Torquemada en la cruz

Part 10

Chapter 103,998 wordsPublic domain

—¡De vivir—dijo briosamente, echando lumbre por los ojos la noble dama,—de vivir! ¿Sabes tú lo que es vivir? ¿Sabes lo que es el temor de morirnos los tres mañana, de aquella muerte que ya no se estila... porque está lleno el mundo de establecimientos benéficos..., de la muerte más horrible y más inverosímil, de hambre? ¿Qué, te ríes? Somos muy dignos, Rafael, y con tanta dignidad, no creo que debemos llamar á la puerta del Hospicio y pedir por amor de Dios un plato de judías. Esa misma dignidad nos veda acercarnos á las puertas de los cuarteles donde reparten la bazofia sobrante del rancho de los soldados, y comer de ella para tirar un día más. Tampoco nos permite nuestro dignísimo carácter salir á la calle los tres, de noche, y alargar la mano esperando una limosna, ya que nos sea imposible pedirla con palabras... Pues bien, hijo mío, hermano mío, como no podemos hacer eso, ni tampoco aceptar otras soluciones que tú tienes por deshonrosas, ya no nos queda más que una, la de reunirnos los tres, y bien abrazaditos, pidiendo á Dios que nos perdone, arrojarnos por la ventana y estrellarnos contra el suelo..., ó buscar otro género de muerte, si ésta no te parece en todo conforme con la dignidad.

Rafael, anonadado, oyó esta fraterna sin chistar, apoyados los codos en las rodillas y la cabeza en las palmas de las manos. Atraída por la entonada voz de Cruz, Fidela curioseaba desde la puerta, pelando una patata.

Pasado un ratito, y cuando la primogénita, recogiendo los objetos de tocador, se congratulaba mentalmente del efecto causado por sus palabras, el ciego irguió la cabeza con arrogancia, y se expresó así:

—Pues si nuestra miseria es tan desesperada como dices, si ya no nos queda más solución que la muerte, por mí... sea. Ahora mismo. Estoy pronto..., vamos.

Se levantó, buscando con las manos á su hermana, que no se dejó coger, y desde el otro extremo de la habitación le dijo:

—Pues por mí tampoco quedará. La muerte es para mí un descanso, un alivio, un bien inmenso. Por ti no he dejado ya de vivir. Siempre creí que mi deber era sacrificarme y luchar...; pero ya no más, ya no más. ¡Bendita sea la muerte, que me lleva al descanso y á la paz de mis pobres huesos!

—¡Bendita sea, sí!—exclamó Rafael, acometido de un vértigo insano, entusiasmo suicida que no se manifestaba entonces en él por vez primera...—Fidela, ven... ¿Dónde estás?

—Aquí—dijo Cruz.—Ven, Fidela. ¿Verdad que no nos queda ya más recurso que la muerte?

La hermana menor no decía nada.

—Fidela, ven acá... Abrázame... Y tú, Cruz, abrázame también... Llevadme; vamos, los tres juntitos, abrazaditos. ¿Verdad que no tenéis miedo? ¿Verdad que no nos volveremos atrás, y que... resueltamente, como corresponde á quien pone la dignidad por encima de todo, nos quitaremos la vida?

—Yo no tiemblo...—afirmó Cruz, abrazándole.

—¡Ay, yo sí!—murmuró Fidela desvaneciéndose. Y al tocar con los brazos á su hermano, cayó en el sillón próximo y se llevó la mano á los ojos.

—Fidela, ¿temes?

—Sí..., sí—replicó la señorita, trémula y desconcertada, pues había llegado á creer que aquello iba de veras; y por parte de Rafael bien de veras iba.

—No tiene el valor mío—dijo Cruz,—que es todavía más grande que el tuyo.

—¡Ay, yo no puedo, yo no quiero!—declaró Fidela, llorando como una chiquilla.—¡Morir, matarse...! La muerte me aterra. Prefiero mil veces la miseria más espantosa, comer tronchos de berza... ¿Hay que pedir limosna? Mandadme á mí. Iré antes que arrojarme por la ventana... ¡Virgen Santa, lo que dolería la cabeza al caer! No, no; no me habléis á mí de matarnos... Yo no puedo, no; yo quiero vivir.

Actitud tan sincera y espontánea terminó la escena, apagando en Rafael el entusiasmo suicida y dando á Cruz un apoyo admirable para llevar la cuestión al terreno para ella más conveniente.

