Part 3
—Es verdad. Nunca es completo el mal, como no es completo el bien—aseguró Rafael volviendo la cara hacia donde le sonaba la voz de su interlocutor.
Cruz enfriaba el caldo, pasándolo de la taza al plato y del plato á la taza. D. Francisco, en tanto, admiraba lo limpio que estaba Rafael, con su americana ó batín de lana clara, pantalón obscuro y zapatillas rojas, admirablemente ajustadas á la medida del pie. El señorito del Águila mereció en su tiempo, que era un tiempo no muy remoto, fama de muchacho guapo, uno de los más guapos de Madrid. Lució por su elegancia y atildada corrección en el vestir, y después de quedarse sin vista, cuando por ley de lógica parecía excusada é inútil toda presunción, sus bondadosas hermanas no querían que dejase de vestirse y acicalarse como en los tiempos en que podía gozar de su hermosura ante el espejo. Era en ellas como un orgullo de familia el tenerle aseado y elegante, y si no hubieran podido darse este gusto entre tantas privaciones, no habrían tenido consuelo. Cruz ó Fidela le peinaban todas las mañanas con tanto esmero como para ir á un baile; le sacaban cuidadosamente la raya, procurando imitar la disposición que él solía dar á sus bonitos cabellos; le arreglaban la barba y bigote. Gozaban ambas en esta operación, conociendo cuán grata era para él la _toilette_ minuciosa, como recuerdo de su alegre mocedad; y al decir ellas «¡qué bien estás!», sentían un goce que se comunicaba á él, y de él á ellas refluía, formando un goce colectivo.
Fidela le lavaba y perfumaba las manos diariamente, cuidándole las uñas con un esmero exquisito, verdadera obra maestra de su paciencia cariñosa. Y para él, en las tinieblas de su vida, era consuelo y alegría sentir la frescura de sus manos. En general, la limpieza le compensaba hasta cierto punto de la obscuridad. ¿El agua sustituyendo á la luz? Ello podría ser un disparate científico; pero Rafael encontraba alguna semejanza entre las propiedades de uno y otro elemento.
Ya he dicho que era el tal una figura delicada y distinguidísima, cara hermosa, manos cinceladas, pies de mujer, de una forma intachable. La idea de que su hermano, por estar ciego y no salir á la calle, tuviese que calzar mal, sublevaba á las dos damas. La pequeñez bonita del pie de Rafael era otro de los orgullos de raza, y antes se quitaran ellas el pan de la boca, antes arrostrarían las privaciones más crueles que consentir en que se desluciera el pie de la familia. Por eso le habían hecho aquellas elegantísimas zapatillas de tafilete, exigiendo al zapatero todos los requisitos del arte. El pobre ciego no veía sus pies tan lindamente calzados; pero se los sentía, y esto les bastaba á ellas, sintiendo al unísono con él en todos los actos de la existencia.
No le ponían camisa limpia diariamente, porque esto no era posible en su miseria; y además no lo necesitaba, pues su ropa permanecía días y semanas en perfecta pulcritud sobre aquel cuerpo santo; pero aun no siendo preciso, le mudaban con esmero..., y cuidado con ponerle siempre la misma corbata. «Hoy te pones la azul de rayas—decía con candorosa seriedad Fidela,—y el anillo de la turquesa.» Él contestaba que sí, y á veces manifestaba una preferencia bondadosa por otra corbata, tal vez porque así creía complacer más á sus hermanas.
El esmerado aseo del infeliz joven no fué la menor admiración de D. Francisco en aquella casa, en la cual no escaseaban los motivos de asombro. Nunca había visto él casa más limpia. En los suelos, alfombrados tan sólo á trozos, se podía comer; en las paredes no se veía ni una mota de suciedad; los metales echaban chispas... ¡Y tal prodigio era realizado por personas que, según expresión de doña Lupe, no tenían más que el cielo y la tierra! ¿Qué milagros harían para mantenerse?... ¿De dónde sacaban el dinero para la compra? ¿Tendrían trampas? ¡Con qué artes maravillosas estirarían la triste peseta, el tristísimo perro grande ó chico! ¡Había que verlo, había que estudiarlo y meterse hasta el cuello en aquella lección soberana de la vida! Todo esto lo pensaba el prestamista, mientras Rafael se tomaba el caldo después de ofrecerle.
