de expresar la imagen de Valentín,—fuiste un grandísimo puerco... Corre allá mañana y devuélveles á toca teja los arrastrados intereses.
Levantóse bruscamente Torquemada, y despabilando las luces, se decía: «Lo haremos; es menester hacerlo... ¡Devolución..., caballerosidad..., rasgo! ¿Pero cómo se compone uno para el rasgo? ¿Qué se dice? ¿De qué manera y con qué retóricas hay que arrancarse? Diréles, ¡ñales!, que fué una equivocación..., que me distraje..., ¡ea!, que me daba vergüenza de ser rumboso..., la verdad, la verdad por delante..., que no acertaba con el vocablo..., por ser la primera vez que...»
IX
¡La primera vez que perdonaba réditos! Confuso y mareado durante toda la mañana, se sentía en presencia de una estupenda crisis. Veía como un germen de otro hombre dentro de sí, como un ser nuevo, misterioso, embrión que ya rebullía, queriendo vivir por sí dentro de la vida paterna. Y aquel sentimiento novísimo, apuntado como las ansias de amor en quien ama por primera vez, le producía una turbación juvenil, mezcla de alegrías y temor. Dirigióse, pues, á casa de las señoras del Águila, como el novato de la vida que después de mil vacilaciones se decide á lanzar su primera declaración amorosa. Y por el camino estudiaba la frase, rebuscando las que tuvieran el saborete melifluo que al caso correspondía. Dificultad grande era para él la palabra suave y cariñosa, pues en su repertorio usual todas sonaban broncas, ordinarias, como la percusión de la llanta de un carro sobre los desgastados adoquines.
Recibido, como el día anterior, por Cruz, que se asombró mucho de verle, estuvo muy torpe en el saludo. Olvidósele todo el _diccionario_ fino que preparado llevaba, y como la dama le preguntase por la feliz circunstancia á que debía el honor de tal visita, disparóse el hombre á impulsos de la expansiva ansiedad que dentro llevaba, y allá como el diablo le dió á entender, fué echando de su boca este chorretazo de conceptos: «Porque verá usted, señora doña Cruz... Ayer, como soy tan distraído... Pero mi intención, ¡cuidado!, era dar á ustedes una muestra... Soy hombre considerado y sé distinguir. Crea usted que pasé un mal rato al percatarme, cuando salí, de mi descuido, de mi... _estupefacción_. Ustedes valen, ya lo creo, valen mucho; son personas dignísimas, y merecen que un amigo de corazón les dé una muestra...»
Embarullándose tomó otro hilo, pero siempre iba á parar á la muestra; hasta que dando un brinco, de locución, se entiende, fué á caer espanzurrado en el terreno de la verdad pura y concisa: «Ea, señora, que no cobro intereses, que no los cobro, aunque me lo mande el Verbo... Y aquí tiene usted, en buena moneda, lo que ayer descontamos.»
Quitósele un gran peso de encima, y se maravilló de que la dama no hiciese remilgos para tomar el dinero devuelto. Diríase que esperaba el rasgo, y su sonrisa benévola y graciosa de mujer bien curtida en la sociedad revelaba la satisfacción de una sospecha confirmada. Dióle las gracias con delicadeza, sin lloriqueos de pobre en quien el tomar y el pedir ha venido á ser un oficio, y conociendo con tino admirable que al usurero le causaba enojo aquel asunto, por no ser de su cuerda, mudó airosamente de conversación. ¡Qué mal tiempo hacía! ¡Vaya que, después de tanto llover, venirse aquel frío seco del Norte en pleno Mayo! ¡Y qué desastrosa temporada para los infelices que tenían cajón en la pradera! Francamente, el Santo no se había portado bien aquel año. De aquí pasaron al disgusto de las dos señoras por la mala salud de Rafael. Era sin duda una afección hepática, efecto de su vida sedentaria y tristísima. Una temporada de campo, un viajecito, una tanda de baños alcalinos, serían quizás remedio seguro; pero no podían pensar en semejante cosa. Con discreción de buen tono se abstuvo la señora de recalcar en el tema de sus escaseces, porque no creyera el otro que pordioseaba su auxilio para llevar á baños al ciego.