—Ya ves, nuestra querida hermanita nos deja plantados en mitad del camino..., y sin ella ¿cómo vamos á matarnos? No es cosa de dejarla solita en el mundo, entre tanta miseria y desamparo. De todo lo cual se deduce, querido hermano, chiquitín de la casa (_acariciándole con gracejo_), que Dios no quiere que nos suicidemos... por ahora. Otro día será, porque en verdad, no hay más remedio.

—Ah, pues conmigo no cuenten—manifestó Fidela, nuevamente aterrada, tomándolo muy en serio.

—Por ahora no se hable de eso. Conque, tontín, ¿me prometes ser razonable?

—Si ser razonable es transigir con... eso y dar nombre de hermano á... Vamos, no puedo: no esperes que yo sea razonable..., no lo soy, no sé la manera de serlo.

—¡Pero hijo mío, si no hay nada todavía! ¡Si no es más que un rumor, que no sé cómo ha llegado á tus oídos! En fin, ya conozco tu opinión, y la tendré en cuenta. D. José hablará contigo, y si entre todos acordamos rechazar la proposición, entre todos acordaremos también lo que se ha de hacer para vivir...; mejor dicho, no hay que discutir más que el asilo en que hemos de pedir plaza. Ésta no quiere que muramos; tú no quieres lo otro. Pues al Hospicio con nuestros pobres cuerpos.

—Pues al Hospicio. Yo no transigiré nunca con... aquello.

—Bien, muy bien.

—Que venga D. José. Él nos dirá dónde debemos refugiarnos.

—Mañana se ajustará la cuenta definitiva con nuestro destino... Y como aún tenemos un día—agregó la dama con transición jovial,—hemos de aprovecharlo. Ahora almuerzas. Tienes lo que más te gusta.

—¿Qué es?

—No te lo digo; quiero sorprenderte.

—Bueno, lo mismo me da.

—Y después que almuerces, nos vamos de paseo. Tenemos un día que ni de encargo. Llegaremos hasta la casa de Bernardina, y te distraerás un rato.

—Bien, bien—dijo Fidela;—yo también quiero tomar el aire...

—No, hija mía, tú te quedas aquí. Otro día saldrás tú, y yo me quedo.

—¿De modo que voy...?

—Conmigo—afirmó la dama, como diciendo: «lo que es hoy no te suelto».—Tengo que hablar con Bernardina...

—¡Salir!—exclamó el ciego respirando fuerte.—Buena falta me hace. Parece que se me apolilla el alma...

—¿Ves, tontín, cómo el vivir es bueno?

—¡Oh..., según y conforme...!

VII

Si no se ha dicho antes, dícese ahora que la antigua y fiel criada de las Águilas vivía en Cuatro Caminos, en el cerro que cae hacia Poniente, del lado del Canalillo del Norte. La casa, construída con losetones que fueron de la Villa, adobes, tierra, pedazos de carriles del tranvía y puertas viejas de cuarterones, era una magnífica choza, decorada á estilo campesino con plantas de calabaza, cuyas frondosas guías perfilaban el alero y la cumbre del tejado. Ocupaba el centro de un grandísimo muladar con cerca de piedras sueltas, material que fué de un taller de cantería, y de trecho en trecho veíanse montones de basura y paja de cuadra, donde escarbaban hasta docena y media de gallinas muy ponedoras, y un gallo muy arrogante, de plumas de oro. Al extremo oriental del cercado, mirando hacia la carretera de Tetuán, se destacaba un desmantelado edificio de un solo piso con todas las trazas de caseta de sobrestantía, techo provisional y paramento sin revoco; pero su destino era muy distinto. En la puerta que daba al camino veíase un palo largo, al extremo de él una como gran estrella de palitroques negros, algo como un paraguas sin tela, y debajo un letrero de chafarrinones negros sobre yeso, que decía: _Baliente, polvorista_.

Allí tenía su taller el esposo de Bernardina, Cándido Valiente, que surtía de fuegos artificiales, en las fiestas de sus santos titulares, á los barrios de Tetuán, Prosperidad, Guindalera, y á los pueblos de Fuencarral y Chamartín. Bernardina había servido á las señoras del Águila en los primeros tiempos de pobreza, hasta que se casó con Valiente; y tal fué la fidelidad y adhesión de aquella buena mujer, que sus amas siguieron tratándola después, y sostenían con ella relaciones de franca amistad. De Bernardina se valía Cruz para comisiones delicadas, sobre las cuales era prudente guardar impenetrable secreto; con Bernardina consultaba en asuntos graves, y con ella se permitía confianzas que con nadie del mundo habría osado tener. Formalidad, discreción, sentido claro de las cosas resplandecían en la mujer aquella, que sin saber leer ni escribir, habría podido dar lecciones de arte de la vida á más de cuatro personas de clase superior.