—¿Quiere usted, D. Francisco, un poquito de caldo?—le dijo Cruz.
—¡Oh, no! Gracias, señora.
—Mire usted que es bueno... Es lo único bueno de nuestra cocina de pobres...
—Gracias... Se lo estimo...
—Pues vino no podemos ofrecerle. Á éste no le sienta bien, y nosotras no lo gastamos por mil y quinientas razones, de las cuales con que usted comprenda una sola, basta.
—Gracias, señora doña Cruz. Tampoco yo bebo vino más que los domingos y fiestas de guardar.
—¡Vea usted qué cosa tan rara!—dijo el ciego.—Cuando perdí la vista, tomé en aborrecimiento el vino. Podría creerse que el vino y la luz eran hermanos gemelos, y que á un tiempo, por un solo movimiento de escape, huían de mí.
Fáltame decir que Rafael del Águila seguía en edad á su hermana Cruz. Había pasado de los treinta y cinco años; mas la ceguera, que le atacó el 83, y la inmovilidad y tristeza consiguientes parecían haber detenido el curso de la edad, dejándole como embalsamado, con su representación indecisa de treinta años, sin lozanía en el rostro, pero también sin canas ni arrugas, la vida como estancada, suspensa, semejando en cierto modo á la inmovilidad insana y verdosa de aguas sin corriente.
Gustaba el pobre ciego de la amenidad en la conversación. Narraba con gracejo cosas de sus tiempos de vista, y pedía informes de los sucesos corrientes. Algo hablaron aquel día de doña Lupe; pero Torquemada no se interesó poco ni mucho en lo que de su amiga se dijo, porque embargaban su espíritu las confusas ideas y reflexiones sobre aquella casa y sus tres moradores. Habría deseado explicarse con las dos damas, hacerles mil preguntas, sacarles á tirones del cuerpo sus endiablados secretos económicos, que debían de constituir toda una ley, algo así como la Biblia, un código supremo, guía y faro eterno de pobres vergonzantes.
Aunque bien conocía el avaro que se prolongaba más de la cuenta la visita, no sabía cómo cortarla, ni en qué forma desenvainar el pagaré y los dineros, pues esto, sin saber por qué, se le representaba como un acto vituperable, equivalente á sacar un revólver y apuntar con él á las dos señoras del Águila. Nunca había sentido tan vivamente la _cortedad del negocio_, que esto y no otra cosa era su perplejidad; siempre embistió con ánimo tranquilo y conciencia firme de su derecho á los que por fas ó por nefas necesitaban de su auxilio para salir de apuros. Dos ó tres veces echó mano al bolsillo, y se le vino al pico de la lengua el sacramental introito: «Conque señoras...», y otras tantas la desmayada voluntad no llegó á la ejecución del intento. Era miedo, verdadero temor de faltar al respeto á la infeliz cuanto hidalga familia. La suerte suya fué que Cruz, bien porque conociera su apuro, bien porque deseara verle partir, tomó la iniciativa, diciéndole: «Si á usted le parece, arreglaremos eso.» Volvieron á la sala, y allí se trató del negocio tan brevemente, que ambos parecían querer pasar por él como sobre ascuas. En Cruz era delicadeza; en Torquemada el miedo que había sentido antes, y que se le reprodujo con síntomas graves en el acto de ajustar cuentas pasadas y futuras con las pobrecitas aristócratas. Por su mente pasó como relámpago la idea de perdonar intereses en gracia de la tristísima situación de las tres dignas personas... Pero no fué más que un relámpago, un chispazo, sin intensidad ni duración bastantes para producir explosión en la voluntad... ¡Perdonar intereses! Si no lo había hecho nunca, ni pensó que hacerlo pudiera en ningún caso... Cierto que las señoras del Águila merecían consideraciones excepcionales; pero el abrirles mucho la mano, ¡cuidado!, sentaba un precedente funestísimo.
