Torquemada en la cruz

Part 12

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Lo que agradecían las dos damas la complacencia del _chiquillo de abajo_, y lo que admiraban su habilidad, no hay para qué decirlo, pues Rafael era dichoso con tal compañía, y no la cambiara por la de todos los sabios del mundo. Cruz solía asomar sonriente á la puerta del cuarto para ver la cara radiante de su hermano, mientras el otro, colorado como un pavo, dirigía la orquesta, dando la entrada á los trombones ó atacando el sobreagudo de los violines. Volvía la dama á la tertulia, diciendo: «Están ahora en el cuarto acto de _Los Hugonotes_.» Y poco después: «Ya, ya concluye... Se marcha la Reina, porque oigo la marcha real.»

Enterado D. Francisco por Donoso de la irreductible oposición de Rafael, no le daba importancia; tan ensoberbecido estaba el pobre hombre con su próximo enlace y con la conciencia de su exaltación á un estado social superior. «¿Conque ese mequetrefe—decía—no quiere aceptarme por hermano político? _Cúmpleme declarar_ que me importa un rábano su oposición, y que tengo cuajo para pasármele á él con todo su orgullo por las narices. Agradezca á Dios que es ciego y no ve, que si tuviera ojos, ya le enseñaría yo á mirar derecho y ver quién es quién. Sus pergaminos de _puñales_ me sirven á mí para limpiarme el moco...; que si yo quiero, ¡cuidado!, pergaminos tendré mejores que los suyos, y con más requilorios de nobleza de _ñales_, que me hagan descender de la Biblia pastelera y de la estrella de los Reyes Magos.»

Pasaron días; arreciaba el calor; y como Torquemada quería llegar lo más pronto posible al _nuevo orden de cosas_, fijóse la fecha de la boda para el 4 de Agosto. La familia se trasladaría á la calle de Silva, para lo cual se completó el mueblaje con un comedor de nogal, elegantísimo, escogido por Donoso; y todo habría marchado sobre carriles, si no inquietara á las señoras y al propio D. Francisco la actitud de Rafael, petrificado en su intransigencia. No había que pensar en llevarle á la casa matrimonial, á menos que el tiempo suavizase tanto rigor. Si Donoso y Fidela confiaban en la acción del tiempo y en la imposición de los hechos consumados, Cruz no tenía tal confianza. Discutían sin cesar los tres el difícil problema, no hallándole solución adecuada, hasta que por fin D. José propuso una especie de _modus vivendi_, que no pareció mal á sus amigas; esto es, que si Rafael se obstinaba en no vivir bajo el mismo techo que el usurero, él le llevaría á su casa, donde le tendría como á hijo, pudiendo sus hermanas verle siempre que quisieran. Triste pareció la solución, pero admitida fué por ser la menos mala.

Una noche de Julio, Rafael y su amigo platicaban de pintura moderna. Díjole Melchorito que tenía una crítica muy salada y chispeante de los cuadros de la última Exposición; mostró el ciego deseos de que su amigo se la leyera; corrió el otro en busca del folleto; quedóse solo el joven del Águila.

No notaron las hermanas la salida del _chiquillo de abajo_, pues como aquella noche no había música, el silencio no les llamó la atención. Con todo, al cabo de un rato, el silencio fué demasiado profundo para no ser advertido. Corrió Cruz al cuartito. Rafael no estaba. Gritó. Acudieron los demás; buscáronle por toda la casa, y el ciego sin parecer. La idea de que se hubiese arrojado por la ventana al patio ó por algún balcón á la calle, les alarmó un momento. Pero no; no podía ser. Todos los huecos cerrados. Donoso fué el primero que descubrió que la puerta de la escalera estaba abierta. Pensaron que Rafael y su amigo habían bajado á la tienda. Pero en aquel instante subía Melchorito, el cual se maravilló de lo que ocurría.

Bajaron las dos hermanas más muertas que vivas, y tras ellas los dos amigos de la casa. En la plazuela, un guardia les dijo que el señorito ciego había atravesado solo por el jardinillo, dirigiéndose á la calle de las Infantas ó á la del Clavel. Preguntaron á cuantas personas vieron; pero nadie daba razón.

