Part 2
En el largo trayecto fúnebre, en la monotonía de aquel paseo perezoso y triste, los mismos pensamientos le acometieron. Delante veía el monstruoso y feísimo armatoste del carro mortuorio, con balances de barco; su cerebro se aletargaba con el rumor lento, sin solución ni fin, de las llantas de las ruedas rayando el suelo polvoroso de los mal cuidados caminos. Como unos veinte simones iban detrás del coche de cabecera, ocupado por D. Francisco, Nicolás Rubín, otro clérigo y un señor, pariente lejano de doña Lupe, personas las tres que al usurero le cargaban, y más en aquella ocasión por tenerlas tan cerca y sin poder zafarse de ellas. No era Torquemada hombre para estar tanto tiempo embutido en angosto cajón entre tipos que le daban de cara, y no hacía más que cambiar de postura, apoyándose ya en una, ya en otra cadera. Le estorbaban sus piernas y las de Nicolás Rubín, su chistera y la teja del otro cura; le estorbaban el continuo fumar y la charla de aquellos tres puntos, que no sabían hablar más que del matute y de lo perdido que andaba el Ayuntamiento.
Sin dignarse arrojar en la conversación más que algún vocablo afirmativo para que lo royeran como hueso aquellos pelagatos que no poseían fincas en Cadalso de los Vidrios ni casas en Madrid, Torquemada seguía tejiendo en su meollo la tela empezada en la casa mortuoria.
—Lo que digo, no tengo política..., y hay que gastar política para ponerse á la altura que corresponde. ¿Pero cómo había yo de aprender nada tocante á la buena forma, si en mi vida he tratado más que con gente ordinaria?... Esta pobre doña Lupe, que en gloria esté, también era ordinaria, ¿qué duda tiene? No la ofendo, no, ¡cuidado!; persona buenísima, con mucho talento, un ojo para los negocios que ya lo quisieran más de cuatro. Pero, diga ella lo que quiera, y no la ofendo, lo que es persona fina..., ¡que te quites! Intentaba serlo, y no le salía..., ¡ñales!, no le salía. Su hipo era ser dama..., y ¡que si quieres! Aunque se pusiera encima manteletas traídas de París, resultaba tan dama como mi abuela... ¡Ah!, para damas la de esta mañana. Aquello sí que es del mismísimo cosechero. Y de nada le valió á mi amiga mirarse en tal espejo... Ya era tarde, ya era tarde para aprender... ¡Pobre señora! Como trastienda y disposición, eso sí, ¡cuidado!, yo soy el primero en reconocer... Pero finura, tono..., ¡quiá! Si ella, como yo, no trataba más que con gente de poco más ó menos. ¿Y qué es lo que oye uno al cabo del día? Burradas y porquerías. Doña Lupe, me acuerdo bien, decía _ivierno_, _áccido_ y _Jacometrenzo_, palabras que, según me ha advertido Bailón, no se dicen así... No vaya á creer que la ofendo por eso... Cualquiera equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve diciendo _diferiencia_ hasta el año 85... Pero para eso está el fijarse, el poner oído á cómo hablan los que saben hablar... El cuento es que cuando uno es rico, y lo ha sacado á pulso con su sudor, cavilando aquí, cavilando allá, está muy mal que la gente se le ría. Los ricos deben dar el ejemplo, ¡cuidado!, así de las buenas costumbres como de los buenos modos, para que ande derecha la sociedad y todo lleve el compás debido... Que sean torpes y mamarrachos los que no tienen sobre qué caerse muertos, me parece bien. Así hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos contribución seamos unos... unos asnos, eso no, no, no.