La mente de Torquemada se había chapuzado en un profundo cavilar sobre la pobreza decorosa de sus amigas, y aunque Cruz habló de muy distintas cosas, no podía él seguirla más que con alguno que otro tropezón monosilábico. De repente, como el nadador que después de una larga inmersión sale á flote respirando fuertemente, se arrancó el hombre con esta pregunta: «¿Y ese pleito...?»
Reproducíanse en su imaginación las estupendas ponderaciones de doña Lupe agonizante, y aquellas galeras cargadas de oro, las provincias enteras, los ingenios de Cuba y el cúmulo increíble de riquezas que por derecho pertenecían á los del Águila, y que sin duda les había quitado algún malsín. ¡Hay tanta pillería en esta España hidalga!
—¿Y ese pleito...?—volvió á decir, pues la señora no había contestado al primer tiro.
—Pues el pleito—replicó al fin Cruz—sigue sus trámites. Es de lo contencioso-administrativo.
—Quiere decirse que la parte contraria es el Gobierno.
—Justo.
—Pues entonces, no cansarse: lo perderán ustedes... El Gobierno se lo lleva todo. Es el amo. Peseta que en sus manos cae, no esperemos que vuelva á salir de aquellas condenadas arcas. Y dígame: ¿es de mucha cuantía?
—¡Oh!, sí, señor... Y en los seis millones del suministro de cebada en la primera guerra civil..., negocio de nuestro abuelo, ¿sabe usted...?; pues en los seis millones, la cosa es tan clara, que si no nos reconocen ese crédito, hay que despedirse de la justicia en España.
Al oir el vocablo _millones_ Torquemada se quedó lelo, y aguzó el hocico soplando hacia arriba, manera muy suya de expresar la magnitud de las cosas juntamente con el asombro que produce.
—Hay además otros cabos, otros asuntos. La cosa es muy compleja, Sr. D. Francisco... Mi padre fué despojado de sus tierras de la Rioja y de la ribera del Jalón, que estuvieron afectas á una fianza por la contrata de conducción de caudales. El Gobierno no cumplió lo pactado, hizo mangas y capirotes de las cláusulas del arrendamiento y echó mano á las fincas. Absurdos, Sr. D. Francisco, que sólo se ven en este país desquiciado... ¿Quiere usted conocer detalladamente el asunto? Pues véngase por aquí alguna de estas noches. En la soledad y desamparo en que vivimos, víctimas de tanta injusticia y de tanto atropello, alejadas de la sociedad en que nacimos y en la cual hemos sufrido tantos desaires y desengaños tan horribles, Dios misericordioso nos ha concedido un lenitivo, un descanso del alma, la amistad de un hombre incomparable, de un alma caritativa, hidalga y generosa, que nos sostiene en esta lucha y nos da ánimos. Sin ese hombre compasivo, sin ese ángel, nuestra vida sería imposible: ya nos habríamos muerto de tristeza. Ha sido el contrapeso de tanto infortunio. En él hemos visto á la Providencia, piadosa y bella, trayéndonos un ramito de oliva después del diluvio, y diciéndonos que no olvidemos que existe la esperanza. ¡Esperanza! Basta con saber que no ha sido arrebatada del mundo, para sentirla y vivir y alentar con ella. Gracias á ese buen amigo no lo creemos todo perdido. Miramos á las tinieblas que nos cercan, y allá lejos vemos una lucecita, una lucecita...
—¿Y ese señor...?—dijo Torquemada, en quien la curiosidad pudo más que el gustillo de oir á la señora.
—¿Conoce usted á D. José Ruiz Donoso?
—Donoso, Donoso... Me parece que me suena ese nombre.