Su matrimonio con el polvorista había sido hasta entonces infecundo: malos partos, y pare usted de contar. Vivía con la pareja el padre de él, Hipólito Valiente, vigilante de consumos, soldado viejo que estuvo en la campaña de África, el grande amigo del ciego Rafael del Águila, que gozaba lo indecible oyéndole contar sus hazañas, las cuales, en boca del propio héroe de ellas, resultaban tan fabulosas como si fuera el mismísimo Ariosto quien las cantase. Si se llevara cuenta de los moros que mandó al otro mundo en los Castillejos, en Monte Negrón, en el llano de Tetuán y en Wad-Ras, no debía quedar ya sobre la tierra ni un solo sectario de Mahoma para muestra de la raza. Había servido Valiente en _Cazadores de Vergara_, de la división de reserva mandada por D. Juan Prim. Se batió en todas las acciones que se dieron para proteger la construcción del camino desde el Campamento de Oteros hasta los Castillejos; y luego allí, en aquella gloriosa ocasión..., ¡Cristo!, empezaba el hombre y no concluía. _Cazadores de Vergara_ siempre los primeritos, y él, Hipólito Valiente, que era cabo segundo, haciendo cada barbaridad que cantaba el misterio. ¡Qué día, qué 1.º de Enero de 1860! El batallón se hartó de gloria, quedándose en cuadro, con la mitad de la gente tendida en aquellos campos de maldición. Hasta el 14 de Enero no pudo volver á entrar en fuego, y allí fué otra vez el hartarse de escabechar moros. ¡Monte Negrón! También fué de las gordas. Llega por fin el gloriosísimo 4 de Febrero, el acabóse, el _nepusuntra_ de las batallas habidas y por haber. Bien se portaron todos, y el general O’Donnell mejor que nadie, con aquel disponer las cosas tan á punto y aquella _comprensión de cabeza_ que era la maravilla del universo.

Estas y las subsiguientes maravillas las oía Rafael con grandísimo contento, sin que lo atenuara la sospecha de que adolecían del vicio de exageración, cuando no del de la mentira poética forjada por el entusiasmo. Desde que desembarcó en Ceuta hasta que volvió á embarcar para España, dejando al perro marroquí _sin ganas de volver por otra_, todo lo narraba Valiente con tanta intrepidez en su retórica como en su apellido, pues cuando llegaba á un punto dudoso, ó del cual no había sido testigo presencial, metíase por la calle de en medio, y allá lo historiaba él á su modo, tirando siempre á lo romancesco y extraordinario. Para Rafael, en el aislamiento que le imponía su ceguera, incapaz de desempeñar en el mundo ningún papel airoso conforme á los impulsos de su corazón hidalgo y de su temple caballeresco, era un consuelo y un solaz irreemplazables oir relatar aventuras heroicas, empeños sublimes de nuestro ejército, batallas sangrientas en que las vidas se inmolaban por el honor. ¡El honor siempre lo primero, la dignidad de España y el lustre de la bandera siempre por cima de todo interés de la materia vil! Y oyendo á Valiente referir cómo, sin haber llevado á la boca un triste pedazo de pan, se lanzaban aquellos mozos al combate, ávidos de hacer polvo á los enemigos del nombre español, se excitaba y enardecía en su adoración de todo lo noble y grande, y en su desprecio de todo lo mezquino y ruin. ¡Batirse sin haber comido! ¡Qué gloria! ¡No conocer el miedo ni el peligro; no mirar más que el honor! ¡Qué ejemplo! ¡Dichosos los que podían ir por tales caminos! ¡Miserables y desdichados los que se pudrían en una vida ociosa, dándose gusto en las menudencias materiales!

Entrando en el corral, lo primero que preguntó Rafael, al sentir la voz de Bernardina que á su encuentro salía, fué: «¿Está hoy tu padre franco de servicio?»

—Sí, señor... Por ahí anda, componiéndome una silla.

—Llévale con tu padre—le dijo Cruz,—que le entretendrá contándole lo de África; y entremos tú y yo en tu casa, que tenemos que hablar.