Con todo, su voluntad volvió á sugerirle en el fondo, allá en el fondo del ser, el perdón de intereses. Aún hubo en la lengua un torpe conato de formular la proposición; pero no conocía él palabra fea ni bonita que tal cosa expresara, ni qué cara se había de poner al decirlo, ni hallaba manera de traer semejante idea desde los espacios obscuros de la primera intención á los claros términos del hecho real. Y para mayor tormento suyo, recordó que doña Lupe le había encargado algo referente á esto. No podía determinar su infiel memoria si la difunta había dicho _perdón_ ó _rebaja_. Probablemente sería esto último, pues _la de los Pavos_ no era ninguna derrochadora... Ello fué que en su perplejidad no supo el avaro lo que hacía, y la operación de crédito se verificó de un modo maquinal. No hizo Cruz observación alguna; Torquemada tampoco, limitándose á presentar á la señora el pagaré ya extendido para que lo firmase. Ni un gemido exhaló la víctima, ni en su noble faz pudiera observar el más listo novedad alguna. Terminado el acto, pareció aumentar el aturdimiento del prestamista, y despidiéndose grotescamente salió de la casa á tropezones, chocando como pelota en los ángulos del pasillo, metiéndose por una puerta que no era la de salida, enganchándose la americana en el cerrojo y bajando al fin casi á saltos, pues no se fijó en que eran curvas las vueltas de la escalera, y allá iba el hombre por aquellos peldaños abajo como quien rueda por un despeñadero.
VII
Su confusión y atontamiento no se disiparon, como pensaba, al pisar el suelo firme de la calle; antes bien, éste no le pareció absolutamente seguro. Ni las casas guardaban su nivel, dígase lo que se dijera; tanto que por evitar que alguna se le cayera encima, ¡cuidado!, D. Francisco pasaba frecuentemente de una acera á otra. En el café de Zaragoza, donde tenía una cita con cierto colega para tratar de un embargo; en dos ó tres tiendas que visitó después, en la calle, y por fin en su propia casa, en la cual recaló ya cerca de anochecido, le perseguía una idea molesta y tenaz que sacudió de sí sin conseguir ahuyentarla; y otra vez le atacaba, como el mosquito que en la obscura alcoba desciende del techo con su trompetilla y su aguijón, y cuanto más se le ahuyenta más porfiado el indino, más burlón y sanguinario. La pícara idea concluyó por producirle una desazón indecible, que le impedía comer con el acompasado apetito de costumbre. Era una mala opinión de sí mismo, un voto unánime de todas las potencias de su alma contra su proceder de aquella mañana. Claro que él quería rebatir aquel dictamen con argumentos mil que sacaba de este y el otro rincón de su testa; pero la idea condenatoria podía más, más, y salía siempre triunfante. El hombre se entregaba al fin ante el aterrador aparato de lógica que la enemiga idea desplegaba, y dando un trastazo en la mesa con el mango del tenedor, se echó á su propia cara este apóstrofe: «Porrón de Cristo..., ¡ñales!, mal que te pese, Francisco, confiesa que hoy te has portado como un cochino.»
