Part 13
Y se fué arrastrando la pata, echando demonios por su boca entre gruñidos bestiales, babeándose como un perro con moquillo.
—Pobre señor...—murmuró Rafael, volviendo á tomar la postura de catre.—Sus hijas, por lo que dijo, son... ¡Qué abismos nos revela el fondo de la miseria cuando bajamos á él! Si yo me durmiera, ahogaría en mi cerebro ideas que me mortifican. Probaremos. Más duro es esto que mi cama; pero no me importa. Conviene acostumbrarse al sufrimiento... ¡Y vaya usted á saber ahora con qué me desayunaré mañana! Lo que Dios me tenga reservado, café ó chocolate ó mendrugo de pan, él lo sabe, en alguna parte estará... ¿No se desayunan los pájaros? Pues algo ha de haber también para mí...
Quedóse aletargado, y tuvo un sueño breve con imágenes intensísimas. En corto tiempo soñó que se hallaba en el vestíbulo del hotel cercano, tendido en un banco de madera. Vió entrar á su padre con gabán de pieles, accidente de invierno que no le chocaba á pesar de hallarse en pleno verano. Su padre se maravilló de verle en tal sitio, y le dijo que saliese á comprar diez céntimos de avellanas. ¡Cuánto disparate! Aun soñando, discurría que todo aquello no tenía sentido. Después salió el perro danés aullando, con una pata rota y el hocico lleno de sangre. En el momento de abalanzarse en socorro del pobre animal, despertó. En un tris estuvo que se cayera del banco de piedra.
Le dolían los huesos; el frío empezaba á molestarle, y su estómago no parecía conforme con pasar toda la noche al raso sin más sustento que un pedazo de pan. Para sobreponerse al clamor de la naturaleza desfallecida, salió de estampía por el paseo adelante, tropezando con los árboles y besando el santo suelo en dos ó tres tumbos que dió al perder el equilibrio. Pero supo sacar fuerzas de flaqueza, y sostener el cuerpo con los bríos del ánimo. «Vamos, Rafael, no seas niño; á la primera contrariedad ya estás aturdido y sin saber qué camino tomar. Pronto ha de amanecer, y ó mucho me engaño, ó Dios, que vela por mí, ha de depararme un alma caritativa. No siento pasos... Debe de ser la madrugada. ¡Qué soledad! ¿Cómo podría enterarme de que ha salido el sol, ó de que va á salir? ¡Ah!, siento cantar un gallo anunciando el día. Será ilusión tal vez, pero me parece que es el gallo de Bernardina el que canta. Y otra vez, y otra... No, son muchos gallos, todos los gallos de estos contornos, que dicen á su manera: “Basta ya de noche...” Lo que no siento aún es el gracioso piar de los pajarillos. No, no amanece todavía. Más adelante, en otro banco, podré dormir otro poquito, y cuando los pájaros me avisen dejaré las ociosas plumas, digo, la ociosa berroqueña... Adelante y valor. De seguro que ninguna de estas avecillas que ahora duermen inocentes en el ramaje que se extiende sobre mi cabeza, se preocupa ni poco ni mucho de lo que ha de comer cuando despierte. El desayuno, en alguna parte está. Las almas caritativas duermen también ahora, y dormirán la mañanita; pero de fijo no faltará alguna que madrugue.»
Hacia el fin de la Castellana volvió á darse su ración de banco; mas no pudo pegar los ojos, ni siquiera sosegar sus cansados huesos. Dos perros vagabundos se llegaron á él, y le olieron y le hociquearon. Quiso Rafael retenerles con voz cariñosa; pero los dos animales, que debían de estar dotados de gran penetración y agudeza, entendieron que de allí muy poco ó nada sacarían. Después de infringir ambos sosegadamente en el banco del ciego las ordenanzas de la policía urbana, se fueron en busca de aventura más provechosa.