Apareció por detrás de un montón de basura el héroe de los héroes del Mogreb, hombre machucho ya, pequeño de cuerpo, musculoso y ágil, á pesar de su edad no inferior á los sesenta, tipo de batallón de cazadores, cara curtida, bigote negro, cortado como un cepillo, ojos vivaces, y un reir continuo que perpetuaba en él las alegrías del tiempo de servicio. En mangas de camisa, los brazos arremangados, un pantalón viejo del uniforme de consumos, la cabeza al aire, Hipólito se adelantó á dar la mano al señorito, y le llevó adonde estaba trabajando.

—Siga, siga usted en su faena—le dijo Rafael, sentándose en una banqueta con ayuda del veterano.—Ya sé que está componiendo sillas.

—Aquí estamos enredando por matar la pícara vagancia, que es otro gusanillo como el hambre.

Sentado en el santo suelo, las patas abiertas, entre ellas la silla, Valiente iba cogiendo aneas de un montón próximo, y con ellas tejía un asiento nuevo sobre la armazón del vetusto mueble.

—Á ver, Hipólito—le dijo Rafael sin más preámbulo, que aquel romancero familiar no lo necesitaba,—¿cómo es aquel pasaje que empezó usted á contarme el otro día...?

—¿Ya...? ¿Cuando en la cabecera del puente Buceta, sobre el río Gelú, defendíamos el paso de los heridos...?

—No, no era eso. Era el paso por un desfiladero... Moros y más moros en las alturas.

—¡Ah!..., ya... Al día siguiente de Wad-Ras; ¡vaya una batallita!... Pues el ejército, para ir de Tetuán á Tánger, tenía que pasar por el desfiladero de Fondak... ¡Cristo, si no es por mí..., digo, por _cazadores de Vergara_...! Nos mandó el general que subiéramos á echar de allí á la morralla, y había que vernos, sí, señor, había que vernos... Nos abrasaban desde arriba. Nosotros tan ternes, sube que te sube. Al grupo que cogíamos en medio del monte..., ¡carga á la bayoneta!..., lo barríamos... Salían de los matojos á la desbandada, como conejos. Una vez en lo alto, pim, pam..., aquello no acababa... Yo solo puse patas arriba más de cincuenta...

Mientras con tanta fiereza desalojaban los nuestros al agareno de sus terribles posiciones, en la puerta de la casa, sentadas una frente á otra con familiar llaneza, Cruz y Bernardina platicaban sobre combates menos ruidosos, de los cuales ningún historiador grande ni chico ha de decir jamás una palabra.

—Necesito dos gallinas—había dicho Cruz como introducción.

—Todas las que la señorita quiera. Escójalas ahora.

—No; escógelas tú bien gordas, y no me las lleves hasta que yo te avise. Es indispensable convidarle á comer un día.

—Según eso, _aquello_ marcha.

—Sí; es cosa hecha. Poco antes de salir de casa recibí una esquela de D. José, en la cual me dice que anoche quedó todo convenido, y el hombre como unas Pascuas de contento. No puedes imaginarte lo que he sufrido y sufro. Para llegar á esto, ¡cuánto discurrir, y qué trabajo tan penoso el de acallar la repugnancia, para no oir más voz que la de la razón, unida á otra no menos grave, la de la necesidad! Se hará; no hay más remedio.

—¿Y la señorita Fidela...?

—Se resigna... La verdad, no lo ha tomado por la tremenda, como yo me temí. Puede que haga de tripas corazón, ó que comprenda que la familia merece este sacrificio, que bien mirado, no es de los más grandes. Sacrificios peores hay, ¿no lo crees tú?

—Sí, señorita... El hombre se va afinando. Ayer le vi y no le conocí, con su chisterómetro acabado de planchar, que parecía un sol, y levita inglesa... Vaya, á cualquiera se la da... ¡Quién le vió con la camisa sucia de tres semanas, los tacones torcidos, la cara de judío de los pasos de Semana Santa, cobrando los alquileres de la casa de corredor de frente al Depósito!

—Por Dios, cállate, no recuerdes eso. Tapa, tapa.

—Quiero decir que ya no es lo que era; y al igual de su ropa, habrán cambiado el genio y las mañas...

—¡Ah..., lo veremos luego! Esas son otras batallas que habrá que dar después.

Ambas volvieron la vista, asustadas por un ruido como de disparos que muy cerca se oía... ¡Pim, pam, pum!