—Persona muy conocida en Madrid, de edad madura, buena presencia, respirando respetabilidad; modales de príncipe, pocas palabras, acciones hidalgas sin afectación... D. José Ruiz Donoso... Sí, le habrá usted visto mil veces. Ha sido empleado en Hacienda, de esos que nunca quedan cesantes, pues sin ellos no hay oficina posible... Hoy le tiene usted jubilado con treinta y seis mil, y vive como un patriarca, sin más ocupación que cuidar á su mujercita enferma y mirar por nosotras, activando el dichoso pleito, que si fuera cosa suya no le inspiraría mayor interés. ¡Ay, nos quiere mucho, nos adora! Fué íntimo de nuestro padre, y juntos siguieron en Granada la carrera de leyes. Hombre muy bien quisto en todo el Madrid oficial; para él no hay puerta cerrada en este y el otro Ministerio, ni en el Tribunal de Cuentas, ni en el Consejo de Estado. Todo el día le tiene usted de oficina en oficina, dando empujones al carro pesadísimo de nuestro pleito, que hoy se nos atasca en este bache, mañana en el otro. Conocedor como nadie del teclado jurídico y administrativo, ya toca el registro de la recomendación amistosa, ya el de la autoridad severa; un día le echa el brazo por el hombro al consejero A; otro le suelta una peluca al oficial B, del Tribunal de Cuentas; y así marcha el asunto, y así sabemos lo que es esperanza, y así vivimos. Crea usted que el día en que Donoso nos falte, para nosotros se acabó el mundo, y nada tendremos que hacer en él más que procurarnos una muerte cristiana que nos lleve al otro lo más pronto posible.
Panegírico tan elocuente acreció la curiosidad de Torquemada, que no veía las santas horas de echarse á la cara al señor de Donoso, á quien, por el retrato trazado de tan buena mano, ya creía conocer. Le estaba viendo, le sentía, érale familiar.
—No falta aquí ni una noche, aunque caigan capuchinos de bronce—añadió la dama.—Es nuestra única tertulia, y el único solaz de esta vida tristísima. Se me figura que han de simpatizar ustedes. Conocerá usted á un hombre muy severo de principios, recto como los caminos de Dios, veraz como el Evangelio, y de trato exquisito, sin zalamerías, ese trato que ya se va perdiendo, la finura unida á la dignidad y al sentimiento justo de la distancia que debe guardarse siempre entre las personas.
—Sí que vendré—dijo D. Francisco, abrumado ya por la superioridad del personaje tal como Cruz le pintaba.
Algo más de lo conveniente alargó la visita esperando que asomara Fidela, á quien deseaba ver. Oyó su voz dulce y cariñosa, hablando con el ciego en el gabinete próximo, como si amorosamente le riñera. Mas la cocinerita no se presentaba, y al fin el tacaño no tuvo más remedio que largarse, consolándose de su ausencia con el propósito firme de volver á la noche.
X
Vestido con los trapitos de cristianar se fué entre ocho y nueve, y cuando llamaba á la puerta subía tosiendo y con lento paso el señor de Donoso. Entraron casi juntos, y en el saludo y presentación, dicho se está que habían de contrastar la soltura y práctica mundana del viejo amigo de la casa con la torpeza desmañada del nuevo. Era Donoso un hombre eminentemente calvo, de bigote militar casi blanco; las cejas muy negras, grave y ceremonioso el rostro, como un emblema oficial que en sí mismo llevaba el respeto de cuantos lo miraban; lleno y bien proporcionado de cuerpo y talla, con cierta tiesura de recepción, obra de la costumbre y del trato social; vestido con acendrada pulcritud, todo muy limpio, desde el cráneo pelado que relucía como una tapadera de bruñido marfil, hasta las botas bien dadas de betún y sin una mota del fango de las calles.