Aún le duraba la correa de aquella meditación cuando volvían del cementerio, después de dejar los fríos despojos de la gran hacendista perfectamente ennichados en uno de los tristísimos patios de San Justo. Los tres compañeros de coche, volviendo á engolosinarse con la comidilla del matute, contaban mil cuchufletas acerca del modo de introducir aceite y de las batallas entre los guardias y toda la chusma matutera, mientras la imaginación de Torquemada iba en seguimiento de la señora del Águila, y fluctuaba entre el deseo y el temor de volverla á ver: deseo, por probar la enmienda de su torpeza mostrándose menos ganso que en la primera entrevista; temor, porque sin duda las dos hermanas se soltarían á reir cuando le viesen, _tomándole el pelo_ en la visita. La más negra era que forzosamente tenía que visitarlas, por encargo expreso de doña Lupe y obligación ineludible. Había convenido con su difunta amiga en renovar un pagaré de las dos damas, añadiendo cierta cantidad. Y el nuevo pagaré no sería á la orden de los herederos de la viuda de Jáuregui, sino á la de Torquemada, á quien la difunta había dejado, con aquel y otros fines, algunos fondos, de cuyo producto gozarían unos parientes pobres de su difunto esposo. Que D. Francisco habría de cumplir con recta conciencia cuantos encargos de este linaje le hizo su socia mercantil, no hay para qué decirlo. Lo difícil era cumplirlos sin personarse en el nido de las Águilas, como categóricamente le había ordenado la muerta, y aquí entraban los apuros del pobre hombre. ¿Cómo se presentaría? ¿Risueño ó con cara de pocos amigos? ¿Cómo se vestiría? ¿Con los trapitos de cristianar ó con los de diario? Porque pensar en evadir el careo dando la comisión á otra persona, era un disparate; además implicaba cobardía, deserción ante el peligro, y esto le malquistaba consigo mismo, pues su amor propio le pedía siempre apencar con las dificultades y no volver la espalda á ninguna _peripecia_ grave. Resolvió, pues, poner pecho á las Águilas, y en aquella duda sobre el vestir su natural despejo triunfó de la vanidad, sugiriéndole la idea de presentarse con el traje de todos los días, la camisita limpia, eso sí, que aquella soez costumbre de la camisa de quincena ya no regía desde que el hombre empezó á ver claro en el panorama social. En suma, se presentaría tal cual era siempre y hablaría lo menos posible, contestando con sencillez á cuanto le preguntasen. Si se reían que se rieran..., ¡ñales! Pero no: probablemente le recibirían con palio, atendiendo al favor que les hacía y al consuelo que les llevaba con su visita, pues debían de estar las pobres señoras, con toda su aristocracia y su innegable finura, esperando el santo advenimiento..., como quien dice.
IV
Elegida la hora que le pareció conveniente, encaminóse el hombre á la Costanilla. La casa no tenía pérdida en calle tan pequeña, y con las señas mortales de la tahona. Vió D. Francisco arrimados á una puerta dos ó tres hombres enharinados, y más arriba una tienda de antigüedades, que más bien debiera llamarse prendería. Allí era, segundo piso. Al mirar el rótulo de la tienda, lanzó una exclamación de gozo: «Pues si á este prendero le conozco yo. Si es Melchor, el que antes estaba en el 5 duplicado de la calle de San Vicente.» Excuso decir que le entraron ganas de echar un párrafo con su amigo antes de subir á la visita. No tardó el prendero en darle referencias de las señoras del Águila, pintándolas como lo más decente que él se había echado á la cara desde que andaba en aquel comercio. Pobres, eso sí, como las ratas; pero si nadie en pobreza les ganaba, en dignidad tampoco, ni en resignación para llevar la cruz de su miseria. ¡Y qué educación fina, qué manera de tratar á la gente, qué meterse por los ojos y ganarse el corazón de cuantos les hablaban!... Con estas noticias sintió el avaro que se le disipaba el susto, y subió corriendo. La misma doña Cruz le abrió la puerta, y aunque estaba de trapillo (sin perjuicio de la decencia, eso sí), á él se le antojó tan elegante como el día anterior la vió, de tiros largos.
—Sr. D. Francisco—dijo la dama con más alegría que sorpresa, pues sin duda esperaba la visita...—Pase, pase...
Las primeras palabras del visitante fueron torpes: «¡Cómo había de faltar...! ¿Y qué tal? ¿Toda la familia buena?... Gracias... Es comodidad.» Y se metió por donde no debía, teniendo ella que decirle: «No, no; por aquí.»
Su azoramiento no le impidió observar muchas cosas desde los primeros instantes, cuando Cruz del Águila le llevaba, por el pasillo de tres recodos, á la salita. Fijóse en la hermosa cabeza, bien envuelta en un pañuelo de color, de modo que no se veía ni poco ni mucho la cabellera blanca. Observó también que vestía bata de lana antiquísima, pero sin manchas ni jirones, con una toquilla blanca cruzándole el pecho, todo muy pulcro, revelando el uso continuo y esmerado de aquellas personas que saben eternizar las prendas de ropa. Lo más extraño era que tenía guantes viejos y con los dedos tiznados.
