Torquemada en la cruz

Part 14

Chapter 143,983 wordsPublic domain

—Deme la enhorabuena, Sr. D. José. Le he convencido. Él no querrá volver á casa; pero su oposición no es, no puede ser ya tan furiosa como era. ¿Que qué le he dicho? ¡Ah, figúrese usted si en este atroz conflicto pondré yo en prensa mi pobre entendimiento para sacar ideas! Creo que Dios me ilumina. Ha sido una inspiración que tuve en el momento de entrar aquí. Ya le contaré á usted cuando estemos más despacio... Y ahora lo que importa es activar... eso todo lo posible, no vaya á surgir alguna complicación.

—No lo quiera Dios. Crea usted que á impaciencia no le gana nadie. Hace un rato me lo decía: por él mañana mismo.

—Tanto como mañana no; pero nos pasamos de gazmoños alejando tanto la fecha. De aquí al 4 de Agosto pueden ocurrir muchas cosas, y...

—Pues acerquemos la fecha.

—Sí, acerquémosla. Lo que ha de ser, que sea pronto.

—La semana que entra...

—¡Oh!, no tanto.

—Pues la otra.

—Eso me parece muy tarde... Tiene usted razón: la semana próxima. ¿Qué es hoy?

—Viernes.

—Pues el sábado de la semana entrante.

—Corriente.

—Dígaselo usted..., propóngaselo como cosa suya.

—Pues no se pondrá poco contento. Ya le digo á usted: por él... mañana. Y volviendo á nuestro joven disidente, ¿cree usted que no nos dará ningún disgusto?

—Espero que no. Su deseo de instalarse aquí nos viene ahora que ni de molde. Bernardina nos inspira confianza absoluta: le cuidará como nosotras mismas. Vendremos Fidela y yo, alternando, á hacerle compañía, y además, yo me encargo de mandar acá al bueno de Melchorito algunas tardes para que le cante óperas...

—Muy bien... Pero..., y aquí entra lo grave. ¿Sabe que sus hermanas se mudan á la calle de Silva?

—No lo sabe. Pero lo sabrá. ¿Qué? ¿Teme usted que no quiera entrar en aquella casa?

—¡Me lo temo, como hay Dios!

—Entrará... Respondo de que entrará—afirmó la dama, y le temblaba horrorosamente el labio inferior, cual si quisiera desprenderse de su noble faz.

XV

Con lento paso de fecha deseada llegó por fin aquel día, sábado por más señas, y víspera ó antevíspera (que esto no lo determinan bien las historias) de la festividad de Santiago, patrón de las Españas. Celebróse la boda en San José, sin ostentación, tempranito, como ceremonia de tapadillo á la que no se quería dar publicidad. Asistieron tan sólo Rufinita Torquemada y su marido, Donoso y dos señores más, amigos de las Águilas, que se despidieron al salir de la iglesia. D. Francisco iba de levita _herméticamente cerrada_, guantes tan ajustados, que sus dedos parecían morcillas, y sudó el hombre la gota gorda para quitárselos. Como era la época de más fuerte calor, todos, la novia inclusive, no hacían más que pasarse el pañuelo por la cara. La del novio parecía untada de aceite, según relucía, y para mayor desdicha, exhalaba con su aliento emanaciones de cebolla, porque á media noche se había comido de una sentada una fuente de salpicón, su plato predilecto. Á Cruz le dió el vaho en la nariz en cuanto se encaró con su cuñado, y tuvo que echar frenos á su ira para poder contenerla, mayormente al ver cuán mal se avenía el olor cebollesco con las palabras finas que á cada instante, y vinieran ó no á cuento, desembuchaba el ensoberbecido prestamista. Fidela parecía un cadáver, porque..., creyérase que el demonio había tenido parte en ello..., la noche antes tomó un refresco de agraz para mitigar el calor que la abrasaba, y agraz fué que se le agriaron todos los líquidos de su cuerpo, y tan inoportunamente se descompuso, que en un tris estuvo que la boda no pudiera celebrarse. Allá le administró Cruz no sé qué droga atemperante, en dosis de caballo, gracias á lo cual no hubo necesidad de aplazamiento; pero estaba la pobre señorita hecha una mártir, un color se le iba y otro se le venía, sudando por todos sus poros y sin poder respirar fácilmente. Gracias que la ceremonia fué breve, que si no, patatús seguro. Llegó un momento en que la iglesia con todos sus altares empezó á dar vueltas alrededor de la interesante joven, y si el esposo no la agarra, cae redonda al suelo.