Consternadas, resolvieron ir en su busca. ¿Pero adónde?... No había que perder tiempo. Fidela con Donoso iría por un lado. Cruz con Torquemada por otro... ¿Habría tomado el fugitivo la dirección de Cuatro Caminos? Esta era la opinión más admisible. Pero bien podría haberse dirigido á otra parte. Melchorito y su padre recorrieron presurosos las calles próximas. Nada; no parecía.

—¡Á casa de Bernardina!—dijo Cruz, que conservaba la serenidad en medio de tanta desolación y aturdimiento. Y al punto, como general en jefe indiscutible, empezó á dictar órdenes: «Usted, D. Francisco, no nos sirve para nada en este caso. Retírese: le informaremos de lo que ocurra. Tú, Fidela, súbete á casa. Yo me arreglaré sola. D. José y yo por un lado, Melchor padre é hijo por otro, le buscaremos, y por fuerza le hemos de encontrar... ¡Qué locura de chico! Pero conmigo no juega... Si él es terco, yo más. ¡Él á perderse y yo á encontrarle, veremos quién gana..., veremos!»

XI

En cuanto se vió solo Rafael determinó poner en ejecución el plan que hacía dos semanas embargaba su mente, y para el cual se había preparado con premeditaciones de criminal callado y reflexivo. Desde que ideó la evasión todas las noches llevaba furtivamente al cuarto su bastón y su sombrero, y se metía en el bolsillo un pedazo de pan, que afanaba con mil precauciones en la comida. Aguardando una ocasión favorable pasaron noches y noches, hasta que al fin la salida de Melchorito en busca del folleto de crítica le vino que ni de encargo, porque para mayor felicidad, el pintor y músico, siempre que por breve tiempo bajaba, solía dejar abierta la puerta, á fin de no molestar á las señoras cuando volvía.

No bien calculó que había transcurrido el tiempo necesario para no encontrar á Melchor en la escalera, deslizóse con pie de gato, y tanteando las paredes se escurrió fuera sin que sus hermanas le sintiesen. Bajó todo lo aprisa que podía, y tuvo la suerte de que nadie en el portal le viera salir. Conociendo perfectamente las calles, sin ayuda de lazarillo andaba por ellas, con la sola precaución de dar palos en el suelo para prevenir á los transeuntes del paso de un hombre sin vista. Atravesó el jardín, y ganando la calle de las Infantas, que le pareció la vía más apropiada para la fuga, pegado á la fila de casas de los impares, avanzó resueltamente. Para prevenirse contra la persecución, que inevitable sería en cuanto notaran su ausencia, creyó prudente meterse por las calles transversales, tomando un camino de zig-zag. «Por aquí no es creíble que vengan á buscarme—decía;—irán por las calles de San Marcos y Hortaleza, creyendo que voy hacia Cuatro Caminos. Y mientras ellas se vuelven locas buscándome por allá, yo me escurro bonitamente por estos barrios, y luego me bajaré á Recoletos y la Castellana.»

¡Oh, qué sensación tan placentera la de la libertad!... Dulce era ciertamente la tiranía de sus hermanas siempre que la ejercieran solas. Con la salvaje y grotesca alimaña que introducido habían en la casa, ésta resultaba calabozo, y á la más suave de las esclavitudes era preferible la más desamparada y triste de las libertades.

Avanzaba resueltamente, castigando la acera con su palo, no sin recibir alguno que otro golpe, por la impaciencia que le espoleaba y la falta de costumbre, pues era la primera vez que andaba solo por calles y plazuelas. El paso de una acera á otra colmaba la dificultad de su tránsito. Atento al ruido de coches, en cuanto dejaba de sentirlo lanzábase al arroyo, sin solicitar el auxilio de los transeuntes. Á esto no habría recurrido sino en un caso extremo, porque consideraba humillante apoyarse en personas extrañas, mientras tuviera manos con que palpar y bastón con que abrirse paso al través de las tinieblas.

