Part 11
—El roce, la conciencia de su nueva posición. ¡Ah!, el hecho de alternar con nosotras obliga, y él no es tonto y procura instruirse. Verás como al fin...
—Pero, ¡ay!—observó Fidela con profunda tristeza.—Rafael no transige. ¡Si vieras lo que me ha dicho ahora cuando se acostaba...!
—No quiero saberlo. Déjame á mí, que yo le aplacaré los humos... Acuéstate y no pensemos en dificultades, porque se vencerán todas, todas. Lo digo yo y basta.
Muy inquieto estuvo Rafael toda la noche; tanto, que oyéndole rezongar levantóse Cruz, y descalza se aproximó á su lecho. Él fingía dormir sintiéndola acercarse, y la dama, después de un largo acecho, se retiró intranquila. Al siguiente día, mientras Fidela le peinaba, el ciego, nervioso, mascullaba palabras, y á cada instante quería ponerse en pie.
—Por Dios, estate quietecito: ya te he clavado dos veces el peine en las orejas.
—Dime, Fidela: ¿qué significan estas entradas y salidas de Bernardina? Llegó esta mañana temprano, cuando yo no me había levantado aún; salió, volvió á entrar, y así sucesivamente. Ahora entra por quinta vez. Parece que lleva y trae no sé qué... ¿Qué recados son estos? ¿Qué ocurre?
—Hijo, no sé. Bernardina trajo una lengua.
—¿Una lengua?
—Sí, para ponerla en escarlata... Y á propósito, hoy comerás un bistec de solomillo riquísimo.
—Sin duda la abundancia reina en la casa—dijo Rafael con sarcasmo.—¿Pues no sosteníais ayer que la situación es tal, la escasez tan horrible, que no nos queda más remedio que entrar en un asilo? ¿Cómo me compaginas el pedir limosna con la lengua escarlata?
—Toma: nos la regala Bernardina.
—¿Y el solomillo?
—¡No sé!... ¿Pero á ti qué te importa?
—¿Pues no ha de importarme? Quiero saber de dónde vienen esos lujos que se han metido tan de rondón en esta casa de la miseria vergonzante. Ó no sabéis lo que es dignidad, ó tendréis que declarar que os ha caído la lotería. No, no vengáis con componendas: esos son los _términos del dilema_, como diría la bestia, que anoche se traía una de _dilemas_ y de _bases_ y de _objetivos_ que daba risa... Por cierto que no tendréis queja de mí. He respetado á vuestro mamarracho, y no he querido desmandarme en su presencia. Si lo hiciera, me pondría á su nivel. No; mi buena educación jamás medirá armas con su grosería villana.
—Por Dios, Rafael—dijo Fidela sofocadísima.
—No, si no puedo hablar de otra manera tratándose de ese hombre... Cuando se marcha, el olor de cuadra que deja tras sí parece que lo mantiene en mi presencia. Antes de llegar, cuando sube la escalera, ya le anuncia el olor de cebolla.
—Eso sí que no es verdad. ¡Bah!..., no digas desatinos.
—Si yo reconozco que vuestro jabalí procura echar pelo fino, y va aprendiendo á ser menos animal, y adquiere cierto parecido con las personas. Ya no escupe en el pañuelo, ya no dice _por mor_ ni _mismamente_, ya no se rasca la pantorrilla, que yo, sin verlo, sentía un asco..., y el ruido de sus uñas me ponía nervioso, como si sobre mi carne las sintiera. Reconozco que hay progresos. Buen provecho para ti y para Cruz. Yo no le acepto ni en basto ni en fino, y la puerta que se abra para darle entrada en casa, se abrirá para darme á mí salida... ¡Qué quieres, soy así! No puedo volverme otro. No he olvidado á mi madre: la tengo aquí..., y ella te habla conmigo... No he olvidado á mi padre: le siento en mí, y esto que digo lo dice él...
Fidela no pudo contener su emoción, y se echó á llorar, sin que con esto se aplacara el ciego, que más excitado con los gemidos de su hermana, siguió atosigándola en esta forma:
—Podrán Cruz y tú hacer lo que quieran. Yo me separo de vosotras. Mucho os he querido y os quiero; me será imposible vivir lejos de ti, Fidela, de ti, que eres el único encanto de esta vida mía, rodeada de tinieblas; de ti, que eres para mí la luz, ó algo parecido á la luz que he perdido. Me moriré de pena, de soledad; pero jamás autorizaré con mi presencia esta degradación en que vais á caer.