Cruz no tenía sosiego hasta no ver concluído el ritual, para poder trasladarse á la casa, con objeto de quitar el corsé á Fidela y procurarle descanso. En dos coches se dirigieron todos al nuevo domicilio, y por el camino Torquemada le daba aire á su esposa con el abanico de ésta, diciéndole de vez en cuando: «Eso no es nada: la _estupefacción_, la emoción, el calor... ¡Vaya que está haciendo un verano!... Dentro de dos horas no habrá quien atraviese la calle de Alcalá por la acera de acá, que es la del _solecismo_. Á la sombra, menos mal.»

En la casa, la primera impresión de Cruz fué atrozmente desagradable. ¡Qué desorden, qué falta de gusto! Las cosas buenas colocadas sin ningún criterio, y entre ellas mil porquerías, con las cuales debía hacerse un auto de fe. Salió á recibirles Romualda, la tarasca sirviente de D. Francisco, con una falda llena de lamparones, arrastrando las chancletas, las greñas sin peinar, facha asquerosa de criada de mesón. En la servidumbre, como en todo, vió la noble dama reflejada la tacañería del amo de la casa. El criado apestaba á tagarnina, de la cual llevaba una colilla tras de la oreja, y hablaba con el acento más soez y tabernario. ¡Dios mío, qué cocina, en la cual una pincha vieja y con los ojos pitañosos ayudaba á Romualda!... No, no; aquello no podía ser. Ya se arreglaría de otra manera. Felizmente, el almuerzo de aquel día clásico se había encargado á una fonda, por indicación de Donoso, que en todo ponía su admirable sentido y previsión.

Fidela no se mejoró con el aflojar del corsé y de todas las demás ligaduras de su cuerpo. Intentó almorzar; pero tuvo que levantarse de la mesa, acometida de violentos vómitos que le sacaron del cuerpo cuanto tenía. Hubo que acostarla, y el almuerzo se dividió en dos tiempos, ninguno de los cuales fué alegre, por aquella maldita contrariedad de la desazón de la desposada. Gracias que había _facultativo_ en la casa. Torquemada llamaba de este modo á su yerno Quevedito. «Tú, ¿qué haces que no me la curas al instante? Reniego de tu facultad, y de la Biblia en pasta.» Iba y venía del comedor á la alcoba, y viceversa, regañando con todo el mundo, confundiendo nombres y personas, llamando Cruz á Romualda, y diciendo á su cuñada: «Vete con mil demonios.» Quevedito ordenó que dejaran reposar á la enferma, en la cual parecía iniciarse una regular fiebre; Cruz prescribió también el reposo, el silencio y la obscuridad, no pudiendo abstenerse de echar los tiempos á Torquemada por el ruido que hacía entrando y saliendo en la alcoba sin necesidad. Botas más chillonas no las había visto Cruz en su vida; y de tal modo chillaban y gemían aquellas endiabladas suelas, que la señora no pudo menos de hacer sobre esto una discreta indicación al amo de la casa. Al poco rato apareció el hombre con unas zapatillas de orillo, viejas, agujereadas y sin forma.

Continuaron almorzando, y D. Francisco y Donoso hicieron honor á los platos servidos por el fondista. Y el novio creyó que no cumplía como bueno en día tan solemne si no empinaba ferozmente el codo; porque, lo que él decía: ¡Haberse corrido á un desusado gasto de _Champagne_ para después hacer el pobrete melindroso! Bebiéralo ó no, tenía que pagarlo. Pues á consumirlo, para que al menos se igualara el Haber del estómago con el Debe del bolsillo. Por esta razón puramente económica y de Partida Doble, más que por vicio de embriaguez, bebió copiosamente el tacaño, cuya sobriedad no se desmentía sino en casos rarísimos.