Al llegar á Recoletos saboreó la frescura del ambiente que de los árboles surgía, y su gozo aumentó con la grata idea de independencia en aquellas anchuras, pudiendo tomar la dirección más de su gusto, sin que nadie le marcase el camino ni le mandara detenerse. Tras corta vacilación dirigióse á la Castellana por el andén de la derecha, para lo cual tuvo que orientarse cuidadosamente, buscando con cautela de náutico la derrota más segura para atravesar la plaza de Colón. Su oído sutil le anunciaba los coches lejanos, y sabía aprovecharse del momento propicio para pasar sin tropiezo. Avanzó por el andén, respirando con delicia el aire tibio, impregnado de emanaciones vegetales, con ligero olor de tierra humedecida por el riego. Y más que nada le embelesaba la dulcísima libertad, aquel andar _de por sí_ sin agarrarse al brazo de otra persona, la certidumbre de no parar hasta que su voluntad lo determinase, y de estarse así toda la noche, bañando su alma y su cuerpo en la intemperie, sin sentir sobre su cabeza otro techo que el santo cielo, en el cual con los ojos del alma veía sin fin de estrellas que le contemplaban con cariño y le alentaban en su placentera vagancia. Antes que vivir con Torquemada, resignaríase el pobre ciego á todos los inconvenientes de la vida vagabunda, sin más amigo que la soledad, un banco por lecho y el firmamento por techumbre. Antes que aceptar á la bestia zafia y villana, aceptaría el sustentarse de limosna. ¡La limosna! Ni la idea ni la palabra le asustaban ya. La pobreza á ningún ser envilecía; solicitar la caridad pública, no teniendo otro recurso, era tan noble como ejercerla. El mendigo de buena fe, el infeliz que pedía para no morirse de hambre, era el hijo predilecto de Jesucristo, pobre en este mundo, rico de inmortales riquezas en el otro... Pensando en esto, concluyó por _sentar el principio_, como diría la bestia, de que, para su honrada profesión de ciego mendicante, le vendría bien un perro. ¡Ay, cómo le gustaban los perros! Daría en aquel momento un dedo de la mano por tener un fiel amigo á quien acariciar, y que le acompañase calladito y vigilante. Consideró luego que para solicitar eficazmente la limosna, le convendría tocar algo; es decir, poseer alguna habilidad musical. Recordó con pena que el único instrumento que manejaba era el acordeón; pero sin pasar de las cuatro notas de _la donna è mobile_, y aun este pasajillo no sabía concluirlo... En fin, que para desgarrar los oídos del transeunte, valía más no tocar nada.

Sentóse en un banco, dejando pasar el tiempo en dulce meditación, durante la cual sus hermanas se le representaron en término muy remoto, alejándose más cada vez y borrándose en el espacio. Ó se habían muerto Cruz y Fidela, ó se habían ido á vivir á otro mundo que no se podía ver desde este. Y en tanto, no había formado plan ninguno para pasar la noche. Tan sólo pensó vagamente que cuando le rindiera el sueño iría á pedir hospitalidad al polvorista. Pero no, no...; mejor era dormir al raso, sin solicitar favores de nadie, ni perder por la gratitud aquella santa independencia que le hacía dueño del mundo, de la tierra y del cielo.

De pronto le asaltó una idea, que le hizo estremecer. Husmeaba el aire como un sabueso que busca el rastro de personas ó lugares. «Sí, sí; no me queda duda—se dijo.—Sin proponérmelo, sin pensar en ello, he venido á sentarme frente á mi casa, frente al hotel que fué de mis padres... Paréceme que no me equivoco. El trecho recorrido desde la plaza de Colón es la distancia exacta. Conservo el sentido de la distancia, y además, no sé qué instinto, ó más bien doble vista, me dice que estoy aquí, frente al palacio donde vivimos en los tiempos de felicidad, breves si los comparo con nuestra insoportable miseria.» Trémulo de emoción quiso cerciorarse por el tacto, y avanzó, traspasando con cautela el seto, hasta llegar á una verja, que hubo de reconocer cuidadosamente. Se le anudó la voz en la garganta al adquirir la certidumbre que buscaba. «Estos son, estos—se dijo,—los hierros de la verja... La estoy viendo, pintada de verde obscuro, con las lanzas doradas... La conozco como conocería mis propias manos. ¡Oh tiempos! ¡Oh lenguaje mudo de las cosas queridas!... No sé qué siento, la resurrección dentro de mí de un pasado hermoso y triste, ahora más triste por ser pasado... Dios mío, ¿me has traído á este lugar para confortarme ó para hundirme más en el abismo negro de mi miseria?»

Limpiándose las lágrimas volvió al banco, y humillada la frente sobre las manos, suscitó en su mente con vigor de ciego la visión del pasado. «Ahora viven aquí—se dijo exhalando un gran suspiro—los marqueses de Mejorada del Campo. Se me figura que poco ha cambiado el hotel y el jardín. ¡Qué hermosos eran antes!» Sintió que se abría la verja para dar paso á un coche.