Levantóse Rafael al rayar la aurora, cuya claridad saludaron las avecillas, y restregándose las manos para proveerse de un poco de calor que supliera bien que mal la falta de alimento, echó á andar y desentumeció sus piernas. El valor no le abandonaba; pero iba comprendiendo que la iniciación en el oficio de mendigo tiene sus contras, y que el aprendizaje había de ser para él durísimo. ¡Qué bien le habría venido en aquella hora un poco de café! Pero las almas caritativas no parecieron con la provisión del precioso líquido. Pasos de hombres y brutos oyó en dirección al centro de Madrid: eran trajinantes, mercaderes de hortalizas y huevos, que llevaban frutas á la plaza. Sintió el ruido de cántaros de leche que chocan con el movimiento de la caballería que los conduce. ¡De buena gana se habría él tomado un vasito de leche! ¿Pero á quién, ¡Santo Dios!, se lo había de pedir? Gentes de pueblo pasaron al lado suyo sin hacerle caso. De fijo que si él se lanzara á pordiosero, alguien le daría. «Pero el mérito grande de las almas caritativas—pensó—será que me socorran sin que yo pase por la vergüenza de pedirlo.» Por desgracia suya, en aquel tímido ensayo de mendicidad, las almas compasivas se abstenían de socorrer á un necesitado que no empezaba por marear al transeunte con enfadosos reclamos de limosna. Largo trecho anduvo desorientado sin saber adonde iba, y al fin el cansancio y el hambre determinaron en su espíritu el propósito de pedir albergue á Bernardina; pero al hacer esta concesión á la dura necesidad, quería engañarse y dar satisfacciones á su entereza, diciéndose: «No, si no haré más que tomar un bocadillo y seguir luego. Á la calle otra vez, al camino.»
No le fué tan fácil encontrar el rumbo. Pero si sentía cortedad para implorar limosna, no la sentía para pedir informes topográficos. «¿Voy bien por aquí á Cuatro Caminos?» Esta pregunta, sin número de veces repetida y contestada, fué la brújula que le señaló la derrota por campos, carreteras y solares baldíos, hasta que dió con sus cansados huesos en el corralón de los Valientes.
XIII
Vióle Bernardina antes de que traspasara el hueco del portalón, y salió á recibirle con demostraciones de vivo contento, mirándole como un aparecido, como un resucitado. «Dame café—le dijo el ciego con trémula voz.—Siento... nada más que un poquito de debilidad.» Llevóle adentro la fiel criada, y con rara discreción se abstuvo de decirle que la señorita Cruz había estado tres veces durante la noche buscándole, muerta de ansiedad. Mucha prisa corría comunicar el hallazgo á las angustiadas señoras; pero no urgía menos dar al fugitivo el desayuno que con tanta premura pedían la palidez de su rostro y el temblor de sus manos. Con toda la presteza del mundo preparó Bernardina el café, y cuando el ciego ávidamente lo tomaba, dió instrucciones á Cándido para que le retuviese allí, mientras ella iba á dar parte á las señoras, que sin duda le creían muerto. Lo peor del caso era que Hipólito Valiente, el héroe de África, estaba aquel día de servicio. «Ya que no tenemos aquí al viejo, que sabe embobarle con historias de batallas—dijo Bernardina á su marido,—entretenle tú como puedas. Cuéntale lo que se te ocurra; inventa mentiras muy gordas. No seas bruto... En fin, lo que importa es que no se nos escabulla. Como quiera salir, le sujetas, aunque para ello tengas que amarrarle por una pata.»
Rafael no mostró después del desayuno deseos de nuevas correrías. Estaba tan decaído de espíritu y tan alelado de cerebro, que sin esfuerzo alguno le pudo llevar Cándido al taller de polvorista donde trabajaba. Hízole sentar en un madero, y siguió el hombre en su faena de amasar pólvora y meterla en los cilindros de cartón que forman el cohete. Su charla continua, á ratos chispeante y ruidosa como las piezas de fuego que fabricaba, no sacó á Rafael de su sombría taciturnidad. Allí se estuvo con quietud expectante de esfinge, los codos en las rodillas, los puños convertidos en sostén de las quijadas, que parecían adheridas á ellos por capricho de Naturaleza. Y oyendo aquel rum rum de la palabra de Valiente, que era un elogio tan enfático como erudito del arte pirotécnico, y sin enterarse de nada, pues la voz del polvorista entraba en su oído pero no en su entendimiento, se iba engolfando en meditaciones hondísimas, de las cuales le sacó súbitamente la entrada de su hermana Cruz y de D. José Donoso. Oyó la voz de la dama en el corralón. «¿Pero dónde está?» Y cuando la sintió cerca, no hizo movimiento alguno para recibirla.