Terminado el almuerzo, quiso D. Francisco enterar á Cruz de mil particulares de la casa y mostrarle todo, pues ya había tratado Donoso con él de la necesidad de poner á su ilustre cuñada al frente del gobierno doméstico. Estaba el hombre, con tanta bebida y la alegría que por todo el cuerpo le retozaba, muy descompuesto, el rostro como untado de craso bermellón, los ojos llameantes, los pelos erizados, y echando de la boca un vaho de vinazo que tiraba para atrás. Á Cruz se le revolvía el estómago; pero hizo de tripas corazón. Llevóla D. Francisco de sala en sala, diciendo mil despropósitos, elogiando desmedidamente los muebles y alfombras, con referencias numéricas de lo que le habían costado; gesticulaba, reía estúpidamente, se sentaba de golpe en los sillones para probar la blandura de los muelles; escupía, pisoteando luego su saliva con la usada pantufla de orillo; corría y descorría las cortinas con infantil travesura; daba golpes sobre las camas, agregando á todas estas extravagancias los comentarios más indelicados: «En su vida ha visto usted cosa tan rica... ¿Y esto? ¿No se le cae la baba de gusto?»

De uno de los armarios roperos sacó varias prendas de vestir, muy ajadas, oliendo á alcanfor, y las iba echando sobre una cama para que Cruz las viese.

—Mire usted qué falda de raso. La compró mi Silvia por un pedazo de pan. Es riquísima. Toque, toque... No se la puso más que un Jueves Santo, y el día que fuimos padrinos de la boda del cerero de la Paloma. Pues, para que vea usted que la estimo, señora doña Cruz, se lo regalo generosamente... Usted se la arreglará, y saldrá con ella por los Madriles hecha una real moza... Todos estos trajes fueron de mi difunta. Hay dos de seda, algo antiguos, eso sí, como que fueron antes de una dama de Palacio...; cuatro de merino y de lanilla..., todo cosa rica, comprado en almonedas por quiebra. Fidela llamará á una modista de poco pelo, para que se los arregle y los ponga de moda; que ya tocan á economizar, _¡ñales!_, porque aunque es uno rico, eso no quiere decir, ¡cuidado!, que se tire el santísimo dinero... Economía, mucha economía, mi señora doña Cruz, y bien puede ser maestra en el ahorro la que ha vivido tanto tiempo lampando..., quiero decir..., como el perro del tío Alegría, que tenía que arrimarse á la pared para poder ladrar.

Cruz hizo que asentía; pero en su interior bramaba de coraje, diciéndose: «¡Ya te arreglaré, grandísimo tacaño!» Enseñando el aposento destinado á la noble dama, decía el prestamista: «Aquí estará usted muy ancha. Le parecerá mentira, ¿eh?... Acostumbrada á los cuchitriles de aquella casa. Y si no es por mí, ¡cuidado!, allí se pudren usted y su hermana. Digan que las ha venido Dios á ver... Pero ya que me privo de la renta de este señor piso principal, viviendo en él, hay que economizar en el plato pastelero, y en lo tocante á ropa. Aquí no quiero lujos, ¿sabe?... Porque ya me parece que he gastado bastante dinero en los trajes de boda. Ya no más, ya no más, _¡ñales!_ Yo fijaré un tanto, y á él hay que ajustarse. Nivelación siempre; este es el _objetivo_, ó el _ojete_, para decirlo más pronto.»

Prorrumpía en bárbaras risas después de disparatar así, casi olvidado de los términos elegantes que aprendido había; tocaba las castañuelas con los dedos ó se tiraba de los pelos, añadiendo alguna nueva patochada, ó mofándose inconscientemente del lenguaje fino: «Porque yo _abrigo la convicción_ de que no debemos _desabrigar_ el bolsillo, ¡cuidado!, y _parto del principio_ de que _haiga_ principio sólo los jueves y domingos; porque si, como dice el amigo Donoso, las leyes administrativas han venido á _llenar un vacío_, yo he venido á llenar el vacío de los estómagos de ustedes...; digo..., no haga caso de este materialismo..., es una broma.»

Difícilmente podía Cruz disimular su asco. Donoso, que había estado de sobremesa platicando con Rufinita, fué en seguimiento de la pareja que inspeccionaba la casa, uniéndose á ella en el instante en que Torquemada enseñaba á Cruz el famoso altarito con el retrato de Valentín convertido en imagen religiosa, entre velas de cera. D. Francisco se encaró con la imagen, diciéndole: «Ya ves, hombre, como todo se ha hecho guapamente. Aquí tienes á tu tía. No es vieja, no, ni hagas caso del materialismo del cabello blanco. Es guapa de veras, y noble por los cuatro costados...; como que desciende de la muela del juicio de algún rey de bastos...»