—¡Ah!—exclamó Bernardina riendo,—es mi padre que le cuenta al señorito las palizas que dieron á los moros.

—Pues, como te decía, Fidela no me inspira cuidado: se somete á cuanto yo dispongo. ¡Pero lo que es éste..., el pobrecito ciego...! ¡Si supieras qué disgusto nos ha dado hoy!

—¿No le hace gracia...?

—Maldita... Tan no le hace gracia, que hoy quiso matarse... No transige, no. En él tienen raíz muy honda ciertas ideas..., sentimientos de familia, orgullo de raza, la tradición noble... Yo tenía también... eso; pero me lo he ido dejando en las zarzas del camino. Á fuerza de caer y arrastrarme, la vulgaridad me ha ido conquistando. Mi hermano sigue en su antigua conformación de persona de alcurnia, enamorado de la dignidad y de otra porción de cosas que no se comen ni han dado de comer á nadie en días aciagos.

—El señorito Rafael, ¿qué ha de hacer más que lo que las señoras quieran?

—No sé, no sé... Me temo que ha de estallar alguna tempestad en casa. Rafael conserva en su alma el tesón de la familia, como los objetos preciosos que están en los museos. Pero, suceda lo que quiera, lucharemos, y como esto debe hacerse porque es la única solución, se hará, yo te aseguro que se hará.

Los temblores del labio inferior indicaban la resolución inquebrantable, que convertiría en realidad aquel propósito, desafiando todos los peligros.

—Pues hemos de prepararnos para el hecho con hechos, ¿entiendes?... Quiero decir que tengo que ir tomando medidas... Verás. El señor de Donoso me ha escrito hoy, asegurándome que ha cerrado el trato y que el hombre tiene prisa.

—Es natural.

—Y quiere llevarlo á paso de carga. Mejor: estos tragos, de una vez y por sorpresa. Cuando la gente se percate, ya está hecho. Excuso decirte que necesitamos prepararnos. Así me lo dice D. José, que comprendiendo las dificultades que en nuestra situación tristísima hallaríamos para esa preparación, me ofrece los recursos necesarios... Claro, en el caso presente acepto el favor... ¡Qué hombre, qué previsión, qué bondad!... Acepto, sí, por la seguridad de poder reintegrar pronto el anticipo. ¿Te vas enterando?

—Sí, señora. Habrá que...

—Sí... Veo que me entiendes. Tenemos que ir sacando...

—Ya sabe que me tiene á su disposición.

—Desde mañana te vas por casa todos los días. No sacaremos todo de golpe por no llamar la atención. Urgen los cubiertos de plata.

—Están en...

—En lo que estuvieren: lo mismo da.

—Calle de Espoz y Mina. Diez meses, si no recuerdo mal.

—Luego la ropa de cama..., los relojes...

—Todo, todo... ¡Y yo que pensé que se perdía...! Como que los réditos subirán...

—Déjalos que suban—dijo Cruz vivamente, queriendo evitar un cálculo enojoso y denigrante.—¡Ah!, ahora que recuerdo: mañana te daré los diez duros que te debo.

—No corre prisa. Déjelos. Si Cándido se entera, me los quitará para pólvora. Guárdemelos.

—No, no... Quiero saborear el placer, que ya iba siendo desconocido para mí, de no deber nada á nadie—dijo Cruz, iluminado el rostro por una ráfaga de dicha inefable.—¡Si me parece mentira! Á veces me digo: ¿Sueño yo? ¿Será verdad que pronto respiraré libre de esta opresión angustiosa? ¿Se acabó este vivir muriendo? ¿El suceso que está al caer, nos traerá bienandanza, ó nuevas desgracias y tristezas nuevas en sustitución de las que se lleva?

VIII

Quedóse la señora un rato suspensa, el pensamiento lanzado en persecución del misterioso porvenir, la mirada perdida en el horizonte, que ya empezaba á teñirse de púrpura con el descenso del sol entre nubes. El labio inferior marcó, con casi imperceptible vibración, el encabritarse de la voluntad. Si era preciso seguir luchando, á luchar sin tregua; las condiciones de la pelea y la disposición del campo serían sin duda alguna muy distintas.

—Ya es tarde. Debemos marcharnos.

—¿Va la señorita en coche?