Abandonó los nada limpios manteles sin probar el postre, que, según rezan las historias, era miel de la Alcarria, y tragado el último buche de agua del Lozoya se fué á su gabinete, mandando á la tarasca, su sirviente, que le llevase la lámpara de petróleo. Paseándose desde la cama al balcón, ó sea desde la mitad de la alcoba al extremo del gabinete; dando tal cual bofetada á la vidriera que ambas piezas separaba y algún mojicón á la cortina para que no le estorbara el paso, se rindió, como he dicho, á la idea vencedora. Porque, lo que él decía, alguna ocasión había de llegar en que fuera indispensable tener un rasgo. Él jamás tuvo ningún rasgo, ni había hecho nunca más que apretar, apretar y apretar. Ya era tiempo de abrir un poco la mano, pues había llegado á reunir, trabajando á pulso, una fortuna que... Vamos, era más rico de lo que él mismo pensaba; poseía casas, tierras, valores del Estado, créditos mil, todos cobrables, dineros colocados con primera hipoteca, dineros prestados á militares y civiles con retención de paga, cuenta corriente en el Banco de España; tenía cuadros de gran mérito, tapices, sin fin de alhajas valiosísimas; era, hablando bien y pronto, un hombre _opíparo_, vamos al decir, opulento... ¿Qué inconveniente había, pues, en darse un poco de lustre con las señoras del Águila, tan buenas y finas, damas, en una palabra, cual él nunca las había visto? Ya era tiempo de tirar para caballero, con pulso y medida, ¡cuidado!, y de presentarse ante el mundo, no ya como el prestamista sanguijuela, que no va más que á chupar y á chupar, sino como un señor de su posición, que sabe ser generoso cuando le sale de las narices el serlo. ¡Y qué demonio!, todo era cuestión de unas sucias pesetas, y con ellas ó sin ellas él no sería ni más rico ni más pobre. Total, que había sido un puerco, y se privaba de la satisfacción de que aquellas damas le guardaran gratitud y le tuvieran en más de lo que le tenía el común de los deudores... Porque las circunstancias habían cambiado para él con el fabuloso aumento de riqueza: se sentía vagamente ascendido á una categoría social superior; llegaban á su nariz tufos de grandeza y de _caballería_, quiere decirse, de caballerosidad... Imposible afianzarse en aquel estado superior sin que sus costumbres variaran, y sin dar un poco de mano á todas aquellas artes innobles de la tacañería. ¡Si hasta para el negocio le convenía una miaja de rumbo y liberalidad; hasta para el negocio..., ¡ñales!, porque cuando se marcara más aquella transformación á que abocado se sentía por la fuerza de los hechos, forzoso era que acomodara sus procederes al nuevo estado!... En fin, había que ver cómo se enmendaba el error cometido... Difícil era, ¡re-Cristo!, porque ¿con qué incumbencia se presentaba él nuevamente allá? ¿Qué les iba á decir? Aunque parezca extraño, no encontraba el hombre, con toda su agudeza, términos hábiles para formular el perdón de intereses. Infinitos recursos de palabra poseía para lo contrario; pero del lenguaje de la generosidad no conocía ni de oídas un solo vocablo.
Toda la prima noche se estuvo atormentando con aquellas ideas. Su hija Rufinita y su yerno estuvieron á visitarle, y achacaron su inquietud á motivos enteramente contrarios á los verdaderos. «Á tu papá le han arreado algún timo—decía Quevedito á su esposa, cuando salían para irse al teatro á ver una función de hora.—¡Y que debe de haber sido gordo!»
Rufina, cogida del brazo de su diminuto esposo, y rebozada en su toquilla color de rosa, iba refunfuñando por la calle:
—Es que papá no aprende... Aprieta sin compasión; quiere sacar jugo hasta de las piedras; no perdona, no considera, no siente lástima ni del _Sursum Corda_, y ¿qué resulta? Que la divina Providencia se descuelga protegiendo á los malos pagadores..., y al pícaro prestamista, estacazo limpio... Papá debiera abrir los ojos; ver que con lo que tiene puede hacer otros papeles en el mundo; subirse á la esfera de los hombres ricos, usar levita inglesa y darse mucha importancia. ¡Vamos que vivir en una casa de corredor, y no tratar más que con gansos, y vestir tan á la pata la llana! Esto no está bien, ni medio bien. Verdad que á nosotros ¿qué nos va ni nos viene? Allá se entienda; pero es mi padre, y me gustaría verle en otra conformidad... Voy á lo que iba: papá estruja demasiado, ahoga al pobre, y... hay Dios en el cielo, que está mirando donde se cometen injusticias para levantar el palo. Claro, ve que mi padre es una fiera para la cobranza, y allá va el garrotazo... Vete á saber lo que habrá pasado hoy: alguno que no paga ni á tiros, y al ir á embargarle se han encontrado con cuatro trastos viejos que no valen ni las diligencias... Ó alguno que ha hecho la gracia de morirse dejando á mi padre colgado; en fin, qué sé yo lo que será... Lo que digo: que á Dios no le hace maldita gracia que papá sea tan atroz, y le dice... «¡eh, cuidado...!»