Cruz, cuyo superior talento se manifestaba señaladamente en las ocasiones críticas, comprendió al punto que sería inconveniente mostrar un rigor excesivo con el prófugo. Le abrazó y besó con cariño, y D. José Donoso le dió palmetazos de amistad en los hombros, diciéndole: «Bien, bien, Rafaelito. Ya decía yo que no te habías de perder..., que ello ha sido un bromazo... Tus pobres hermanas muertas de ansiedad... Pero yo las tranquilizaba, seguro de que parecerías.»
—¿Sabes que son tus bromas pesaditas?—dijo Cruz sentándose á su lado.—¡Vaya que tenernos toda la noche en aquella angustia! Pero en fin, la alegría de encontrarte compensa nuestro afán, y de todo corazón te perdono la calaverada... Ya sé que Bernardina te ha dado el desayuno. Pero tendrás sueño, pobrecillo. ¿Dormirías un rato en tu camita?
—No necesito cama—declaró Rafael con sequedad.—Ya sé lo que son lechos duros, y me acomodo perfectamente en ellos.
Habían resuelto Donoso y Cruz no contrariarle, afectando ceder á cuanto manifestara, sin perjuicio de reducirle luego con maña.
—Bueno, bueno—manifestó Cruz;—para que veas que quiero todo lo que tú quieras, no contradigo esas nuevas opiniones tuyas sobre la dureza de las camas. ¿Es tu gusto? Corriente. ¿Para qué estoy yo en el mundo más que para complacerte en todo?
—Justo—dijo D. José revistiendo su oficiosidad de formas afectuosas.—Para eso estamos todos. Y ahora, lo primero que tenemos que preguntar al fugitivo, es si quiere volver á casa en coche ó á pie.
—¡Yo... á casa!—exclamó Rafael con viveza, como si oído hubiera la proposición más absurda del mundo.
Silencio en el grupo. Donoso y Cruz se miraron, y en el mirar solo se dijeron: «No hay que insistir. Sería peor.»
—¿Pero en dónde estarás como en tu casa, hijo mío?—dijo la hermana mayor.—Considera que no podemos separarnos de ti, yo al menos. Si se te antoja vagabundear por los caminos, yo también.
—Tú no... Déjame... Yo me entiendo solo.
—Nada, nada—expuso Donoso.—Si Rafael, por razones, ó caprichos, ó genialidades que no discuto ahora, no, señor, no las discuto; si Rafael, repito, no quiere volver á su casa, yo le ofrezco la mía.
—Gracias, muchas gracias, Sr. D. José—replicó desconcertado el ciego.—Agradezco su hospitalidad; pero no la acepto... Huésped molestísimo sería...
—Oh, no.
—Y créanme á mí... En ninguna parte estaré tan bien como aquí.
—¡Aquí!
Volvieron á mirarse Donoso y Cruz, y á un tiempo expresaron los ojos de ambos la misma idea. En efecto, aquel deseo de permanecer en casa de Bernardina era una solución que por el momento ponía fin á la dificultad surgida; solución provisional que daba espacio y tiempo para pensar descansadamente en la definitiva.
—¡Vaya, qué cosas tienes!—dijo Cruz disimulando su contento.—¡Pero hijo, aquí!... En fin, para que veas cuánto te queremos, transijo. Yo sé transigir; tú no, y á todos nos haces desgraciados.
—Transigiendo se llega á todas partes—declaró D. José, dando mucha importancia á su sentencia.
—Bernardina tiene un cuarto que se te puede arreglar. Te traeremos tu cama. Fidela y yo turnaremos para acompañarte... Ea, ya ves cómo no soy terca, y me doblego, y... Conviene, en esta vida erizada de dificultades, no encastillarnos en nuestras propias ideas, y tener siempre en cuenta las de los demás, pues eso de creer que el mundo se ha hecho para nosotros solos, es gran locura... Yo, ¡qué quieres!, he comprendido que no debo contrariarte en ese anhelo tuyo de vivir separado de nosotras... Descuida, hijo, que todo se arreglará... No te apures. Vivirás aquí, y vivirás como un príncipe.
—No es preciso que me traigan mi cama—indicó Rafael, entrando ya en familiar y cariñoso coloquio con su hermana mayor.—¿No tendrá Bernardina un catre de tijera? Pues me basta.
