Part 15
Lograron calmarle, sacándole á pasear por el corralón. D. José le propuso llevarle al lado de la enferma; pero se resistió, encerrándose en una gravedad taciturna. Después de encargar á Bernardina y los Valientes que redoblaran su vigilancia y no perdieran de vista al desdichado joven, volvió Donoso con pies de Mercurio á la calle de Silva, para comunicar á Cruz lo que en Cuatro Caminos ocurría; y tanta era la bondad del excelente señor, que no se cansaba de andar como un azacán desde el centro hasta el extremo Norte de Madrid, con tal de ser útil á los últimos descendientes de las respetabilísimas familias del Águila y de la Torre-Auñón.
Habría querido Cruz duplicarse para atender juntamente á Fidela y al ciego, y si no quería abandonar á la una, anhelaba ardientemente ver al otro, y aplacar con razones y cariños su desvarío. Por fin, á eso de las diez de la noche, hallándose la señora de Torquemada casi sin fiebre, tranquila y descansada ya de su padecer, la hermana mayor se determinó á salir, llevando consigo al _paño de lágrimas de la familia_, y un simón de los mejores les transportó á Cuatro Caminos. Rafael dormía profundamente. Vióle su hermana en el lecho; enteróse por Bernardina de que ninguna novedad ocurría, y vuelta á Madrid y al caserón desordenado y caótico de la calle de Silva.
* * * * *
Al día siguiente por la tarde, hallándose el ciego en el corralón, sentado en una piedra, á la sombra de un ingente montón de basura, sin más compañía que la del gallo, que frente á él altaneramente le miraba, y de varias gallinas que, sin hacerle caso, escarbaban el suelo, recibió la visita del indispensable Donoso, el cual se acercó á saludarle, muy bien penetrado de las instrucciones que le diera la intrépida Cruz.
—¿Qué hay?—preguntó el ciego.
—Nada—dijo secamente D. José, midiendo las palabras, pues la dama le había recomendado que éstas fueran pocas y precisas.—Que tu hermana Fidela quiere verte.
—¿Pero...? ¿Cómo está?
Algo iba á decir _el paño de lágrimas_, en quien el hábito de la facundia podía más que las exigencias de la discreción. Pero se contuvo, y encomendándose á su noble amiga, tan sólo dijo:
—No me preguntes nada; no sé nada. Sólo sé que tu hermana quiere verte.
Después de una larga pausa, durante la cual permaneció con la cabeza á la menor distancia posible de las rodillas, se levantó Rafael, y dijo resueltamente: «Vamos allá.»
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Por más señas, hallábase aquel día D. Francisco Torquemada en felicísima disposición de ánimo, despejada la cabeza, claros los sentidos y expeditas todas las facultades, pues al salir del tenebroso sopor en que le sumergió durante la tarde y noche la travesurilla alcohólica del almuerzo de boda, maldito si se acordó de lo que había dicho y hecho en aquellas horas de turbación insana, y así no tenía por qué avergonzarse de nada. No hizo Cruz la menor alusión á cosas tan desagradables, y él se desvivía por mostrarse galán y obsequioso con ella, accediendo á cuantas observaciones le hizo referentes al régimen y gobierno de la casa. La ilustre dama, con habilidad suma, no tocaba aún con su blanda mano reformadora más que la superficie, reservándose el fondo para más adelante. Naturalmente, coincidió con esta situación del ánimo torquemadesco un recrudecimiento de palabras finas, toda la adquisición de los últimos días empleada vertiginosamente, cual si temiera que los términos y frases que no tenían un uso inmediato se le habían de escapar de la memoria. Entre otras cosillas, dijo que sólo defendía á Romualda _bajo el aspecto de la fidelidad_; pero no _bajo ningún otro aspecto_. El _nuevo orden de cosas_ merecía su _beneplácito_. Y no temiera su cuñada que él, fingiendo acceder, se opusiera luego con _maquiavelismos_ impropios de su carácter. Eso sí: convenía que él se enterase de lo que ella dispusiera, para que no resultaran órdenes contradictorias; porque á él, ¡cuidado!, no le gustaba _barrenar las leyes_, ni barrenar nada, vamos... Cierto que la casa no tenía aspecto de casa de señores: faltaban en ella _no pocos elementos_; pero su hermana política, _dechado_ de inteligencia y de buen gusto, etc., había venido á _llenar un vacío_... Todo _proyecto que ella abrigase_ se lo debía manifestar á él, y se discutiría _ampliamente_, aunque él _previamente_ lo aceptaba... _en principio_.
En esto llamaron. Era Donoso con Rafael. Cruz recibió á éste en sus brazos, haciéndole muchas caricias. El ciego no dijo nada, y se dejó llevar hacia dentro, de sala en sala. Al oir la voz de Fidela, que alegremente charlaba con Rufinita, el señorito del Águila se estremeció.
—Ya está mejor... Va saliendo, hijo; va saliendo adelante—le dijo la primogénita.—¡Qué susto nos ha dado!
Y Quevedito, con sinceridad y buena fe, se adelantó á dar su opinión en esta forma: «Si no ha sido nada. Un enfriamiento..., poca cosa. Está bien, perfectamente bien. Por pura precaución no la he mandado levantarse.»
En la puerta de la alcoba matrimonial, Torquemada, frotándose las manos una contra otra con aire de satisfacción, calzado ya con elegantes zapatillas que acababan de traerle de la tienda, dió al ciego la bienvenida, para lo cual le vino de perillas la última frase bonita que había aprendido.
—¡Ah!—exclamó,—_el bello ideal_... ¡Al fin, Rafael... Toda la familia reunida..., _el bello ideal_...!
La Magdalena (Santander), Octubre de 1893.
FIN DE TORQUEMADA EN LA CRUZ
EDICIONES ESPAÑOLAS
PUBLICADAS EN INGLATERRA Y ESTADOS UNIDOS
Por concesión especial del autor se han hecho estas ediciones, para uso de los escolares ingleses en las cátedras de lengua española. Al texto español, escrupulosamente reproducido, siguen copiosas notas en inglés, que aclaran todos los puntos gramaticales obscuros, así como los modismos y locuciones provinciales.
=Trafalgar=, edited with notes and introduction, by _F. A. Kirkpatrick_. _University Press_: Cambridge, 1905.
=Marianela=, with Introduction, notes and vocabulary, by _J. Geddes_: Boston, 1903.
=Doña Perfecta=, with Introduction and notes, by _A. R. Marsh_: Boston and London, Ginn and Co, 1900.
=Electra=, edited with notes and vocabulary, by _Otis Gridler Bunnell_. _American Brook Company_: New-York, 1902.
=El Abuelo=: New-York.
End of Project Gutenberg's Torquemada en la cruz, by Benito Pérez Galdós