—Dispénseme—dijo con graciosa modestia;—estaba limpiando los metales.
—¡Ah!..., ¡perfectamente!...
—Porque ha de saber usted, si ya no lo sabía, que no tenemos criada, y nosotras lo hacemos todo. No, no vaya á creer que me quejo por esta nueva privación, una de las muchas que nos ha traído nuestro adverso destino. Hemos convenido en que las criadas son una calamidad, y cuando una se acostumbra á servirse á sí misma, lleva tres ventajas: primera, que no hay que lidiar con fantasmonas; segunda, que todo se hace mucho mejor y á nuestro gusto; tercera, que se pasa el día sin sentirlo, con ejercicio saludable.
—Higiénico—dijo Torquemada, gozoso de poder soltar una palabra bonita que tan bien encajaba. Y el acierto le animó de tal modo, que ya era otro hombre.
—Con permiso de usted—indicó Cruz,—seguiré. No estamos en situación de gastar muchos cumplidos, y como usted es de confianza...
—¡Oh!, sí, de toda confianza. Tráteme la señora mismamente como á un chiquillo... Y si quiere que le ayude...
—¡Quiá! Eso sería ya faltar al respeto, y... De ninguna manera.
Con la cajita de los polvos en la mano izquierda y un ante en la derecha, ambas manos enguantadas, se puso á dar restregones en la perilla de cobre de una de las puertas, y al punto la dejó tan resplandeciente que de oro fino parecía.
—Ahora saldrá mi hermana, á quien usted no conoce. (_Suspirando fuerte._) Es triste decirlo; pero... está en la cocina. Tenemos que ir alternando en todos los trabajos de casa. Cuando yo declaro la guerra al polvo ó limpio los metales, ella friega la loza ó pone el puchero. Otras veces guiso yo y ella barre, ó lava ó compone la ropa. Afortunadamente tenemos salud; el trabajo no envilece; el trabajo consuela y acompaña, y además fortifica la dignidad. Hemos nacido en una gran posición: ahora somos pobres. Dios nos ha sometido á esta prueba tremenda... ¡Ay, qué prueba, Sr. D. Francisco! Nadie sabe lo que hemos sufrido, las humillaciones, las amarguras... Más vale no hablar. Pero el Señor nos ha mandado al fin una medicina maravillosa, un específico que hace milagros..., la santa conformidad. Véanos usted hoy ocupadas las dos en estos trajines, que en otro tiempo nos habrían parecido indecorosos; vivimos en paz, con una especie de tristeza plácida que casi casi se nos va pareciendo á la alegría. Hemos aprendido, con las duras lecciones de la realidad, á despreciar todas las vanidades del mundo, y poquito á poco hemos llegado á creer hermosa esta honrada miseria en que vivimos, á mirarla como una bendición de Dios...
En su pobrísimo repertorio de ideas y expresiones, no halló el bárbaro nada que pudiera ser sacado dignamente ante aquel decir elegante y suelto, sin afectación. No supo más que admirar y gruñir asintiendo, que es el gruñido más fácil.
—También conocerá usted á mi hermano, el pobrecito ciego.
—¿De nacimiento?
—No, señor. Perdió la vista seis años ha. ¡Ay, qué dolor! Un muchacho tan bueno, llamado á ser..., ¡qué sé yo, lo que hubiera querido!... ¡Ciego á los veintitantos años! Su enfermedad coincidió con la pérdida de nuestra fortuna... para que nos llegara más al alma. Créalo usted, D. Francisco, la ceguera de mi hermano, de ese ángel, de ese mártir, es un infortunio al cual mi hermana y yo no hemos podido resignarnos todavía. Dios nos lo perdone. Claro que de arriba nos ha venido el golpe; pero no lo admito, no bajo la cabeza, no, señor...; la levanto..., aunque á usted le parezca mal mi irreverencia.
—No, señora..., ¿qué ha de parecerme?... El Padre Eterno... es atroz. ¿Pero usted sabe la que me hizo á mí? No es que yo me le suba á las barbas, ¡cuidado!...; pero francamente..., ¡quitarle á uno toda su esperanza! Al menos usted no la habrá perdido; su hermanito podrá curarse...