«De seguro van ahora al Teatro Real. Mi mamá iba siempre á esta hora, tardecito, y llegaba al acto tercero. Jamás oía los dos primeros actos de las óperas. Estábamos abonados á la platea número 7. Paréceme que veo la platea, y á mi mamá y á Cruz, y á las primas de Rebolledo, y que estoy yo en la butaca número 2 de la fila octava. Sí, yo soy, yo, yo, aquel que allí veo, con mi buena figura de hace ocho años...; y ahora vengo al palco de mi madre, y la riño por no haber ido antes... No sé por qué me suben á la boca, al recordarlo, dejos de aburrimiento. ¿Era yo feliz entonces? Voy creyendo que no.»

Pausa. «Desde donde estoy vería yo, si no fuera ciego, la ventana del cuarto de mi madre... Paréceme que entro en él. ¡Qué se haría de aquellos tapices de Gobelinos, de aquella rica cerámica _viejo Viena_ y _viejo Sajonia_! Todo se lo tragó el huracán. Arruinados, pero con honra. Mi madre no transigía con ninguna clase de ignominia. Por eso murió. Ojalá me hubiera muerto yo también, para no asistir á la degradación de mis pobres hermanas. ¿Por qué no se murieron ellas entonces? Dios quiso sin duda someterlas á todas las pruebas, y en la última, en la más terrible, no han sabido sobreponerse á la flaqueza humana, y han sucumbido. Se rinden ahora, después de haber luchado tanto; y aquí tenemos al diablo vencedor, con permiso de la Divina Majestad, que es quien á mí me inspira esta resolución de no rendirme, prefiriendo al envilecimiento la soledad, la vagancia, la mendicidad... Mi madre está conmigo. Mi padre también..., aunque no sé, no sé si en el caso presente, hallándose vivo, se habría dejado tentar de... Mucha influencia tenía sobre él Donoso, el amigo leal antes, y ahora el corruptor de la familia. Contaminóse mi padre del mal de la época, de la fiebre de los negocios, y no contento con su cuantioso patrimonio, aspiró á ganar colosales riquezas, como otros muchos... Comprometido en empresas peligrosas, su fortuna tan pronto crecía como mermaba. Ejemplos que nunca debió seguir le perdieron. Su hermano y mi tío había reunido un capitalazo comprando bienes nacionales. La maldición recayó sobre los que profanaban la propiedad de la Iglesia, y en la maldición fué arrastrado mi padre... Á mamá, bien lo recuerdo, le eran horriblemente antipáticos los negocios, aquel fundar y deshacer sociedades de crédito como castillos de naipes, aquel vértigo de la Bolsa, y entre mi padre y ella el desacuerdo saltaba á la vista. Los Torre-Auñón aborrecieron siempre el compra y vende y los agios obscuros. Al fin los hechos dieron razón á mi madre, tan inteligente como piadosa; sabía que la ambición de riquezas, aspirando á poseerlas fabulosas, es la mayor ofensa que se puede hacer al Dios que nos ha dado lo que necesitamos y un poquito más. Tarde conoció mi padre su error, y la conciencia de él le costó la vida. La muerte les igualó á todos, dejándonos á los vivos el convencimiento de que sólo es verdad la pobreza, el no tener nada... Desde aquí no veo más que humo, vanidad, y el polvo miserable en que han venido á parar tantas grandezas, mi madre en el cielo, mi padre en el purgatorio, mis hermanas en el mundo, desmintiendo con su conducta lo que fuimos, yo echándome solo y desamparado en brazos de Dios para que haga de mí lo que más me convenga.»