—Basta—le dijo Donoso queriendo llevársele.—¿Por qué no descansa usted un ratito?

—Déjeme... ¡por la Biblia! No sea pesado ni cócora. Tengo que decirle á mi niño que ya estamos todos acá. Tu mamá está mala... ¡Pues no es flojo contratiempo!... Pero descuida, hijo de mis entrañas, que yo te _naceré_ pronto... Más guapín eres tú que ellas. Tu madre saldrá á ti...; digo, no: tú á tu madre... No, no; yo quiero que seas el mismo. Si no, me descaso.

Entró Quevedito anunciando que Fidela tenía una fiebre intensa, y que nada podía pronosticar hasta la mañana siguiente. Acudieron todos allá, y después de ponerla entre sábanas, le aplicaron botellas de agua caliente á los pies, y prepararon no sé qué bebida para aplacar su sed. D. Francisco no hacía más que estorbar, metiéndose en todo, disponiendo las cosas más absurdas y diciendo á cada momento: «¿Y para esto, ¡Cristo, re-Cristo!, me he casado yo?»

Donoso se lo llevó al despacho, obligándole á echarse hasta que se le pasaran los efectos del alcoholismo; pero no hubo medio de retenerle en el sofá más que algunos minutos, y allá fué otra vez á dar matraca á su hermana política, que examinaba la habitación en que quería instalar á Rafael.

—Mira, Crucita—le dijo, arrancándose á tutearla con grotesca confianza,—si no quiere venir el caballerete andante de tu hermano, que no venga. Yo no le suplico que venga, ni haré nada por traerle, ¡cuidado!, que mi suposición no es menos que la suya. Yo soy noble: mi abuelo castraba cerdos, que es, digan lo que quieran, una profesión muy bien vista en los... _pueblos cultos_. Mi tataratío el inquisidor tostaba herejes, y tenía un bodegón para vender chuletas de carne de personas. Mi abuela, una tal doña Coscojilla, echaba las cartas y adivinaba todos los secretos. La nombraron bruja universal... Conque ya ves...

Ya era imposible resistirle más. Donoso le cogió por un brazo, y llevándole al cuarto más próximo, le tendió á la fuerza. Poco después, los ronquidos del descendiente del inquisidor atronaban la casa.

—¡Demonio de hombre!—decía Cruz á don José, sentados ambos junto al lecho de Fidela, que en profundo letargo febril yacía.—Insoportable está hoy.

—Como no tiene costumbre de beber, le ha hecho daño el _Champagne_. Lo mismo me pasó á mí el día de mi boda. Y ahora usted, amiga mía, procediendo hábilmente, con la táctica que sabe usar, hará de él lo que quiera...

—¡Dios mío, qué casa! Tengo que volverlo todo del revés... Y dígame, D. José: ¿No le ha indicado usted ya que es indispensable poner coche?

—Se lo he dicho... Á su tiempo vendrá esa reforma, para la cual está todavía un poco rebelde. Todo se andará. No olvide usted que hay que ir por grados.

—Sí, sí. Lo más urgente es adecentar este caserón, en el cual hay mucho bueno, que hoy no luce entre tanto desarreglo y suciedad. Esos criados que nos ha traído de la calle de San Blas no pueden seguir aquí. Y en cuanto á sus planes de economía... Económica soy; la desgracia me ha enseñado á vivir con poco, con nada. Pero no se han de ver en la casa del rico escaseces indecorosas. Por el decoro del mismo don Francisco, pienso declarar la guerra á esa tacañería que tiene pegada al alma como una roña, como una lepra, de la cual personas como nosotras no podemos contaminarnos.

Rebulló Fidela, y todos se informaron con vivo interés de su estado. Sentía quebranto de huesos, cefalalgia, incomodidad vivísima en la garganta. Quevedito diagnosticó una angina catarral sin importancia: cuestión de unos días de cama, abrigo, dieta, sudoríficos, y una ligera medicación antifebrífuga. Tranquilizóse Cruz; pero no teniéndolas todas consigo, determinó no separarse de su hermana, y despachó á Donoso á Cuatro Caminos para que viese á Rafael y le informase de aquel inesperado accidente.