—¡Ah!, no, señor... No hay esperanza.
—¿Pero usted sabe...? Hay en Madrid los grandes _ópticos_...
En el momento de decirlo, conoció el hombre la enormidad de su _lapsus linguæ_. ¡Vaya que decir _ópticos_ por _oculistas_! Quiso enmendarlo; pero la señora, que al parecer no había parado mientes en el desatino, le dió fácil salida por otra parte. Pidióle permiso para ausentarse brevemente á fin de traer á su hermana, lo que á D. Francisco le supo muy bien, aunque las zozobras no tardaron en acometerle de nuevo. ¿Cómo sería la hermanita? ¿Se reiría de él? ¡Si por artes del enemigo no era tan fina como Cruz, y se espantaba de verle á él tan ordinario, tan zafiote, tan...! «Vamos, no es tanto—se dijo, estirando el cuello para verse en un espejo que frontero al sofá pendía de la pared, con inclinación hacia adelante, como haciendo una cortesía,—no es tanto... Lo que digo..., llevo muy bien mi edad, y si yo me perfilara, daría quince y raya á más de cuatro mequetrefes que no tienen más que la estampa.»
En esto estaba, cuando sintió á las dos hermanas en el pasillo disputando con cierta viveza:
—Así, mujer, ¿qué importa? ¿No ves que es de toda confianza?
—¿Pero cómo quieres que entre así? Deja siquiera que me quite el delantal.
—¿Para qué? Si somos nuestras propias criadas y nuestras propias señoras, y él lo sabe bien, ¿qué importa que te vea así? Este es un caso en que la forma no supone nada. Si estuviéramos sucias ó indecentes, bueno que no nos vieran humanos ojos. Pero á limpias nadie nos gana, y las señales del trabajo no nos hacen desmerecer á los ojos de una persona tan razonable, tan práctica, tan... sencilla. ¿Verdad, D. Francisco?
Esto lo dijo alzando la voz, ya cerca de la puerta, y el aturrullado prestamista creyó que la mejor respuesta era adelantarse á recibir airosamente á las dos damas, diciendo: «Bien, bien; nada de farándulas conmigo, que soy muy llano y tan trabajador como el primero, y desde la más tierna infancia...»
Iba á seguir diciendo que él se limpiaba sus propias botas y se barría el cuarto; pero le cortó la palabra la aparición de la segunda Águila, que le dejó embobado y suspenso.
—Mi hermana Fidela—dijo Cruz, tirando de ella por un brazo hasta vencer su resistencia.
V
—¿Qué importa que yo las vea en traje de mecánica, si ya sé que son damas y muy requetedamas?—argumentó D. Francisco, que á cada nuevo incidente se iba desentumeciendo de aquel temor que le paralizaba.—Señorita Fidela, por muchos años... ¡Si está muy bien así!... Las buenas mozas no necesitan perfiles...
—¡Oh!, perdone usted—dijo la Águila menor toda vergonzosa y confusa.—Mi hermana es así: ¡hacerme salir en esta facha..., con unas botas viejas de mi hermano, este mandil... y sin peinarme!
—Soy de confianza, y conmigo, ¡cuidado!, con Francisco Torquemada no se gastan cumplidos... ¿Y qué tal? ¿Usted buena? ¿Toda la familia buena? Lo que digo, la salud es lo primero, y en habiendo salud todo va bien. Pienso, de conformidad con ustedes, que no hay chinchorrería como el tener criadas, generalmente puercas, enredadoras, golosas, y siempre, siempre soliviantadas con los malditos novios.
Á todas éstas no le quitaba ojo á la cocinerita, que era una preciosa miniatura. Mucho más joven que su hermana, el tipo aristocrático presentaba en ella una variante harto común. Sus cabellos rubios, su color anémico, el delicado perfil, la nariz de caballete y un poquito larga, la boca limpia, el pecho de escasísimo bulto, el talle sutil, denunciaban á la señorita de estirpe, pura sangre, sin cruzamientos que vivifican, enclenque de nacimiento y desmedrada luego por una educación de estufa. Todo esto y algo más se veía bajo aquel humilde empaque de fregona, que más bien parecía invención de chicos que juegan á las máscaras.