—Cállate por Dios... No se hará nada... Le diremos que se vaya al infierno con sus millones. Para vivir, yo me pondré de costurera, mi hermana entrará á servir en casa de algún señor sacerdote ó persona grave... ¿Qué importa? Hay que vivir, hermanito... Nos rebajaremos. ¿También eso te enoja?
—Eso no: lo que me subleva es que queráis introducir en mi familia á esa asquerosa sanguijuela del pobre. Esto envilece, no el trabajo honrado. ¡Si yo tuviera ojos, si yo sirviera para algo...! Pero el no servir para nada, el ser una carga y un estorbo no me priva de la dignidad, y otra vez y otra, y ciento y mil, te digo que no cedo, que no consiento, que no me da la gana de entregarte á la bestia infame, y que si persistís, yo me voy á pedir limosna por los caminos...
—¡Jesús, no digas eso!—exclamó espantada la joven corriendo á abrazarle.
Afortunadamente, Cruz no estaba en casa. Cuando entró ya la crisis había pasado, y Rafael, quieto y silencioso en el sitio de costumbre, aguardaba su almuerzo.
—¡Si supieras qué cosita tan buena te he traído!—le dijo Cruz, todavía con la mantilla puesta.—¿Á que no aciertas?
El almuerzo, preparado por Bernardina, estaba ya listo, y se lo sirvieron afectando una alegría que en ambas era la más dolorosa mueca que es posible imaginar. Comió Rafael con mediano apetito el sabroso y tierno bistec; pero cuando le presentaron la golosina, traída por la misma Cruz de casa de Lhardy, un pedazo de cabeza de jabalí trufada, la rechazó con sequedad, diciendo gravemente: «No puedo comerlo. Me huele á cebolla.»
—¿Á cebolla? Tú estás loco... ¡Tanto como te gusta!
—Me gusta, sí...; pero apesta... No lo quiero.
Las dos hermanas se miraron consternadas. Por la noche repitióse la escena. Había traído también Cruz de casa de Lhardy unas salchichas muy sabrosas, que á Rafael le gustaban extraordinariamente. Resistióse á probarlas.
—Pero hijo...
—Apestan á cebolla.
—Vamos, no desvaríes.
—Es que me persigue el maldito olor de la cebolla... Vosotras mismas lo tenéis en las manos. Se os ha pegado de algo que lleváis en el portamonedas, y que ha venido á casa no sé cómo.
—No quiero contestarte... Supones cosas indignas, Rafael, que no merecen ser tomadas en serio... No tienes derecho á ultrajar á tus pobres hermanas, que darían su vida mil veces por ti.
—Por el decoro de la familia os pido, no las vidas, sino algo que vale mucho menos.
—El decoro de la familia está en salvo...—replicó la mayor de las Águilas con arranque viril.—¿Acaso eres tú el único depositario de nuestro honor, de nuestra dignidad?
—Voy creyendo que sí.
—Haces mal en creerlo—añadió la dama, con vibración grande del labio inferior.—Ya te pones pesadito, y un poco impertinente. Se te toleran tus genialidades; pero llega un punto, hijo, en que se necesita para tolerarlas mayor paciencia y mayor calma de las que yo tengo, y cuenta que las tengo en grado sumo... Basta ya, y demos por terminada esta cuestión. Yo lo quiero así, yo lo mando..., lo mando, ¿oyes?
Calló el desdichado, y poco después las dos damas se vestían á toda prisa en su alcoba para recibir á los amigos Torquemada y Donoso. Como Fidela lloriquease, revuelto aún su espíritu por la anterior borrasca, Cruz la reprendió con aspereza. «Basta de blanduras. Esto es ya demasiado tonto. Si nos achicamos, acabará por imponernos su locura. No, no: hay que mostrarle energía, y oponer á sus escrúpulos de señorito mimado una resolución inquebrantable... Ánimo, ó se nos viene á tierra el andamiaje levantado con tanta dificultad.»