—¡Si de esta desazón—dijo Cruz, que todo lo aprovechaba para sus altos fines—resultará un bien! ¡Si conseguiremos atraer á Rafael con el señuelo de la enfermedad de su querida hermana!... ¡D. José de mi alma, cuando usted le hable de esto, exagere un poquito!...

—Y un muchito, si por tal medio conseguimos ver á toda la familia reunida.

Allá corrió como exhalación D. José, después de echar un vistazo á su amigo, que continuaba roncando desaforadamente.

XVI

Tristísimo fué aquel día para el pobre ciego, porque desde muy temprano le atormentó la idea de que su hermana se _estaba casando_; y como fijamente no sabía la hora, á todas las del día y en los instantes todos _estaba viéndola casarse_, y quedar por siempre prisionera en los brazos del aborrecido monstruo que en mal hora llevó el oficioso D. José á la casa del Águila. Hizo el polvorista los imposibles por distraerle; propuso llevarle de paseo por todo el Canalillo hasta la Moncloa; pero Rafael se negó á salir del corralón. Por fin metiéronse los dos en el taller, donde Valiente tenía que ultimar un trabajillo pirotécnico para el día de San Agustín, y allí se pasaron tontamente la mañana, decidor el uno, triste y sin consuelo el otro. Á Cándido le dió aquel día por enaltecer el arte del polvorista, elevándolo á la categoría de arte noble, con ideales hermosos y su correspondiente trascendencia. Quejábase de la poca protección que da el Gobierno á la pirotecnia, pues no hay en toda España ni una mala escuela en que se enseñe la fabricación de fuegos artificiales. Él se preciaba de ser maestro en aquel arte, y con un poquitín de auxilio oficial haría maravillas. Sostenía que los juegos de pólvora pueden y deben ser una rama de la Instrucción pública. Que le subvencionasen, y él se arrancaría, en cualquier festividad de las gordas, con una función que fuera el asombro del mundo. Vamos, que se comprometía á presentar toda la Historia de España en fuegos artificiales. La forma de los castilletes, ruedas, canastillas, fuentes de luz, morteros, lluvias de estrellas, torbellinos, combinando con esto los colores de las luces, le permitiría expresar todos los episodios de la Historia patria, desde la venida de los godos hasta la ida de los franceses en la guerra de la Independencia... «Créalo usted, señorito Rafael—añadió para concluir:—con la pólvora se puede decir todo lo que se quiera; y para llegar adonde no llega la pólvora, tenemos multitud de sales, compuestos y fulminantes, que son lo mismito que hablar en verso...»

—Oye, Cándido—dijo Rafael bruscamente, y manifestando un interés vivísimo, que contrastaba con su anterior desdén por las maravillas pirotécnicas.—¿Tienes tú dinamita?

—No, señor; pero tengo el fulminante de protóxido de mercurio, que sirve para preparar los garbanzos tronantes y las arañas de luz.

—¿Y explota?

—Horrorosamente, señorito.

—Cándido, por lo que más quieras, hazme un petardo, un petardo que al estallar se lleve por delante..., ¡qué sé yo!, medio mundo... No te asustes de verme así. La impotencia en que vivo me inspira locuras como la que acabo de decirte... Y no creas..., te lo repito, sabiendo que es una locura: yo quiero matar, Cándido (_excitadísimo, levantándose_); quiero matar, porque sólo matando puedo realizar la justicia. Y yo te pregunto: «¿De qué modo puede matar un ciego?» Ni con arma blanca, ni con arma de fuego. Un ciego no sabe donde hiere, y creyendo herir al culpable, fácil es que haga pedazos al inocente... Pero, lo que yo digo, discurriendo, discurriendo, un ciego puede encontrar medios hábiles de hacer justicia. Cándido, Cándido, ten compasión de mí, y dame lo que te pido.

Aterrado le miró Valiente, las manos en la masa, en la negra pólvora, y si antes había sospechado que el señorito no tenía la cabeza buena, ya no dudaba de que su locura era de las de remate. Mas de pronto, una violenta crisis se efectuó en el espíritu del desgraciado joven, y con rápida transición pasó de la ira epiléptica á la honda ternura. Rompió á llorar como un niño; fué á dar contra la pared negra y telarañosa, y apoyó en ella los brazos, escondiendo entre ellos la cabeza. Valiente, confuso y sin saber qué decir, se limpiaba las manos de pólvora, restregándolas una contra otra, y pensaba en sus explosivos, y en la necesidad de ponerlos en lugar completamente seguro.