Como la pobre niña (no tan niña ya, pues frisaba en los veintisiete) no se había penetrado aún de aquel dogma de la desgracia que prescribe el desprecio de toda presunción, esfuerzo grande le costaba el presentarse en tal facha ante personas desconocidas. Tardó bastante en aplomarse delante de Torquemada, el cual, acá para _inter nos_, le pareció un solemne ganso.
—El señor—indicó la hermana mayor—era grande amigo de doña Lupe.
—¡Pobrecita! ¡Qué cariño nos tomó!—dijo Fidela, sentándose en la silla más próxima á la puerta y escondiendo sus pies tan mal calzados.—Cuando Cruz trajo la noticia de que había muerto la pobre señora, ¡sentí una aflicción...! ¡Dios mío!, nos vimos más desamparadas en aquel instante, más solas... La última esperanza, el último cariño se nos iban también, y me pareció ver allá, allá lejos una mano arrugadita que nos hacía... (_doblando los dedos á estilo de despedida infantil_) así, así...
—Pues ésta—pensó el avaro, de admiración en admiración—también se explica. ¡Ñales!, ¡qué par de picos de oro!
—Pero Dios no nos desampara—afirmó Cruz denegando expresivamente con su dedo índice,—y dice que no, que no, que no nos quiere desamparar, aunque el mundo entero en ello se empeñe.
—Y cuando nos vemos más solas, más rodeadas de tinieblas, asoma un rayito de sol, que va entrando, entrando, y...
—Esto va conmigo. Yo soy ese sol...—dijo para su sayo Torquemada; y en alta voz:—Sí, señoras, pienso lo mismo. La suerte protege al que trabaja... ¡Vaya, que esta señorita tan delicada meterse en el materialismo de una cocina!
—Y lo peor es que no sirvo—dijo Fidela.—Gracias que ésta me enseña...
—¡Ah! ¿La enseña doña Cruz?... ¡Qué bien!
—No, no quiere decir esto que yo aprenda... Empieza ella por no ser una eminencia ni mucho menos. Yo me aplico, eso sí; ¡pero soy muy distraída y hago cada barbaridad...!
—Bueno, ¿y qué?—indicó la mayor en tono festivo.—Como no cocinamos para huéspedes exigentes, como esto no es hotel y sólo tenemos que gustarnos á nosotras mismas, cuantas faltas se cometan están de antemano perdonadas.
—Y una vez porque sale crudo, otras porque sale quemado, ello es que siempre tenemos diversión en la mesa.
—Y en fin, que nos resulta una salsa con que no contamos: la alegría.
—Que no se compra en ninguna tienda—dijo Torquemada muy gozoso de haber comprendido la figura.—Justo y cabal. Que me den á mí esa salsa, y le meto el diente á todas las malas comidas de la cristiandad. Pero usted, señorita Fidela, dice que guisa mal por modestia... ¡Ah!, ya quisieran más de cuatro...
—No, no; lo hago malditamente. Y puede usted creerme—añadió con la expresión viva, que era quizás la más visible semejanza que tenía con Cruz,—puede usted creerme que me gustaría mucho cocinar bien; pero muchísimo. Sí, sí; el arte culinario paréceme un arte digno del mayor respeto, y que debe estudiarse por principios y practicarse con seriedad.
—¡Como que debiera ser parte principal de la educación!—afirmó Cruz del Águila.
—Lo que digo—apuntó Torquemada:—debieran poner en las escuelas una clase de guisado... Y que las niñas, en vez de tanto piano y tanto bordado de zapatillas, aprendieran á poner bien un arroz á la vizcaína ó un atún á la marinera.
—Apruebo.
—Y yo.
—Conque...—murmuró el prestamista golpeando con ambas manos los brazos del sillón, manera ruda y lacónica de expresar lo siguiente:—Señoras mías, bastante tiempo hemos perdido en la parlamenta. Vamos ahora al negocio...
—No, no; no venga usted con prisas—dijo la mayor, risueña, alardeando de una confianza que trastornó más al hombre.—¿Qué tiene usted que hacer ahora? Nada. No le dejamos salir de aquí sin que conozca á nuestro hermano.
—Con _sumísimo_ gusto... No faltaba más. Como prisa, no la hay. Es que no quisiera molestar...
—De ningún modo.
Fidela fué la primera que se levantó, diciendo: «No puedo descuidarme. Dispénseme.»
Y se fué presurosa, dejando á su hermana en situación conveniente para hacerle el panegírico.