IX
Fué preciso llevar á D. José Donoso como parlamentario. Fiadas en la autoridad del amigo de la casa las dos hermanas le encerraron con Rafael, y aguardaron ansiosas el resultado de la conferencia, no menos grave para ellas que si se tratara de celebrar paces entre guerreras naciones enemigas. Estupendo fué el discurso de D. José, y no quedó argumento de agudo filo que no emplease con destreza de tirador diplomático... ¡Ah, no estaban los tiempos para mirar mucho á la desigualdad de los orígenes! Casos mil de tolerancia en punto á orígenes podía citar... Él, _Pepe_ Donoso, era hijo de humildes labradores de tierra de Campos, y había casado con Justita, de la familia ilustre de los Pipaones de Treviño, y sobrina carnal del conde de Villaociosa. Y en la propia estirpe de los Águilas, ejemplos elocuentísimos podrían citarse. Su tía (de Rafael), su tía doña Bárbara de la Torre-Auñón, había casado con Sánchez Regúlez, cuyo padre dicen que fué fabricante de albardas en Sevilla. Y en último caso, ¡Señor!, él debía someterse ciegamente á cuanto dispusiera su hermana Cruz, aquella mujer sin par, que luchaba heroicamente por salvarles á los tres de la miseria... Tocó el hábil negociador varios registros, atacándole ya por la ternura, ya por el miedo, y tan pronto empleaba el blando mimo como la amenaza rigurosa. Mas al fin, afónico de tanto perorar, y exhausto el entendimiento del horroroso consumo de ideas, hubo de retirarse del palenque sin conseguir nada. Á su especiosa dialéctica contestaba el ciego con las afirmaciones ó negativas rotundas que le sugería su indomable terquedad, y cada cual se quedó con sus opiniones, el uno sin ganar un palmo de terreno, ni perderlo el otro, firme y dueño absoluto del campo en que bravamente se batía. Terminó Rafael su vigorosa jornada defensiva asentando, con fuertes palmetazos sobre el brazo del sillón y sobre su propio muslo, que jamás, jamás, jamás transigiría con aquel sabandijo infame que querían introducir estúpidamente en su honrada familia, y no se recató de emplear tintas muy negras en la breve pintura que del sujeto discutido hizo, sacando á relucir la ignominia de sus riquezas, amasadas con la sangre del pobre...
—¡Pero, hijo, si vamos á buscarle el pelo al huevo...! Tú estás en Babia... Te cojo del suelo, y te vuelvo á poner en las pajitas del nido de que acabas de caerte... Sí, porque meterse á indagar de dónde viene la riqueza..., es tontería mayúscula. Ven acá... ¿No andan por ahí muchos, que son senadores vitalicios y hasta marqueses, con cada escudo que mete miedo? ¿Y quién se acuerda de que unos se redondearon vendiendo negros, otros absorbiendo con el chupón de la usura las fortunas desleídas? Tú no vives en la realidad. Si recobraras la vista, verías que el mundo ha marchado y que te quedaste atrás, con las ideas de tu tiempo amojamadas en la mollera. Te figuras la sociedad conforme al criterio de tu infancia ó de tu adolescencia, informadas en el puro quijotismo, y no es eso, Señor, no es eso. Abre tus ojos; digo, los ojos no puedes abrirlos; abre de par en par tu espíritu á la tolerancia, á las transacciones que nos impone la realidad, y sin las cuales no podríamos existir. Se vive de las ideas generales, no de las propias exclusivamente, y los que pretenden vivir de las propias exclusivamente, suelen dar con ellas y con sus cuerpos en un manicomio. He dicho.
Desconcertado y sin ganas de proseguir batiéndose con enemigo tan bien guarnecido entre cuatro piedras, otras tantas ideas duras é inconmovibles, abandonó Donoso el campo, con las manos en la cabeza, como vulgarmente se dice. Era para él derrota ignominiosa el no haber triunfado de aquel mezquino ser, á quien en otras circunstancias y por otros motivos habría reducido con una palabra. Pero disimuló ante las dos hermanas el descalabro de su amor propio, tranquilizándolas con vagas expresiones... Adelante con los faroles, que si el joven no cedía por el momento, el tiempo y la lógica de los hechos le harían ceder... Y en último caso, Señor, ¿qué podría el testarudo aristócrata contra la firme voluntad de sus dos hermanas, que veían claro el campo entero de la vida y los caminos abiertos y por abrir? Nada, nada, valor y adelante; no era cosa de subordinar el bien de todos, _el bien colectivo_, á la genialidad mimosa del que no era en la casa más que un niño adorable. Finalmente, como á niño había que tratarle en aquellas graves circunstancias.