—Quita, quita... Ahora sales con querer pintarla de ermitaño. ¿Á qué vienen esas penitencias?
—Si nada cuesta traer la camita—apuntó don José.
—Como quieran—manifestó el ciego, que parecía dichoso.—Aquí me pasaré los días dando vueltas por el corralón, conversando con el gallo y las gallinas; y á ratos vendré á que Cándido me enseñe el arte de polvorista... No vayan á creer ustedes que es cualquier cosa ese arte. Aprenderé, y aunque no haga nada con las manos, bien puedo sugerirle ideas mil para combinar efectos de luz, y armar los ramilletes y los castillos y todas esas hermosas fábricas de chispas que tanto divierten al respetable público.
—Bueno, bueno, bueno—clamaron á una Donoso y Cruz, satisfechos de verle en tan venturosa disposición de ánimo.
Brevemente conferenciaron la dama y el fiel amigo de la casa, sin que Rafael se enterase. Ello debió de ser algo referente á la traída de la cama y otros objetos de uso doméstico. Despidióse Donoso abrazando al joven ciego, y éste volvió á caer en su murria, presumiendo que su hermana, al hallarse sola con él, le hablaría del asunto que causaba las horribles desazones de todos.
—Vámonos á la casa—dijo Cruz, cogiendo del brazo á su hermano.—Tengo miedo de estar aquí, señor Valiente... No es desprecio de su taller; es... que no sé como hay quien tenga tranquilidad en medio de estas enormes cantidades de pólvora. Supóngase usted que por artes del enemigo cae una chispa...
—No, señorita, no es posible...
—Cállese usted. Sólo de pensarlo parece que me siento convertida en pavesas. Vamos, vámonos de aquí. Antes, si te parece, daremos un paseíto por el corralón. Está un día precioso. Ven, iremos por la sombra.
Lo que el señorito del Águila recelaba era cierto. La primogénita tenía que tratar con él algo muy importante, reciente inspiración sin duda, y último arbitrio ideado por su grande ingenio. ¿Qué sería?
—¿Qué será?—pensó el ciego temblando, pues todo su tesón no bastaba para hacer frente á la terrible dialéctica de su hermana. Principió ésta por encarecer las horrendas amarguras que ella y Fidela habían pasado en los últimos días, por causa de la oposición de su querido hermano al proyecto de matrimonio con D. Francisco.
—Renunciad á eso—dijo prontamente Rafael,—y se acabaron las amarguras.
—Tal fué nuestra idea..., renunciar, decirle al buen D. Francisco que se fuera con la música á otra parte y que nos dejase en paz. Preferimos la miseria con tranquilidad á la angustiosa vida que ha de traernos el desacuerdo con nuestro hermano querido. Yo dije á Fidela: «Ya ves que Rafael no cede. Cedamos nosotras antes que hacernos responsables de su desesperación. ¡Quién sabe! Cieguecito, puede que vea más que nosotras. Su resistencia, ¿será aviso del cielo anunciándonos que Torquemada, con _el materialismo_ (como él dice) del buen vivir, nos va á traer una infelicidad mayor que la presente?»
—¿Y qué dijo Fidela?
—Nada: que ella no tiene voluntad; que si yo quería romper, por ella no quedara.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pues nada, por el pronto. Consulté con don José. Esto fué la semana pasada. Á ti nada te dije, porque como estás tan puntilloso, no quise excitarte inútilmente. Parecióme mejor no hablar contigo de este asunto hasta que no se resolviera en una ó en otra forma.
—¿Y Donoso qué opinó?
—¿Donoso...? ¡Ah...!
XIV
—¡Cuando yo te digo que Donoso es un ángel bajado del cielo! ¡Qué hombre, qué santo!—prosiguió la dama, sentándose con Rafael en un madero que en el mejor sitio del corralón había.—Verás: la opinión de nuestro fiel amigo fué que debíamos sacrificar el enlace con Torquemada, por conservar la paz en la familia... Así lo acordamos. Pero ya habían tramado entre él y D. Francisco algo que éste llevó prontamente de la idea á la práctica, y cuando D. José acudió á proponerle la suspensión definitiva de las negociaciones matrimoniales, ya era tarde.
—¿Pues qué ocurría?
