Part 9
Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba, masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir, quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él la tranquilizó diciéndole:
—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con _la_ calor y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.
—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este país—observó Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.
—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel Madrid tan cómodo...!
Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio, aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla, y el rechinar del menudo guijo bajo su planta procerosa.
La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas, prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en cielo y tierra.
Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras del jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por él había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila, ésta debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez de procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole á grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y á su carácter. ¿No era más humano y generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en ella se gozara, como el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor abundamiento, el pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría los mordiscos de la calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una forma, lo era en otra. ¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á encumbradora de gente baja, y por querer hacer de un zafio un caballero y un prohombre? Este remusguillo de su conciencia, y la compasión vivísima que hacia su hermano político sintió en aquella hora solemne de la noche de verano, moviéronla á dirigirle palabras afectuosas. Echando su cuerpo fuera de la ventana, le dijo:
—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay que fiarse mucho de los calores de esta tierra.
—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.
—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos coja usted un reuma, ó un catarro fuerte.
—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito de Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese uno á enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente acuática.
—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta que tengamos sueño.
Rafael se aproximó también á la ventana. En aquel instante, como si los sentimientos de Cruz se le comunicaran por misterio magnético, sintió asimismo lástima del hombre que odiaba.
—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro, guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad compasiva la protección material que de él recibía.
Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores del mundo.
—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera vez en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado de sus queridos negocios.
Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la voluntad á la palabra.
—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?
Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no creyó que su cuñada le hablaba formalmente.
—Usted me busca el genio, Crucita.
—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores, los amigos importunos y mortificantes.
—Eso es hablar como la Biblia.
—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con resolución.—Ea, si don Francisco quiere...
—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en esta tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia al fuero de la puerquísima moda?
—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas.
—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más?
—De verdad, de verdad.
Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que sus ojos relumbraban como las estrellas del cielo.
—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma, cosa más de mi agrado, ya estaba yo aquí como _el alma de Garibaldi_, suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que, después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones son el santo trabajo. No me divierte esta vida boba del campo, ni le encuentro chiste á la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del baño y el paseíto se han hecho para mí. El verde para quien lo coma; y el campo _natural_ es meramente una tontería. Yo digo que no debe haber campiñas, sino todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea para las ballenas. ¡Mi Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que mañana? Para otro año viene la familia sola, si quiere fresco caro. Yo á mi calor barato me atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de Agosto, se templa Madrid, _maxime_ de noche, y da gusto salir á tomar la fresca por aquellos altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan los melones y el riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y dejar á Fidela que duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo. ¿Á qué hora pasa el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto amanezca pedimos el coche y salimos pitando... No hay que volverse atrás, Crucita. Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas de miel, _vulgo_ promesas, que bien me merezco la realidad de esta vuelta á Madrid, por la paciencia con que he venido á estas tierras chirles, sin más _objetivo_ que zarandear á la familia, y darnos tono ¡con cien mil Biblias! tono... Siempre el dichoso _buen tono_, que á mí me parece un tono muy mal entonado.
VIII
Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga, y _descubriera_ nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas. ¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota! ¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto, Señor, que los pueblos se llamen como las óperas!
Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas del elemento oficial y del _elemento particular_, no encontró la ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos planes de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se había suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear tenerle por amigo. Antes del viaje, apenas cambiaban más palabras que las generales de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro frases insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz, que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se irritaba.
—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía Fidela,—¿por qué temes...?
—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero verle nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese _spleen_ sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco que habla. En fin, Dios dirá.
En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban todavía por playas y balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto la única excepción de aquella desbandada, Zárate, que por la escasez que suele acompañar á la sabiduría, no veraneaba más que quince ó veinte días en El Escorial ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el tacaño con su amigo y consultor _científico_, casi solos todas las noches, platicando sobre temas sabrosísimos, como la cuestión de Oriente, los abonos químicos, la redondez de la tierra, el Papado en sus relaciones con el Reino de Italia, las pesquerías del Banco de Terranova... En aquella temporada de fecundos progresos, aprendió D. Francisco dicciones muy chuscas, como _la tela de Penélope_, enterándose del por qué tal cosa se decía, _la espada de Damocles_, y _las kalendas griegas_. Además leyó por entero _El Quijote_, que á trozos conocía desde su mocedad, y se apropió infinidad de ejemplos y dichos, como _las monteras de Sancho_, _peor es meneallo_, _la razón de la sinrazón_, y otros que el indino aplicaba muy bien, con castellana socarronería, en la conversación.
Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran _peripecia_.
—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opinión mía; quizás me equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos no me demuestren lo contrario. Yo creo... que _nuestro joven_ no está loco, sino que lo finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su gusto en el proceso de un drama de familia.
—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, amigo Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. _Peor es meneallo..._ Por lo demás, creo también que en algunos períodos, su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan oportunamente.
Y se quedó con la duda de quien sería aquel _Jamle_; pero no quiso preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.
—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo _to be or not to be_.
—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo noté, y no se me escaparon los _puntos de contacto_. Porque yo observo y callo.
—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.
—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?
—Verdad.
—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.
—Exactamente.
—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se les den tantas denominaciones. Les dicen _vates_, les dicen también _bardos_. Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un artículo que le _dedican_ á ese chiquillo á quien yo protejo, y el condenado crítico le llama _bardo_ acá, _bardo_ allá, y le echa unos inciensos que apestan. Á los versos que ese chico compone los llamaría yo _bardales_, porque aquello no hay cristiano que lo entienda, y se pierde uno entre tanta hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, _peor es meneallo_.
Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias. Hallaba _puntos de contacto_ entre ciertas doctrinas y el principio evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y empleadas con dudosa oportunidad.
Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, trájole muy buenas noticias de Londres. Las compras de _rama_ se harían por personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país, y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por tan excelente, que le abrazó entusiasmado.
—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré _cómo vé_ usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada año.
—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted _mi línea de conducta_. En las condiciones que propongo, entro, vaya si entro.
Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de acuerdo en todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues almorzaba aquel día con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana), le dijo con semblante gozoso:
—Aquéllo me parece que es cosa hecha.
—¿Y que es _aquéllo_?
—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?
—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que _aquéllo_ era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su bolsillo.
—¡Ah! pues téngalo por hecho.
—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!
—¿Es de veras que no tiene noticia?
—Lo que tengo es el alma en un hilo, _¡ñales!_ ¿Apostamos á que ahora viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy echando setenta llaves á la caja.
—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un almuercito á los compromisarios... una docena de telegramas...
—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?
—Que le sacamos á usted senador.
—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?
—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra, el Bierzo...
—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.
—¿Pero no le agrada...?
—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.
—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se pierde, y se puede ganar algo...
—¿_Y aun algos_?
—Sí, señor, y aun _muchísimos algos_.
—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, _vulgo Cámara Alta_, y si me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi _desideratum_ es la reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías en todas las esferas sociales. Que se acabe esa _tela de Penélope_ de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el cual está suspendida, como _una espada de Damocles_, la bancarrota. Yo me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la _condición sine qua non_, la única, la principal de todas las _condiciones sine qua nones_.
IX
No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su cuñada sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se desayunaba, la interrogó con timidez.
—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel cocido—contestóle Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni mucho menos de nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo, de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!
—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi senaduría vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí ser senador, y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el gusto de decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? _Por lo demás_, yo no lo ambiciono, _ni de cerca ni de lejos_. _Mi línea de conducta_ es trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.
—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene... Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país natal.
—Villafranca del Bierzo.
—La provincia de León.
—Ya estoy viendo la nube de parientes con hambre atrasada que van á caer sobre mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y de irles despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy bien su pico de oro.
—Pues sí, yo me encargo de _ese ramo_. ¿Qué no haré yo para tenerle á usted contento, y rodeado de satisfacciones?
—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy viendo venir la puñalada.
—¿Por qué lo dice?
—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.
—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas ganancias.
—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y _por ende_, de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy gorda...
—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí (_apuntándose á la frente con su dedo índice_). Es cosa muy grave, y no acabo de decidirme.
—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que usted _acaricia_?
—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.
Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida, damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral.
Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas, con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo, y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas, cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de envidiosos.