XII

Pausa. «¡Qué hermoso era el jardín de mi casa!..., y lo será todavía, aunque oí que le han quitado una tercera parte para construir casas de vecindad. ¡Qué hermoso era el jardín, y qué horas tan gratas he pasado en él!... Paréceme que entro en el hotel y subo por la escalera de mármol. Allí las soberbias armaduras que poseía mi padre, adquiridas de la casa de San Quintín, parientes de los Torre-Auñón. En el despacho de mi padre están Donoso, D. Manuel Pez, el general Carrasco, que delira por los negocios, y envainando para siempre su espada se dedica á hilvanar ferrocarriles; el exministro García de Paredes; Torres, el agente de Bolsa, y otros puntos... Allí no se habla más que de combinaciones financieras que no entiendo... Me aburro, se ríen de mí; me llaman _don Galaor_... Insultan en mí á la diplomacia, que el general llama, remedando á Bismarck, _vida de trufas y condecoraciones_... Me largo de allí. Paréceme que veo el despacho con su chimenea monumental, y en ella un bronce magnífico, reproducción del Colleone de Venecia. En los _stores_, bordados los escudos de Torre-Auñón y del Águila. La alfombra, de lo más rico de Santa Bárbara, es profanada por los salivazos del agente de Bolsa, que al entrar y al salir parece que se trae y se lleva en la cartera toda la riqueza fiduciaria del mundo... Y todo eso es ahora polvo, miseria; y los gusanos le ajustan á mi padre la cuenta de sus negocios... Torres el agente se pegó un tiro en Monte Carlo tres años después, y el general anda por ahí miserable, paseando su hemiplejia del brazo de un criado. Sólo viven él y Donoso, petrificado en su suficiencia administrativa, que á mí me carga tanto, aunque me guardo muy bien de decírselo á mis hermanas, porque me comerían vivo.»

Pausa... «¡Oh, qué linda era Cruz, qué elegante y qué orgullosa, con legítimo y bien medido orgullo! La llamábamos _Croissette_, por la estúpida costumbre de decirlo todo en francés. Fidela, al venir de Francia, nos encantaba con su volubilidad. ¡Qué ser tan delicado, y qué temperamento tan vaporoso! Diríase que no estaba hecha de nuestra carne miserable, sino de substancias sutiles, como los ángeles, que nunca han puesto los pies en el suelo. Ella los ponía por gracia especial de Dios, y podía creerse que al tocarla se nos desbarataba entre las manos, trocándose en vapor impalpable. Y ahora... ¡Santo Dios!, ahora..., allá la miro metida en fango hasta el cuello. He querido sacarla... No se deja. Le gusta la materia. Buen provecho le haga... Cuando yo me fuí á la Embajada de Alemania, que entonces era todavía Legación, salí de casa con el presentimiento de que no había de volver á ver á mi madre. Ésta se empeñó en que no me llevara á _Toby_, el perro danés que me regaló el primo Trastamara. ¡Pobre animal! Nunca me olvidaré de la cara que puso al verme partir. Murió de enfermedad desconocida, dos días antes que mi madre... Y ahora que me acuerdo: ¿adónde habrá ido á parar el bueno de Ramón, aquel criado fiel que tan bien entendía mis gustos y caprichos? Cruz me dijo que puso un comercio de vinos en su pueblo, y que fabricando Valdepeñas ha hecho un capital... Él tenía sus ahorros. Era hombre muy económico, aunque no sisaba como aquel bribón de Lucas, el mozo de comedor, que hoy tiene un restaurant de ferrocarril. Con los cigarros que le robaba á mi padre compró una casa en Valladolid, y con lo que sisaba en el _Champagne_ sacó para establecer una fábrica de cerveza.»

Pausa. «¿Qué hora será?... ¿Pero qué me importa á mí la hora si soy libre, y el tiempo no tiene para mí ningún valor? Mi hotel no duerme aún. Siento rumores en la portería. Los criados arman tertulia con el portero, esperando la vuelta de la señora... Ya, ya me parece que siento el coche. Es la hora de salir del Real, la una menos cuarto, si no ha sido ópera larga. Wagner y su escuela no nos sueltan hasta la una y tres cuartos... Ya está ahí..., abren la verja..., entra el coche. ¡Si me parece que estoy en mis tiempos de señorito! El mismo coche, los mismos caballos, la noche igual, con las mismas estrellas en el cielo... para quien pueda verlas... Ya cierran. El hotel se entrega al sueño como sus habitantes... Yo también principio á sentir...»

Más que sueño, lo que empezaba á sentir era hambre, y echando mano al zoquete de pan que llevaba en el bolsillo, dió principio á su frugal cena, que le supo más rica que cuantos manjares delicados solía llevarle Cruz de casa de Lhardy.