—Es un ángel de Dios. Por la diferencia de edad, que no es menor de doce años, soy para ella, más que hermana mayor, una madre. Hija y madre somos, hermanas, amiguitas, pues el cariño que nos une no sólo es grande por lo intenso, Sr. D. Francisco, sino por la extensión...; no sé si me explico...
—Comprendido—indicó Torquemada quedándose á obscuras.
—Quiero decir que la desgracia, la necesidad, la misma bravura con que Fidela y yo luchamos por la vida, ha dado á nuestro cariño ramificaciones...
—Ramificaciones..., justo.
—Y por mucho que usted aguce su entendimiento, Sr. D. Francisco, ya tan agudo, no podrá tener idea de la bondad de mi hermana, de la dulzura de su carácter. ¡Y con qué mansedumbre cristiana se ha sometido á estas duras pruebas de nuestro infortunio! En la edad en que las jóvenes gustan de los placeres del mundo, ella vive resignada y contenta en esta pobreza, en esta obscuridad. Me parte el alma su abnegación, que parece una forma de martirio. Crea usted que si á costa de sufrimientos mayores aún de los que llevo sobre mí pudiera yo poner á mi pobre hermana en otra esfera, lo haría sin vacilar. Su modestia es para esta triste casa el único bien que quizás poseemos hoy; pero es también un sacrificio, consumado en silencio para que resulte más grande y meritorio, y la verdad, quisiera yo compensar de algún modo este sacrificio... Pero... (_confusa_) no sé lo que digo..., no puedo expresarme. Dispénseme si le doy un poquito de matraca. Mi cabeza es un continuo barajar de ideas. ¡Ay, la desgracia me obliga á discurrir tanto, pero tanto, que yo creo que me crece la cabeza, sí!... Tengo por seguro que con el ejercicio del pensar se desarrolla el cráneo, por la hinchazón de todo el oleaje que hay dentro... (_Riendo._) Sí, sí... Y también es indudable que no tenemos derecho á marear á nuestros amigos... Dispénseme, y venga á ver á mi hermano.
Camino del cuarto del ciego Torquemada no abrió el pico, ni nada hubiera podido decir aunque quisiera, porque la elocuencia de la noble señora le fascinaba, y la fascinación le volvía tonto, dispersando sus ideas por espacios desconocidos, é inutilizando para la expresión las poquitas que quedaban.
En la mejor habitación de la casa, un gabinetito con mirador, hallábase Rafael del Águila, figura inmóvil y melancólica que tenía por peana un sillón negro. Hondísima impresión hizo en Torquemada la vista del joven sin vista, y la soberana tristeza de su noble aspecto, la resignación dulce y discreta de aquella imagen, á la cual no era posible acercarse sin cierto respeto religioso.
VI
Imagen dije, y no me vuelvo atrás; pues con los santos de talla, mártires jóvenes ó Cristos guapos en oración, tenía indudable parentesco de color y líneas. Completaban esta semejanza la absoluta tranquilidad de su postura, la inercia de sus miembros, la barbita de color castaño, rizosa y suave, que parecía más obscura sobre el cutis blanquísimo de nítida cera; la belleza, más que afeminada, dolorida y mortuoria, de sus facciones, y el no ver, el carecer de alma visible, ó sea mirada.
—Ya me han dicho las señoras que...—balbució el visitante, entre asombrado y conmovido.—Pues... digo que es muy sensible que usted perdiera el órgano... ¡Pero quién sabe!... Buenos médicos hay que...
—¡Ah!, señor mío—dijo el ciego con una voz melodiosa y vibrante que estremecía,—le agradezco sus consuelos, que desgraciadamente llegan cuando ya no hay aquí ninguna esperanza que los reciba.
Siguió á esto una pausa, á la cual puso término Fidela entrando con una taza de caldo, que su hermano acostumbraba tomar á aquella hora. Torquemada no había soltado aún la mano del ciego, blanca y fina como mano de mujer, de una pulcritud extremada.
—Todo sea por Dios—dijo el avaro entre un suspiro y un bostezo. Y rebuscando en su mente con verdadera desesperación una frase del caso, tuvo la dicha de encontrar ésta:—En su desgracia, pues..., la suerte le ha desquitado dándole estas dos hermanitas tan buenas que tanto le quieren...