—Torquemada había hecho algo que nos cogía á todos como en una trampa. Imposible escaparnos ya, imposible salir de su poder. Estamos cogidos, hermanito; nada podemos ya contra él.
—¿Pero qué ha hecho ese infame?—gritó Rafael fuera de sí, levantándose y esgrimiendo el bastón.
—Sosiégate—replicó la dama, obligándole á sentarse.—¡Lo que ha hecho! Pero qué, ¿crees que es malo? Al contrario, hijo mío: por bueno, por excesivamente bueno, el acto suyo es..., no sé cómo decírtelo, es como una soga que nos echa al cuello, incapacitándonos ya para tener voluntad que no sea la voluntad suya.
—¿Pero qué es? Sépalo yo—dijo el ciego con febril impaciencia.—Juzgaré por mí mismo ese acto, y si resulta como dices... No, tú estás alucinada y quieres alucinarme á mí. No me fío de tus entusiasmos. ¿Qué ha hecho ese majagranzas que pudiera inducirme á no despreciarle como le desprecio?
—Verás... Ten calma. Tan bien sabes tú como yo que nuestras fincas del _Salto_ y la _Alberquilla_, en la sierra de Córdoba, fueron embargadas judicialmente. No pudo rematarlas el sindicato de acreedores, porque estaban afectas á una fianza que al Estado tuvo que dar papá. El dichoso Estado, mientras no se aclarase su derecho á constituirse en dueño de ellas (y ese es uno de los pleitos que sostenemos), no podía privarnos de nuestra propiedad, pero sí del usufructo... Embargadas las fincas, el juez las dió en administración á...
—Á Pepe Romero—apuntó el ciego vivamente, quitándole la palabra de la boca,—el marido de nuestra prima Pilar...
—Que reside en ellas, dándose vida de princesa. ¡Ah, qué mujer! Sin duda por haber recibido de papá tantos beneficios, ella y el rufián de su marido nos odian. ¿Qué les hemos hecho?
—Les hemos hecho ricos. ¿Te parece poco?
—Y no han sido para auxiliarnos en nuestra miseria. La crueldad, el cinismo, la ingratitud de esa gente son lo que más ha contribuído á quitarme la fe en todas las cosas, lo que me induce á creer que la humanidad es un inmenso rebaño de fieras. ¡Ay!, en esta vida de sufrimientos inauditos, pienso que Dios me permite odiar. El rencor, que en casos comunes es un pecado, en el caso mío no lo es, no puede serlo... La venganza, ruin sentimiento en circunstancias normales, ahora... me resulta casi una virtud... Esa mujer que lleva nuestro nombre y nos ha ultrajado en nuestra desgracia, ese Romerillo indecente que se ha enriquecido con negocios sucios más propios de chalanes que de caballeros, viven sobre nuestra propiedad, disfrutan de ella. Han intrigado en Madrid para que el Consejo sentenciase en contra de la testamentaría del Águila, porque su anhelo es que sean subastadas las fincas...
—Para rematarlas y quedarse con ellas.
—¡Ah!..., pero les ha salido mal la cuenta á ese par de traficantes, de raza de gitanos sin duda... Créelo porque yo te lo digo... Pilar es peor que él: es uno de esos monstruos que causan espanto y hacen creer que la hembra de Satanás anda por estos mundos...
—Pero vamos al caso. ¿Qué...?
—Verás. Ahora puedo decir que ha llegado la hora de la justicia. No puedes figurarte la alegría que me llena el alma. Dios me permite ser rencorosa, y lo que es peor, vengativa. ¡Qué placer, qué inefable dicha, hermano mío! ¡Pisotear á esa canalla..., echarles de nuestra casa y de nuestras tierras, sin consideración alguna, como á perros, como á villanos salteadores...! ¡Ay, Rafael, tú no entiendes estas pequeñeces; eres demasiado angelical para comprenderlas! La venganza sañuda es un sentimiento que rara vez encuentras hoy fuera de las clases bajas de la sociedad... Pues en mí rebulle, ¡y de qué modo! Verdad que también es un sentimiento feudal, y en nosotros, de sangre noble, revive ese sentimiento, que viene á ser la justicia, la justicia brutal, como en aquellos tiempos podía ser, como en los nuestros también debe serlo, por insuficiencia de las leyes.