Cruz no tenía sosiego. Mientras presurosas arreglaban el comedor, poniendo en su sitio los diversos objetos rescatados y traídos por Bernardina de las casas de préstamos, acordaron suprimir, ó por lo menos aplazar, el convite á don Francisco, pues bien podía suceder que surgiera en mitad del festín algún desagradable incidente. Y aquel mismo día, si no mienten las crónicas, recibió Fidela del bárbaro una carta que ambas hermanas leyeron y comentaron, encontrando en ella mejor gramática y estilo de lo que en buena lógica debía esperarse.
—No—dijo Cruz,—si de tonto no tiene nada.
—Puede que se la haya redactado algún amigo de más práctica que él en cosas de escritura.
—No; suya es: lo juraría. Esos _dilemas_, y esos _objetivos_, y esos _aspectos_ de las cosas, lo mismo que las _bases_, _bajo_ las cuales quiere fundar tu felicidad, obra son de su caletre. Pero no está mal la epístola. Pues anoche, hasta ingenioso estuvo el pobre. ¡Y cómo se va soltando, y qué rasgos de buen sentido y observación justa! Te aseguro que hay hombres infinitamente peores, y partidos que sólo ganan á éste en las mentirosas apariencias.
La casa iba perdiendo de hora en hora su ambiente de miseria. Aparecieron colchas y cortinajes, que arrugados volvían de su larga prisión; ropas de uso, que ya resultaban anticuadas, por aquello de que cambian más pronto las modas que la fortuna; dejáronse ver los cubiertos de plata, por largo tiempo en lastimosa emigración, y vajillas y cristalería que incólumes volvían del largo cautiverio.
De todo se enteraba Rafael, conociendo la vuelta de la loza por el sonido, y la de la ropa por el tufo de alcanfor que al ser desdoblada despedía. Triste y caviloso presenciaba, si así puede decirse, la restauración de la casa, aquella vuelta á las prosperidades de antaño, ó á un bienestar que habría sido para él motivo de júbilo si las causas del repentino cambio fueran otras. Pero lo que le llenaba el alma de amargura, era no advertir en su hermana Fidela aquel abatimiento y consternación que él creía lógicos ante el horrendo sacrificio. ¡Incomprensible fenómeno! Fidela no parecía disgustada, ni siquiera inquieta, como si no se hubiese hecho cargo aún de la gravedad del suceso, antes temido que anunciado. Sin duda los seis años de miseria habíanla retrotraído á la infancia, dejándola incapaz de comprender ninguna cosa seria y de responsabilidad. Y de este modo se explicaba Rafael su conducta, porque la sentía más que nunca tocada de ligereza infantil. En sus breves ratos de ocio la señorita jugaba con las muñecas, haciendo tomar á su hermano participación en tan frívolo ejercicio, y las vestía y desnudaba, figurando llevarlas á visita, al baño, de paseo y á dormir; comía con ellas mil fruslerías extravagantes, en verdad más propias de mujeres de trapo que de personas vivas. Y cuando no jugaba, su conducta era de una extremada volubilidad: no hacía más que agitarse y correr de un lado para otro, echándose á reir por fútiles motivos, ó excitándose á la risa sin motivo alguno. Esto indignaba al ciego, que, adorándola siempre, habríala querido más reflexiva ante las responsabilidades de la existencia, ante aquel atroz compromiso de casarse con un hombre á quien no amaba, ni amar podía.
La señorita del Águila, en efecto, veía en su proyectado enlace tan sólo una obligación más sobre las muchas que ya sobre ella pesaban, algo como el barrer los suelos, mondar las patatas y planchar las camisolas de su hermano. Y atenuaba lo triste de esta visión obscura del matrimonio, figurándose también el vivir sin ahogos, el poner un límite á las horrendas privaciones y á la vergüenza en que la familia se consumía.
X
Así lo comprendió Rafael con seguro instinto, y de ello le habló ingenuamente una tarde que se encontraron solos.