Desde los primeros momentos cautivó, á Torquemada, que no le quitaba ojo ni perdía sílaba de cuanto dijo, admirando lo correcto de su empaque y la fácil elegancia de sus expresiones. Aquella levita cerrada, tan bien ajustadita al cuerpo, era la pieza de ropa más de su gusto. Así, así eran galanas y _señoras_ las levitas, _herméticamente cerradas_, no como la suya, del tiempo de Mariana Pineda, tan suelta y desgarbada, que no parecía, al andar con ella, sino un murciélago en el momento de levantar el vuelo. ¿Pues y aquel pantalón de rayas, con tan buena caída, sin rodilleras?... ¡Y todo, Señor, todo: los cuellos tiesos, blancos como la leche; las botas de becerro, gruesas sin dejar de ser elegantes, y hasta la petaca que sacó, con cifra, para ofrecerle un cigarrillo negro, de papel pectoral engomado! Todo, Señor, todo en D. José Ruiz Donoso delataba al caballero de estos tiempos, tal y como debían ser los caballeros, como Torquemada deseaba serlo, desde que esta idea de la caballería se le metió entre ceja y ceja.
El estilo, ó lo que D. Francisco llamaba _la explicadera_, le cautivaba aún más que la ropa, y apenas se atrevía el hombre á dar una opinión tímida sobre las cosas diversas que allí se hablaron. Donoso y Cruz se lo decían todo, y se lo comentaban á competencia. Ambos gastaban un repertorio inagotable de frases lucidísimas, que Torquemada iba apuntando en su memoria para usarlas cuando el caso viniese. Fidela hablaba poco; en cambio el ciego metía baza en todos los asuntos, con verbosidad nerviosa y con el donaire propio de un hombre en quien la falta de vista ha cultivado la imaginación.
Dando mentalmente gracias á Dios por haberle deparado en el señor de Donoso el modelo social más de su gusto, D. Francisco se proponía imitarle fielmente en aquella transformación de su personalidad que le pedían el cuerpo y el alma; y más atento á observar que á otra cosa, no se permitía intervenir en la conversación sino para opinar como el oráculo de la tertulia. ¡Vamos que también doña Cruz era oráculo, y decía unas cosas que ya las habría querido Séneca para sí! Torquemada soltaba gruñiditos de aprobación, y aventuraba alguna frase tímida, con el encogimiento de quien á cada instante teme hacer un mal papel.
Dicho se está que Donoso trataba al prestamista de igual á igual, sin marcar en modo alguno la inferioridad del amigo nuevo de la casa. Su cortesía era como de reglamento, un poco seca y sin incurrir en confianzas impropias de hombres tan formales. Representaba don José unos sesenta años; pero tenía más, bastante más, muy bien llevados, eso sí, gracias á una vida arregladísima y llena de precauciones. Cuerpo y alma se equilibraban maravillosamente en aquel sujeto de intachables costumbres, de una probidad en que la maledicencia no pudo poner jamás la más mínima tacha; con la religión del método, aprendida en el culto burocrático y trasegada de la administración á todos los órdenes de la vida; de inteligencia perfectamente alineada en ese nivel medio que constituye la fuerza llamada opinión. Todo esto, con sagacidad adivinatriz, lo caló al instante Torquemada: aquel era su hombre, su tipo, lo que él debía y quería ser al encontrarse rico y merecedor de un puesto honroso en la sociedad.
Picando aquí y allá, la conversación recayó en el pleito. Aquella noche, como todas, Donoso llevaba noticias. Cuando no tenía algo nuevo que decir, retocaba lo de la noche anterior, dándole visos de frescura, para sostener siempre verdes las esperanzas de sus amigas, á quienes quería entrañablemente.
—Al fin, en el Tribunal ha aparecido el inventario del año 39. No ha costado poco encontrarlo. El oficial es amigo mío, y ayer le acusé las cuarenta por su morosidad... El ponente del Consejo me ha prometido despachar el dictamen sobre la incidencia. Podemos contar con que antes de las vacaciones habrá recaído fallo... He podido conseguir que se desista del informe de Guerra, que sería el cuento de nunca acabar...—Y por aquí seguía. Cruz suspiraba, y Fidela parecía más atenta á su labor de _frivolité_ que al litigio.