VIII
Desde la muerte de su hijo Valentín, de triste memoria, Torquemada se arregló una vivienda en el principal de la casa de corredor que poseía en la calle de San Blas. Juntando los dos cuartitos principales del exterior, le resultó una huronera bastante capaz, con más piezas de las que él necesitaba, todo muy recogido, tortuoso y estrecho, verdadera vivienda celular en la cual se acomodaba muy á gusto, como si en cada uno de aquellos escondrijos sintiera el molde de su cuerpo. Á Rufina le dió casa en otra de su propiedad, pues aunque hija y yerno eran dos pedazos de pan, se encontraba mejor solo que bien acompañado. Había dado Rufinita en la tecla de refitolear los negocios de su padre, de echarle tal cual sermoncillo por su avaricia, y él no admitía bromas de esta clase. Para cortarlas y hacer su santa voluntad sin intrusiones fastidiosas, que cada cual estuviese en su casa, y Dios... ó el diablo en la de todos.
Tres piezas tan sólo de aquel pequeño laberinto servían de vivienda al tacaño, para dormir, para recibir visitas y para comer. Lo demás de la huronera teníalo relleno de muebles, tapices y otras preciosidades adquiridas en almonedas, ó compradas por un grano de anís á deudores apurados. No se desprendía de ningún vargueño, pintura, objeto de talla, abanico, marfil ó tabaquera sin obtener un buen precio, y aunque no era artista, un feliz instinto y la costumbre de manosear obras de arte le daban ciencia infalible para las compras así como para las ventas.
En el ajuar de las habitaciones vivideras se notaba una heterogeneidad chabacana. Á los muebles de la casa matrimonial del tiempo de doña Silvia, habíanse agregado otros mejores, y algunos de ínfimo valor, desmantelados y ridículos. En las alfombras se veían pedazos riquísimos de Santa Bárbara cosidos con fieltros indecentes. Pero lo más particular de la vivienda del gran Torquemada era que, desde la muerte de su hijo, había proscrito toda estampa ó cuadro religioso en sus habitaciones. Acometido en aquella gran desgracia de un feroz escepticismo, no quería ver caras de santos ni Vírgenes, ni aun siquiera la de nuestro Redentor, ya fuese clavado en la cruz, ya arrojando del templo á los mercachifles. Nada, nada..., ¡fuera santos y santas, fuera Cristos, y hasta el mismísimo Padre Eterno, fuera!..., que el que más y el que menos todos le habían engañado como á un chino, y no sería él, ¡ñales!, quien les guardase consideración. Cortó, pues, toda clase de relaciones con el cielo, y cuantas imágenes había en la casa, sin perdonar á la misma Virgencita de la Paloma, tan venerada por doña Silvia, fueron llevadas en un gran canasto á la guardilla, donde ya se las entenderían con las arañas y ratones.
Era tremendo el tal Torquemada en sus fanáticas inquinas religiosas, y con el mismo desdén miraba la fe cristiana que todo aquel fárrago de la Humanidad y del _Gran Todo_ que le había enseñado Bailón. Tan mala persona era el _Gran Todo_ como el otro, el de los curas, fabricante del mundo en siete pasteleros días, y luego... ¿para qué? Se mareaba pensando en el turris-burris de cosas sucedidas desde la creación hasta el día del cataclismo universal y del desquiciamiento de las esferas, que fué el día en que remontó su vuelo el sublime niño Valentín, tan hijo de Dios como de su padre, digan lo que quieran, y de tanto talento como cualquier _Gran Todo_, ó cualquier _Altísimo_ de por allá. Creía firmemente que su hijo, arrebatado al cielo en espíritu y carne, lo ocupaba de un cabo á otro, ó en toda la extensión del espacio infinito sin fronteras... ¡Cualquiera entendía esto de no acabarse en ninguna parte los terrenos, los aires ó lo que fuesen!... Pero, ¡qué demonio!, sin meterse en medidas, él creía á pies juntillas que ó no había cielo ninguno, ni Cristo que lo fundó, ó todo lo llenaba el alma de aquel niño prodigioso, para quien fué estrecha cárcel la tierra y menguado saber todas las matemáticas que andan por estos mundos.