—Hermana querida, me estás matando con esa sonrisa inocente, de persona sin seso, que llevas al degolladero. Tú no sabes lo que haces, ni adonde vas, ni la prueba terrible que te espera.
—Cruz, que sabe más que nosotros, me ha mandado que no me aflija. Creo que debemos obedecer ciegamente á nuestra hermana mayor, que es para nosotros padre y madre á un tiempo. Cuanto ella dispone, bien dispuesto está.
—¡Cuanto ella dispone! ¿Infalibilidad tenemos? ¿De modo que tú accedes...? Ya no hay esperanza. Te pierdo. Ya no tengo hermana... Pues pensar que yo he de vivir junto á ti, casada con ese hombre, es la mayor locura imaginable. Lo que más quiero en el mundo eres tú. En ti veo á nuestra madre, de quien ya no te acuerdas...
—Sí que me acuerdo.
—¡Ah!, Cruz y tú, que conserváis la vista, habéis perdido la memoria. En mí sí que vive fresco el recuerdo de nuestra casa...
—En mí también... ¡Ah, nuestra casa!... Paréceme que la estoy viendo. Alfombras riquísimas, criados muchos. El tocador de mamá podría yo describírtelo sin que se me olvidase ninguna de las chucherías elegantes que en él veíamos... Diariamente comían en casa veinte personas: los jueves muchas más... ¡Ah!, lo recuerdo todo muy bien, aunque poco alcancé de aquella vida, que en su esplendidez era un poquito triste... No hacía dos meses que me habían traído de Francia cuando estalló el volcán, la quiebra espantosa. Se juntan en mi memoria las visiones risueñas y la impresión de las ruinas... No creas que la desgracia me cogió de sorpresa. Sin saber por qué, yo la presentía. Aquella vida de disipación nunca fué de mi gusto. Bien recuerdo que á Cruz la llamaban los periódicos _el astro esplendoroso de los salones del Águila_; y á mí no sé qué mote extravagante me pusieron..., algo así como satélite ó qué sé yo... Sandeces que me han dejado un cierto amargor en el alma... La muerte de mamá la recuerdo como si hubiera pasado ayer. Fué del dolor que le produjo el desastre de nuestra casa. Á papá le quitó de la mano D. José Donoso el revólver con que quería matarse... Murió de tristeza cuatro meses después... ¿Pero qué, lloras? ¿Te lastiman estos recuerdos?
—Sí... Papá no tenía la firmeza estoica que necesitaba para afrontar la adversidad. Era hombre, además, capaz de doblegarse á ciertas cosas, con tal de no verse privado de las comodidades en que había nacido. Mamá no; mamá no era así. Si mamá hubiera alcanzado nuestros tiempos de miseria, los habría sobrellevado con valor y entereza cristiana, sin transigir con nada humillante ni deshonroso, porque á sus muchas virtudes unía el sentimiento de la dignidad del nombre y de la raza. Entre tantas desdichas, siento yo algo en mí que me consuela y me da esperanza; y es que el espíritu de mi madre se me ha transmitido, lo siento en mí. De ella es este culto idolátrico del honor y de los buenos principios. Fíjate bien, Fidela: en la familia de nuestra madre no hay ningún hecho que no sea altísimamente decoroso. Es una familia que honra á la patria española y á la humanidad. Desde nuestro bisabuelo, muerto en el combate naval del Cabo San Vicente, hasta el primo Feliciano de la Torre-Auñón, que pereció con gloria en los Castillejos, no verás más que páginas de virtud y de cumplimiento estricto del deber. En los Torre-Auñón jamás hubo nadie que se dedicara á estos obscuros negocios de comprar y vender cosas..., mercaderías, valores, no sé qué. Todos fueron señores hidalgos, que vivían del fruto de las tierras patrimoniales, ó soldados pundonorosos, que morían por la Patria y el Rey, ó sacerdotes respetabilísimos. Hasta los pobres de esa raza fueron siempre modelo de hidalguía... Déjame, déjame que me aparte de este mundo y me vuelva al mío, al otro, al pasado... Como no veo, me es muy fácil escoger el mundo más de mi gusto.
—Me entristeces, hermano. Digas lo que quieras, no puedes escoger un mundo, sino vivir donde te puso Dios.
—Dios me pone en éste, en el mío, en el de mi santa madre.