«¡Qué apuradas andarán mis hermanas buscándome!—dijo comiendo despacito.—Fastidiarse. Os habíais acostumbrado á que yo fuese un cero, siempre un cero. Convenido: soy cero, pero os dejo solas para que valgáis menos. Y yo me encastillo en mi dignidad de cero ofendido, y sin valer nada, absolutamente nada para los demás, me declaro libre y quiero buscar mi valor en mí mismo. Sí, señoras del Águila y de la Torre-Auñón: arreglad ahora vuestro bodorrio como gustéis, sin cuidaros del pobre ciego... ¡Ah, vosotras tenéis vista; yo no! Mi desdicha se compensa con la inmensa ventaja de no poder ver á la bestia. Vosotras la veis, la tenéis siempre delante, y no podéis libraros de su grotesca facha, que viene á ser vuestro castigo... ¡Qué rico está este pan!... ¡Gracias á Dios que he perdido al comer aquella sensación mortificante del olor de cebolla!»

Sintió sueño, y se estiraba en el banco buscando la postura menos incómoda, haciendo almohada del brazo derecho, cuando se le acercó un pobre, que arrastraba un pie como si fuera bota á medio poner, y alargaba, en vez de mano para pedir limosna, un muñón desnudo y rojo. La voz bronca del mendigo hizo estremecer á Rafael, que se incorporó diciéndole:

—Perdone, hermano. Yo soy pobre también, y si no he pedido todavía es por la falta de costumbre. Pero mañana, mañana pediré.

—¿Es usted por casualidad ciego?—dijo el otro, desesperanzado de obtener limosna.

—Para servir á usted.

—Estimando.

—Si hubiera venido usted un poquito antes, habríale dado parte del pan que acabo de comerme. Pero lo que es dinero no puedo darle. No llevo sobre mí moneda alguna, ni perro grande ni chico... Soy más pobre que nadie. He venido, ¡ay!, muy á menos. Y usted, ¿qué es?

—¿Cómo que qué soy?

—Quiero decir si es usted también ciego.

—No, gracias á Dios. No soy más que cojo; pero de los dos cabos, y manco de la derecha... La perdí dando un barreno.

—Por la voz me parece que es usted viejo.

—Y usted muy parlanchín. ¡Porras!, como todos los ciegos, que echan el alma y los hígados por la pastelera lengua.

—Dispense usted que no le conteste en ese lenguaje ordinario. Soy persona decente.

—Sí, ya se ve... ¡Persona decente! Yo también lo fuí. Mi padre tenía catorce pares.

—¿De qué?

—De mulas.

—¡Ah!..., creí que de bemoles... ¿Conque mulas? Pues eso no es nada en comparación de lo que tuvo el mío. Ese palacio que está frente á nosotros, si hablara, no me dejaría mentir.

—¡Porras maúras! ¿Á que va á decir que es suyo el palacio?

—Digo que lo fué; la verdad...

—Mecachis, y que se lo limpiaron los usureros. Como á mí, como á mi padre, que era mayorazgo, y por tomar dinero á rédito para meterse en negocios, nos dejó más pobres que las ratas.

—¡Los malditos negocios, el compra y vende!... Y henos aquí á los hijos pagando las culpas de la ambición de los padres. Ahora pedimos limosna, y de seguro los que nos empobrecieron pasan á nuestro lado sin darnos una triste limosna. Pero Dios no nos desampara, ¿verdad? Donde menos se piensa salta una persona caritativa. Hay almas caritativas. Dígame usted que las hay, pues yo, la verdad, no quisiera morirme de hambre por esas calles.

—¿No tiene familia?

—Mis hermanas, hombre de Dios. Pero no quiero nada con ellas.

—Ya, ¡contra!, le han desamparado, ¡porras verdes! Como á mí, lo mismo que á mí.

—¿Sus hermanas?

—No...; ¡pior, pior!—dijo el otro con una voz bronca y arrastrada que parecía extraer con gran trabajo de lo más hondo de su cuerpo.—¡Son mis hijas las que me pusieron en la calle!

—¡Ja, ja, ja! ¡Sus hijas!—exclamó Rafael, acometido de violentísimas ganas de reir.—Y dígame, ¿son señoras?

—¿Señoras?—dijo el otro con todo el sarcasmo que cabe en la voz humana.—Señoras del pingajo y damas del tutilimundi. Son...

—¿Qué?

—Púas coronadas... Agur.