Bueno. Pues con tales antecedentes se comprenderá que la única imagen que en la casa del prestamista representaba á la Divinidad, era el retrato de Valentinito, una fotografía muy bien ampliada, con marco estupendo, colgado en el testero principal del gabinete, sobre un vargueño, en el cual había candeleros de plata repujada, con velas, pareciéndose mucho á un altar. La carilla del muchacho era muy expresiva. Diríase que hablaba, y su padre, en noches de insomnio, entendíase con él en un lenguaje sin palabras, más bien de signos ó visajes de inteligencia, de cambio de miradas, y de un suspirar hondo á que respondía el retrato con milagrosos guiños y muequecillas. Á veces sentíase acometido el tacaño de una tristeza indefinible, que no podía explicarse, porque sus negocios marchaban como una seda, tristeza que le salía del fondo de toda aquella cosa interior que no es nada del cuerpo; y no se le aliviaba sino comunicándose con el retrato por medio de una contemplación lenta y muda, una especie de éxtasis, en que se quedaba el hombre como lelo, abiertos los ojos y sin ganas de moverse de allí, sintiendo que el tiempo pasaba con extraordinaria parsimonia, los minutos como horas y éstas como días bien largos. Excitado algunas veces por contrariedades ó cuestiones con sus víctimas, se tranquilizaba haciendo la limpieza total y minuciosa del cuadro, pasándole respetuosamente un pañuelo de seda que para el caso tenía y á ningún otro uso se destinaba; colocando con simetría los candeleritos, los libros de matemáticas que había usado el niño, y que allí eran como misales, un carretoncillo y una oveja que disfrutó en su primera infancia; encendiendo todas las luces y despabilándolas con exquisito cuidado, y tendiendo sobre el vargueño, para que fuese digno mantel de tal mesa, un primoroso pañuelo grande bordado por doña Silvia. Todo esto lo hacía Torquemada con cierta gravedad, y una noche llegó á figurarse que aquello era como decir misa, pues se sorprendió con movimientos pausados de las manos y de la cabeza que tiraban á algo sacerdotal.
Siempre que le acometía el insomnio rebelde se vestía y calzaba, y encendido el altar se metía en pláticas con el chico, haciéndole garatusas, recordando con fiel memoria su voz y sus dichos, y ensalzando con una especie de hosanna inarticulado..., ¿qué dirán ustedes?, las matemáticas, las santísimas matemáticas, ciencia suprema y única religión verdad en los mundos habidos y por haber.
Dicho se está que aquella noche, por lo muy excitado que estaba el hombre, fué noche de gran solemnidad en tan singulares ritos. Sintiéndose incapaz de dormir, ni siquiera pensó en acostarse. La tarasca le dejó solo. Encendidas las velas apagó la lámpara de petróleo, llevándola á la sala próxima para que el tufo no le apestara, y entregóse á su culto. El recuerdo de las señoras del Águila, y el vigor con que su conciencia le afeaba la conducta observada con ellas, mezcláronse á otras visiones y sentimientos, formando un conjunto extraño. Las matemáticas, la ciencia de la cantidad, los sacros números, embargaban su espíritu. Caldeado el cerebro, creyó oir cantos lejanos sumando cantidades con música y todo... Era un coro angélico. El rostro de Valentinico resplandecía de júbilo. El padre le dijo: «Cantan, cantan bien... ¿Quiénes son esos?»