—No me juzgues mal—le dijo Rafael tras breve rato, limpiándose las lágrimas.—Es que me dan estos arrechuchos..., ira..., furor..., ansia de destrucción; y como no puedo..., como no veo... Pero no hagas caso, no sé lo que digo... Ea, ya me pasó... Ya no mato á nadie. Me resigno á esta obscuridad impotente y tristísima, y á ser un muñeco sin iniciativa, sin voluntad, sintiendo el honor y no pudiendo expresarlo... Guárdate tus bombas, y tus fulminantes, y tus explosivos. Yo no los quiero, yo no puedo usarlos.

Sentóse otra vez, y con lúgubre acento, que algo tenía de entonación profética, acabó de expresar su pensamiento en esta forma:

—Cándido, tú que eres joven y tienes ojos, has de ver cosas estupendas en esta sociedad envilecida por los negocios y el positivismo. Hoy por hoy, lo que sucede, por ser muy extraño, permite vaticinar lo que sucederá. ¿Qué pasa hoy? Que la plebe indigente, envidiosa de los ricos, les amenaza, les aterra, y quiere destruirles con bombas y diabólicos aparatos de muerte. Tras esto vendrá otra cosa, que podrás ver cuando se disipe el humo de estas luchas. En los tiempos que vienen, los aristócratas arruinados, desposeídos de su propiedad por los usureros y traficantes de la clase media, se sentirán impulsados á la venganza...; querrán destruir esa raza egoísta, esos burgueses groseros y viciosos, que después de absorber los bienes de la Iglesia, se han hecho dueños del Estado, monopolizan el poder, la riqueza, y quieren para sus arcas todo el dinero de pobres y ricos, y para sus tálamos las mujeres de la aristocracia... Tú lo has de ver, Cándido; nosotros los señoritos, los que siendo como yo, tengan ojos y vean donde hieren, arrojaremos máquinas explosivas contra toda esa turba de mercachifles soeces, irreligiosos, comidos de vicios, hartos de goces infames. Tú lo has de ver, tú lo has de ver.

En esto entró Donoso; pero la perorata estaba concluída, y el ciego recibió á su amigo con expresiones joviales. En cuatro palabras le enteró D. José de la situación, notificándole las bodas y la enfermedad de Fidela, que inopinadamente había venido á turbar las alegrías nupciales, sumiendo... Á pesar de su práctica oratoria, no supo Donoso concluir la frase, y pronunció el _sumiendo_ tres ó cuatro veces. La idea de exagerar la dolencia, faltando á la verdad, como reiteradamente le había recomendado Cruz, le cohibía.

—Sumiendo...—repitió Rafael.—¿Á quién y en qué?

—En la desesperación...; no tanto: en la tristeza... Figúrate: ¡en día de boda, enferma gravemente!..., ó al menos de mucho cuidado. Á saber si será pulmonía insidiosa, escarlatina, viruelas...

—¿Tiene fiebre?

—Altísima; y aún no se atreve el médico á diagnosticar, hasta no ver la marcha...

—Yo diagnosticaré—dijo el ciego con altanería, y sin mostrar pena por su querida hermana.

—¿Tú?

—Yo. Sí, señor. Mi hermana se muere. Ahí tiene usted el pronóstico, y el diagnóstico, y el tratamiento, y el término fatal... Se muere.

—¡Oh, no es para tanto!...

—Que se muere digo. Lo sé, lo adivino: no puedo equivocarme.

—¡Rafael, por Dios!...

—¡Don José, por la Virgen!... ¡Ah, he aquí la solución, la única racional y lógica! Dios no podía menos de disponerlo así en su infinita sabiduría.

Iba y venía como un demente, presa de agitación insana. No se consolaba D. José de haberle dado la noticia, y procuró atenuarla por todos los medios que su hábil retórica le sugería.

—No, si es inútil que usted trate de desmentir avisos, inspiraciones que vienen de muy alto. ¿Cómo llegan á mí, cómo se me comunica este decreto misterioso de la voluntad divina? Eso yo lo sé. Yo me entiendo. Mi hermana se muere; no lo duden ustedes. ¡Si lo estoy viendo, si tenía que ser así! Lo que debe ser es.

—No siempre, hijo mío.

—Ahora sí.