—En este Madrid—dijo D. Francisco, que en aquel punto de la conversación se encontró con valor para irse soltando—se eternizan los pleitos, porque los que administran justicia no miran más que á las influencias. Si las señoras las tienen, échense á dormir. Si no, esperen sentadas el fallo. De nada le vale al pobre litigante que su derecho sea más claro que el sol, si no halla buenas aldabas á que agarrarse.
Dijo, y se sopló de satisfacción al notar lo bien que caía en los oyentes su discurso. Donoso lo apoyaba con rápidos movimientos de cabeza, que producían en la convexidad reluciente de su calva destellos mareantes.
—Lo sé por experiencia propia de mí mismo—agregó el orador, abusando lastimosamente del pleonasmo.—¡Ay qué curia, ralea del diablo, peste del infierno! Olían la carne, se figuraban que había donde hincar la uña, y me volvían loco con esperas de hoy para mañana y de este mes para el otro, hasta que yo los mandaba adonde fué el padre Padilla y un poquito más allá. Claro, como no me dejaba saquear, perdía, y por esto ahora, antes que andar por justicia, prefiero que todo se lo lleven los demonios.
Risas. Fidela le miró, diciendo de improviso:
—Sr. D. Francisco, ya sabemos que en Cadalso de los Vidrios tiene usted mucha propiedad.
—Lo sabemos—agregó Cruz—por una mujer que fué criada nuestra y que es de allá. Viene á vernos de vez en cuando, y nos trae albillo por Octubre, y en tiempo de caza, conejos y perdices.
—¿Propiedad yo?... Regular, nada más que regular.
—¿Cuántos pares?—preguntó lacónicamente Donoso.
—Diré á ustedes... Lo principal es viña. Cogí el año pasado mil y quinientas cántaras...
—¡Hola, hola!
—¡Pero si va á seis reales! Apenas se saca para el coste de laboreo y para la condenada contribución.
—No se achique—dijo Cruz.—Todos los labradores son lo mismo. Siempre llorando...
—Yo no lloro, no, señora... No vayan á creer que estoy descontento de la suerte. No hay queja, no. Tengo, sí, señora, tengo. ¿Á qué lo he de negar, si es el fruto de mi sudor?
—Vamos, que es usted riquísimo—dijo Fidela en tono que lo mismo podía ser de burla que de desdén, con un poquito de asombro, como si detrás de aquella frase hubiese una vaga acusación á la Providencia por lo mal que repartía las riquezas.
—Poco á poco... ¿Qué es eso de riquísimo? Hay, sí, señora; hay para una mediana olla. Tengo algunas casas... Y en Cadalso, además del viñedo, hay su poco de tierra de labor, su poco de pasto...
—Va á resultar—observó el ciego en tono jovial—que con todos esos pocos se trae usted medio mundo en el bolsillo. ¡Si con nosotros no ha de partirlo usted!
Risas. Torquemada, un poquitín corrido, se arrancó á decir:
—Pues bueno, señoras y caballeros, soy rico, relativamente rico, lo cual no quita que sea humilde, muy humilde, muy llano, y que sepa vivir á lo pobre, con un triste pedazo de pan si á mano viene. Miserable me suponen algunos que me ven trajeado sin los requilorios de la moda; por pelagatos me tienen los que saben mi cortísimo gasto de casa y boca, y el no suponer, el no pintarla nunca. Como que ignoro lo que es darse lustre, y para mí no se ha hecho la bambolla.
Al oir este arranque, en que D. Francisco puso cierto énfasis, Donoso, después de reclamar con noble gesto la atención, endilgó un solemne discurso, que todos oyeron religiosamente, y que merece ser consignado, pues de él se derivan actitudes y determinaciones de la mayor importancia en esta real historia.