—No se puede volver atrás.
—Yo vuelvo adonde me acomoda... (_Levantándose airado._) No quiero nada con vosotras, que me deshonráis.
—Cállate, por Dios. Ya te da otra vez la locura.
—Te he perdido. Ya no existes. Veo lo bastante para verte en los brazos del jabalí—gritó Rafael con turbación frenética, moviendo descompasadamente los brazos.—Le aborrezco; á ti no puedo aborrecerte, pero tampoco puedo perdonarte lo que haces, lo que has hecho, lo que harás...
—Querido, hijito mío—dijo Fidela abrazándole para que no se golpeara contra la pared.—No seas loco..., escucha... Quiéreme como te quiero yo.
—Pues arrepiéntete...
—No puedo. He dado mi palabra.
—¡Maldita sea tu palabra y el instante en que la diste!... Vete: ya no quiero más que á Dios, el único que no engaña, el único que no avergüenza... ¡Ay, deseo morirme!...
Luchando con él pudo Fidela llevarle al sillón, donde quedó inerte, anegado en lágrimas. Anochecía. Ambos callaban, y profunda obscuridad envolvió al fin la triste escena silenciosa.
Desde aquel día determinaron las hermanas que Rafael no asistiese á la tertulia, porque si él estaba violentísimo en presencia de Donoso y Torquemada, no era menor la violencia de ellas, temerosas de un disgusto; como que ya en las últimas noches había dirigido el ciego á su futuro cuñado dardos agudísimos, no bien revestidos de las flores de la cortesía. La separación de campos fué, pues, inevitable. Por indicación del mismo Rafael poníanle de noche en un cuartito próximo á la puerta, el cual era la pieza más ventilada y fresca de la casa. Naturalmente, se determinó que el ciego no estuviese sin compañía durante las horas de velada, y antes que tenerle solo y aburrido, las dos damas habrían disuelto la tertulia, cerrando la puerta á las dos únicas personas que á ella concurrían. Propuso Rafael que subiera á darle palique un amigo por quien tenía verdadera debilidad, el chico mayor de Melchor el prendero, habitante en la planta baja de la casa. Era Melchorito de lo más despabilado que podría encontrarse á su edad, no superior á diez y ocho años, tan corto de estatura como largo de entendimiento; vivaracho, cariñoso, y con toda la paciencia y gracia del mundo para entretener al ciego durante largas horas sin aburrirle ni aburrirse. Estudiaba pintura en la Academia de San Fernando, y no se contentaba con llegar á ser menos que un Rosales ó un Fortuny. Al dedillo conocía el Museo del Prado; como que había copiado multitud de Vírgenes de Murillo, que, bien ó mal vendidas, le daban para botas y un terno de verano; y como estudio de las sumas perfecciones del arte, _se había metido_ con Velázquez, copiando la cabeza del Esopo y el pescuezo de la Hilandera. La descripción del Museo y el recuento de todas las maravillas que atesora servíanle para tener embelesado á Rafael, que recordando lo que años atrás había visto, lo veía nuevamente con ajenos ojos. Y de todo aquel Olimpo de la pintura el ciego prefería los retratos, donde se admiraba tanto la naturaleza como el arte, porque en ellos revivían las personas efectivas, no imaginadas, de antaño. Por ver y examinar retratos revolvía todas las salas del Museo con su inteligente lazarillo, el cual le prestaba sus ojos como pueden prestarse unos lentes, y uno y otro se embelesaban ante aquellas nobles figuras, personalidades vivas eternizadas en el arte por Velázquez, Rafael, Antonio Moro, Goya ó Van Dyck. Algunas noches, por variar de entretenimiento, Melchorito, que era punto fijo en el paraíso del Teatro Real, y poseía una feliz memoria música, daba conciertos vocales é instrumentales, cantándole á Rafael trozos de ópera, arias, dúos y piezas de conjunto, no sin agregar á su salmodia todo el colorido orquestal que obtener podía con las modulaciones de boca más extrañas. El ciego ponía de su parte algún bajete ó ritornello fácil, por no ser su retentiva filarmónica tan grande como refinado su gusto, y gozaba lo indecible, llegando á creer que se hallaba en su butaca del Teatro, como antes llegaba á figurarse que paseaba por las galerías del Museo.