—Bien podría hoy volver en simón, y mis pobres piernas lo agradecerían; pero no me atrevo. Tanto lujo pondría en cuidado á Rafael. Iremos en el coche de San Francisco... (_Llamando._) Rafael, hijo mío, que es tarde... (_Yendo hacia él, risueña._) ¿Qué? ¿Habéis tomado ya toditas las trincheras? De fijo no quedará un moro para contarlo.

—Estábamos—dijo el héroe de Berbería levantándose—en los mismísimos Castillejos, cuando D. Juan Prim...

—Allí murió nuestro primo Gaspar de la Torre-Auñón, capitán de artillería—indicó Rafael, volviendo el rostro hacia donde sonaba la voz de su hermana.—Es la gloria más reciente de la familia. ¡Dichoso él!... Conque... ¿nos vamos ya?

—Sí, hijo mío.

—Pues... paso redoblado... ¡Marchen!

En aquel momento salió de su taller el pirotécnico, todo tiznado, las manos negras de andar con pólvora, y saludó cortésmente. Mientras Rafael le hablaba del negocio de cohetes, y él maldecía la crisis industrial que afectaba toda la fabricación de fuegos, haciendo hincapié en la poca protección que daban los Ayuntamientos y Corporaciones á industria tan brillante y á diversión tan instructiva para el pueblo, Bernardina, tomándoles la delantera, acompañaba á su ama hasta el boquete de entrada. «¿Llevo mañana las gallinas?»

—No, todavía no. Me llevarás, de las carnicerías de Tetuán, una buena lengua para poner en escarlata...

—Bien.

—Y un buen solomillo.

—¿Quiere chorizo superior... de Salamanca?

—Ya hablaremos de eso.

El polvorista, que se lavó las manos en un santiamén, salió á darles convoy hasta más abajo del Depósito de Aguas. Desde allí á su casa, solitos y agarrados del brazo, tardaron los dos hermanos media hora, que á ella le pareció larga por la prisa que de llegar tenía, y á él, por la razón contraria, corta.

Ni Donoso ni Torquemada faltaron aquella noche, siendo muy de notar en éste la turbación, el no saber qué decir ni qué cara poner. Ni media palabra pronunció sobre el grave proyecto, pues D. José había encargado á su amigo un silencio prudente sobre aquel arduo punto. Tiempo había de explicarse. Mostróse Rafael seco y glacial en todo el tiempo de la tertulia; pero sin permitirse ninguna inconveniencia. Fidela evitaba el mirar cara á cara á D. Francisco, que no la quitaba ojo, congratulándose en su fuero interno de aquel casto rubor de la interesante joven, á quien ya tenía por suya. Hacia la mitad de la velada, el novio fué perdiendo su cortedad; se soltaba, decía cuchufletas, echándoselas de hombre locuaz y que sabe perfilar las frases. Advirtieron todos en él un recrudecimiento de palabras finas, aprendidas en los días últimos, y lanzadas ya en el torbellino del discurso con la seguridad que sólo da una larga práctica. Sus amaneramientos de lenguaje saltaban á la vista: si había que manifestar algo del objeto ó fin de una cosa, decía _el objetivo_, y en corto tiempo infinidad de _objetivos_ salieron á relucir, á veces con dudosa propiedad; verbigracia: «No sé para qué riegan tanto las calles, pues si el _objetivo_ es que no haya polvo, _lo que procede_ es barrer primero... Pero nadie como nuestro _Municipio_ (jamás decía ya el _Ayuntamiento_) para _tergiversar_ las operaciones.» También reveló un tenaz empeño de que se supiera que sabía decir _por ende_, _ipso facto_, los _términos del dilema_, _bajo la base_. Esto principalmente le cautivaba, y todo lo consideraba _bajo_ tales ó cuales bases. Notaron asimismo las dos damas que iba adquiriendo soltura; como que al despedirse lo hizo con cierta gallardía, y Cruz no pudo menos de congratularse de tales progresos. Algo dijo á Fidela, en el momento de salir, que no desagradó á ésta: era una galantería que sin duda le había enseñado Donoso. En la cara de éste se veía retozar el gozo, sin duda por la satisfacción de aquella conquista por él dichosamente realizada. Había cogido á la fiera con lazo, y de la fiera hacía, con sutil arte de mundo, un hombre, un caballero, quién sabe si un personaje.

Cuando Cruz y Fidela se quedaron solas, después de acostado Rafael, picotearon sobre lo mismo, y la hermana mayor dijo, entre otras cosillas: «¿Verdad que es cada día menos ganso? Esta noche me ha parecido otro hombre.»

—También á mí.