XI
—¿Á qué hacer un misterio de la riqueza bien ganada?—dijo Donoso en tono grave, midiendo las palabras y oyéndose el concepto, por lo que venía á ser á un tiempo mismo orador y público.—¿Á qué disimularla con mal entendida humildad? Resabio es ese, Sr. D. Francisco, de una educación meticulosa, y de costumbres que debemos desterrar si queremos que haya bienestar y progreso y que florezcan el comercio y la industria. ¿Y á qué vienen, Sr. D. Francisco, esa exagerada modestia, esos hábitos de sobriedad sórdida, sí, señor, sórdida, en desacuerdo con los posibles atesorados por el trabajo? ¿Á qué viene ese vivir con apariencias de miseria poseyendo millones, y cuando digo millones, digo también miles, ó lo que sea? No; cada cual debe vivir en armonía con sus posibles, y así tiene derecho á exigirlo la sociedad. Viva el jornalero como jornalero, y el capitalista como capitalista, pues si es chocante ver á un pobre pelele echando la casa por la ventana, no lo es menos ver á un rico escatimando el céntimo y rodeado de escaseces y porquerías. No: cada cual según su porqué; y el rico que vive con miseria entre gente zafia y ordinaria, peca gravemente, sí, señor, pero contra la sociedad. Esta necesita constituir una fuerza resistente contra los embates del proletariado envidioso. ¿Y con qué elementos ha de constituir esa fuerza sino con la gente adinerada? Pues si los terratenientes y los rentistas se meten en una covacha y esconden lo que les da el derecho de ocupar las grandes posiciones, si renuncian á éstas y se hacen pasar por mendigos, ¿en quién, digo yo, en quién ha de apoyarse la sociedad para su mejor defensa?
Se cruzó de brazos. Nadie le contestaba, porque nadie se atrevía á interrumpir con palabra ni gesto retahila tan elocuente. Siguió diciendo:
—La riqueza impone deberes, señor mío; ser pudiente y no figurar como tal en el cuadro social, es yerro grave. El rico está obligado á vivir armónicamente con sus posibles, gastándolos con la prudencia debida y presentándose ante el mundo con esplendor decoroso. La posición, amigo mío, es cosa muy esencial. La sociedad designa los puestos á quienes deben ocuparlos. Los que huyen de ellos, dejan á la sociedad desamparada y en poder de la pillería audaz. No, señor; hay que penetrarse bien de las obligaciones que nos trae cada moneda que entra en nuestro bolsillo. Si el pudiente vive cubierto de harapos, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar la industria? Pues y el comercio, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar? ¡Adiós riqueza de las naciones, adiós movimiento mercantil, adiós cambios, adiós belleza y comodidad de las grandes capitales, adiós red de caminos de hierro!... Y hay más. Las personas de posición constituyen lo que llamamos _clases directoras_ de la sociedad. ¿Quién da la norma de cuanto acontece en el mundo? Las clases directoras. ¿Quién pone un valladar á las revoluciones? Las clases directoras. ¿Quién sostiene el pabellón de la moralidad, de la justicia, del derecho público y privado? Las clases directoras. ¿Le parece á usted que habría sociedad, y que habría paz, y que habría orden y progreso, si los ricos dijeran: «pues mire usted, no me da la gana de ser clase directora, y me meto en mi agujero, me visto con siete modas de atraso, no gasto un maravedí, como como un cesante, duermo en un jergón lleno de pulgas, no hago más que ir metiendo mis rentas en un calcetín, y allá se las componga la sociedad, y defiéndase como pueda del socialismo y de las trifulcas. Y la industria que muera, pues para nada me hace falta; y el comercio que lo parta un rayo; y las vías de comunicación que se vayan en hora mala. ¿Ferrocarriles? Si yo no viajo, ¿para qué los quiero? ¿Urbanización, higiene, ornato de las ciudades? Á mí qué. ¿Policía, justicia? Como no pleiteo, como no falto á la ley escrita, vayan con mil demonios...»?
Detenido para tomar aliento, el labio palpitante, acalorado el pecho, oyóse un vago rumor de aprobación, la cual no se manifestaba con aplausos por el excesivo respeto que á todos el orador infundía.