Púsose en pie la noble dama, y en verdad que era una figura hermosa y trágica. Hirió el suelo con su pie dos ó tres veces, aplastando en figuración á sus enemigos; ¡y por Dios que si hubieran estado allí no les dejara hueso sano!
—Ya, ya entiendo—dijo Rafael asustado.—No necesito más explicaciones. Esperas rescatar el _Salto_ y la _Alberquilla_. Donoso y Torquemada han convenido hacerlo así, para que puedas confundir á los Romeros... Ya, ya lo veo todo bien claro: el D. Francisco rescatará las fincas, poniendo en manos de la Hacienda una cantidad igual á la fianza... Pues, por lo que recuerdo, tiene que ir aprontando millón y medio de reales..., si es que en efecto se propone...
—No se propone hacerlo—dijo Cruz radiante.—Lo ha hecho ya.
—¡Ya!
La estupefacción paralizó á Rafael por breve rato, privándole del uso de la palabra.
—Ahora tú me dirás si después de esto, es digno y decente en nosotros plantarnos delante de ese señor y decirle: Pues... de aquello no hay nada.
Pausa que duró... sabe Dios cuánto.
—¿Pero en qué forma se ha hecho la liberación de las fincas?—preguntó al fin el ciego.—Falta ese detalle... Si quedan á su nombre, no veo...
—No; las fincas son nuestras... El depósito está hecho á nuestro nombre. Ahora dime si es posible que...
Después de accionar un rato en silencio, Rafael se levantó súbitamente, dió algunos pasos agitando el bastón, y dijo: «Eso no es verdad.»
—¡Que yo te engaño!
—Repito que eso no puede ser como tú lo cuentas.
—¡Que yo miento!
—No, no digo que mientas. Pero sabes, como nadie, desfigurar las cosas, dorarlas cuando son muy feas, confitarlas cuando son amargas.
—He dicho la verdad. Créela ó no. Y ahora te pregunto: «¿Podemos poner en la calle á ese hombre? ¿Tu dignidad, tus ideas sobre el honor de la familia me aconsejan que le despida...?»
—No sé, no sé—murmuró el ciego, girando sobre sí y haciendo molinete con los dos brazos por encima de la cabeza.—Yo me vuelvo loco... Vete; déjame. Haced lo que queráis...
—¿Reconoces que no podemos retirar nuestra palabra ni renunciar al casamiento?
—Lo reconozco, siempre que sea verdad lo que me has dicho. Pero no lo es; no puede serlo. El corazón me dice que me engañas..., con buena intención sin duda. ¡Ah!, tienes tú mucho talento..., más que yo, más que toda la familia... Hay que sucumbir ante ti y dejarte hacer lo que quieras.
—¿Vendrás á casa?—dijo Cruz balbuciente, porque el gozo triunfal que inundaba su alma le entorpecía la voz.
—Eso no... Déjame aquí. Vete tú. Estoy bien en este corral de gallinas, donde me podré pasear, sin que nadie me lleve del brazo, á todas las horas del día.
Cruz no quiso insistir por el momento. Había obtenido la victoria con su admirable táctica. No le argüía la conciencia por haber mentido, pues Rafael era una criatura, y había que adormecerle, como á los niños llorones, con historias bonitas. El cuento infantil empleado hábilmente por la dama no era verdad sino á medias, porque al pactar Donoso y Torquemada el rescate de las fincas de la sierra de Córdoba, establecieron que esto debía verificarse después del casamiento. Pero Cruz, en su afán de llegar pronto al _objetivo_, como diría el novio, no sintió escrúpulos de conciencia por alterar la fecha del suceso feliz, tratándose de emplearlo como argumento con que vencer la tenacidad de su hermano. ¡Decir que Torquemada había hecho ya lo que según formal convenio haría después! ¿Qué importaba esta leve alteración del orden de los acontecimientos, si con ello conseguía eliminar el horrible estorbo que impedía la salvación de la familia?
Volvió Donoso con la noticia de haber dictado las disposiciones convenientes para el traslado de la cama y demás ajuar de la alcoba del ciego. Después que charlaron los tres un rato de cosas extrañas al grave asunto que á todos les inquietaba, Cruz espió un momento en que Rafael se enredó en discusiones con Valiente sobre la pirotecnia, y llevando á su amigo detrás del más grande montón de basura y paja que en el corralón había, le echó esta rociada: